La urdimbre social

La urdimbre social

No recuerdo a santo de qué inicié la conversación. Mi interlocutor exprimió hacia un lado el paño con el que limpiaba el café derramado y se dirigió a nosotros con toda naturalidad. No había un dejo de cinismo en su tono, hablaba con la franqueza de los hombres de campo.
En su pueblo natal, el narcotráfico ha tomado las riendas del poder. La policia local es suya, afirma sin ambajes; ellos deciden cuándo sale a patrullar y qué retenes simula para dar una apariencia de control de vía. No hay tal, los capos de la droga dictan quien va y quien viene. Pero tienen feliz al pueblo, insiste. Porque gracias a ellos nadie se mete a robar a las casas y cada cual lleva su negocio en paz. Las pocas tiendas que no les pertenecen de facto, les entregan un porcentaje de sus ventas quincenalmente y trabajan sin restricciones. Un orden que todos aceptan y respetan.
– Ellos nos cuidan y nosotros les avisamos cuando hay un retén federal o anda cerca un convoy de la Marina – nos dice, confiadamente.
– Pero, ¿y la droga? – inquiere mi esposa, alarmada.
– No – responde Antonio con ligereza – los que quieren consumir, es su problema. De esos siempre hay, nosotros no le hacemos a eso.
– El otro día – nos relata – me detuvieron en un retén de tránsito, jíjole. Había salido de prisa y no llevaba licencia. Ya me veía yo entregando mi carcacha y sin dinero para recuperarla.
Capturada mi atención, asiento perceptiblemente.
– Tons, que veo a uno de ellos, al que le dicen Rocky; que tá zotaco pero bien trabado. Taba ahí nomas, recargado en su troca, como quien supervisa el tránsito. Y que me ve. “¡Qué onda, Toño!”, dice fuerte pa’ que l’oyeran. 
Yo me quedé quieto, porque si uno s’echa pa’trás, pues van por uno y se pone pior la cosa.
– ¿Y qué pasó? – pregunto, para darle hilo a su relato. 
– No, pus namás alzó una mano y me dejaron pasar sin registrarme. ¡Vea usted qué suerte! 
Acaso cae en cuenta de nuestro estupor y acorta su relato. Es un hombre menudo, con ojos alegres y barba rala, mal afeitada. Viste con sencillez y es solícito para todos los que pernoctamos en este condominio. Se aleja con una sonrisa discreta usando el trapo sucio también como pañuelo.
Mi mujer y yo nos miramos en acuerdo tácito. El golpe de realidad nos dejó mudos. Habíamos comprendido que un código tribal prevalece en las pequeñas comunidades de este país, por encima de cualquier dictamen o reglamento escrito. No hay forma de implementar algo distinto que semeje legalidad. Mucho menos desde la soberbia de un gobierno central, alejado y desconocedor de la cotidianidad rural desde hace décadas. Nada para nadie.
Los narcos – de pequeño y mediano calibre – gobiernan y controlan las comunidades. Brindan protección contra el crimen espontáneo y mantienen el tejido social funcionando y estable. 
Es la superestructura del tráfico de drogas, de los cárteles que mueven millones de dólares la que ofrece un desequilibrio permanente. Porque los territorios de enlace, tráfico o producción requieren asegurarse y la codicia siempre será superior al acuerdo.
Cuando se habla de matanzas por un grupo criminal organizado para someter a otro, ha pasado mucha agua bajo el puente. Con certeza nadie sabe quien inició el conflicto, pero algún capo no está dispuesto a ceder terreno o restringir sus vías de suministro y sus ganancias. La ambición se paga con hierro.
A pesar de las noticias o la pretendida alarma de los círculos políticos y financieros, por debajo de esos brotes de violencia, el entramado social subsiste con un nuevo y bien operante arreglo. Todo está en calma, siempre y cuando alguien más arriba no pierda los estribos y quiera extender su dominación.
Alguna vez afirmé cínicamente que la revolución socialista ya había ocurrido, pero no en la forma de un alzamiento armado a la manera de las películas épicas, con una ideología preconcebida. Se urdió en silencio, extendiendo sus tentáculos entre la gente que menos tiene y que se cansó al fin de la injusticia social y la corrupción sucesiva e interminable de todos los partidos. Los trabajadores del campo y su familias abrazaron con esperanza a los narcomenudistas locales que llegaron a implantar una ley tribal, inconfundiblemente autóctona y fácil de seguir. Es decir, tú me proteges y yo callo y miro hacia otro lado. Tú mantienes la
paz y yo soy tus ojos a la redonda para que este orden de cosas se mantenga incólume, sin amenazas externas. 
El arreglo es económico y consistente. Piénsenlo así: el mercado de drogas aporta bonanza y tranquilidad a las comunidades rurales. Su único temor es que vengan otros narcos más poderosos e impongan una ley distinta, regida por la brutalidad y el encono. Mientras eso no suceda, todos contentos.

Los implicados confían en que la pequeña abundancia se mantenga y la vida cotidiana discurra sin tropiezos. No hay denuncias, no hay robos, no hay muertes aleatorias, excepto si alguien transgrede el orden imperante o quiere escalar la pirámide del poder cuando no le ha llegado su turno.
Me apena admitirlo, pero no existe ejército ni guardia nacional que pueda con eso. Ninguna superestructura emanada de la Constitución – que ha sido pisoteada hasta el cansancio – puede reemplazar al deseo popular, cuando éste ha encontrado un modus vivendi que satisface sus necesidades inmediatas y le provee cobijo contra propios y extraños.
De igual manera, ningún presidente, parlamentario o jerarca religioso puede destejer el orden que ha impuesto la costumbre y el flujo del dinero sucio.

Hoy, el humo de un sembradío en roza se eleva sobre los árboles, arrojando cenizas de caña a varios kilómetros, no bien ha amanecido. La calma impera a mi alrededor y los trinos de los pájaros ocupan el espacio. Me enfundo los tenis Nike y mi camiseta dri-fit y salgo a caminar con cierto titubeo. Me siento un extraterrestre en mi propio país. Siempre supuse que al pagar mis impuestos, no excederme en mis tarjetas, solventar mi hipoteca y respetar las señales de tráfico podía discurrir una vida apacible y longeva. A cambio del privilegio de nacer en el seno de la clase media post-cardenista y acatar los artículos clave de la Constitución, mi función social puede ejercerse sin mayores contratiempos. Proveo mis servicios profesionales a la sociedad y ésta – al menos en teoría – me colma de seguridad, continuidad y orden.

