Morir en la raya

Morir en la raya

Esta expresión, que evoca las peleas de gallos en la tradición mexicana, se usa para referirse a una muerte valiente, haciendo alarde de temeridad y de osadía. Podría bien aplicarse al ejercicio de la Medicina, a partir de los desvelos que enmarcan la formación académica y la entrega – no siempre resolutiva – que debemos a los enfermos.

La primera muerte bajo nuestros cuidados tiene ese halo sobrecogedor que puso a prueba la humildad y la impericia, la falta de conocimientos, la juventud y la bravura ante lo desconocido. Se queda como una marca indeleble: aquellos ojos inertes, el gesto lívido y sin duda, la impotencia. Asumir la responsabilidad de ese golpe original, de esa expulsión del Paraíso, de esa castración, tiene profundas implicaciones en el ejercicio profesional del médico, porque determina su grado de compromiso con la vida y con la muerte.

Para mí, ocurrió durante el Servicio Social en una noche del perenne verano de Morelos. Me enfrenté, desarmado y vehemente, al drama de no poder rescatar de su ahogo a una niña con Crup avanzado. La recibí – cianótica y moribunda – en una pequeña clínica donde hacía guardia para ganarme unos pesos y cobijar mi magro salario de pasante. Como se pueden imaginar, era un pequeño recinto con una camita y un cuarto de exploración que pretendíamos que subsanara las necesidades de esa población donde la pobreza dictaba la existencia. Ante mi desesperación, carecía yo de los recursos materiales y ciertamente de los conocimientos para intubarla y trasladarla a un hospital apropiado para su gravedad. Me consuela decir que hice todo lo que estaba en mi mano esa noche, que intenté resucitarla como rezaban los libros, que me reuní con la familia y me envolví en su inmenso duelo, tanto que recorrí con ellos el áspero sendero de la tragedia. Juntos hicimos un velorio improvisado y esa noche, flanqueado por la conmoción y aquellas casuchas rurales, me retiré cabizbajo entre el aullido de los perros.

Han pasado cuatro décadas, pero la imagen de ese primer deceso sigue grabada en mi inconsciente y supongo que me hace luchar con más tenacidad cuando me enfrento a una crisis o a un enfermo agudamente grave. Naturalmente, ha cambiado mi perspectiva; mis recursos son más eficientes y la experiencia me ha pertrechado para tomar cualquier decisión – por intempestiva o delicada que resulte – ante la adversidad.

Cabe decir que en nuestro tiempo, constreñidos por guías clínicas e investigación de vanguardia, los profesionales de la salud nos guiamos por resultados. La recuperación de un paciente, su incorporación a las filas de las estadísticas más confiables (es habitual que sean aquellas emitidas por instituciones de prestigio o estudios multicéntricos debidamente avalados), indica que cumplimos con el deber y resolvimos un acertijo diagnóstico o terapéutico, para bien de sus allegados y del incierto narcisismo que se nutre de tales pequeños triunfos. El enfermo se incorpora – metáfora bíblica aparte -, deja atrás la connivencia con lo ominoso al emprender sus primeros pasos o su primer alimento y sonríe con gratitud desvelando el misterio de nuestro poder carismático. Damos las instrucciones de seguimiento, nos alejamos de su cama y, como una neblina imperceptible, la rutina nos envuelve de nuevo en otras preocupaciones, camino de otros retos o desatinos.

Pero de igual manera ocurre, por fortuna con menor frecuencia, que el espectro de la fatalidad se ubica en la cabecera del enfermo. Pese a que luchamos con denuedo, cambiando indicaciones, buscando consensos y recursos en el entorno, rasgando la piel y las vísceras para desterrar lo siniestro… al final, perdemos la batalla. Muchas páginas y anécdotas se han recogido en la literatura médica que describen esta sensación de fracaso (al final de esta nota les incluyo algunas que merecen una lectura atenta).

