Old dog

Old dog

Acaba de cumplir setenta y nueve pero mantiene una lucidez envidiable. Desertó del ejercicio y del erotismo desde su último divorcio (no más, insiste), y viene a visitarme porque ha sentido dolores poco usuales en el bajo vientre. Es ingeniero de profesión, retirado, orgulloso de los puentes que construyó durante el auge del desarrollo de algunos estados del norte en la posguerra. Lo acompaña su hija, una mujer ajada si bien agraciada con un aire de frescura bajo los ojos verdes. La entrevista se ve enmarcada por su talante y esa voz tenue, que irradia dulzura. Ambos nos sentimos cobijados. Uno puede inferir que este hombre supo depositar afecto a pesar de su inconstancia.

Con la experiencia de muchos años he aprendido a descifrar el brillo en los ojos de mis pacientes. Cuando falta de manera conspicua y encuentro una especie de penumbra que traduce finitud, me atrevo a augurar (siempre para mis adentros y dudando) que algo ominoso se anticipa. Este es el caso con Emilio. Se recuesta después de tomarle signos vitales y al palpar su abdomen descubro una masa (un plastrón, solíamos decir en nuestro arcano lenguaje de residentes) por encima del pubis. El tumor fluctúa poco y está fijo a planos profundos, lo que traduce una neoplasia infiltrante para el clínico avezado. Además, descubro ganglios inguinales y un soplo aórtico que considero incidental. Su hija nos espera afuera de la sala de exploración y, por mis gestos y el curso del interrogatorio al extraer la información pertinente, parece haber confirmado sus temores.

Dejo que mi paciente se vista con calma y regreso al consultorio para confrontar a la mujer con el diagnóstico presuntivo. Está mirando en lontananza a través de mi ventana, su belleza recortada contra el brillo de la tarde. La atmósfera es tibia, con un tenue rumor de viento, y anticipa llovizna. A lo lejos los techos de algunas viviendas despiden un resplandor dorado en sintonía con el atardecer. La imagen me resulta una metáfora de lo que ganamos y perdemos simplemente por habitar el mundo, por amar y desprendernos cuando se aproxima el ocaso.

Trataré de ser cálido, porque comunicar que la muerte ronda cercana, no puede hacerse ni con premura ni con frialdad. Puede ser que lo hayamos experimentado muchas veces, pero la ética y el humanismo inherentes a nuestra profesión nos obligan a ver a cada enfermo bajo una nueva luz y con el mayor respeto posible.

  • ¿Claudia, verdad? Ella asiente, con ansiedad y expectación. – Sé que usted lo anticipa – continúo –  así que le pregunto, con todo respeto: ¿quiere que le comunique a su papá lo que sospecho?
  • Hágalo doctor, a pesar de su fragilidad aparente, es un hombre sólido.

Su elección de palabras no deja duda del vínculo y de la entereza de una mujer que ha sabido recuperar a su padre de los arrecifes. En ese momento entra Emilio, fajándose la camisa. Nos mira intencionadamente para desentrañar ese asomo de complicidad.

  • Siéntese, ingeniero. Déjeme comentarle mis impresiones y lo que vamos a hacer para atender el problema que lo trae conmigo.

El tono parece sosegarlo y, si a su llegada mantenía la manos apretando los descansabrazos de mi sillón, ahora se relaja y cruza los dedos sobre las piernas. Le explico, evitando cualquier tecnicismo, que encuentro un tumor en el abdomen inferior, que podría proceder del intestino grueso y que se corresponde con los cambios de hábito intestinal que ha notado recientemente. Dado que fue operado de próstata hace algunos años, es poco probable que se trate de un cáncer (empleo la palabra deliberadamente y observo con cuidado su reacción) procedente de ese órgano, aunque no puedo descartarlo del todo.

En este punto, Claudia le toma la mano izquierda, y él accede con una sonrisa de gratitud. No se ha inmutado pero intuyo que ha asimilado todas mis palabras con su peso específico y las está digiriendo para estimar sus riesgos y expectativas. Tampoco sus ojos transmiten desconsuelo o estupor, más bien una cierta aquiescencia, como la de quien ha atesorado la vida y entiende con sensatez que es finita. Su pregunta inmediata refleja mi deliberación:

  • ¿Estoy en condiciones de viajar, doctor?
  • Yo diría que sí, Emilio, pero antes habría que hacer los estudios necesarios…
  • Nada es indispensable, médico, y perdón que lo interrumpa. Puedo inferir que lo mío no tiene mucho remedio o futuro, si lo ponemos así.

Su hija lo voltea a ver un tanto alarmada; está por emitir una reconvención, pero la acalla con un tierno apretón de manos y un gesto de autoridad.

  • Si sus sospechas son ciertas – prosigue – y no tengo porqué dudar de su experiencia, mi cáncer de colon (esto lo subraya con un tono enfático) está más allá de un tratamiento conservador. Estoy dispuesto a someterme a una tomografía confirmatoria, como usted sugiere, pero deme la oportunidad de decidir si quiero operarme – si quiero hipotecar mi escasa longevidad, debo añadir – para que me mutilen y me confinen a una cama.
  • Por supuesto – es lo único que atino a decir.
  • Si usted, y mi tumor, desde luego, me dan permiso de viajar, quiero gastar mis ahorros en llevar a mis hijos a conocer los fiordos de Sudamérica y la Patagonia. Toda mi vida he soñado con beber un buen Malbec (qué ironía, dice para sí) durante una travesía marítima, admirando el paisaje del fin del mundo. Gastar mis reservas, físicas y monetarias, en un tratamiento fútil es algo que no habría hecho antes y mucho menos ante esta perspectiva. Así que deme la orden del estudio, estimado doctor, lo discutiré con mis hijos, planearemos el viaje y, si requiero su asistencia o su apoyo, sé donde encontrarlo.

