Arqueologías del futuro

Arqueologías del futuro

Para Héctor y Gloria, con afecto

Se acerca el fin del siglo y las predicciones ominosas son el tema de cada velada en Ciudad Pacifico (y no ciudad González, como pretendía el depuesto presidente). Las mujeres han comenzado a empacar pese a la reticencia de los colonos, hartos de tanto esfuerzo y tan escaso rendimiento.

El viejo Murray recuerda como los primeros en llegar murieron de fiebre terciana y sólo sobrevivieron quienes tenían anemia perniciosa, para sembrar futuro en esta tierra inhóspita y desértica.

  • Estábamos conscientes de que Owen no nos mintió, pero en cierto modo adornó demasiado la propuesta.

Sentados en esa pequeña iglesia presbiteriana lo escuchaban como si fuese el último sermón del exilio.

  • Hemos construido acaso dos millas de rieles para “The great Southern”. En Richmond se ríen a carcajadas de nuestra impericia.

La más estoica de las viudas, Molly Evans, se levantó sin pedir la palabra. Con voz estentórea y sometiendo los susurros que se arremolinaban a su lado, dijo:

  • Tú mejor que nadie sabes que hemos hecho hasta lo imposible por culminar este sueño, Archibald. No puedes culpar al ingeniero de la falta de fuerza de trabajo. En todo caso nos recordarán las generaciones venideras por nuestro esfuerzo, por hacer de este paisaje árido una promesa. Recordarán el nacimiento de la utopía de Sinaloa tanto como la conquista del Wild West.

La audiencia se sumió en el silencio. No había nada que objetar. El ingeniero Owen había ido por enésima vez a la capital para dialogar con Don Porfirio en un vano intento por financiar el ferrocarril.

La alocución de Molly dio por terminada la reunión. Su belleza marchita, sus largos caireles que desde la muerte del arquitecto Patrick Evans guardaba celosamente bajo la cofia, le conferían un aire sepulcral y una autoridad incontestable.

Primero las mujeres, tomando de la mano a sus pequeños y seguidas de los trabajadores e ingenieros, abandonaron el recinto que habían construido diez años atrás para celebrar sus ceremonias y fabular sus proyectos.

A lo lejos, los rieles y los durmientes truncos les mostraron otra vez su empresa fallida. El sol caía a plomo y los hombres se dirigieron a limpiar las casa que dejarían a los nuevos habitantes que llegaban a contramano desde Los Mochis.

Una década atrás, pese al calor inclemente, el cielo impoluto de la bahía se abría a toda esperanza. Las plantaciones de tabaco y la riqueza del Pacífico se unirían mediante un tren que surcaría los horizontes de Norteamérica. Los ideales socialistas amparados en la doctrina de Saint Simon y el puritanismo de los cuáqueros llevaría la opulencia a las regiones más inhóspitas de la costa mexicana.

Los Jameson, Murray, Emerett, Evans, McMillan y tantos otros arribaron con sus carretas, agobiados de sudor y permitiendo que sus esposas se aligeraran la ropa para remojarse en las playas desoladas de Topolobampo.

Con sigilo, las mujeres buscaron un rincón donde pudiesen alzarse las faldas y orinar sin ser vistas. Algunas incluso se soltaron el pelo y sumergieron la cabeza en las olas para sacudirse el sopor. En esos primeros días, azoradas por el viento abrasador que no cesaba, aprendieron a cocinar liebres y peces que los nativos les ofrecían a cambio de telas y utensilios. Los manantiales quedaban a varias millas del campamento y los caballos tenían que refrescarse continuamente para ayudar a acarrear piedra y cal. Descartaron de inmediato construir casas de madera, y si bien cortaron encinos y palmeras para diseñar el puerto, eligieron piedra caliza de varias pulgadas para conservar las casa frescas y ahuyentar a las alimañas. Cada día era un aprendizaje violento. Cuando llegaron las tormentas de invierno, diseñaron canales y repositorios para acumular el agua fresca que no volvería en muchos meses. Muy pronto, las mujeres desecharon sus ropas negras e hilaron vestidos de algodón y lino que traían los recién llegados de Georgia o South Carolina, más acordes con los días húmedos y las noches abrasadoras. Nacieron los primeros niños y les enseñaron a cubrirse del sol, con esas pieles blancas ceñidas para la nieve. Pero la añoranza y la identidad nunca echaron raíces en los montes agrestes de Sinaloa.

Casi diez años perduró la fantasía: vencieron mosquitos, alacranes, serpientes y falta de agua para fundar la comunidad socialista de fin de siglo. La mantuvieron limpia, abierta a los ideales que repetían en cada sermón dominical. Pero en las últimas semanas se rindieron. Owen los conminó a orar para que los pobladores desposeídos que alguna vez sirvieron de peones se posesionaran de las casas y los almacenes. Consolidaran el puerto y vieran la luz que a ellos se les escapaba. Quizá no estaban hechos para este clima, tal vez sobrevaloraron sus fuerzas o la capacidad que albergaban para someter a esta tierra iracunda e infértil.

Albert R. Owen, con pluma melancólica, trazó su legado: “A dream of an ideal city” (1897) publicado cuando sólo quedaban recuerdos aislados en aquellas playas.

Medio siglo después se afincaron otro tipo de cruzados. Esta vez pensando en trasladar su ideal para conquistar el Pacífico norte y construir el Tercer Reich. Subrepticiamente, llegaron a Topolobampo vestidos de civiles, pero en sus baúles de viaje, además de ropas bávaras, traían consigo copias del Mein Kampf que habían memorizado en caso de que los espías aliados descubrieran su proyecto de sedición.

Cabe decir – sin pruebas, por supuesto – que encontraron el mismo muro infranqueable que detuvo a Owen y sus cuáqueros: un mar espléndido, una bahía donde ocultar toda una flota invasora, pero atrás un clima imposible, que los desterró a tiempo y los obligó a buscar refugio en Sudamérica, donde la gente era más taimada y menos celosa de sus paraísos.

Allí fundaron Villa Baviera, donde se dice que afincó Josef Mengele, huyendo de la persecución israelí y los comandos paramilitares que surgieron de Nuremberg. Hubo quien se ocultó por años, pasando por un alemán próspero y aventurero. Chile, Brasil y Argentina era suficientemente extensos e ideológicamente polarizados para dar refugio a esos criminales. Al norte, en las aguas cálidas de Sinaloa, los sueños siguen surcando las olas, en memoria de todos los conquistadores que nunca echaron raíces.

Bibliografía:

  1. El estudio pionero de esa colonia utópica es Topolobampo, la metrópolis socialista de Occidente (1939), de José C. Valadés. Después aparecieron A southwestern utopia (1947) de Thomas A. Robertson, La conquista del valle del Fuerte (1957), de Mario Gill, y Cat’s paw utopia (1972), de Ray Reynolds.
  2. El sueño de una ciudad ideal y Un estudio social se encuentran en Obras (2003), de Albert K. Owen, editado por Siglo XXI y El Colegio de Sinaloa.
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Corolario

Corolario

La sección 101 del Talking Stick Resort Arena estaba a reventar con fans de los Suns. Mike Nesmith nunca imaginó codearse con esos magnates que tenían boletos de temporada y bebían Macallan, Tanqueray o Guinness como si los regalaran. Con cierta timidez, enfundado en su chaqueta Eddie Bauer y los jeans más limpios que encontró, pidió permiso para ocupar su asiento. El Dr. Schlater ya lo esperaba con una cerveza y nachos cubiertos de queso, vociferando a la par que sus vecinos de fila.

  • Te estás perdiendo un gran juego, Mike. Siéntate. Bledsoe y Chandler los tienen completamente dominados.

Su temor de que Schlater fuese un pervertido se disipó de inmediato. No obstante, se quitó la chamarra y la colocó entre los dos lugares, mirando de reojo al médico, que parecía absorto en el ir y venir de los jugadores.

