De cara al futuro

De cara al futuro

Con el fresco y el ruido citadino a mis espaldas, escribo esto dos días antes de la jornada electoral más trascendente de México. El referente de fraudes cibernéticos, campañas sucias y los mal llamados “votos útiles”, que son producto directo o indirecto de una sociedad injusta, dividida, tomada por los pelos, hacen de este domingo de Julio un acontecimiento inusitado.

En efecto, todo indica que ganará la tenacidad de AMLO, su devoción por conquistar pueblo tras pueblo, su contumacia para denunciar el poder y la corrupción, el contraste que representa frente a los partidos de centro y derecha, frente a los arrastrados y los comprados, frente a la aristocracia histérica y el miedo al cambio.

Su cierre de campaña en el Estadio Azteca fue espectacular en más de un sentido. Dijo que ambiciona ser reconocido como un presidente bueno, con ese adjetivo cándido que toca las fibras de muchísima gente, habituada a ser explotada, víctima de falsas promesas y un estado de cosas que parece inamovible. Mientras el mundo cambia, crece, se diversifica, nuestro país sigue hundido en el lodo del nepotismo y la injusticia social. Por eso la voz de López Obrador ha penetrado todos los sectores de la sociedad. Ha sabido reivindicar las necesidades de un pueblo sobajado y olvidado, ha despertado el interés de los universitarios, profesionales y trabajadores que anhelan mejores oportunidades y mejores salarios. Su voz amalgama la desconfianza que han sembrado todos los gobiernos priístas y la desilusión que acarrearon Vicente Fox y Felipe Calderón con su incapacidad para ofrecernos un país diferente, más igualitario, menos al servicio de los intereses mezquinos de una clase que se niega a soltar el poder.

En el minúsculo estrado que es mi consultorio, he atestiguado las opiniones de mis queridos pacientes a lo largo de esta justa presidencial. Muchos expresan temor, en buena medida infundido por las redes sociales y una prensa alarmista, incapaz de reflexionar y proclive a alimentar la histeria colectiva. Pero también he escuchado con atención a quienes están dispuestos a probar la alternancia ideológica, saborear el cambio con sentido crítico y darle la oportunidad a un equipo de trabajo que ofrece caras nuevas, un discurso inteligente y un futuro distinto a todos los sexenios que recordamos.

En lo personal, me han parecido lamentables las arengas de Ricardo Anaya, candidato de la derecha, que en ningún momento ha ventilado una propuesta de gobierno creíble (“celulares para todos” se atrevió a prometerle a un pueblo con 53 millones de pobres). Que además ataca sin construir, que es el aullido de una oposición desgastada y comprada repetidamente, que traicionó a su propia candidata hace seis años y que está dispuesto a negociar con el sátrapa de Trump para que “no hagan olas” y México siga beneficiándose de los mendrugos que vienen del Norte. Su actitud refleja lo peor del gobierno que sale (¡por fin!) y la falta de aprendizaje sociopolítico que ha permeado su partido (PAN + PRD, menuda alianza), tradicionalmente de espaldas a las necesidades básicas de un pueblo desposeído.

El candidato fallido, José Antonio Meade (mezcla de sangre irlandesa, libanesa y española, como presumen sus biógrafos) es un tecnócrata que creció en uno de los barrios más acomodados de la ciudad de México. Conoce la realidad de este país desde su escritorio y sus ventanas lavadas, poco sabe del hambre y del dolor cotidianos de la mayoría de los mexicanos. Parece un buen hombre, no obstante, de esos que se persignan los domingos y cuidan a su familia con esmero. Dotes insuficientes para gobernar, por supuesto, como lo demostraron otrora los presidentes panistas. Para colmo o por exclusión, se ha dejado abanderar por un partido absolutamente descalificado por el grueso de la población. El PRI ha sido la versión más abyecta, la más despótica y corrupta de las variantes políticas que nacieron de la Revolución de 1910. Su herencia de robos descarados, asesinatos (reales, no sólo políticos) y amaños es reconocida en todos los rincones de México y el extranjero. Se puede entender que Meade no tuviese otra opción más que sujetarse al funesto ariete tricolor y creer con fé ciega que los votantes olvidaríamos las guarradas que ha perpetrado ese partido desde hace ocho décadas. Pero no es así, no hemos olvidado un ápice; claudicará de la misma manera que perdieron Labastida y Madrazo en su momento, por descontento, por desprecio, por hartazgo.

Se acerca, insisto, una jornada sin precedentes en la historia moderna de nuestro país. Me parece un tanto hiperbólico hablar de una “Cuarta Transformación”. En el imaginario, esos epítetos tiene consonancias incómodas con el Segundo Imperio o el Tercer Reich, aunque despierten el furor popular. Bien han dicho varios comentaristas políticos que el “populismo” no es una amenaza; en todo caso, mucho menos riesgosa que el nepotismo que llevamos décadas padeciendo. Siendo sensatos, nada apunta a que AMLO sea un tirano a la manera de Hugo Chávez (que salió del ejército y se ungió de un aire mesiánico para robar como todos los anteriores), ni que MORENA represente una estructura dictatorial destinada a quitarle privilegios a quienes los hemos ganado con nuestro esfuerzo.

Lo que sí es muy deseable, en este momento y en la soledad de mis reflexiones, es que por primera vez en toda nuestra vida podamos confiar en el gobierno y sus instituciones. Que podamos levantarnos el primero de Diciembre con la certeza de que nuestros impuestos se repartirán en otros bolsillos que no sean los de los alcaldes, delegados, gobernadores y diputados que de manera insaciable han saqueado a México. Que podamos esperar que se castigue a quien asesina, secuestra o pide mordidas para hacer un trámite gratuito. Que veamos restituida la confianza en los secretarios de Economía, Salud, Transporte, Seguridad, con quienes podamos hablar como ciudadanos y desaprobarlos cuando no cumplan sus funciones sin mancha o a fuerza de prebendas.

