Esta patria no es la mía

Esta patria no es la mía

Un oficial nazi pregunta a un parisino:
– Monsieur, ¿dónde está la Place de l’Etoile?
El joven no contesta, sólo se lleva la mano
al pecho, encima del corazón.
(Relato judío)

Rara vez me acerco al templo, no por falta de curiosidad o de costumbre; temo que me descubran y encuentren razones para incriminarme. Lyon es una ciudad inhóspita. Las calles, que solíamos recorrer con desenfado cada domingo, se han estrechado con patrullas militares y hombres de acento áspero que visten largos gabanes de cuero. Cada atajo puede terminar en la guarida de un colaborador. Nada es seguro. El día se ha oscurecido, penetrado por intolerancias y odios que creíamos superados.
Esta mañana, mi vecino Samuel señaló que mi manera de caminar me delata, que algo en mi compostura cuando atisbo a los policías me hace parecer sospechoso. Siempre ha sido un patán ordinario, que se ampara en la riqueza de sus abuelos. Lo dice para proteger a su familia, no porque tema por mi suerte. Pero en algo tiene razón. Las paredes hablan, los viejos murmuran. Cada día se oyen versiones de ciudadanos deportados a Polonia, donde los suben en vagones infestados de plagas y acribillan a quienes no son aptos para la economía de guerra.
– Enderézate – me increpó al salir del edificio – tienes que adoptar la actitud de cualquier goy, desinteresado y aquiescente.
Tal distinción me parecía execrable en el Liceo, porque aprendimos a considerarnos alumnos sin privilegios, destinados a ocupar los puestos de gobierno o a dirigir las empresas que se expandían por el mundo y sentaban colonias en el norte de África o las costas de las Américas. Ahora la suspicacia surge de nuevo, no como una provocación, sino como un aviso para pasar desapercibidos, para eludir la muerte.

Vivimos en un tiempo prestado, como afirma el rabino con pesadumbre. En casa lo hablamos poco, aunque de noche suelo imaginar que rescato a mi padre del Stalag IX-B y nos ocultamos en el bosque, cerca de Hesse. Para sentirme más cerca, hojeo también nuestro viejo libro de Historia. Encontré la página donde se describe que ese gran ducado que fundó Napoleón dejó de ser territorio francés en 1871, cuando perdimos la guerra. Y ahora hemos abdicado de la patria.

El peso del vasallaje es bastante tedioso. Nuestras voces y la luz deben ser tenues, solía pregonar papá. No recibíamos cartas, aunque mamá confiaba en que él sabría cuidarse y ocultar su identidad para confundirse con los demás prisioneros de guerra. – Pero el invierno en esa región es terrible, Maman – le externé, sujetando el té con las manos como si padeciera un escalofrío. Ella me miró con ojos húmedos y trató de consolarme con recuerdos amenos de la fête des jonquilles en Gérardmer antes de la invasión.
Hace unos días vimos como desalojaban a una familia del 3e. arrondissement para cederle el departamento a un dirigente de la Gestapo que exigía una vista del Rhône desde la rue Claude Bernard. Fue muy lamentable. La dueña trataba de cargar su vajilla de porcelana a duras penas y dejó caer un huevo de Fabergé que se rompió en mil pedazos. Mi hermana se inclinó a recogerlo y le extendió algunos fragmentos a la mujer, que lloraba enmudecida. En cuclillas sobre el asfalto, ambas oteaban a los soldados en actitud de súplica. Ellos, con sus impecables uniformes grises y su gesto autoritario, permanecieron impávidos, fumando y sonriendo bajo el calor de Julio.
Debo haber mostrado mi rabia; un apretón de puños o un ademán contenido, porque uno de ellos levantó su metralleta en tono amenazante. Mi compungida Sara y yo nos alejamos, temerosos de sufrir alguna represalia, avergonzados de tantos peatones que pasaban y desviaban la mirada mientras esa familia sufría tal ultraje.
Este es el clima de nuestro tiempo. Nos acomodamos indiferentes al orden que han impuesto los conquistadores. La gente acude a misa en turnos, compra el pan de cada día, intenta pasear con soltura, habla poco y susurra mucho. Saludamos con deferencia a la nueva guardia pretoriana, que devuelve un movimiento de cabeza o, cuando se trata de una doncella, levanta con dos dedos su kepi y guiña un ojo con lascivia.
Madame Litwak, que atiende la patisserie de la rue Dedieu, insiste que algunas de mis compañeras, las más osadas, se han vuelto cortesanas de los ocupadores. El martes pasado, cuando fui por croissants, manoteaba desde el mostrador, dirigiéndose a la vieja Urowitz.

– Están pudriendo nuestra cultura kosher, Miriam. No sólo es traición, es un pecado ignominioso.

No entendí el término, pero me dio una razón más para aborrecer a estos usurpadores que se dicen puros. Lo peor es el toque de queda, porque nos ha arrebatado el placer de festejar el verano. Apenas anochece, cierran los bares que solíamos frecuentar cuando simulábamos la mayoría de edad (ja! los dueños sabían que mentíamos, pero igual nos despachaban licor barato). Fumar está prohibido después de las veinte horas y cualquier francotirador se sabe autorizado para volarle los sesos a quien se atreva a encender un pitillo. Escondemos los aparatos de radio y, pese a que no alcanzan a sintonizar la BBC, preferimos tenerlos a buen volumen en la radio oficial, para evitar delaciones de algún vecino necesitado. Pienso – como Thérèse, la hija del conserje – que esto es lo que designan como “état de siège“, que inferíamos por las aventuras de los comuneros de París, producto de nuestras lecturas vedadas; aquellas que solíamos intercambiar a hurtadillas de pequeños.

