Era un hombre errante, sin dueño ni destino. Lo conocí en la Plaza San Marcos, bajo un tibio sol de invierno, sorbiendo el tercer espresso, abstraído en sus cavilaciones.

Aún no sé que le hizo devolverme el saludo, proferido con mi natural ingenuidad de latinoamericano; quizá una brecha en su soledad de lobo de las estepas, ávido de recalar en algún puerto desconocido. Pese al frío, vestía una chaqueta ligera y su cabello entrecano ondulaba en el viento matutino. De inmediato noté sus ojos grises, con sendas bolsas que realzaban el insomnio y una expresión que me pareció cínica al principio, pero que gradualmente se suavizó entre las arrugas. Yo venía de recorrer el Guggenheim la velada previa y, como turista distraído, había sido víctima de un pequeño hurto que lastraba con poco humor. Así que anhelaba algo de paz y sociabilidad para mitigar mi enojo.

Entablamos una conversación curiosa respecto de la novela icónica de Thomas Mann (1) antes de profundizar en los temas que le atormentaban. Ante la proximidad del cambio de siglo, percibía el desasosiego en su entorno. No que le importaran las desventuras de nuestra especie, más bien abrigaba el caos como una forma ineludible de progreso. Hablamos un poco del análisis de Schorske en Viena (2) y de los temas que aportara Fukuyama (3) para contrastarlo con la época que moría. Era sin duda un buen conversador. Pidió una grappa para reblandecer su café y, supongo, también su hastío, y se detuvo a observar a la horda de turistas que empezaban a inundar la plaza, a la par de los carteristas y los vendedores de chatarra.

Sin más preámbulo, me invitó a abordar el vaporetto para compartir el amago del día rumbo a Burano, donde un amigo (tal vez el único, me confesó) tenía una pequeña taberna que horneaba el pan y lo decoraba con arenques frescos. La luz mercurial realzaba los colores de las fachadas cuando atracamos, con una intensidad desusada en mi memoria citadina. Desayunamos en silencio, para mi sorpresa, porque por un momento supuse que había un atisbo de continuidad en nuestra recién adquirida cercanía. En un italiano entrecortado (él era austriaco, lo habrán adivinado), se dirigió a su interlocutor para preguntar cómo iba el negocio. El veneciano se quejó con aspavientos y palabras altisonantes que era fácil inferir. A mi lado, pude advertir la sonrisa de burla de Jünger mientras el tabernero daba rienda suelta a su idiosincrasia.

  • Es usted un provocador – le dice sotto voce, en inglés.

Recuerdo que lo tomó a mal, prueba de que tal intimidad no existía. No obstante, reavivó la conversación. Veterano de la primavera de París, me contó cómo se inflamaron las calles cuando estudiaba en la Sorbona y corría una ráfaga de idealismo y cambio que acaso no fraguó del todo. La decepción lo llevó a Praga, donde esperaba que el régimen de Dubcek rompiera finalmente con el totalitarismo soviético.

  • La noche del 20 de agosto, nuestra existencia dio un vuelco – continuó, visiblemente afectado. – Cerca de veinte mil tanques del Pacto de Varsovia invadieron los campos y la capital flanqueados por un cuarto de millón de tropas. Esa madrugada estaba celebrando con unos amigos en el barrio de Malá Strana. Alternábamos tocando jazz en un tugurio que manteníamos abierto a deshoras. La noticia por la radio nos alertó y salimos a vigilar las calles, dispuestos a batirnos a muerte contra la tiranía. En aquella oscuridad, el Moldavia me pareció vertido en sangre y la ciudad más vieja que nunca.

Para Henrich Jünger nada sería igual después de esa barbarie. Tras resistir unos cuantos días a los cíclopes rusos, tuvo que huir presa de impotencia hacia Viena, donde se sentía un extranjero a pesar de sus orígenes. La ciudad le pareció ajena, sumida en su indiferencia burguesa, tan cerca y a la vez tan distante del infierno que se cernía sobre los anhelos libertarios del bloque comunista. En Helsinki, París, Londres y Lisboa se escenificaban marchas de protesta por la invasión mientras Austria seguía su curso, como si nada hubiese ocurrido a unos kilómetros de sus fronteras. Esa falta de reacción de sus coterráneos le produjo tanto asco como desconsuelo. Atravesó el río de nuevo y se inscribió en un círculo clandestino en Pest, donde aún se abrigaba el sueño democrático.

