Su rapacidad no conoce límites, lo intuye desde niño. Entonces hurtaba  las escasas joyas de la abuela y las vendía a cambio de juguetes o prebendas. Después aprendió el redituable negocio de ofertar los vicios humanos, que para fortuna de quienes los usufructúan, resultan insaciables. Tabaco en las escuelas, licores adulterados en los callejones y estupefacientes -los más codiciados- que sólo se venden bajo llave y sobre pedido. 

Muy pronto advirtió que la connivencia de la policía en este negocio es un requisito imprescindible. Dumonde, gendarme del 10e arrondisement, resultó bien predispuesto, a cambio de un soborno periódico, que Marcel, su lugarteniente, depositaba en un buzón de correo predestinado en la banlieu. 

  • Te estás quedando corto, canalla – me dijo, sin más preámbulo, esa mañana en que lo encontré simulando que vigilaba. 
  • Te pago bien, Dumonde. ¿Qué más quieres? 
  • Protegerte me cuesta mucha energía, chico. O mejoras el trato, o me niego a garantizar tu libre comercio. 

Dijo esto como si se tratara de un acuerdo compartido para surtir a los grandes almacenes. Su actitud y su mendicidad me exasperan. 

  • Bien, Dumonde, veré que puedo hacer – y lo vi alejarse con su cinismo a cuestas. 

Una hora más tarde, encontré a Fabianne, mi brazo derecho. Se había desteñido el cabello y lo traía cortado a la manera de los sesentas, que la hacía verse aún más intrigante. Le expliqué que teníamos un problema. Delgada, de ojos pardos y con una boca suculenta, me dejó anticipar con su mirada que todo estaría bajo control en breve. 

Tres días después circuló en la prensa local que un policía corrupto había sido encontrado en paños menores y casi degollado en un hotel de paso en Ivry sur Seine. La noticia sólo mostraba la habitación y las piernas desnudas del cadáver. No había sospechosos; el recepcionista de noche lo vio entrar sin compañía, vestido de civil, y el cuarto estaba desocupado – con toda certeza, afirmó – antes de su llegada. 

Reuní a mi gente en la casa de seguridad esa mañana. 

  • Vamos a mantener un perfil bajo por dos o tres semanas – les dije. – Sobre esta mesa encontrarán un sobre con su nombre y lo suficiente para subsistir tranquilos mientras se aquietan las aguas.

Tras despedirlos, le pregunté a Fabianne si estaba tranquila, libre de sospechas. Como suele ser su actitud, simplemente asintió y tomó su sobre; sin duda mi mejor soldado. Sé poco de su historia, pero sus ojos revelan los desiertos y naufragios que ha vivido. Parece una mujer añosa, cuya historia está cargada de cicatrices. De Túnez a París por vía de Marsella, ¡lo que no habrá vivido para convertirse en esa hembra hosca y siniestra que todos admiramos!

La acompaño hasta la Gare du Nord (o es ella quien protege mis pasos) donde se pierde entre los pasajeros que se apean en la estación. Sé que se refugia en Bélgica por temporadas poco predecibles y aparece sin más, justamente cuando la necesito. Alguien me confesó que tiene un hijo en Bruselas, pero no me consta y tampoco hay confianza para indagarlo. Sé que dirige una banda de mujeres argelinas y marroquíes, las “Tueurs noirs“, que tienen su base en los suburbios de Charleroi, pero no dudaré de su lealtad. Es implacable y ejecuta mis órdenes con precisión. Además, sabe respetar los territorios ajenos.

Tras ocultarse en el puesto de periódicos y comprar un café, la joven de origen árabe adquiere un boleto de segunda clase hacia Bruselas. Es bastante altiva, de cuello largo y con una tez almendrada que atrae las miradas a su paso. ¿Quién puede imaginar que va armada hasta los dientes y que sabe blandir una navaja desde que era niña? Creció sola entre los estibadores de Marsella y aprendió a defenderse cuando se percató de que esos arrumacos la dejaban adolorida entre las piernas, incluso al punto de sangrar y sufrir para sentarse o lavarse por varios días.

En ese puerto inmundo se cambió el nombre. Fadila, la virtuosa, no tenía lugar entre aquellos seres apestosos y arrogantes que la adoptaron a regañadientes. Un famoso jugador del Marseille (Fabien Barthez) le sugirió su nueva identidad, Fabianne, la indomable. Aprendió a dormir con un ojo atento a cualquier ruido, entre gatos y ratones, bajo la lluvia y arropada con periódicos para mantenerse cálida en los húmedos inviernos del Mediterráneo. Dominó el cigarro y el alcohol sin que éstos a su vez la sometieran, como a tantos marinos que vio morir vomitando sangre o caer presa del delirio.

Cuando cumplió doce años, supo que su tiempo de aprendizaje había concluido. Era momento de armar su propia flotilla, de conquistar fronteras y tomar posesión de la ciudad luminosa, la meca de todos los inmigrantes, París. Llegó de noche, como se introducen los forasteros, husmeando, sombras irreconocibles entre los que sueñan o fornican en el anonimato de la gran ciudad.

