Ha sido un día de marcada demanda emocional, pero se yergue satisfecho. La asistente llama con voz tediosa y anuncia la llegada del último paciente.
A la mitad de su séptima década, el Ing. Sanmartín es un hombre activo y robusto que esconde las arrugas en su piel curtida. Irrumpe con esa voz varonil que llena la oficina, poco sofisticado pero contundente. Es un negociante nato, aunque ahora baja la guardia con candidez.
Lo refiere un colega de provincia con quien ha trabado una burlona amistad tras aquella serie de complicaciones por una úlcera péptica perforada que lo tuvieron coqueteando con la muerte. Se explaya en los detalles de su intervención, su destierro en la Terapia Intensiva, el azaroso despertar entre tubos y caras desconocidas, el ronroneo del monitor que taladraba su vigilia.
Describe a cada uno de los médicos que lo trataron con genuina gratitud, parece que el regreso del Hades le mostró el mérito de seguir vivo. Lo cierto es que también incidió en su esquema de valores.
A poco le anunció a su mujer de cuarenta años que había perdido la costumbre de quererla. Ella lo miró perpleja y señaló la puerta sin preguntar a qué aludía: no había nada que reconvenir, los escombros de ese añejo matrimonio eran lo único discernible.
Se instaló en un departamento no distante de sus hijos, dos de ellos lo rechazaron y el pequeño aceptó con sumisión la vida fragmentaria y residual que le ofrecía. Empezó de nuevo, negocios volátiles que redituaron en breve y lo pusieron de pie ante su soledad y su desconcierto. Ahora se da cuenta que envejece – lo dice con poca convicción. Desde hace varias semanas siente dolor lumbar al desplazarse y quiere perder peso para reducir riesgos a futuro. La suma de medicamentos (hipolipemiantes, antihipertensivos, alopurinol y aspirina junior) resumen su menú de presentación.
Es una entrevista bastante plana hasta que admite entre síntomas que ha conocido a una mujer treinta años más joven con quien se ha infatuado. La relación, de apenas cuatro meses, ha pasado por etapas conspicuas que lo turban.
Primero, Laura se acercó blandiendo un hijo que él recibió con afecto de abuelo y se dejó seducir por el esquema de nobleza que recién se auguraba. Después, se encontraron bajo las sábanas, cuerpos diletantes que contrastaban en fulgor y frescura. Se resiste a confesar si el amor se fincó en tal desencuentro, le bastaba la erección sostenida y el orgasmo fingido de ella para creer que la miel se vertía entre hojuelas.
Gradualmente sintió una cálida devoción que esa joven le generaba con sus arrumacos y su dependencia, sin descifrar bien a bien que la hacía plantarse con valijas y progenie ante su puerta.
Emprendió una reflexión – que suena más a confesión de acrimonia frente al espejo – y le pidió tiempo, apenas consciente de que es lo que más escasea en este presunto arreglo.
Hoy viene triste pero persuadido: rompió el vínculo ayer bajo la lluvia, quizá para enmascarar las lágrimas y verla partir lo antes posible. Mira a su interlocutor con apremio y por fin calla, necesitado y exangüe.
La advertencia de un objeto de amor está delineada, de manera constante y recurrente, por la imagen internalizada del deseo. Es decir, queremos porque ahí está la capacidad de hacerlo y ese hueco se llena con un ente imaginario que se corresponde en el afuera con una persona, tal vez prefigurada por sus atractivos o sus destrezas de seducción. No hay casamientos al azar, acaso por ello y hasta hace un siglo (en algunas comunidades aún hoy día) se estilaban los matrimonios por convenio. Entonces, los padres acordaban que la dote sería preservada, que habría una continuidad en las propiedades que se comprometían con el enlace y que los novios, afines en lo social, encontrarían de una suerte u otra su destino.
