Con el fresco y el ruido citadino a mis espaldas, escribo esto dos días antes de la jornada electoral más trascendente de México. El referente de fraudes cibernéticos, campañas sucias y los mal llamados “votos útiles”, que son producto directo o indirecto de una sociedad injusta, dividida, tomada por los pelos, hacen de este domingo de Julio un acontecimiento inusitado.

En efecto, todo indica que ganará la tenacidad de AMLO, su devoción por conquistar pueblo tras pueblo, su contumacia para denunciar el poder y la corrupción, el contraste que representa frente a los partidos de centro y derecha, frente a los arrastrados y los comprados, frente a la aristocracia histérica y el miedo al cambio.

Su cierre de campaña en el Estadio Azteca fue espectacular en más de un sentido. Dijo que ambiciona ser reconocido como un presidente bueno, con ese adjetivo cándido que toca las fibras de muchísima gente, habituada a ser explotada, víctima de falsas promesas y un estado de cosas que parece inamovible. Mientras el mundo cambia, crece, se diversifica, nuestro país sigue hundido en el lodo del nepotismo y la injusticia social. Por eso la voz de López Obrador ha penetrado todos los sectores de la sociedad. Ha sabido reivindicar las necesidades de un pueblo sobajado y olvidado, ha despertado el interés de los universitarios, profesionales y trabajadores que anhelan mejores oportunidades y mejores salarios. Su voz amalgama la desconfianza que han sembrado todos los gobiernos priístas y la desilusión que acarrearon Vicente Fox y Felipe Calderón con su incapacidad para ofrecernos un país diferente, más igualitario, menos al servicio de los intereses mezquinos de una clase que se niega a soltar el poder.

En el minúsculo estrado que es mi consultorio, he atestiguado las opiniones de mis queridos pacientes a lo largo de esta justa presidencial. Muchos expresan temor, en buena medida infundido por las redes sociales y una prensa alarmista, incapaz de reflexionar y proclive a alimentar la histeria colectiva. Pero también he escuchado con atención a quienes están dispuestos a probar la alternancia ideológica, saborear el cambio con sentido crítico y darle la oportunidad a un equipo de trabajo que ofrece caras nuevas, un discurso inteligente y un futuro distinto a todos los sexenios que recordamos.

En lo personal, me han parecido lamentables las arengas de Ricardo Anaya, candidato de la derecha, que en ningún momento ha ventilado una propuesta de gobierno creíble (“celulares para todos” se atrevió a prometerle a un pueblo con 53 millones de pobres). Que además ataca sin construir, que es el aullido de una oposición desgastada y comprada repetidamente, que traicionó a su propia candidata hace seis años y que está dispuesto a negociar con el sátrapa de Trump para que “no hagan olas” y México siga beneficiándose de los mendrugos que vienen del Norte. Su actitud refleja lo peor del gobierno que sale (¡por fin!) y la falta de aprendizaje sociopolítico que ha permeado su partido (PAN + PRD, menuda alianza), tradicionalmente de espaldas a las necesidades básicas de un pueblo desposeído.

El candidato fallido, José Antonio Meade (mezcla de sangre irlandesa, libanesa y española, como presumen sus biógrafos) es un tecnócrata que creció en uno de los barrios más acomodados de la ciudad de México. Conoce la realidad de este país desde su escritorio y sus ventanas lavadas, poco sabe del hambre y del dolor cotidianos de la mayoría de los mexicanos. Parece un buen hombre, no obstante, de esos que se persignan los domingos y cuidan a su familia con esmero. Dotes insuficientes para gobernar, por supuesto, como lo demostraron otrora los presidentes panistas. Para colmo o por exclusión, se ha dejado abanderar por un partido absolutamente descalificado por el grueso de la población. El PRI ha sido la versión más abyecta, la más despótica y corrupta de las variantes políticas que nacieron de la Revolución de 1910. Su herencia de robos descarados, asesinatos (reales, no sólo políticos) y amaños es reconocida en todos los rincones de México y el extranjero. Se puede entender que Meade no tuviese otra opción más que sujetarse al funesto ariete tricolor y creer con fé ciega que los votantes olvidaríamos las guarradas que ha perpetrado ese partido desde hace ocho décadas. Pero no es así, no hemos olvidado un ápice; claudicará de la misma manera que perdieron Labastida y Madrazo en su momento, por descontento, por desprecio, por hartazgo.

Se acerca, insisto, una jornada sin precedentes en la historia moderna de nuestro país. Me parece un tanto hiperbólico hablar de una “Cuarta Transformación”. En el imaginario, esos epítetos tiene consonancias incómodas con el Segundo Imperio o el Tercer Reich, aunque despierten el furor popular. Bien han dicho varios comentaristas políticos que el “populismo” no es una amenaza; en todo caso, mucho menos riesgosa que el nepotismo que llevamos décadas padeciendo. Siendo sensatos, nada apunta a que AMLO sea un tirano a la manera de Hugo Chávez (que salió del ejército y se ungió de un aire mesiánico para robar como todos los anteriores), ni que MORENA represente una estructura dictatorial destinada a quitarle privilegios a quienes los hemos ganado con nuestro esfuerzo.

Lo que sí es muy deseable, en este momento y en la soledad de mis reflexiones, es que por primera vez en toda nuestra vida podamos confiar en el gobierno y sus instituciones. Que podamos levantarnos el primero de Diciembre con la certeza de que nuestros impuestos se repartirán en otros bolsillos que no sean los de los alcaldes, delegados, gobernadores y diputados que de manera insaciable han saqueado a México. Que podamos esperar que se castigue a quien asesina, secuestra o pide mordidas para hacer un trámite gratuito. Que veamos restituida la confianza en los secretarios de Economía, Salud, Transporte, Seguridad, con quienes podamos hablar como ciudadanos y desaprobarlos cuando no cumplan sus funciones sin mancha o a fuerza de prebendas.

Desde mi infancia he anhelado ver un poder legislativo que irradie responsabilidad y compromiso, un poder judicial que verdaderamente imparta y respete las leyes, un poder ejecutivo que hable otro idioma que no sea el de la retórica y las ambigüedades. Yo espero que esta jornada que se avecina refleje a una sociedad plural y participativa. Que votemos todos, sin distinción de clase o credo, con respeto a la discrepancia, con ilusión de que gane “nuestro gallo” sin importar las gráficas o las encuestas.

Éste será un genuino ejercicio de la democracia y quienes resulten vencedores tendrán que mostrar su tolerancia y su sentido de inclusión. De la misma manera que los perdedores tendrán que aceptar que sus intereses no coinciden con el criterio de la mayoría y que, desde luego, podrán ocupar un lugar crítico en la asamblea ciudadana. No aquella que se reúne para conspirar ni se regodea bajo el techo de los palacetes, sino la que desde la calle y las tribunas públicas exige un México incluyente, justo y abierto para todos.

Por primera vez en muchos años, estoy entusiasmado por votar, por seguir el resultado de las encuestas de salida, por escuchar los discursos de triunfo y derrota de los candidatos en juego. Por vez primera en mucho tiempo, anhelo compartir esta decisión con mis hijos, con mis vecinos, con quienes disienten y quienes protesten, con mis Paisanos (así con mayúscula), que merecemos de verdad un futuro o al menos un presente cargado de esperanza.

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