Dolores distantes

Dolores distantes

Ella solía mirar el atardecer desde un balcón que asomaba con ángulo esquivo hacia el lago y el peñasco. Abría un libro que nunca terminaba y dejaba vagar el pensamiento de regreso a su exilio o hacia aquellas ráfagas que aprendió a distinguir de retirada. Su padre fue herido a corta distancia del frente del Ebro y confinado a un campo de concentración, mientras el resto de la familia cruzaba entre la oscuridad de luna nueva alguna senda clandestina por los Pirineos.

Después vino la guerra y el mundo se hizo pequeño en la colonia Anzures, donde se refugiaron en un edificio decadente pero lleno de alegría y canciones que evocaban la República. Nadie osaba hablar de la derrota o del dictador cuya sombra crecía y alejaba aún más sus playas y sus anhelos.

Como tantos otros de su generación, se hizo maestra, tal vez queriendo reparar ese  retroceso educativo en el que su patria naufragaba. Generación tras generación de alumnos les instruyó con su larga melena y su voz estentórea sin perder la objetividad o la pasión por la Historia. Imponía cierto miedo con su rigidez académica pero era venerada por su precisión y habilidad para torcer las fechas y adecuarlas a sus relatos, que resultaban más bien como novelas épicas para quienes la escuchábamos sin perder detalle. Eran de las pocas materias que nadie evadía, aún a costa de salir reprobados por captar lo nimio en lugar de la complejidad de su narrativa.

Abrió para mí el horizonte de los libros sagrados del 68: La náusea, Aden Arabia, Los condenados de la tierra, Diez días que conmovieron al mundo y la revolución que interrumpiera Gilly.  Me deleitaba oírla sermonear a quienes no leían o pretendían urdir la propia trama para rellenar los huecos. No por una obsesión con la exactitud cronológica sino por respeto hacia quienes habían documentado los hechos y los transcribían en imágenes sin caudillos ni maniqueísmos.

En aquel tiempo todas nuestras discusiones se hacían a través del humo de tabaco, tumbados en los camellones o en el borde de las aceras. No teníamos edad para penetrar los bares y tugurios que nuestros hermanos mayores frecuentaban, así que bastaban los parques y la recámara del más generoso para confraternizar. Nos habían arrancado la inocencia a golpes de fusil y represión brutal en la noche de Tlatelolco y el jueves de Corpus. Sembraron los terrenos baldíos y las callejas con mariguana, regaron las cloacas con thinner y pegamento, y quisieron acallar a la juventud con música estridente, hasta que les tomamos la medida en Avándaro y se dieron por vencidos. Para entonces estábamos desmembrados y un tanto marchitos. Nos tomó una generación más para volver a la carga.

Siguiendo el ejemplo de los exiliados – que ahora procedían de las dictaduras de gorilas en el Cono Sur – abrimos las peñas y cantamos canciones de protesta que crecían como caña de azúcar o viñedos de otras latitudes. Tomamos la Universidad como parapeto y nos fusionamos con el sindicalismo independiente que osaba desarticular la hegemonía del partido que nos traicionó a todos en nombre de alguna abyecta revolución. Muchos de los nuestros siguen ahí; escribiendo, enseñando, sembrando delirios para engañar a la vejez que se aproxima.

Ocasionalmente nos hemos reunido al abrigo del vino y los recuerdos para tratar de darle coherencia a nuestros desvaríos. Ya no seremos los mismos, por supuesto, y desde las arrugas y la impaciencia, nos contamos anécdotas que resultan más ridículas que divertidas. Perdimos también la ingenuidad, supongo. Admito que sólo el afecto es el camino de seda que no se añeja, aunque la inconstancia lo deshilache y lo haga más frágil cada día.

La nuestra era una ciudad transitable. Con tranvías a los que podíamos corretear y colgarnos para cumplir la travesura existencial de ser más temerarios que su conductor o que aquellos que nos envidiaban o seguían. Con espacios anchos por donde caminar y cortejar a las desconocidas. Con perros callejeros por doquier, cilindreros de uniforme caqui y sombrero extendido en diversas esquinas, voceadores en el centro histórico y afiladores o vendedores de aspiradoras en las colonias más adineradas.

Nuestra sexualidad era entonces un manantial que se desbordaba. Nos sentíamos todos protagonistas de “La ciudad y los perros” y ansiábamos perder la virginidad en un galpón o en un prostíbulo que nunca estuvo al alcance. Nuestra timidez no daba lugar para noviazgos. Comprábamos condones al salir de la escuela, delatados por el sonrojo y la ignorancia para usarlos.

Podíamos vagar de noche sin temor a perdernos o eludir el silbato terminante del carrito de camotes. Hurtábamos el coche familiar de madrugada y aprendíamos a conducir cuando apenas nuestros pies alcanzaban los pedales; el de al lado se encargaba de marcar la ruta, de rodillas en el asiento y autorizado a gritar (o jalar de un golpe el freno de mano) cuando la velocidad se tornaba incontrolable.

Con los ahorros comprábamos las miniaturas de Matchbox recién importadas de Inglaterra, una nueva marca de pitillos o un brandy barato, que siempre nos intoxicaba hasta el vómito y la peor de las resacas. Salíamos de excursión y nos maravillábamos con la amplitud del mundo, una perspectiva sin violencia pero donde – sin sentirlo – se incubaba el resentimiento social como telón de fondo ineludible.

Fuimos la historia no contada, la de esa clase media que menguaba con el peso de la corrupción y la injusticia. Quienes pudimos alejarnos unos años, aprendimos a añorar lo que ya no volvería o lo que se había extinguido sin remedio. Volvimos como quien retorna del exilio; más extranjero aún que los turistas, porque acarreamos el desengaño y la falta de inquietudes.

Yo la recuerdo ahí, su silueta contra la tarde del valle cada vez más habitado. Nos saludó sonriendo con el cigarro a medio consumir, contenta de vernos y sabernos leales a su historia y a la propia, que se habían trenzado alguna vez en la esperanza.

PS. La recomendación de esta semana es “The Overstory” de Richard Powers, publicado por W.W.Norton en Abril pasado. El autor ganó el National Books Award hace unos años por “The Echo Maker” (El hacedor de ecos). Aquí entrelaza las historias de inmigrantes y paisanos con la naturaleza que ha dado cuerpo y símbolo a la historia del ciudadano común en su país natal. Los árboles (nogales, encinos, sauces, y tantos otros) son el epítome de cuyos troncos y ramas se cuelga el drama personal de los habitantes de su mundo cotidiano. La prosa es exquisita; un injerto contemporáneo – si se quiere – entre Melville y Thoreau.