Eran tiempos sombríos para la juventud europea y más austeros para quienes proliferaban detrás de la cortina de hierro, que ahora zanjaba Leonid Brezhnev, tras un periodo de apertura que resonara como una auspicio con la desestalinización aparente de los países eslavos.

  • Too little, too late – insinuó Jünger, sin ocultar la tristeza que embargaba su voz.

En Hungría conoció a una mujer rumana, menudita, de nariz redonda y grandes ojos gitanos, con la que auguró que podía formar una familia. Tuvieron un romance fugaz, que a Heinrich le permitió distraerse un poco de sus inquietudes políticas y su desolación. Fue una transición obligada, me reitera, porque su vida era entonces un sórdido derrotero entre la rebelión y la desesperanza.

  • Simona fue una buena compañera, torpe en su perspectiva social y tal vez muy provinciana. Así como me abrió las puertas del erotismo y me vacunó contra mi arrogancia, supongo que le enseñé que había un horizonte más amplio que la llanura de Transilvania y las murallas medievales de Sighisoara, el pueblo originario de Vlad Tepes. Espero que el nombre te produzca un escalofrío – sonríe con delectación-; es el mismísimo Conde Drácula. Todo eso en unas cuantas noches de tabaco y Tokaji Aszú, vertido sin cuidado en nuestros cuerpos desnudos.

Al rememorarlo, cambió su expresión y parecía un adolescente inquieto, deseoso de reparar la languidez y el olvido. A su lado, paladeando otro café en la humedad fría que arrastra el Mediterráneo, pensaba en todos los navegantes que han dejado sus huellas efímeras en esas orillas (4), que inscribieron su nombre a la par de otros seres que ya no existen o quizá jamás existieron: los lestrigones, las amazonas, Circe, los comedores de loto. Pero que de una u otra forma representan metáforas de los obstáculos que enfrentamos durante el viaje existencial, en busca de un hogar o un tiempo perdido.

Las horas pasaron inadvertidamente, caminamos por la callejuelas de Burano, saludando a los pescadores que acomodaban sus redes para la siguiente jornada. Algunas mujeres nos mostraban encajes, reduciendo los precios a cada paso mientras nos alejábamos, para insultarnos finalmente por no responder a sus ofertas. Yo confiaba en que, gracias a su conocimiento del enclave, Heinrich tendría presentes los horarios del vaporetto, para regresar a mi hotel y con un poco de suerte, tomar el tren de vuelta a Milán.

Su disertación me despertó cierta ansiedad; sabía que Penny, mi novia, estudiaba diseño en una Universidad donde su belleza era poco común. De momento, perdido en mis inquietudes, recordé sus ojos verdes, su pelo ensortijado y su sonrisa, capaz de embrujar a cualquier compañero. La promesa de mi retorno se esfumaba y quería decirle a mi interlocutor que nada, que ningún periplo, se compara con el abrazo de la amada, aunque uno se desconozca en el trayecto.

Mi zozobra debe haberle resultado elocuente porque unos metros más adelante, cerca del embarcadero, Jünger me despidió con un apretón de manos, lacónico y terminante. Antes de abordar, seguí su rastro mientras desaparecía, un espectro entre la bruma crepuscular; imagen que retengo cual si una leyenda – que no puedo confiarle a nadie, ni verificar – trajera a la memoria mi capricho.

Referencias.

  1. Thomas Mann. Death in Venice. Amereon Limited, London 1989.

2. Carl E. Schorske. Fin de siecle Vienna: politics and culture. Alfred Knopf, New York 1979.

3. Francis Fukuyama. The end of history and the last man. Free Press, New York 1992.

4. David Abulafia. The great sea: a human history of the Mediterranean. Oxford University Press, UK 2013.

5. Para redondear, sugiero el libro de poemas escogidos de C.P. Cavafy con el texto original en griego reeditado en 2009 por Oxford University Press. En la página 37 se encuentra el poema homónimo de esta entrada, que todos podríamos hacer nuestro.

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