– Todo es simple paranoia de secretarias – pensó el camillero. Se arrellanó en su sitio y, sopesando su Coors helada en mano, se concentró en el partido.

Tras cuarenta y ocho intensos minutos y un tiempo extra, los dos personajes salieron por la puerta C hacia el estacionamiento. Schlater parecía un asiduo de la Resort Arena, saludando a unos cuantos individuos que no podían ocultar su opulencia. La noche fría estaba poblada de estrellas, Mike respiró hondo y ralentizó el paso.

  • Gracias, doctor – se atrevió a decir al salir a la intemperie. – Le confieso que nunca había estado tan cerca de center court. Fue como embocar las canastas yo mismo.

Marcus soltó una carcajada sonora y le dio una palmada al joven, que saltó un paso hacia delante impelido por su fuerza.

  • ¿Qué dices, muchacho? ¿Te acerco a tu casa?

Mike estaba a punto de rechazar la oferta, pero le pareció una descortesía después de disfrutar de un boleto que había costado más de doscientos dólares. – Sí, doctor, vivo en Alahambra; si le queda de camino.

  • Por supuesto, Mike, voy a Paradise Valley. Es apenas un pequeño desvío.

Más tranquilo, convencido de su reciprocidad, el camillero Nesmith se acomodó con desparpajo en el asiento del Audi Q5, ufano de haber trabado amistad con una celebridad. En ese instante dichoso, era imposible sospechar que emprendía su último viaje.

Ahora sí, Irene Moriarty estaba segura. Sus sospechas se confirmarían en cuestión de horas. Bastaba conseguir una orden de cateo, tomar unas muestras de DNA del Dr. Schlater, revisar su oficina, auto y casa con microscopio, y encerrarlo de por vida. Ni siquiera lo verbalizó. Vernon se ajustó el saco para esconder el bulto de su arma y se encaminó a la comisaría para obtener el permiso y la orden de arresto. Entretanto, Moriarty se dirigió a la oficina del administrador, quien la hizo esperar diez minutos antes de recibirla. La detective recordó una a una las palabras de su jefe, tragó saliva y se concentró en su teléfono móvil, simulando estar distraída. Al fin, la secretaria le cedió el paso.

  • Dígame, agente Moriarty. ¿Ahora de qué se trata? – el tono despectivo de John Arroyo tendió un obstáculo más a su compostura. Pero la mantuvo, a pesar de ella misma.
  • Tenemos indicios muy claros de que el subjefe de Anestesiología, Dr. Marcus Schlater, es culpable de uno o más crímenes.

Arroyo sintió calambres en los glúteos, pero fingió sorpresa.

  • Imagino que tendrá usted pruebas para semejante acusación, detective.
  • Las estamos reuniendo, Sr. Arroyo, y le notifico que una orden de cateo viene en camino, avalada por el FBI y la policía local. Estoy tendiéndole una cortesía para evitarle imprevistos.
  • Mientras no tenga frente a mí esos documentos, Srita. Moriarty (esto dicho con un tono cínico, entre dientes), no tiene usted acceso a ningún área del hospital salvo su cubículo apestoso.

Con toda la calma que Irene se había tragado, sintió el vapor subir a las sienes y estalló: – Usted me subestima, Arroyo. Si por minúsculo que sea detecto un atisbo de complicidad, en cualquier rincón de este hospital que tan celosamente encubre, los accesorios a estos homicidios no verán más la luz del día. Y eso lo incluye, no lo olvide.

El administrador se erizó como gato herido en su butaca. Estaba a punto de responder a gritos, pero Irene salió dando un portazo antes de que pudiera emitir palabra.

El día transcurrió a partir de ahí en un vaivén de órdenes, contraórdenes, tropiezos y peticiones truncas; que finalmente se resolvieron cuando O’Meara, el jefe del FBI en Phoenix y el superintendente de la Policía de Arizona se apersonaron en la dirección del Hospital, recibidos por un cortejo de autoridades impacientes. Pasaban de  las 5 de la tarde. A esas horas, Irene estaba furibunda, no había comido y la cantidad de café que ingirió durante el día no ayudaba a mantenerla ecuánime. Como único atenuante, tenía la certeza de que el círculo se había cerrado y que sus esfuerzos no resultaron en vano.

Entretanto, Vernon Dylan había conseguido la orden de cateo y se dirigía a toda prisa a East Desert Jewel Drive, al norte de Paradise Valley, antes de que Schlater – quien no contestaba su celular – borrara cualquier evidencia.

  • Estoy en una reunión en la Clínica Mayo, Scottsdale. Deje su mensaje – decía repetidamente la grabación.

El agente dio vuelta en la vereda y aparcó ruidosamente delante de la casa, con intención de advertir a los vecinos. El paisaje desértico estaba salpicado de casas estilo californiano, cuyas hipotecas excedían con mucho su propio salario. Se acercó a la entrada, siempre consciente de su pistola y de cualquier murmullo, pero nadie respondió por el intercom. Insistió varias veces y se retiró hacia el porche. Ante las miradas suspicaces del condominio de enfrente, se asomó por las ventanas y decidió rodear la propiedad, esperando que la vecina llamara a la policía, alertada por su intrusión. Cuando estaba a punto de violar el candado que protegía la bodega del jardín, sonaron las sirenas. Dos patrullas encallaron a unos metros y sintió el rugir de un altavoz que lo conminaba a salir con las manos en alto.

La identificación oficial llevó varios minutos. Los gendarmes revisaron la orden de cateo en detalle y tras verificar sus credenciales con la comisaría, lo acompañaron al jardín, sin saber bien a bien qué buscaban. Dylan observó unas raspaduras de metal en el piso de arcilla, como si algo muy pesado hubiese sido arrastrado con dificultad. Desde su celular llamó a Moriarty.

  • Irene, estoy en la propiedad. Necesito un equipo forense… Sí… Lo mejor que puedas conseguir…No te preocupes, aquí espero… Ciao.

El arresto de Schlater no se hizo esperar. Como era de suponer, negó todo. Dijo que había estado arreglando la covacha y sacó basura, piedras y objetos de metal que justificaban las huellas en su patio. Del joven Nesmith no sabía nada. Se despidió de él afuera del estadio y no lo había visto desde entonces. No se detectaron restos de DNA en su coche, bajo las uñas o en ninguna herramienta de su bodega. La única sangre que se encontró en los arbustos era de ardilla y su rastro llevaba distintivamente hasta la perrera del vecino. Mientras esperaban la fecha del  juicio, Irene y Vernon decidieron cerrar la investigación y dejarla en manos del FBI de Phoenix para desentrañar a los cómplices. Los abogados de St. Luke’s obtuvieron la libertad bajo fianza del anestesiólogo con un pago de ciento quince mil dólares, dadas las pruebas circunstanciales que apuntaban a Schlater y a una posible red encubierta.

  • Buen trabajo, agente Dylan – externó Irene, desbordante de alegría, cubierta apenas con una camisa, las piernas desnudas y la champaña en la mano.

Desde la cama, con el torso descubierto, Vernon la miró embelesado. – El triunfo es todo suyo, agente Moriarty. Sin su olfato y perseverancia ese criminal se habría salido con la suya. Llene las copas sin miedo, hermosa, tenemos mucho que celebrar.

  • Aún no terminamos, Vernon. Están por caer los otros. Ya verás.

El corcho salió proyectado hacia el techo al mismo tiempo que todo el departamento quedó envuelto en llamas. La explosión sacudió los edificios contiguos, lanzando dos autos quemados a varios metros de distancia y rompiendo todos los vidrios de cinco edificios y los faroles de la calle. El restaurante hindú Bombay Spice quedó completamente calcinado. El olor a gas se podía percibir a ciento cincuenta pies del accidente. Ninguno de los habitantes del primer piso sobrevivió al terrible estallido. Entre ellos, dos investigadores que habían destapado la trama corrupta de uno de los principales hospitales del suroeste del país y que tristemente se hallaban en su apartamento al momento del percance.

