La frase que tomo por título se debe a Ralph Waldo Emerson, emitida para invocar la fragilidad del ser humano. A su vez, la tradición hindú cita al odio y al deseo como las dos condiciones que caracterizan la ruindad de nuestra especie. De modo que recurro aquí a un relato ejemplar para disentir.

Elsa, madre divorciada, decoradora de interiores, se levanta con la noticia de que unos padres en California torturaban con inmersiones de agua fría a sus hijos, en un perverso ejercicio para someterlos  y disciplinarlos. La policía local está atónita con esta trama criminal sin precedentes. Le viene a la mente la tragedia de Eurípides – ficción o mito – donde Medea desata sus celos y su abandono contra dos de sus hijos.

Cuando baja a tientas, la cocina está en penumbra y abre el refrigerador casi por instinto. Piensa por un momento en la rutina del desayuno, sus hijos atenazados de rebeldía y las eternas dificultades económicas. Puede percibir de nuevo esa soledad que entra como un ventarrón cada mañana y hace más pertinaz la ausencia de un compañero. Pone tres platos sobre la mesa, muele los granos de café y siente con encono ese desamparo, la falta de cobijo y reciprocidad.

A veces desearía volver al pasado, pese a las diferencias y la infidelidad de Mario, con tal de inclinar la balanza con más equidad. A veces…

Claudia y Héctor entran de prisa, a empellones y jalones, una escena repetida hasta el cansancio. Los mira con abulia; a la sazón dos chicos resentidos que habitan un hogar roto, que se tienen el uno al otro para descargar su ira.

  • Tanto esfuerzo por educarlos de manera civilizada – piensa, y se limita a freír los huevos, pedirles que sirvan el jugo y se peinen.

Ante sus protestas, hay algo de hartazgo que la obliga a observarlos con rencor; su ingratitud es desconcertante, por mucho que entienda su impulsividad de adolescentes. Siente una lenta lágrima correr por sus mejillas y sorbe el enojo para no actuarlo otra vez, para no dejarse arrastrar por la impaciencia.

Al verla compungida, los hijos se detienen y callan por unos minutos. Se respira un aire triste, que todos comparten en silencio. Frente a sus bocados frugales, comen con cierta inapetencia. Se miran sin atinar a quién depositar responsabilidades por esa atmósfera incómoda que anticipa más dolor, ése que no se repara nunca del todo. Atenta a sus afectos, Elsa se recompone. Los despide con cariño y les ruega – una vez más – que no peleen, que sean más solidarios entre sí.

Recoge como puede la cocina y sube a su recámara, planeando el día. Se arregla con esmero: delineador, cabello suelto para ocultar las canas, labial discreto y un traje sastre que la hace verse profesional y entera. Hace calor, pero prefiere usar medias para disimular los repuntes de vello que no ha podido depilarse. La oferta de trabajo es tentadora pero tendrá que competir con mujeres más jóvenes, quizá con más presencia para suplir su inexperiencia. Está bien recomendada, pero el mundo es injusto para quien ha visto pasar el oleaje de sus mejores años.

La oficina de reclutamiento está plagada de mujeres ataviadas en sus mejores atuendos. Las hay muy jóvenes, casi niñas, sumidas en sus iPad mientras esperan la entrevista. La mayoría tienen aspecto de burócratas o empresarias; difícil distinguirlas en este contexto. Sin duda, Elsa es la mayor y no hay forma de obviarlo.

Se sienta al lado de una señorita que revisa su teléfono móvil con ansiedad, oteando al reloj de pared de tanto en cuanto. Tal vez programó más de una entrevista y no anticipó la cantidad de solicitantes que encontraría a su paso. Elsa toma distraídamente una revista de la mesa contigua y la hojea analizando a sus contrincantes por encima de las letras.

Exactamente a las nueve treinta, emerge una secretaria de la puerta central y pronuncia cuatro nombres del primer grupo. Las señaladas se incorporan al unísono, se arreglan la falda o la chaqueta, y se dan un retoque al cabello. Como si fuese una señal de rivalidades, las demás sacan sus espejos, lápices labiales o cepillos para darse una “manita de gato” antes de ser requeridas.

Quienes la preceden salen cabizbajas, frunciendo el ceño o con una tímida sonrisa. Algunas llevan entre manos un sobre que podría contener su currículum y su solicitud rechazada. El ambiente se espesa; pese a que todo anticipa una sensación ineludible de fracaso, Elsa se tranquiliza: nada tiene que perder.

Los minutos se hacen eternos. Por fin, con el cuarto grupo de candidatas, pasa ella. Por sus antecedentes y su edad, adivina a donde se dirige. La destinan a un cubículo al fondo de un pasillo donde la espera un individuo malencarado, que asoma detrás de una pantalla de computadora, con la corbata a medio hacer y con una persiana sucia a sus espaldas. Su actitud es despreciable, escudriña a Elsa con lascivia y la invita a sentarse con un gruñido. De golpe, se advierte sujeta a un interrogatorio en tono policiaco.