Claudia se enjuga las lágrimas que inevitablemente ha derramado al escuchar a su padre. De tanto en cuanto él la mira y acaricia su mano crispada. Ante tal consentimiento mutuo, no hay nada que objetar.

Por mi parte, he aprendido una lección de nobleza. Mi función como proveedor ha sido puesta a prueba, no así mi aprecio por la subjetividad y el poder que cada ser humano tiene y se debe a su propio cuerpo. Como médico, uno está aquí para orientar, cuidar, investigar hasta sus últimas consecuencias el origen del dolor o del sufrimiento. Pero no podemos imponer nuestro criterio o nuestra elección terapéutica, esa decisión corresponde enteramente al paciente y, cuando su inteligencia o su voluntad fallan, recae en sus seres queridos, que idealmente sabrán procurar lo mejor que conserven de ese vínculo. Nuestra intervención comienza y termina ahí, donde el afecto y la autoestima forjan sus límites.

Los despido cordialmente, estrechándoles la mano, aunque quisiera abrazarlos. Separa mi oficina de la sala de espera un corto pasillo que de tanto en cuanto me permite atestiguar la gravedad o ligereza que se llevan a cuestas mis pacientes tras la consulta. Me detengo en el umbral para verlos partir. Ella se reclina contra su padre, como una niña resuelta en ternura y necesidad, tomándolo del brazo. Él se deja atraer y la besa en la sien, refrendo del amor que tanto puede frente a lo siniestro de la vida o la muerte.

Posdata. Pocas semanas después me llamó Claudia. El viaje a Chile y Argentina había sido un prodigio. Emilio se deterioró un poco durante ese periplo pero pudo disfrutar de sus hijos, su vino y sus paisajes como lo había anhelado. Murió a poco de regresar a su hogar, rodeado de cariño y sin haber atravesado el tortuoso sendero de la mutilación y la dependencia farmacológica. Su hija me agradeció que respetara su decisión y que le permitiera cumplir su sueño. A mi vez, agradezco entrañablemente haberlo conocido.

Los ecos del silencio

Los ecos del silencio

Entró en el departamento sin hacer ruido. Los vecinos confiaban en que trabajaba largas jornadas en la fábrica y ella a su vez hacía todo lo necesario para mantenerlos ajenos a cualquier suspicacia. Las condiciones de vida en Dresden se habían deteriorado a partir de la maltraída Glásnost y se auguraba una contrarrevolución que los traidores al socialismo ya estarían tramando.
Eva, madre de dos escolares, y viuda de siete años, era una mujer delgada, con cabello entrecano y facciones caucásicas; de ojos grises e inquietos. Atesoraba su medalla al mérito proletario que tenía sobre el dintel de la chimenea junto con un retrato de Marx y la foto de su difunto esposo, héroe de la posguerra y defensor del pueblo alemán. Al menos eso era lo que se solía repetir en los laberintos del Partido.
Esa tarde regresaba de un sesión fatigosa donde varios camaradas y ella revisaron – siempre supervisados por varios cuadros de la Stasi – los expedientes de trabajadores y empleados del barrio de Altstadt, que habitan las casas reconstruidas tras los bombardeos aliados.
Separaron varios archivos de “indeseables” y apátridas, haciendo énfasis en las actividades o desplazamientos que resultaban más sospechosos. Eva Burmeister, siempre solícita para recibir prebendas, se ofreció a seguirlos o coincidir con sus tertulias habituales en los bares del rumbo hasta demostrar su culpabilidad. Los agentes de la Stasi, claramente satisfechos, le ofrecieron recomendarla para un departamento más amplio en el siguiente pleno del Partido.
La mujer se despidió con un saludo lacónico y salió al frío vespertino sonriendo, mientras memorizaba de nuevo los nombres de los enemigos del régimen. A algunos los conocía de vista, nada más; pero había dos – Helmut Schroeder y Veronika Weissman – que habitaban su mismo edificio y a quienes trataba con afabilidad desde hacía años. ¿Quién habría de imaginar que urdían intrigas contra el Estado? Aunque, pensándolo bien, Schroeder era empleado de un banco y Veronika atendía la biblioteca municipal. Con toda certeza habrían creado una red de fascinerosos que operaba clandestinamente en su propio distrito; – ¡bajo mis narices! – pensó con encono.
Nevaba y las aceras estaban resbalosas, así que prefirió tomar sus precauciones y  guardar su rabia para el día en que presenciara los interrogatorios y su nombre se repitiera en las celdas como la denunciante de esos pequeño-burgueses afines a la traición y al derrocamiento del presidente Honecker.

  • Ciegos a los incontables beneficios que nuestro líder ha traído a la democracia antifascista – se repitió Eva, ahora en voz alta.

Al doblar la esquina en la avenida Kreutzstrasse se topó con Mina, la vieja carnicera, quien había combatido en el Frente Ruso hasta la liberación de Stalingrado. Le comentó que atravesaban tiempos difíciles, que la juventud había perdido la fe en el socialismo y que se les veía anhelar modas y música yanquis, que sólo les trababan la razón y los compelían a organizar actos vandálicos en contra del Estado. Meditabunda, Eva se limitó a asentir: – En estos tiempos no se sabe quien es un embaucador o un soplón, que intenta sacar ventaja de las frases sueltas de un buen ciudadano – murmuró entre dientes, mientras veía alejarse a su interlocutora.