En su oficina, la mirada perdida en el horizonte, el administrador Arroyo espera a la ex secretaria del Dr. Schlater. Por sus servicios y contribución a la integridad moral del hospital, le ha ofrecido una vacante en Denver, donde será la asistente del subdirector, buen amigo suyo. Betsy entra con cierto sigilo, sin palabras para agradecer la magnanimidad de este hombre, que ha ayudado tanto a Samantha en su duelo y que se deshizo a tiempo del perverso Dr. Jekyll, a quien todos saben culpable de la desaparición de Mike.

Secuela

Secuela

La habitación está en penumbra, el espeso silencio apenas interrumpido por el trajín de camillas rumbo al quirófano y el ronquido abrupto del enfermo.

El Dr. Schlater, cuarentón fornido, adusto, de ademanes ágiles y peinado con exceso de gomina, extrae las ampolletas de cloruro de potasio mientras otea sin cesar hacia la puerta. Tiene escasos minutos para perpetrar su osadía. Sobre la cama impoluta, en posición de semi-Fowler, el hombre gruñe y deja escurrir saliva. El anestesiólogo se queda petrificado un instante, esperando una sorpresa mutua. Da un paso atrás y empuña el fármaco para ocultarlo. Pero el enfermo vuelve a caer en el letargo. Más compuesto, observa al viejo con detenimiento, la cánula de traqueotomía emite sonidos roncos con un ritmo irregular; los brazos yertos a su lado y el hueco de la pierna amputada bajo las sábanas lo distinguen. Con movimientos exactos, rompe las ámpulas y carga la jeringa de veinte mililitros con 40 mg de Versed, sin perder de vista el picaporte, atento a cada ruido en su vecindad. Al inyectar el veneno, el enfermo gime de dolor y estira los dedos, pero no sale de su sopor. Marcus apaga la alarma del monitor al tiempo que atestigua los cambios electrocardiográficos que anticipaba: bradicardia súbita con bloqueos intermitentes, seguidos de la ominosa fibrilación ventricular. Retira la aguja y se desenfunda los guantes; embolsa con cuidado todo el material y observa por fin la línea isoeléctrica cuando se apura a salir del cuarto. Está hecho.

Justo al cerrar delicadamente la puerta, pasa por detrás un camillero empujando una silla de ruedas vacía, que lo reconoce.

• Buen día, doctor. ¿Vio el partido de los Suns anoche?
• ¡Ah! Mike – profiere el médico, visiblemente nervioso. – He estado ocupado. ¿Quién ganó?
El muchacho traza una cifra en el aire que Marcus no puede descifrar. Sonríe forzadamente y se despide apresurado, dejando al camillero atónito y con la palabra en la boca. Mientras camina hacia su oficina, Schlater piensa con inquina que este hombre es un serio tropiezo en su gesta.

• Un testigo indeseable, – se repite – tendré que acallarlo, borrarlo. Esto no puede salir a la luz…
A sus espaldas, suena el código azul y se escucha el barullo de carros de paro, personal que corre, bate puertas y grita órdenes perentorias. El médico se escabulle como sombra errante a su oficina. Nadie más lo ha visto, pero no podrá estar tranquilo hasta que cualquier rastro suyo desaparezca por completo.

Es un día nublado de otoño, la ciudad se despereza y la multitud de hojas muertas arrastradas por el viento anuncian el receso invernal que lo envuelve todo. Irene Moriarty llega al Centro Médico cerca del mediodía. Las enfermeras de Pediatría están decorando el vestíbulo con adornos de Halloween y la saludan con recelo. Su presencia despierta incomodidad; es el presagio de que una muerte más será investigada a fondo, perturbando la armonía cotidiana del hospital. Se dirige con paso firme a la oficina del administrador. Exigirá la autopsia por todos los medios posibles, pero sabe que es una decisión exclusiva de los familiares y necesita la autorización para presionarlos. El cuerpo del enfermo ya está en la morgue y el tiempo apremia.

• Buenos días – dice con aplomo, apenas cruza el umbral. – Mister Arroyo, usted sabe porqué estoy aquí. Le ruego que me ayude a conseguir la autopsia. Este enfermo es una raya más en la culata del criminal que se esconde en su edificio, se lo aseguro.
El contador John Baldomero Arroyo, inmigrante de ascendencia centroamericana y celoso de sus méritos, no se deja intimidar por una mujer bonita. Se yergue en su silla, sin invitarla a tomar asiento. Refunfuña para sus adentros y le dice que hará lo que pueda, pero no promete nada. Es un cancerbero y no permitirá que ningún fisgón, por elegante o erudito que parezca, altere el orden de su hospital.

En la recepción del cuarto piso, dos médicos residentes consuelan a los deudos. Con dulzura y paciencia, intentan convencer a su hijo para que autorice la necropsia. El hombre, desconsolado, escucha sin prestar atención. Se limita a seguir con la mirada a las enfermeras que emergen del cuarto de su padre, fallecido por un arresto cardiaco pese a que le aseguraron que su corazón estaba indemne.

• Creí que lo podríamos llevar a una residencia de ancianos, – emite con voz entrecortada – teníamos todo arreglado. No lo entiendo.
Moriarty mira la escena a cierta distancia. Quiere intervenir, pero se exige prudencia. Dejará que los chicos hagan su trabajo y abordará a los familiares en otro momento, si se resisten a conceder el estudio. Sabe que en este cadáver yace un clave inequívoca del asesino en serie; alguna huella digital, alguna torpeza en su dosis letal. Tiene que conseguir el acceso para descubrirlo.

Dos pisos más abajo, en la Jefatura de Anestesia, Marcus Schlater revisa sus expedientes y la asignación de equipos para las cirugías programadas. Está muy molesto, cualquier tarea lo irrita. Firma los documentos de consentimiento informado y llama en tono despótico a su secretaria.

• Llévate esto. Ah, y no me interrumpas, tengo que preparar una conferencia.
La chica conoce sus exabruptos, pero esta mañana lo encuentra particularmente procaz. Sale sin responder, llevando consigo el folder con las órdenes del día y cierra la puerta de vidrio esmerilado tras de sí, procurando no hacer ruido. Esta pausa le dará oportunidad para charlar con Samantha, la secretaria de Cardiología. Tienen prevista una salida al cine el próximo viernes. Es la oportunidad que han estado tramando para conocer a sus respectivos novios. La amiga le ha contado maravillas de su prometido, el camillero Mike Nesmith, del área de recuperación. – Muero por conocerlo, Sam – susurra en el teléfono.

Furibundo, con los puños sobre el escritorio, Marcus urde su maniobra. El joven enfermero es fanático del basquetbol; de tanto en cuanto han intercambiado opiniones acerca de la NBA, los playoffs y los jugadores célebres. – La ocasión llegará – masculla entre dientes. – Pero conviene esperar a que se calmen las aguas.
Revisa el calendario de partidos locales y compra dos entradas para el juego Phoenix-Brooklyn pactado en dos semanas. Eso dará tiempo a ganar su confianza o amedrentarlo, lo que resulte más eficiente. Ahora debe pensar en el método para deshacerse del cuerpo. ¡Que contratiempo! ¡Con lo bien que marchaban las cosas!

Aprovechando el lunch-break, toma su impermeable y se escurre unas horas para salir a comprar un teléfono móvil en Tempe. Una vez que lo carga en el restaurante que encuentra a la mano,  llama a Huymans, su amigo de la infancia en Nijmegen, que ahora trabaja en la Industrial Chemical de Tucson.