Leer se ha vuelto algo incierto; lo sabemos. Con Raphaël y Antoine nos identificamos una y otra vez en nombre del Mersault de L’étranger, que hemos leído en secuencia desde Febrero, cuando nos hicimos con un ejemplar. Medrosos y desconfiados, así transcurren nuestras jornadas, bajo la umbría de un extraño desamparo. Escogemos con cuidado las horas vespertinas para jugar pelota con los chicos del Croix-Rousse, cuando los flics duermen la siesta y no buscan pretextos para intimidarnos.

Mamá nos pidió que seamos cautelosos. Le repetí con agravio que lo somos, no sé porqué insistía tanto. Evitamos a los soldados, nos cambiamos de acera o sencillamente, buscamos refugio en alguna tienda cuando pasan. Quizá lo dijo porque ella misma estaba muy esquiva, como si se hubiese transformado de la mujer hacendosa que escribía después de ordenar la casa a esa nueva personalidad, que se desvelaba hasta la madrugada y tenía reuniones con gente desconocida.

Semanas atrás hizo algo muy raro. De buenas a primeras se ofreció a pasear al bebé de Vera Aronovich. Sí, la dependienta de la mercería que está cerca de la Place Ollier. Sara y yo la acompañamos. Nos condujo por un recorrido demasiado largo, siempre empujando la carriola y cuidando el sueño de la criatura; acabamos hartos y aburridos. Pero ella, con inusitado sigilo, iba dejando unos paquetes que escondía bajo el toldo en diferentes comercios, la mayoría propiedad de goyim. Cuando preguntamos qué era eso, nos callaba con deferencia pero enérgica, arguyendo que ya nos lo explicaría en casa.

La explicación nunca llegó. Tan pronto empezaron las lluvias, aquella aciaga tarde de Septiembre, mamá no volvió más. Habíamos preparado una ensalada y arenques para organizar el venidero Rosh Hashana, nuestro año de 5704. A ella le gustaba señalar esas fechas inefables con anticipación. Sara decoró las ventanas con algunas menorahs que recortó de revistas y viejos panfletos; quería hacer un juego de adivinanzas. Cuando dieron las once, llamé a mi tío. Su esposa sollozaba sin consuelo en el teléfono; unos milicianos lo llevaron preso a golpes la noche previa. Le advirtieron que si se presentaba a la gendarmería, no podían garantizar su vida. Mis primos estaban ya en camino de Nimes, tratando de huir del terror.

Los días siguientes han sido funestos, aunque trato de disipar la angustia con mi dedicación. Mientras Sara se queda con la Sra. Urowitz cerca de la estación de trenes, yo recorro incansablemente las casas de amigos y conocidos, las postes de police y algunas iglesias para indagar su paradero. Casi no comemos y me resulta imposible conciliar el sueño. Trazo rutas en la ciudad vieja, sigo hasta donde recuerdo sus pasos por aquella enigmática caminata que parece ser el origen de toda esta calamidad. Pero es inútil. Las madrugadas me llenan de miedo, un espectro ha ensombrecido nuestras precoces existencias.

Además, las redadas se han acentuado. Los vecinos afirman que el mismo Klaus Barbie está cerrando el círculo. No sé que quieren decir con eso. Pero esta noche, más que otras, escucho ruidos amenazantes por cualquier rendija.

Ya están aquí. De varios culatazos han vencido el portón y despertado a todo el edificio. Aterrada, mi hermana se sumerge en mis brazos. Oímos sus botas subir los peldaños, golpes ominosos, gritando como salvajes: Juden, juden, aufwachen! Schnell!*

Conteniendo las lágrimas, Sara me susurra al oído: – Irene y las otras niñas dicen que allá donde nos llevan hace mucho frío, hermano, ¿qué zapatos me pongo?

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* ¡Judíos, judíos, levántense, rápido!

PS. Hace 75 años, el 16 y 17 de julio de 1942, trece mil ciento cincuenta y dos judíos, todos ellos ciudadanos franceses, fueron arrestados en París por la policía local y encerrados en el Velodrome d’Hiver en Drancy. La tercera parte eran niños. Ningún soldado nazi participó en la redada. Bajo las órdenes de su gobierno colaboracionista y la indiferencia de sus conciudadanos, fueron deportados al campo de exterminio de Auschwitz. Menos de cien de esas víctimas del oprobio sobrevivieron. La herida sigue abierta en el corazón de Francia.

Naciones a ultranza

Naciones a ultranza

En fecha reciente he leído testimonios que hilvanan ese crimen sistemático que se ha denominado el Holocausto (por definición, sacrificio o destrucción en escala masiva).
El historiador Laurence Rees, sin melodramas, ha sabido resaltar el proceso de justificación de poder y de ignominia que los nacionalsocialistas emprendieron – con la complicidad de la mayoría de los ciudadanos alemanes – contra las razas designadas como inferiores. Ante todo, los judíos, a quienes calumniaron de usurpadores y degenerados, por tanto sujetos de exterminio sin miramientos. Después, la población rusa – “bolcheviques” que asimilaron perversamente con los primeros – para acreditar su traición al pacto Molotov-Ribbentrop y el ulterior avasallamiento de sus fronteras, hasta que el invierno y la templanza indomable de sus defensores los detuvieron a las puertas de Stalingrado. Antes, los hornos crematorios se ensayaron con homosexuales, discapacitados físicos o mentales, incontables Sinti, Roma y prisioneros de guerra en todos los rincones del Reich.
Quizá lo que más lastima y ofende es que el ciudadano común, heredero de Goethe, Schopenhauer y Bach, se acomodara insensiblemente al papel de sicario. En efecto, quienes pasaron la prueba de ser puros de raza, vieron sin protestar cómo sus vecinos, los comerciantes, los niños y ancianos judíos eran despojados en todas las ciudades del Imperio para no volver nunca más. Supieron que los encerraban en ghettos, que los vejaban y herían. Que separaban familias y destituían a los padres. Que las juventudes nazis y las brigadas de la Schutzstaffel los empujaban, golpeaban y escupían frente a sus narices como reos despreciables, amalgamando el odio que sus líderes habían polarizado con arengas. Dar la espalda, cerrar las cortinas, mirar impasible, negar o pretender olvidar equivale a complicidad y connivencia; en todo tiempo y en todo lugar.