Dos farolas de su calle estaban rotas (¡seguramente esos chicos punks que abundan sin oficio ni beneficio!) y tuvo que esperar a que pasara un auto para iluminar el último trayecto hasta su domicilio. La nieve se había acumulado en los peldaños y se sujetó con tiento en la pared del vestíbulo para no patinar y golpearse otra vez la rodilla, aún tumefacta desde la semana anterior.

Una vez en su casa, accede con sigilo y deja a un lado las botas y el abrigo. Arroja los guantes a la mesita del recibidor, y se dirige a preparar un té antes de cerciorarse de que los niños siguen dormidos. La televisión, prendida hasta estas horas, emite una luz mortecina. Ya reprenderá al despertar a los chicos por dejarla así – se dice – consumiendo luz al por mayor. – ¡Cómo si le regalaran el salario! Maldita austeridad.

Se traslada a la sala de estar y con un discreto empujón del volumen tres de las obras escogidas de Marx y Engels en la parte superior izquierda del librero, destraba la puerta corrediza que bloquea su despacho secreto. Ahí, frugalmente, se acomoda una silla, una mesa, un radio de onda corta y un panel  telefónico – como una pequeña terminal con sus conexiones y orificios – marcado con los números de cada departamento en el edificio.  Enrosca el foco aislado en el techo y acto seguido, enciende la lámpara de mesa y la red de telefonía. Coloca sin prisa su taza de té y un bizcocho de crema sobre la mesa de metal y se apresta a dedicar las siguientes cuatro horas a escuchar las conversaciones de sus vecinos. Todo siguiendo la prioridad de acuerdo a los expedientes consultados; anota fechas, datos inconexos o frases que ofrezcan información acerca de sus oscuras intenciones.

De tanto en cuanto, regresa a la cocina a servirse más té o dedica unos minutos a orinar y despintarse, se recoge el pelo en una trenza y vuelve a la carga. Al filo de las dos a.m., cuando las conversaciones se han abatido por completo, revisa sus anotaciones, marca en rojo los detalles más sugerentes y se desliza en silencio hacia su recámara, que olvidó calentar. Tendrá que dormir otra vez con dos edredones, ¡qué fastidio!

Hace unos días, su hijo menor Erick (a quien nombró como su admirado presidente de la DDR) jugaba con su avioncito de lámina e inadvertidamente, descubrió su escondite. Por suerte, el mayor, Karl, estaba estudiando en casa de un amigo; porque hubiese sido muy difícil explicar el hallazgo de una central telefónica en casa. Por lo pronto, Erick creyó la historia de que antes de habitar ese edificio, durante la guerra, su departamento era un centro de contacto entre la resistencia comunista. Agregó que el equipo era obsoleto y ya no servía desde los años cincuenta, por lo que lo mejor es que conservaran ese secreto entre mamá y su hijo consentido.

– ¿Te parece bien, mi querido guerrero? – le preguntó, guiñando un ojo. El pequeño asintió, algo aturdido y sin abrigar más conjeturas.

En las semanas siguientes, tendría que replantear la seguridad con sus superiores. Tal vez llevarse la estación de rastreo a otro departamento o, aún mejor, cuando le asignaran un piso más grande – tres habitaciones, dos baños, estufa con hornillas eléctricas, soñaba – podrían optar por un equipo más moderno. Quizá instalar una red inalámbrica, como seguramente lo hacían en Moscú y Budapest, siempre más avanzados, que estaba permitiendo cazar a los enemigos del pueblo con mayor eficiencia.

  • Atrás quedaron las restricciones y la indiferencia de los jefes en la Stasi; me he ganado su respeto tras denunciar al viejo aristócrata Mayer, quien guardaba en su biblioteca personal libros de Schiller, Kafka y un tal Walt Whitman, ignotos agentes del imperialismo. Además, el traidor había ocultado – de los bienes asignados al Estado por la expropiación socialista – dos cuadros de Oskar Kokoschka que dijo que eran una herencia de su abuela, para colmo judía. Aseguró además bajo juramento que había escapado de los campos de concentración – seguramente por sus conexiones con los reaccionarios ingleses y austriacos – pensé yo.
  • Mientras escuchaba el interrogatorio desde un cristal opaco, dudé en todo momento de su inocencia y ratifiqué mi delación cuando el tribunal revolucionario lo envió a las granjas de trabajo forzado y reeducación en Silesia. Nunca regresó. De hecho, su departamento, dos pisos abajo del mío, le fue asignado a la familia del gendarme Fuchs y su prima, colegas de la unidad de investigación de delincuencia clandestina, a la que orgullosamente pertenezco.

Posdata. Además de la insigne película Das Leben der Anderen (2006) del cineasta Florian Henckel von Donnersmarck que nos abrió los ojos al tema, me encontré con la novela de András Forgách “No live files remain” (Scribner UK, London 2018) que relata el descubrimiento de que su madre, la insondable Bruria, era en secreto la Sra. Pápai, agente de los servicios de inteligencia húngaros. El desgarrador testimonio de un hijo que se entera de que su progenitora mandó al cadalso a numerosos ciudadanos se convierte en razón de vida y de divulgación. Su dolor (lo supo varios años después de que ella había muerto, en 2014) se puede resumir en este pasaje:

“Cómo te sientes por todos esos momentos que conviviste con ese pequeño eslabón o tornillo […]. Todo se vuelve ahora sospechoso, especialmente la belleza […]. Una sombra cubre todo recuerdo, y no se puede hablar de ello. Pero tampoco se puede callar.

Hundirse en cristal líquido

Hundirse en cristal líquido

El púber se levanta esta mañana dominical antes que el resto de la familia. Su cara denota cansancio, porque estuvo “conectado” al Chat con sus compañeros hasta las 3 a.m. Nada nuevo.