• Hoe zit, Thijs! – dice al escuchar la voz estridente de su contertulio. – Necesito tu ayuda para un proyecto de la Sociedad Médica. ¿Puedes conseguirme un tambo de ácido fluorhídrico de manera discreta? Si es preciso, te lo pago con excedentes, para evitarte problemas.
De regreso a casa, Marcus desecha el celular en un basurero público y se relaja. Enciende el aparato de sonido y escucha la “Rapsodia en Azul” de Gershwin que lo proyecta a su temprana edad, desembarcando en Staten Island, con su madre dispuesta a emplearse en las bibliotecas públicas de Queens para sostener a la familia. Es una pieza que lo sume en la melancolía; tanto que a veces no puede evitar el llanto. Poco a poco, con los acordes tersos de la balada, termina por vencerlo el sueño.

Esa misma tarde, en la oficina del Detective Bill O’Meara, Irene entra encolerizada. – Negaron la autopsia, jefe. Así es imposible avanzar.

La agencia está situada en un céntrico edificio de estilo ambiguo. Consta de cuatro cubículos separados por canceles y una secretaria pelirroja, miope, fundida a su escritorio, que parece sacada de una película de Bogart. Tras acreditarse localizando adolescentes que se fugan (o al menos obteniendo datos de las tarjetas de crédito de sus agónicos padres), la llegada de detectives jóvenes y mejor formados ha permitido indagar crímenes más notables, cuyo éxito redunda en pagos de hipotecas, más visitas a su página web y algo de prestigio.

Acostumbrado a la impulsividad de sus investigadores, O’Meara deja su café, retuerce la colilla en el cenicero y se dirige a su colega con parsimonia, blandiendo su más pulido acento irlandés.

– Moriarty, no dejes que esto se convierta en una vendetta. Hay muchas cabezas en juego y tenemos que ser cautos. Arroyo es un tipo despreciable y encubrirá a sus empleados si lo presionamos. Recuerda que St. Luke es la joya del desierto. Un escándalo de este tipo los hundiría.
– Los tenemos – insiste la mujer, quien ha recuperado la calma. – Sólo déjeme clavar las uñas en el personal de Terapia y Anestesia, para hacer saltar al depredador.

Cuando quiere imponer su criterio, Irene es una mujer deslumbrante; los ojos verdes destilan pasión y aprieta los labios en un gesto iracundo. Aún más, compone el torso con tal denuedo que parece desafiar al mundo. Alisando el ancho bigote para cohibir la risa, O’Meara  la observa desde sus lentes John Lennon, que le otorgan un aire canónico, indispensable para el trabajo sucio.

– De acuerdo, aprieta un poco. Lanza algunos petardos por debajo de los quirófanos, graba conversaciones, pero no violentes a nadie. Podrían cortarnos las alas y demandarnos por acoso.

Casi eufórica, Irene arranca el abrigo del colgador y sale a buscar refuerzos. – Nelly, comunícame con el agente Dylan del FBI en Albuquerque. El teléfono es (505) **9-***0. Dile que tengo un trabajo que le encantará. Pero que antes consiga suficiente “leverage”. Él sabrá a que me refiero.

Al fondo del Humble Coffee Co., ajenos al tráfico que circula en la avenida Mesa Verde, el agente especial Vernon Dylan despluma a su informante.

– Vamos, Jeremy, no te atrevas a sugerir que ignoras donde la venden. Estoy cansado de tus mentiras-. Dicho esto, lo tira del brazo y levanta la manga con rudeza.

– ¿Qué? ¿Me vas a decir que éstos son piquetes de avispa?

Tomado por sorpresa, el chico esconde los antebrazos bajo la mesa e inclina la cabeza como un niño avergonzado, el pelo rubio revuelto y la mirada hueca. Está a punto de responder, cuando el policía levanta dos dedos para callarlo y atender su teléfono. Es un mensaje de texto:

[ call pi moriarty @ Phoenix, asap ]

Doce horas más tarde, recién bañado, Dylan carga una maleta con tres cambios de ropa, su pistola reglamentaria y un permiso que consigna que se trata de un delito federal, vinculado a dos casos no resueltos en el hospital universitario de Nuevo México. Baja del motel donde se hospeda desde su divorcio y emprende el viaje por la carretera I-40 West, un paisaje que no ha recorrido en años.

– Será un placer trabajar a su lado, agente Moriarty – piensa, haciendo memoria de las facciones y el cuerpo desnudo, exquisito, de su antigua compañera.

Slippery slope

Slippery slope

El siguiente crimen fue ejecutado con tal pericia que no dio lugar a especulaciones.

La paciente, Emily Everett, septuagenaria con síndrome de Meigs, cursando su segundo día postoperatorio, amaneció muerta sin causa aparente. Horas antes – pese a las metástasis y pésimo pronóstico – sus signos vitales eran estables y se recuperaba con un mínimo de asistencia en Terapia Intermedia. Nada parecía justificar este deceso prematuro.

Sus hijos la lloraron a mares, pero aceptaron el desenlace como una bendición; todos – desde luego ella – se habían ahorrado una dolorosa agonía.

Tras bambalinas, el equipo quirúrgico convocó a una junta extraordinaria. Se analizaron los marcadores tumorales, las imágenes y condiciones preoperatorias de la enferma, los parámetros de anestesia, la cuenta de gasas y la pérdida de sangre hasta la última gota. Los radiólogos trazaron reconstrucciones tridimensionales del abdomen y demostraron con vehemencia que no hubiese perforación de vísceras huecas. El jefe de cirugía argumentó a su vez que la intervención fue enteramente limpia y que, fuera de las biopsias, no se intentó nada riesgoso. La oncóloga en turno trajo consigo cifras y estadísticas que ratificaban lo inusitado del suceso. Satisfechos de que los errores humanos parecían descartados, la reunión se cerró en medio de una atmósfera de incertidumbre. La supervisora de enfermería, en actitud defensiva, aceptó a regañadientes la auditoría que dispuso el director. Las notas y detalles de cada jornada estarían disponibles para un investigador privado y se esperaban careos poco agradables.

Caía la noche cuando el doctor Marcus se arrellanó en su sillón favorito y prendió el televisor. Afuera, las hojas secas revoloteaban con la ventisca y, tanto como el embrujo otoñal, el galeno podía aspirar esa paz del deber cumplido. En ningún momento se sintió bajo escrutinio, sus colegas conocían de su templanza y profesionalismo. Desde su llegada al hospital como profesor adjunto de Anestesia, el reconocimiento lo rodeó con un halo protector.

Durante la junta, donde permaneció atento y en silencio, estudiaba los gestos de inquietud que seguían a cada uno de los participantes de tan fatídica operación. Marcus había asignado a dos anestesiólogas de su confianza, que revisaron con cuidado y a la vista de todos cada minuto de la inducción anestésica, la extubación y la recuperación de la paciente. Él mismo hizo las preguntas más agudas respecto de las dosis y la indicación de cada fármaco. Las conminó a cooperar con el detective y modificó el calendario de vacaciones de una de ellas para que estuviera disponible en las siguientes semanas.

Rememorando en la penumbra de su sala, Marcus se atrevió a encender un puro para acompañar su bebida. Mientras exhalaba las bocanadas de humo, repasó cada paso de la eutanasia. Estaba convencido de que una sobredosis de insulina era casi imposible de detectar, aún cuando los auditores exigieran una autopsia. Lo tenía todo previsto; como antes, como siempre. Había evaluado con fruición las desventuras de Jack Kevorkian, un neófito insaciable cuya torpeza le valió el juicio público y el encarcelamiento.

  • A mí no me ocurrirá eso, nadie me calificará de “ángel de la muerte” – se dijo, mientras sorbía un áspero trago de malta.

