El príncipe de las mareas

El príncipe de las mareas

Se encontraron en un punto intermedio. Ella venía ponderando la posibilidad de una orden de alejamiento tras percibir sus amenazas. El hombre a su vez la esperaba sentado, piernas cruzadas y mirando al vacío, en una banca parcialmente sombreada al fondo del parque. Algunos niños jugaban cerca de la fuente, chapoteando bajo el calor de mediodía, y una anciana, con el cabello revuelto y maloliente, hablaba sola en otra banca al pie de la iglesia.

Laila se acercó sin saludar hasta colocarse frente a él y atender su mirada. Habían pasado casi diez años y Mauricio lucía más viejo, vestía con descuido y tenía las uñas enmohecidas por el tabaco. Al girarse para reconocerla, el brillo de sus ojos se había extinguido.

  • Aquí estoy – dijo, sin emoción –, te escucho.
  • ¡Caramba! – exclamó él, incorporándose – no te recordaba tan bonita. No te robaré mucho tiempo, Lai.

Al escuchar su antiguo sobrenombre de cariño, ella da un paso atrás por instinto y contiene la mueca de desprecio.

  • Admito que he sido un mal padre (Laila no puede evitar un gesto de impaciencia), pero quisiera ver a mis hijos antes de morir. Hace unos días me diagnosticaron un cáncer, avanzado dicen ellos. Me dan pocas semanas de vida.

La mujer se ha quedado atónita, no sabe cómo reaccionar. Desde luego, la ternura se perdió años luz atrás y aún la compasión es difícil de convocar ante este espectro que alguna vez fue su marido.

A sus espaldas, los niños ahuyentan a las palomas y su aleteo sirve de refugio emocional para aventurar, más conmovida:

  • Lo siento mucho. Pero tendrás que preguntarles a ellos si están en disposición de verte. Naturalmente, yo te apoyaré.

De golpe, la marea del pasado parece inundar el día, y Laila se enfrenta a la inesperada decisión de acompañarlo un rato más o abandonarlo en su soledad. Mauricio permanece mudo, anhelando lo primero.

Su relación data del bachillerato, que albergaba una vieja casona del oeste de su ciudad natal, afamada por el perfil académico de sus profesores, la mayoría refugiados de la Guerra Civil española. Mauricio era un joven rebelde, enrabiado por el divorcio de sus padres, que buscaba – entre la militancia política y las escapadas nocturnas – un cierto sentido a su existencia. Eran épocas donde la identidad se barajaba entre los pantalones de mezclilla (nadie los denominada “jeans” entonces ni eran tan ubicuos), el tabaquismo y el pelo revuelto. Había algo de candor en la manera como se relacionaban las chicas y chicos en aquel ambiente. La sexualidad en aquellos años solía ser menos flagrante y se sostenía con su endeble peso sobre las ramas del flirteo. Laila se acercaba titubeante al grupo de alumnos mayores en los descansos; era una adolescente hermosa, de figura esbelta, apenas debutando en un cuerpo de mujer que su actitud aún desconocía. En un primer momento, su inmadurez despertó en Mauricio la certeza de un erotismo que florecía. No paraba de mirarla y escrutar sus facciones, sus pequeños senos, las piernas larguiruchas y su cabello negro, como humo al viento. Fumaban a escondidas y no bien escapaban al mediodía de los muros escolares, ejercían esa ingenuidad que los unió muy pronto como enamorados vacilantes.

Pasaron algunos años sin verse, porque Mauricio intentó un diplomado en Sudamérica que no fructificó y, por su parte, ella se adentró en la literatura como quien encuentra por fin una playa abierta donde recalar.

  • ¿Te acuerdas de las mariposas? – pregunta él, para romper el silencio.

Laila se sonroja, inevitablemente y, para disimularlo, se acerca al bebedero y simula refrescarse. Siente su mirada recorrerle el cuerpo, como antaño, cuando dejaba el lecho desnuda para abrir la ventana y desprender la frescura diurna. Se gira y rememora.

Les habían reservado un cuarto de hotel con el hogar encendido y Mauricio optó por secuestrarla en otro, más rústico, pero alejado del barullo pueblerino. Helaba esa noche e hicieron el amor casi vestidos, procurando no revolver las cobijas entre burlas del temblor que los sacudía tan pronto separaban la piel y los abrazaba el frío.

En realidad ahí se conocieron. Al amparo de un sol tenue, se acostaron cabeza con cabeza en la hierba húmeda. Ella le contó sus pérdidas y él le confió a su vez la insólita travesía que supuso estudiar en el extranjero.

  • Aprendí a besarte – admite él, con recato. – Me acuerdo que vestías de cuero; lucías tan delgada, tan risueña. La gente nos observaba como si fuésemos una pareja de película. Supongo que irradiábamos algo más que extrañeza. Ambos fumábamos constantemente para mitigar el frío y charlábamos todo el tiempo, inventando fantasías, soñando con viajar al fin del mundo.
  • Me contaste tantas cosas, Mauricio, que parece mentira que el tiempo nos haya separado tanto.

El hombre rompe a llorar y enseguida se avergüenza. Intenta secarse las lágrimas y sólo consigue mancharse las mejillas. Laila advierte que no se ha bañado, que tal dejadez personal es una muestra más de su naufragio.

A poco se recompone y parece perderse en la distancia y los recuerdos. Ella no atina si quedarse a su lado o bien despedirse y en cualquier caso ofrecerle ayuda para hacer menos árida su agonía.

  • Creo que nos consumió la cotidianidad – piensa, aunque no lo dice, temeroso de suscitar un conflicto, a esta alturas más que innecesario.

Le recuerda cuando nació su primer hijo, las carreras por llegar al parto, su torpeza en el quirófano y la imagen – que no había forma de sustraerse – de ser un padre demasiado joven e inexperto. Vivían en un pequeño apartamento, en el que cabían apenas la cama, una mesa plegable y la cuna del bebé, que se usaba poco. Esa sencilla felicidad los cobijaba, sus aspiraciones no pasaban de la puerta.