Vinieron después las desapariciones, los trenes rigurosamente vigilados, la escasez y la derrota. Pero los deportados nunca volvieron. Las casas derruidas quedaron vacías, ningún ciudadano judío regresó para reclamarlas o construir sobre sus escombros. Los que perdieron la guerra callaron. Siguieron viviendo y culparon a los nazis de verse forzados, de aquella silenciosa confabulación. Reconstruyeron su país con humildad y vergüenza, pero se cuidaron de admitir su culpa o acaso expiarla. Fui testigo de ello en los ochentas cuando acudí a la primera muestra de arte degenerado (Entartete Kunst) que se escenificó en Berlín Occidental, a la vera del infame muro. ¡Cincuenta años después de su inauguración en Munich!

Cabe preguntarse todavía cómo pudieron acallar ese peso, esa responsabilidad. Un pueblo supuestamente culto y tolerante, una nación construida en los surcos fértiles de la filosofía, la ciencia y la música. Al revisar las fotografías de aquella época, destacan las sonrisas de suficiencia de los jóvenes rubios, enfundados en uniformes pardos o camisetas deportivas con la svástica al frente, orgullosamente portada como signo inequívoco de identidad. No solamente los miembros del partido veneraban a Hitler, se beneficiaron directa o indirectamente todos aquellos a quienes los despidos, los saqueos y los destierros dejaron la senda abierta. De manera natural, tal vez para condonar la indolencia de nuestros ancestros, tendemos a atribuir los excesos al aparato militar. No fue así. Los alemanes, austriacos, croatas, rumanos y tantos otros aliados de la tiranía, cumplieron con la limpieza étnica y esperaron con fruición las retribuciones que traería su maridaje.

Los mercenarios y sus vasallos fueron más que crueles; torturaron y fusilaron a decenas de miles de personas inocentes en bosques, parajes remotos y ante fosas comunes. Cumplieron las órdenes con el mayor fervor y exceso. Basta recordar que los nazis optimizaron su personal y restringieron el impacto de los campos de exterminio entre sus correligionarios. Mientras más eficientes sus crímenes, menos necesaria la participación de guardias o verdugos. Eso lo delegaron a los Kapos, Sonderkommandos o judíos renegados dispuestos a seleccionar, engañar, conducir a las cámaras de gas y recoger los cadáveres para cremarlos. Los soldados alemanes supervisaban desde lejos. La cadena de mando no dejó eslabón sin pulir.

Entre las revelaciones más siniestras está la del joven Tadeusz Smreczynski, enviado a Auschwitz con dieciocho años de edad por distribuir panfletos y ayudar a los fugitivos de Silesia. “Traté de entender cómo era posible que se consideraran civilizados. Los miembros de las Waffen-SS estaban sentados a la vista de los crematorios donde ardían niños y mujeres. Ahí, plácidamente sentados. Se les veía satisfechos de haber cumplido su trabajo y dispuestos a gozar de cierto entretenimiento cultural. No había dilema alguno. El viento de Birkenau soplaba el humo fétido del campo de exterminio, mientras ellos charlaban, fumaban y escuchaban a Mozart o Beethoven. Eso es lo que un ser humano es capaz de perpetrar…”

La masacre se agudizó durante la primavera-verano de 1944, cuando a todas luces la guerra estaba perdida y el Ejército Rojo rompía las líneas alemanas en Bielorrusia (mediante la Operación Bagration), a la par que los aliados desembarcaban en Normandía. Entre Mayo y Julio de ese año funesto, cuatrocientos treinta mil judíos húngaros fueron deportados al complejo de Auschwitz-Birkenau, por mediación directa de Adolf Eichmann, asentado en Budapest. Más del noventa por ciento de esos niños, adultos y ancianos murieron sofocados por Zyklon B a pocos minutos de su arribo.

Una vez desmoronado el Tercer Reich, la coalición triunfante decidió repartirse el país para sojuzgarlo y evitar que reencarnara en una potencia destructiva. Tras muchas décadas de oprobio, los alemanes – siempre perseverantes- se reunificaron y gobiernan Europa con brazo severo e impasible. La insolvencia de Grecia es el ejemplo más próximo.

En los últimos meses hemos avistado la amenaza de otros nacionalismos. Triunfó la corriente más retardataria en Estados Unidos, apoyada por supremacistas blancos, trabajadores desilusionados, empresarios y déspotas dispuestos a cualquier contubernio antes que ceder sus privilegios. La cobertura sanitaria implementada contra viento y marea por la administración demócrata se disolvió entre regateos. Si bien no todo ha sido miel sobre hojuelas para el retórico presidente, sus adeptos siguen ganando terreno. Hasta que las minorías estallen o terminen por doblegarlas.

Del otro lado del Atlántico, en la patria de l’affaire Dreyfus, una pérfida heredera del colaboracionismo, estuvo a un paso de adueñarse del Eliseo. Su padre, populista que se mofa del Holocausto, ahora festeja el ascenso del fascismo y la xenofobia. Sabe de cierto que no perdió, sólo aplazó un desenlace anunciado. – Expulsaremos a los migrantes, los pies negros, los judíos y comunistas – ha repetido, haciendo eco del gobierno de Petain y del sometimiento nazi. ¿Qué decir de Austria, Holanda, Corea del Norte o Venezuela? Parece que la humanidad no ha aprendido de las lecciones penosas que ha traído el fanatismo.