Los días sucesivos fueron de recelo en los quirófanos y la administración del hospital. El investigador, un hombre de facciones secas y pocas palabras, trajo consigo dos grabadoras, un detector de mentiras y una joven asistente de mirada incisiva que se dedicó a entrevistar a todo el personal involucrado en el caso con mordacidad de abogada. Las enfermeras y las anestesiólogas se sintieron ultrajadas porque revisaron su historia familiar sin consentimiento. Salió a la luz un romance clandestino entre un cirujano y una instrumentista que recorrió los pasillos como lava ardiente. La incompetencia de un enfermero resultó en su despido sin más preámbulos, pese a que ni siquiera conoció a la enferma.

Marcus entretanto cooperó en todos sentidos. Se entrevistó dos veces con los detectives y repitió su versión de los hechos como si se tratara de un texto memorizado con algunas variantes. En efecto, visitó a la Sra. Everett la madrugada de su fallecimiento, para cerciorarse de que las notas de anestesia y las indicaciones de Terapia estuvieran en orden. Su meticulosidad le valió los halagos del director – insistió. Amparó su coartada con la versión de Maggie,  la enfermera de guardia, que lo conocía y sabía de su empeño con los pacientes recién operados.

La detective Moriarty lo observaba detenidamente y reparó en cada gesticulación e inflexión de voz. A su lado, el jefe escribía en una minúscula libreta sin proferir palabra. Ambos agradecieron su disponibilidad y lo despidieron entre sonrisas.

  • Tal vez lo tengamos que molestar nuevamente, doctor. Espero que no resulte inconveniente – dijo por fin el investigador, con voz rasposa.
  • Estoy a sus órdenes – externó Marcus, deslizando la vista como si quisiera escabullirse de aquellos inquisidores.

Varias semanas después, durante la sesión general del nosocomio, el director anunció con alivio que el informe pericial descartaba cualquier sospecha y que se consideraría una muerte accidental, aunque fuese la segunda víctima inexplicable en cuatro meses. Agradeció la cooperación del personal médico y paramédico, e insistió en que los estándares de calidad se mantuvieran incólumes.

Sentado en un bar cercano al hospital – como siempre, solo ante el cantinero – Marcus disfruta lentamente de su jaibol mientras hace anotaciones mentales.

  • Su demencia se ha profundizado mucho y ahora llega de sorpresa esta neumonía – dice su vecino de barra en tono lánguido. Está charlando con dos amigos que lo escuchan atentamente, rostros compungidos.
  • ¿No hay nada que hacer? – pregunta su interlocutora, una mujer de cabello corto, entrecano, que da la espalda al médico.
  • Nada – insiste el primero . – Come apenas y traga con dificultad, su peso ya es crítico. Es un espanto ver como sufre. Me cuesta decirlo, pero quisiera que todo acabara.

La mujer se inclina para abrazarlo, y Marcus puede observar las pesadas lágrimas que surcan la cara del hombre, quien se deja apaciguar, ojos cerrados y gimiendo en silencio.

Deja su vaso, un billete de propina y se despide del barman con familiaridad. Al pasar detrás del grupo, se detiene y se dirige a los tres con fingida humildad.

  • Perdonen ustedes la impertinencia, pero no pude evitar escuchar su penosa situación. Soy anestesiólogo del San Lucas, Dr. Marcus Slachter, para servirles. Si puedo ayudar en algo, no duden en contactarme.

Visiblemente conmovidos, los tres afectados sonríen y estrechan la mano del médico con gratitud.

En la puerta del bar, Marcus se cierra el abrigo y ajusta la bufanda ante el embate del viento helado de Octubre. Repite el número de la habitación y el nombre del paciente para sí, una especie de ritual que lo prepara para su siguiente inmolación. Emprende el camino entre sombras, bajo una escarcha fina que abrillantan los faroles entre la bruma. La calle está desierta salvo por un mendigo que se cubre a medias y tirita tendido sobre cajas de cartón y cobijas malolientes.

  • El mundo será mejor con mi esfuerzo – piensa con jactancia, tras detectar al indigente.

Al otro lado de la ciudad, la detective Irene Moriarty traza un perfil del asesino, convencida de que no dejó nada al azar. Ha dedicado noches enteras a imaginar al perpetrador de aquellas muertes. Debe tratarse de un individuo calificado – medita -, versado en el suicidio asistido y con acceso a pacientes y medicamentos sin restricción. Cierra la ventana de su departamento para mitigar las sirenas de patrullas y el aire viscoso de comida hindú que suelen perturbar su sueño. Cuelga sus últimos post-it al margen de recortes de diarios e informes grafológicos de quienes atendieron a las victimas “accidentadas”. Papeles de tamaño y colores diversos saturan el pizarrón de corcho. De pie frente a su collage, recogido el cabello y ataviada en pijama, bebe un largo trago de té mientras ordena sus ideas. Sabe que está por rastrear las huellas del ángel o demonio que repta en los rincones del St. Luke’s Medical Center. Éste será su cometido, su destino.

Esta patria no es la mía

Esta patria no es la mía

Un oficial nazi pregunta a un parisino:
– Monsieur, ¿dónde está la Place de l’Etoile?
El joven no contesta, sólo se lleva la mano
al pecho, encima del corazón.
(Relato judío)

Rara vez me acerco al templo, no por falta de curiosidad o de costumbre; temo que me descubran y encuentren razones para incriminarme. Lyon es una ciudad inhóspita. Las calles, que solíamos recorrer con desenfado cada domingo, se han estrechado con patrullas militares y hombres de acento áspero que visten largos gabanes de cuero. Cada atajo puede terminar en la guarida de un colaborador. Nada es seguro. El día se ha oscurecido, penetrado por intolerancias y odios que creíamos superados.
Esta mañana, mi vecino Samuel señaló que mi manera de caminar me delata, que algo en mi compostura cuando atisbo a los policías me hace parecer sospechoso. Siempre ha sido un patán ordinario, que se ampara en la riqueza de sus abuelos. Lo dice para proteger a su familia, no porque tema por mi suerte. Pero en algo tiene razón. Las paredes hablan, los viejos murmuran. Cada día se oyen versiones de ciudadanos deportados a Polonia, donde los suben en vagones infestados de plagas y acribillan a quienes no son aptos para la economía de guerra.
– Enderézate – me increpó al salir del edificio – tienes que adoptar la actitud de cualquier goy, desinteresado y aquiescente.
Tal distinción me parecía execrable en el Liceo, porque aprendimos a considerarnos alumnos sin privilegios, destinados a ocupar los puestos de gobierno o a dirigir las empresas que se expandían por el mundo y sentaban colonias en el norte de África o las costas de las Américas. Ahora la suspicacia surge de nuevo, no como una provocación, sino como un aviso para pasar desapercibidos, para eludir la muerte.

Vivimos en un tiempo prestado, como afirma el rabino con pesadumbre. En casa lo hablamos poco, aunque de noche suelo imaginar que rescato a mi padre del Stalag IX-B y nos ocultamos en el bosque, cerca de Hesse. Para sentirme más cerca, hojeo también nuestro viejo libro de Historia. Encontré la página donde se describe que ese gran ducado que fundó Napoleón dejó de ser territorio francés en 1871, cuando perdimos la guerra. Y ahora hemos abdicado de la patria.