Desde mi infancia he anhelado ver un poder legislativo que irradie responsabilidad y compromiso, un poder judicial que verdaderamente imparta y respete las leyes, un poder ejecutivo que hable otro idioma que no sea el de la retórica y las ambigüedades. Yo espero que esta jornada que se avecina refleje a una sociedad plural y participativa. Que votemos todos, sin distinción de clase o credo, con respeto a la discrepancia, con ilusión de que gane “nuestro gallo” sin importar las gráficas o las encuestas.

Éste será un genuino ejercicio de la democracia y quienes resulten vencedores tendrán que mostrar su tolerancia y su sentido de inclusión. De la misma manera que los perdedores tendrán que aceptar que sus intereses no coinciden con el criterio de la mayoría y que, desde luego, podrán ocupar un lugar crítico en la asamblea ciudadana. No aquella que se reúne para conspirar ni se regodea bajo el techo de los palacetes, sino la que desde la calle y las tribunas públicas exige un México incluyente, justo y abierto para todos.

Por primera vez en muchos años, estoy entusiasmado por votar, por seguir el resultado de las encuestas de salida, por escuchar los discursos de triunfo y derrota de los candidatos en juego. Por vez primera en mucho tiempo, anhelo compartir esta decisión con mis hijos, con mis vecinos, con quienes disienten y quienes protesten, con mis Paisanos (así con mayúscula), que merecemos de verdad un futuro o al menos un presente cargado de esperanza.

La canción del inmigrante

La canción del inmigrante

Su rapacidad no conoce límites, lo intuye desde niño. Entonces hurtaba  las escasas joyas de la abuela y las vendía a cambio de juguetes o prebendas. Después aprendió el redituable negocio de ofertar los vicios humanos, que para fortuna de quienes los usufructúan, resultan insaciables. Tabaco en las escuelas, licores adulterados en los callejones y estupefacientes -los más codiciados- que sólo se venden bajo llave y sobre pedido. 

Muy pronto advirtió que la connivencia de la policía en este negocio es un requisito imprescindible. Dumonde, gendarme del 10e arrondisement, resultó bien predispuesto, a cambio de un soborno periódico, que Marcel, su lugarteniente, depositaba en un buzón de correo predestinado en la banlieu. 

  • Te estás quedando corto, canalla – me dijo, sin más preámbulo, esa mañana en que lo encontré simulando que vigilaba. 
  • Te pago bien, Dumonde. ¿Qué más quieres? 
  • Protegerte me cuesta mucha energía, chico. O mejoras el trato, o me niego a garantizar tu libre comercio. 

Dijo esto como si se tratara de un acuerdo compartido para surtir a los grandes almacenes. Su actitud y su mendicidad me exasperan. 

  • Bien, Dumonde, veré que puedo hacer – y lo vi alejarse con su cinismo a cuestas. 

Una hora más tarde, encontré a Fabianne, mi brazo derecho. Se había desteñido el cabello y lo traía cortado a la manera de los sesentas, que la hacía verse aún más intrigante. Le expliqué que teníamos un problema. Delgada, de ojos pardos y con una boca suculenta, me dejó anticipar con su mirada que todo estaría bajo control en breve. 

Tres días después circuló en la prensa local que un policía corrupto había sido encontrado en paños menores y casi degollado en un hotel de paso en Ivry sur Seine. La noticia sólo mostraba la habitación y las piernas desnudas del cadáver. No había sospechosos; el recepcionista de noche lo vio entrar sin compañía, vestido de civil, y el cuarto estaba desocupado – con toda certeza, afirmó – antes de su llegada. 

Reuní a mi gente en la casa de seguridad esa mañana. 

  • Vamos a mantener un perfil bajo por dos o tres semanas – les dije. – Sobre esta mesa encontrarán un sobre con su nombre y lo suficiente para subsistir tranquilos mientras se aquietan las aguas.

Tras despedirlos, le pregunté a Fabianne si estaba tranquila, libre de sospechas. Como suele ser su actitud, simplemente asintió y tomó su sobre; sin duda mi mejor soldado. Sé poco de su historia, pero sus ojos revelan los desiertos y naufragios que ha vivido. Parece una mujer añosa, cuya historia está cargada de cicatrices. De Túnez a París por vía de Marsella, ¡lo que no habrá vivido para convertirse en esa hembra hosca y siniestra que todos admiramos!

La acompaño hasta la Gare du Nord (o es ella quien protege mis pasos) donde se pierde entre los pasajeros que se apean en la estación. Sé que se refugia en Bélgica por temporadas poco predecibles y aparece sin más, justamente cuando la necesito. Alguien me confesó que tiene un hijo en Bruselas, pero no me consta y tampoco hay confianza para indagarlo. Sé que dirige una banda de mujeres argelinas y marroquíes, las “Tueurs noirs“, que tienen su base en los suburbios de Charleroi, pero no dudaré de su lealtad. Es implacable y ejecuta mis órdenes con precisión. Además, sabe respetar los territorios ajenos.

Tras ocultarse en el puesto de periódicos y comprar un café, la joven de origen árabe adquiere un boleto de segunda clase hacia Bruselas. Es bastante altiva, de cuello largo y con una tez almendrada que atrae las miradas a su paso. ¿Quién puede imaginar que va armada hasta los dientes y que sabe blandir una navaja desde que era niña? Creció sola entre los estibadores de Marsella y aprendió a defenderse cuando se percató de que esos arrumacos la dejaban adolorida entre las piernas, incluso al punto de sangrar y sufrir para sentarse o lavarse por varios días.

