Hoy vino a consulta Don Efrén Ibarretxe, un viejo mal encarado que destila amargura. Debo confesar que su presencia me pone a la defensiva, pero en esta ocasión me sorprendió. 

Lo he tratado por molestias menores a lo largo de dos años y en especial por una artrosis que exhibe una y otra vez para descalificarme. 

  • Su remedio me volvió a caer como piedra, doctor, y sigo con los dolores. ¿Qué va usted a hacer para aliviarme?

Es un hombre alto, ahora bastante encorvado, que viste con recato como si hubiese desembarcado ayer de la Guerra Civil que lo trajo de niño a México en los cuarentas. Sus corbatas son remedos de viejas películas, el uso bruñe sus trajes y se deja la barba rala más por provocación que por descuido. Todo este aspecto contrasta con su mirada dulce, de ojos grises, de lontananza. 

Se había ausentado por unos meses y, ahora, desde el umbral de mi puerta, lo encuentro triste, desusadamente pálido. Al acercarme a saludarlo, advierto su tinte ictérico que tiñe los ojos y su tez con un tono aún más lánguido. Me extiende la mano y dice, sin otro preámbulo: – ¿Podemos tener esta consulta en el jardín, Dr. Palacios?

No recuerdo que alguna vez usara mi nombre con tal deferencia y accedo de inmediato. Caminamos en silencio rumbo al ascensor, que impregna con su olor a naftalina. Al bajar, buscamos un rincón apartado del estacionamiento y se acomoda con dificultad en una barda. 

  • ¿Está bien aquí, doctor? – pregunta con amabilidad. 
  • Donde usted esté cómodo, Efrén – replico en consonancia. 

A su lado, percibo ese aire sereno de quien no tiene prisa, que atesora cada minuto. Palabras más, palabras menos, este es su relato. 

“Después de la batalla del Ebro, supimos que la República se desmoronaba. Mi padre era diputado por Guipúzcoa y compendió que corríamos un peligro inminente. Las fuerzas de la reacción avanzaban sin tregua. Ahí se había respetado al cura, a quienes todos conocían y era primo hermano de Patxi, el panadero. Pero él lo denunció a los fachas, doctor, y eso le costó la vida”.

El rostro de Efrén se contrae y las lágrimas pueblan sus ojos viejos. No atino a decir palabra, aunque mi gesto es de compasión y decidido afecto. Saca un pañuelo y sin desdoblarlo, se suena ruidosamente y enjuga las mejillas para continuar. 

“Decidimos cruzar la frontera de madrugada para evitar los bombardeos y los espías nacionalistas. En nadie se podía confiar por aquellos tiempos. Yo llevaba en brazos un niño dios de porcelana que me había regalado la abuela, con una ropita de seda que ella misma bordó para vestírmelo. Al despedirnos, temerosa de que no nos volvería a ver, juró que esa pequeña efigie nos protegería hasta alcanzar el Nuevo Mundo. Cada vez que tropezaba en esa oscuridad de luna ingrata, sentía como mi muñeco perdía una mano, un pie o se despostillaba. A tientas recogía los restos y procuraba no llorar para mostrarme fuerte. Así transcurrió aquella interminable noche hasta cruzar la frontera. En los pueblos franceses, que empezaban a sufrir la ocupación nazi, mi madre se hizo pasar por borracha (aún hoy me parece una bizarra ocurrencia). No sé si eso o el miedo de los pobladores hacia los extranjeros nos permitió llegar al santuario de Lourdes, donde nos esperaban unos compatriotas que nos trasladarían a Toulouse y después a las lejanísimas playas de Veracruz, que sonaba un mundo aparte”.

Efrén toma un respiro. En ese momento pasan dos colegas frente a mi que se asombran de esta intimidad o quizá del mal estado que ostenta mi paciente. El sol cae en rayos paralelos entre los árboles de trueno y sopla una brisa fresca que nos acoge. Por respeto a este momento vital, he dejado tanto mi premura como mi teléfono celular sobre el escritorio.

“La travesía nos mostró de lleno esa condición de parias que arrastrábamos. Nos daban de comer en ollas enormes, el mismo guisado dos veces al día, que vomitábamos en cuanto el Atlántico se agitaba. Todos perdimos peso y nos veíamos como náufragos en medio de esos marineros andaluces y gallegos que oteaban nerviosos el horizonte ante la amenaza de submarinos alemanes. Para distraernos, los niños jugábamos naipes y ajedrez, o compartíamos canciones de regiones de España que nunca visitaríamos. La guerra y la destrucción se quedaban atrás, asolando a Europa. Nosotros pretendíamos no llegar a adultos nunca, porque entre niños, la rivalidad no mata.