Hacer frente al deceso de un paciente con el que nos hemos visto involucrados, por supuesto afectivamente, es un proceso doloroso que despierta rabia e incertidumbre y que pone a prueba nuestro bagaje de heridas narcisistas. Las más de las veces nos sumergimos en una defensa negadora, que es una forma un tanto precaria de llevar el luto por dentro, aislados, rumiando el error y la vergüenza, alejados de las miradas de nuestros colegas, que devienen acusadoras en su complicidad.

Otras veces, pasamos simplemente la página, movidos por la estupefacción y el peso de la derrota, mientras damos – e intentamos darnos – explicaciones de lo que pasó, de lo que omitimos o perdimos de vista en el viraje hacia la muerte. Nos conforta hasta cierto punto refrendar que elegimos esta profesión de riesgo, que la agonía y el éxtasis nos acompañan siempre, ante cada paciente y cada excursión diagnóstica; que la naturaleza humana es insondable y que pone a prueba nuestra falibilidad ante cada empresa. Endeble justificación.

Ante la inminencia del desenlace, nos vemos inmersos en un extraño compás afín al pesar de la familia, que reclama tanto como ruega con los ojos que salgamos triunfantes de este sueño indigno, que despertemos a otra realidad donde no quepa la muerte ni la desgracia. Pasan largas horas que se antojan dilatadas por la espera, distorsionadas por eso que hay que sufrir sin remedio. Nos situamos por un instante en el trashumar de todos aquellos casos perdidos: los discernibles de Terapia Intensiva; los terminales que se van desmoronando día tras día; los súbitos, que son a la vez venganza y testimonio del orden natural; los asumidos, que nos siguen mientras los acompañamos en su declive; y los precoces, tal como una helada en primavera, que nos paraliza de impotencia y encono.

El paso por los departamentos de Patología, la disección de cadáveres, y ante todo las autopsias, nos entrenan la convicción y el temple; nos forjan contra imprevistos e imposibles, pero no nos inmunizan. La muerte de un ser humano sigue siendo el paradigma del quehacer médico, el que marca su destino y su resolución, el que evoca su propia finitud frente a la tarea caprichosa que escogió para conocer y desenredar la trama de las enfermedades.

Por eso resulta fatuo alardear de tal o cual posición frente a la eutanasia y el suicidio asistido. Los cuidados del moribundo han tenido un lugar esencial en la cultura desde sus orígenes, y encierran todo el misticismo y la veneración que sirve de sustento alegórico a las religiones. Pero la agonía de un enfermo desarma, irrumpe en el inconsciente como una daga que explora y diseca lo irracional del médico en su afán por “salvar vidas”, cuando apenas puede – como cualquier mortal – descifrar sus propios fantasmas.

La eutanasia, si bien se ha logrado autorizar en muchas sociedades con menos fascinación cultural hacia lo macabro, a mi parecer es un evento estrictamente individual e imbuido de emociones. Claro que requiere el consenso de la familia en primer lugar y también del comité de ética o del estatuto legal que gobierna el acto médico en cada circunstancia. Pero ante todo es un acuerdo de valores, de vidas y afectos compartidos ante lo ominoso y lo inevitable.

Cuando muere un paciente (y decimos con razón: “cuando se nos muere un paciente”), algo muere también en nosotros. Acaso un dejo de superioridad o de certeza, quizá la veta de resiliencia que nos hace levantarnos todas las mañanas como caballeros audaces, ungidos de esa armadura contra todo lo aciago y lo funesto que entraña nuestra profesión. No, supongo más bien que muere la apatía, la ineptitud, la falta de sinceridad con uno mismo… y volvemos a la carga, menos ciegos pero quizá más deslumbrados.

Bibliografía recomendada:

How we die: reflections on life´s final chapter. Sherwin B. Nuland. Vintage, New York, 1995.

On being a doctor 3: voices of physicians and patients. Michael A. LaCombe, Christine Laine (editors). American College of Physicians, 2007.

The art of letting go. Ranjana Srivastava, en este vínculo:

http://www.nejm.org/doi/pdf/10.1056/NEJMp068278

El médico y la muerte. Ruy Pérez Tamayo, en este vínculo:

http://www.facmed.unam.mx/eventos/seam2k1/2002/ponencia_ago_2k2.html

Being mortal: Medicine and what matters in the end. Atul Gawande. Picador, New York, 2017.