En ese puerto inmundo se cambió el nombre. Fadila, la virtuosa, no tenía lugar entre aquellos seres apestosos y arrogantes que la adoptaron a regañadientes. Un famoso jugador del Marseille (Fabien Barthez) le sugirió su nueva identidad, Fabianne, la indomable. Aprendió a dormir con un ojo atento a cualquier ruido, entre gatos y ratones, bajo la lluvia y arropada con periódicos para mantenerse cálida en los húmedos inviernos del Mediterráneo. Dominó el cigarro y el alcohol sin que éstos a su vez la sometieran, como a tantos marinos que vio morir vomitando sangre o caer presa del delirio.

Cuando cumplió doce años, supo que su tiempo de aprendizaje había concluido. Era momento de armar su propia flotilla, de conquistar fronteras y tomar posesión de la ciudad luminosa, la meca de todos los inmigrantes, París. Llegó de noche, como se introducen los forasteros, husmeando, sombras irreconocibles entre los que sueñan o fornican en el anonimato de la gran ciudad.

Han pasado ya siete años y Fabianne observa el paisaje otoñal que pasa efímero por la ventana. ¿Cuántas veces ha recorrido esta ruta sin sentirla suya? ¿Cuántos silencios y recuerdos se han agolpado en estos vagones? A media tarde, desciende en la Zuidstation, donde la esperan Salwa y Oumaima en el andén cuatro, serias como soldados de guardia; listas para rendirle cuentas de lo conquistado en su ausencia. Como es habitual, la jefa lleva una bolsa de cuero que contiene dos de sus tres pasaportes falsos, una cajetilla a medias de Gaulois, su hijab a cuadros, un cambio de ropa interior y la novela de Leïla Slimani, a quien admira y desprecia a la vez. Extrae dos latitas de Cachou La Jaunie para sus soldadescas, quienes las aceptan con recato.

Fadila es una joven mujer imponente en su belleza y actitud. Sus seguidoras saben que las protege aún en en la penumbra brumosa de las distancias. Nadie osa contradecirla y se rigen por un código secreto – como la Omertà -, de modo que podrían ser torturadas y esclavizadas antes que denunciarla.

  • ¿Están bien todas? – pregunta, no bien se apea del tren. ¿Kahlil?
  • Sin novedades – responde Salwa, una chica regordeta, de rasgos tunecinos bien acentuados y con ojos negros de una profundidad insondable. – Tu hijo está con Zainab, quien le enseña el Quorán como tú has dispuesto.

Por primera vez en muchas semanas, sonríe complacida. Su hijo será un fiel jihadista, acaso hasta un jeque, y no sólo el hijo bastardo de dos exiliadas – recias mujeres, madres a destiempo – cuyo amor está prohibido en su propia tierra.

Al entrar a su departamento, el olor a lentejas y cebolla la recibe como un viento de hogar que remonta años y montañas. Kahlil está atento al televisor y ella encuentra a su pareja de espaldas en la pequeña cocina, lavando platos. El cabello negro está atado en una trenza que cae a media espalda y se mueve sutilmente, como si tarareara para sí en silencio. La toma por la cintura y la besa en el cuello. Zainab se deja arropar y suspira.

  •  Ahlan wa sahlan! – le dice con ternura, al tiempo que se gira para besarla.
  • Tendré que irme pronto, querida, no he terminado mis tareas en París. Lo siento. Sólo podré quedarme unas horas.
  • Pero esta noche olvidemos el trabajo, Fadi. Déjanos tenerte sin premura. Te hemos añorado mucho, mi amada.

Hacen el amor con lágrimas de reencuentro a la luz de una vela y con aroma de Oud en aceite para emular su noviazgo. Antes del amanecer, la amazona está en la calle, pertrechada para tomar el autobús a París Nord y librar su última batalla.  Esta vez se ha puesto el velo y rezado sus oraciones mientras su amante duerme sosegada y los suburbios belgas permanecen quietos, salvo por el ladrido ocasional de los perros y el tráfico distante.

Vuelvo a mí, a mis pensamientos y obsesiones. No entiendo porqué Fabianne se ha retrasado. Espero que no la habrán detenido con esa colección de armas blancas que suele cargar. Me preocupa además que la muerte de Dumonde haya desatado una cacería.  Si se involucró la policía secreta no estaremos tranquilos el resto el año. Mejor será dormir, en la madrugada mandaré a los pequeños a recorrer el mercado y las terminales de autobuses, para correr la voz de que la encuentren.

El interrogatorio no escatima detalles; parece que toda la gendarmería se ha volcado para descifrar este crimen múltiple. Hallaron a las tres víctimas (dos menores y un adulto) en un baño de sangre, apuñalados mientras dormían. No había rastros de forcejeo; el asesino lo hizo con metódico sigilo. Parece una vendetta entre pandillas que se disputan el comercio de drogas en La Chapelle. Lo que más intriga a los agentes es que las dos mujeres y el más pequeño, que roncaban en la habitación contigua, no fueron molestados en absoluto. Tan es así que los despertaron los vecinos, cuando nadie abrió al lechero y acentuaron sus sospechas al ver salir a toda prisa a una figura en burka, huyendo del edificio.

  • Quizá se trata de una venganza terrorista, mon Commisaire – dice con cautela uno de los detectives. – Dos de los chicos masacrados son europeos.
  • Pero el tercero es un rufián bien conocido por la décima, Phillipe. De raza mixta. Es difícil admitir que un jihadista los mató sólo por escarnio.

No lejos de ahí, Fabianne arroja su muda al río, asegurándose de que el caftán y la pañoleta se confundan entre las piedras con otros trapos viejos. Toda la sangre será lavada, igual que sus afrentas, por el agua que corre hacia ninguna parte.