Intercambiaron opiniones sobre el fin de curso, los que se van, quienes repiten; algo sobre una maestra solterona y sus presuntas perversiones. Abre un refresco de lata que escupe gotas tibias sobre la pantalla, y presiona el Mouse para reconectarse. La deprivación de sueño lo hace sentir mareado y con lagunas mentales. Luego, aumenta su visión borrosa ante el parpadeo incesante del monitor. Se restriega los ojos cansados y siente náusea, que precede a una luz fulgurante. Lo encuentran media hora más tarde, maltrecho en el suelo, volviendo apenas de la inconciencia, orinado y con la lengua sangrante. Ha vuelto a convulsionar.

A medida que aumenta la profusión de recursos que se transmiten por vía electrónica, la atención de una creciente población (sobre todo infantil y juvenil) se deslinda del orden cotidiano, para encallar en la omnisciente pantalla de la computadora. Su vida parece revolverse ahí: cuestiona y entiende el mundo, conoce y desconoce amigos, desea y elige, explora y rechaza. Nada es inaccesible, porque la computadora sustituye al universo tangible por una percepción virtual que lo trasciende todo, en apariencia.

De tanto en cuanto, se pueden notar avisos en aparatos electrónicos, luces estroboscópicas o videojuegos que advierten acerca del riesgo de sufrir ataques epilépticos fotosensibles. Son eventualidades raras, que ocurren tal vez en uno de cada veinte personas con epilepsia. Suceden como reflejo de estímulos visuales repetidos sobre una corteza cerebral agotada y por ello irritable. La mayoría de los casos ocurren durante la pubertad, quizá fruto del persistente choque de patrones oscilatorios o vacilantes sobre un cerebro estimulado.

Se recomienda mantenerse a dos metros de la pantalla de televisión en personas susceptibles para evitar esas convulsiones fotoinducidas. Si bien los monitores actuales ofrecen poco riesgo, todavía algunos de tubo de cátodo tienen ritmos de refrescamiento de imagen de 70 Hz (setenta flashes por segundo). Los monitores LCD (de cristal líquido) son más seguros porque no despliegan imágenes refrescadas en toda la pantalla. Hoy sabemos que las convulsiones fotosensibles son motivadas por software que desprende ráfagas de luces o imágenes cambiantes, como la mayoría de los juegos de acción para niños y jóvenes.

La capacidad de atención está ligada al pulso afectivo. Nos concentramos en función de algo que resulta intrínsecamente motivador, que nos refrenda un vehículo para nuestros deseos e inquietudes. Por ello es tan determinante la motivación de los padres en cuanto se abre el horizonte perceptual de los hijos, y adquieren el lenguaje espejeando su entorno. Decimos que son “como esponjas”, que todo lo absorben sin discriminar la intensidad de los estímulos. Pero lo cierto es que las huellas de memoria que van imprimiendo están cargadas de afecto (entiéndase por ello excitación, angustia, miedo, gratificación, placer, etc.) y crean un repertorio sensible y gradualmente inteligible, con tonos y tintes variados, al ritmo de la voz y la palabra. Así se va configurando la personalidad, la relación con los otros y la cualidad de contenerse a sí mismo. En dos palabras: somos el reflejo de lo que aprehendemos.

Las estimaciones del tiempo de atención de un individuo varían de tres a cinco minutos por año de edad en niños pequeños, y alcanzan su máximo en adultos jóvenes, alrededor de 20 minutos para un solo concepto o mensaje. Después de ese lapso, casi todos cambiamos de enfoque o permitimos que un pensamiento diverso irrumpa desde el inconsciente. Eso ha hecho que la mayoría de los visitantes diurnos de las redes sociales renuncien a su capacidad de reflexión en favor de los emojis, animojis u otras imágenes transitorias que van sustituyendo el lenguaje. En suma, la gente se aplica a su teléfono móvil, recorta frases, utiliza retratos evanescentes y desiste del lenguaje hablado y del contacto físico.

Pedir incluso que los lectores de Facebook, Instagram, Twitter y demás instrumentos de comunicación instantánea, se sienten cómodamente a leer un libro que rebasa las cien páginas o en el que hay que adentrarse poco o poco hasta captar el hilo narrativo, es una exigencia que cada día menos personas están dispuestas a aceptar. ¿Nos volveremos sin advertirlo robots de lo virtual o seguiremos esperando al otro, su piel, su ternura y sus ideas para compartir más que lo efímero?

Me preocupa que las generaciones que me siguen se perciban compelidas a cambiar su celular por el último modelo en cuanto lo anuncian sus promotores, o bien no puedan dejar de lado sus tablets para mirar un paisaje o contemplar una obra de arte. Antes creíamos que era patrimonio de los turistas asiáticos percibir la realidad detrás de una cámara. Ahora todos los hacemos. A tal punto que un requisito indispensable de los teléfonos móviles es la versatilidad o potencia de la cámara incluida en el nuevo equipo que se anhela. Después sigue la conectividad y la capacidad de almacenamiento, en ese orden; como si acumular imágenes, ocurrencias o escenas momentáneas fuese lo más importante de la existencia insustancial que padecemos.

Las grandes obras filosóficas, poéticas o novelísticas están dejando el paso a los cómics, panfletos de autoayuda o historietas donde la gente pretende obtener la sabiduría práctica que requiere para mantenerse estrictamente al día, sin profundizar, sin intercambiar puntos de vista críticos o discrepantes. Es una pena que los hijos nos vean despertar con el móvil en mano y retiramos a dormir con la televisión encendida. Nuestra conducta ordinaria transmite abulia, enajenación; es decir, muy poco entusiasmo en la vida social o en la introspección.