Con la profusión de lábaros que ocuparon los íconos de WhatsApp tras el triunfo electoral de Trump, cabía preguntarse si el patriotismo por decreto va a salvarnos de su desprecio, antes que el trabajo o el sentido de comunidad. Un país dividido, a merced del narcotráfico, rehén de gobernantes corruptos y pusilánimes, presume de esgrimir su bandera como un tigre de piel contra el colonialismo. Me parece que primero hay que derrocar a los tiranos, limpiar las calles y recuperar los parques. Exigir que se respete el voto, que los narcopolíticos cumplan sus condenas y devuelvan lo robado. Que se construyan escuelas, clínicas y no centros comerciales. Que la tan cacareada “lucha contra la pobreza” se transforme en empleos y desarrollo industrial, no en proclamas que se reparten entre los acarreados.

Pierdo esperanza. Por mi ventana veo aglomerarse los autos frente a una rampa en construcción para facilitar el acceso al más abyecto complejo mercantil de una megalópolis de suyo sobrepoblada y depauperada. Nos han implantado el germen del consumo; en la actualidad visitamos “malls” en lugar de parques públicos. Recorremos por horas los escaparates – sin dinero para comprar, salvo baratijas – y bebemos café encarecido e importado, que se cultiva en el Tercer Mundo. Las calles son intransitables, las aceras están rotas y los comercios pululan en la jungla de concreto, engullendo los árboles, el césped y la propiedad pública. Atrás quedó la expropiación del petróleo, la amplitud de las playas y la vegetación que cubría valles y montañas. No extraña que nuestros coterráneos se rehúsen a volver si los deporta el gobierno xenófobo del Pato Donald. Aquí no hay trabajo ni vivienda ni futuro.

Desde cualquier trinchera, tenemos que retomar el cielo y la tierra. Gritemos, protestemos, trabajemos con ahínco. No podemos permitir que las creencias y las lealtades fanáticas nos nublen el pensamiento. Alguna vez, durante la dictadura de Videla, nuestros hermanos argentinos (así, sin confines) decidieron adherirse al reclamo de las Malvinas, repitiendo la consigna ultranacionalista de su goberno militar. Todo ello tras el circo del Campeonato Mundial de 1978. El resultado pudo ser más desastroso, pero los ingleses se conformaron con demostrar que no estaban para escaramuzas.

La fuerza de una nación se mide por el ímpetu y la laboriosidad de sus habitantes, no por los vítores o las consignas. Habrá que aprender de la historia; seamos hombres y mujeres dignos, atentos a quienes nos necesitan, orgullosos de nuestra herencia cultural y la sangre indígena, no de aquello que nos prostituye y vilifica. La patria es primero es un precepto que ha causado más muertes e improperios que las batallas perdidas. Es la comunidad de ciudadanos lo que merece respeto y defensa a ultranza. Sin ello, no hay territorio ni pueblo, tampoco nación alguna.

Más allá del goce

Más allá del goce

Weh spricht: vergeh!

Doch alle lust will ewigkeit-

Will tiefe, tiefe ewigkeit

[“¡Acaba! Pide el desconsuelo.

Pero quiere todo placer eternidad,

honda, muy honda eternidad”]

Friederich Nietzche

Also sprach Zarathustra

Parece mera tautología, pero la vida es una lucha perpetua contra el instinto de muerte. Es andar cuesta arriba para vencer los impulsos que nos inducen a la destrucción de todo cuanto amamos y hemos edificado.

Esa tendencia al retorno a lo inanimado, a un cociente nulo de excitación en el aparato de pensar (y por extensión –inefable- al cuerpo), deriva de la metáfora freudiana articulada en su ensayo “Más allá del principio del placer” de 1920. Para muchos de sus contemporáneos, esta era un digresión de sus contribuciones teóricas adoptadas con reticencia por la comunidad científica, así que resulta pertinente retomar sus ideas aquí para intentar darles vigencia en nuestro tiempo.

La pulsión de muerte se origina de la tensión entre la concepción imaginaria del sujeto y aquello disuelto en el cuerpo que no puede alcanzar a representarse. (Lacan). No es pues un “instinto” en el sentido lato del término, porque Freud empleó la metáfora biológica sólo para darle sentido a su elaboración, justo cuando se expandía la microbiología. Tal error se ha extendido aún más allá del principio argumentado, y es lugar común escuchar todavía en el siglo XXI la refutación al efecto mecánico, en una reyerta contra Newton, como si se tratara de articular la psicopatología con la biología molecular.

La observación básica planteada ante esta tendencia hacia lo mortífero es aquello que Freud llamó der Wiederholungszwang, que significa compulsión a la repetición. ¿Porqué, contrariando todos los esfuerzos psíquicos por alcanzar el placer, los seres humanos tendemos al sufrimiento? Fiel a su método discursivo, Freud apeló a la dialéctica para inferir que, mientras la agencia inconsciente clama por la satisfacción de las demandas somáticas, el Yo reprime tales impulsos en una suerte de “masoquismo primario” que toca incesantemente la misma puerta cerrada. En sentido análogo, se entiende el planteamiento original de que toda fuerza motriz o impulso activo que tiene a disminuir la tensión psíquica es tributario de placer y, por el contrario, la acumulación o incremento de tensión emocional va asociada al sufrimiento. En la medida en que la pulsión de muerte se sostiene por la repetición, y bajo la misma óptica mecanicista, sirve para acumular tensión en la esfera psíquica. Pese a la tendencia a asimilar conceptos tales como autofagia, apoptosis o necrosis para darle coherencia biológica al proceso, la repetición no necesariamente implica regresión.

La experiencia traumática consiste en la acumulación de energía que satura e inunda la capacidad de contención de los procesos de pensamiento. En ese tenor, el trauma es una forma de descompensación que deja cabos sueltos en el inconsciente, mismos que buscan – en la iteración – la forma de ser sellados o representados.

Concebido de manera psicofisiológica, el Yo es una red de conexiones ligadas por energía: mucho más virtual que lo que proponen las neurociencias, porque el correlato anatómico siempre será insuficiente para explicar la versatilidad de los fenómenos mentales. La pulsión de muerte designa el modo en que la organización dinámica del Yo se ve impelida por la presión de las fuerzas instintivas (impulsos inconscientes) que se manifiestan como energía libre, irrepresentable.