Ciertamente aprendí a dudar de las instituciones y sus testaferros. Muy joven entendí la versatilidad de las “mordidas” o el beneficio inapelable de contar con una “influencia”. Pero en general no hizo falta recurrir a ellas. Caminé por los senderos que se abrían a mi paso, sin atropellar a nadie. Estudié con denuedo para competir por los mejores lugares en mis áreas de interés, conquistando algunos pequeños trofeos conforme correspondía a un hijo de la pequeña burguesía de un país tercermundista.

Me lavaban y planchaban la ropa, servían mi mesa. La injusticia resultaba parte esencial del panorama nacional y las clases sociales – estratificadas sutilmente – se mantenían confinadas en parcelas virtuales, cumpliendo su propósito sin cuestionar demasiado el equilibrio que un solo partido, hegemónico e imperial, había derramado a lo ancho y largo del territorio.

Como tantos otros de mi generación, mi inquietud social nunca fue mucho más allá de unas cuantas escaramuzas y privaciones autoinflingidas. Una breve detención sin consecuencias, persecuciones por las calles de dos o tres ciudades y mítines que terminaron sin el saldo sangriento que marcó Tlatelolco una década atrás. Más bien fue una escenificación que nos otorgaba identidad y nos diferenciaba de la complacencia de nuestros padres. Pero la necesidad y la comodidad marcaron el destino. No había razones de fuerza suficiente para renunciar a las prebendas de clase. El mundo, pleno de arbitrariedades, seguiría girando con o sin nuestro empuje. La osadía se extinguió cuando nos conminaron a “sentar cabeza”.

Sin advertirlo, la urdimbre social se fue deteriorando ante nuestros ojos y oídos indiferentes. Mientras protestábamos en las avenidas arboladas, repetíamos canciones de protesta y nos indignábamos por el bloqueo a Cuba, el pueblo al que apelábamos con tal donaire se veía obligado a aceptar la invasión de vendedores de droga, negocio imperecedero y prolijo en garantías. La verdadera revolución había comenzado, en silencio, turbiamente.

Con esa penetración arribaron las armas cortas y largas, la imposición de motivos, la sujeción de los clanes y el nuevo mandato, que se vierte desde el dominio económico que ejerce el narcotráfico a través de las fronteras nacionales, siempre permeables, siempre dispuestas.

Súbitamente, con la escalada de asesinatos, nos percatamos de que vivimos sitiados. Los nombres de los cárteles se tornaron familiares y sus jefes se erigieron en perfiles cotidianos, retratados por los noticieros y los periódicos. Antonio solamente nos reveló lo obvio. Podremos confinarnos a nuestras casas impecables, pertrechados por muros altos y alambres de púas, pero ya no nos será permitido caminar por los campos, recorrer las calles de noche u optar por negocios que transgredan esa “nueva legalidad”.

No hay lugar para los extranjeros, quienes seseamos o hablamos con pretendida “propiedad”. Nuestros cines, centros comerciales, lujos y afición por lo importado serán tolerados, porque finalmente es ése el encaje que bordea el tejido social y lo connota en apariencia. ¡Ah! pero hay un límite preciso donde nuestra arrogancia se detiene: el pueblo no es un entelequia que conviene a la intelectualidad o a los historiadores. No es más una denominación antropológica o cultural que se viste de fiesta ocasionalmente. Es una voz ronca, soterrada, que ejerce su propia justicia y que mira con recelo todo aquello que pretenda leyes y códigos penales que ya no le sirven a nadie. 

Regreso desangelado a la casa de fin de semana que me han prestado en estos días de asueto. El desayuno está en proceso y mis hijas nadan en una piscina a veintiocho grados, recién clorada y limpia de residuos. Me sirvo una taza de café traído de Colombia, cuya aroma inunda la estancia. Mis amigos charlan despreocupadamente mientras espolvoreo los chilaquiles con queso fresco y volteo hacia el horizonte. Reconozco de golpe que nada me pertenece; soy una ilusión en camino de extinguirse.

Volver al futuro

Volver al futuro

El estruendo cimbró los edificios de la vecindad y lanzó una lluvia de vidrios sobre las aceras y los autos aparcados en tres calles a la redonda. Con una lentitud pasmosa, la torre de telecomunicaciones del CCSS (Centro de Ciberseguridad Sur), sus diecisiete toneladas a cuestas, se desplomó con un chirrido agónico sobre un mercado y varios comercios que estaban por abrir. Decenas de locatarios y transportistas quedaron sepultados entre escombros y cables que ardían, antes de que llegaran los servicios de emergencia. 

Cuando vibró mi teleradar y logré desperezarme – cuidando de no perturbar a Aurora, que tiene un sueño ligero -, pude discernir las aspas de los helicópteros a lo lejos, surcando el neblumo sobre los techos de la ciudad herida. 

El lugar del impacto era un verdadero pandemonio. Un batallón de policías metropolitanos tendieron un cordón con cinta termoeléctrica en un radio de noventa yardas. En sus márgenes se apretujaban los primeros curiosos, ávidos de morbo. Aún no amanecía y la zona estaba abarrotada de ambulancias, patrullas y camiones de bomberos estacionados sin orden. Dejé el auto en donde pude y me abrí paso entre la gente y los trozos de ventanas bajo el resplandor intermitente de luces rojas y azules. El entorno era irreal, aún para una comunidad habituada a la violencia.

Cerca de la base de la torre desplomada encontré al Capitán Zielinski, encargado de la Brigada de Detectives de la zona sur. No se giró a recibirme; conocía de sobra mi perspicacia.

  • ¿Qué le parece, Nick?
  • Usaron una carga de Semtex híbrido de difusión rápida, jefe. El tufo es inconfundible. Con tanto acierto que lograron derribar la torre con el mínimo de víctimas. Quien hizo esto tiene amplio entrenamiento en explosivos.
  • Notifique a la coordinación de inteligencia…

No lo dejé terminar la orden. – Está hecho, Capitán, los chicos de la base interdimensional de datos ya fueron alertados.

Varios paramédicos, extenuados por cargar tantos muertos y heridos, pasaron a nuestro lado, vociferando y reconviniendo el triage. Más allá, los bomberos evacuaban un edificio que amenazaba desmoronarse con el golpe de los hierros retorcidos que alcanzaron su estructura. Se oía el llanto de niños entre las arengas de los oficiales. Algunas ambulancias se movían en reversa hacia la periferia llevando a aquellos a quienes les quedaba una posibilidad de sobrevivencia.