Laila completa la escena contándole cómo bastaba ir al mercado los sábados, cargando a Benjamín en brazos; escoger la fruta y el pescado juntos, saborear los jugos recién exprimidos, gozar del color y los aromas de flores y cocimientos.

  • El dinero era sólo eso entonces, cabía en una mano y era suficiente para cubrir con humildad nuestros anhelos.

El hombre quisiera disculparse, decirle que no hay dolor más grande que este vacío, esta ausencia. Pero se limita a escucharla, acaso como no lo hizo antes, sopesando sus palabras y sus gestos.

  • Después vino la complacencia, seguramente tú la sentiste antes de marcharte. Esa especie de lodo que penetra bajo las puertas, que hace más azarosa y sucia la existencia. Uno se resbala en esa podredumbre todas las mañanas, pero no se atreve a admitir la derrota y sigue arrastrando los pies, hasta que todo adquiere un color pardo, de putrefacción, de pena. Acaso debimos ser más sinceros, Mau; tú querías volar y yo quería tus alas. A despecho, terminamos atados el uno al otro como Prometeo, devorándonos, culpables de habernos arrebatado el fuego.

Cuando ella deja de rememorar, él irrumpe:

  • Hace poco leí que la soledad mata como quince cigarrillos diarios – y libera una carcajada seca, de esas que hacen dudar de la cordura.
  • Lamento tanto que te hayas quedado solo, Mau; pero tú te lo buscaste siempre.

Ha caído la tarde y las sombras recorren el silencio que ahora los rodea. Laila coloca una mano sobre el muslo de este hombre marchito, que la mira – quizá por última vez – con la convicción de que la ha amado.

PD. Mauricio falleció cinco semanas después de ese encuentro providencial. Lo acompañaron sus hijos. Murió escuchando el tercer concierto para piano de Rachmaninoff, su favorito.

 

Víctimas

Víctimas

El ruido de las conversaciones es enervante. Repone el vaso de whisky en la barra y voltea con desgano a observar a quienes beben a su lado. Se reconoce nuevamente en esta soledad, en las sonrisas huecas que le deparan de momento, en la apatía del barman, que simula atenderlo por primera vez. Acude cada tercer noche, a falta de otras distracciones, para mirarse en el espejo obstruido por botellas y pensar en nadie; sólo sucumbir en su abandono y recordar lo que se ha ido difuminando con el tiempo. Espectros, desafectos.

Sale del bar bastante ebrio. Pasa de la medianoche y llueve. El reflejo de los faroles en la acera lo deslumbra y se apea en el arroyo con descuido. La pareja viene discutiendo al volante cuando descubren la sombra errante en la mitad de su trayecto. El conductor frena de golpe con ambos pies y se deslizan en un chirrido contra el muro lateral de una librería, cuyo aparador cae hecho trizas frente al asustado transeúnte. Cae de bruces ante el coche destrozado y, cuando intenta levantarse, se ve sumergido en las llamas que surgen del motor en súbita explosión.

Nadia, quien se tapa de la lluvia, esperando clientes en la otra esquina, arroja su paraguas y corre al rescate. Toma al hombre flameado por los tobillos y lo gira sobre su eje en el asfalto para apagar el fuego. Se lastima las manos, pero suspira complacida tras haberle salvado la vida. Los cuerpos calcinados de los ocupantes del coche son la última imagen que recoge al caer rendida junto a Eric, que tose sofocado y la mira con lágrimas de agradecimiento.

  • Debí morir aquella noche – le dice, unos meses después, en medio de dos cafés y una infinita distancia. La mueca de sus cicatrices faciales simula una sonrisa.

Ella, excesivamente maquillada, le reitera que aquel acto de nobleza le permitió emanciparse. Ahora trabaja sola como acompañante y las golpizas que su alcahuete le propinaba son cosa del pasado. No se han atrevido a entrar en más detalles personales, un poco por discreción y otro tanto porque Eric teme involucrarse. Nadia – que por cierto no es su verdadero nombre – debe tener entre veinte y treinta años, difícil discernirlo bajo esa piel tantas veces mancillada. Su dulzura y su cuerpo, aunque arrebatados por la noche y los abusos, son los de una bella mujer, que este hombre desolado daría una vida por tener a su lado.

  • Perdona, no te pregunté: ¿Apeteces algo?

Ella suelta una carcajada que casi la hace perder el equilibrio y deja perplejo a Eric. Los comensales en otras mesas voltean con disgusto ante el exabrupto. Como una niña, Nadia reprime su risa y se detiene a mirarlo con aire travieso.

  • ¿Qué dije?
  • Hablas como personaje de cuentos de hadas – le dice, burlona. – Ningún hombre que haya conocido se expresa así.

Con cierta vergüenza y, no obstante halagado, Eric atrae al mesero. Le explica a ella la carta como si fuese su aprendiz y le sugiere el filete mignon si apetece (¡de nuevo!) un poco de carne. La mujer se deja consentir; en algún momento regresa del baño sin pestañas postizas y con esa frescura, incluso resulta más hermosa. Ante la naciente intimidad se atreve a preguntarle: – ¿Y cuál es tu historia, príncipe azulejo?

El hombre, aún muy tenso, empieza por confesarle que desde el accidente no ha bebido. La brutalidad que lo golpeó aquella noche resultó una epifanía. En alguna medida, estaba pagando a tragos por su suicidio. Le platica de su debacle, cómo fue perdiendo un empleo tras otro arrastrado por la depresión y el abandono.- Pero no quiero usarte de paño de lágrimas, susurra por fin.