En la clínica, lo observamos en esa tendencia a la inmovilidad terapéutica, a diferir toda intervención con objeto de mejorar, a recusar las indicaciones, o simplemente, al desdén por la salud. El médico vacila, con frecuencia se siente traicionado, y arrebatado por su narcisismo y aquello que hemos denominado identificación proyectiva, recurre al sadismo o al rechazo. No es inusual encontrar que los pacientes hospitalizados que resisten las tentativas del equipo terapéutico, sean heridos emocionalmente o sufran vejaciones, tanto como manipulaciones en exceso como represalia del personal sanitario. No se trata de actos deliberados, que en tal caso constituirían crueldad y una flagrante transgresión a la ética, sino de actuaciones desvinculadas de razón, sinsentidos, omisiones, etc.; como toda energía libre arrebatada por la pulsión de destrucción.

Pero también es plausible atestiguarlo en los padecimientos psicosomáticos donde ocurre una desorganización progresiva de la estructura corporal y el cuerpo imaginario (que es territorio de las manifestaciones conversivas) se ve desbordado por lo irrepresentable de la carne: con toda su morbosidad y su desinvestidura, al grado de difuminarse todo orden, toda coherencia anatómica. La piel entonces es un recubrimiento de la fragilidad, sujeta al embate de la agresividad o la culpa. Los órganos de defensa, integrados laxamente en el sistema inmune y sus representantes tisulares, convocan la dispersión de la integridad, la disolución del Yo; y desde esa concepción metafórica, es permisible entender que el dolor y la inflamación, tanto como la transgresión celular y la ruptura de membranas, sean los prototipos de los trastornos autoinmunes.

He visto durante años cómo la artritis personifica en diversos gradientes la impotencia y la melancolía, en esa ecuación donde la pérdida del objeto se traduce en una sombra que aniquila, que anquilosa, que ejerce su venganza en el cuerpo, a falta de representación ligada al afecto. De la misma manera que la esclerosis múltiple, el vitíligo o las colitis ulcerativas arrancan fragmentos del sujeto, donde están vertidas la estructura sensorial, el calor corporal o la integración de lo que se incorpora o se excreta, respectivamente.

Sin afán reduccionista, esta expresión de lo mortífero se ve reflejada en incontables conductas sociales que procuran el daño individual o colectivo y que se resisten al cambio. Podemos afirmar que lo innato al ser humano, más que el ejercicio de la vitalidad y su esfuerzo creativo, es esa intensa carga por demoler lo más preciado, por anular lo más noble de su naturaleza y hacerlo añicos. A menos que otra voz, oportuna y ocasional, una instancia que sepa contener y espaciar, señale apenas entre líneas que Thánatos no tiene porqué cobrarse una víctima más.

Soylent green

Soylent green

La escena distópica muestra a miles de parias tratando de alcanzar una barra de alimento sintético (la famosa soya verde); unos sobre otros, bestias movidas por la violencia y la inanición. Es una imagen que podríamos calificar de delirante, si no fuera porque anticipa la realidad del siglo XXI.

Exiliados, hambrientos y arrojados al infierno, se vaticina que durante  este 2017 veinte millones de personas (sí, seres humanos como usted y yo, que quieren lo mejor para sus hijos) están en peligro de morir de hambre y abandono. Las escenas de aquella película de 1973 se van a replicar en Somalia, Siria, Sudán, Yemen, Nigeria y los centros de refugiados de Macedonia y Jordania en cuanto azote el verano. Dejará de fluir el agua, la provisión de alimentos será rotundamente insuficiente y el hacinamiento bajo el sol inclemente cobrará vida tras vida entre moscas, ratas y polvo, tierra yerma sin fin. Con menor dramatismo, pero de manera análoga, caerán fulminados numerosos compatriotas en el desierto de Arizona o las llanuras de Texas. Desposeídos corriendo en pos de una ansiada libertad, sueño que termina como esclavitud en los campos de trabajo, si sobreviven.

En materia de salud, el gobierno autócrata de Trump ha implementado la medida más drástica para revertir el flujo migratorio. Al rechazar el programa denominado Obamacare (Affordable Care Act) ha dejado fuera a los pobres y a quienes subsisten en la ilegalidad, ofertándose entre las sombras. Lo revoca una cobertura limitada que les ahorrará millones de dólares a los ricos y que obligará a los que menos tienen a elegir “entre su iPhone o pagar sus consultas médicas” – como dijo con descaro el diputado republicano Chaffetz, cuando lo anunció por televisión nacional.

Es decir, que el futuro de los indigentes en el país más poderoso será un ejemplo de abandono y desinterés para el resto del mundo. Los pobres pueden ser desechados como objetos de segunda mano, y la forma de lograrlo – nada sutil – es hacer cada vez menos accesibles los servicios básicos. ¡Y nos quejamos de los dictadores de otras épocas!

No es infrecuente que algunos médicos que trabajamos en hospitales de alta especialidad en Latinoamérica recibamos pacientes que viven, laboran y pagan impuestos en Estados Unidos, pero que al carecer de cobertura médica, aprovechan sus vacaciones de verano o invierno para visitar al doctor o programar una cirugía electiva. No se trata del idioma o la cultura solamente; el costo de una consulta de especialidad o la adquisición de medicamentos para ellos suele ser inalcanzable. El sistema los acoge, pero los coloca en una categoría más baja, desdeñable.

Aunque nos cueste reconocerlo, la gran mayoría de los exiliados del subdesarrollo que habitan en países del llamado Primer Mundo, se asimilan poco, crean comunidades advenedizas y son vistos siempre como invasores; parásitos a los que hay que tolerar en aras de la “diversidad” o sencillamente porque son una fuerza de trabajo necesaria y barata.

