Muere un amigo

Muere un amigo
  • Schumann – me insiste, con un evidente tinte de melancolía.

Le recuerdo que ambos decidimos estudiar un instrumento, pero la Facultad nos absorbió con sus horarios discontinuos y la memorización de cavidades, inserciones y fórmulas. Solíamos fumar hasta la madrugada y distraernos repitiendo los pares craneales mientras lanzábamos dardos sin tino en la bodega húmeda que subyacía a su casa. Bebíamos café hasta caer rendidos y fue entonces que cultivamos las ojeras que hasta ahora nos distinguen.

El orgullo de ser universitarios y andar por el mundo ungidos de blanco nos afelpaban el narcisismo. Raúl, siempre más gallardo y seductor que yo, se codeaba con las recepcionistas de la Clínica del IMSS en donde fuimos asignados. Desde mi timidez, yo admiraba su desparpajo y esperaba que me invitara a sus andanzas en los Dinamos o el parque España donde las cortejaba, atento a no crear un vínculo duradero o una promesa incumplida. Tenía bigote y una barba rala de color castaño que cuidaba mucho, porque le confería un aire de poeta decimonónico que explotaba a destajo con todos nuestros pares. Alicia, con sus ojos verdes y su perfil torneado y pequeño (cuerpo de uva, repetía él) cayó ante sus lisonjas como una adolescente. No estoy seguro de que aquel romance furtivo condujo a nada más que algunos besos, pero yo lo envidiaba hasta ponerme verde y me moría de celos.

  • Sobre todo los Märchenerzählungen, su opus 132, que dedicó a los cuentos de hadas. Me recuerdan a mi mujer, ¿sabes?… en paz descanse.

Le he traído una colección de Mitzuko Uchida, sabedor de su aprecio por el piano. Me mira con afecto y al recordar a Vivi, los ojos se le anegan.

  • Pero, siéntate por favor. Me alegra tu compañía.

Se le ve demacrado, si bien conserva esa sonrisa contagiosa que lo caracterizó en su vida. Hace pocos años dejó de fumar, aunque sus uñas opacas y sus dedos hipocráticos aún lo delatan. Es un gran conversador, pero desde hace meses – cuando lo diagnostiqué, a mi pesar – los accesos de tos entrecortan sus relatos y parece ahogarse a cada instante. Los labios amoratados, el tórax como un barril, que se mueve casi a expensas de suspiros.

Fue él quien me hizo notar los datos que condujeron a ciertos expertos a concluir que Beethoven sufría de enfermedad de Paget, y no de sífilis, estigma del romanticismo.

  • Piensa en su sordera, sus facciones toscas…¿recuerdas el molde de arcilla que le tomaron en su lecho de muerte?

Asiento, siempre maravillado por sus anécdotas que mezclan con elegancia los conocimientos médicos y las artes.

  • Murió de cirrosis alcoholo-nutricional, como documentó el célebre patólogo vienés…creo que un tal Wagner, quien se encargó de la autopsia. Aunque, ¿eso ya te lo conté, verdad?

Lo miro, enfrascado en un breve silencio, y me atrevo a asentir con la cabeza, apenado de mostrarle que está perdiendo facultades, que se repite, que todo lo que queda de su imaginación es el pasado. Voltea de golpe hacia la ventana, un tanto avergonzado de no ser el mismo, de sentir que estorba, que su carcinoma escamoso también está consumiendo su brillante intelecto. Para traerlo de nuevo al tema y desestimar este momento de flaqueza, agrego:

  • Sí, Raúl, incluso recordarás que existe una foto de su cráneo tomada de la Biblioteca Nacional Austriaca que muestra las deformidades óseas. Tú me lo hiciste notar cuando discutíamos acerca de Mozart y otros compositores con un colega infectólogo.

La luz se ha desteñido en sus ojos, y sólo atina a limpiarse la frente con un pañuelo facial, sin mirarme, absorto en su pesadumbre. Me siento culpable, torpemente cruel; quizá debí seguirle la corriente para evitar que reparase en su deterioro. Tras unos instantes, se acomoda en el lecho del hospital, pulsando el botón del motor para incorporarse y exclama:

  • Un buen amigo me dijo alguna vez que hay dos tipos de fatiga que no suceden tras el ejercicio: el cansancio gratuito y la hueva; eso sí que un delito en grado doloso.