Han pasado ya siete años y Fabianne observa el paisaje otoñal que pasa efímero por la ventana. ¿Cuántas veces ha recorrido esta ruta sin sentirla suya? ¿Cuántos silencios y recuerdos se han agolpado en estos vagones? A media tarde, desciende en la Zuidstation, donde la esperan Salwa y Oumaima en el andén cuatro, serias como soldados de guardia; listas para rendirle cuentas de lo conquistado en su ausencia. Como es habitual, la jefa lleva una bolsa de cuero que contiene dos de sus tres pasaportes falsos, una cajetilla a medias de Gaulois, su hijab a cuadros, un cambio de ropa interior y la novela de Leïla Slimani, a quien admira y desprecia a la vez. Extrae dos latitas de Cachou La Jaunie para sus soldadescas, quienes las aceptan con recato.

Fadila es una joven mujer imponente en su belleza y actitud. Sus seguidoras saben que las protege aún en en la penumbra brumosa de las distancias. Nadie osa contradecirla y se rigen por un código secreto – como la Omertà -, de modo que podrían ser torturadas y esclavizadas antes que denunciarla.

  • ¿Están bien todas? – pregunta, no bien se apea del tren. ¿Kahlil?
  • Sin novedades – responde Salwa, una chica regordeta, de rasgos tunecinos bien acentuados y con ojos negros de una profundidad insondable. – Tu hijo está con Zainab, quien le enseña el Quorán como tú has dispuesto.

Por primera vez en muchas semanas, sonríe complacida. Su hijo será un fiel jihadista, acaso hasta un jeque, y no sólo el hijo bastardo de dos exiliadas – recias mujeres, madres a destiempo – cuyo amor está prohibido en su propia tierra.

Al entrar a su departamento, el olor a lentejas y cebolla la recibe como un viento de hogar que remonta años y montañas. Kahlil está atento al televisor y ella encuentra a su pareja de espaldas en la pequeña cocina, lavando platos. El cabello negro está atado en una trenza que cae a media espalda y se mueve sutilmente, como si tarareara para sí en silencio. La toma por la cintura y la besa en el cuello. Zainab se deja arropar y suspira.

  •  Ahlan wa sahlan! – le dice con ternura, al tiempo que se gira para besarla.
  • Tendré que irme pronto, querida, no he terminado mis tareas en París. Lo siento. Sólo podré quedarme unas horas.
  • Pero esta noche olvidemos el trabajo, Fadi. Déjanos tenerte sin premura. Te hemos añorado mucho, mi amada.

Hacen el amor con lágrimas de reencuentro a la luz de una vela y con aroma de Oud en aceite para emular su noviazgo. Antes del amanecer, la amazona está en la calle, pertrechada para tomar el autobús a París Nord y librar su última batalla.  Esta vez se ha puesto el velo y rezado sus oraciones mientras su amante duerme sosegada y los suburbios belgas permanecen quietos, salvo por el ladrido ocasional de los perros y el tráfico distante.

Vuelvo a mí, a mis pensamientos y obsesiones. No entiendo porqué Fabianne se ha retrasado. Espero que no la habrán detenido con esa colección de armas blancas que suele cargar. Me preocupa además que la muerte de Dumonde haya desatado una cacería.  Si se involucró la policía secreta no estaremos tranquilos el resto el año. Mejor será dormir, en la madrugada mandaré a los pequeños a recorrer el mercado y las terminales de autobuses, para correr la voz de que la encuentren.

El interrogatorio no escatima detalles; parece que toda la gendarmería se ha volcado para descifrar este crimen múltiple. Hallaron a las tres víctimas (dos menores y un adulto) en un baño de sangre, apuñalados mientras dormían. No había rastros de forcejeo; el asesino lo hizo con metódico sigilo. Parece una vendetta entre pandillas que se disputan el comercio de drogas en La Chapelle. Lo que más intriga a los agentes es que las dos mujeres y el más pequeño, que roncaban en la habitación contigua, no fueron molestados en absoluto. Tan es así que los despertaron los vecinos, cuando nadie abrió al lechero y acentuaron sus sospechas al ver salir a toda prisa a una figura en burka, huyendo del edificio.

  • Quizá se trata de una venganza terrorista, mon Commisaire – dice con cautela uno de los detectives. – Dos de los chicos masacrados son europeos.
  • Pero el tercero es un rufián bien conocido por la décima, Phillipe. De raza mixta. Es difícil admitir que un jihadista los mató sólo por escarnio.

No lejos de ahí, Fabianne arroja su muda al río, asegurándose de que el caftán y la pañoleta se confundan entre las piedras con otros trapos viejos. Toda la sangre será lavada, igual que sus afrentas, por el agua que corre hacia ninguna parte.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s