Reuní a mi equipo de detectives y personal forense para instruirlos acerca de qué huellas y detritus deberían priorizar. La orden era redundante, porque todos estaban bien entrenados en su trabajo minucioso y se habían adelantado con escáners y microscopios portátiles. No obstante, me sentí obligado a refrendar mi autoridad ante la magnitud del crimen que teníamos enfrente.

Mi primer auxiliar, Yelena Skoboda, una joven mujer de cabello rizado y piel blanquísima, se acercó con su tablet para mostrarme las primeras imágenes escaneadas en infrarrojo desde el drone.

  • Mire, jefe, cercenaron las cámaras de circuito cerrado con láser, lo único que pudimos recoger es un equipo de ocho sujetos – dos de ellos presumiblemente mujeres – uniformados como mercenarios y con balaclavas para ocultar su identidad.
  • No es mucho, Skoboda. ¿De dónde partieron y en qué dirección huyeron?
  • Las imágenes están entrecortadas – respondió. – Hasta no recuperar la edición satelital, lo único que puedo afirmar es que proceden de la milicia salafista. Pero este contingente es de élite, Nick. Algo que nunca habíamos enfrentado.

La primera impresión de mi subalterna me dejó cavilando. Hasta ese momento ninguna emisora clandestina se había adjudicado el ataque terrorista. Yo no era de los que saltan fácilmente a conclusiones, si bien permitía que mi gente desgranara sus hipótesis sin cortapisas. De pronto, los ciberteléfonos celulares de quienes estábamos presenciando el atentado comenzaron a parpadear al unísono.

La imagen que surgió en todos ellos era la de un cyborg inexpresivo, como una máscara mortífera que hablaba con la voz del perpetrador. Un acento ucraniano que tardé poco en reconocer.

  • Comandante Berlioz, sé que me escucha. Nunca es tarde, ¿verdad? Hacía tiempo que buscaba la oportunidad de saludarlo y recordarle su deuda con mi ejército. Pero, no me detendré en sentimentalismos…
  • ¿Qué quieres, Ahmed? – y mi pregunta resonó en todas las pantallas que tenía en mi derredor.
  • No es lo que quiero, Nick, si me permites tutearte. Es lo que tu ciudad y tus sabuesos me deben desde hace dos miserables años.

Me recompuse para escuchar sus diatribas, sabía que me estaba observando desde su sensor digital. Aunque permaneciera oculto tras el robot, recordaba claramente su cara, su barba en punta, sus cicatrices, la mirada penetrante de odio y venganza. Skoboda y los otros se acercaron para tratar de rastrear la señal, pero sus interceptores permanecían bloqueados. Las pantallas emitieron una luz mortecina antes de apagarse y en lugar del humanoide apareció en mensaje que rezaba: “Stay tuned!”, sostenido por una caricatura del Siglo XX que uno de mis ayudantes más veteranos identificó como Bugs Bunny.

Varios reporteros no tardaron en rodearme y emitir preguntas atropelladas a voz en cuello. Los hice a un lado, dándoles respuestas lacónicas, mientras mi equipo los apartaba, y me reencontré con el Capitán para evaluar la situación. Sentía que todas las mirabas se posaban en mí, anhelantes de respuesta.

  • Ahmed Ulianov – le expliqué, casi al oído – un mercenario nacido en Crimea, que se hace llamar “la resurrección de Osama Bin Laden”. Hace dos años lo cercamos en territorio saudí, incluso resultó mutilado de un brazo, pero logró escapar en un vehículo tierra-agua con blindaje sónico. Nuestros sonares termonucleares lo perdieron de vista en el Golfo de Aden.
  • Parece estar de vuelta y todo apunta a que la vendetta es personal, Nick.

Me contuve para no abundar más en lo obvio. Le solicité nuevo armamento. Mi equipo estaba usando armas de propulsión obsoletas y los recortes de presupuesto habían mermado aún más nuestra capacidad bélica. Mi lugarteniente más confiable, Hua Ming, se acercó a hurtadillas cuando me despedía del jefe. El amanecer descubrió escenas aún más grotescas, de sangre, de desolación. Su voz me pareció un clamor ahogado por las tinieblas.

  • Jefe, sin fusiles de fisión estamos perdidos frente a esos criminales. Se han atrincherado en todo el Oriente Medio y usan radares cibernéticos de luz pulsada que alertan a sus drones a muchas millas de distancia.
  • Conozco bien la desventaja, Ming. Dame dos días para reunir los pertrechos necesarios, creo que este atentado despertó de la indiferencia a mis superiores.

Abatido, evitando a los curiosos, regresé a mi departamento para bañarme y revisar mi muro digital. Antes de salir, había dejado un mensaje para Overblatt, mi contraparte belga, que era un experto en terrorismo islámico. Esperaba que me proveyera con las coordenadas para intentar una aproximación a los puntos débiles del enemigo. En la última década, había perdido a cinco colaboradores de primer nivel, uno de ellos mi primo Samuel, que cayó abatido en el sitio de Damasco, cuando ordené la retirada. La culpa me había seguido como una nube negra durante un lustro.

El holograma de Jacob Overblatt – sus casi dos metros, rostro endurecido y agudos ojos verdes – me estaba esperando en el vestíbulo cuando traspuse la puerta. Pulsé el interruptor de largo alcance y el fantasma cobró vida.

  • Saludos, Nick. Lamento mucho lo ocurrido. Recibimos la imagen en tiempo real en nuestro cuartel de inteligencia. Identifiqué la voz de inmediato aunque intuía hace tiempo que buscaría la manera de golpearte. Nuestras fuentes de información indican que la vía de acceso menos vigilada es por Dubai, durante el Ramadán. De otro modo, tendrías que entrar por el Mar Caspio, que está infestado de cerebroides de inmersión. Nada recomendable.
  • Lo recuerdo bien, Jac. Esa batalla en Bakú fue un desastre para NATO. Ustedes perdieron gente irremplazable.

En medio de la conversación, irrumpió Aurora, cubriéndose la desnudez y azuzada por la voz maquinal del holograma. Me miró con sorpresa, reclamando con las manos extendidas una explicación a esa invasión de nuestra privacidad. Overblatt lo advirtió y me dijo que llamaría más tarde a la oficina. El holograma se esfumó como un espectro.

  • Lo siento, querida. Estoy coordinando la respuesta a un ataque terrorista. Debí esperar a llegar a la comisaría.
  • No es eso, Nick. Desperté de golpe y al no encontrase a mi lado, temí que algo te hubiese ocurrido. Me alarmé y salí a buscarte a la calle.