Dicho esto, arranca a reír entre ahogos y carcajadas que no alcanzan a liberarse. Me levanto de mi silla de prisa para ayudarlo a recobrar el aliento; se ha puesto cianótico y el monitor muestra una caída súbita de su oxígeno capilar. La enfermera entra apurada y le restituye la mascarilla, mientras yo golpeo con puñetazos suaves su espalda para despegar flemas, para reanimarlo, sin atinar bien a bien si esto es lo que necesita un moribundo.  Después de tres o cuatro minutos de estos intentos burdos, Raúl vuelve en sí y nos mira con recelo.

  • ¡Podrían dejarme morir mientras conservo el humor, carajo!

La enfermera frunce el ceño y sale sin despedirse. No debe ser la primera vez que el paciente tiene estos exabruptos de arrogancia. Cuando por fin se serena, está afónico y me pide papel y lápiz para expresarse por escrito.

“Como esta Chelo” – leo, insinuado con pulso tembloroso y sin puntuación.

  • Un poco abandonado – le confieso. – Me he dejado absorber por las obligaciones del consultorio y me observa con rabia cada vez me nos encontramos. Te prometo que voy a retomar mis partituras – concluyo, alzando la palma de la mano en señal de Boy Scout.

Con un susurro me hace saber que lo que más extraña de su vida anterior es sumergirse en el piano, el escozor de una buena malta y el sexo de juventud, que no conocía fronteras ni obligaciones. Sonrío y le aprieto el antebrazo donde no circula la solución, aún así plagado de moretones. El gesto me hace rememorar su fortaleza, sus brazos tonificados por el gimnasio y la bicicleta, su piel lustrosa, hoy ajada y cetrina como un papel desteñido por el sol, arrojado al cesto de basura.

En ese momento entra la oncóloga, una mujer joven, erguida y segura de sí misma, que se planta frente al enfermo después de saludarme en tono cortante. Trae consigo un sobre con radiografías y me pide si puedo descorrer las cortinas para mostrarnos la tomografía computarizada que define la extensión del tumor. Sin más preámbulos, extiende una placa contra la luz oblicua que accede por la ventana y describe con el índice la masa parabronquial que está matando a mi amigo. Acto seguido, saca otra serie de imágenes y muestra, con cierta frialdad, las cinco metástasis en el lecho hepático y el derrame pleural adyacente, que indica el avance de la neoplasia. Raúl la observa abstraído en su boca y sus gestos, me parece que no ha reparado siquiera en sus señalamientos. Así que me acerco del otro lado de la cama y le pregunto:

  • ¿Entendiste, “fisícian” (como solíamos decirnos en confianza)?
  • Bueno, Alfonso – me contesta, casi sin dirigirse a mí. – Si estoy en mi lecho de muerte, al menos permíteme disfrutar del horizonte.

Me retiro de su lado, observando a la doctora que se ha detenido, boquiabierta, a tratar de descifrar esta insolencia. Se mira la ropa, la bata entreabierta y voltea a inquirirme con una expresión de enojo palpable. Recoge las placas y se despide de mi amigo, sugiriendo que será mejor platicar en cuanto esté dispuesto…y tranquilo.

  • Eso fue bastante inapropiado – le espeto, incómodo. – Sé que fuiste siempre un iconoclasta, un enfant terrible, y que te saliste con la tuya la mayoría de las veces, Raúl, pero no dejes una huella de desprecio; no sirve…

Supuse que me iba a interrumpir, por eso me contuve, pero lo cierto es que se quedó callado, meditando en mis palabras y quizá dispuesto a enderezar el rumbo de una existencia turbia: abusos de poder, seducciones a colegas, maltrato a subordinados y otras tantas fechorías que nos habían distanciado mucho. Incluso su divorcio de Viviana – quien vino a contarme en líneas generales acerca de sus infidelidades y desvaríos – fue resultado directo de no escuchar a nadie, salvo al demonio narcisista que lo habitaba.

Las sesiones de quimioterapia empezaron un día después de este relato. Raúl las soportó con gallardía, trabó amistad con la radioterapeuta y supe que las enfermeras se encariñaron con él al grado de llorarlo cuando salió de alta, camino a morir por falla terapéutica. Unos meses después me encontré a la oncóloga saliendo de una conferencia que versaba sobre temas humanísticos. La interpelé con respeto, anticipando que su memoria me haría aparecer como el cómplice de su paciente altanero y ofensivo.

¡Qué gusto! – me dijo, mencionando mi apellido. – Ya no lo pude ver en el sepelio para agradecerle la reconvención que hizo de su amigo. Vaya cambio, doctor. Le confieso que nos entendimos muy bien a partir de ese desencuentro. Raúl fue un paciente admirable y guardo un recuerdo afectuoso de esas últimas semanas.

La doctora, pelo recogido en una larga trenza, gallarda como yo la recordaba pero distintivamente afable, se alejó dejando una estela de gratitud en mi entorno. Un amigo es un hermano que se elige.