When breath becomes air. Paul Kalanithi. Random House, New York, 2016.

The day of the dead and other mortal reflections. Francisco Gonzalez-Crussi. Harcourt, New York, 1993.

Arenas movedizas. Henning Mankell. Tusquets editores, Barcelona, 2015 (ISBN –  9788490661383)

La vida de otros

La vida de otros

“Pero hay otras cosas que un hombre teme decirse aún a sí mismo”                                  Fédor Dostoiewski en Memorias del subsuelo

No puede conciliar el sueño, lo asalta la incongruencia. Ella duerme plácidamente a su lado, desnuda, ajena al repicar de la lluvia en los cristales. Es grato verla respirar tras el orgasmo, ungida de besos y sudorosa; pero él se sabe remoto, un inmigrante que nunca será del todo dueño del aire que aquí se respira.

Tratando de no despertarla, Youssouf se incorpora con mucho tiento y recorre la cortina para calcular la hora. Aún le sorprende el paisaje urbano, con ese viento insalubre que mece los castaños y los pinos, la luz esquiva de los faroles, tan ajenos a su mundo. Se gira para mirarla dormir, capturar su imagen, apresarla contra el orden del tiempo. Debe volver a la constructora temprano aunque se resiste a dejarla sola, menos ahora que ronca y su espalda descubierta es un poema que lo reclama.

Recoge su ropa y se viste en silencio en el comedor, acallando a la gata con un poco de leche para evitar que maúlle y despierte a Arantxa. Antes de ponerse la camisa aspira el perfume que ella depositó en su piel al abrazarlo; creyó que lloraba, pero era sólo un suspiro profundo de saciedad, de retenerlo aún más en su cuerpo abierto. El hombre es consciente de que tendrá que renunciar a su pasado si quiere permanecer con ella; todo está escrito, no vale la pena repetirlo ni sabotear el placer de amarse clandestinamente.

La humedad gélida de la mañana lo sacude cuando sale al balcón y, de un salto, está en la calle como un ladrón de sueños, aunque éste ha olvidado su botín al pie del lecho de su amante. Se cerciora de que sus pertenencias están en los bolsillos y emprende el paso para ganar calor y sacudirse la pereza.

El velador del restaurante de la esquina, si bien han cruzado saludos ocasionalmente, lo mira con desconfianza mientras apaga su cigarrillo contra un árbol. Pasan sin prisa los primeros autos que desafían la bruma. Youssouf es alto, de piernas largas y anchos hombros; viste ropa ligera a pesar del clima y usa lentes, si bien la negrura de sus ojos parece penetrar el alba. Lleva las manos en los bolsillos de su impermeable y los pocos transeúntes que enfrenta le dejan la vía libre. Esa actitud se aúna a su sensación de soledad y extrañeza, algo que Arantxa con sus halagos trata de minimizar, aunque siempre será obvio. Transita con pesadumbre por las aceras encharcadas, silbando una canción maliense que aprendió de niño, cuando había esperanza en el Magreb y el cielo rebosaba de estrellas como frutos prohibidos.

Amparado de la lluvia, su compañero Oumar lo está esperando a la entrada del edificio. La capucha lo hace verse como un bandido al acecho.

  • Todavía no abren, Yous – le dice, ofreciéndole un pitillo.

Se conocen bien. Juntos tomaron la patera para llegar a Europa y vieron morir a varios extranjeros y coterráneos ahogados en su desesperación por alcanzar las playas antes de que los arrestara la guardia costera. Youssouf y Oumar fueron afortunados. Los detuvieron en un perímetro de púas durante varias semanas de hambre y hacinamiento hasta que un reducto de amnistía les permitió quedarse en Ceuta e intentarlo de nuevo. Hasta hoy son la lacra que la sociedad llama “los sin papeles”, pero el trabajo temporal les permite subsistir y, a veces, soñar un poco.