  • De verdad que eres raro – le increpa ella. – No soy tu mamá ni somos amantes…aún – agrega con picardía, y le extrae una sonrisa abochornada.
  • Gracias. Tienes razón, soy víctima de mí mismo.
  • Y por favor deja de hablar como profesor de historia. ¡Bájate a la Tierra, Astroman!

Salen del restaurante y ella lo toma del brazo con expresa gratitud. No recuerda una comida tan amable sin ser opulenta o fraguarse como la antesala de un encuentro sexual bastante insípido. ¡Cuánto desperdicio! – piensa, apretando a su compañero. Ha oscurecido y sopla una brisa otoñal que levanta polvo y hojas muertas. Alargando los pasos. Eric continúa con su narrativa, tratando de no derrapar en la tragedia.

  • Al terminar la universidad, había heredado ese dinero de mi abuelo. Con ello decidí montar el gimnasio. Eran tiempos en que la gente hacía poco ejercicio que no fuese al aire libre, pero yo me adelanté a la moda. Mi novia del barrio y yo invertimos todo nuestra capital en decorar el estudio, comprar bicicletas estacionarias, espejos, pesas y aquellas viejas caminadoras que no tenían pantalla. Ella manejaba la cafetería y servía las mesas de la terraza. Nos iba bien, y pensamos en casarnos. Rentábamos un departamento en los suburbios y al cerrar el negocio, nos subíamos inmensamente satisfechos al coche, recorríamos unos treinta minutos dedicados a planear y abrir una franquicia hasta llegar a casa. Era muy valiente, de origen italiano, curtida en los destierros y la falta de oportunidades. Hacíamos el amor – disculpa – ansiosos por un nuevo día.

Nadia lo mira embelesada, A pesar de su deformidad, es un hombre que convoca a quererlo, o al menos, a conservarlo como amigo.

  • Fue entonces, cuando se corrió la voz, que la mafia del sur de la ciudad se enteró de nuestra creciente prosperidad. No teníamos caja fuerte, lo admito, porque la mayoría de nuestros clientes eran gente conocida y bastaba una caja registradora…
  • ¿No me digas? ¿De ésas que hacían ruido de campanas?
  • Sí – contesta Eric, risueño. – Cobrábamos por día, no existían esos paquetes o planes que esclavizan a la gente. Eran precios justos y hacíamos descuentos en el verano para atraer a los colegiales, aunque lo cierto es que preferían el beisbol y los deportes acuáticos. Nuestra clientela se componía sobre todo de burócratas y trabajadores del estuario. Pocos en invierno, los más en fines de semana. De verdad nos iba bien, y contratamos poco a poco personal para abrir otro local en la ciudad vecina. Aquel día aciago llegó un tío de Betsy y se me acercó mientras limpiaba los asientos de las bicicletas.
  • “Te lo voy a decir sin rodeos, Eric, porque eres familia.”.
  • Me enfurecí, tú me entiendes. Me pareció una amenaza hueca a pesar de su corpulencia y cara de gangster. Tenía veintitrés años y me podía comer el mundo. ¿Porqué habría de espantarme un testaferro a sueldo?

Su interlocutora abre los ojos y se detiene a observarlo. Eric es la antítesis de la violencia; delgado, casi escuálido, con ojeras de alcohólico y hasta un poco contrahecho. Le resulta inimaginable un muchacho altanero cuya ingenuidad lo hizo despeñarse por ese mundo sórdido que ella conoce tan de cerca. Ante el peso de su mirada, Eric agacha la cabeza y prosigue su relato, con una voz cada vez más tenue y crispada. Los autos han dejado de recorrer la avenida, que se alumbra apenas con las farolas dispersas entre la espesura de los robles y el ocre de los maples.

  • Una semana después, cuando estábamos por hacer el corte de caja – serían las once pasadas – entró un ladrillo por el ventanal más bajo del frente. Por un momento pensé que eran unos vándalos y salí a corretearlos. Me encontré súbitamente ante un cerco de matones. Me patearon, me arrastraron y me dejaron tirado entre los basureros del callejón contiguo, las ropas desgarradas y la cara indiscernible, tumefacta de sangre. Cuando me pude incorporar, oí el aullido de la sirenas, y distinguí el resplandor junto a las torretas rojas de los bomberos y las ambulancias.

Nadia lo ha tomado de ambas manos, anticipando el desenlace. Están el uno frente al otro, largas lágrimas se vierten sobre las mejillas de ambos.

  • Al emerger a gatas del bocacalle, no pude contener los gritos. El estudio ardía con enormes llamaradas que los chorros de agua trataban de mitigar sin éxito…

La voz de Eric se ha quedado ahogada entre sollozos. Es otra vez aquel hombre ultrajado que atestigua como arde su joven esposa mientras lo consume la impotencia. Nadia, profundamente conmovida, sólo atina a abrazarlo y casi sin buscar sus labios, se vierte en él, en su tristeza, en ese dolor que ahora es suyo para siempre.

Ese más o menos fue el origen del noviazgo entre Gabriela y Eric, a quienes conocí la otra noche en un concierto. Después de charlar con ellos en el intermedio, compartiendo su buen humor y unas cervezas, le di un jalón de orejas a mi novio.

  • ¿No viste cómo se quieren, Richard?¿Cómo la trata él a ella? ¡Tú eres un cavernícola!

Muy pocas veces he visto parejas tan bien avenidas, aunque él me pareció un tanto mayor para ella. Se les venía felices por el embarazo y me quedé pensando: ¿Porqué algunas nacen para triunfar y otras siempre andamos por los meandros del deseo?