El pan nuestro de cada día

El pan nuestro de cada día

Se asomó por un resquicio de la puerta metálica y disparó el sensor de seguridad.

  • ¡Vámonos, pendejo! – le increpó Jesús, jalándolo de un brazo, su grito ahogado por la alarma.

Los chicos salieron de prisa por la malla de la ventana rota, rasgándose la ropa y los brazos. A lo lejos se escuchaba la sirena de una solitaria patrulla. Tampoco los alcanzarían esta vez, aunque tuvieron que dejar atrás lo más pesado del botín.

  • ¡Cómo eres güey, Ojos! ¡Cuántas veces te tengo que decir que te estés quieto?

El chico sordomudo entendió por sus gesticulaciones que nuevamente se había equivocado. Se encogió de hombros y le mostró su bolsa llena de piezas de computadora y algunos celulares. Chuy asintió con la cabeza, aún visiblemente molesto. Sabía que el jefe Mariano no toleraba este tipo de errores y tendría que inventar una coartada plausible. Su karma – como solía decir entre bromas – era haber heredado como pareja de crímenes al Ojos, un muchacho fuerte como un roble, de ojos claros y piel castaña, pero que con su discapacidad resultaba frecuentemente una carga.

Le dio una palmada de aprobación en la espalda y se dijo: – Ni modo, esto me pasa por dejarlo solo. El Ojos intentó descifrar su murmuración, bien sabía que iba dirigida hacia su torpeza.

Las calles aún estaban desiertas en aquel barrio industrial, cuya iluminación – para su ventaja – era bastante deficiente. Aullaban los perros y a los lejos se oía el barullo de camiones de carga iniciando la jornada. Jesús sacó sus Delicados y le ofreció uno a Rafael, que lo aceptó con nueva luz en la mirada. Caminaron durante una hora bajo los primeros destellos del día, observando en silencio a los transeúntes, las bicicletas que pasaban a su lado y el descorrer de las primeras persianas metálicas de panaderías y algunas misceláneas. Con su aspecto y las bolsas robadas, era preferible evitar el metro u otra forma de transporte público. Mariano, despeinado, en pijama y visiblemente drogado, los esperaba fumando al frente de su casa.

  • ¿Dónde andaban, maricas? Pensé que se los había llevado la chota, carajo.
  • Es que nos cacharon, jefe, tuvimos que andar dando vueltas para perderlos.
  • Ya no puedo confiar en nadie, me lleva. ¡A ver, trai acá! – y de un tirón le arrebató la bolsa de tela a Rafael. Este se quedó cohibido, y dio un paso atrás, atemorizado por la brutalidad del hombre. A sus doce años, era un chico fuerte pero muy por debajo de la corpulencia del jefe.

El jefe desechó la mayor parte de lo robado. – ¡Basura! – exclamó varias veces mientras separaba el botín. Los dos chicos intercambiaban miradas, temerosos de la reprimenda. Los había golpeado tantas veces – algunas de ellas hasta dejarlos semiconscientes – que ya no era novedad esperar su violencia desmedida. Para sorpresa de todos, Mariano encontró una pieza inesperada en el fondo de la bolsa; una cámara de circuito cerrado en aparente buen estado.

  • Bueno, mis chalanes, parece que ora sí me cumplieron – dijo, retirándose hacia su domicilio sin pagarles ni agradecerles la proeza. Los muchachos se quedaron impávidos, tratando de entender de que se trataba aquella sonrisa de malicia y se retiraron, aún desconcertados por la reacción del maleante. Irían a tomarse un baño en el estanque y después a “chemar” con los otros miembros de la banda.

Natalia estaba entre los otros cuatro, con la cara sucia y las piernas encogidas. Rafael entendió de inmediato que la habían violado de nuevo. Era el pan nuestro de cada día, a sus escasos trece años fungía como la mujer de todos y de ninguno. Su mirada triste y el cigarro de marihuana en la boca la delataban. Chuy se sentó a su lado y le apretó el muslo, para mayor agravio de Rafael, que gruñó sin quitarles la vista.

La chica se arrancó la mano que comenzaba a subir hacia sus genitales, y se fue caminado en dirección al estanque, para sacudirse aquellos polvos que la contaminaban y avergonzaban siempre. Los chicos intercambiaron burlas al verla partir.