Cuando entran los primeros haces de luz, Arantxa se estira para sacudir la modorra y se voltea sobre sí tanteando las sábanas revueltas en busca del cuerpo de Youssouf. Su ausencia la enrabia de momento, pero la humedad entre sus piernas suaviza el enojo y decide levantarse. Se enfunda unas bragas limpias, se entalla la bata de seda y prepara café al tiempo que decide si lo llama o espera a que la añore, como tantas otras madrugadas. Es temprano para contactar a sus hijas, que viven solas desde el verano pasado; así que se recuesta y abre el libro que dejó pendiente, atenta al teléfono y al ronroneo de Loli que se agazapa a su lado y se deja mimar con zalamería.

Suena el teléfono y, como una adolescente ansiosa de una cita, alcanza el auricular arrojando el libro al suelo. Loli salta asustada fuera de la habitación, la cola en alto.

  • ¿Cómo está mi bonita? – dice la voz ronca de Youssouf, quien se recuesta en una columna, café en mano.
  • Te fuiste sin despedirte, tonto. La próxima vez encontrarás la puerta cerrada.
  • Su balcón no es tan alto, mi amada Julieta – replica el hombre, riendo por lo bajo.

En ese instante entra Oumar al recinto abierto, viene corriendo casi sin aliento y visiblemente ensangrentado de la cabeza. Youssouf suelta el teléfono y lo recibe entre brazos cuando se desploma. Atrás de él, blandiendo garrotes y cuchillos, aparecen tres sujetos con las cabezas rapadas y profiriendo insultos de corte racista. Su actitud brutal demuestra que están dispuestos a matarlos.

Youssouf alcanza a depositar a su amigo a un lado antes de encararlos. Con un ágil movimiento se saca el chaleco de trabajo y lo envuelve en su antebrazo para eludir la primera estocada. Los tres sujetos se plantan delante del él y cierran el cerco. A sus pies, la voz apagada de Arantxa desde el móvil insiste: – ¿Mi amor, qué pasa, qué pasa?

La policía recuperó los cuerpos de tres hombres, dos de ellos desfigurados por heridas de navaja y porras. El tercero, un skinhead conocido por sus fechorías, murió con el cuello roto mientras peleaba con una de las víctimas. Sus cómplices se han dado a la fuga. En la morgue, sólo uno de los fallecidos ha sido identificado por su novia, quien no paraba de llorar sobre su abdomen saturado de moretones y heridas secas.

Arantxa se ha quedado sola. Sus hijas, Mireya y Susana, le ofrecieron acompañarla esta primera noche de infortunios, pero ella les ha dicho que prefiere arropar su duelo y que estará bien, que no se preocupen. Ha empezado a llover de nuevo, como un llanto que trae gota a gota la voz de Youssouf, el calor anticipado de su cuerpo sobre el de ella, voraz y jadeante.

  • Dime si te peso mucho, hermosa – y sus labios ansiosos, excitando su piel, palmo a palmo sin descanso.

PS. Los recientes choques en las ramblas de Cataluña han reavivado de nuevo la vindicación del odio hacia los migrantes de África. Pareciera que tal desafío de fronteras agudiza las diferencias y el rechazo de los otros, los recién llegados, los que extienden sus mantas a sol y sombra, los invasores. Es evidente a su vez el ascenso de una corriente social y política que destaca la xenofobia y desconoce la historia de siglos de ocupación en el continente negro. Tal marejada racista es muy peligrosa, porque celebra la discriminación y, en un nivel inconsciente de masas, justifica la muerte – en el fondo del Mediterráneo, los tugurios o las cárceles – de hombres y mujeres que buscan un futuro mejor para sus hijos en países más afluentes.

El fenómeno migratorio es un problema complejo que atañe a toda la humanidad. Es el resultado de una explotación descarada de los recursos naturales tanto como de las guerras tribales que han azotado a los países africanos desde que se trazaron fronteras arbitrarias para satisfacer a los conquistadores. Basta leer un poco para caer en cuenta de que el rey Leopoldo II de Bélgica, la voracidad de los franceses, portugueses y alemanes, así como el ultraje del Imperio Británico fueron aliados y se sirvieron con la cuchara grande para dejar a su paso pobreza y desolación cuando se cansaron de extraer minerales y maderas preciosas de esas tierras. (Algo semejante puede decirse de Latinoamérica y del sudeste asiático, guardadas las proporciones).