Un cuento navideño

Un cuento navideño

Faltaban dos días para Nochebuena cuando ingresó al pabellón de Pediatría sacudido por fiebre y bacteremia. Era un niño tímido, muy apegado a la madre, a quien miraba constantemente para obtener su protección. La madre, una enfermera ahora desempleada, residía en Little Rock desde Junio, poco después de su divorcio con un psiquiatra de Memphis, a quien notificamos del ingreso.

El hombre se mostró cortante en el teléfono y tal vez preocupado, era el tercer ingreso de Travis en unas cuantas semanas. Primero por una candidiasis bucofaríngea y después por un accidente en el hogar; se había quemado con la plancha ambas manos. La madre lo atribuía a su natural curiosidad con algún tipo de neuropatía y abrigaba la sospecha de que se tratara de una inmunodeficiencia congénita, para lo cual en apariencia había iniciado una investigación en el Hospital Infantil de Nashville que había quedado trunca con la mudanza.

Lo trasladamos entre mi asistente médico y yo al cubículo de Urgencias para revisarlo, obtener cultivos y administrar las primeras dosis de antibióticos intravenosos. Al despojarlo de sus pijamas, descubrimos una serie de pequeños abscesos en brazos, piernas y glúteos, lo que despertó nuestra inquietud ante la posibilidad de una Enfermedad Granulomatosa Crónica o alguna otra deficiencia que comprometiera su inmunidad innata.

  • Estos chicos suelen ser muy delicados, Nathan – me dijo la jefa de enfermeras – tienes que interconsultar con Infectología y hacer pruebas genéticas de inmediato.
  • Ya lo había pensado, Stella. Llámalos por favor y vamos tomando sangre para pruebas de DNA e inmunoblots.

Trabajar con un equipo diligente hace las cosas más fáciles y Stella, ocho años mayor que yo y una veterana del servicio, era insustituible. Es una madre de siete, regordeta, de origen humilde, que emigró de Oxford, Mississippi por falta de incentivos para las especialistas de color. Su tono enérgico es como el de una madre para los residentes y estudiantes, que la veneran. Esta vez, la sentí ofuscada con el paciente y su madre, cosa que no es habitual en ella, siempre servicial y atenta con los familiares.

En las primeras cuarenta y ocho horas vimos una mejoría sustancial. De la secreción de los forúnculos había crecido una Escherichia coli sensible a los fármacos que decidimos aplicar de inicio, con lo cual se abatió la fiebre y el chico parecía recobrar su talante. Había pasado el peligro, pero las pruebas iniciales no arrojaban resultados que pudieran ayudarnos a discernir la causa de tan aguda inmunodeficiencia.

Contra todo lo esperado, al tercer día, habiendo dejado al paciente sin datos de infección – según afirmaban las enfermeras que lo arroparon en el turno vespertino -, amaneció con abrasiones en las ingles, dolor en ambas caderas e infección superficial por otro germen coliforme. La madre estaba desconsolada, acusando al equipo paramédico de falta de supervisión y a los médicos de indolencia para un caso tan delicado.

Decidí organizar una reunión de consenso a mediodía. Estaban presentes el Dr. McNamara, jefe de Infectología Pediátrica, un experto en Inmunología traído del Children’s de Memphis, las enfermeras y el grueso de los tratantes de Pediatría de ambos pabellones. Maddy, mi mejor residente de cuarto año, hizo una presentación impecable del caso, sugiriendo que una deficiencia en la motilidad de los neutrófilos – síndrome reportado apenas una década atrás – podría explicar las complicaciones del niño. La gente del laboratorio no concordaba, porque habían hecho pruebas exhaustivas en toda la gama de glóbulos blancos que habían mostrado normalidad hasta el momento.

En un gesto de concordia, propuse agregar un tercer antibiótico y estrechar la vigilancia para infecciones oportunistas. Stella, quien suele participar en estas discusiones e incentiva a su personal a hacer preguntas, permaneció muy callada durante la junta. Al terminar y agradecer a mis colegas y subalternos su entrega, me acerqué a interpelarla. Parecía más taciturna que de costumbre, hasta podría decir enojada.

  • Extrañamos tus opiniones, Stella. ¿Pasa algo? ¿Todo bien en casa?

La confianza que nos unen cinco años de trabajo cotidiano me permiten estas libertades y ella, siempre amable, no lo resiente. Por el contrario, suele confiarme detalles de su vida, las dificultades económicas que atraviesa y la exigencia que impone a sus hijos para que no sigan los senderos de su padre, quien murió de carcinoma hepático (tras un inveterado alcoholismo) no hace mucho.

  • Nada, amigo, hay algo que me confunde mucho de este chico. Pasa las horas leyendo al lado de su madre, quien no se separa de él y, con frecuencia, es ella la que expresa sus síntomas y molestias a mis enfermeras. Entiendo que también pertenece al gremio, pero…
  • No te angusties – la interrumpí con delicadeza, tomándola del brazo -, es natural. Si tú estuvieras en su lugar…
  • Perdóname, Nathan, si yo estuviera en sus zapatos, hace tiempo que habría dejado que otros hicieran su trabajo sin interferencias.
  • ¿A qué te refieres?
  • Cuando Shaneeza o Cindy van a revisarlo o ayudar para bañarlo, la madre se opone categóricamente. Dice que sólo ella está autorizada para verlo desnudo y atenderlo. Hay algo siniestro en esa sobreprotección, Nathan. No sé…
  • ¿Dr. Grinberg? – una voz a mis espaldas me impidió dar respuesta a Stella, quien se hizo a un lado para recibir al hombre de traje oscuro y acento sobrio que preguntaba por mí. – Soy yo, dígame. ¿En que puedo ayudarlo?

Estiró una mano firme y se presentó con cierto alarde como el padre de Travis; Dr. Martin Lightman, psiquiatra y psicoanalista. Lo conduje a mi oficina, dejando pendiente la conversación con Stella, para investigar los antecedentes del chico, y contrastarlos con la historia clínica que nos había relatado su madre.

Afuera nevaba copiosamente y el cielo estaba oculto tras un espeso manto de nubes. Mi oficina se asoma al estanque que flanquea el ala norte del hospital, y la vista de los árboles sin hojas y el riachuelo congelado servían de marco para nuestra conversación. El hospital permanecía semidesierto esa Navidad; yo había dado la semana de vacaciones a mi secretaria, así que preparé dos tazas de espresso y le tendí una al Dr. Lightman, que la aceptó con gratitud mientras se despojaba de abrigo y guantes. Prendí el calentador de aceite y lo acerqué entre nosotros, su presencia me hacía intuir que sería una charla larga y escabrosa.