  • Ya no es como antes, mano – vociferó Serafín, conocido como el Mosco por su delgadez y nerviosismo. – Antes apretaba más. Tráete a tu hermana, Chuy, que está poniéndose buena – le dijo al recién llegado. Éste se levantó de un salto y se arrojó contra el ofensor, manoteando e intentando morderlo en la cara. Serafín, más fornido, se lo quitó de encima entre risotadas, lo tiró al suelo y le pateó las costillas hasta que el llanto del chico lo hicieron detenerse. Jesús se abrazaba el tórax, gimiendo de dolor, sin poder recobrar el aliento.
  • Y ahora, pendejo, la vas a traer a güevo. Si no lo haces, te mato a tí y al sordomudo.

Chuy se incorporó con dificultad, la ropa y el cabello empolvados, enjugándose las lágrimas. Maltrecho, con un gesto de complicidad, arengó a Rafael para que se distanciaran del grupo. Estaba cansado de tantos abusos y ofensas, en especial del Mosco, que había copiado los malos modos del jefe y se creía intocable. Su compañero intentó consolarlo, echándole un brazo sobre los hombros, pero Chuy se lo sacudió; no necesitaba su conmiseración, solamente su silencio.

Llegada la tarde, el chico afiló su navaja y se aplicó fomentos de árnica en los costados resistiendo la tumefacción. No regresó a su casa; se quedó atrás de la peluquería del barrio, fumando y esperando la noche. Cuando Rafael fue a buscarlo le explicó con señas que había tomado la decisión de huir al Norte, donde su hermano trabajaba recogiendo papas en cierta granja cerca de Boise. Pero primero tenía que saldar su afrenta. Rafael le hizo ver que huiría con él y que estaba dispuesto a ayudarlo, aunque no alcanzaba a entender de qué se trataba su aventura nocturna. Lo sosegó hasta que restituyó la calma en sus ojos nerviosos y le dijo: – No te preocupes, Rafa, todo va a estar bien.

Dormitaron un rato bajo la sombra de un pirul  a esperar que anocheciera. Hacía fresco y con sus andrajos, apenas podían guarecerse del frío. Pero Chuy estaba determinado. Habían juntado ochocientos veinte pesos, suficientes para dos pasajes al Bajío, desde donde esperaban llegar a Juárez o a Tijuana para trabajar y cruzar sin papeles. Le pidió a Rafael que trajera lo menos posible: un cepillo, un cambio de ropa, una linterna, jabón, su navaja y el dinero extra del que pudiese echar mano. Alguna lata o embutidos si es que los hurtaba del Seven. El chico asintió y se encontraron una hora después caminando entre sombras hacia los basureros.

Serafín y sus secuaces dormían bajo cartones en una zona apartada. Tenían un perro, Pulgas, que confiaban en que los reconocería antes de ladrar. Chuy llevaba un pedazo de carne para arrojarle en cuanto los olfateara. Habían aprendido a rondar los cerros de basura sin emitir ruido; pese a la irregularidad del terreno, ésa era la condición para subsistir entre pepenadores. El humo de algunas fogatas lejanas se filtraba en el aire sucio, acentuando el tufo de los desechos podridos. Chuy sacó la navaja y se la colocó en el cinturón roído, lista para sacarla en cuanto entraran en la casucha. Rafael se percató del envite e intentó detenerlo, tomándole con fuerza de un brazo. El muchacho lo apartó con furia.

Susurrando y con señas, muy próximo a su cara, le espetó: – No entiendes nada, güey, sólo así dejará en paz a mi familia.

Rafael bajó la vista y dejó caer los brazos en señal de que había comprendido. – Tal vez la muerte es necesaria para recobrar la vida – pensó, retomando el paso a su lado.

El perro gruñó pero aceptó el premio sin ladrar, para alivio de los dos que se aproximaban al acecho. Jesús sacó la navaja y, depositando con cuidado su mochila en el suelo, entró a buscar el cuerpo dormido de su enemigo. Éste, habituado a un sueño ligero, se giró y lanzó un aullido al descubrir al chico, puñal en ristre. Los otros dos se alzaron al unísono para detenerlo, mientras el Mosco le arrancaba la navaja y le asestaba un golpe de revés que lo arrojó de bruces al fondo del cuchitril.

  • Anda, machito, hoy no te la vas a acabar – exclamó, acercándose al muchacho que lo miraba con ojos desorbitados y sangre en la boca.

En ese momento, Rafael ingresó al cuartucho deslumbrándolos con la linterna y, sin dar tiempo a que reaccionaran, disparó su calibre 38 automática en dirección del pecho y la cara de los tres gandules, haciéndolos caer en una secuencia de agonía y quejidos mudos. La sangre salía a borbotones del cuello del Caifán, la bala había perforado una arteria. El Mosco tenía un orificio cerca del corazón y jadeaba a punto de dejar ir su miserable existencia. El tercero había caído de rodillas sobre un buró improvisado y ya no respiraba.