Hoy, despertando de su inopia, Europa está pagando el precio de haber sojuzgado a millones de personas durante tres siglos. La migración de los necesitados no cesará hasta que no se ofrezcan condiciones de equilibrio entre los polos del mundo. Es la crónica de un desastre anunciado.

Lo siniestro en el cuerpo

Lo siniestro en el cuerpo

Los mitos griegos tienen la virtud de enseñarnos la realidad y la fantasía como metáforas de nuestros temores y alcances. En ese tenor, han sido interpretados por el psicoanálisis contemporáneo con gran utilidad teórica. Les recomiendo una lectura instructiva al respecto: El héroe de las mil caras de Joseph Campbell (Fondo de Cultura Económica, ISBN 9681604229).

Me parece que el mito de Perseo y Medusa tiene un atractivo psicológico especial. Hija de dioses marinos, Medusa era una ninfa de una belleza deslumbrante, con cabello sedoso y voluptuosas formas. Alardeaba de ser más bella que la diosa Atenea y llevó su arrogancia al extremo de seducir a Neptuno. Ante la ofensa, Atenea la convierte en Gorgón, un ser espeluznante con serpientes por cabellos, capaz de petrificar con su mirada. Perseo, obligado a rescatar a su madre, enfrentó al monstruo desviando su mirada con el reflejo de su escudo para decapitarla. De la sangre de Medusa degollada surgió Pegaso, el caballo alado, para mistificar los sueños.

Podemos destacar varios elementos de esta escena mítica. Nos sugiere que la vanidad y el incesto se pagan con humillación. Que la belleza debe protegerse con cierta humildad y que sólo los anhelos altruistas (en lenguaje puritano, que subliman lo sexual) obtienen recompensa. Parecen decirnos también que el amor verdadero busca lo sublime, reafirmando la contrición y la lealtad. El castigo es perder la mirada, quedar anulado y petrificado ante el mundo, presa de la monstruosidad del deseo o de la perversión.

Con este preámbulo metafórico, y aceptando con quien lee estas líneas, que somos indisolublemente cuerpo y alma, entro en materia. Tres enfermedades que causan que nuestros órganos heridos se tornen fibrosos como piedra, son trastornos que conjugan lo genético, lo afectivo y lo ambiental en diversos grados para manifestarse.

 

  1. Esclerodermia. Como su nombre lo indica, se trata de un endurecimiento (esclerosis) de la piel. Es una enfermedad compleja que combina fibrosis cutánea extensa, autoanticuerpos contra componentes nucleares que pueden ser detectados en el suero del enfermo y cambios de expresión sensorial en el endotelio vascular, que afectan la circulación y alteran los componentes de la sangre. La forma difusa y la forma limitada de estas enfermedades que endurecen tanto la epidermis como el tejido conectivo difieren en agresividad y, por ello, también tienen distinto pronóstico. Lo más determinante es que, al involucrar los pulmones, los riñones y los vasos periféricos, tienden a causar daño cicatricial irreversible con falla ulterior de estos órganos que gradualmente resulta incompatible con la vida. Es una enfermedad autoinmune poco común, que afecta aproximadamente a doscientas personas por cada millón, con predominio de cerca de diez mujeres por cada hombre. Los estudios genéticos para establecer una susceptibilidad específica han sido erráticos, así como la inferencia de que ciertos factores ambientales pueden producir formas clínicas similares a la esclerodermia (contacto con cloruro de vinilo, sílice, aceite tóxico de colza o las formas fibrosis asociadas al síndrome carcinoide). Diversos factores oxidativos, proliferativos o angiogénicos se han asociado con la citopatología de esta enfermedad progresiva, cuyo común denominador es la activación de los fibroblastos que subyace a la piel. El tratamiento, que conjuga vasodilatadores con inmumoduladores y fibrinolíticos, suele ser frustrante en las formas generalizadas. Esperamos que a medida que el conocimiento del proceso vascular y cicatricial aumenta, y se descubra cómo modular los factores angiogénicos y fibrosantes, tengamos mejores opciones terapéuticas para estos pacientes.