Creo que era domingo cuando desembarcamos, porque recuerdo las campanadas en ese puerto exótico, repleto de gente morena, con olor a plátano y cerveza. En la raquítica estación de trenes, famélicos, nos dieron de comer tamales en hoja de maíz, que fue nuestro primer sofoco de la comida picante que con el tiempo se haría parte de nuestra cotidianidad. Entre lágrimas y lenguas escaldadas, pedimos agua a borbotones para sacarnos del cuerpo esa experiencia y aprender en adelante a comer con tiento. El tren atravesó territorios agrestes, con vegetación que parecía traída de otros planetas, y tardó horas en traernos a la capital, donde un comité de republicanos en el exilio nos ofreció albergue mientras hallaban trabajo temporal para mi madre y mi tía. En mi memoria, la gente hablaba cantando, con voces tenues y cariñosas; era como llegar a un jardín multicolor donde todo era insólito y luminoso.

Debo decirle, doctor, que siempre agradeceré la hospitalidad que el Presidente Cárdenas mostró hacia mis conterráneos. Cuando uno se queda a la deriva, sin dinero y sin tierra, el abrazo generoso de un prócer es como el abrigo divino; no hay nada comparable en la vida de un ser humano. Para mí, huérfano reciente, ese gesto tuvo una doble connotación que ha marcado cada paso, cada logro de mi existencia. Tal vez por eso no me siento enfermo ni anticipo la muerte, y puedo hablarle a usted con entereza. Fui agraciado con la generosidad de su gobierno y lo sigo siendo, pese a mi viudez y la soledad que padecemos los moribundos.

Pero no quiero aburrirlo, sé que tiene otros enfermos que atender. Lo traje aquí, a este páramo entre el asfalto, para decirle que voy a extrañar mucho todo esto. El olor del césped mojado, la frescura del aire en invierno – que trae café y destino -, la risa tonta de mis conciudadanos y su esperanza en las cosas más triviales. La incertidumbre que acarrean los temblores y los cambios de gobierno, o la resaca de un perfume que nos asalta sin reconocerlo. Cuando ya no esté, mi querido galeno, los ojos de mi nieta seguirán brillando, mis hijas serán eventualmente abuelas y entenderán a qué sabe la nostalgia y la ternura. Se perderá la imagen de aquel camarada que trajo consigo la música en tiempos de decepción, los pasajes literarios que alguna vez me conmovieron por impecables o exquisitos, pero quedará la elegía que el cómico judío dedicó al boxeador musulmán, que será siempre un himno a la concordia.

Cambiarán los coches; la moda será otra, más gallarda, menos púdica. El graffiti seguirá vistiendo las ciudades y habrán atardeceres dignos de una estampa en el Ajusco. El mar del Caribe mantendrá su azul insondable, sus adolescentes celebrando la ebriedad y la desnudez, ante el azoro de los nativos y los perros callejeros. Surcarán esas tonadas húmedas y las piernas regordetas otras calles frente a fachadas de colores bajo el calor de Tlacotalpan o de Mérida. La selva del Petén peleará contra los depredadores y habrán menos ballenas pero también más pájaros. Caerán tiranos y profetas, como siempre, y habrá esperanza o desasosiego, como siempre. Los campesinos y los obreros sin futuro buscarán suerte más allá de los desiertos y las fronteras. Y las monjas tenderán al sol sus sotanas, los pecados y la ropa blanca.”

Al terminar esta última frase, como un legado, Efrén se giró hacia mí para regalarme una mirada traviesa, con una mezcla de complicidad y sorna.

“Usted y tantos otros seguirán haciéndose viejos frente a sus enfermos, enseñándoles, restituyéndoles la confianza y a veces la salud. En otra orilla, tras apearse de la barca de Caronte, lo recibiré de brazos plenos, mi doctor. Por hoy es suficiente y ni usted ni yo sabemos despedirnos”.

Dicho esto, el buen señor Ibarretxe se incorporó con dificultad y sin voltear para nadie, emprendió su paso cansado hacia la salida del hospital, rumbo a esa orilla ignota que lo esperaba.

Su hija me llamó esta tarde, me hizo saber que había muerto apaciblemente, que su cáncer de páncreas se lo llevó – me confesó entre sollozos – con esa sonrisa que había mostrado en las últimas semanas; de complacencia, de gratitud acaso.

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