Un estudio pionero en este campo (1), realizado comparativamente en gemelos, demostró que la irritabilidad y la actitud demandante en niños está vinculada con su capacidad para concentrarse en tareas creativas. A cambio de los destellos y las gratificaciones inmediatas, estamos abdicando de la intimidad, el diálogo corporal y la espera.

En cada época de la Psiquiatría aparecen modas y prototipos. Antaño fue la neurastenia, a finales del Siglo XX el “Trastorno Limítrofe de la Personalidad” y hoy recurrimos al llamado “Déficit de Atención e Hiperactividad” como un descubrimiento nosográfico ante el que todo implicado baja la cabeza.

Más bien parece no haber espacio psíquico transicional ni tiempo para la reflexión. El mundo moderno está plagado de momentos, no de pausas. Transitamos en medio del desasosiego, la inmediatez, y sobre todo, atrapados por la poca tolerancia para aplazar los encuentros o elaborar los desencuentros. Se habla de angustia pero se actúa en función de ella, más que indagar sus conexiones. Se exigen fármacos supresores del afecto, pero no se navega en dirección de afrontar lo genuinamente afectivo.

Una premisa repetida entre quienes trabajamos con seres humanos y atendemos su dolor, es que toda asociación aparentemente gratuita que esgrime el paciente alude a una representación significativa. Tal “determinismo de lo anímico” permite escuchar con menos distorsiones la narración y el manantial de conflictos, atento a lo que trastoca el discurso, más que a su coherencia. Se trata de urdir el deseo inconsciente, atando cabos, tejiendo sin reparar las asociaciones erráticas y las reflexiones que cada sujeto evoca en su angustia. Los síntomas, los ecos y los quiebres, por delante de la brújula. Como pueden inferir, se requiere atención, y paciencia, y una cierta humildad ante la voluntad humana, tan endeble.

Me parece inevitable ceder a la demanda tecnológica, como inevitable será llenarnos la vida cotidiana de pantallas y enlaces inalámbricos. Sólo espero que no perdamos la mirada ni la escucha para los demás compañeros de camino – propios y extraños -, esas fuentes refrescantes del universo simbólico que nos determina.

  1. Wilson, R. S., Brown, A. M., & Matheny, A. P. Jr. (1971). Emergence and persistence of behavioral differences in twins. Child Development vol. 42, págs. 1381-1398

De repente, la vida

De repente, la vida

La luz invernal fue barriendo con timidez las sombras del huerto. En esa penumbra, la helada teñía de plata el campo, los surcos y los troncos de los árboles aún desnudos. Abel se levantó con energía, impuesto a la tarea de desovar a las guajolotas. El reto consistía en acecharlas sigilosamente hasta atraparlas y extraer el huevo que emergía apenas de la cloaca. Casi siempre terminaba en una persecución sin tregua que divertía mucho a los granjeros. El chico tropezaba una y otra vez, pero al fin cumplía el propósito y regresaba triunfante a la cocina.
Ambos habían llegado a trabajar a la finca unas semanas antes. Abel era el más delgado, de cabello corto y ojos taciturnos. Soñador por excelencia, se contaba cuentos que yacían en el tintero mientras vigilaba a las ovejas que pastaban por la tarde, o alcanzaba a la cuadrilla de trabajo después de barrer los patios. Godson, en cambio, era gordo y corpulento, hecho a las tareas de carga como si hubiese nacido para ello. La idea de emplearse en la finca nació por necesidad; en el pueblo no había trabajo y la huelga universitaria los había tomado por sorpresa en sus vacaciones de verano.

Su función principal consistía en desbrozar los troncos de los olivos, que por años habían dejado crecer ramas accesorias que cercaban al árbol e impedían una cosecha nutrida de aceitunas. Parecía un poco torpe dedicar tantas horas y esfuerzo para amontonar ramas, pero con el tiempo, los muchachos entendieron que había un ciclo que consumar. Los rastrojos se dejaban secar un par de días, se ataban en haces de unos diez o quince kilos y se llevaban diligentemente a un horno distante tres kilómetros de la granja, donde servían de combustible para hornear ladrillos. El ritual duró buena parte de los meses fríos y los chicos aprendieron a empacar la leña, cargar el carromato e incluso a conducir el viejo tractor cuando el granjero estaba enfermo.

Sus jornadas terminaban hacia media tarde; entonces Abel sacaba a pastar el rebaño y Godson cumplía con ayudar en la limpieza de los cobertizos o acomodar los ladrillos recién horneados. Durante esas pequeñas horas, el primero rumiaba sus cuentos y poemas, que acaso nunca escribiría, y recordaba los detalles de su partida del puerto, con el llanto de Nicky increpándolo por no responder a sus súplicas:

  • ¡Hace días que no me viene la regla, Abel! ¿Qué vas a hacer?
  • Yo te llamo – contestó él a gritos desde la balaustrada del barco que zarpaba – lo resolveremos, te lo prometo.

En aquella travesía su desazón se transformó en una migraña que lo mantuvo despierto toda la noche, mientras Godson roncaba después de una cena opípara bajo cubierta con los marineros. Todo señalaba que los destinos de esos dos compañeros se bifurcaban en sendas trazadas por la melancolía.