 

  1. Calcinosis cutis. Este grupo de padecimientos raros, consiste en la formación de depósitos de calcio bajo la dermis por causas tumorales, distróficas, por efecto de medicamentos o incluso sin razón aparente. Fue descrito por el famoso médico alemán Rudolph von Virchow en 1855 en pacientes que sufrían de hiperparatiroidismo asociado a  falla renal. La forma mejor documentada es la presencia de depósitos distróficos de calcio como una manifestación anormal de algunas enfermedades inflamatorias o fibrosantes (dermatomiositis, esclerodermia generalizada, paniculitis, sarcoidosis, epiteliomas calcificantes y ciertos tipos de cáncer que producen justamente alteraciones de la hormona paratiroidea). Lo fundamental, como pueden inferir, es encontrar la causa que subyace al depósito alterado de calcio bajo la piel. Poco se logra con la resección quirúrgica, más allá de cierta mejoría estética, y si bien se han intentado diversos recursos farmacológicos, como los bifosfonatos, probenecid, warfarina o diltiazem, sus resultados no han sido consistentes. Queda mucho por investigar en este campo y, desde luego, por ahora lo prioritario es diseñar estrategias preventivas siempre que sea posible.

 

  1. Osteopetrosis. Se trata de un síndrome peculiar que resulta de una falla molecular de los osteoclastos para reabsorber el hueso. Por lo tanto, se acumula hasta producir “rocas en la superficie ósea”, como indica su nombre. Fue descrito en 1904 por el radiólogo alemán Albers-Schönberg, y a veces se denomina a la osteopetrosis con este epónimo. Se han asociado más de quince genes en la forma heredada autonómica o recesiva, que tienen que ver con la proliferación y metabolismo de estas células remodeladoras de nuestra osamenta. La forma infantil es la más grave y entraña la ocupación de la médula ósea hasta producir pancitopenia (es decir, supresión de los precursores de células sanguíneas), así como la osteomielitis del maxilar por compromiso de flujo sanguíneo. Algunos casos responden a transplante de médula ósea y al empleo paliativo de eritropoietina, pero su pronóstico aún es ominoso. En contraste, la osteopetrosis en adultos se diagnostica por las alteraciones radiológicas prototípicas de esclerosis y endosteosis en cráneo o pelvis, así como la elevación de enzimas derivadas de hueso (fosfatasa ácida e isoezima BB de creatinfosfoquinasa). Termina por confirmarse con las mutaciones genéticas (LRP5 y CLCN7) que distinguen a los dos tipos clínicos principales. Su tratamiento ha sido un cúmulo de frustraciones: vitamina D, interferones y prednisona producen un alivio limitado y, ocasionalmente, previenen algunas fracturas, pero hasta ahora no tenemos un tratamiento universalmente efectivo.

 

La integración del sujeto se hace frente al espejo, bajo la mirada confirmatoria de la madre. Sólo entonces, el cuerpo deja de ser un arquetipo para consolidarse en su representación imaginaria. Aquello que quedó escindido en lo simbólico gravitará como una daga inserta en la carne, más allá del horizonte perceptual, hurgando las entrañas para descomponerlas.

En la Mitología, la Medusa petrificante encarna lo siniestro, lo que no alcanza el lenguaje y nunca será representado. En efecto, muchos padecimientos inexplicables por la Medicina contemporánea atestiguan lo psicosomático, donde la herencia y la fragilidad humana se entrelazan y se pierden.

Sous un nuage de lait

Sous un nuage de lait

Abrigo la sospecha de que la tempestad del mundo contemporáneo avasalló a mi padre. Su generación apenas descubría los deleites del radio (el inalámbrico, decían entonces) cuando las arengas de Goebbels en ese medio impulsaron el Blizkrieg y Europa cayó en la penumbra. Él era un adolescente y, gracias a su afición por el cine, se deslumbró con la furia militar que hacia presa de la civilización una vez más. 