El peso del vasallaje es bastante tedioso. Nuestras voces y la luz deben ser tenues, solía pregonar papá. No recibíamos cartas, aunque mamá confiaba en que él sabría cuidarse y ocultar su identidad para confundirse con los demás prisioneros de guerra. – Pero el invierno en esa región es terrible, Maman – le externé, sujetando el té con las manos como si padeciera un escalofrío. Ella me miró con ojos húmedos y trató de consolarme con recuerdos amenos de la fête des jonquilles en Gérardmer antes de la invasión.
Hace unos días vimos como desalojaban a una familia del 3e. arrondissement para cederle el departamento a un dirigente de la Gestapo que exigía una vista del Rhône desde la rue Claude Bernard. Fue muy lamentable. La dueña trataba de cargar su vajilla de porcelana a duras penas y dejó caer un huevo de Fabergé que se rompió en mil pedazos. Mi hermana se inclinó a recogerlo y le extendió algunos fragmentos a la mujer, que lloraba enmudecida. En cuclillas sobre el asfalto, ambas oteaban a los soldados en actitud de súplica. Ellos, con sus impecables uniformes grises y su gesto autoritario, permanecieron impávidos, fumando y sonriendo bajo el calor de Julio.
Debo haber mostrado mi rabia; un apretón de puños o un ademán contenido, porque uno de ellos levantó su metralleta en tono amenazante. Mi compungida Sara y yo nos alejamos, temerosos de sufrir alguna represalia, avergonzados de tantos peatones que pasaban y desviaban la mirada mientras esa familia sufría tal ultraje.
Este es el clima de nuestro tiempo. Nos acomodamos indiferentes al orden que han impuesto los conquistadores. La gente acude a misa en turnos, compra el pan de cada día, intenta pasear con soltura, habla poco y susurra mucho. Saludamos con deferencia a la nueva guardia pretoriana, que devuelve un movimiento de cabeza o, cuando se trata de una doncella, levanta con dos dedos su kepi y guiña un ojo con lascivia.
Madame Litwak, que atiende la patisserie de la rue Dedieu, insiste que algunas de mis compañeras, las más osadas, se han vuelto cortesanas de los ocupadores. El martes pasado, cuando fui por croissants, manoteaba desde el mostrador, dirigiéndose a la vieja Urowitz.

– Están pudriendo nuestra cultura kosher, Miriam. No sólo es traición, es un pecado ignominioso.

No entendí el término, pero me dio una razón más para aborrecer a estos usurpadores que se dicen puros. Lo peor es el toque de queda, porque nos ha arrebatado el placer de festejar el verano. Apenas anochece, cierran los bares que solíamos frecuentar cuando simulábamos la mayoría de edad (ja! los dueños sabían que mentíamos, pero igual nos despachaban licor barato). Fumar está prohibido después de las veinte horas y cualquier francotirador se sabe autorizado para volarle los sesos a quien se atreva a encender un pitillo. Escondemos los aparatos de radio y, pese a que no alcanzan a sintonizar la BBC, preferimos tenerlos a buen volumen en la radio oficial, para evitar delaciones de algún vecino necesitado. Pienso – como Thérèse, la hija del conserje – que esto es lo que designan como “état de siège“, que inferíamos por las aventuras de los comuneros de París, producto de nuestras lecturas vedadas; aquellas que solíamos intercambiar a hurtadillas de pequeños.

Leer se ha vuelto algo incierto; lo sabemos. Con Raphaël y Antoine nos identificamos una y otra vez en nombre del Mersault de L’étranger, que hemos leído en secuencia desde Febrero, cuando nos hicimos con un ejemplar. Medrosos y desconfiados, así transcurren nuestras jornadas, bajo la umbría de un extraño desamparo. Escogemos con cuidado las horas vespertinas para jugar pelota con los chicos del Croix-Rousse, cuando los flics duermen la siesta y no buscan pretextos para intimidarnos.

Mamá nos pidió que seamos cautelosos. Le repetí con agravio que lo somos, no sé porqué insistía tanto. Evitamos a los soldados, nos cambiamos de acera o sencillamente, buscamos refugio en alguna tienda cuando pasan. Quizá lo dijo porque ella misma estaba muy esquiva, como si se hubiese transformado de la mujer hacendosa que escribía después de ordenar la casa a esa nueva personalidad, que se desvelaba hasta la madrugada y tenía reuniones con gente desconocida.

Semanas atrás hizo algo muy raro. De buenas a primeras se ofreció a pasear al bebé de Vera Aronovich. Sí, la dependienta de la mercería que está cerca de la Place Ollier. Sara y yo la acompañamos. Nos condujo por un recorrido demasiado largo, siempre empujando la carriola y cuidando el sueño de la criatura; acabamos hartos y aburridos. Pero ella, con inusitado sigilo, iba dejando unos paquetes que escondía bajo el toldo en diferentes comercios, la mayoría propiedad de goyim. Cuando preguntamos qué era eso, nos callaba con deferencia pero enérgica, arguyendo que ya nos lo explicaría en casa.

La explicación nunca llegó. Tan pronto empezaron las lluvias, aquella aciaga tarde de Septiembre, mamá no volvió más. Habíamos preparado una ensalada y arenques para organizar el venidero Rosh Hashana, nuestro año de 5704. A ella le gustaba señalar esas fechas inefables con anticipación. Sara decoró las ventanas con algunas menorahs que recortó de revistas y viejos panfletos; quería hacer un juego de adivinanzas. Cuando dieron las once, llamé a mi tío. Su esposa sollozaba sin consuelo en el teléfono; unos milicianos lo llevaron preso a golpes la noche previa. Le advirtieron que si se presentaba a la gendarmería, no podían garantizar su vida. Mis primos estaban ya en camino de Nimes, tratando de huir del terror.

Los días siguientes han sido funestos, aunque trato de disipar la angustia con mi dedicación. Mientras Sara se queda con la Sra. Urowitz cerca de la estación de trenes, yo recorro incansablemente las casas de amigos y conocidos, las postes de police y algunas iglesias para indagar su paradero. Casi no comemos y me resulta imposible conciliar el sueño. Trazo rutas en la ciudad vieja, sigo hasta donde recuerdo sus pasos por aquella enigmática caminata que parece ser el origen de toda esta calamidad. Pero es inútil. Las madrugadas me llenan de miedo, un espectro ha ensombrecido nuestras precoces existencias.

Además, las redadas se han acentuado. Los vecinos afirman que el mismo Klaus Barbie está cerrando el círculo. No sé que quieren decir con eso. Pero esta noche, más que otras, escucho ruidos amenazantes por cualquier rendija.

Ya están aquí. De varios culatazos han vencido el portón y despertado a todo el edificio. Aterrada, mi hermana se sumerge en mis brazos. Oímos sus botas subir los peldaños, golpes ominosos, gritando como salvajes: Juden, juden, aufwachen! Schnell!*

Conteniendo las lágrimas, Sara me susurra al oído: – Irene y las otras niñas dicen que allá donde nos llevan hace mucho frío, hermano, ¿qué zapatos me pongo?

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* ¡Judíos, judíos, levántense, rápido!

PS. Hace 75 años, el 16 y 17 de julio de 1942, trece mil ciento cincuenta y dos judíos, todos ellos ciudadanos franceses, fueron arrestados en París por la policía local y encerrados en el Velodrome d’Hiver en Drancy. La tercera parte eran niños. Ningún soldado nazi participó en la redada. Bajo las órdenes de su gobierno colaboracionista y la indiferencia de sus conciudadanos, fueron deportados al campo de exterminio de Auschwitz. Menos de cien de esas víctimas del oprobio sobrevivieron. La herida sigue abierta en el corazón de Francia.