La abracé durante un largo rato, conteniendo sus sollozos tibios. Tenía las mejillas heladas y pude sentir la frescura de sus lágrimas. Habíamos perdido a un hijo en las protestas del verano de 2079 y su deceso aún nos corroía el alma. Nada pudimos hacer para salvar a Stephan. Murió en mis brazos, desangrado. Aurora sólo lo pudo ver en la morgue, deformado por el rigor mortis. Hasta esta mañana, me invadía la convicción de que las huestes de Ulianov habían incitado a la rebelión, a sabiendas de que un hijo mío dirigía a los estudiantes de Inteligencia Artificial en Birmingham.

Cuando por fin se contuvo, la acompañé tomada de la cintura hasta la cocina. Preparé café de grano sembrado en Mongolia, un aroma que la hacía recordar su infancia. Calenté unos bollos de almendra y charlé de algunas nimiedades para distraerla de su aflicción. El hueco en mi pecho por la muerte de Stephan no admitía mucha memoria; me llagaba, me colmaba de rabia, y en esta encrucijada, no podía permitirme actuar obnubilado por el odio.

Minutos más tarde, Ming se detuvo frente a la torre de apartamentos en su viejo Toyota de autovoltaje, ofreciéndome una taza de té cuando me senté a su lado en el asiento trasero. El vehículo se desplazó, sin conductor, observando los límites de velocidad radial con dirección hacia la comisaría. Los copos de nieve se arremolinaban contra el parabrisas, obstruyendo la visibilidad. Nos envolvía un aire pútrido, saturado de vapores y desechos. A nuestro paso, la ciudad – como nosotros mismos – yacía sumida en un silencio desconcertante, detenida entre el pánico y el frío. Esa jornada interminable, que nunca olvidaremos, estaba aún por comenzar.

Ítaca

Ítaca

Era un hombre errante, sin dueño ni destino. Lo conocí en la Plaza San Marcos, bajo un tibio sol de invierno, sorbiendo el tercer espresso, abstraído en sus cavilaciones.

Aún no sé que le hizo devolverme el saludo, proferido con mi natural ingenuidad de latinoamericano; quizá una brecha en su soledad de lobo de las estepas, ávido de recalar en algún puerto desconocido. Pese al frío, vestía una chaqueta ligera y su cabello entrecano ondulaba en el viento matutino. De inmediato noté sus ojos grises, con sendas bolsas que realzaban el insomnio y una expresión que me pareció cínica al principio, pero que gradualmente se suavizó entre las arrugas. Yo venía de recorrer el Guggenheim la velada previa y, como turista distraído, había sido víctima de un pequeño hurto que lastraba con poco humor. Así que anhelaba algo de paz y sociabilidad para mitigar mi enojo.

Entablamos una conversación curiosa respecto de la novela icónica de Thomas Mann (1) antes de profundizar en los temas que le atormentaban. Ante la proximidad del cambio de siglo, percibía el desasosiego en su entorno. No que le importaran las desventuras de nuestra especie, más bien abrigaba el caos como una forma ineludible de progreso. Hablamos un poco del análisis de Schorske en Viena (2) y de los temas que aportara Fukuyama (3) para contrastarlo con la época que moría. Era sin duda un buen conversador. Pidió una grappa para reblandecer su café y, supongo, también su hastío, y se detuvo a observar a la horda de turistas que empezaban a inundar la plaza, a la par de los carteristas y los vendedores de chatarra.

Sin más preámbulo, me invitó a abordar el vaporetto para compartir el amago del día rumbo a Burano, donde un amigo (tal vez el único, me confesó) tenía una pequeña taberna que horneaba el pan y lo decoraba con arenques frescos. La luz mercurial realzaba los colores de las fachadas cuando atracamos, con una intensidad desusada en mi memoria citadina. Desayunamos en silencio, para mi sorpresa, porque por un momento supuse que había un atisbo de continuidad en nuestra recién adquirida cercanía. En un italiano entrecortado (él era austriaco, lo habrán adivinado), se dirigió a su interlocutor para preguntar cómo iba el negocio. El veneciano se quejó con aspavientos y palabras altisonantes que era fácil inferir. A mi lado, pude advertir la sonrisa de burla de Jünger mientras el tabernero daba rienda suelta a su idiosincrasia.

  • Es usted un provocador – le dice sotto voce, en inglés.

Recuerdo que lo tomó a mal, prueba de que tal intimidad no existía. No obstante, reavivó la conversación. Veterano de la primavera de París, me contó cómo se inflamaron las calles cuando estudiaba en la Sorbona y corría una ráfaga de idealismo y cambio que acaso no fraguó del todo. La decepción lo llevó a Praga, donde esperaba que el régimen de Dubcek rompiera finalmente con el totalitarismo soviético.

  • La noche del 20 de agosto, nuestra existencia dio un vuelco – continuó, visiblemente afectado. – Cerca de veinte mil tanques del Pacto de Varsovia invadieron los campos y la capital flanqueados por un cuarto de millón de tropas. Esa madrugada estaba celebrando con unos amigos en el barrio de Malá Strana. Alternábamos tocando jazz en un tugurio que manteníamos abierto a deshoras. La noticia por la radio nos alertó y salimos a vigilar las calles, dispuestos a batirnos a muerte contra la tiranía. En aquella oscuridad, el Moldavia me pareció vertido en sangre y la ciudad más vieja que nunca.

Para Henrich Jünger nada sería igual después de esa barbarie. Tras resistir unos cuantos días a los cíclopes rusos, tuvo que huir presa de impotencia hacia Viena, donde se sentía un extranjero a pesar de sus orígenes. La ciudad le pareció ajena, sumida en su indiferencia burguesa, tan cerca y a la vez tan distante del infierno que se cernía sobre los anhelos libertarios del bloque comunista. En Helsinki, París, Londres y Lisboa se escenificaban marchas de protesta por la invasión mientras Austria seguía su curso, como si nada hubiese ocurrido a unos kilómetros de sus fronteras. Esa falta de reacción de sus coterráneos le produjo tanto asco como desconsuelo. Atravesó el río de nuevo y se inscribió en un círculo clandestino en Pest, donde aún se abrigaba el sueño democrático.

Eran tiempos sombríos para la juventud europea y más austeros para quienes proliferaban detrás de la cortina de hierro, que ahora zanjaba Leonid Brezhnev, tras un periodo de apertura que resonara como una auspicio con la desestalinización aparente de los países eslavos.