Pero el mundo se ha hecho más pequeño y la gente ejerce su libertad para elegir. O eso creemos. Cuando se analizan las estadísticas de la formación de relaciones y familias, es excepcional observar que los cónyuges parten de universos distantes. Se ha sugerido que no pasamos de tres círculos concéntricos (vgr. familia, escuelas, trabajo). Lo habitual es encontrar que de alguna forma coincidimos: nada perdura si no se moldea complementariamente. Incluso en matrimonios que se forjaron por la eventualidad de un viaje o un trabajo efímero, los partenaires traen consigo inevitablemente sus fantasmas o atavismos y deciden trenzar el vínculo impelidos por tal fuerza inconsciente a fin de exorcizarlos y crear un nuevo paradigma. Se ama porque el amor estaba ahí, esperando a ser vertido en un crisol que lo recibe a tientas.
Puede decirse que siempre hay algo compulsivo al emprender una relación amorosa. En muchos casos, como el que nos ocupa, la asimetría (de edad, de intereses o perspectivas) resulta chocante si se le ve con superficialidad. Pero en alguna medida es bastante obvio que se trata de dos náufragos que acuden al rescate y que al encontrarse reparan una herida, un duelo que atormentaba sus destierros.
Sanmartín piensa que sin su cariño Laura caerá en el despeñadero emocional, que bajo esa motivación lo busca y lo seduce. Algo inconfesable se erige en él, que lo hace perder de vista el horizonte y le infunde vigor a su arrebato. Puede nadar en tal éter de erotismo sin descanso, tanto como deambula entre los mortales con un aura de resolución y aplomo. Sus sentimientos se ven ratificados – sin saberlo – por aquella ternura anclada en el amor materno que lo cobijó y que ahora intenta devolver ante la vecindad de su propio ocaso.
Por contraparte, Laura parece revelar ese rasgo que sobrevalora al objeto querido; le ha dicho a Sanmartín que es irremplazable, “el hombre de su vida”. Dicho alarde cae de lleno en la añoranza de una representación imbuida por la madre, con toda la naturalidad de una experiencia recóndita, trazada desde la infancia.
Nadie posee más de una madre, y desde luego, de esa relación prístina no cabe duda ni repetición. La integridad, la perfección, la idoneidad que se adivina en una pareja puede considerarse como un afecto sustituto de aquel amor que en el origen no escatima. O eso queremos creer.
Para llevar el argumento al extremo, podría decirse que los bebés abandonados carecen de tal representación. Nunca es así. Porque todo sujeto tiene una efigie que suplanta al cuidado ajeno que lo rescató de la indefensión, y funciona como el referente nutricio que enseña la profundidad del apego e impronta a su vez la concavidad del apetito.
Lo que denominamos el “romance familiar” con sus diversas ramificaciones determina la forma en que nos reencontramos con los otros. De aquella vicisitud imaginaria está impregnada nuestra vida de relación. Laura y Sanmartín recrean su amorío con la argamasa del objeto perdido.
Por supuesto, en cuanto hablamos de “relaciones asimétricas” caemos en una tautología: lo son en tanto aparentan una distancia cronológica o social que nos resulta abismal. Pero justamente en tal piélago recaen nuestras afirmaciones acerca de todo nexo erótico: dos almas errantes se han encontrado en la vastedad de su deseo, para nutrirlo, para soliviantarlo en previsión de que se extinga.
Vemos en todos los confines parejas en disonancia. Mujeres que se dicen enamoradas como nunca de un hombre menor, que aporta su gallardía y brío a la voracidad sexual que agoniza en ellas. Ancianos cuyo dinero les permite comprar una consorte, a cambio de ambición y narcisismo marchitos. Jóvenes amantes ávidos de un tutor – mucho antes que pareja -, que ceden su sexualidad para obtener esa guía, y mantener así una pasividad que remeda el confort infantil, con la mesa siempre servida. Y aquellos que, mal que bien, han sabido conciliar sus deudas, dejar en el armario los esqueletos de sus progenitores y tolerar la imperfección como denominador común.
Nada es para siempre y los amantes cambian, se amoldan, se deforman con el tiempo y la convivencia. Quienes logran, en un esfuerzo reticente de adaptación, entrelazarse en tal dialéctica y construir más allá de los bienes y los hijos un lenguaje y una complicidad que supera su propia perspectiva, hallarán en el otro la promesa que jamás se verá cumplida.

PS. Los nombres de los personajes están sacados al vapor de la hermosa novela “La tregua” de Mario Benedetti. Cualquier similitud con personas de la vida real es una esperada coincidencia.

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