El psiquiatra me contó que él mismo no entendía la repetición de síntomas de su hijo, a quien admitía haber abandonado en manos de una madre “simbiotizante” (su término) y que no lo dejaba crecer. Arguyó que ésa había sido la principal razón del divorcio, aunque me percaté mientras gesticulaba de su argolla de matrimonio, que lo delataba en otro sentido. Su arribo tardío al hospital, sin pasar a visitar a su hijo antes de buscarme, daban pie a suponer que no era un padre muy presente.

La entrevista me decepcionó. Acaso el padre no sabía quien era su hijo o solapaba a la madre en un intento de desembarazarse de los problema médicos y económicos que estas infecciones le ocasionaban. Insistió mucho en descartar una “baja congénita de defensas”, a lo cual respondí que estábamos haciendo nuestro mejor esfuerzo para precisar el diagnóstico cuanto antes. Lo despedí al borde de la cama de Travis, ante la mirada conspicua de su ex-esposa, que parecía proteger a su hijo de un monstruo.

Por fin, tras la velada de Boxing Day, que solemos celebrar con mi familia política inglesa, recibí una llamada de Stella en casa. Si bien mi esposa la conoce y se tienen mutuo respeto, observamos un acuerdo tácito de no molestar en días de asueto; para eso están los residentes de guardia.

  • Stella, esto no es usual, ¿qué problema tienes?
  • Mejor te lo digo en persona, Nathan, y discúlpame por interrumpir tu descanso. ¿Tienes una hora para reunirnos en el pabellón?

El trayecto en auto se vio complicado porque la nieve sucia se había acumulado en las calles y estábamos padeciendo una huelga de servidores públicos, pero el tono de mi amiga era lo suficiente dramático para no aplazar nuestro careo. Llegué en quince minutos y estacioné mi auto junto a un montón de basura que se pudría frente al hospital. Había dejado de nevar pero el aire era espeso y costaba trabajo caminar por lo resbaloso de la acera. Stella tenía café y unas donas listas en la mesa de nuestra sala de juntas. Cindy y un camillero recién contratado, Jason, estaban charlando en voz baja cuando entré a saludarlos. Traté de disimular mi molestia por lo precipitado de este encuentro.

  • Es la madre, Dr. Grinberg, como lo sospeché desde un principio -. Stella suele dirigirse a mi con mayor formalidad cuando estamos delante del personal paramédico, acaso por preservar nuestra intimidad y el respeto de los otros.
  • ¿Qué quieres decir, Jefa? No entiendo.
  • Es ella quien ha inflingido esas heridas a su hijo. Primero inyectándole su orina, después untándole excremento en las abrasiones que ella misma le produjo…
  • ¿Tienes pruebas de esto? Es una acusación muy grave, lo saben, ¿verdad? – les advertí, ahora dirigiéndome a los tres, que me miraban sin parpadear.
  • No sólo lo hemos visto, Nathan – la voz suavizada, de vuelta a nuestra amistad. – Estos dos chicos la filmaron anoche con sus teléfonos móviles. Hacía días que suponíamos que lo estaba lastimando y les pedí que pusieran atención en las madrugadas. Ayer la cogimos infraganti y quise avisarte porque la policía viene en camino.

Me sentí humillado y engañado, pero me contuve. La situación nos obligaba a actuar. Mientras se mantenía a la madre separada de Travis en la jefatura de enfermería, hice llamadas a los hospitales de Tennessee. Esta vez no me sorprendió la respuesta. Los servicios de Urgencias de Memphis y Nashville habían alertado del caso, un Síndrome de Münchhausen por proximidad que el padre se había negado a aceptar y que había encubierto ayudando a la madre a huir del estado. Se había notificado al FBI hacía unos meses, pero no lo consideraron una prioridad y el reporte estaba detenido en trámites burocráticos, lo que había impedido rescatar al chico.

  • Gracias a Dios que usted los tiene en custodia – sentenció antes de colgar la administradora del Hospital General de Nashville, donde la culpable había sido corrida por maltrato dos años atrás.

Los agentes federales se aparecieron más tarde para hacerse cargo del caso. Para entonces, la trabajadora social había establecido el precedente y nuestra administración de salud se movilizaba para ofrecer una casa cuna al pequeño, que no paraba de sollozar y pedir que le devolvieran a su madre.

Desde mi ventana vi como subían a la ex-enfermera a la patrulla. Iba erguida entre los detectives del FBI, resuelta, como si no tuviese nada que confesar, acaso sonriendo bajo la ventisca. Al fin y al cabo, madre sólo hay una.

Sous un nuage de lait

Sous un nuage de lait

Abrigo la sospecha de que la tempestad del mundo contemporáneo avasalló a mi padre. Su generación apenas descubría los deleites del radio (el inalámbrico, decían entonces) cuando las arengas de Goebbels en ese medio impulsaron el Blizkrieg y Europa cayó en la penumbra. Él era un adolescente y, gracias a su afición por el cine, se deslumbró con la furia militar que hacia presa de la civilización una vez más. 

En un planeta más áspero y empobrecido, accedió al Politécnico para reparar la herida de su niñez interrumpida por la orfandad, acaso en un clamor oculto por mitigar lo incurable. Mi abuelo había muerto de apendicitis perforada antes de que los antibióticos estuviesen al alcance de los parias del mundo. Las escasas fotos de aquella infancia interrumpida lo retratan con los pantalones roídos y una camiseta a rayas, émulo de las películas de Pedro Infante. Su ambición personal fue el motor que lo catapultó a estudiar Medicina, destacar entre sus contemporáneos y abrir la brecha de una cultura científica en la sierra de Michoacán, donde probó por primera vez la sulfacetamida y salvó a aquellos que por su mano no caerían al abismo que se tragó a  su padre, herido de muerte por la septicemia. De sus relatos conocí el rito de sepultar la placenta en el fango de la cocina (si la recién nacida era niña) o en los campos de maíz si se trataba de un niño, tarea que él acometió con respeto y debutante higiene.

Cuando regresó a su Alma Mater le ofrecieron una beca para estudiar en Texas, que por aquellos años debía ser tan distante como Júpiter para las aspiraciones de un joven galeno tercermundista. Llegó a la UT Medical Branch en 1950, con la promesa de regresar a casarse con su novia universitaria y de abrirse un futuro más halagüeño del impuesto por la posguerra en su raquítica sociedad. Su cabello negro y su porte atlético le valieron pronto el atractivo de las jóvenes enfermeras y el respeto de sus colegas norteamericanos, que se sorprendieron con su inteligencia y sus habilidades deportivas. Jugó futbol americano en las playas de la isla, nadó hasta colapsar un pulmón, remó y navegó por el golfo de México para probar si la distancia definía esa frase maldita: “the right side of the tracks”. Sobre todo, fue un residente entusiasta, ávido de profundizar en los derroteros del alma, compasivo y exigente a la vez. Por más que trató de asimilarse, su genealogía lo anclaba a su territorio y, pese a conseguir una plaza de profesor asistente, la cacería de brujas que impuso el McCarthysmo y las barreras migratorias lo trajeron de vuelta al DF con una sensación de derrota que tardó varios meses en disipar.