La rabia humana

La rabia humana

Aquel día festivo, hace casi cuarenta años, murió una joven mujer, presa de meningitis rábica. La habían internado a empellones tres días antes en un galpón del hospital rural que yo cubría en esa guardia de mi servicio social. La escena no se me ha borrado de la memoria. Tomada de los brazos, parecía una bestia sin control (rabiosa era el adjetivo justo) que intentaba morder a sus custodios a ambos lados para que la soltaran. La ataron a un camastro de metal y la cubrieron a medias con sábanas limpias, alejada de propios y extraños, encerrada a cal y canto. La mañana en cuestión, llegué a la clínica apenas despuntando el alba y, tras pasar visita a los pocos enfermos que seguían hospitalizados, me enteré de su muerte durante la madrugada. En los días previos, la recordaba aullando en su agonía, ante mi impotencia como médico recién graduado y consciente de que el desenlace era sólo uno.

El cuerpo exánime yacía entre cobijas revueltas y saturadas de baba. Lo trasladé con ayuda del conserje hacia el almacén que serviría de anfiteatro improvisado al fondo  del jardín, tratando de descifrar en la inexpresividad de sus ojos qué quedaba de aquella rabia. Por encima de mis temores e inexperiencia, me enfundé unos guantes y extraje su cerebro mediante esa necropsia más intuitiva que obligada. Eran otros tiempos, lo admito, y mi pasión por investigar se impuso a la prudencia. Afuera marchaban los grupos de escolares para celebrar la fiesta de la Revolución y el velador (único ayudante disponible a esas tempranas horas) me asistía con una mezcla de morbo y espanto.

Tomé el cerebro disecado (luego de suturar lo mejor que pude el cráneo y sienes del cadáver) y monté en mi pequeño VW para cruzar unos treinta kilómetros de retenes militares por carreteras vecinales. Atravesábamos épocas de guerrilla y, no obstante mi aspecto ingenuo y mi bata blanca, traía una carga inexplicable en el asiento trasero de mi coche. Por fortuna, mis tragos de saliva y afectación al mostrar mis documentos no me delataron.

En el centro antirrábico del Estado me recibió una joven veterinaria que, como yo, hacía la guardia en ese aniversario de asueto. Cuando extraje el cerebro de la bolsa de plástico, expresó al garete:

  • Caramba, ¡qué cerebro tan grande!¿De qué raza era el perro?
  • Es un cerebro humano – repliqué con serenidad -. Hice la autopsia de una paciente que falleció esta mañana.
  • ¡Pues yo no toco eso! – exclamó en medio de un ataque de pánico.

Así que, puestos a concluir la investigación, me trastoqué súbitamente en patólogo y, siguiendo sus instrucciones, disequé el cerebro y monté las laminillas para estudiarlo. El examen microscópico reveló los distintivos cuerpos de Negri, inclusiones citoplásmicas típicas de la rabia.

Llamé para notificar del hallazgo y avisar a las autoridades locales y centrales. Además, emití un boletín junto con la veterinaria que para entonces estaba a punto de invitarme a cenar por gratitud. No he vuelto a ver un caso de hidrofobia desde entonces y la rabia humana pasó a ser una categoría metapsicológica.

La ira, el enojo, la cólera. Los diccionarios la definen como “una intensa pasión o sentimiento de disgusto, resuelto en antagonismo y nutrido de sensación de agravio o de insulto”. En los textos aristotélicos se menciona el οργή, una expresión emocional destructiva,  que intenta deshacerse de lo nocivo. Por eso, a la ira “la acompaña cierto goce, porque se pasa el tiempo vengándose con el pensamiento, y la imaginación que acude entonces causa placer, como la de los sueños (Retórica, página 96)”. Entendida así, la rabia disipa el temor y reafirma al sujeto para apartarlo de las injurias que amenazan su integridad afectiva. Es un sentimiento de aversión que protege la vulnerabilidad de nuestro psiquismo.

Somos sujetos del lenguaje. Mediante la palabra nos hacemos presentes en el mundo de los semejantes. Imploramos, negamos, elegimos, rechazamos. Sólo como sujetos hablantes desciframos significados y, desde pequeños, planteamos nuestras demandas perentorias con el llanto, que después, fruto de la experiencia y el fracaso, exige ser verbalizado. Así, la convención del diálogo transforma la perentoriedad de nuestros actos en súplicas o imposiciones, según el caso. Se puede decir que modula la violencia del impulso y lo vierte en fonemas que buscan la respuesta en el otro. El tono de voz, el ritmo y la elocuencia del discurso, derivan de esa interacción que interpela, que rasga el horizonte de lo ajeno para devolver lo propio.

Nuestro impulso natural es descargar las emociones, que se modula mediante el trabajo psíquico de representar y ligar aquellas representaciones que excitan nuestra experiencia con afectos, atenuando la dinámica de acción-reacción. En la medida en que privilegiamos la significación de las vivencias, le damos relevancia a la cualidad y modo de enlace de estas representaciones para regular nuestras descargas afectivas: Reprimimos nuestros berrinches, pedimos las cosas por favor, sonreímos para obtener una gratificación, etc. La fuerza del entorno cultural, validada en lo edípico y lo superyoico, hace su ingerencia en nuestros deseos. Nada será igual en adelante, incluso el coraje tenderá a verificarse.

