– ¡Déjame en paz, ya no te aguanto! – y azota la puerta envuelta en lágrimas. Su madre y yo nos miramos con un gesto de impaciencia, porque no es su primera explosión y, desde luego, quedan muchas por delante.

– Traté de explicarle que en esos “antros” (como ellos dicen) circulan las tachas, pero me exasperé – digo, a modo de excusa. Mi mujer me da una palmada y se hunde en la cocina con su silencio a cuestas. A veces pienso que lo vive como un hartazgo y no me animo a sacar de la manga la frase célebre:

– Tú también fuiste adolescente, tratemos de conciliar sin perder autoridad.

Me suena tan lapidario que, en efecto, me quedo de piedra, viéndola refunfuñar, ausentándose del berrinche en turno. Por eso he escrito durante la noche estas reflexiones, para Marta, para su madre, para todo aquel que alguna vez se sintió perdido en la vorágine de la adolescencia.

I

El inicio de la pubertad, en lo físico, está marcado por el crecimiento de los senos y de los testículos de acuerdo a las etapas de Tanner. Suele ser más precoz en las niñas (entre los 8 y 13 años) que en los niños (entre los 9.5 y 13 años). Aparece vello y grasa en rincones insospechados, brota el acné como una maldición; sudamos, nos excitamos, nos masturbamos y perdemos el ritmo vital a cambio de una ansiedad y un hambre que no cesan. Estos cambios somáticos se dan apareados con una profunda modificación del espacio psíquico. El mundo cobra un sentido diferente, exige rumbo desde adentro al tiempo que impone leyes desde afuera: algunas inoperantes por absurdas o autoritarias, otras permisivas pero incómodas porque demandan responsabilidad y compromiso.

La adolescencia es un periodo de cambios inusitadamente rápidos. El único precedente de tal vértigo, la primera infancia, se vive con poca conciencia del impacto afectivo que tienen esos movimientos en cada persona. La pubertad hace erupción para acabar con un periodo breve que denominamos “latencia”: un resquicio del desarrollo que sucede a la compleja transacción de la niñez (donde se define género, rivalidad, identificación sexual y carácter, por si fuera poco). Es decir, que no bien se empieza a descansar de los propios impulsos anudados con los tropiezos de nuestros padres, cuando irrumpe ese caos interno reclamando atención completa.

Atribulados por nuestro metabolismo, salimos tímidamente al mundo esperando respuestas inmediatas. El espejo deja de ser un referente de identidad, porque el rostro y el cuerpo a los que estábamos acostumbrados se transforman cada día. ¡Cómo se entiende desde ahí el despertar alarmado de Gregor Samsa!

Por supuesto, las características emanadas de nuestros conflictos infantiles postergados o sencillamente no resueltos nos asaltan frente a las demandas de la sociedad. Si fuimos niños inhibidos o lastimados, emprenderemos un balance complicado con el mundo de relaciones que aparece en nuestro horizonte vital. Si lo tuvimos todo, para calmar nuestras apetencias o angustias sin ser escuchados, buscaremos agresivamente un límite en el entorno social para verificarlo y transgredirlo.

Ante todo, se experimenta una sensación de soledad e incomprensión. La zozobra emocional, como una oleada, inunda toda la vida diaria. Eso explica porqué los adolescentes forman pequeñas “manadas” con vestimentas y hábitos casi idénticos, copiando de sus pares lo que en apariencia resulta original y confiere un sentido de adherencia y solidaridad. Alternar entre el desafío y la dependencia se hace patente en las frágiles lealtades hacia los amigos y el enojo intermitente con ambos padres.

Un divorcio, una separación o la muerte de un ser amado en esta coyuntura adquieren matices dramáticos, porque materializan el desvalimiento y refuerzan un sentimiento de culpa inconsciente. Frente a la impulsividad natural que propician las hormonas en ebullición, la necesidad de evadirse de otros conflictos que nos rebasan, abre la puerta para el consumo de drogas o alcohol como atenuantes. Si antes se probaron el tabaco o  las cervezas como ritos de pasaje para acceder al grupo, las sustancias psicoactivas (metanfetamina, fenciclidina, mariguana, ketamina y otras “drogas recreativas”) advienen como un recurso de estimulación narcisista que puede resultar muy destructivo en manos de jóvenes vulnerados por una ruptura familiar.