Alguna vez me confesó que sus pequeños hijos lo salvamos del derrumbe, porque el trabajo escaseaba y su formación en el extranjero era vista como una desventaja en los círculos del poder académico. Su joven esposa, de origen catalán, se concentró en la crianza bajo el amparo de sus padres, que fueron el puerto seguro que los albergó al volver de su exilio, con una mano adelante y otra atrás, como se suele decir. Se ganó a pulso un lugar en los hospitales públicos, mientras decidía si se hacía psicoanalista (su sueño desde que leyó a Sigmund Freud en la adolescencia) bajo la sombra de Ramón de la Fuente – que entonces todo lo engullía – u optaba por la ortodoxia freudiana.

El círculo de los fundadores de la Asociación Psicoanalítica Mexicana (Barajas, Feder, Parres, Ramírez, Remus y Zmud) lo acogieron como parte de la segunda generación de candidatos a psicoanalista, especialidad que destacaba en Europa y que se había acendrado en Latinoamérica, incluso antes de penetrar en los Estados Unidos. A siete años de su muerte, me atrevo a decir que fue su época más feliz, cuando absorbía como esponja la Standard Edition y descubría a su vez las enseñanzas colaterales de Otto Rank, Melanie Klein, Kohut, Bion y tantos otros. Debe haber resultado fascinante ser un pionero en ese campo del conocimiento que hoy está tan dividido y vituperado.

Abrió su primer consultorio – alquilado, por supuesto – en la Plaza Miravalle (hoy Plaza Villa de Madrid, donde destaca una copia de las Cibeles) que nos presumió un domingo desde el automóvil, porque no tenía acceso al edificio en días feriados. Ese simple gesto me conmovió por su humildad, como si le costara aún trabajo acceder a las alturas y sentirse merecedor de un espacio propio, legitimado por su esfuerzo intelectual. Había en él, a pesar de su evidente narcisismo, una cierta modestia que le ganaba el afecto de sus compañeros y alumnos, como si su vida se caracterizara por la búsqueda afanosa de un ideal, ese que su padre al morir dejó trunco.

Sin proponérselo, nos enseñó a rivalizar con él, a sortearlo, a llegar más lejos y lograr cada anhelo por fantasioso que resultara. Sembró en nosotros una peculiar avidez cultural (los viajes, los libros, las artes) que recordé esta mañana al escuchar la Rapsodia en Azul de Gershwin y encargar la última novela de Daniel Silva, su autor preferido cuando desistió de leer textos que no lo distrajeran. Si bien fue un viajero asiduo, hacia el final de su vida optó por recorrer el mundo desde su consultorio (que a estas alturas estaba al lado de su casa) y sondear los paraísos terrenales por voz de sus pacientes. Fumó hasta que el miedo a un cáncer (como el de Freud – decía -, incurable, que te cercene la locuacidad), lo hizo detenerse de golpe. Fue a raíz de descubrir una lesión sospechosa en el carrillo interno, aunque sus pulmones ya había sufrido daño irreparable. Él, que interpretó con ahínco la compulsión a la repetición, no pudo con este Todestrieb, que se insinuó entre su piel y su alma, lentamente, como un veneno.

Con el paso del tiempo, he retenido algunas imágenes que lo retratan: nuestra primera visita al panteón donde yacen sus padres, quejándose de mi fragilidad de niño, y yo tratando de explicarle que el temple de su voz era un estruendo. Otra vez, sujetándolo de la cintura – su brazo exangüe sobre mis hombros – al salir de un bar en Santiago de Chile bien entrada la madrugada, para abordar un taxi, y la prolongada reflexión en esa noche de insomnio, vigilando su respiración, para entender que tal borrachera era el delirio y la evasión por haber perdido a su familia. En especial recuerdo su gratitud deslumbrante el día en que su esposa le celebró los setenta años con una fiesta sorpresa, donde encontró a sus amigos y colegas de tantas trayectorias, tomándose fotos a su lado y brindando sin cesar por su camaradería. Fue un hombre bien querido, modesto en sus apetencias y generoso con su trato y su profesionalismo.

Ahora pienso que dos aspectos de su personalidad fueron las alas que le permitieron volar tan lejos de sus orígenes precarios. El primero, su constancia. Nunca dejó de trabajar, de leer o de aprender aspectos diversos de otras culturas que le traían a cuestas sus pacientes o se le revelaban en los diarios. Tanto, que la noche que murió había dejado su ropa lista al lado de la cama: suéter, camisa, pantalón y cinturón (había abdicado de las corbatas años atrás) y un par de zapatos, pacientemente lustrados. Era un apasionado de la lectura, especialmente historia, divulgación de la ciencia y algunos escritos filosóficos. Aunque en su vejez descubrió el placer de las novelas de espionaje, quizá como testimonio de haber disfrutado otrora de John Le Carré, cuando el resto del mundo prefería olvidar la guerra. El segundo rasgo de carácter fue su agudo sentido del humor. Gozaba contar y recontar los mismos chistes, oír anécdotas chuscas o relatar las desventuras de sus hijos y nietos con holgada sorna. Eso lo salvó siempre de tropezar consigo mismo o de claudicar, más allá de las pequeñas tragedias de su vida.

Tenia también esa veta superyoica y fanfarrona que yo odié y nos distanció tantas veces. Supongo que lo mantenía a flote frente a su paternidad aprendida a contramano aún cuando nosotros sufrimos buena parte de tal aprendizaje. Hoy en día, si llego a soñar con él, lo confronto, le sostengo la mirada y soy el hombre-niño que le exige una respuesta o le planta cara a sus veleidades. Extraña reminiscencia onírica, como una voz que se quedó esperando.

Me pregunto, ¿cuánto tiempo andarán los espectros pululando entre nosotros, dando señales de connivencia?

Bajo una nube de leche que enturbia mi café de esta mañana, evoco el sentido ético que me legó en el ejercicio de la medicina. Poco antes de su muerte nos habíamos prodigado mutuo respeto y yo me permití, al despedirme cuando convalecía de una neumonía en su cuarto del hospital, dejarle un beso en la frente, que nos restituyó – sin apenas notarlo, como los mensajes inconscientes – ese cariño que no tuvo palabras.

