Se encontraron en un punto intermedio. Ella venía ponderando la posibilidad de una orden de alejamiento tras percibir sus amenazas. El hombre a su vez la esperaba sentado, piernas cruzadas y mirando al vacío, en una banca parcialmente sombreada al fondo del parque. Algunos niños jugaban cerca de la fuente, chapoteando bajo el calor de mediodía, y una anciana, con el cabello revuelto y maloliente, hablaba sola en otra banca al pie de la iglesia.

Laila se acercó sin saludar hasta colocarse frente a él y atender su mirada. Habían pasado casi diez años y Mauricio lucía más viejo, vestía con descuido y tenía las uñas enmohecidas por el tabaco. Al girarse para reconocerla, el brillo de sus ojos se había extinguido.

  • Aquí estoy – dijo, sin emoción –, te escucho.
  • ¡Caramba! – exclamó él, incorporándose – no te recordaba tan bonita. No te robaré mucho tiempo, Lai.

Al escuchar su antiguo sobrenombre de cariño, ella da un paso atrás por instinto y contiene la mueca de desprecio.

  • Admito que he sido un mal padre (Laila no puede evitar un gesto de impaciencia), pero quisiera ver a mis hijos antes de morir. Hace unos días me diagnosticaron un cáncer, avanzado dicen ellos. Me dan pocas semanas de vida.

La mujer se ha quedado atónita, no sabe cómo reaccionar. Desde luego, la ternura se perdió años luz atrás y aún la compasión es difícil de convocar ante este espectro que alguna vez fue su marido.

A sus espaldas, los niños ahuyentan a las palomas y su aleteo sirve de refugio emocional para aventurar, más conmovida:

  • Lo siento mucho. Pero tendrás que preguntarles a ellos si están en disposición de verte. Naturalmente, yo te apoyaré.

De golpe, la marea del pasado parece inundar el día, y Laila se enfrenta a la inesperada decisión de acompañarlo un rato más o abandonarlo en su soledad. Mauricio permanece mudo, anhelando lo primero.

Su relación data del bachillerato, que albergaba una vieja casona del oeste de su ciudad natal, afamada por el perfil académico de sus profesores, la mayoría refugiados de la Guerra Civil española. Mauricio era un joven rebelde, enrabiado por el divorcio de sus padres, que buscaba – entre la militancia política y las escapadas nocturnas – un cierto sentido a su existencia. Eran épocas donde la identidad se barajaba entre los pantalones de mezclilla (nadie los denominada “jeans” entonces ni eran tan ubicuos), el tabaquismo y el pelo revuelto. Había algo de candor en la manera como se relacionaban las chicas y chicos en aquel ambiente. La sexualidad en aquellos años solía ser menos flagrante y se sostenía con su endeble peso sobre las ramas del flirteo. Laila se acercaba titubeante al grupo de alumnos mayores en los descansos; era una adolescente hermosa, de figura esbelta, apenas debutando en un cuerpo de mujer que su actitud aún desconocía. En un primer momento, su inmadurez despertó en Mauricio la certeza de un erotismo que florecía. No paraba de mirarla y escrutar sus facciones, sus pequeños senos, las piernas larguiruchas y su cabello negro, como humo al viento. Fumaban a escondidas y no bien escapaban al mediodía de los muros escolares, ejercían esa ingenuidad que los unió muy pronto como enamorados vacilantes.

Pasaron algunos años sin verse, porque Mauricio intentó un diplomado en Sudamérica que no fructificó y, por su parte, ella se adentró en la literatura como quien encuentra por fin una playa abierta donde recalar.

  • ¿Te acuerdas de las mariposas? – pregunta él, para romper el silencio.

Laila se sonroja, inevitablemente y, para disimularlo, se acerca al bebedero y simula refrescarse. Siente su mirada recorrerle el cuerpo, como antaño, cuando dejaba el lecho desnuda para abrir la ventana y desprender la frescura diurna. Se gira y rememora.

