El ruido de las conversaciones es enervante. Repone el vaso de whisky en la barra y voltea con desgano a observar a quienes beben a su lado. Se reconoce nuevamente en esta soledad, en las sonrisas huecas que le deparan de momento, en la apatía del barman, que simula atenderlo por primera vez. Acude cada tercer noche, a falta de otras distracciones, para mirarse en el espejo obstruido por botellas y pensar en nadie; sólo sucumbir en su abandono y recordar lo que se ha ido difuminando con el tiempo. Espectros, desafectos.

Sale del bar bastante ebrio. Pasa de la medianoche y llueve. El reflejo de los faroles en la acera lo deslumbra y se apea en el arroyo con descuido. La pareja viene discutiendo al volante cuando descubren la sombra errante en la mitad de su trayecto. El conductor frena de golpe con ambos pies y se deslizan en un chirrido contra el muro lateral de una librería, cuyo aparador cae hecho trizas frente al asustado transeúnte. Cae de bruces ante el coche destrozado y, cuando intenta levantarse, se ve sumergido en las llamas que surgen del motor en súbita explosión.

Nadia, quien se tapa de la lluvia, esperando clientes en la otra esquina, arroja su paraguas y corre al rescate. Toma al hombre flameado por los tobillos y lo gira sobre su eje en el asfalto para apagar el fuego. Se lastima las manos, pero suspira complacida tras haberle salvado la vida. Los cuerpos calcinados de los ocupantes del coche son la última imagen que recoge al caer rendida junto a Eric, que tose sofocado y la mira con lágrimas de agradecimiento.

  • Debí morir aquella noche – le dice, unos meses después, en medio de dos cafés y una infinita distancia. La mueca de sus cicatrices faciales simula una sonrisa.

Ella, excesivamente maquillada, le reitera que aquel acto de nobleza le permitió emanciparse. Ahora trabaja sola como acompañante y las golpizas que su alcahuete le propinaba son cosa del pasado. No se han atrevido a entrar en más detalles personales, un poco por discreción y otro tanto porque Eric teme involucrarse. Nadia – que por cierto no es su verdadero nombre – debe tener entre veinte y treinta años, difícil discernirlo bajo esa piel tantas veces mancillada. Su dulzura y su cuerpo, aunque arrebatados por la noche y los abusos, son los de una bella mujer, que este hombre desolado daría una vida por tener a su lado.

  • Perdona, no te pregunté: ¿Apeteces algo?

Ella suelta una carcajada que casi la hace perder el equilibrio y deja perplejo a Eric. Los comensales en otras mesas voltean con disgusto ante el exabrupto. Como una niña, Nadia reprime su risa y se detiene a mirarlo con aire travieso.

  • ¿Qué dije?
  • Hablas como personaje de cuentos de hadas – le dice, burlona. – Ningún hombre que haya conocido se expresa así.

Con cierta vergüenza y, no obstante halagado, Eric atrae al mesero. Le explica a ella la carta como si fuese su aprendiz y le sugiere el filete mignon si apetece (¡de nuevo!) un poco de carne. La mujer se deja consentir; en algún momento regresa del baño sin pestañas postizas y con esa frescura, incluso resulta más hermosa. Ante la naciente intimidad se atreve a preguntarle: – ¿Y cuál es tu historia, príncipe azulejo?

El hombre, aún muy tenso, empieza por confesarle que desde el accidente no ha bebido. La brutalidad que lo golpeó aquella noche resultó una epifanía. En alguna medida, estaba pagando a tragos por su suicidio. Le platica de su debacle, cómo fue perdiendo un empleo tras otro arrastrado por la depresión y el abandono.- Pero no quiero usarte de paño de lágrimas, susurra por fin.

  • De verdad que eres raro – le increpa ella. – No soy tu mamá ni somos amantes…aún – agrega con picardía, y le extrae una sonrisa abochornada.
  • Gracias. Tienes razón, soy víctima de mí mismo.
  • Y por favor deja de hablar como profesor de historia. ¡Bájate a la Tierra, Astroman!

Salen del restaurante y ella lo toma del brazo con expresa gratitud. No recuerda una comida tan amable sin ser opulenta o fraguarse como la antesala de un encuentro sexual bastante insípido. ¡Cuánto desperdicio! – piensa, apretando a su compañero. Ha oscurecido y sopla una brisa otoñal que levanta polvo y hojas muertas. Alargando los pasos. Eric continúa con su narrativa, tratando de no derrapar en la tragedia.