Víctimas

Víctimas

El ruido de las conversaciones es enervante. Repone el vaso de whisky en la barra y voltea con desgano a observar a quienes beben a su lado. Se reconoce nuevamente en esta soledad, en las sonrisas huecas que le deparan de momento, en la apatía del barman, que simula atenderlo por primera vez. Acude cada tercer noche, a falta de otras distracciones, para mirarse en el espejo obstruido por botellas y pensar en nadie; sólo sucumbir en su abandono y recordar lo que se ha ido difuminando con el tiempo. Espectros, desafectos.

Sale del bar bastante ebrio. Pasa de la medianoche y llueve. El reflejo de los faroles en la acera lo deslumbra y se apea en el arroyo con descuido. La pareja viene discutiendo al volante cuando descubren la sombra errante en la mitad de su trayecto. El conductor frena de golpe con ambos pies y se deslizan en un chirrido contra el muro lateral de una librería, cuyo aparador cae hecho trizas frente al asustado transeúnte. Cae de bruces ante el coche destrozado y, cuando intenta levantarse, se ve sumergido en las llamas que surgen del motor en súbita explosión.

Nadia, quien se tapa de la lluvia, esperando clientes en la otra esquina, arroja su paraguas y corre al rescate. Toma al hombre flameado por los tobillos y lo gira sobre su eje en el asfalto para apagar el fuego. Se lastima las manos, pero suspira complacida tras haberle salvado la vida. Los cuerpos calcinados de los ocupantes del coche son la última imagen que recoge al caer rendida junto a Eric, que tose sofocado y la mira con lágrimas de agradecimiento.

  • Debí morir aquella noche – le dice, unos meses después, en medio de dos cafés y una infinita distancia. La mueca de sus cicatrices faciales simula una sonrisa.

Ella, excesivamente maquillada, le reitera que aquel acto de nobleza le permitió emanciparse. Ahora trabaja sola como acompañante y las golpizas que su alcahuete le propinaba son cosa del pasado. No se han atrevido a entrar en más detalles personales, un poco por discreción y otro tanto porque Eric teme involucrarse. Nadia – que por cierto no es su verdadero nombre – debe tener entre veinte y treinta años, difícil discernirlo bajo esa piel tantas veces mancillada. Su dulzura y su cuerpo, aunque arrebatados por la noche y los abusos, son los de una bella mujer, que este hombre desolado daría una vida por tener a su lado.

  • Perdona, no te pregunté: ¿Apeteces algo?

Ella suelta una carcajada que casi la hace perder el equilibrio y deja perplejo a Eric. Los comensales en otras mesas voltean con disgusto ante el exabrupto. Como una niña, Nadia reprime su risa y se detiene a mirarlo con aire travieso.

  • ¿Qué dije?
  • Hablas como personaje de cuentos de hadas – le dice, burlona. – Ningún hombre que haya conocido se expresa así.

Con cierta vergüenza y, no obstante halagado, Eric atrae al mesero. Le explica a ella la carta como si fuese su aprendiz y le sugiere el filete mignon si apetece (¡de nuevo!) un poco de carne. La mujer se deja consentir; en algún momento regresa del baño sin pestañas postizas y con esa frescura, incluso resulta más hermosa. Ante la naciente intimidad se atreve a preguntarle: – ¿Y cuál es tu historia, príncipe azulejo?

El hombre, aún muy tenso, empieza por confesarle que desde el accidente no ha bebido. La brutalidad que lo golpeó aquella noche resultó una epifanía. En alguna medida, estaba pagando a tragos por su suicidio. Le platica de su debacle, cómo fue perdiendo un empleo tras otro arrastrado por la depresión y el abandono.- Pero no quiero usarte de paño de lágrimas, susurra por fin.

  • De verdad que eres raro – le increpa ella. – No soy tu mamá ni somos amantes…aún – agrega con picardía, y le extrae una sonrisa abochornada.
  • Gracias. Tienes razón, soy víctima de mí mismo.
  • Y por favor deja de hablar como profesor de historia. ¡Bájate a la Tierra, Astroman!

Salen del restaurante y ella lo toma del brazo con expresa gratitud. No recuerda una comida tan amable sin ser opulenta o fraguarse como la antesala de un encuentro sexual bastante insípido. ¡Cuánto desperdicio! – piensa, apretando a su compañero. Ha oscurecido y sopla una brisa otoñal que levanta polvo y hojas muertas. Alargando los pasos. Eric continúa con su narrativa, tratando de no derrapar en la tragedia.

  • Al terminar la universidad, había heredado ese dinero de mi abuelo. Con ello decidí montar el gimnasio. Eran tiempos en que la gente hacía poco ejercicio que no fuese al aire libre, pero yo me adelanté a la moda. Mi novia del barrio y yo invertimos todo nuestra capital en decorar el estudio, comprar bicicletas estacionarias, espejos, pesas y aquellas viejas caminadoras que no tenían pantalla. Ella manejaba la cafetería y servía las mesas de la terraza. Nos iba bien, y pensamos en casarnos. Rentábamos un departamento en los suburbios y al cerrar el negocio, nos subíamos inmensamente satisfechos al coche, recorríamos unos treinta minutos dedicados a planear y abrir una franquicia hasta llegar a casa. Era muy valiente, de origen italiano, curtida en los destierros y la falta de oportunidades. Hacíamos el amor – disculpa – ansiosos por un nuevo día.

Nadia lo mira embelesada, A pesar de su deformidad, es un hombre que convoca a quererlo, o al menos, a conservarlo como amigo.

  • Fue entonces, cuando se corrió la voz, que la mafia del sur de la ciudad se enteró de nuestra creciente prosperidad. No teníamos caja fuerte, lo admito, porque la mayoría de nuestros clientes eran gente conocida y bastaba una caja registradora…
  • ¿No me digas? ¿De ésas que hacían ruido de campanas?
  • Sí – contesta Eric, risueño. – Cobrábamos por día, no existían esos paquetes o planes que esclavizan a la gente. Eran precios justos y hacíamos descuentos en el verano para atraer a los colegiales, aunque lo cierto es que preferían el beisbol y los deportes acuáticos. Nuestra clientela se componía sobre todo de burócratas y trabajadores del estuario. Pocos en invierno, los más en fines de semana. De verdad nos iba bien, y contratamos poco a poco personal para abrir otro local en la ciudad vecina. Aquel día aciago llegó un tío de Betsy y se me acercó mientras limpiaba los asientos de las bicicletas.
  • “Te lo voy a decir sin rodeos, Eric, porque eres familia.”.
  • Me enfurecí, tú me entiendes. Me pareció una amenaza hueca a pesar de su corpulencia y cara de gangster. Tenía veintitrés años y me podía comer el mundo. ¿Porqué habría de espantarme un testaferro a sueldo?