En un planeta más áspero y empobrecido, accedió al Politécnico para reparar la herida de su niñez interrumpida por la orfandad, acaso en un clamor oculto por mitigar lo incurable. Mi abuelo había muerto de apendicitis perforada antes de que los antibióticos estuviesen al alcance de los parias del mundo. Las escasas fotos de aquella infancia interrumpida lo retratan con los pantalones roídos y una camiseta a rayas, émulo de las películas de Pedro Infante. Su ambición personal fue el motor que lo catapultó a estudiar Medicina, destacar entre sus contemporáneos y abrir la brecha de una cultura científica en la sierra de Michoacán, donde probó por primera vez la sulfacetamida y salvó a aquellos que por su mano no caerían al abismo que se tragó a  su padre, herido de muerte por la septicemia. De sus relatos conocí el rito de sepultar la placenta en el fango de la cocina (si la recién nacida era niña) o en los campos de maíz si se trataba de un niño, tarea que él acometió con respeto y debutante higiene.

Cuando regresó a su Alma Mater le ofrecieron una beca para estudiar en Texas, que por aquellos años debía ser tan distante como Júpiter para las aspiraciones de un joven galeno tercermundista. Llegó a la UT Medical Branch en 1950, con la promesa de regresar a casarse con su novia universitaria y de abrirse un futuro más halagüeño del impuesto por la posguerra en su raquítica sociedad. Su cabello negro y su porte atlético le valieron pronto el atractivo de las jóvenes enfermeras y el respeto de sus colegas norteamericanos, que se sorprendieron con su inteligencia y sus habilidades deportivas. Jugó futbol americano en las playas de la isla, nadó hasta colapsar un pulmón, remó y navegó por el golfo de México para probar si la distancia definía esa frase maldita: “the right side of the tracks”. Sobre todo, fue un residente entusiasta, ávido de profundizar en los derroteros del alma, compasivo y exigente a la vez. Por más que trató de asimilarse, su genealogía lo anclaba a su territorio y, pese a conseguir una plaza de profesor asistente, la cacería de brujas que impuso el McCarthysmo y las barreras migratorias lo trajeron de vuelta al DF con una sensación de derrota que tardó varios meses en disipar.

Alguna vez me confesó que sus pequeños hijos lo salvamos del derrumbe, porque el trabajo escaseaba y su formación en el extranjero era vista como una desventaja en los círculos del poder académico. Su joven esposa, de origen catalán, se concentró en la crianza bajo el amparo de sus padres, que fueron el puerto seguro que los albergó al volver de su exilio, con una mano adelante y otra atrás, como se suele decir. Se ganó a pulso un lugar en los hospitales públicos, mientras decidía si se hacía psicoanalista (su sueño desde que leyó a Sigmund Freud en la adolescencia) bajo la sombra de Ramón de la Fuente – que entonces todo lo engullía – u optaba por la ortodoxia freudiana.

El círculo de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (Barajas, Feder, Parres, Ramírez, Remus y Zmud) lo acogieron como parte de la segunda generación de candidatos a psicoanalista, especialidad que destacaba en Europa y que se había acendrado en Latinoamérica, incluso antes de penetrar en los Estados Unidos. A siete años de su muerte, me atrevo a decir que fue su época más feliz, cuando absorbía como esponja la Standard Edition y descubría a su vez las enseñanzas colaterales de Otto Rank, Melanie Klein, Kohut, Bion y tantos otros. Debe haber resultado fascinante ser un pionero en ese campo del conocimiento que hoy está tan dividido y vituperado.

Abrió su primer consultorio – alquilado, por supuesto – en la Plaza Miravalle (hoy Plaza Villa de Madrid, donde destaca una copia de las Cibeles) que nos presumió un domingo desde el automóvil, porque no tenía acceso al edificio en días feriados. Ese simple gesto me conmovió por su humildad, como si le costara aún trabajo acceder a las alturas y sentirse merecedor de un espacio propio, legitimado por su esfuerzo intelectual. Había en él, a pesar de su evidente narcisismo, una cierta modestia que le ganaba el afecto de sus compañeros y alumnos, como si su vida se caracterizara por la búsqueda afanosa de un ideal, ese que su padre al morir dejó trunco.