Bajo las estrellas fugaces y mecido por el vaivén del barco, el chico recordó esa última noche de Diciembre. Los amigos de la Facultad de Filosofía y Letras se habían reunido en una tertulia literaria. Sus compañeros de departamento estaban de visita en su hogares para pasar la Navidad con sus padres y, aprovechando esa brecha, había aceptado ser el anfitrión de la velada. Bebieron y leyeron sus últimos poemas (él se guardó para sí los suyos), además de comentar la más reciente edición de Neruda, que alguien había obtenido clandestinamente. Más tarde, Javier sacó la guitarra y los instó a cantar baladas de protesta. Era el mayor de todos, y se preciaba de ser un agudo dibujante, dados sus recurrentes fracasos académicos. Ante todo, Abel envidiaba la forma en que Nicky lo veía, y ahogaba a medias la inquina de que, en los meses que estuvo ausente, él la sedujo y ella, sin más, reciprocó el afecto. En el momento que Javier se detuvo para ir a servirse, tomó a su vez la guitarra y cantó con viveza los versos de García Lorca que Paco Ibáñez musicalizara por aquellos años. Javier, en abierto desafío, lo dibujó con su figura triste y pasó entre los asistentes el retrato. El chico siguió cantando, pero un hervor recio de venganza se le oxidó en la garganta.

Cuando se acabó el vino y la madrugada les pesó en los párpados, los contertulios se fueron despidiendo. El último en marcharse fue Javier, quien conminó a Nicky para aconpañarla a casa. Ésta se negó, inflamada de celos por los flirteos de su ex-novio con las otras chicas. Abel escuchaba desde la cocina, lavando platos y anhelando que ese romance terminara de una vez por todas. Oyó al rival azotar la puerta y salir sin despedirse. Esperó un minuto y se asomó al estudio con las mangas recogidas para encontrar a Nicky sollozando en el sofá. Sin mediar palabra, se sentó a su lado y la abrazó con cariño, tal vez esperando nada a cambio. Ella se enjugó las lágrimas y le contó una historia de despecho que Abel ya había escuchado meses atrás, con él mismo como protagonista. Se preguntó en silencio si esto era lo que le atraía de las mujeres a su paso por la vida; ¿dónde habría aprendido a amar con languidez y no con alegría?

Nicky le tomó las manos y le reiteró que nadie la había comprendido como él, que  además lamentaba haber terminado su noviazgo, impelida por la distancia y la incertidumbre. Se besaron, primero titubeantes en las mejillas y la frente; poco a poco, con la embriaguez a cuestas, se tocaron los labios y de ahí la piel cedió al deseo. Abel se reencontró con hambre entre sus senos, ante su abdomen plano y el suspiro que tanto había añorado. La penetró despacio, dulcemente, como quien encuentra el mar por vez primera y no quiere perturbar su calma, pero teme a la vez hundirse para siempre. Nicky abrió la boca conteniendo el aliento y se dejó llevar por el oleaje y el orgasmo.

La llamó cuando pudo volver a la ciudad, un fin de semana que el trajín laboral había amainado y los jóvenes se dieron a la fuga para visitar el enclave turístico y comprar ropa que no fuese de trabajo. Su voz estaba cargada de reproches en todo momento, reclamando el abandono y su desinterés.

  • Nicky, no pude llamarte antes, en la finca no hay forma de comunicarse – le dijo, ahogado en disculpas.
  • No te lo perdonaré nunca, Abel, me dejaste sola. Por fortuna, sólo fue un retraso. ¿Qué tal si de verdad hubiese estado embarazada? ¿Dónde te encontraría?

Colgó el auricular y se quedó meditando, aún apologético. Alcanzó a Godson en la siguiente esquina y prefirió no comentarle nada. Su amigo era un solterón empedernido, ajeno a cualquier lío de faldas e ingenuo como un conejo; no lo entendería. Regresaron acallados por el chasquido de los rieles y durmientes esa misma tarde, para reincorporarse al empleo no bien amaneciera. Dos meses después se contrataron en la siega de papas y tomates, avistando la llegada del verano y el regreso a clases. Ahí conoció otra estirpe de seres itinerantes, los jornaleros que pasaban de una cosecha a la otra durante todo el año, recogiendo uvas, verduras y tubérculos para aprovechar los salarios agregados por la demanda de trabajadores. Al observar a aquellos hombres que habían hipotecado sus vidas a expensas de un ingreso evanescente; que dejaban en el alcohol, el humo del tabaco y la migración interminable su juventud y su esperanza, Abel arrojó los sacos de cebollas al remolque y se acercó a Godson.

  • Me voy, hermano – le dijo, trenzado en un abrazo de cariño – la vida está en otra parte.

Su amigo se quedó mirándolo mientras negociaba su último pago y se alejaba para no volver jamás. Sintiéndose traicionado, regresó a sus tareas, bromeando en turno con los descamisados que de inmediato lo distrajeron de su duelo.

Antes de abordar el barco de regreso, Abel pasó por el pueblo para despedirse de Elisa, la joven de cabellos largos y anchas caderas con quien había emprendido un amorío furtivo. Entró en su casa cuando apenas despuntaba el día y la besó largamente en el pórtico sin explicarle los detalles de su huida. Sólo le reiteró que había descubierto su camino y que el horizonte le quedaba corto. Antes de soltarla, aturdido de caricias, le externó su gratitud por enseñarle las raíces y las alas. Ella lo miró sin entender, pero consciente de que pertenecían a dos mundos lejanos cuya conjunción habría sido tan sólo un accidente, como saberse frutos del mar y la montaña.

De cara a la costa que se desvanecía, Abel cantó las estrofas que había aprendido en esas semanas de delirio. Revisó su escaso equipaje y encontró sus notas, una novela a medio empezar y algunos poemas que parecían escritos por otra pluma. Repasó por última vez la cordillera que se vertía hacia el mar y se refugió en su libro, el primero que acometía desde aquel azaroso invierno.