De lo anterior puede deducirse que el self de los adolescentes es un reservorio de identificaciones, fantasías, legados de duelos y conflictos, ideales y decepciones, que hierven al compás de un cambio hormonal abrupto, sometidos bajo la olla express de una estructura social que los tolera poco y los entiende menos. ¿Será un reflejo deslumbrante del aparato psíquico como lo describiera Freud?

Además, las hormonas no ceden. La inquietud sexual, expresada con titubeo y ansiedad, da lugar a relaciones efímeras, o en franco contraste, a romances atávicos que simulan botes salvavidas y de los que cuesta mucho trabajo separarse. Casi todos los adolescentes indagan el placer genital, auspiciados por su demanda erógena y por los arquetipos sexuales que recogen de las películas, la televisión o los sitios de Internet. Al principio, se traduce en ansiedad masturbatoria, manifiesta indistintamente como represión o urgencia. A medida que superan la timidez que arrastraban desde su definición infantil de género, exploran tanto la ternura como el delirio homosexual y heterosexual. A veces lo hacen con  ambivalencia y mucho miedo, sobre todo si en casa perciben un ambiente rígido o se les reprochan una a una sus elecciones de objeto amoroso.

Los adolescentes exploran con denuedo los límites externos e internos. Quizá se nos olvida, pero nada se compara a esa experiencia del tacto, del hormigueo en nuestros recovecos apenas  descubiertos; la sensación de probar alcohol seguida del mareo y la euforia; la piel caliente y lubricada del otro que nos mira; la aceleración del pensamiento y los sentidos; el anhelo, el rapto, el precipicio…

Es un signo de la salud mental de una sociedad que tolere y sepa contener a sus adolescentes con recursos creativos que faciliten su maduración sin odios autodestructivos o pérdidas humanas innecesarias. Vivir la fractura generacional – y aquilatarla – permite verse reflejado en el otro que irrumpe desde su impetuosidad sin grandes deudas y con envidia soportable. La adolescencia exige mucho, pero también educa para emprender la vida con mayor o con menor aceptación de lo que se ha invertido.

II

La búsqueda del placer como un torrente imaginario que modula el desamparo, subyace a toda actividad sexual. Desde el contacto oral con el pezón hasta la ráfaga de voluptuosidad que sigue a la compenetración genital, se trata del aplacamiento del deseo, que remite a la huella originaria de satisfacción.

El despertar de la adolescencia pone a prueba los límites de esta premisa. A fuerza de buscar el vértice libidinal, muchos jóvenes prueban su erotismo sin reparar en las contingencias. La disponibilidad del alcohol y de ciertas drogas recreativas (éxtasis, cocaína, anfetaminas, pseudoefedrina), por su efecto estimulante del sensorio, aceleran el desafío.

La intención del coito se dispara con la edad. Se calcula por encuestas que el 28% de las niñas de secundaria han tenido contacto sexual que involucra al menos  masturbación en pareja o coito errático. Este porcentaje sube a 62% de adolescentes femeninas en preparatoria, con cópula completa, no siempre prevenida por condón. Quienes empiezan más temprano, tienden a tener más parejas sexuales, hacer el amor con menos preámbulos emocionales y usar menos protección. Esto se explica porque la demanda afectiva es perentoria y porque quizá deja atrás a unos padres cohibidos o indiferentes al despliegue sexual de sus hijos.

Algunos factores biológicos contribuyen a hacer más vulnerables a las adolescentes respecto de las infecciones por transmisión sexual. La vagina es un reservorio natural para el intercambio de moléculas. Secreta jugosamente células epiteliales y glóbulos blancos que se acoplan con las bacterias y virus que reciben durante cada encuentro sexual. Además, el cuello uterino desarrolla un orificio externo (ectropión) muy prominente, revestido de epitelio columnar sujeto a replicación celular acelerada. Este revestimiento tan activo es el sitio predilecto de invasión por gonococos, virus del papiloma humano (HPV), y Chlamydia.