Plutón a la vista

Plutón a la vista

Ha sido un día de marcada demanda emocional, pero se yergue satisfecho. La asistente llama con voz tediosa y anuncia la llegada del último paciente.
A la mitad de su séptima década, el Ing. Sanmartín es un hombre activo y robusto que esconde las arrugas en su piel curtida. Irrumpe con esa voz varonil que llena la oficina, poco sofisticado pero contundente. Es un negociante nato, aunque ahora baja la guardia con candidez.
Lo refiere un colega de provincia con quien ha trabado una burlona amistad tras aquella serie de complicaciones por una úlcera péptica perforada que lo tuvieron coqueteando con la muerte. Se explaya en los detalles de su intervención, su destierro en la Terapia Intensiva, el azaroso despertar entre tubos y caras desconocidas, el ronroneo del monitor que taladraba su vigilia.
Describe a cada uno de los médicos que lo trataron con genuina gratitud, parece que el regreso del Hades le mostró el mérito de seguir vivo. Lo cierto es que también incidió en su esquema de valores.
A poco le anunció a su mujer de cuarenta años que había perdido la costumbre de quererla. Ella lo miró perpleja y señaló la puerta sin preguntar a qué aludía: no había nada que reconvenir, los escombros de ese añejo matrimonio eran lo único discernible.
Se instaló en un departamento no distante de sus hijos, dos de ellos lo rechazaron y el pequeño aceptó con sumisión la vida fragmentaria y residual que le ofrecía. Empezó de nuevo, negocios volátiles que redituaron en breve y lo pusieron de pie ante su soledad y su desconcierto. Ahora se da cuenta que envejece – lo dice con poca convicción. Desde hace varias semanas siente dolor lumbar al desplazarse y quiere perder peso para reducir riesgos a futuro. La suma de medicamentos (hipolipemiantes, antihipertensivos, alopurinol y aspirina junior) resumen su menú de presentación.
Es una entrevista bastante plana hasta que admite entre síntomas que ha conocido a una mujer treinta años más joven con quien se ha infatuado. La relación, de apenas cuatro meses, ha pasado por etapas conspicuas que lo turban.
Primero, Laura se acercó blandiendo un hijo que él recibió con afecto de abuelo y se dejó seducir por el esquema de nobleza que recién se auguraba. Después, se encontraron bajo las sábanas, cuerpos diletantes que contrastaban en fulgor y frescura. Se resiste a confesar si el amor se fincó en tal desencuentro, le bastaba la erección sostenida y el orgasmo fingido de ella para creer que la miel se vertía entre hojuelas.
Gradualmente sintió una cálida devoción que esa joven le generaba con sus arrumacos y su dependencia, sin descifrar bien a bien que la hacía plantarse con valijas y progenie ante su puerta.
Emprendió una reflexión – que suena más a confesión de acrimonia frente al espejo – y le pidió tiempo, apenas consciente de que es lo que más escasea en este presunto arreglo.
Hoy viene triste pero persuadido: rompió el vínculo ayer bajo la lluvia, quizá para enmascarar las lágrimas y verla partir lo antes posible. Mira a su interlocutor con apremio y por fin calla, necesitado y exangüe.
La advertencia de un objeto de amor está delineada, de manera constante y recurrente, por la imagen internalizada del deseo. Es decir, queremos porque ahí está la capacidad de hacerlo y ese hueco se llena con un ente imaginario que se corresponde en el afuera con una persona, tal vez prefigurada por sus atractivos o sus destrezas de seducción. No hay casamientos al azar, acaso por ello y hasta hace un siglo (en algunas comunidades aún hoy día) se estilaban los matrimonios por convenio. Entonces, los padres acordaban que la dote sería preservada, que habría una continuidad en las propiedades que se comprometían con el enlace y que los novios, afines en lo social, encontrarían de una suerte u otra su destino.
Pero el mundo se ha hecho más pequeño y la gente ejerce su libertad para elegir. O eso creemos. Cuando se analizan las estadísticas de la formación de relaciones y familias, es excepcional observar que los cónyuges parten de universos distantes. Se ha sugerido que no pasamos de tres círculos concéntricos (vgr. familia, escuelas, trabajo). Lo habitual es encontrar que de alguna forma coincidimos: nada perdura si no se moldea complementariamente. Incluso en matrimonios que se forjaron por la eventualidad de un viaje o un trabajo efímero, los partenaires traen consigo inevitablemente sus fantasmas o atavismos y deciden trenzar el vínculo impelidos por tal fuerza inconsciente a fin de exorcizarlos y crear un nuevo paradigma. Se ama porque el amor estaba ahí, esperando a ser vertido en un crisol que lo recibe a tientas.
Puede decirse que siempre hay algo compulsivo al emprender una relación amorosa. En muchos casos, como el que nos ocupa, la asimetría (de edad, de intereses o perspectivas) resulta chocante si se le ve con superficialidad. Pero en alguna medida es bastante obvio que se trata de dos náufragos que acuden al rescate y que al encontrarse reparan una herida, un duelo que atormentaba sus destierros.
Sanmartín piensa que sin su cariño Laura caerá en el despeñadero emocional, que bajo esa motivación lo busca y lo seduce. Algo inconfesable se erige en él, que lo hace perder de vista el horizonte y le infunde vigor a su arrebato. Puede nadar en tal éter de erotismo sin descanso, tanto como deambula entre los mortales con un aura de resolución y aplomo. Sus sentimientos se ven ratificados – sin saberlo – por aquella ternura anclada en el amor materno que lo cobijó y que ahora intenta devolver ante la vecindad de su propio ocaso.
Por contraparte, Laura parece revelar ese rasgo que sobrevalora al objeto querido; le ha dicho a Sanmartín que es irremplazable, “el hombre de su vida”. Dicho alarde cae de lleno en la añoranza de una representación imbuida por la madre, con toda la naturalidad de una experiencia recóndita, trazada desde la infancia.
Nadie posee más de una madre, y desde luego, de esa relación prístina no cabe duda ni repetición. La integridad, la perfección, la idoneidad que se adivina en una pareja puede considerarse como un afecto sustituto de aquel amor que en el origen no escatima. O eso queremos creer.
Para llevar el argumento al extremo, podría decirse que los bebés abandonados carecen de tal representación. Nunca es así. Porque todo sujeto tiene una efigie que suplanta al cuidado ajeno que lo rescató de la indefensión, y funciona como el referente nutricio que enseña la profundidad del apego e impronta a su vez la concavidad del apetito.
Lo que denominamos el “romance familiar” con sus diversas ramificaciones determina la forma en que nos reencontramos con los otros. De aquella vicisitud imaginaria está impregnada nuestra vida de relación. Laura y Sanmartín recrean su amorío con la argamasa del objeto perdido.
Por supuesto, en cuanto hablamos de “relaciones asimétricas” caemos en una tautología: lo son en tanto aparentan una distancia cronológica o social que nos resulta abismal. Pero justamente en tal piélago recaen nuestras afirmaciones acerca de todo nexo erótico: dos almas errantes se han encontrado en la vastedad de su deseo, para nutrirlo, para soliviantarlo en previsión de que se extinga.
Vemos en todos los confines parejas en disonancia. Mujeres que se dicen enamoradas como nunca de un hombre menor, que aporta su gallardía y brío a la voracidad sexual que agoniza en ellas. Ancianos cuyo dinero les permite comprar una consorte, a cambio de ambición y narcisismo marchitos. Jóvenes amantes ávidos de un tutor – mucho antes que pareja -, que ceden su sexualidad para obtener esa guía, y mantener así una pasividad que remeda el confort infantil, con la mesa siempre servida. Y aquellos que, mal que bien, han sabido conciliar sus deudas, dejar en el armario los esqueletos de sus progenitores y tolerar la imperfección como denominador común.
Nada es para siempre y los amantes cambian, se amoldan, se deforman con el tiempo y la convivencia. Quienes logran, en un esfuerzo reticente de adaptación, entrelazarse en tal dialéctica y construir más allá de los bienes y los hijos un lenguaje y una complicidad que supera su propia perspectiva, hallarán en el otro la promesa que jamás se verá cumplida.