Noche de sangre

Noche de sangre

Íbamos un poco tarde, risueños, cantando baladas que Genaro había traído de Cuba donde un tal Silvio Rodríguez componía poemas musicalizados acerca del bloqueo y la muerte del Che apenas un año atrás. Rosario y yo escuchábamos atentos la tonada y brazo con brazo largábamos las estrofas en un alarido de juventud y de euforia estudiantil. Los tres cursábamos el último semestre en la Prepa cuatro. Durante esas semanas recientes en Tacubaya habíamos sellado nuestra amistad al amago de las manifestaciones y los enfrentamientos con la policía. “El Tuercas”, o sea Genaro, porque su papá era mecánico, era el más aguerrido del grupo y nos había convocado a la marcha del rector Barrios Sierra, a la defensa de la autonomía universitaria y a hacer guardia en el plantel de Calzada del Hueso, que también invadió el ejército, queriendo amedrentarnos y suprimir el movimiento.

En la esquina de Reforma y Flores Magón nos encontramos con Paco y su novia, Laura, alumnos de la Vocacional dos, quienes nos contaron apresuradamente de los últimos eventos que convocara el Consejo Nacional de Huelga en el Casco de Santo Tomás. Laura era una hermosa chica de Guerrero, con piel almendrada y ojos verdes. Me encantaba desde que la conocí unas semanas atrás en una marcha, pero tuve que cohibirme con Paco, aunque abrigaba maliciosamente la idea de que alguna vez se fijase en mí. Los cinco caminamos en medio de los estudiantes y obreros que se aglutinaban rumbo al mitin. Alguien a nuestro lado comentó que había visto tanques del ejército junto al Reloj Chino de Bucareli y unos más avanzando por Reforma Norte, pero estábamos tan habituados a su presencia que lo dimos por sentado y continuamos apurando el paso para no perdernos las consignas.

Pasamos frente a la torre de Relaciones Exteriores para entrar por un costado hacia la Plaza de las Tres Culturas. Éramos muchos, arremolinados y ansiosos, pero se percibía un orden y una alegría que se contagiaba. Buscamos un espacio más o menos libre hacia un extremo de la Plaza cerca de un altavoz para seguir los discursos y las arengas. Se informó que esa mañana una comisión formada por los compañeros González de Alba, Anselmo Muñoz y Guevara Niebla se había reunido con los representantes del gobierno represivo de Diaz Ordaz para exigir la disolución del cuerpo de granaderos y la liberación de los estudiantes y maestros detenidos. Las últimas noticias sugerían que también los habían apresado al salir de la entrevista en la casa del rector, si bien se daban por apócrifas. Los gritos de los concurrentes no se hicieron esperar: “¡Presos políticos, libertad!”, en una furia oceánica que se coreaba al unísono e inundaba la plaza abarrotada.

El Tuercas me pidió que tendiéramos los suéteres en el suelo para que se sentaran las compañeras. Rosario traía una falda de cuadros que resaltaba su figura y Laura se había puesto esos vaqueros viejos que la hacían verse más esbelta y más bonita. Yo no podía quitarle los ojos de encima, mientras su novio y Genaro buscaban entre el tumulto donde comprar agua para refrescarnos. Los compañeros a nuestro derredor, la mayoría jóvenes de nuestra edad,  se sentaron también, aunque nadie alcanzaba a ver la tarima adosada al edificio Chihuahua, obstaculizada por todos aquellos que seguían de pie y con el puño en alto los discursos. Eran ya cerca de las seis y la noche estaba cayendo; los muros de los edificios de Tlatelolco se desteñían con el ocaso. Vivíamos un ambiente de resistencia tras las numerosas jornadas de lucha. Podíamos anticipar en la atmósfera el triunfo de nuestra causa, la solidaridad de los estudiantes parisinos y americanos, la presencia combatiente de trabajadores de la educación, ferrocarrileros y otros sindicatos, cuyas pancartas ondeaban por encima de nuestras cabezas.

De pronto, un helicóptero del ejército sobrevoló la plaza. Apenas oímos sus aspas debido a las voces compartidas y los gritos de lucha, pero me percaté de que disparó varias luces de bengala hacia el oeste que encendieron los edificios contiguos. Sin mediar orden alguna, decenas de soldados ingresaron por los tres costados, aullando, armas en ristre y, de pronto, desde los balcones de Tlatelolco, figuras oscurecidas nos comenzaron a disparar.

  • ¡Son balas de verdad! – gritó Genaro.
  • ¡Al suelo! – secundé yo – ¡Nos están matando!

La advertencia se opacó de inmediato por los alaridos de terror de nuestros compañeros de refriega. Frente a mí cayó una mujer herida en un costado, la sangre impregnando su blusa con rapidez. Me acerqué a ella y traté de levantarla, pero Chayo me tomó de un brazo con tanta fuerza que caí hacia atrás antes de incorporarme de nuevo. La gente corría en desbandada y podíamos oír las balas silbar muy cerca, impactando en las piedras y los bultos que iban quedando bajo nuestros pies. En ese momento, volteé por instinto a buscar a Laura, que yacía abatida en los brazos de Paco, jalando aire con gran dificultad. Tenía el cuello empapado en sangre muy roja, un rojo rutilante que jamás había visto. Jadeaba y se quejaba sin voz, con un silbido agudo, como el de los gatos. Paco intentaba cohibir la hemorragia con ambas manos, desesperado e impotente. Me hinqué frente a ellos, soltando de golpe a Rosario, que corrió hacia el otro extremo de la plaza; iba sorteando a los soldados que entraban en fila hacia nosotros. Perdí de vista a Genaro; a todos, a ninguno. Me desplomé a llorar junto a Paco, a borbotones, ya sin miedo, sólo viendo cómo agonizaba Laura, hasta que sentí el impacto sordo de la cachiporra en la cabeza y caí al suelo semi-inconsciente, mientras escuchaba los insultos de la guardia pretoriana de este país, herido de muerte, que asesinaba a su juventud y a su pueblo sin clemencia.