Chuy se incorporó, revisando a sus agresores con cara de terror. Le arrebató el arma aún caliente al sordomudo y lo empujó afuera del recinto donde yacerían los cadáveres de sus compinches hasta que algún incauto quisiese robarles o Mariano notara su ausencia.

Unas horas después, en las afueras de San Juan del Río, Chuy le devolvió la pistola a Rafael, restregando la culata hasta desaparecer sus huellas, como había visto hacer en alguna película de gangsters. Comieron una torta de milanesa en el area de descanso de la terminal de autobuses, esperando transitar hacia otra vida, lejos del dolor y del sacrificio.

Estocolmo

Estocolmo

Frente al escritorio de admisión, le cuesta reprimir las lágrimas. El dolor corporal es lancinante y firmar, entre la bruma de los ojos, conlleva una tarea complicada y absurda. ¿Porqué no pueden hacer esto más expedito? – implora.

La secretaria la observa con paciencia, incluso le sugiere una habitación tranquila, lejos de barullo citadino. Viene sin compañía y da la impresión de abandono, aunque viste con elegancia y se ha maquillado a esta temprana hora. No tiene un médico asignado, pero la verá un internista que le recomendaron en la estación de televisión donde trabaja. Es un rostro conocido aunque sometida ahora como está a este predicamento, desencajada, parece otra. Solicitan una silla de ruedas, no por incapacidad, sino para ahorrarle pasos y molestias.

La enfermera en turno la recibe como si le entregaran un ánfora de porcelana y la desviste con cuidado extremo, casi acogiendo a un lactante. La mujer transmite tal desvalimiento. Sola en su cuarto, solloza en silencio. A poco exige que se le administren analgésicos intravenosos, no puede esperar a que acuda el médico. A regañadientes contesta en tono lacónico las preguntas del residente y, por supuesto, no se deja explorar. El joven médico se retira refunfuñando y no tarda en poner en alerta al personal del tercer piso: se trata de una paciente “difícil”.

El médico es, además de internista, neurólogo, y viene advertido del estado de ansiedad que precede a su enferma. Sabe con quien se enfrenta además: figura pública, divorciada y temperamental en sus apariciones televisivas. Rompiendo el protocolo, la saluda con un beso en la mejilla y se sienta en la cama con familiaridad para interrogarla. La enferma se hace a un lado con pudor pero se deja seducir por el encanto y la disposición de su doctor. Se establece, imperceptiblemente, una mutua atracción. Él desde su narcisismo, pretendiendo gallardía y templanza; ella, mediante la transferencia de afectos, vulnerable y necesitada de contención.

Los estudios iniciales, entre los que se cuentan electromiografías, resonancias magnéticas y todo género de pruebas infectológicas, la mantienen secuestrada en el hospital por más de una semana. Han concurrido especialistas de dolor, un psiquiatra que le despertó gran antipatía y una reumatóloga que prefirió no hacerse cargo del caso. El único que sigue vagando por este barco a la deriva es el infectólogo, atraído por la fama colateral que brinda curar a una estrella de los medios.

Los efectos del encierro no se hacen esperar. La paciente se deprime aún más, a falta de un diagnóstico preciso. Se descarga con las enfermeras y la fisioterapeuta, que hacen lo posible por atenderla pese a su rechazo y constantes exigencias. Solamente el internista es bienvenido a su vera, quien la toma de las manos, la tranquiliza y le devuelve la confianza en el proceso diagnóstico.

Al noveno día ocurre un evento desafortunado. Al cambiar la venoclisis de antebrazo, la paciente se agita por el dolor que causa la punción y la enfermera de guardia le produce un visible hematoma. La enferma se enrabia, toma entre gritos la charola donde está el equipo y las soluciones, arroja su contenido al suelo y de un jalón, golpea varias veces en la cabeza a la responsable, causando un gran revuelo en el piso de hospitalización. Su médico tiene que presentarse a deshoras para aplacar el incendio. Afuera de la habitación lo esperan la jefa de enfermería, dos ejecutivas de relaciones públicas y el administrador del hospital, blandiendo caras largas y actitud de reprobación.

  • Lo siguiente es que nos desplieguen un periodicazo – dice este último, antes de hacerse a un lado para darle paso.
  • Lamento los inconvenientes – dice el doctor, un tanto avergonzado. – Por favor, déjenme solo con ella.