PS. Los nombres de los personajes están sacados al vapor de la hermosa novela “La tregua” de Mario Benedetti. Cualquier similitud con personas de la vida real es una esperada coincidencia.

Adolecer, ¡que contratiempo!

Adolecer, ¡que contratiempo!

– ¡Déjame en paz, ya no te aguanto! – y azota la puerta envuelta en lágrimas. Su madre y yo nos miramos con un gesto de impaciencia, porque no es su primera explosión y, desde luego, quedan muchas por delante.

– Traté de explicarle que en esos “antros” (como ellos dicen) circulan las tachas, pero me exasperé – digo, a modo de excusa. Mi mujer me da una palmada y se hunde en la cocina con su silencio a cuestas. A veces pienso que lo vive como un hartazgo y no me animo a sacar de la manga la frase célebre:

– Tú también fuiste adolescente, tratemos de conciliar sin perder autoridad.

Me suena tan lapidario que, en efecto, me quedo de piedra, viéndola refunfuñar, ausentándose del berrinche en turno. Por eso he escrito durante la noche estas reflexiones, para Marta, para su madre, para todo aquel que alguna vez se sintió perdido en la vorágine de la adolescencia.

I

El inicio de la pubertad, en lo físico, está marcado por el crecimiento de los senos y de los testículos de acuerdo a las etapas de Tanner. Suele ser más precoz en las niñas (entre los 8 y 13 años) que en los niños (entre los 9.5 y 13 años). Aparece vello y grasa en rincones insospechados, brota el acné como una maldición; sudamos, nos excitamos, nos masturbamos y perdemos el ritmo vital a cambio de una ansiedad y un hambre que no cesan. Estos cambios somáticos se dan apareados con una profunda modificación del espacio psíquico. El mundo cobra un sentido diferente, exige rumbo desde adentro al tiempo que impone leyes desde afuera: algunas inoperantes por absurdas o autoritarias, otras permisivas pero incómodas porque demandan responsabilidad y compromiso.

La adolescencia es un periodo de cambios inusitadamente rápidos. El único precedente de tal vértigo, la primera infancia, se vive con poca conciencia del impacto afectivo que tienen esos movimientos en cada persona. La pubertad hace erupción para acabar con un periodo breve que denominamos “latencia”: un resquicio del desarrollo que sucede a la compleja transacción de la niñez (donde se define género, rivalidad, identificación sexual y carácter, por si fuera poco). Es decir, que no bien se empieza a descansar de los propios impulsos anudados con los tropiezos de nuestros padres, cuando irrumpe ese caos interno reclamando atención completa.

Atribulados por nuestro metabolismo, salimos tímidamente al mundo esperando respuestas inmediatas. El espejo deja de ser un referente de identidad, porque el rostro y el cuerpo a los que estábamos acostumbrados se transforman cada día. ¡Cómo se entiende desde ahí el despertar alarmado de Gregor Samsa!

Por supuesto, las características emanadas de nuestros conflictos infantiles postergados o sencillamente no resueltos nos asaltan frente a las demandas de la sociedad. Si fuimos niños inhibidos o lastimados, emprenderemos un balance complicado con el mundo de relaciones que aparece en nuestro horizonte vital. Si lo tuvimos todo, para calmar nuestras apetencias o angustias sin ser escuchados, buscaremos agresivamente un límite en el entorno social para verificarlo y transgredirlo.

Ante todo, se experimenta una sensación de soledad e incomprensión. La zozobra emocional, como una oleada, inunda toda la vida diaria. Eso explica porqué los adolescentes forman pequeñas “manadas” con vestimentas y hábitos casi idénticos, copiando de sus pares lo que en apariencia resulta original y confiere un sentido de adherencia y solidaridad. Alternar entre el desafío y la dependencia se hace patente en las frágiles lealtades hacia los amigos y el enojo intermitente con ambos padres.