Naciones a ultranza

Naciones a ultranza

En fecha reciente he leído testimonios que hilvanan ese crimen sistemático que se ha denominado el Holocausto (por definición, sacrificio o destrucción en escala masiva).
El historiador Laurence Rees, sin melodramas, ha sabido resaltar el proceso de justificación de poder y de ignominia que los nacionalsocialistas emprendieron – con la complicidad de la mayoría de los ciudadanos alemanes – contra las razas designadas como inferiores. Ante todo, los judíos, a quienes calumniaron de usurpadores y degenerados, por tanto sujetos de exterminio sin miramientos. Después, la población rusa – “bolcheviques” que asimilaron perversamente con los primeros – para acreditar su traición al pacto Molotov-Ribbentrop y el ulterior avasallamiento de sus fronteras, hasta que el invierno y la templanza indomable de sus defensores los detuvieron a las puertas de Stalingrado. Antes, los hornos crematorios se ensayaron con homosexuales, discapacitados físicos o mentales, incontables Sinti, Roma y prisioneros de guerra en todos los rincones del Reich.
Quizá lo que más lastima y ofende es que el ciudadano común, heredero de Goethe, Schopenhauer y Bach, se acomodara insensiblemente al papel de sicario. En efecto, quienes pasaron la prueba de ser puros de raza, vieron sin protestar cómo sus vecinos, los comerciantes, los niños y ancianos judíos eran despojados en todas las ciudades del Imperio para no volver nunca más. Supieron que los encerraban en ghettos, que los vejaban y herían. Que separaban familias y destituían a los padres. Que las juventudes nazis y las brigadas de la Schutzstaffel los empujaban, golpeaban y escupían frente a sus narices como reos despreciables, amalgamando el odio que sus líderes habían polarizado con arengas. Dar la espalda, cerrar las cortinas, mirar impasible, negar o pretender olvidar equivale a complicidad y connivencia; en todo tiempo y en todo lugar.

Vinieron después las desapariciones, los trenes rigurosamente vigilados, la escasez y la derrota. Pero los deportados nunca volvieron. Las casas derruidas quedaron vacías, ningún ciudadano judío regresó para reclamarlas o construir sobre sus escombros. Los que perdieron la guerra callaron. Siguieron viviendo y culparon a los nazis de verse forzados, de aquella silenciosa confabulación. Reconstruyeron su país con humildad y vergüenza, pero se cuidaron de admitir su culpa o acaso expiarla. Fui testigo de ello en los ochentas cuando acudí a la primera muestra de arte degenerado (Entartete Kunst) que se escenificó en Berlín Occidental, a la vera del infame muro. ¡Cincuenta años después de su inauguración en Munich!

Cabe preguntarse todavía cómo pudieron acallar ese peso, esa responsabilidad. Un pueblo supuestamente culto y tolerante, una nación construida en los surcos fértiles de la filosofía, la ciencia y la música. Al revisar las fotografías de aquella época, destacan las sonrisas de suficiencia de los jóvenes rubios, enfundados en uniformes pardos o camisetas deportivas con la svástica al frente, orgullosamente portada como signo inequívoco de identidad. No solamente los miembros del partido veneraban a Hitler, se beneficiaron directa o indirectamente todos aquellos a quienes los despidos, los saqueos y los destierros dejaron la senda abierta. De manera natural, tal vez para condonar la indolencia de nuestros ancestros, tendemos a atribuir los excesos al aparato militar. No fue así. Los alemanes, austriacos, croatas, rumanos y tantos otros aliados de la tiranía, cumplieron con la limpieza étnica y esperaron con fruición las retribuciones que traería su maridaje.

Los mercenarios y sus vasallos fueron más que crueles; torturaron y fusilaron a decenas de miles de personas inocentes en bosques, parajes remotos y ante fosas comunes. Cumplieron las órdenes con el mayor fervor y exceso. Basta recordar que los nazis optimizaron su personal y restringieron el impacto de los campos de exterminio entre sus correligionarios. Mientras más eficientes sus crímenes, menos necesaria la participación de guardias o verdugos. Eso lo delegaron a los Kapos, Sonderkommandos o judíos renegados dispuestos a seleccionar, engañar, conducir a las cámaras de gas y recoger los cadáveres para cremarlos. Los soldados alemanes supervisaban desde lejos. La cadena de mando no dejó eslabón sin pulir.

Entre las revelaciones más siniestras está la del joven Tadeusz Smreczynski, enviado a Auschwitz con dieciocho años de edad por distribuir panfletos y ayudar a los fugitivos de Silesia. “Traté de entender cómo era posible que se consideraran civilizados. Los miembros de las Waffen-SS estaban sentados a la vista de los crematorios donde ardían niños y mujeres. Ahí, plácidamente sentados. Se les veía satisfechos de haber cumplido su trabajo y dispuestos a gozar de cierto entretenimiento cultural. No había dilema alguno. El viento de Birkenau soplaba el humo fétido del campo de exterminio, mientras ellos charlaban, fumaban y escuchaban a Mozart o Beethoven. Eso es lo que un ser humano es capaz de perpetrar…”

La masacre se agudizó durante la primavera-verano de 1944, cuando a todas luces la guerra estaba perdida y el Ejército Rojo rompía las líneas alemanas en Bielorrusia (mediante la Operación Bagration), a la par que los aliados desembarcaban en Normandía. Entre Mayo y Julio de ese año funesto, cuatrocientos treinta mil judíos húngaros fueron deportados al complejo de Auschwitz-Birkenau, por mediación directa de Adolf Eichmann, asentado en Budapest. Más del noventa por ciento de esos niños, adultos y ancianos murieron sofocados por Zyklon B a pocos minutos de su arribo.

Una vez desmoronado el Tercer Reich, la coalición triunfante decidió repartirse el país para sojuzgarlo y evitar que reencarnara en una potencia destructiva. Tras muchas décadas de oprobio, los alemanes – siempre perseverantes- se reunificaron y gobiernan Europa con brazo severo e impasible. La insolvencia de Grecia es el ejemplo más próximo.

En los últimos meses hemos avistado la amenaza de otros nacionalismos. Triunfó la corriente más retardataria en Estados Unidos, apoyada por supremacistas blancos, trabajadores desilusionados, empresarios y déspotas dispuestos a cualquier contubernio antes que ceder sus privilegios. La cobertura sanitaria implementada contra viento y marea por la administración demócrata se disolvió entre regateos. Si bien no todo ha sido miel sobre hojuelas para el retórico presidente, sus adeptos siguen ganando terreno. Hasta que las minorías estallen o terminen por doblegarlas.

Del otro lado del Atlántico, en la patria de l’affaire Dreyfus, una pérfida heredera del colaboracionismo, estuvo a un paso de adueñarse del Eliseo. Su padre, populista que se mofa del Holocausto, ahora festeja el ascenso del fascismo y la xenofobia. Sabe de cierto que no perdió, sólo aplazó un desenlace anunciado. – Expulsaremos a los migrantes, los pies negros, los judíos y comunistas – ha repetido, haciendo eco del gobierno de Petain y del sometimiento nazi. ¿Qué decir de Austria, Holanda, Corea del Norte o Venezuela? Parece que la humanidad no ha aprendido de las lecciones penosas que ha traído el fanatismo.

Con la profusión de lábaros que ocuparon los íconos de WhatsApp tras el triunfo electoral de Trump, cabía preguntarse si el patriotismo por decreto va a salvarnos de su desprecio, antes que el trabajo o el sentido de comunidad. Un país dividido, a merced del narcotráfico, rehén de gobernantes corruptos y pusilánimes, presume de esgrimir su bandera como un tigre de piel contra el colonialismo. Me parece que primero hay que derrocar a los tiranos, limpiar las calles y recuperar los parques. Exigir que se respete el voto, que los narcopolíticos cumplan sus condenas y devuelvan lo robado. Que se construyan escuelas, clínicas y no centros comerciales. Que la tan cacareada “lucha contra la pobreza” se transforme en empleos y desarrollo industrial, no en proclamas que se reparten entre los acarreados.