Una vez dentro, Mario la sosiega y le pide disculpas en nombre del personal que no supo tratarla como se merece. Esto genera en ella un desconcierto que se torna en abrazo y llanto soterrado. El galeno se deja abrazar y cuando separan los rostros – el de ella húmedo de lágrimas -, se vuelca en un beso en los labios de su paladín sin reprimirlo más.

  • Ay, perdón, no pienses…
  • No pienso nada, Diana. Estoy aquí para ayudarte.

Dicho lo anterior, la atrae por la barbilla y la besa largamente, saboreando sus labios y su entrega. La toma de la cintura y absorbe su jadeo incipiente antes de separarse con recato.

  • Permíteme despedir al personal y estaré de regreso enseguida.

Diana se ciñe la bata, se acomoda el cabello como una adolescente tomada por sorpresa, y aprovecha para darse dos pellizcos en las mejillas para encenderlas de rubor. Se sabe excitada y dispuesta. Es un romance largamente anunciado. El médico, cabello entrecano, delgado, ojos verdes con un tinte de serenidad, tiene un atractivo inusual; acaso le recuerda a su padre: altivo, taciturno, preciso en las palabras y los gestos.

Se vierten en un abrazo de efluvios y ella lo desnuda con serenidad, mientras él la besa apasionadamente y la desprende con delicadeza de la bata y las bragas para penetrarla, pidiéndole que mitigue sus jadeos para no atraer oídos extraños. Tras el orgasmo ambos quedan tendidos sobre las sábanas, sudorosos y preguntándose en silencio que sigue tras este desvarío. Ella no sabe nada de su vida, él la ha poseído a fuerza de hacerse indispensable, de cobijarla e impregnarla de ternura.  Ahora quiere ahondar en la intimidad.

  • Mario, ¿cuándo me des de alta, podemos salir como pareja?
  • Por supuesto – contesta él, recuperando el aliento, pero sin mirarla, evasivo.

En las jornadas siguientes se acumula el aburrimiento, pero el romance subsiste. Tienen dos encuentros sexuales más, que la dejan bastante insatisfecha, si bien entiende que el lugar dista de ser el apropiado. La noche antes de egresar, dos semanas después de su primer encuentro, Diana profiere la pregunta obligada.

  • ¿Cuándo vienes a mi departamento, cariño? O, mejor aún, invítame a tu casa. ¿Dónde vives?

El médico se retira un poco en el borde de la cama, frunce el ceño, y toma aire con un suspiro profundo. Está a punto de confesarle que es casado, que tiene dos hijos recién ingresados a la Universidad y que se dejó atrapar por el afecto, pero…

Diana lo descifra. Rompe en llanto y lo empuja fuera de la cama.

  • Lo sabía, sólo me usaste, maldito. ¡Te odio, te odio!

Los gritos atraviesan las paredes y Mario intenta acallarla, ruborizado de vergüenza y culpa. Ella lo insulta repetidamente y le lanza el vaso de leche hacia la cara y la camisa. Una enfermera entra despavorida y se detiene a mirarlos con inquietud.

  • ¿Quiere que llame a seguridad, doctor? – le pregunta, mientras recoge los objetos derramados.
  • No hace falta, señorita, yo me encargo – responde el médico, rebasado por las circunstancias y su falta de decoro.

El resto de la historia fue bastante turbulento. Diana denunció al médico ante las autoridades competentes, culpó al hospital por falta de protección hacia sus enfermos y desató un alud de reportajes que obligaron a Mario a buscar trabajo en las Baleares, donde su estela de abusos no lo alcanzaría pronto. La conmoción mediática ocasionó su divorcio y el extrañamiento de sus hijos, que aún no lo perdonan.

Con profunda pena escuché el relato en boca del ex-administrador del hospital, quien tuvo la indecencia de prodigarse en detalles durante una reunión social. Disgustado, me retiré del evento antes de conocer el trágico final. Me hizo recordar el síndrome de Estocolmo, tan socorrido en casos de encierro como éste, aunque en apariencia se tratara del cumplimento de un deber ético y profesional, que el secuestrador nunca observó.

PS. El libro que recomiendo esta semana, alusivo al tema, es: Trauma and recovery. The aftermath of violence – from domestic abuse to political terror, cuya autora es Judith L. Herman (Basic Books, New York, 2015).

Una novela que reivindica a las víctimas del secuestro, con tinte policiaco, es Alex, parte de una muy recomendable trilogía del conspicuo Inspector Verhoeven que creó Pierre Lemaitre (traducida por Arturo Jordi), Alfaguara Random House, Madrid 2016.