Un divorcio, una separación o la muerte de un ser amado en esta coyuntura adquieren matices dramáticos, porque materializan el desvalimiento y refuerzan un sentimiento de culpa inconsciente. Frente a la impulsividad natural que propician las hormonas en ebullición, la necesidad de evadirse de otros conflictos que nos rebasan, abre la puerta para el consumo de drogas o alcohol como atenuantes. Si antes se probaron el tabaco o  las cervezas como ritos de pasaje para acceder al grupo, las sustancias psicoactivas (metanfetamina, fenciclidina, mariguana, ketamina y otras “drogas recreativas”) advienen como un recurso de estimulación narcisista que puede resultar muy destructivo en manos de jóvenes vulnerados por una ruptura familiar.

De lo anterior puede deducirse que el self de los adolescentes es un reservorio de identificaciones, fantasías, legados de duelos y conflictos, ideales y decepciones, que hierven al compás de un cambio hormonal abrupto, sometidos bajo la olla express de una estructura social que los tolera poco y los entiende menos. ¿Será un reflejo deslumbrante del aparato psíquico como lo describiera Freud?

Además, las hormonas no ceden. La inquietud sexual, expresada con titubeo y ansiedad, da lugar a relaciones efímeras, o en franco contraste, a romances atávicos que simulan botes salvavidas y de los que cuesta mucho trabajo separarse. Casi todos los adolescentes indagan el placer genital, auspiciados por su demanda erógena y por los arquetipos sexuales que recogen de las películas, la televisión o los sitios de Internet. Al principio, se traduce en ansiedad masturbatoria, manifiesta indistintamente como represión o urgencia. A medida que superan la timidez que arrastraban desde su definición infantil de género, exploran tanto la ternura como el delirio homosexual y heterosexual. A veces lo hacen con  ambivalencia y mucho miedo, sobre todo si en casa perciben un ambiente rígido o se les reprochan una a una sus elecciones de objeto amoroso.

Los adolescentes exploran con denuedo los límites externos e internos. Quizá se nos olvida, pero nada se compara a esa experiencia del tacto, del hormigueo en nuestros recovecos apenas  descubiertos; la sensación de probar alcohol seguida del mareo y la euforia; la piel caliente y lubricada del otro que nos mira; la aceleración del pensamiento y los sentidos; el anhelo, el rapto, el precipicio…

Es un signo de la salud mental de una sociedad que tolere y sepa contener a sus adolescentes con recursos creativos que faciliten su maduración sin odios autodestructivos o pérdidas humanas innecesarias. Vivir la fractura generacional – y aquilatarla – permite verse reflejado en el otro que irrumpe desde su impetuosidad sin grandes deudas y con envidia soportable. La adolescencia exige mucho, pero también educa para emprender la vida con mayor o con menor aceptación de lo que se ha invertido.

II

La búsqueda del placer como un torrente imaginario que modula el desamparo, subyace a toda actividad sexual. Desde el contacto oral con el pezón hasta la ráfaga de voluptuosidad que sigue a la compenetración genital, se trata del aplacamiento del deseo, que remite a la huella originaria de satisfacción.

El despertar de la adolescencia pone a prueba los límites de esta premisa. A fuerza de buscar el vértice libidinal, muchos jóvenes prueban su erotismo sin reparar en las contingencias. La disponibilidad del alcohol y de ciertas drogas recreativas (éxtasis, cocaína, anfetaminas, pseudoefedrina), por su efecto estimulante del sensorio, aceleran el desafío.

La intención del coito se dispara con la edad. Se calcula por encuestas que el 28% de las niñas de secundaria han tenido contacto sexual que involucra al menos  masturbación en pareja o coito errático. Este porcentaje sube a 62% de adolescentes femeninas en preparatoria, con cópula completa, no siempre prevenida por condón. Quienes empiezan más temprano, tienden a tener más parejas sexuales, hacer el amor con menos preámbulos emocionales y usar menos protección. Esto se explica porque la demanda afectiva es perentoria y porque quizá deja atrás a unos padres cohibidos o indiferentes al despliegue sexual de sus hijos.

Algunos factores biológicos contribuyen a hacer más vulnerables a las adolescentes respecto de las infecciones por transmisión sexual. La vagina es un reservorio natural para el intercambio de moléculas. Secreta jugosamente células epiteliales y glóbulos blancos que se acoplan con las bacterias y virus que reciben durante cada encuentro sexual. Además, el cuello uterino desarrolla un orificio externo (ectropión) muy prominente, revestido de epitelio columnar sujeto a replicación celular acelerada. Este revestimiento tan activo es el sitio predilecto de invasión por gonococos, virus del papiloma humano (HPV), y Chlamydia.

No sólo eso. En la adolescencia se ponen en juego aspectos delicados que tienen que ver con la intimidad, la autodeterminación y la diferenciación afectiva. Dar por hecho que existe una comunicación fluida es una torpeza. Muchas jóvenes se inician en la vida sexual a espaldas de los padres, porque justamente ésa es la manera de proteger y responsabilizarse de su genitalidad.

El adolescente no sabe que sabe y que aspira a una unidad, donde fundirse en comunión con otro equivale a la consecución última de su deseo inconsciente. Es la representación psíquica que sirve de embalse para todo afecto abdicado, tan cambiante y tan improbable como sus impulsos. Si el lenguaje es el marco de referencia derivado del orden ancestral, que hace la fractura entre nuestros ideales y nuestro entorno de relaciones, la voz de la madre encarna lo maleable del deseo. Discernible antes de que se instaure un idioma corporal propio para la seducción y la búsqueda del placer.

Al advenimiento de la excitación genital, el adolescente evoca la inocencia, para entronizarla en el pasado, su falsa premisa, su quimera en el amor, cuando todo era posible y se satisfacía con el llanto. De ahí que los enamoramientos y los encuentros sexuales tengan ese aire de tragedia, y la pérdida de la virginidad sea con frecuencia una capitulación hacia la histeria o la melancolía.