Cuando me arrastraron a tirones de chamarra los militares – acaso unos minutos más tarde -, alcancé a ver entre sueños y humo a decenas de cadáveres, heridos que gemían, calcetines, suéteres, bolsas, zapatos por doquier. Las tanquetas habían entrado a la plaza, rompiendo adoquines, aplastando a los cuerpos tendidos, sin piedad, sin miramientos. La noche se había congelado en el tiempo y soplaba un aire sucio de masacre, que olería a muerte hasta la eternidad. Nadie olvidará ese crimen de lesa humanidad, nadie nunca, nadie.

Pasé los siguientes días tras las rejas inmundas del Campo Militar número uno, donde conocí compañeros que habían sido torturados en los galerones de la policía judicial, muchachas a quienes las habían maltratado sexualmente, abusando de ellas, desnudándolas y observando como se bañaban bajo duchas frías, humilladas, ultrajadas hasta la ignominia.

Apretujados en los catres de nuestra prisión militar, uno de los detenidos me confió cómo arrojaron de prisa la propaganda por los excusados de un departamento donde lograron refugiarse. La policía, que allanaba piso por piso, los encontró aterrorizados en esa labor desesperada; pagaron con golpes y toques eléctricos su osadía. El ejército mostró sus fauces hambrientas, colmillos y garras de sangre, impelidos por el poder absurdo de los monigotes de la represión, el presidente Diaz Ordaz y sus testaferros.

Días después nos enteramos por chismes en las celdas que el Consejo Nacional de Huelga convocó a una marcha luctuosa y que los cadáveres no se hallaban en ninguna morgue. Los familiares y amigos pululaban en el centro de la ciudad, en las delegaciones de policía y alrededor del Campo Militar reclamando justicia, y ante todo, para conocer el paradero de los presos y heridos. Más aún, las ambulancias y la Cruz Roja no tuvieron acceso a la Plaza de las Tres Culturas esa noche y los hospitales cercanos a la matanza permanecieron vedados al público y a la prensa por las fuerzas represivas que comandaba el general García Barragán, artífice de la barbarie.

Nos liberaron a mediados de Octubre, amenazados de muerte, demacrados y parcialmente desnutridos. Yo no tenía ánimos de volver a casa, pero mis padres insistieron que era necesario que viera a un médico, descansara y retomara mis estudios. Pese a sus súplicas, quise volver a la Plaza de las Tres Culturas el primero de Noviembre, a depositar una ofrenda. La llevamos Chayo y yo, cabizbajos, sin poder contener las lágrimas entre aquella gente que se acumuló por la tarde de ese lúgubre viernes, Día de los Santos Difuntos. Acudían en silencio, muchos vestidos de luto, sin saber qué libertad o qué futuro podíamos esperar después de tanto odio. Me senté a recordar los ojos inertes de Laura bajo ese cielo nublado que lloraba con nosotros a sus jóvenes desaparecidos, a la paz avasallada, a la inocencia perdida para siempre.

Cincuenta años después, con mi tanque de oxígeno a cuestas, agonizo. Rosario murió hace tres años de un cáncer de colon, cuyas metástasis horadaron su cuerpo. Nada pudo hacerse, me dijeron sus familiares. Acaso habrá fallecido apaciblemente; era una bella mujer, lo merecía. Genaro se perdió en la desventura de los anhelos democráticos; creo que se fue a Centroamérica, donde conoció otra represión y otras masacres. Lamento no haberlos frecuentado más, pero el dolor de esa noche aciaga nos separó poco a poco, los tres con una herida permanente en el pecho. Esta tarde escucharé por radio las noticias, seguramente comentaré con mis nietos algo de lo sucedido. No mucho, no quiero asustarlos. Todavía creen que habitan un país donde se hace justicia, y donde los vivos encontramos con el alma a nuestros muertos.

Bibliografía obligada.

Elena Poniatowska. La noche de Tlatelolco. Ediciones Era, México, 1971.

Ramón Ramírez. El movimiento estudiantil de México, julio a diciembre de 1968. 2 vols., Ediciones Era, México, 1969.

“Una visión del movimiento estudiantil”, en La Cultura en México, suplemento de Siempre!, núm. 345, 25 de septiembre de 1968. Excélsior.

Vicente Leñero. Historias del 68. Seix Barral, México, 2018.

Lorna Scott Fox. Impunity reigns. Times Literary Supplement, 26 de septiembre de 2018.

PS. Para quienes no conocieron los detalles de ese holocausto que aún lastra al pueblo de México y sus gobernantes, agrego algunos detalles. La orden militar de reprimir a sangre y fuego a los estudiantes convocados esa noche se denominó “Operación Galeana”. Estuvo comandada por el Gral. Marcelino García Barragán y dos de sus subalternos, el comandante Ernesto Gutiérrez Gómez Tagle, del Batallón Olimpia y el general brigadier Crisóforo Mazón Pineda, responsable de las operaciones para cercar e invadir la Plaza. Tres grupos de fusileros paracaidistas e infantería se apostaron tras los edificios y entraron a la orden de las luces de bengala lanzadas hacia el cielo embravecido de Tlatelolco. Los miembros del Batallón Olimpia, disfrazados de civiles, tuvieron una participación directa en la matanza. En el curso de las siguientes tres décadas, varios de los implicados trataron de excusarse y deslindarse de su vinculación criminal, que bien podríamos calificar de terrorismo de Estado.