Esas oleadas migratorias han existido desde tiempo inmemorial, y son el resultado (digamos, la tercera ley de Newton) de las colonizaciones que toda fuerza imperial ejerce sobre sus dominios conquistados. Si lo meditan, no son tan diferentes los siervos del Medioevo de los esclavos de las plantaciones de Georgia y Mississippi, como no lo son los campesinos hispanohablantes en California o los meseros de Berlín. Pero nada justifica que una mujer enferma tenga que vender su alma para ser atendida durante el embarazo o si sufre una enfermedad crónica. Ningún niño, en donde quiera que nazca, tiene porqué mendigar su leche o su educación, dejar de recibir inmunizaciones que eviten su muerte prematura o tener que trabajar en la penumbra para subsidiar a su familia.

Hace unos días, un director de escuela nos conminaba a leer el best-seller “Abundance. The future is better than you think” donde los autores (norteamericanos ilustrados, por supuesto) sugieren que pese a los problemas que la revolución tecnológica ha generado (escasez de recursos, calentamiento global, una explosión demográfica que amenaza la producción agrícola y el abastecimiento de fármacos), no debemos ser pesimistas. El mundo está al borde de una explosión científica que resolverá muchos problemas, brindando abundancia a la puerta de los hogares (sic). Los autores definen tal opulencia como “un mundo donde nueve mil millones de personas tendrán acceso a comida nutritiva, agua limpia, vivienda asequible, atención médica de excelencia y energía ubicua no contaminante, así como libertad para alcanzar sus metas sin represión política”.

A partir del libro, publicado en Febrero de 2012, se ha acuñado el término “tecno-optimismo” que seguramente corre como viento fresco en Silicon Valley, Cambridge o Seattle. Se habla de nanotecnología, inteligencia artificial, laptops en cada pupitre y comunicación instantánea, sin cortapisas. Robótica, ahorro de tiempo, energía sustentable, medicina al alcance de todos.

Han pasado cinco años y, de espaldas a tales quimeras, auguramos más carencia, más decesos crueles y encarecimiento de todos los recursos por debajo del Río Bravo y la costa sur del Mediterráneo. Vender optimismo en la actualidad – técnico o metafórico – es prometer un paraíso que está muy lejos de cumplirse. En los arrabales de la Peste Bubónica (siglo XIV) se le llamaba fe y se incitaba a los moribundos o a sus familias aterrorizadas para que se adhirieran a las plegarias y así alejar el cataclismo; mientras los señores feudales se ocultaban en sus castillos rodeados de doncellas vírgenes y viandas recién hervidas para evitar el contagio.

La humanidad ha progresado, cierto, pero con un trazo desigual. En los cinturones de miseria de las grandes urbes, se muere de tuberculosis, SIDA o bronconeumonía. Se vive con obesidad, alcoholismo, diabetes o carcinomas prevenibles. La educación no alcanza, el agua escasea y el transporte es deficiente y atiborrado. No hay forma de comprar una computadora o procurarse una biblioteca mínima, pero el teléfono móvil – en efecto, accesible – es una fuente de adicción y fuga. Entre los jóvenes se roba, se fuma, se padecen infecciones urogenitales y se pierden oportunidades de empleo, en tanto que la diversión recurrente es embriagarse o sumergirse en el aullido deportivo, sin practicarlo. Las áreas verdes son exiguas y rebosan de basura, no hay espacios de ocio seguros y se asesina o se persigue por insignificancias. Se cobra diezmo para “proteger a los negocios del narco” y se distribuyen drogas entre los adolescentes. La miseria entra cada mañana a las vecindades y sale a pulular por la noche entre proxenetas y maleantes.

En estos barrios es insultante preconizar la abundancia. Primero habría que entubar las excretas, garantizar la afluencia de luz y agua potable, pavimentar las calles, regularizar la propiedad y construir centros comunitarios para dirimir los problemas y sanear la criminalidad. El deterioro social es milenario y se multiplica. En todo caso el acopio será una vez más para los acaudalados y de su magnanimidad dependerá que llegue a cuentagotas al resto de los humanos, que sostienen con su ahínco el edificio económico.

Por lo pronto, no se prevé que recurramos al canibalismo (la soya verde era una palanqueta de cadáveres triturados), pero tampoco veremos ese horizonte luminoso que se avizora en MIT o Harvard. La inmensa mayoría de la humanidad subsiste a fuerza de empujones y dentelladas secas, no sentada frente a un pavo relleno que puede compartir.

 

Lugares comunes

Lugares comunes

Este último fin de semana, como tantos otros, leí la nota editorial de Vargas Llosa en El País. Ilustrada con un escorpión a punto de ser aplastado – dudosa expectativa – versaba acerca del populismo creciente en el mundo actual.

Al margen de nuestras diferencias ideológicas (él, Premio Nobel; yo, un indigno mortal) coincido en que los tiranos no son pocos y constituyen una amenaza para todas las sociedades contemporáneas, más aún para los países débiles o aquellos que dependen económicamente de algún imperio.

Donde no concuerdo es en esa pretendida suposición de que el encumbramiento de los dictadorzuelos es un fenómeno contradictorio, como una maldición, algo ajeno a los anhelos democráticos de la mayoría. Me parece en cambio que la tiranía y el populismo son resultado natural del descontento popular, del hartazgo social ante la clase dominante (que se vanagloria en el Olimpo), oportunamente amalgamado por un líder carismático; the right one at the right time. Baste recordar a Elías Canetti con aquella brillante caracterización psicosocial publicada en 1960, “Masse und Macht”.

El ejemplo obvio es el ascenso de Trump, cuyo apellido significa indistintamente triunfo o pedo. Un billonario estridente, fanfarrón y misógino que se jacta de no respetar a ninguna autoridad más que a sí mismo. Que escoge mujeres como si fuesen objetos de cambio, a quienes denigra o desecha. Que produce su propio show de televisión, cínico y reaccionario; y que se aloja en su torre de marfil en la capital del Imperio moderno, Midtown Manhattan.