CBD

CBD
Hey Jude, don’t be afraid
You were made to go out and get her
The minute you let her under your skin
Then you begin to make it better

Lennon & McCartney (1968)

A raiz del auge que tienen los derivados de la marihuana (canabinoides) para curar todo género de síntomas, desde la cefalea hasta la depresión, me veo sentado frente al discurso inquietante de Kevin, un baterista de jazz que sufrió una lesión de hombro y que sondea mis conocimientos. Su historia es la de muchos artistas del underground, cuyos anhelos de fama truncos los preceden.

  • La probé en aquellos años que siguieron al movimiento hippie, Woodstock era nuestra insignia y nuestro canto  – dice, con visible nostalgia. – Para entonces, buena parte de nuestros pares habían experimentado con LSD o psilocibina, y en los campus universitarios la mota circulaba sin restricciones. Bastaba con avistar a la policía para esconderse y seguir consumiendo. ramos polvo de estrellas, como reza la canción.

Rubio, de facciones ajadas por la edad y una mirada oscurecida por el fracaso, Kevin Smith viene a tratar su enfisema, reticente para emplear el oxígeno que le han prescrito en la administración local de veteranos. Su quiebre ocurrió entre los manglares de Nam, donde el consumo de psicotrópicos era la única forma de mantenerse sano bajo las ráfagas de ametralladoras y la muerte cercana, con tinte de inminencia. Fumaban pipas o pitillos improvisados, ateridos bajo la lluvia incesante y la amenaza de escaramuzas surgidas de la nada, desde la negrura impenetrable de la selva.

Dos tours en Quang Tri durante la ofensiva de Pascua bastaron para mermar su capacidad de tolerancia. Tras un relevo hospitalario a bordo del USS Sanctuary frente a las costas del maldito golfo de Tonkin, fue remitido al pabellón psiquiátrico de Alburquerque y dado de baja del ejército por incapacidad.

  • Aquel escenario resultó peor que la guerra, Doc. Los mutilados y lisiados eran como zombies y el menos loco hablaba de suicidarse cada tercer noche. Le rogué a mis padres que me sacaran de ahí lo antes posible y me sometí a un tratamiento de electrochoques con tal de no volver a caer en ese infierno. Pocos meses después, me contraté en un supermercado de Phoenix y empecé desde cero, perseguido por mis fantasmas.

Pero sólo el alcohol barato que podía pagar y la marihuana atenuaban sus delirios. Confraternizó con los junkies de la ciudad – casi todos negros desclasados y algunos veteranos como él – y empezó a usar heroína de forma intermitente. El acceso a las drogas más caras acabó con su magra economía y en total depauperación, se sostuvo donando sangre en las épocas que antecedieron a la epidemia de SIDA.

  • No sé a cuántos habré infectado, hasta que descubrí que era seropositivo y empecé a tomar AZT. Para entonces varios de mis cofrades habían muerto de infección o por consumo. Las calles de las ciudades se llenaron de espectros, Doc, era como volver al averno; la agonía pululaba en cualquier rincón, había edificios abandonados donde se morían los infectados como moscas. Creí que iba a caer de nuevo en la psicosis. Me asusté y dejé de inyectarme. Fueron días aterradores, sudando y temblando, pero me ayudó un ex-combatiente que se había redimido en alcohólicos anónimos y pasó noches enteras cuidando mi calvario. Incluso pagó por mis kits de Narcan, sesenta dólares que yo había dilapidado una y otra vez con mi derrumbe. Nunca podré agradecerle toda esa dedicación, pero murió de cirrosis hepática tres años después y yo no pude salvarlo.

Afuera de mi consultorio, la tarde pardea. Se escuchan los trinos de los pájaros que se acumulan en las copas de los encinos y el tráfico ha perdido su habitual fragor. Kevin continúa su relato.

  • Gracias a él conseguí trabajo de chofer en una constructora en Denver, donde nadie me conocía. Además de salvarme, Rashan me enseñó a mantener un perfil bajo. Fue una bendición en mi vida, doctor, ni siquiera mi familia hizo tanto por mí.

Los ojos se le pueblan de lágrimas, y puedo constatar el genuino afecto que aún transmite hacia su redentor. Conmovido, parece en la penumbra que nos envuelve más ingenuo, un “niño viejo”, podría decir.

Tras circular por varios desarrollos en los años del auge económico de los gobiernos republicanos, Kevin se contrató como chofer de levita de algunos artistas de Hollywood. Condujo a Al Pacino en muchas de sus juergas, acompañó a una joven Meryl Streep hasta la alfombra roja de los Óscares y encubrió los romances interminables de Kevin Spacey mientras rodaba su limosina. En todo momento se resistió a derrapar por la senda conocida de los estupefacientes, pese a que vivía en un pequeño cuarto en Burbank y estaba constantemente expuesto a los desvelos. Cuando lo corrieron – por un disgusto con una bailarina alcoholizada que lo denunció por maltrato  (“solamente la saqué de mi coche, Doc, estaba vomitada y se orinó en el asiento”) – Kevin se ofreció de tugurio en tugurio para tocar la batería con músicos improvisados.