  • Too little, too late – insinuó Jünger, sin ocultar la tristeza que embargaba su voz.

En Hungría conoció a una mujer rumana, menudita, de nariz redonda y grandes ojos gitanos, con la que auguró que podía formar una familia. Tuvieron un romance fugaz, que a Heinrich le permitió distraerse un poco de sus inquietudes políticas y su desolación. Fue una transición obligada, me reitera, porque su vida era entonces un sórdido derrotero entre la rebelión y la desesperanza.

  • Simona fue una buena compañera, torpe en su perspectiva social y tal vez muy provinciana. Así como me abrió las puertas del erotismo y me vacunó contra mi arrogancia, supongo que le enseñé que había un horizonte más amplio que la llanura de Transilvania y las murallas medievales de Sighisoara, el pueblo originario de Vlad Tepes. Espero que el nombre te produzca un escalofrío – sonríe con delectación-; es el mismísimo Conde Drácula. Todo eso en unas cuantas noches de tabaco y Tokaji Aszú, vertido sin cuidado en nuestros cuerpos desnudos.

Al rememorarlo, cambió su expresión y parecía un adolescente inquieto, deseoso de reparar la languidez y el olvido. A su lado, paladeando otro café en la humedad fría que arrastra el Mediterráneo, pensaba en todos los navegantes que han dejado sus huellas efímeras en esas orillas (4), que inscribieron su nombre a la par de otros seres que ya no existen o quizá jamás existieron: los lestrigones, las amazonas, Circe, los comedores de loto. Pero que de una u otra forma representan metáforas de los obstáculos que enfrentamos durante el viaje existencial, en busca de un hogar o un tiempo perdido.

Las horas pasaron inadvertidamente, caminamos por la callejuelas de Burano, saludando a los pescadores que acomodaban sus redes para la siguiente jornada. Algunas mujeres nos mostraban encajes, reduciendo los precios a cada paso mientras nos alejábamos, para insultarnos finalmente por no responder a sus ofertas. Yo confiaba en que, gracias a su conocimiento del enclave, Heinrich tendría presentes los horarios del vaporetto, para regresar a mi hotel y con un poco de suerte, tomar el tren de vuelta a Milán.

Su disertación me despertó cierta ansiedad; sabía que Penny, mi novia, estudiaba diseño en una Universidad donde su belleza era poco común. De momento, perdido en mis inquietudes, recordé sus ojos verdes, su pelo ensortijado y su sonrisa, capaz de embrujar a cualquier compañero. La promesa de mi retorno se esfumaba y quería decirle a mi interlocutor que nada, que ningún periplo, se compara con el abrazo de la amada, aunque uno se desconozca en el trayecto.

Mi zozobra debe haberle resultado elocuente porque unos metros más adelante, cerca del embarcadero, Jünger me despidió con un apretón de manos, lacónico y terminante. Antes de abordar, seguí su rastro mientras desaparecía, un espectro entre la bruma crepuscular; imagen que retengo cual si una leyenda – que no puedo confiarle a nadie, ni verificar – trajera a la memoria mi capricho.

Referencias.

  1. Thomas Mann. Death in Venice. Amereon Limited, London 1989.

2. Carl E. Schorske. Fin de siecle Vienna: politics and culture. Alfred Knopf, New York 1979.

3. Francis Fukuyama. The end of history and the last man. Free Press, New York 1992.

4. David Abulafia. The great sea: a human history of the Mediterranean. Oxford University Press, UK 2013.

5. Para redondear, sugiero el libro de poemas escogidos de C.P. Cavafy con el texto original en griego reeditado en 2009 por Oxford University Press. En la página 37 se encuentra el poema homónimo de esta entrada, que todos podríamos hacer nuestro.

Eclosión

Eclosión

Flanqueada por sus padres, a quienes mira con intermitencia, me dicta con los ojos que sus secretos no serán revelados en esta primera entrevista. Tampoco pensaba forzar la nota, como pretendo hacerla sentir mediante nuestra connivencia de miradas. Puedo esperar, y descubro en su inteligencia un viso de aprobación.

Su vestimenta aún es la de una niña, incluso la definen el moño que recoge el cabello y la ausencia de maquillaje, si bien un sutil delineador acentúa sus rasgos y el borde bermellón de los labios, que permanecen fruncidos mientras no me dirijo a ella. Su cuerpo adolescente está bien cubierto, así que se limita a alisar la falda de tanto en cuanto bajo mi escritorio.

La fractura del divorcio se asoma durante toda la consulta y, pese al tenor civilizado que asumen los adultos, ella y yo percibimos que pesa una animadversión que no brinda espacio alguno ni facilita las palabras.

Me pregunto al contemplar la escena cuántos chicos y chicas viven esta vorágine en la actualidad. El odio irreconciliable de los padres como un veneno que entorpece su crecimiento y su libertad. Porque no sólo se trata de estar inmersos en el fragor de la batalla, sino sentir esa culpa irracional de ser en alguna medida la causa de tal distanciamiento. Estar en medio, vamos, afectiva y físicamente; como un estorbo, como un ladrillo que une y separa a la vez.

Tal parece que los hijos de estas rupturas tienen que aprender a nadar en lodo, circunscritos por las restricciones emocionales y económicas que derivan del fracaso familiar. Uno podría repetirles tontamente que son víctimas inocentes, que ellos no eligieron a la pareja que les dio origen y menos aún sus derroteros. Pero es un argumento que sobra, porque la vergüenza y la incomodidad se van acumulando con los años y la impotencia de sus tiernos esfuerzos por conciliar a quienes riñen es un motivo más de desasosiego.

Debo enfatizar que los hijos se identifican en silencio con sus padres, aprenden de sus conductas, observan los rasgos de carácter, su margen de tolerancia, sus exabruptos y respuestas afectivas. Con ello van fraguando su personalidad y su aproximación al mundo que se abre más allá de la familia. Si lo que aprenden es odio y venganza, estarán muy sensibles al rechazo y andarán a tientas por la vida de relación, siempre desconfiando de cualquier acercamiento y de las bondades que en apariencia les ofrezcan.

El bajo rendimiento escolar es con frecuencia un síntoma del desacomodo emocional que se experimenta en casa, tanto como el maltrato (sufrido o ejercido) es muestra de la fragilidad de carácter que se arrastra como lastre tras la enemistad que no pueden cambiar.