  • Al terminar la universidad, había heredado ese dinero de mi abuelo. Con ello decidí montar el gimnasio. Eran tiempos en que la gente hacía poco ejercicio que no fuese al aire libre, pero yo me adelanté a la moda. Mi novia del barrio y yo invertimos todo nuestra capital en decorar el estudio, comprar bicicletas estacionarias, espejos, pesas y aquellas viejas caminadoras que no tenían pantalla. Ella manejaba la cafetería y servía las mesas de la terraza. Nos iba bien, y pensamos en casarnos. Rentábamos un departamento en los suburbios y al cerrar el negocio, nos subíamos inmensamente satisfechos al coche, recorríamos unos treinta minutos dedicados a planear y abrir una franquicia hasta llegar a casa. Era muy valiente, de origen italiano, curtida en los destierros y la falta de oportunidades. Hacíamos el amor – disculpa – ansiosos por un nuevo día.

Nadia lo mira embelesada, A pesar de su deformidad, es un hombre que convoca a quererlo, o al menos, a conservarlo como amigo.

  • Fue entonces, cuando se corrió la voz, que la mafia del sur de la ciudad se enteró de nuestra creciente prosperidad. No teníamos caja fuerte, lo admito, porque la mayoría de nuestros clientes eran gente conocida y bastaba una caja registradora…
  • ¿No me digas? ¿De ésas que hacían ruido de campanas?
  • Sí – contesta Eric, risueño. – Cobrábamos por día, no existían esos paquetes o planes que esclavizan a la gente. Eran precios justos y hacíamos descuentos en el verano para atraer a los colegiales, aunque lo cierto es que preferían el beisbol y los deportes acuáticos. Nuestra clientela se componía sobre todo de burócratas y trabajadores del estuario. Pocos en invierno, los más en fines de semana. De verdad nos iba bien, y contratamos poco a poco personal para abrir otro local en la ciudad vecina. Aquel día aciago llegó un tío de Betsy y se me acercó mientras limpiaba los asientos de las bicicletas.
  • “Te lo voy a decir sin rodeos, Eric, porque eres familia.”.
  • Me enfurecí, tú me entiendes. Me pareció una amenaza hueca a pesar de su corpulencia y cara de gangster. Tenía veintitrés años y me podía comer el mundo. ¿Porqué habría de espantarme un testaferro a sueldo?

Su interlocutora abre los ojos y se detiene a observarlo. Eric es la antítesis de la violencia; delgado, casi escuálido, con ojeras de alcohólico y hasta un poco contrahecho. Le resulta inimaginable un muchacho altanero cuya ingenuidad lo hizo despeñarse por ese mundo sórdido que ella conoce tan de cerca. Ante el peso de su mirada, Eric agacha la cabeza y prosigue su relato, con una voz cada vez más tenue y crispada. Los autos han dejado de recorrer la avenida, que se alumbra apenas con las farolas dispersas entre la espesura de los robles y el ocre de los maples.

  • Una semana después, cuando estábamos por hacer el corte de caja – serían las once pasadas – entró un ladrillo por el ventanal más bajo del frente. Por un momento pensé que eran unos vándalos y salí a corretearlos. Me encontré súbitamente ante un cerco de matones. Me patearon, me arrastraron y me dejaron tirado entre los basureros del callejón contiguo, las ropas desgarradas y la cara indiscernible, tumefacta de sangre. Cuando me pude incorporar, oí el aullido de la sirenas, y distinguí el resplandor junto a las torretas rojas de los bomberos y las ambulancias.

Nadia lo ha tomado de ambas manos, anticipando el desenlace. Están el uno frente al otro, largas lágrimas se vierten sobre las mejillas de ambos.

  • Al emerger a gatas del bocacalle, no pude contener los gritos. El estudio ardía con enormes llamaradas que los chorros de agua trataban de mitigar sin éxito…

La voz de Eric se ha quedado ahogada entre sollozos. Es otra vez aquel hombre ultrajado que atestigua como arde su joven esposa mientras lo consume la impotencia. Nadia, profundamente conmovida, sólo atina a abrazarlo y casi sin buscar sus labios, se vierte en él, en su tristeza, en ese dolor que ahora es suyo para siempre.

Ese más o menos fue el origen del noviazgo entre Gabriela y Eric, a quienes conocí la otra noche en un concierto. Después de charlar con ellos en el intermedio, compartiendo su buen humor y unas cervezas, le di un jalón de orejas a mi novio.

  • ¿No viste cómo se quieren, Richard?¿Cómo la trata él a ella? ¡Tú eres un cavernícola!

Muy pocas veces he visto parejas tan bien avenidas, aunque él me pareció un tanto mayor para ella. Se les venía felices por el embarazo y me quedé pensando: ¿Porqué algunas nacen para triunfar y otras siempre andamos por los meandros del deseo?

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