Por eso, todo malestar mental implica una enajenación del sujeto, un modo de extrañarse o sustraerse de la realidad, que se advierte como inaceptable. Cuando abandonamos de bebés la satisfacción plena, al servicio del placer puro, cedimos la confiabilidad a lo que percibimos y cotejamos en atención al otro.  Aprendimos a explorar periódicamente las similitudes y disonancias externas, instituyendo a la memoria como sistema de registro y confirmación. Nuestros impulsos, otrora dirigidos a nuestro cuerpo como investidura de afectos autoeróticos, se subordinaron a modificar la realidad con arreglo a fines específicos, lo que equivale a mudarnos en acciones: llorar para obtener la leche nutricia, iluminar el rostro para reclamar la mirada de mamá, y así sucesivamente. Conforme maduramos, discernimos que el ejercicio de pensar pone en suspenso nuestras acciones, y que la reflexión pensante denota propiedades que permiten soportar la tensión del estímulo que quiere descargarse. Un ejemplo: “me puede gustar mucho un chico de la escuela, pero me detengo a seducirlo con palabras o insinuaciones, que iré graduando en proporción a su respuesta empática. Si me lanzo de golpe, seguro lo asusto y lo pierdo”.

Cabe preguntarnos: ¿Qué es de la rabia que surge como respuesta a la agresión? La agresión deliberada castra, desintegra, contiene todo el bagaje de la pulsión de muerte. La rabia puede ser una réplica a la motivación frustrada, sea que se ponga en entredicho la seguridad personal o alguna otra necesidad básica. La respuesta adopta así la forma de rechazo, defensa o agresión conmensurable. Nos impacta como la emergencia de un impulso endógeno que se configura como disociación o tensión displacentera. En ese sentido, todo instinto es una pieza dislocada de actividad que intenta ser expulsada hacia la alteridad. Incluso, la abstención y el silencio pueden suscribirse como expresiones de cólera.

Lo habitual, no obstante, es que la rabia desborde. Atrapa al sujeto por los hombros y lo sacude, lo secuestra, lo toma por sorpresa y le arrebata la razón y la mesura. Nubla con su vendaval oscuro toda perspectiva, inunda el afecto y subvierte las palabras en injurias o reproches. La ira tensa los músculos, irrumpe en el cuerpo. De modo que otorga una fuerza inusitada a quien la padece, una rudeza que suplanta la fragilidad que le sirve de manantial. De ahí la fatiga que sigue a un ataque de cólera: los neurotransmisores exigen tanto de los tejidos, disparan a la vez tantas hormonas y catecolaminas, que se requiere un periodo de latencia para volver a la carga. Lo no hablado irrita, enciende, penetra los órganos y los inflama hasta saturarlos. Su descarga se torna imperiosa: la agresión domina y predomina. ¡Imaginen cuántos procesos psicosomáticos pueden resignificarse bajo este enfoque!

Aprovecho esta disertación para invocar la calma (aunque nos enfurezca el derrotero al que nos pretenden conducir nuestros políticos) y la civilidad en estas dos semanas que restan para elegir a nuestro próximo presidente. Es probable que no resulte ganador el candidato de nuestras preferencias; a eso se le conoce como democracia. Pero tendremos que aceptar todos que triunfó la mayoría, porque se identificó con su ideología, porque creyó en su discurso o en sus propuestas, porque se dejó engañar o por despecho…poco importa. Los números serán la voz del pueblo, el peso de la mayoría se impondrá con justicia y apego a la ley. Así las cosas, quienes resulten descontentos tendrán que tragarse su duelo y organizarse para cuestionar aquello que se implemente a contramano en el sexenio que se inaugura. Para eso se inventó la democracia en Atenas hace veinticinco siglos. Bastante sangre y esperanza se ha derramado desde entonces para defenderla.

Desde Aquiles, que desató su cólera contra Agamenón por deshonrarlo, como muestra la pintura de Giovanni Battista Tiepolo (1757), los seres humanos nos hemos preguntado qué pasiones arrebatan nuestro corazón más allá de lo puramente instintivo. Nada como el amor, dirían los filósofos, porque se aprende después de que el odio ha poblado de sobra el inconsciente.

PD. Pero el coraje también es una fuerza edificante, como decía Emil Cioran: “Sin embargo, tú sigue tu camino y, como sol escéptico, ilumínalo con los rayos de tu cólera pensadora”.

 

El diablo en el paraíso

El diablo en el paraíso

El campanario llama a misa de siete y los novicios se aprestan a lavarse y tender sus catres con esmero. Son días de invierno y las cobijas deben quedar bien dobladas para conservar un poco de calor cuando caiga la noche. Están listos para sus oraciones, insultan, corren y se empujan jugueteando para llegar antes a la capilla.

El rector ha reunido a los demás sacerdotes en los primeros bancos, bajo un estricto orden: el director espiritual a la izquierda seguido del vicerrector, el ecónomo y el confesor. Ha dado también la orden de que sea el padre Damián, prefecto de estudios, quien oficiará la celebración matutina durante este mes de Enero.

En medio de los salmos, lo miramos con recelo, otros con complicidad; sabemos quién. Me pregunto si es para reivindicarlo. Aquí los secretos queman como brasas.

Damián (porque no merece llamarse padre) es un hombre robusto, de ojos verdes penetrantes, que destaca por su andar sigiloso y su naturaleza seductora. Tiene manos y labios gruesos, su arma mortal. Los candidatos que están en proceso de discernimiento vocacional caen fácilmente en sus redes. Su estrategia es bien conocida, pero no hemos logrado reunir pruebas para que nos crean.

Por supuesto, los recién llegados se deslumbran con su inteligencia y poder carismático. Les habla de Cristo como si contara una epopeya, deteniéndose en detalles que recrea del Nuevo Testamento con tal lucidez que uno puede ver a los chicos boquiabiertos y asiduos para no perder uno solo de sus seminarios de Teología. Los conoce por su nombre de pila y, soterradamente, les coloca apodos que ganan la simpatía hasta de los más tímidos. Estos últimos suelen ser sus primeras víctimas.