Un hijo o hija que crece con recursos emocionales, cuya voz se escucha en casa, que recibe y da confianza, puede acercarse al difícil trance de romper el cascarón con menos titubeos y con la certeza de que no será abandonado o descalificado. Por el contrario, una persona que vive incomprendida, atacada, sometida o bajo un clima de terror, encontrará barreras infranqueables para asumir su sexualidad y acceder con ventajas a los retos y relaciones que ofrecen sus pares.  

Numerosos estudios psicológicos demuestran que los hijos de familias disfuncionales replican las conductas de agresión/depresión que emanan de sus hogares desangrados. Es cierto que algunos divorcios subsanan la guerra sanguinaria que les precede, pero el quiebre, el abandono y la vergüenza son la coda que permanece por años si no hay una terapia que consolide las heridas y le de un sentido renovado a la existencia.

La emergencia del erotismo, el desarrollo sexual y las modificaciones corporales (vello, voz, protuberancias) que lo acompañan, son elementos suficientes para sentirse cohibida, observada, incluso a veces reprobada por propios y extraños. Dentro de esa turbulencia de emociones y cambios físicos los adolescentes se uniforman: marcas de ropa, bisutería, cortes de pelo y estilos fácilmente reconocibles que distinguen a cada generación. Es un intento de asimilarse con sus pares y diferenciarse de los niños que van dejando atrás y los adultos de quienes desconfían. Dependiendo de que tan grato y atractivo les resulte su cuerpo, pueden cubrirlo con ropas holgadas o chaquetas que opacan sus curvas, o bien mostrarlo con escotes, T shirts y faldas cortas que dan cuenta de su flagrante sensualidad.

Además, pintarse el cabello, raparse, colgarse aretes o blandir ensortijados y tatuajes es algo bastante normal, si lo ponderamos contra otros lances mucho más autodestructivos. Se trata de señalarse, de hacerse singular (aunque a la sazón todos los contemporáneos lo hagan igual); en suma, diferenciarse, arrojarse al universo relacional con una marca distintiva y aparentemente única.

Por tanto, los padres que se permiten cobijar estos desplantes, sin reprimirlos en exceso y sin alentarlos con vacuidad, ayudan al púber a sentirse valioso y apreciado. No sobra insistir en que los padres no somos “amigos” de nuestros hijos y que cuando nos arrogamos este papel, irrumpimos en su intimidad de una forma por demás perturbadora.

No tenemos porqué conocer sus secretos, ni penetrar sus redes sociales, ni leer sus diarios o allegarnos a sus camaradas. La función paterna es de ley y la materna es de contención y arropamiento. No seamos cómplices ni competidores insensatos. Nuestra época de florecimiento ya pasó y, si no la supimos aquilatar, es nuestro problema; y no el de nuestros hijos que tienen todo el derecho de vivir la suya en libertad.

Cuando estamos demasiado cerca, vulneramos su privacidad. Cuando nos alejamos y dejamos de escucharlos, les imponemos una sensación de abandono y carencia. Ambas posiciones endurecen el cascarón: la primera porque los obligamos a deshacerse de nosotros con culpa y sintiendo que nos traicionan. La segunda porque pierden la brújula y optan por las salidas fáciles, léase las drogas, el alcoholismo evasivo, los trastornos de alimentación, etc.

Una madre que envuelve a la hija con sus lamentos y exigencias, le imprime la necesidad de poner distancia: la gordura es el más común de los remedios porque en su impotencia, la hija come y come, y al hacerlo oculta su sexualidad y se hace rehén del desconsuelo de su progenitora. De forma análoga, una madre que se adosa al desenvolvimiento sexual de su hija como una lapa, es capaz de anularle el deseo. Como sabemos, la anorexia, los trastornos limítrofes y las conductas adictivas encuentran terreno fértil en esa mente ultrajada.

Por otro lado, un padre autoritario y esquivo, que no tiene ojos ni oídos para sus hijos, promueve el sometimiento y el temor. Muchas incompetencias laborales y profesionales tienen su origen en esa figura errante, que nunca supo besar, que nunca enseñó a querer ni a quererse.

Es denominador común de la teoría psicoanalítica que para madurar hay que dejar atrás a los padres, no sólo en el sentido metafórico – que dice mucho del sujeto – sino romper del todo con la dependencia afectiva y económica que nos procuró de niños. No en balde la conducta hostil y contestataria de la mayoría de los adolescentes: sacudirse a los padres no es tarea fácil, máxime si reconocemos que son sus imágenes internalizadas e idealizadas las que hay que empezar por arrojar al río.

La consulta transcurre con algunas interrupciones. Adela me mira por momentos suplicante, como alentándome a arrancarle esos dos venablos de sus costados. Por fin, solos en mi sala de exploración (casi le cierra la puerta en las narices a su madre), me confiesa que quiere tomar anticonceptivos y que, antes de convencer a sus padres – que se niegan a dejarme crecer, dice – le recomiende a una ginecóloga de mi confianza.

Sopeso esta última palabra: confianza. Acaso la herramienta más elemental y también la más ansiada para trasponer el cascarón.

PD. Para profundizar en el tema, recomiendo estos libros:

Bruno Bettleheim. The uses of enchantment. Vintage, London, 2010.

Peter Blos. La transición adolescente. Amorrortu editores, Buenos Aires, 1981.

Inge Wise (editora). Adolescence. Routledge, New York, 2001.

Nunca más

Nunca más

Se cumplen hoy 25 años de la masacre de Ruanda; casi un millón de asesinatos en cien días que no conmovieron a nadie, excepto a la infamia. ¿Cuántos infiernos más producirá el odio racial? Aquí unas notas conmemorativas:

Valerie Bemeriki mira a la cámara con mueca de indiferencia. Es una rea calva, que podría ser indistintamente hombre o mujer, y con esos pequeños ojos que se hunden en el rostro rubicundo, pretende expiar su culpa. Hace cinco lustros, presa de una euforia rabiosa, clamaba por la radio de las Mil Colinas (después denominada “radio del odio”): “¡Hay que cortar los árboles más altos!”. Esa arenga de abominación fue el banderín de salida para que los machetes de la etnia Hutu, indignados por el asesinato del Presidente Juvenal Habyarimana, masacraran durante tres meses a la minoría Tutsi, que se podía identificar por su ligera estatura.

El genocidio de Rwanda duró escasamente trece semanas, pero fue devastador: más de un millón de muertos, la inmensa mayoría tutsis y algunos hutus moderados que los intentaron proteger; medio millón de mujeres violadas; poblaciones enteras diezmadas mientras el tiempo se detenía, y todos esos cuerpos arrojados a los caminos, bosques o ríos sin el menor reparo. 