Les habían reservado un cuarto de hotel con el hogar encendido y Mauricio optó por secuestrarla en otro, más rústico, pero alejado del barullo pueblerino. Helaba esa noche e hicieron el amor casi vestidos, procurando no revolver las cobijas entre burlas del temblor que los sacudía tan pronto separaban la piel y los abrazaba el frío.

En realidad ahí se conocieron. Al amparo de un sol tenue, se acostaron cabeza con cabeza en la hierba húmeda. Ella le contó sus pérdidas y él le confió a su vez la insólita travesía que supuso estudiar en el extranjero.

  • Aprendí a besarte – admite él, con recato. – Me acuerdo que vestías de cuero; lucías tan delgada, tan risueña. La gente nos observaba como si fuésemos una pareja de película. Supongo que irradiábamos algo más que extrañeza. Ambos fumábamos constantemente para mitigar el frío y charlábamos todo el tiempo, inventando fantasías, soñando con viajar al fin del mundo.
  • Me contaste tantas cosas, Mauricio, que parece mentira que el tiempo nos haya separado tanto.

El hombre rompe a llorar y enseguida se avergüenza. Intenta secarse las lágrimas y sólo consigue mancharse las mejillas. Laila advierte que no se ha bañado, que tal dejadez personal es una muestra más de su naufragio.

A poco se recompone y parece perderse en la distancia y los recuerdos. Ella no atina si quedarse a su lado o bien despedirse y en cualquier caso ofrecerle ayuda para hacer menos árida su agonía.

  • Creo que nos consumió la cotidianidad – piensa, aunque no lo dice, temeroso de suscitar un conflicto, a esta alturas más que innecesario.

Le recuerda cuando nació su primer hijo, las carreras por llegar al parto, su torpeza en el quirófano y la imagen – que no había forma de sustraerse – de ser un padre demasiado joven e inexperto. Vivían en un pequeño apartamento, en el que cabían apenas la cama, una mesa plegable y la cuna del bebé, que se usaba poco. Esa sencilla felicidad los cobijaba, sus aspiraciones no pasaban de la puerta.

Laila completa la escena contándole cómo bastaba ir al mercado los sábados, cargando a Benjamín en brazos; escoger la fruta y el pescado juntos, saborear los jugos recién exprimidos, gozar del color y los aromas de flores y cocimientos.

  • El dinero era sólo eso entonces, cabía en una mano y era suficiente para cubrir con humildad nuestros anhelos.

El hombre quisiera disculparse, decirle que no hay dolor más grande que este vacío, esta ausencia. Pero se limita a escucharla, acaso como no lo hizo antes, sopesando sus palabras y sus gestos.

  • Después vino la complacencia, seguramente tú la sentiste antes de marcharte. Esa especie de lodo que penetra bajo las puertas, que hace más azarosa y sucia la existencia. Uno se resbala en esa podredumbre todas las mañanas, pero no se atreve a admitir la derrota y sigue arrastrando los pies, hasta que todo adquiere un color pardo, de putrefacción, de pena. Acaso debimos ser más sinceros, Mau; tú querías volar y yo quería tus alas. A despecho, terminamos atados el uno al otro como Prometeo, devorándonos, culpables de habernos arrebatado el fuego.

Cuando ella deja de rememorar, él irrumpe:

  • Hace poco leí que la soledad mata como quince cigarrillos diarios – y libera una carcajada seca, de esas que hacen dudar de la cordura.
  • Lamento tanto que te hayas quedado solo, Mau; pero tú te lo buscaste siempre.

Ha caído la tarde y las sombras recorren el silencio que ahora los rodea. Laila coloca una mano sobre el muslo de este hombre marchito, que la mira – quizá por última vez – con la convicción de que la ha amado.

PD. Mauricio falleció cinco semanas después de ese encuentro providencial. Lo acompañaron sus hijos. Murió escuchando el tercer concierto para piano de Rachmaninoff, su favorito.

 

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