En mi generación es aún difícil discernir quien ha sido su presa; salvo los más descarados, que no ocultan su lascivia. ¡Cuántas noches los oímos escaparse hacia su recámara y volver como zombis, como si hubiesen celebrado la comunión! Los demás callamos al principio por recato, después por miedo y en fecha reciente porque suponemos que existe connivencia entre el clero para no denunciar estos crímenes, para perdonar lo imperdonable.

Sé que me puede costar la expulsión del seminario, incluso la excomunión, pero es mi deber escribir esto para dejar testimonio de lo que he vivido. Ante todo, para vengar de algún modo la muerte de José Miguel, un seminarista que sufrió en silencio hasta que le fue imposible tolerar la vergüenza.

Ambos, junto con Eduardo “el Purépecha”, venimos de Michoacán. Encontramos la vocación por separado; al fin y al cabo, somos de distintos pueblos. Pero sentíamos esa fraternidad que te ampara cuando acudes a un lugar que anticipas hostil, o por lo menos, inhóspito. Nuestro acento, nuestro origen, no siempre han sido bienvenidos. De forma espontánea hicimos equipo, y logramos que nos respetaran. Los grupos de poder suelen tener fracturas.

Josemi, como lo apodamos a poco de ingresar, destacaba por su inteligencia y su dicción. Pronto se convirtió en el favorito del Ecónomo y el Prefecto de Estudios; algo que nos parecía natural dados sus atributos. Nunca pensamos que su cabello rubio opaco o sus ojos azules formaran parte de tales virtudes. Era un muchacho fresco, rebosante de vida y simpatía, aunque un poco retraído cuando enfrentaba la autoridad de los sacerdotes. Entre nosotros, no obstante, era quien organizaba los partidos de futbol y nos instaba a leer más, a trasponer las fronteras del seminario con avidez de conocer el mundo y sus pasiones. Lo sentíamos como un líder espiritual, que nos daba confianza y que sabía apoyar a quienes flaqueaban o se sentían nostálgicos.

La trama se fraguó a partir del segundo semestre, cuando Damián lo requirió en sus aposentos con el pretexto de “orientar su vocación”. Supusimos con merecida ingenuidad que Josemi andaba flojo en Teología, acaso debido a sus diversos intereses académicos; así  que no le dimos mayor importancia al hecho.

Pero su rostro cambió a partir de entonces. Lo noté lánguido y nervioso a la vez, cuando regresaba un poco tarde y todos los demás ya estábamos en cama, leyendo o dormitando. Había perdido la luminosidad de su sonrisa. Si antes nos transmitía confianza, ahora había una sombra de inseguridad en la manera como se dirigía a sus más cercanos compañeros. Lo comenté con Eduardo y decidimos confrontarlo.

  • Te hemos visto apagado, distante – le dije, aprovechando un descanso en el patio donde compartíamos un refrigerio.
  • No es nada – contestó, visiblemente abatido – es que tengo mucha carga de trabajo.
  • Pero, ¿qué te están forzando a estudiar otros temas?
  • Sí – respondió sin mirarnos. – Eso es – y se incorporó de golpe, dejándonos pasmados, con el diálogo al viento.

En las semanas siguientes el conflicto se agudizó. No sólo llegaba tarde a dormir varias noches por semana, sino que había adelgazado y se le veía francamente deprimido. Me acerqué al Padre Lorenzo, nuestro confesor, y le externé mis preocupaciones por la salud mental de mi amigo.

Desdeñoso de mi pesquisa, me señaló que para algunos candidatos los requerimientos de una vida célibe y aislada pueden ser abrumadores. Y ofreció acercarse a Josemi para apoyarlo en este trance. Hoy sabemos que ni siquiera lo intentó, que fue uno más de quienes solaparon los delitos sexuales que ocurrían a diario en ese infierno.

Nuestro camarada dejó de hablarnos, se sumió en un silencio que auguraba tragedia. Pasaba horas rezando en la capilla y descubrimos a través de los cerrojos que se flagelaba de madrugaba, bajo llave, con un cinturón mojado. Dejó de convivir con nosotros y, por supuesto, se bañaba a deshoras, para ocultar sus heridas y su vergüenza. Las visitas nocturnas al padre Damián continuaron sin receso. En el día los veíamos charlar a sotta voce por los jardines, Josemi cabizbajo siempre y Damián a su lado, destilando ese tono altanero, como si lo instruyera en algo secreto.

Una tarde que le vimos pasar la mano por su espalda en el curso de aquellos paseos íntimos, caímos en cuenta de que su manera de tocarlo era distinta; parecía una caricia impúdica más que una palmada de reafirmación. De inmediato, Eduardo y yo nos miramos en complicidad. Habíamos develado el secreto de esa relación y, por grotesco que nos pareciera (lo que nos hizo acallar antes toda sospecha), este gesto confirmaba agudamente el dolor que resentíamos por la ausencia y la opacidad de nuestro amigo.

Esa misma noche, cuando Josemi dejó su catre para escurrirse hacia la recámara de Damián, le tomé de la manga y le supliqué que no fuera, que se quedara con nosotros, que lo defenderíamos como gladiadores contra este oprobio.

  • No entiendes nada, Carlos. Si no soy yo, será cualquiera de ustedes. Así son las cosas en el seminario.
  • Pues entonces nos rebelamos o nos vamos, José Miguel. Te están matando.