Las potencias extranjeras, incluida la ONU, dieron la espalda tan pronto despuntó la masacre. Los soldados abandonaron sus puestos, los cónsules abordaron sus aviones y los jerarcas se cruzaron de manos mientras la sangre de niños, mujeres y hombres inocentes teñía todos los arroyos y surcos de aquel país, abandonado a la bestialidad.

Por si tal afrenta fuera poco, un ejército de expatriados tutsis formaron el Frente Patriótico Ruandés y volvieron por sus fueros. En el verano de 1994 acribillaron a más de cien mil hutus como represalia indiscriminada, mientras las cortes internacionales se tapaban la boca o se sonrojaban de impotencia. 

Los médicos sin fronteras, acostumbrados a la pobreza pero no a la barbarie, trataron de frenar algunos crímenes, en tan pequeña escala que acabaron pagando con su vida o con el exilio. Pasarían 16 años antes que una comisión independiente declarara que el misil que derribó el avión del presidente ruandés, esa noche del 6 de abril, fue disparado por extremistas hutus que incitaban a la guerra civil y al exterminio de los “árboles espigados”. 

El calor es sofocante en la prisión de Kigali, donde Valerie insiste en el perdón y ensalza la política de reconciliación que abriga su actual gobierno. El reportero, impávido, reúne la información y se despide, sin preguntar cuanto años más se alargará su condena. 

Como otros tantos instigadores – Goebbels en la Alemania nazi, Radovan Karadžić en la masacre de los Balcanes, etc. – esta mujer dictó sentencia sin reparar en los actos de lesa humanidad que siguieron a su proclama. Ahora parece arrepentida, aunque cuelguen tras de sí las sombras de millones de seres humanos que nunca podrán vivir la pacificación. 

Quienes estamos en la inopia y atisbamos las guerras desde las pantallas o las páginas terrosas de los diarios, no osamos imaginar qué sería de pronto que una voz – espectro de las radiodifusoras – incitara a nuestra muerte. Que acto seguido, de forma súbita, entraran a nuestra casa hordas de salvajes poseídos por el odio, blandiendo machetes o navajas, para aniquilarnos sin piedad. Para millones de seres humanos  esta escena no ha sido una pesadilla o un documental, sino el recuerdo de una pérdida irreparable, cuando se cubrió de noche todo lo que amaban.

Por eso y muchos más relatos como éste, no podemos olvidar – pese a los años o siglos que transcurran – que nuestro núcleo de desprecio, aquel que nos separa para individuarnos y que a la vez nos distingue como únicos e indispensables, es capaz de matar en nombre de lo abominable.

Recordar es dar testimonio.   La noticia de hoy: https://www.bbc.com/news/world-africa-26875506

PD. El corazón más obscuro

Los tiranos conducen monólogos por encima de un millón de soledades
Albert Camus

Nevaba esa tarde en Berlín y el anfitrión, Otto von Bismarck, saboreaba el pastel que se repartía con los poderes de Europa. Tras bambalinas, los agentes del rey Leopoldo II de Bélgica ataban los cabos para adjudicarse la cuenca del Río Congo y sus tributarios; un territorio que abarcó treinta mil kilómetros cuadrados, setenta y siete veces más grande que su modesto reino y comparable a un tercio de la superficie de Norteamérica.

Durante los dos años que precedieron a esa cumbre de invierno en 1884, el astuto rey había cabildeado con lisonjas y regalos a los gobiernos de Francia, Alemania y Estados Unidos para obtener su aprobación. Cegados por su propia avaricia y la rivalidad imperial con las otras potencias, todos (el presidente Chester Arthur, el primer ministro Jules Ferry y el propio Canciller von Bismarck) cayeron en las redes de Leopoldo.

De manera sutil y aprovechando sus alianzas y deudores, Leopoldo II, a la sazón dueño y “Regente del estado libre del Congo” se nutrió de la voracidad de algunas empresas privadas que obtendrían parte del festín de insumos naturales que abundaban en el centro de África. Siempre con una tajada jugosa para el rey, nunca menor del 50% de sus ganancias.

A sus casi cincuenta años, Leopoldo era un sagaz manipulador de ojos penetrantes y larga barba. Nunca puso un pie en África y sin embargo, fue el tirano más poderoso que ultrajara la vida de la población nativa y los recursos de ese continente. Su artífice y testaferro fue Sir Henry Morton Stanley, un explorador galés que con lujo de violencia se abrió paso desde el delta del río Congo hasta el este del continente, arrasando villas y sobornando jefes tribales para ganarse el vastísimo territorio de su patrocinador.

Además de implementar por primera vez las ametralladoras y los barcos de vapor, sus huestes inventaron el chicotte, un látigo recortado de las ancas de hipopótamo con el que azotaban a los esclavos que se sublevaban o tropezaban al acarrear sus pertrechos. De manera perversa se anticiparon a los kapos de los campos de concentración nazi, autorizando a los propios congoleses (cuya aversión tribal se habría agudizado con la sujeción al poder blanco) para que azotaran con el infame chicote a sus coterráneos. Amparado con el eufemismo de su “proyecto filantrópico”, Leopoldo creó un ejército de mercenarios (la llamada Force Publique) que contaba casi veinte mil hombres ubicados en guarniciones a lo largo y ancho del territorio conquistado. Sus excesos contra las tribus autóctonas (Sanga, Boa, Luba, Chokwe, Budja y tantas otras) son un horrendo precedente del Holocausto y las matanzas en Rwanda un siglo después. Los niños de esas etnias fueron reclutados como ganado durante dos largas décadas para dejarlos en manos de misioneros católicos y reubicarlos para poblar zonas designadas por el rey. Muchos de ellos huérfanos en el sentido de que sus padres habían sido asesinados por las balas de la Force Publique.