Pierdo esperanza. Por mi ventana veo aglomerarse los autos frente a una rampa en construcción para facilitar el acceso al más abyecto complejo mercantil de una megalópolis de suyo sobrepoblada y depauperada. Nos han implantado el germen del consumo; en la actualidad visitamos “malls” en lugar de parques públicos. Recorremos por horas los escaparates – sin dinero para comprar, salvo baratijas – y bebemos café encarecido e importado, que se cultiva en el Tercer Mundo. Las calles son intransitables, las aceras están rotas y los comercios pululan en la jungla de concreto, engullendo los árboles, el césped y la propiedad pública. Atrás quedó la expropiación del petróleo, la amplitud de las playas y la vegetación que cubría valles y montañas. No extraña que nuestros coterráneos se rehúsen a volver si los deporta el gobierno xenófobo del Pato Donald. Aquí no hay trabajo ni vivienda ni futuro.

Desde cualquier trinchera, tenemos que retomar el cielo y la tierra. Gritemos, protestemos, trabajemos con ahínco. No podemos permitir que las creencias y las lealtades fanáticas nos nublen el pensamiento. Alguna vez, durante la dictadura de Videla, nuestros hermanos argentinos (así, sin confines) decidieron adherirse al reclamo de las Malvinas, repitiendo la consigna ultranacionalista de su goberno militar. Todo ello tras el circo del Campeonato Mundial de 1978. El resultado pudo ser más desastroso, pero los ingleses se conformaron con demostrar que no estaban para escaramuzas.

La fuerza de una nación se mide por el ímpetu y la laboriosidad de sus habitantes, no por los vítores o las consignas. Habrá que aprender de la historia; seamos hombres y mujeres dignos, atentos a quienes nos necesitan, orgullosos de nuestra herencia cultural y la sangre indígena, no de aquello que nos prostituye y vilifica. La patria es primero es un precepto que ha causado más muertes e improperios que las batallas perdidas. Es la comunidad de ciudadanos lo que merece respeto y defensa a ultranza. Sin ello, no hay territorio ni pueblo, tampoco nación alguna.

Más allá del goce

Más allá del goce

Weh spricht: vergeh!

Doch alle lust will ewigkeit-

Will tiefe, tiefe ewigkeit

[“¡Acaba! Pide el desconsuelo.

Pero quiere todo placer eternidad,

honda, muy honda eternidad”]

Friederich Nietzche

Also sprach Zarathustra

Parece mera tautología, pero la vida es una lucha perpetua contra el instinto de muerte. Es andar cuesta arriba para vencer los impulsos que nos inducen a la destrucción de todo cuanto amamos y hemos edificado.

Esa tendencia al retorno a lo inanimado, a un cociente nulo de excitación en el aparato de pensar (y por extensión –inefable- al cuerpo), deriva de la metáfora freudiana articulada en su ensayo “Más allá del principio del placer” de 1920. Para muchos de sus contemporáneos, esta era un digresión de sus contribuciones teóricas adoptadas con reticencia por la comunidad científica, así que resulta pertinente retomar sus ideas aquí para intentar darles vigencia en nuestro tiempo.

La pulsión de muerte se origina de la tensión entre la concepción imaginaria del sujeto y aquello disuelto en el cuerpo que no puede alcanzar a representarse. (Lacan). No es pues un “instinto” en el sentido lato del término, porque Freud empleó la metáfora biológica sólo para darle sentido a su elaboración, justo cuando se expandía la microbiología. Tal error se ha extendido aún más allá del principio argumentado, y es lugar común escuchar todavía en el siglo XXI la refutación al efecto mecánico, en una reyerta contra Newton, como si se tratara de articular la psicopatología con la biología molecular.

La observación básica planteada ante esta tendencia hacia lo mortífero es aquello que Freud llamó der Wiederholungszwang, que significa compulsión a la repetición. ¿Porqué, contrariando todos los esfuerzos psíquicos por alcanzar el placer, los seres humanos tendemos al sufrimiento? Fiel a su método discursivo, Freud apeló a la dialéctica para inferir que, mientras la agencia inconsciente clama por la satisfacción de las demandas somáticas, el Yo reprime tales impulsos en una suerte de “masoquismo primario” que toca incesantemente la misma puerta cerrada. En sentido análogo, se entiende el planteamiento original de que toda fuerza motriz o impulso activo que tiene a disminuir la tensión psíquica es tributario de placer y, por el contrario, la acumulación o incremento de tensión emocional va asociada al sufrimiento. En la medida en que la pulsión de muerte se sostiene por la repetición, y bajo la misma óptica mecanicista, sirve para acumular tensión en la esfera psíquica. Pese a la tendencia a asimilar conceptos tales como autofagia, apoptosis o necrosis para darle coherencia biológica al proceso, la repetición no necesariamente implica regresión.

La experiencia traumática consiste en la acumulación de energía que satura e inunda la capacidad de contención de los procesos de pensamiento. En ese tenor, el trauma es una forma de descompensación que deja cabos sueltos en el inconsciente, mismos que buscan – en la iteración – la forma de ser sellados o representados.

Concebido de manera psicofisiológica, el Yo es una red de conexiones ligadas por energía: mucho más virtual que lo que proponen las neurociencias, porque el correlato anatómico siempre será insuficiente para explicar la versatilidad de los fenómenos mentales. La pulsión de muerte designa el modo en que la organización dinámica del Yo se ve impelida por la presión de las fuerzas instintivas (impulsos inconscientes) que se manifiestan como energía libre, irrepresentable.

En la clínica, lo observamos en esa tendencia a la inmovilidad terapéutica, a diferir toda intervención con objeto de mejorar, a recusar las indicaciones, o simplemente, al desdén por la salud. El médico vacila, con frecuencia se siente traicionado, y arrebatado por su narcisismo y aquello que hemos denominado identificación proyectiva, recurre al sadismo o al rechazo. No es inusual encontrar que los pacientes hospitalizados que resisten las tentativas del equipo terapéutico, sean heridos emocionalmente o sufran vejaciones, tanto como manipulaciones en exceso como represalia del personal sanitario. No se trata de actos deliberados, que en tal caso constituirían crueldad y una flagrante transgresión a la ética, sino de actuaciones desvinculadas de razón, sinsentidos, omisiones, etc.; como toda energía libre arrebatada por la pulsión de destrucción.

Pero también es plausible atestiguarlo en los padecimientos psicosomáticos donde ocurre una desorganización progresiva de la estructura corporal y el cuerpo imaginario (que es territorio de las manifestaciones conversivas) se ve desbordado por lo irrepresentable de la carne: con toda su morbosidad y su desinvestidura, al grado de difuminarse todo orden, toda coherencia anatómica. La piel entonces es un recubrimiento de la fragilidad, sujeta al embate de la agresividad o la culpa. Los órganos de defensa, integrados laxamente en el sistema inmune y sus representantes tisulares, convocan la dispersión de la integridad, la disolución del Yo; y desde esa concepción metafórica, es permisible entender que el dolor y la inflamación, tanto como la transgresión celular y la ruptura de membranas, sean los prototipos de los trastornos autoinmunes.

He visto durante años cómo la artritis personifica en diversos gradientes la impotencia y la melancolía, en esa ecuación donde la pérdida del objeto se traduce en una sombra que aniquila, que anquilosa, que ejerce su venganza en el cuerpo, a falta de representación ligada al afecto. De la misma manera que la esclerosis múltiple, el vitíligo o las colitis ulcerativas arrancan fragmentos del sujeto, donde están vertidas la estructura sensorial, el calor corporal o la integración de lo que se incorpora o se excreta, respectivamente.

Sin afán reduccionista, esta expresión de lo mortífero se ve reflejada en incontables conductas sociales que procuran el daño individual o colectivo y que se resisten al cambio. Podemos afirmar que lo innato al ser humano, más que el ejercicio de la vitalidad y su esfuerzo creativo, es esa intensa carga por demoler lo más preciado, por anular lo más noble de su naturaleza y hacerlo añicos. A menos que otra voz, oportuna y ocasional, una instancia que sepa contener y espaciar, señale apenas entre líneas que Thánatos no tiene porqué cobrarse una víctima más.