Más de la mitad de las jóvenes que acuden a planificación familiar dejan de hacerlo si sus padres son notificados (lo cual no implica que renuncien a su actividad erótica), y sólo una tercera parte se sometería a un escrutinio de enfermedades venéreas bajo consentimiento paterno, a fin de ocultar su vida sexual. Es decir, que estamos ante una población de alto riesgo de contagio genital sin saberlo o ante la creencia ingenua de que hacemos algo por contenerlo. El contacto oro-genital, ano-genital y vulvo-vulvar es común entre los adolescentes, especialmente si desean preservar su virginidad, sin que ello impida las enfermedades por transmisión sexual (ETCs o “etcéteras”, para que se acuerden).

El criterio actual de escrutinio para ETCs es que toda adolescente con vida sexual activa debe examinarse para ChlamydiaUreaplasma  y gonorrea en exudado vaginal (o en orina si es virgen) y hacerse una valoración de neoplasia cervical (Papanicolau y colposcopía) en los tres años siguientes de haber tenido su primer coito. En los varones, la indagación de HPV en exudado uretral es obligatoria, si han tenido más de una pareja sexual sin protección. Quien además consume drogas o ha tenido intercambios de pareja, debe hacerse pruebas diagnósticas para HIV, sífilis (FTA) y herpes simple, al menos una vez por año, ante la eventualidad de ser portador asintomático.

La vacuna contra papiloma humano (HPV) se recomienda a todas las jóvenes de 12 a 26 años con refuerzo a los 2 y a los seis meses de aplicada la primera dosis. Se prefiere la versión nonavalente (aprobada por la FDA en Octubre 2016 y de camino hacia México) que protege contra los serotipos 6, 11, 16 y 18, 31, 33, 45, 52 y 58, vinculados con el carcinoma cérvico-uterino, de vulva, de ano y de laringe. Tiene pocas reacciones secundarias, e idealmente se debe aplicar antes de iniciar la vida erótica. Para los hombres y las mujeres adultas, las recomendaciones son un tanto más laxas y dependen de su elección de pareja (les sugiero visitar este sitio actualizadohttp://www.cdc.gov/STD/HPV/STDFact-HPV.htm).

Como sujetos sexuales, nos defendemos de lo siniestro en el cuerpo por virtud del lenguaje y de la apelación a otro especular que nos hace ciertos en lo imaginario. El paradigma de la sexualidad es estar en el mundo bajo la égida del orden simbólico y, en todo caso, insistir en aprehenderlo.

“Cuando ya no esté…”

“Cuando ya no esté…”

Hoy vino a consulta Don Efrén Ibarretxe, un viejo mal encarado que destila amargura. Debo confesar que su presencia me pone a la defensiva, pero en esta ocasión me sorprendió. 

Lo he tratado por molestias menores a lo largo de dos años y en especial por una artrosis que exhibe una y otra vez para descalificarme. 

  • Su remedio me volvió a caer como piedra, doctor, y sigo con los dolores. ¿Qué va usted a hacer para aliviarme?

Es un hombre alto, ahora bastante encorvado, que viste con recato como si hubiese desembarcado ayer de la Guerra Civil que lo trajo de niño a México en los cuarentas. Sus corbatas son remedos de viejas películas, el uso bruñe sus trajes y se deja la barba rala más por provocación que por descuido. Todo este aspecto contrasta con su mirada dulce, de ojos grises, de lontananza. 

Se había ausentado por unos meses y, ahora, desde el umbral de mi puerta, lo encuentro triste, desusadamente pálido. Al acercarme a saludarlo, advierto su tinte ictérico que tiñe los ojos y su tez con un tono aún más lánguido. Me extiende la mano y dice, sin otro preámbulo: – ¿Podemos tener esta consulta en el jardín, Dr. Palacios?

No recuerdo que alguna vez usara mi nombre con tal deferencia y accedo de inmediato. Caminamos en silencio rumbo al ascensor, que impregna con su olor a naftalina. Al bajar, buscamos un rincón apartado del estacionamiento y se acomoda con dificultad en una barda. 

  • ¿Está bien aquí, doctor? – pregunta con amabilidad. 
  • Donde usted esté cómodo, Efrén – replico en consonancia. 

A su lado, percibo ese aire sereno de quien no tiene prisa, que atesora cada minuto. Palabras más, palabras menos, este es su relato. 

“Después de la batalla del Ebro, supimos que la República se desmoronaba. Mi padre era diputado por Guipúzcoa y compendió que corríamos un peligro inminente. Las fuerzas de la reacción avanzaban sin tregua. Ahí se había respetado al cura, a quienes todos conocían y era primo hermano de Patxi, el panadero. Pero él lo denunció a los fachas, doctor, y eso le costó la vida”.

El rostro de Efrén se contrae y las lágrimas pueblan sus ojos viejos. No atino a decir palabra, aunque mi gesto es de compasión y decidido afecto. Saca un pañuelo y sin desdoblarlo, se suena ruidosamente y enjuga las mejillas para continuar. 

“Decidimos cruzar la frontera de madrugada para evitar los bombardeos y los espías nacionalistas. En nadie se podía confiar por aquellos tiempos. Yo llevaba en brazos un niño dios de porcelana que me había regalado la abuela, con una ropita de seda que ella misma bordó para vestírmelo. Al despedirnos, temerosa de que no nos volvería a ver, juró que esa pequeña efigie nos protegería hasta alcanzar el Nuevo Mundo. Cada vez que tropezaba en esa oscuridad de luna ingrata, sentía como mi muñeco perdía una mano, un pie o se despostillaba. A tientas recogía los restos y procuraba no llorar para mostrarme fuerte. Así transcurrió aquella interminable noche hasta cruzar la frontera. En los pueblos franceses, que empezaban a sufrir la ocupación nazi, mi madre se hizo pasar por borracha (aún hoy me parece una bizarra ocurrencia). No sé si eso o el miedo de los pobladores hacia los extranjeros nos permitió llegar al santuario de Lourdes, donde nos esperaban unos compatriotas que nos trasladarían a Toulouse y después a las lejanísimas playas de Veracruz, que sonaba un mundo aparte”.