A sus treinta dos años, un emprendedor de origen polaco, Konrad Korzeniowski, estaba convencido del valor civilizatorio que el rey Leopoldo había instrumentado para el continente negro. Así, se embarcó como oficial de un naviero mercante – el Roi des Belges – para conocer y auxiliar en tan noble empresa.  Su travesía duró seis meses, hasta que renunció a la comandancia del barco, harto de las atrocidades que atestiguó en el Congo belga. Su relato de este desafío, transformado en una novela de 144 páginas bajo el nom de guerre Joseph Conrad es el epítome con el que se infirieron durante buena parte del siglo XX los motivos y monstruosidades del rey Leopoldo II en África central. Su narrador, Marlow (el alter ego de Conrad), describe su llegada a Stanley Pool con la elocuencia de un viajero que no esperaba tanta oscuridad:

Remontar ese río era como volver en el tiempo hasta sus orígenes, cuando la vegetación sublevaba la tierra y los árboles eran reyes. Un arroyo vacío, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era húmedo, denso, abrumador. No sentías el alivio del sol. Podías perder el rumbo en ese río como en un desierto y chocar contra sus bancos como embrujado y ausente de todo lo que hubieses conocido”.

El otro personaje es Kurtz, un agente de la compañía naviera que se rodeaba de acúmulos de marfil, a quien Marlow rastrea para rescatarlo y traerlo de vuelta de su salvajismo. La novela ha servido por ciento veinte años para reflexionar sobre el mal, el colonialismo, la ingenuidad victoriana y temas que rayan hasta Freud y las motivaciones inconscientes. La egregia película de Francis Ford Coppola (Apocalypse Now!), trasplantada a la guerra de Vietnam, es un tributo a la odisea de Conrad (Marlow) en busca del navegante errático y sanguinario.

Pero se cree que el verdadero Kurtz fue un capitán de la Force Publique, León Rom, que comandaba la guarnición de Stanley Falls. Su expedición contra los grupos rebeldes que se oponían al imperialismo belga, resultó en una masacre de la que alardeó, colocando veintiún cabezas de sus súbditos en el frente de su casa. Se aproximaba la Navidad de 1898 y Conrad, el escritor, navegante decepcionado de los asesinos blancos, leyó aquella espantosa descripción en el The Saturday Review  de la capital británica.

Como todos nosotros, Joseph Conrad reconoció el ultraje que hizo Leopoldo II en el Congo, describiendo en su lecho de muerte a Kurtz cuando exclama: “The horror! The horror!”. Sin embargo, como argumentara el novelista nigeriano Chinua Achebe, el verdadero mensaje del libro debe ser: “Mantente fuera del África o sufre las consecuencias. Mr. Kurtz debió atender esta advertencia y el horror agazapado en su corazón hubiese permanecido encadenado a su madriguera. Pero se expuso al llamado irresistible de la selva y la oscuridad lo atrapó”.

Pero fue el descubrimiento de las viñas de hule, que ocupaban más de la mitad de la superficie del Congo, lo que despertó el desenfreno de los inversionistas extranjeros. El hallazgo de que el caucho podía suavizarse con azufre por Charles Goodyear (en 1839) apareado con la producción masiva de neumáticos por la compañía Dunlop en 1890, redundó en un éxito económico insospechado para el rey belga. Las dineros fluían a la calle Bréderobe, justo atrás del palacio imperial, auspiciadas por la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company con ganancias de hasta 700% respecto de lo que se pagaba por su extracción con trabajo esclavizado.

Los pobladores de esos bosques tropicales se resistían a extraer la sabia pegajosa y a las formidables jornadas de trabajo en condiciones infrahumanas. Para obligarlos, los oficiales de las compañías europeas secuestraban a las mujeres y niños, y enajenaban los alimentos del poblado. Los “Consejos prácticos” redactados ulteriormente en un manual por el capitán Léon Brom y otros gobernantes del Congo, aludían a las frecuentes amputaciones de manos para quienes se cansaban de trabajar o la guillotina para aquel que no aportaba la cuota requerida.  

El terror del hule, como se le conoció después, sirvió para financiar los excesos del rey. Parques, alamedas, estatuas y galerías retocaron el reino de Bélgica, particularmente en Bruselas y la costa favorita de Leopoldo, Ostende. Pero no todo eran albricias para el tirano. Su hermana Carlota, a quien acogió en su château de Leaken había regresado de México con una paranoia incontrolable, y él mismo desarrollaba un trastorno hipocondriaco que hacía de su cotidianidad un martirio. Salía a pasear con una bolsa de plástico para que su barba no atrapara humedades, comía con rigurosa exactitud y hacía revisar sus alimentos y bebidas con obsesión de enfermo.

Pese a ello, su avidez por la riqueza natural de sus dominios no cejaba. Hizo traer trabajadores de China, Barbados, Zanzíbar y Sierra Leona para procurar todo el hule que la revolución industrial reclamaba. Mandó construir una vía férrea que en sus dos primeros años cobró la vida de casi cinco mil personas entre disentería, malaria, viruela y beriberi. Como aduce una metáfora que se ideó en aquel tiempo, “cada durmiente costó la existencia de un africano y por cada poste telegráfico murió un europeo”. En 1898, tras ocho años de desastrosa labor, la primera máquina de vapor llevó dos vagones desde Matadi a la poza de Stanley (unos 370 kilómetros). Ante su fastuosa inauguración, se develó una estatua que mostraba a tres cargadores negros, uno con el bulto sobre la cabeza y los otros dos exhaustos al suelo. La inscripción en la base rezaba: “El ferrocarril loa liberó de su carga”. Evidentemente, nadie aludió a quién habría colocada esa carga en principio.

El Estado Independiente del Congo duró veintitrés años. Establecido en 1885 y hasta la muerte de su dueño y dictador, se asentó sobre un genocidio permanente. Las masacres, la supresión de guerrillas, la esclavitud y el sacrificio de cientos de miles de trabajadores para satisfacer la avaricia del rey. Sus repercusiones siguen reptando en los ríos y las selvas dilapidadas de África hasta la fecha.

Como reportó gráficamente  Michael Herr al citar a un soldado norteamericano en la guerra de Vietnam: “Arrancamos los arbustos y quemamos las cabañas, volamos los pozos y matamos cada cerdo, pollo y vaca en la jodida villa. Si no podemos dispararles a sus pobladores, ¿qué carajos estamos haciendo aquí?”.

Bibliografía recomendada:

Chinua Achebe. “An Image of Africa: Racism in Conrad’s ‘Heart of Darkness'”. Massachusetts Review. 18. 1977

Joseph Conrad. Heart of darkness. Everyman´s library, New York 1993.

Martin Ewans. European atrocity, African catastrophe: Leopold II, the Congo Free State and its aftermath.  Rotledge, New York 2015.

Michael Herr. Dispatches. Vintage, New York 1991.

Adam Hochschild. King Leopold’s ghost. Houghton, Mifflin & Harcourt, Boston 1998.

Frank McLynn. Stanley: dark genius of African exploration. Vintage, London 2012.