Su interlocutora abre los ojos y se detiene a observarlo. Eric es la antítesis de la violencia; delgado, casi escuálido, con ojeras de alcohólico y hasta un poco contrahecho. Le resulta inimaginable un muchacho altanero cuya ingenuidad lo hizo despeñarse por ese mundo sórdido que ella conoce tan de cerca. Ante el peso de su mirada, Eric agacha la cabeza y prosigue su relato, con una voz cada vez más tenue y crispada. Los autos han dejado de recorrer la avenida, que se alumbra apenas con las farolas dispersas entre la espesura de los robles y el ocre de los maples.

  • Una semana después, cuando estábamos por hacer el corte de caja – serían las once pasadas – entró un ladrillo por el ventanal más bajo del frente. Por un momento pensé que eran unos vándalos y salí a corretearlos. Me encontré súbitamente ante un cerco de matones. Me patearon, me arrastraron y me dejaron tirado entre los basureros del callejón contiguo, las ropas desgarradas y la cara indiscernible, tumefacta de sangre. Cuando me pude incorporar, oí el aullido de la sirenas, y distinguí el resplandor junto a las torretas rojas de los bomberos y las ambulancias.

Nadia lo ha tomado de ambas manos, anticipando el desenlace. Están el uno frente al otro, largas lágrimas se vierten sobre las mejillas de ambos.

  • Al emerger a gatas del bocacalle, no pude contener los gritos. El estudio ardía con enormes llamaradas que los chorros de agua trataban de mitigar sin éxito…

La voz de Eric se ha quedado ahogada entre sollozos. Es otra vez aquel hombre ultrajado que atestigua como arde su joven esposa mientras lo consume la impotencia. Nadia, profundamente conmovida, sólo atina a abrazarlo y casi sin buscar sus labios, se vierte en él, en su tristeza, en ese dolor que ahora es suyo para siempre.

Ese más o menos fue el origen del noviazgo entre Gabriela y Eric, a quienes conocí la otra noche en un concierto. Después de charlar con ellos en el intermedio, compartiendo su buen humor y unas cervezas, le di un jalón de orejas a mi novio.

  • ¿No viste cómo se quieren, Richard?¿Cómo la trata él a ella? ¡Tú eres un cavernícola!

Muy pocas veces he visto parejas tan bien avenidas, aunque él me pareció un tanto mayor para ella. Se les venía felices por el embarazo y me quedé pensando: ¿Porqué algunas nacen para triunfar y otras siempre andamos por los meandros del deseo?

De cara al futuro

De cara al futuro

Con el fresco y el ruido citadino a mis espaldas, escribo esto dos días antes de la jornada electoral más trascendente de México. El referente de fraudes cibernéticos, campañas sucias y los mal llamados “votos útiles”, que son producto directo o indirecto de una sociedad injusta, dividida, tomada por los pelos, hacen de este domingo de Julio un acontecimiento inusitado.

En efecto, todo indica que ganará la tenacidad de AMLO, su devoción por conquistar pueblo tras pueblo, su contumacia para denunciar el poder y la corrupción, el contraste que representa frente a los partidos de centro y derecha, frente a los arrastrados y los comprados, frente a la aristocracia histérica y el miedo al cambio.

Su cierre de campaña en el Estadio Azteca fue espectacular en más de un sentido. Dijo que ambiciona ser reconocido como un presidente bueno, con ese adjetivo cándido que toca las fibras de muchísima gente, habituada a ser explotada, víctima de falsas promesas y un estado de cosas que parece inamovible. Mientras el mundo cambia, crece, se diversifica, nuestro país sigue hundido en el lodo del nepotismo y la injusticia social. Por eso la voz de López Obrador ha penetrado todos los sectores de la sociedad. Ha sabido reivindicar las necesidades de un pueblo sobajado y olvidado, ha despertado el interés de los universitarios, profesionales y trabajadores que anhelan mejores oportunidades y mejores salarios. Su voz amalgama la desconfianza que han sembrado todos los gobiernos priístas y la desilusión que acarrearon Vicente Fox y Felipe Calderón con su incapacidad para ofrecernos un país diferente, más igualitario, menos al servicio de los intereses mezquinos de una clase que se niega a soltar el poder.

En el minúsculo estrado que es mi consultorio, he atestiguado las opiniones de mis queridos pacientes a lo largo de esta justa presidencial. Muchos expresan temor, en buena medida infundido por las redes sociales y una prensa alarmista, incapaz de reflexionar y proclive a alimentar la histeria colectiva. Pero también he escuchado con atención a quienes están dispuestos a probar la alternancia ideológica, saborear el cambio con sentido crítico y darle la oportunidad a un equipo de trabajo que ofrece caras nuevas, un discurso inteligente y un futuro distinto a todos los sexenios que recordamos.

En lo personal, me han parecido lamentables las arengas de Ricardo Anaya, candidato de la derecha, que en ningún momento ha ventilado una propuesta de gobierno creíble (“celulares para todos” se atrevió a prometerle a un pueblo con 53 millones de pobres). Que además ataca sin construir, que es el aullido de una oposición desgastada y comprada repetidamente, que traicionó a su propia candidata hace seis años y que está dispuesto a negociar con el sátrapa de Trump para que “no hagan olas” y México siga beneficiándose de los mendrugos que vienen del Norte. Su actitud refleja lo peor del gobierno que sale (¡por fin!) y la falta de aprendizaje sociopolítico que ha permeado su partido (PAN + PRD, menuda alianza), tradicionalmente de espaldas a las necesidades básicas de un pueblo desposeído.

El candidato fallido, José Antonio Meade (mezcla de sangre irlandesa, libanesa y española, como presumen sus biógrafos) es un tecnócrata que creció en uno de los barrios más acomodados de la ciudad de México. Conoce la realidad de este país desde su escritorio y sus ventanas lavadas, poco sabe del hambre y del dolor cotidianos de la mayoría de los mexicanos. Parece un buen hombre, no obstante, de esos que se persignan los domingos y cuidan a su familia con esmero. Dotes insuficientes para gobernar, por supuesto, como lo demostraron otrora los presidentes panistas. Para colmo o por exclusión, se ha dejado abanderar por un partido absolutamente descalificado por el grueso de la población. El PRI ha sido la versión más abyecta, la más despótica y corrupta de las variantes políticas que nacieron de la Revolución de 1910. Su herencia de robos descarados, asesinatos (reales, no sólo políticos) y amaños es reconocida en todos los rincones de México y el extranjero. Se puede entender que Meade no tuviese otra opción más que sujetarse al funesto ariete tricolor y creer con fé ciega que los votantes olvidaríamos las guarradas que ha perpetrado ese partido desde hace ocho décadas. Pero no es así, no hemos olvidado un ápice; claudicará de la misma manera que perdieron Labastida y Madrazo en su momento, por descontento, por desprecio, por hartazgo.