Su tenacidad le permitió adherirse a la banda de Cat Rollins y sus profetas, un grupo dispar que tocaba en los antros de North Hollywood y Glendale recibiendo unos cuantos dólares por cada jam session. Apenas le permitía sobrevivir, pero tenía por fin un círculo social y un trabajo digno en que recargarse.

  • Fumaba como carretero, es cierto, pero evité el bourbon y el moonshine de mala cepa que circulaba en aquel ambiente. Yo tomaba Coca-Cola y ocasionalmente probaba los “joints” que mis colegas fumaban en los intermedios, al abrigo de la noche y la parranda. Los años pasaban y no logré asentarme, aunque tuve algunas novias que me dejaron por mi insolvencia y falta de ternura. Nunca entendí a qué se referían.

Mi secretaria nos interrumpe con una llamada urgente. Me disculpo y, mientras contesto, observo la languidez que vierte Kevin en mi oficina. Se gira a ver los lomos de mi biblioteca, entrecerrando los párpados para distinguir los títulos sin detenerse en ninguno. Me pregunto si alguna vez habrá leído un libro en su totalidad. Viste con desaliño, pero mantiene una actitud gallarda, como un gladiador derrotado pero que se sabe ileso después de mil batallas.

  • ¿Y qué es esto del CBD? – pregunto, reponiendo el auricular, para darle salida a sus inquietudes.
  • Bueno, Doc, la idea es que me levante el ánimo y controle las migrañas.
  • Podrías dejar de fumar, Kevin, y tal vez hacer un poco de ejercicio. Tan pronto lo digo, me percato de lo absurdo de mi sugerencia: Kevin es un trashumante de las sombras, de su propia vida destartalada, de las incontables trincheras donde ha dejado su espíritu.

Calla y me observa con recelo, es evidente que no acudió para recibir sermones, quiere asegurarse de que este fármaco no lo arrojará al precipicio de las toxicomanías. Le explico que el Cannabidiol es un derivado del alcaloide principal de la marihuana (en particular, la especie Cannabis sativa) y que genera poca adicción. Su efectividad, en general estudiada más en modelos animales, se ha visto como sedante, ansiolítico y quizá como neuroprotector en ciertas formas de epilepsia en niños. En este sentido, se ha probado su efectividad en  los síndromes de Sturge-Weber y Lennox-Gastaut, en la esclerosis tuberosa y en las convulsiones inducidas por fiebre, aunque no se ha certificado su empleo terapéutico por la FDA. Como relajante muscular, atenuante de tensión o angustia y antipsicótico hay algunas evidencias anecdóticas, pero aún no contamos con estudios sistematizados que documenten su eficiencia en la mayoría de los casos. Su seguridad a mediano plazo se ha demostrado en diversos ensayos de aplicación limitada, no así en el embarazo y la lactancia.

  • Puedes usarlo – le digo – sin exceder 300 mg al día, Kevin. Pero ten en cuenta que tus receptores cerebrales conocen bien esa historia y es difícil predecir si te colgarás de nuevo en una droga para mitigar tu ansiedad y alejarte de esta realidad que te aprisiona.

Parece satisfecho, se incorpora y me extiende la mano, temblorosa y con las uñas mal cortadas. No creo haber sancionado una nueva adicción, pero no me quedo tranquilo. ¿Regresará?, me pregunto. o ¿será acaso que la vida, cuando se ha visto enfrascada con la insensatez y la muerte, tampoco adquiere sentido?

Nota. Un reporte publicado hace una semana en Scientific Reports que se basó en una muestra de casi veinte mil usuarios, sugiere que el tetrahidrocanabinol (THC) y no el CBD es la sustancia psicoactiva responsable de mitigar los síntomas mencionados. Digno de considerar antes que dejarse seducir por la propaganda (Stith SS, Vigil JM, Brockelman F, et al. The association between cannabis product characteristics and symptom relief. Nature Scientific Reports 9:2712 (Feb 25, 2019)

PS. El libro recomendado esta semana es el final de la trilogía del Cártel, recién publicado por Morrow: “The border” cuyo autor es Don Winslow. Una lectura escalofriante del límite de las fronteras entre la corrupción, el narcotráfico y el cinismo de los gobiernos norteamericanos.