No sólo eso. En la adolescencia se ponen en juego aspectos delicados que tienen que ver con la intimidad, la autodeterminación y la diferenciación afectiva. Dar por hecho que existe una comunicación fluida es una torpeza. Muchas jóvenes se inician en la vida sexual a espaldas de los padres, porque justamente ésa es la manera de proteger y responsabilizarse de su genitalidad.

El adolescente no sabe que sabe y que aspira a una unidad, donde fundirse en comunión con otro equivale a la consecución última de su deseo inconsciente. Es la representación psíquica que sirve de embalse para todo afecto abdicado, tan cambiante y tan improbable como sus impulsos. Si el lenguaje es el marco de referencia derivado del orden ancestral, que hace la fractura entre nuestros ideales y nuestro entorno de relaciones, la voz de la madre encarna lo maleable del deseo. Discernible antes de que se instaure un idioma corporal propio para la seducción y la búsqueda del placer.

Al advenimiento de la excitación genital, el adolescente evoca la inocencia, para entronizarla en el pasado, su falsa premisa, su quimera en el amor, cuando todo era posible y se satisfacía con el llanto. De ahí que los enamoramientos y los encuentros sexuales tengan ese aire de tragedia, y la pérdida de la virginidad sea con frecuencia una capitulación hacia la histeria o la melancolía.

Más de la mitad de las jóvenes que acuden a planificación familiar dejan de hacerlo si sus padres son notificados (lo cual no implica que renuncien a su actividad erótica), y sólo una tercera parte se sometería a un escrutinio de enfermedades venéreas bajo consentimiento paterno, a fin de ocultar su vida sexual. Es decir, que estamos ante una población de alto riesgo de contagio genital sin saberlo o ante la creencia ingenua de que hacemos algo por contenerlo. El contacto oro-genital, ano-genital y vulvo-vulvar es común entre los adolescentes, especialmente si desean preservar su virginidad, sin que ello impida las enfermedades por transmisión sexual (ETCs o “etcéteras”, para que se acuerden).

El criterio actual de escrutinio para ETCs es que toda adolescente con vida sexual activa debe examinarse para ChlamydiaUreaplasma  y gonorrea en exudado vaginal (o en orina si es virgen) y hacerse una valoración de neoplasia cervical (Papanicolau y colposcopía) en los tres años siguientes de haber tenido su primer coito. En los varones, la indagación de HPV en exudado uretral es obligatoria, si han tenido más de una pareja sexual sin protección. Quien además consume drogas o ha tenido intercambios de pareja, debe hacerse pruebas diagnósticas para HIV, sífilis (FTA) y herpes simple, al menos una vez por año, ante la eventualidad de ser portador asintomático.

La vacuna contra papiloma humano (HPV) se recomienda a todas las jóvenes de 12 a 26 años con refuerzo a los 2 y a los seis meses de aplicada la primera dosis. Se prefiere la versión nonavalente (aprobada por la FDA en Octubre 2016 y de camino hacia México) que protege contra los serotipos 6, 11, 16 y 18, 31, 33, 45, 52 y 58, vinculados con el carcinoma cérvico-uterino, de vulva, de ano y de laringe. Tiene pocas reacciones secundarias, e idealmente se debe aplicar antes de iniciar la vida erótica. Para los hombres y las mujeres adultas, las recomendaciones son un tanto más laxas y dependen de su elección de pareja (les sugiero visitar este sitio actualizadohttp://www.cdc.gov/STD/HPV/STDFact-HPV.htm).

Como sujetos sexuales, nos defendemos de lo siniestro en el cuerpo por virtud del lenguaje y de la apelación a otro especular que nos hace ciertos en lo imaginario. El paradigma de la sexualidad es estar en el mundo bajo la égida del orden simbólico y, en todo caso, insistir en aprehenderlo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s