Se acerca, insisto, una jornada sin precedentes en la historia moderna de nuestro país. Me parece un tanto hiperbólico hablar de una “Cuarta Transformación”. En el imaginario, esos epítetos tiene consonancias incómodas con el Segundo Imperio o el Tercer Reich, aunque despierten el furor popular. Bien han dicho varios comentaristas políticos que el “populismo” no es una amenaza; en todo caso, mucho menos riesgosa que el nepotismo que llevamos décadas padeciendo. Siendo sensatos, nada apunta a que AMLO sea un tirano a la manera de Hugo Chávez (que salió del ejército y se ungió de un aire mesiánico para robar como todos los anteriores), ni que MORENA represente una estructura dictatorial destinada a quitarle privilegios a quienes los hemos ganado con nuestro esfuerzo.

Lo que sí es muy deseable, en este momento y en la soledad de mis reflexiones, es que por primera vez en toda nuestra vida podamos confiar en el gobierno y sus instituciones. Que podamos levantarnos el primero de Diciembre con la certeza de que nuestros impuestos se repartirán en otros bolsillos que no sean los de los alcaldes, delegados, gobernadores y diputados que de manera insaciable han saqueado a México. Que podamos esperar que se castigue a quien asesina, secuestra o pide mordidas para hacer un trámite gratuito. Que veamos restituida la confianza en los secretarios de Economía, Salud, Transporte, Seguridad, con quienes podamos hablar como ciudadanos y desaprobarlos cuando no cumplan sus funciones sin mancha o a fuerza de prebendas.

Desde mi infancia he anhelado ver un poder legislativo que irradie responsabilidad y compromiso, un poder judicial que verdaderamente imparta y respete las leyes, un poder ejecutivo que hable otro idioma que no sea el de la retórica y las ambigüedades. Yo espero que esta jornada que se avecina refleje a una sociedad plural y participativa. Que votemos todos, sin distinción de clase o credo, con respeto a la discrepancia, con ilusión de que gane “nuestro gallo” sin importar las gráficas o las encuestas.

Éste será un genuino ejercicio de la democracia y quienes resulten vencedores tendrán que mostrar su tolerancia y su sentido de inclusión. De la misma manera que los perdedores tendrán que aceptar que sus intereses no coinciden con el criterio de la mayoría y que, desde luego, podrán ocupar un lugar crítico en la asamblea ciudadana. No aquella que se reúne para conspirar ni se regodea bajo el techo de los palacetes, sino la que desde la calle y las tribunas públicas exige un México incluyente, justo y abierto para todos.

Por primera vez en muchos años, estoy entusiasmado por votar, por seguir el resultado de las encuestas de salida, por escuchar los discursos de triunfo y derrota de los candidatos en juego. Por vez primera en mucho tiempo, anhelo compartir esta decisión con mis hijos, con mis vecinos, con quienes disienten y quienes protesten, con mis Paisanos (así con mayúscula), que merecemos de verdad un futuro o al menos un presente cargado de esperanza.

La canción del inmigrante

La canción del inmigrante

Su rapacidad no conoce límites, lo intuye desde niño. Entonces hurtaba  las escasas joyas de la abuela y las vendía a cambio de juguetes o prebendas. Después aprendió el redituable negocio de ofertar los vicios humanos, que para fortuna de quienes los usufructúan, resultan insaciables. Tabaco en las escuelas, licores adulterados en los callejones y estupefacientes -los más codiciados- que sólo se venden bajo llave y sobre pedido. 

Muy pronto advirtió que la connivencia de la policía en este negocio es un requisito imprescindible. Dumonde, gendarme del 10e arrondisement, resultó bien predispuesto, a cambio de un soborno periódico, que Marcel, su lugarteniente, depositaba en un buzón de correo predestinado en la banlieu. 

  • Te estás quedando corto, canalla – me dijo, sin más preámbulo, esa mañana en que lo encontré simulando que vigilaba. 
  • Te pago bien, Dumonde. ¿Qué más quieres? 
  • Protegerte me cuesta mucha energía, chico. O mejoras el trato, o me niego a garantizar tu libre comercio. 

Dijo esto como si se tratara de un acuerdo compartido para surtir a los grandes almacenes. Su actitud y su mendicidad me exasperan. 

  • Bien, Dumonde, veré que puedo hacer – y lo vi alejarse con su cinismo a cuestas. 

Una hora más tarde, encontré a Fabianne, mi brazo derecho. Se había desteñido el cabello y lo traía cortado a la manera de los sesentas, que la hacía verse aún más intrigante. Le expliqué que teníamos un problema. Delgada, de ojos pardos y con una boca suculenta, me dejó anticipar con su mirada que todo estaría bajo control en breve. 

Tres días después circuló en la prensa local que un policía corrupto había sido encontrado en paños menores y casi degollado en un hotel de paso en Ivry sur Seine. La noticia sólo mostraba la habitación y las piernas desnudas del cadáver. No había sospechosos; el recepcionista de noche lo vio entrar sin compañía, vestido de civil, y el cuarto estaba desocupado – con toda certeza, afirmó – antes de su llegada. 

Reuní a mi gente en la casa de seguridad esa mañana. 

  • Vamos a mantener un perfil bajo por dos o tres semanas – les dije. – Sobre esta mesa encontrarán un sobre con su nombre y lo suficiente para subsistir tranquilos mientras se aquietan las aguas.

Tras despedirlos, le pregunté a Fabianne si estaba tranquila, libre de sospechas. Como suele ser su actitud, simplemente asintió y tomó su sobre; sin duda mi mejor soldado. Sé poco de su historia, pero sus ojos revelan los desiertos y naufragios que ha vivido. Parece una mujer añosa, cuya historia está cargada de cicatrices. De Túnez a París por vía de Marsella, ¡lo que no habrá vivido para convertirse en esa hembra hosca y siniestra que todos admiramos!