Sin proponérselo, nos enseñó a rivalizar con él, a sortearlo, a llegar más lejos y lograr cada anhelo por fantasioso que resultara. Sembró en nosotros una peculiar avidez cultural (los viajes, los libros, las artes) que recordé esta mañana al escuchar la Rapsodia en Azul de Gershwin y encargar la última novela de Daniel Silva, su autor preferido cuando desistió de leer textos que no lo distrajeran. Si bien fue un viajero asiduo, hacia el final de su vida optó por recorrer el mundo desde su consultorio (que a estas alturas estaba al lado de su casa) y sondear los paraísos terrenales por voz de sus pacientes. Fumó hasta que el miedo a un cáncer (como el de Freud – decía -, incurable, que te cercene la locuacidad), lo hizo detenerse de golpe. Fue a raíz de descubrir una lesión sospechosa en el carrillo interno, aunque sus pulmones ya había sufrido daño irreparable. Él, que interpretó con ahínco la compulsión a la repetición, no pudo con este Todestrieb, que se insinuó entre su piel y su alma, lentamente, como un veneno.

Con el paso del tiempo, he retenido algunas imágenes que lo retratan: nuestra primera visita al panteón donde yacen sus padres, quejándose de mi fragilidad de niño, y yo tratando de explicarle que el temple de su voz era un estruendo. Otra vez, sujetándolo de la cintura – su brazo exangüe sobre mis hombros – al salir de un bar en Santiago de Chile bien entrada la madrugada, para abordar un taxi, y la prolongada reflexión en esa noche de insomnio, vigilando su respiración, para entender que tal borrachera era el delirio y la evasión por haber perdido a su familia. En especial recuerdo su gratitud deslumbrante el día en que su esposa le celebró los setenta años con una fiesta sorpresa, donde encontró a sus amigos y colegas de tantas trayectorias, tomándose fotos a su lado y brindando sin cesar por su camaradería. Fue un hombre bien querido, modesto en sus apetencias y generoso con su trato y su profesionalismo.

Ahora pienso que dos aspectos de su personalidad fueron las alas que le permitieron volar tan lejos de sus orígenes precarios. El primero, su constancia. Nunca dejó de trabajar, de leer o de aprender aspectos diversos de otras culturas que le traían a cuestas sus pacientes o se le revelaban en los diarios. Tanto, que la noche que murió había dejado su ropa lista al lado de la cama: suéter, camisa, pantalón y cinturón (había abdicado de las corbatas años atrás) y un par de zapatos, pacientemente lustrados. Era un apasionado de la lectura, especialmente historia, divulgación de la ciencia y algunos escritos filosóficos. Aunque en su vejez descubrió el placer de las novelas de espionaje, quizá como testimonio de haber disfrutado otrora de John Le Carré, cuando el resto del mundo prefería olvidar la guerra. El segundo rasgo de carácter fue su agudo sentido del humor. Gozaba contar y recontar los mismos chistes, oír anécdotas chuscas o relatar las desventuras de sus hijos y nietos con holgada sorna. Eso lo salvó siempre de tropezar consigo mismo o de claudicar, más allá de las pequeñas tragedias de su vida.

Tenia también esa veta superyoica y fanfarrona que yo odié y nos distanció tantas veces. Supongo que lo mantenía a flote frente a su paternidad aprendida a contramano aún cuando nosotros sufrimos buena parte de tal aprendizaje. Hoy en día, si llego a soñar con él, lo confronto, le sostengo la mirada y soy el hombre-niño que le exige una respuesta o le planta cara a sus veleidades. Extraña reminiscencia onírica, como una voz que se quedó esperando.

Me pregunto, ¿cuánto tiempo andarán los espectros pululando entre nosotros, dando señales de connivencia?

Bajo una nube de leche que enturbia mi café de esta mañana, evoco el sentido ético que me legó en el ejercicio de la medicina. Poco antes de su muerte nos habíamos prodigado mutuo respeto y yo me permití, al despedirme cuando convalecía de una neumonía en su cuarto del hospital, dejarle un beso en la frente, que nos restituyó – sin apenas notarlo, como los mensajes inconscientes – ese cariño que no tuvo palabras.