Durante su campaña dedica todos sus recursos y energía a descalificar a sus contrincantes; por ineficientes, por inocuos, acusándolos de lacayos del sistema o de pusilánimes ante las amenazas – en su mayoría ficticias y exageradas – que se yerguen contra su país. El Estado Islámico tanto como los inmigrantes que roban y asesinan, la usurpación de puestos de trabajo tanto como la avaricia de la industria china, los tratados económicos a la par con el terrorismo internacional.

Poco a poco, su discurso aglutina la inconformidad con la paranoia, y la percepción de que un santuario a prueba de toda inestabilidad no sólo es deseable, sino que es genuinamente posible. En pocas palabras, el ideal se transforma en cumplimiento de deseo. Lo único que se antepone es refrendarlo, votar por él, elegirlo no obstante sus diatribas y disparates. El mesías económico, el que devolverá a sus paisanos la titularidad y el respeto que merecen.

Hemos escuchado repetidamente que Trump no ganó el voto popular, que fue el sistema anómalo de votos electorales lo que le permitió hacerse con la presidencia. Por el contario, ganó con toda la fuerza y el estrépito que le proveyeron la prensa y la televisión, con el refrendo de sus compromisarios que lo alababan en letreros, símbolos, gorras y camisetas. Make America great again no fue sólo un eslogan, fue la causa y el motivo, la voz que se gritaba y se susurraba, la que se temía pero a la vez se deseaba sin objeciones.

Me parece además que es una trampa necia querer asimilar a este déspota con Hitler, Stalin o Nerón, para fines prácticos. Lo único que tienen en común es la autocracia, pero se entronizaron en circunstancias sociales y épocas muy distintas. Los dos primeros aupados por sus partidos para erigirse en salvadores – del sometimiento o la confusión política -, pero ante todo pertrechados por guardias pretorianas que garantizaron su ascenso. Parecido a Tiberio Claudio Nerón quizá, salvo por las manos sucias de Agripina y la conflagración de Gaio Ofonio Tigellino.

Es verdad que hay lugares comunes, pero lo más constante es la necesidad de las masas por verse legitimadas y arrastradas en un clamor unísono. Los convoco a pensar en los rallies republicanos tanto como en las arengas de Nuremberg o las adoraciones públicas de los líderes religiosos. Dentro de la masa, parafraseando a Canetti, las personas no son adversarios o entes distintos, que privatizan su espacio en relación al otro. Se constituyen inconscientemente en aliados – motivados por la música, el color y los símbolos de pertenencia – cuyas emociones se dirigen y descargan contra un enemigo común. Como omnívoros, carnívoros deseantes, los seres humanos queremos devorar, destrozar, comernos al que se nos opone, insiste Canetti. Los dientes son un arquetipo de poder y sus atributos – la mordida, la gesticulación y la mandíbula apretada – son la metáfora actuante del orden y el dominio.

Más que un antídoto para combatir nuestros temores y aislamiento, la masa es una poderosa fuerza ecualizadora y reivindicativa.

El insigne autor alemán, también Premio Nobel, formula cuatro atributos propios de las masas. A saber:

  • 1. La masa necesita crecer. Carece de límites naturales y propugna por su expansión y proselitismo.
  • 2. Dentro de la masa hay igualdad. Las diferencias individuales se diluyen. De hecho todas las teorías democráticas y de justicia, a que tanto apelamos, derivan de la experiencia masiva y su legitimación.
  • 3. La masa venera la densidad. Nunca es suficiente, nada la divide, mientras más espesa se percibe más vigorosa y opulenta.
  • 4. La multitud necesita una directriz. Está en movimiento y requiere descargar su potencial en alguna dirección. Si tal vector se dirige en contra de un enemigo virtual o construido, la masa responde como un todo, sin chistar, sin recular.

Podemos suponer que los líderes no necesariamente conocen estas variantes psicodinámicas, pero sus ideólogos las ven, las intuyen y las instrumentan. Piensen en Joseph Goebbels, Georgy Aleksandrov o, para aterrizar en nuestro tiempo, en Steve Bannon, el más cercano asesor de Trump.

El temor que ha despertado en los cinco continentes este inicuo hombre de negocios armado con misiles nucleares; este repulsivo gobernante que despierta atravesado por delirios paranoicos, ratifica la poca fe que nos tenemos como individuos pensantes.

Es difícil postular en este momento que personajes como Marine Le Pen, Geert Wilders, Norbert Hofer o el mismo Trump se perderán en las aguas revueltas de su propia demencia racista. Me temo que vendrán otros – siempre – que sepan apelar a la rabia inconsciente que yace en todo sujeto cuando no está satisfecho.

Un fantasma recorre el mundo: la ignorancia…y cabalga sobre el corcel de la manipulación mediática. Contrario a lo que dicta nuestra ingenuidad, el populismo no será derrotado por los hechos o el retorno triunfante de la democracia. En cada hombre y mujer está el sueño, el ideal de verse perennemente ahíto. ¿Porqué habríamos de rechazar las gratificaciones y las promesas, cuando nos devuelven a ese estado de goce donde todo nos ha sido dado?

Amor bajo fuego

Amor bajo fuego

When you’re lovers in a dangerous time
Sometimes you’re made to feel as if your love’s a crime
Nothing worth having comes without some kind of fight
Got to kick at the darkness ’til it bleeds daylight

Bruce Cockburn  (1984)

Sentados en un café observan como discurren las elecciones de ese otro país, cuyos votos se suman con alevosía. Las miradas convergen en el televisor ladeado en lo alto. Ella bebe despacio y busca su complicidad. Él se ve intranquilo, el mundo dejará de ser lo que conocen. Están celebrando, pero sus rostros no lo reflejan. Hay pesadumbre en su entorno, que se contagia.

Los minutos pasan y todo indica que la candidata más liberal, que si bien por su frialdad y petulancia está lejos de ser una elección deseable, perderá por un margen errático pero suficiente para desequilibrar la balanza. Es obvio que tras su derrota, se ocultará de las cámaras, se justificará en su encierro de buenas intenciones y aprenderá a sonreír, quizá no con humildad, pero sí con recato.