La acompaño hasta la Gare du Nord (o es ella quien protege mis pasos) donde se pierde entre los pasajeros que se apean en la estación. Sé que se refugia en Bélgica por temporadas poco predecibles y aparece sin más, justamente cuando la necesito. Alguien me confesó que tiene un hijo en Bruselas, pero no me consta y tampoco hay confianza para indagarlo. Sé que dirige una banda de mujeres argelinas y marroquíes, las “Tueurs noirs“, que tienen su base en los suburbios de Charleroi, pero no dudaré de su lealtad. Es implacable y ejecuta mis órdenes con precisión. Además, sabe respetar los territorios ajenos.

Tras ocultarse en el puesto de periódicos y comprar un café, la joven de origen árabe adquiere un boleto de segunda clase hacia Bruselas. Es bastante altiva, de cuello largo y con una tez almendrada que atrae las miradas a su paso. ¿Quién puede imaginar que va armada hasta los dientes y que sabe blandir una navaja desde que era niña? Creció sola entre los estibadores de Marsella y aprendió a defenderse cuando se percató de que esos arrumacos la dejaban adolorida entre las piernas, incluso al punto de sangrar y sufrir para sentarse o lavarse por varios días.

En ese puerto inmundo se cambió el nombre. Fadila, la virtuosa, no tenía lugar entre aquellos seres apestosos y arrogantes que la adoptaron a regañadientes. Un famoso jugador del Marseille (Fabien Barthez) le sugirió su nueva identidad, Fabianne, la indomable. Aprendió a dormir con un ojo atento a cualquier ruido, entre gatos y ratones, bajo la lluvia y arropada con periódicos para mantenerse cálida en los húmedos inviernos del Mediterráneo. Dominó el cigarro y el alcohol sin que éstos a su vez la sometieran, como a tantos marinos que vio morir vomitando sangre o caer presa del delirio.

Cuando cumplió doce años, supo que su tiempo de aprendizaje había concluido. Era momento de armar su propia flotilla, de conquistar fronteras y tomar posesión de la ciudad luminosa, la meca de todos los inmigrantes, París. Llegó de noche, como se introducen los forasteros, husmeando, sombras irreconocibles entre los que sueñan o fornican en el anonimato de la gran ciudad.

Han pasado ya siete años y Fabianne observa el paisaje otoñal que pasa efímero por la ventana. ¿Cuántas veces ha recorrido esta ruta sin sentirla suya? ¿Cuántos silencios y recuerdos se han agolpado en estos vagones? A media tarde, desciende en la Zuidstation, donde la esperan Salwa y Oumaima en el andén cuatro, serias como soldados de guardia; listas para rendirle cuentas de lo conquistado en su ausencia. Como es habitual, la jefa lleva una bolsa de cuero que contiene dos de sus tres pasaportes falsos, una cajetilla a medias de Gaulois, su hijab a cuadros, un cambio de ropa interior y la novela de Leïla Slimani, a quien admira y desprecia a la vez. Extrae dos latitas de Cachou La Jaunie para sus soldadescas, quienes las aceptan con recato.

Fadila es una joven mujer imponente en su belleza y actitud. Sus seguidoras saben que las protege aún en en la penumbra brumosa de las distancias. Nadie osa contradecirla y se rigen por un código secreto – como la Omertà -, de modo que podrían ser torturadas y esclavizadas antes que denunciarla.

  • ¿Están bien todas? – pregunta, no bien se apea del tren. ¿Kahlil?
  • Sin novedades – responde Salwa, una chica regordeta, de rasgos tunecinos bien acentuados y con ojos negros de una profundidad insondable. – Tu hijo está con Zainab, quien le enseña el Quorán como tú has dispuesto.

Por primera vez en muchas semanas, sonríe complacida. Su hijo será un fiel jihadista, acaso hasta un jeque, y no sólo el hijo bastardo de dos exiliadas – recias mujeres, madres a destiempo – cuyo amor está prohibido en su propia tierra.

Al entrar a su departamento, el olor a lentejas y cebolla la recibe como un viento de hogar que remonta años y montañas. Kahlil está atento al televisor y ella encuentra a su pareja de espaldas en la pequeña cocina, lavando platos. El cabello negro está atado en una trenza que cae a media espalda y se mueve sutilmente, como si tarareara para sí en silencio. La toma por la cintura y la besa en el cuello. Zainab se deja arropar y suspira.

  •  Ahlan wa sahlan! – le dice con ternura, al tiempo que se gira para besarla.
  • Tendré que irme pronto, querida, no he terminado mis tareas en París. Lo siento. Sólo podré quedarme unas horas.
  • Pero esta noche olvidemos el trabajo, Fadi. Déjanos tenerte sin premura. Te hemos añorado mucho, mi amada.

Hacen el amor con lágrimas de reencuentro a la luz de una vela y con aroma de Oud en aceite para emular su noviazgo. Antes del amanecer, la amazona está en la calle, pertrechada para tomar el autobús a París Nord y librar su última batalla.  Esta vez se ha puesto el velo y rezado sus oraciones mientras su amante duerme sosegada y los suburbios belgas permanecen quietos, salvo por el ladrido ocasional de los perros y el tráfico distante.

Vuelvo a mí, a mis pensamientos y obsesiones. No entiendo porqué Fabianne se ha retrasado. Espero que no la habrán detenido con esa colección de armas blancas que suele cargar. Me preocupa además que la muerte de Dumonde haya desatado una cacería.  Si se involucró la policía secreta no estaremos tranquilos el resto el año. Mejor será dormir, en la madrugada mandaré a los pequeños a recorrer el mercado y las terminales de autobuses, para correr la voz de que la encuentren.

El interrogatorio no escatima detalles; parece que toda la gendarmería se ha volcado para descifrar este crimen múltiple. Hallaron a las tres víctimas (dos menores y un adulto) en un baño de sangre, apuñalados mientras dormían. No había rastros de forcejeo; el asesino lo hizo con metódico sigilo. Parece una vendetta entre pandillas que se disputan el comercio de drogas en La Chapelle. Lo que más intriga a los agentes es que las dos mujeres y el más pequeño, que roncaban en la habitación contigua, no fueron molestados en absoluto. Tan es así que los despertaron los vecinos, cuando nadie abrió al lechero y acentuaron sus sospechas al ver salir a toda prisa a una figura en burka, huyendo del edificio.

  • Quizá se trata de una venganza terrorista, mon Commisaire – dice con cautela uno de los detectives. – Dos de los chicos masacrados son europeos.
  • Pero el tercero es un rufián bien conocido por la décima, Phillipe. De raza mixta. Es difícil admitir que un jihadista los mató sólo por escarnio.

No lejos de ahí, Fabianne arroja su muda al río, asegurándose de que el caftán y la pañoleta se confundan entre las piedras con otros trapos viejos. Toda la sangre será lavada, igual que sus afrentas, por el agua que corre hacia ninguna parte.