  • Y usted, ¿qué nos ofrece? – le dice, casi increpándola.

Ella se endereza en su lugar, alcanza la bolsa que ha dejado a su lado, extrae el revólver y lo engatilla, apuntándole directamente al pecho. Visiblemente enfurecida, le pregunta:

  • ¿Ya no te acuerdas de mí, marrano?

El hombre se ha puesto pálido, con ojos como platos y una expresión de muerte inminente. Se empuja hacia atrás en su silla giratoria y da un tumbo contra la persiana, que se agita con el peso de su cuerpo, ansioso por huir, por saltar hacia el vacío.

  • ¡Quédate quieto! – le grita Elsa, roja de rabia. El hombre acata, perlado de sudor.
  • Te voy a refrescar la memoria, animal. Hace tres años, en el bar Rinaldi, tú y dos de tus gorilas me atacaron afuera del baño de mujeres. Tardé meses en recuperarme de aquel ultraje y esa vergüenza sexual, esta abominación me ha costado también mi matrimonio. He pasado por varias psicoterapias con muy poco éxito; pero hace varias semanas me decidí. Mis agresores pagarían por el daño que me ocasionaron. Para tu desdicha, sólo he podido localizar a dos de ustedes. El primero, Rogelio, ¿lo recuerdas? (El hombre asiente, tembloroso). Bueno, debo decirte que descansa sin mucha paz, porque tuve tiempo de torturarlo hasta que confesó y rogó de arrepentimiento.
  • Pe..pero, yo no soy ése. Ni siquiera conozco el bar que dices.
  • Ahora sí, rata. El miedo te hace mentir. Pero en aquel momento te reías a carcajadas mientras tus secuaces me violaban. Nunca olvidaré tu cara, Mateo Palmieri, ¡Nunca!

Al decir esto, Elsa saca un cojín de costura de su bolso y a través de él, dispara dos veces a corta distancia justo al pecho del hombre, que cae desplomado hacia su lado izquierdo. Antes de que puedan reaccionar en las oficinas contiguas, guarda la pistola y sale de prisa hacia el vestíbulo, donde espera el último grupo de solicitantes. A sus espaldas se escuchan gritos de horror y alguien que conmina a los demás para llamar a la policía.

Frente al edificio, Elsa retoma su paso con calma. Se confunde entre los peatones y, tan pronto puede, arroja el arma homicida en un basurero al borde de la avenida. Se asegura de que nadie la sigue y toma un taxi en dirección hacia la escuela de sus hijos. El tráfico discurre con fluidez y ella enciende su teléfono para avisar que se trata de una emergencia familiar, que los chicos deben salir antes de su horario habitual. La secretaria está por preguntar de qué se trata, pero se contiene. El tono de voz de Elsa es parco y rebosa templanza. Cuelga sin más. Enseguida, cambia de celular y marca con toda calma el número de Carlota, su amiga más cercana.

  • Aló, ¿eres tú, Elsa?
  • Sí, te aviso que nos vamos de viaje con los chicos, amiga. Está hecho. Como acordamos, tú no sabes nada. Me habías notado distante y contrariada, pero suponías que eran mis problemas económicos. Jamás imaginaste que fuese capaz de lastimar a nadie.
  • Lo sé, amiga. No te preocupes, esta tarde saco los valores de tu casa y estaré pendiente de tus noticias.
  • Te aviso en cuanto estemos instalados, Carlota. Gracias por todo.

El taxista parece distraído y como habló con su interlocutora en italiano, Elsa confía en que el hombre habrá perdido el hilo de la conversación. No obstante, entabla una charla ligera con él para cerciorarse de que no sospecha nada. Está dispuesta a borrar cualquier rastro. Ahora nada puede detenerla.

Se apea del vehículo tras dejar una buena propina y confirma con alegría que sus hijos la esperan en la entrada del colegio.

  • ¿Qué pasa, mamá? ¿A dónde vamos? – pregunta Claudia, con preocupación.
  • Les tengo una sorpresa, hijos – dice, con una sonrisa amplia para sosegarlos. – He planeado un lindo viaje durante meses. Vendí algunas cosas que no necesitábamos y alquilé un chalet en el Caribe. No pregunten más, queridos. Vamos a ser muy felices.

Bajo las sombras de las jacarandás, Elsa abraza a los muchachos, que se dejan sumergir en su ternura, un tanto sorprendidos de esta nueva actitud de su madre, optimista y asertiva, a quien habían perdido en el ahogo de su melancolía.

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