Me arrancó su brazo de un jalón y empujó mi catre con un violento puntapié; sus ojos llameaban en la penumbra. Jamás había visto esa expresión de locura en mi amigo, lo desconocí por completo. Ante mi impotencia – quizá también sacudido por el miedo – lo dejé ir. Me aproximé al catre de Eduardo y lo desperté para contarle lo ocurrido. Acordamos que reuniríamos pruebas (él se las ingeniaría para introducir una cámara de fotografía clandestinamente) y presentaríamos la acusación al Vicerrector, en quien confiábamos por su templanza y sabiduría manifiestas.

Diez días después, al terminar la misa de la mañana, el Rector nos confirmó lo inesperado. Un golpe de gracia que no vi venir.

  • A todos los seminaristas y a nuestros hermanos aquí presentes les quiero informar con mucha pena y rogando a Dios que nutra su alma de arrepentimiento, que hemos expulsado de nuestra comunidad a Eduardo Linares (un escalofrío me sacudió y sentí que me desmayaba). Encontramos entre sus haberes personales una cámara y varias revistas pornográficas. Esa conducta no tiene cabida en este templo de veneración a Nuestro Señor. Les recomiendo estar vigilantes y reportar de inmediato, como es su deber moral y religioso, cuando detecten esas desviaciones satánicas, que no podemos admitir ni permitiremos.

Dicho lo anterior, nos envió a cumplir nuestros deberes, pero me detuvo del brazo cuando pasé a su lado.

  • Carlos, lo quiero ver en la Rectoría en cinco minutos. Deje pendiente lo que tiene. Lo espero puntual.

Temblando, fui a la biblioteca y pedí permiso para ausentarme unos minutos. Cuando entré a su oficina, el Rector estaba flanqueado por el Confesor, el Vicerrector y el propio Damián, cuya mirada se me clavó como una espada.

  • Usted ha dado muestras de madurez, Carlos, pese a su relación con Eduardo, pero debemos insistir que cualquier transgresión en esta comunidad será duramente castigada. Eso lo entiende, ¿verdad?
  • Sí, su Señoría, me queda claro.

Debo haber empleado un tono cínico, convencido desde el principio de que habían “plantado” esa trampa para acusar a Eduardo, porque me señalaron la puerta y dieron por terminada la reunión. Creo que pueden imaginar lo que sigue.

Pocos días después, Josemi pidió un permiso y no regresó más. Por boca de otro seminarista que se enteró del chisme no sé cómo, supe que se había ahorcado en su pueblo. Lo encontraron en un baño público, tuvo incluso la penosa cortesía de llevar la muerte lejos de su casa. Lloré de rabia durante dos días seguidos, ocultando las lágrimas mientras trabajaba o acudía a las oraciones.

He decidido vengar la muerte de Josemi y la incriminación de Lalo. Este relato ya está en camino de los periódicos y la Comisión de Derechos Humanos. Yo acuso y ustedes serán mis testigos, no dejen que el averno siga cobrado vidas inocentes.

La pérdida de los confines

La pérdida de los confines

Bajo la luz mortecina del cuarto de médicos, iluminados por sus respectivas laptops, los responsables de la guardia escuchan al Dr. J. Spencer emitir las órdenes pendientes. Los residentes lo observan sin esconder su admiración. “Jay” para sus colegas, es un hombre delgado de cabello entrecano, cuarto Dan de karate y dado a insultar ante cualquier asomo de ignorancia. En su Terapia Intensiva – como se le adjudica – es implacable contra la estupidez o la desidia.

Las dosis de dobutamina, labetalol o midazolam son discutidas en todo detalle, apropiándolas a cada paciente como si fuese una novedad. “El conocimiento se vuelve redundante cada día” – suele afirmar Jay, para enfatizar que no hay enfermo igual a otro, ni lugar alguno para complacencias. Le corresponde a la doctora Rosie Banks tomar el relevo. Una mujer estricta y confiable, que parece no conciliar el sueño nunca y que traza con exactitud las órdenes a su personal, sin anticipar equivocaciones. Sobre sus hombros recae la vida y la muerte. Calla durante la entrega al tiempo que toma notas precisas en su iPad y revisa el progreso de cada enfermo intubado.

Reclinada junto a la puerta, la jefa de enfermeras sigue cada ajuste de dosis en sus tablas y llama a la encargada del paciente en turno para transferir los cambios. No hay objeción que opere, éste es un ejército en funciones.

Cuando están por terminar, se escucha un aullido desde el cubículo nueve seguido de un choque metálico y la alarma de los monitores. La señora Allison, una octogenaria que se repone de una neumonía de focos múltiples, ha despertado y manotea tirando todo cuanto está a su alcance: termómetro, pinzas, una bandeja con un frasco para aspiraciones, guantes y medicamentos. Rosie se incorpora haciendo un gesto para recovenir a Genny, residente de cuarto año, quien indica que carguen diez miligramos de butiferonona de inmediato.

– ¿Como es posible, Genny? – increpa la jefa de guardia. – Tienen órdenes expresas de evitar estos episodios de delirio.

La residente, cabizbaja, se acerca al cubículo nueve y se dirige a la enferma con palabras suaves, tratando de ubicarla en el entorno que dejó de serle familiar. Tendrá que sujetarla mientras hace efecto el fármaco, para evitar que se lastime o se arranque el catéter subclavio y la venoclisis.  Aprovecha el momento para convocar a los internos y explicarles la situación como una fisura de enseñanza clínica.

“Para muchos enfermos hospitalizados, el horizonte se desvanece. No se trata de extraviarse en el resplandor austero de un quirófano, o dejar de ver el jardín familiar a cambio de una ventana que no abre a ningún lado. Se trata de perder la razón, de verse invadido por los visitantes del Yo.