Efrén toma un respiro. En ese momento pasan dos colegas frente a mi que se asombran de esta intimidad o quizá del mal estado que ostenta mi paciente. El sol cae en rayos paralelos entre los árboles de trueno y sopla una brisa fresca que nos acoge. Por respeto a este momento vital, he dejado tanto mi premura como mi teléfono celular sobre el escritorio.

“La travesía nos mostró de lleno esa condición de parias que arrastrábamos. Nos daban de comer en ollas enormes, el mismo guisado dos veces al día, que vomitábamos en cuanto el Atlántico se agitaba. Todos perdimos peso y nos veíamos como náufragos en medio de esos marineros andaluces y gallegos que oteaban nerviosos el horizonte ante la amenaza de submarinos alemanes. Para distraernos, los niños jugábamos naipes y ajedrez, o compartíamos canciones de regiones de España que nunca visitaríamos. La guerra y la destrucción se quedaban atrás, asolando a Europa. Nosotros pretendíamos no llegar a adultos nunca, porque entre niños, la rivalidad no mata.

Creo que era domingo cuando desembarcamos, porque recuerdo las campanadas en ese puerto exótico, repleto de gente morena, con olor a plátano y cerveza. En la raquítica estación de trenes, famélicos, nos dieron de comer tamales en hoja de maíz, que fue nuestro primer sofoco de la comida picante que con el tiempo se haría parte de nuestra cotidianidad. Entre lágrimas y lenguas escaldadas, pedimos agua a borbotones para sacarnos del cuerpo esa experiencia y aprender en adelante a comer con tiento. El tren atravesó territorios agrestes, con vegetación que parecía traída de otros planetas, y tardó horas en traernos a la capital, donde un comité de republicanos en el exilio nos ofreció albergue mientras hallaban trabajo temporal para mi madre y mi tía. En mi memoria, la gente hablaba cantando, con voces tenues y cariñosas; era como llegar a un jardín multicolor donde todo era insólito y luminoso.

Debo decirle, doctor, que siempre agradeceré la hospitalidad que el Presidente Cárdenas mostró hacia mis conterráneos. Cuando uno se queda a la deriva, sin dinero y sin tierra, el abrazo generoso de un prócer es como el abrigo divino; no hay nada comparable en la vida de un ser humano. Para mí, huérfano reciente, ese gesto tuvo una doble connotación que ha marcado cada paso, cada logro de mi existencia. Tal vez por eso no me siento enfermo ni anticipo la muerte, y puedo hablarle a usted con entereza. Fui agraciado con la generosidad de su gobierno y lo sigo siendo, pese a mi viudez y la soledad que padecemos los moribundos.

Pero no quiero aburrirlo, sé que tiene otros enfermos que atender. Lo traje aquí, a este páramo entre el asfalto, para decirle que voy a extrañar mucho todo esto. El olor del césped mojado, la frescura del aire en invierno – que trae café y destino -, la risa tonta de mis conciudadanos y su esperanza en las cosas más triviales. La incertidumbre que acarrean los temblores y los cambios de gobierno, o la resaca de un perfume que nos asalta sin reconocerlo. Cuando ya no esté, mi querido galeno, los ojos de mi nieta seguirán brillando, mis hijas serán eventualmente abuelas y entenderán a qué sabe la nostalgia y la ternura. Se perderá la imagen de aquel camarada que trajo consigo la música en tiempos de decepción, los pasajes literarios que alguna vez me conmovieron por impecables o exquisitos, pero quedará la elegía que el cómico judío dedicó al boxeador musulmán, que será siempre un himno a la concordia.

Cambiarán los coches; la moda será otra, más gallarda, menos púdica. El graffiti seguirá vistiendo las ciudades y habrán atardeceres dignos de una estampa en el Ajusco. El mar del Caribe mantendrá su azul insondable, sus adolescentes celebrando la ebriedad y la desnudez, ante el azoro de los nativos y los perros callejeros. Surcarán esas tonadas húmedas y las piernas regordetas otras calles frente a fachadas de colores bajo el calor de Tlacotalpan o de Mérida. La selva del Petén peleará contra los depredadores y habrán menos ballenas pero también más pájaros. Caerán tiranos y profetas, como siempre, y habrá esperanza o desasosiego, como siempre. Los campesinos y los obreros sin futuro buscarán suerte más allá de los desiertos y las fronteras. Y las monjas tenderán al sol sus sotanas, los pecados y la ropa blanca.”

Al terminar esta última frase, como un legado, Efrén se giró hacia mí para regalarme una mirada traviesa, con una mezcla de complicidad y sorna.

“Usted y tantos otros seguirán haciéndose viejos frente a sus enfermos, enseñándoles, restituyéndoles la confianza y a veces la salud. En otra orilla, tras apearse de la barca de Caronte, lo recibiré de brazos plenos, mi doctor. Por hoy es suficiente y ni usted ni yo sabemos despedirnos”.

Dicho esto, el buen señor Ibarretxe se incorporó con dificultad y sin voltear para nadie, emprendió su paso cansado hacia la salida del hospital, rumbo a esa orilla ignota que lo esperaba.

Su hija me llamó esta tarde, me hizo saber que había muerto apaciblemente, que su cáncer de páncreas se lo llevó – me confesó entre sollozos – con esa sonrisa que había mostrado en las últimas semanas; de complacencia, de gratitud acaso.