El delirio, también conocido como “encefalopatía aguda”, “síndrome orgánico cerebral” o  “estado confusional”, es un problema común de pacientes confinados en un sanatorio. Los médicos lo definimos como un trastorno cognitivo y de la atención, que se acompaña de alteraciones en el ciclo de sueño-vigilia y de la conducta psicomotora. Así planteado, nos dice poco del huracán de emociones y alucinaciones que experimenta el enfermo, enclaustrado con sus fantasmas en una sórdida habitación de hospital.

En condiciones habituales, tres de cada diez adultos mayores de 70 años experimentarán un episodio confusional durante su hospitalización, lo que deriva en mayor morbilidad (medicamentos, restricción de movimientos, sondas y sueros) y no rara vez, mayor mortalidad en la medida en que extiende la estancia hospitalaria y aporta riesgos agregados (broncoaspiración, caídas, interacciones medicamentosas, infecciones intrahospitalarias, etc.).

Hemos logrado identificar una lista de factores de riesgo para predecir delirio en un anciano que se hospitaliza:

  1. Demencia o deterioro cognitivo pre-existente;
  2. Compromiso visual (ej. cataratas, presbiopía, degeneración macular);
  3. Incapacidad física para valerse por sí mismo;
  4. Co-morbilidad (es decir, enfermedades crónicas distintas de la que motivó la hospitalización, como cirrosis, diabetes, insuficiencia renal, etc.);
  5. Necesidad de usar restricción física (por agitación o conducta agresiva).

Además, por experiencia sabemos que las infecciones, las fracturas (porque inmovilizan al enfermo) y el uso previo de sedantes, somníferos y medicamentos anticolinérgicos son factores que anticipan un episodio de delirio.

La característica central del delirio es la imposibilidad de mantener una atención focalizada y, por ello, una coherencia fluida tanto de pensamiento como de acción. El trastorno de atención, apareado con una dificultad para graduar el estado de despierto, subyace a otras muchas alteraciones cognitivas. Los pacientes delirantes pueden aparecer conscientes pero se distraen fácilmente, son hipersensibles a los estímulos perceptuales, y son incapaces de discriminar aquellas excitaciones de su entorno que abruman su atención.

En tal situación de desconcierto, las alucinaciones hacen su nido y la memoria se revuelve endeble para situar a las personas y al ambiente, con frustración. El paciente profiere insultos y amenazas para silenciar a estos visitantes, que suplantan su consciencia con evocaciones de otros mundos e improperios para encender un diálogo atravesado por significantes nuevos. La locura es un intento fallido de remisión, ante la borrasca de neurotransmisores que inunda la mente. Los trastornos autonómicos se suceden, aleteando como pájaros hambrientos: taquicardia, piloerección, fiebre, temblor, sudoraciones…el enfermo no encuentra sosiego en su angustia y su desamparo.

Se han invocado muchas causas circunstanciales al delirio. La principal es un obstáculo a la oxigenación cerebral, que enmarca la hipoxia neuronal y, con ello, la desestabilización de las señales cognitivas. La falla de algún órgano vital, expresada como insuficiencia cardiaca, hepática o renal, con frecuencia da lugar al deterioro cognitivo agudo. En el primer caso porque indirectamente reduce el riesgo sanguíneo cerebral  y en los dos últimos, porque presupone la acumulación de residuos tóxicos. También se han propuesto algunos trastornos metabólicos intercurrentes; bajas de sodio, calcio y magnesio; o deficiencias vitamínicas del complejo B, como las que se observan en bebedores crónicos “de buró”. Lo cierto es que inciden en un cerebro cansado, con cierta atrofia cortical, en un sujeto que consume tal vez muchos medicamentos (antidepresivos, diuréticos, hipnóticos, sedantes o analgésicos) y en quien se acaba de operar o sufre de una infección grave, bajo condiciones de estrés y en confinamiento.

¿Puede prevenirse? Hace dos décadas, la Dra. Sharon K. Inouye de la Universidad de Harvard diseñó una intervención muy sensata que llamó “Programa de Vida del Viejo”. Consiste en que a todo paciente mayor de 65 años que se hospitaliza en forma aguda, además de evaluarlo metabólicamente en detalle,  se le fomente la orientación témporo-espacial de manera constante. La Dra. Inouye colocaba relojes grandes y calendarios en el cuarto, evitaba la deprivación de estímulos ambientales con ayuda de lentes o aparatos auditivos,  promovía ciclos estables de sueño y vigilia bajo supervisión estrecha del personal de enfermería, y ponía énfasis en la hidratación y el estado nutricional de sus pacientes. Con ello pudo disminuir a la mitad los episodios de delirio en una Unidad de Cuidados Intensivos, una medida que se ha extendido a muchas clínicas del mundo para mejorar la calidad asistencial de los adultos mayores.

Lo que no ve la luz del día en el mundo simbólico del sujeto, aparecerá como espectro en lo inconsciente, y en tal sentido, la fuerza de las pasiones se torna en desorden alucinatorio cuando se ve enclaustrada sin explicación. Nuestros cerebros están hechos para el sueño, para el deseo y la percepción. En todo caso, la memoria  y la conciencia sirven sólo para contener lo insondable y lo voluptuoso de nuestros universos pulsionales”.

Una vez que termina su disertación, Genny se percata de que la Dra. Banks la ha estado escuchando justo afuera del cubículo. La mira con un guiño de aprobación. Los internos están atónitos, han aprendido más esta velada que en todas sus rotaciones previas. Allison duerme plácidamente y las luces de la Terapia Intensiva se atenúan para revisar notas y actualizar estudios. Se respira una extraña calma; esta noche las máquinas y las tormentas parecen estar bajo control.

PS. El tratamiento actual del delirio se ha cuestionado mucho, pues lo que hemos utilizado por décadas (es decir, un viejo antagonista de dopamina, muy vituperado por la industria farmacéutica, llamado haloperidol), sigue siendo lo más recomendable.