Su autosuficiencia ayudó en cierto modo a elegir al autócrata. La voz que todos temíamos, arrogante e impulsiva, estará pronto en todas las pantallas y la prensa, hasta el hartazgo.

Por su parte, el espontáneo que derogó las encuestas e insultó a su paso a todos sus oponentes, amalgamando la rabia y la frustración de sus conciudadanos, retoza ahora en el elíxir del narcisismo con aire triunfal. Denigró a las mujeres, a sus vecinos, a los que comercian y compran sus productos, a quienes piensan diferente o quieren la paz antes que la imposición y la codicia.

Alarmó a propios y extraños con sus arengas, pero acaudaló una base de fanáticos que creen que el poder salvaje, la ley del más bruto, debe prevalecer a cualquier costo. Ataviado con sus corbatas lisas y flagrantes, sus trajes oscuros, a la manera de quien no quiere mostrar su verdadera esencia, preconiza la riqueza por encima de cualquier axiología y alaba la tortura para alcanzar sus propósitos. Si es preciso – y lo será bajo su mandato – habrá que sojuzgar a los débiles y sobajar a los fuertes que se le opongan; para tal fin está reuniendo adeptos y armamentos.

En cualquier frente es excesivo, alardea, grita e insulta entre dientes. Lo peligroso es que antepone sus intereses (o los que cree que merecen sus electores) por encima de todos y todo lo demás. Y usará cualquier recurso bélico o autoritario para hacer valer su opinión, sin reparo o mediación alguna.

Uno lo puede imaginar de noche, cuando el silencio envuelve sus fastuosos aposentos, lucubrando en torno a sus crecientes enemigos y rivales. Los que se niegan a seguir sus órdenes: ¡Despedido! Los que cuestionan su carácter: Silencio despótico. Los que se arredran: Silencio engreído. Los que protestan: Exabruptos en redes sociales cargados de encono. Y así seguirá con la marcha de los días.

  • No nos quepa duda – le dice ella, endulzando la voz y sin dejar de observarlo.

Él prefiere besarla en silencio, lo que la toma por sorpresa pero se deja llevar con el envite. La luz tenue del recinto los envuelve y piden otra copa, para evadirse o alargar la velada, nada mejor para esquivar el fardo de aquella decisión que anuncia vasallajes y atropellos.

A lo lejos, el tirano debe robar el sueño. Estar en todos lados y en ninguno, variar sus rutinas, evitar los lugares donde será necesariamente abucheado. Las conflagraciones en su contra reptan entre sombras, porque a esas horas nocturnas debe confiar en alguien (¿sus guardaespaldas, a quienes apenas conoce? ¿su familia cargada de avaricia?) y nada es más arriesgado que la confianza.

Sus propiedades son un símbolo de poder en la tierra de los millonarios y su porte refleja esa soberbia doquiera aparece. No se permitirá los desvaríos de sus antecesores, en programas simplones, en bufonadas o encuentros deportivos. Es un septuagenario, debatiéndose entre las canas – que tiñe – y las arrugas – que disimula el botox –, pero dado que su potestad está basada en el miedo, y no en el afecto, no puede reflejar su verdadera edad. La debilidad invita al desafío, y con ello, a la impugnación, de la que se burla en público pero sabe que pende de su destino como la espada de Damocles.

Entretanto, se erige supremo sobre sus dependientes y rivales. El poder legislativo le parece repulsivo, desde luego y desde siempre, pero es algo que – en aras de encumbrar su proyecto, su proyecto único e irrenunciable – necesita tolerar. Es todo lo políticamente correcto que está dispuesto a conceder. Lo demás, llámese comunidad LBGTQ, “vidas que importan”, la prudencia policiaca o el discurso ecologista, caerá por su propio peso o se desvanecerá a fuerza de denostarlo.

El tirano pasa largas horas en su oficina. Hace llamadas, recibe a sus ministros y subalternos, solicita sus opiniones pero mantiene su propio criterio. Podría distraerse, cambiar de opinión, pero ellos jamás.

Su escritorio está inmaculado; los reportes de sus jefes de departamento, secretarios o asesores son apilados con prontitud y precisión, cada uno en orden de relevancia y con su respectiva sinopsis. Nadie sabe de antemano cual aprobará o rechazará, ni el orden con que los revisa. Pero si algo no queda suficientemente claro por su escasa experiencia como estadista, el responsable lo sabrá enseguida y sentirá todo el rigor de su desprecio. Desde su incesante autocracia, sabe lo necesario, conoce de cualquier tema a priori y es capaz de reprobar a cualquier experto con un golpe de puño o una mirada certera.

Circulan historias acerca de su avidez por las mujeres jóvenes, en un tiempo cercanas dado que promovía certámenes de belleza. Incluso se ha dicho que abusaba de ellas o las trataba como objetos de uso personal. Pero su séquito ha sido eficiente en acallar tales rumores, minimizando la personalidad de quienes los han propagado o comprando a los medios que difunden tales vituperios. El tirano no puede permitirse distracciones frívolas.

Se considera generoso cuando se ofrece para dar conferencias de prensa. Le disgusta, porque los reporteros suelen ser impertinentes y reiterativos, pero sabe que está al frente y callará a quien lo ofenda; para él son balas de salva, monigotes de bisutería que sus detractores contratan para difamarlo. Pero no lo lograrán, se repite al salir de tales apariciones públicas, los códigos nucleares están bajo su mando.

Ella retira la mano para encender un cigarrillo, pero él la detiene con delicadeza.

  • Espera – le dice seductor, repitiendo la caricia a lo largo de su antebrazo desnudo.
  • Me vulneras con tus besos – insiste ella, sobrecogida con su propia elección de palabras.

Sin decirlo, ambos saben que la noche los aguarda, mientras un sudor fino recorre su vientre y son ternura que mansamente se incorpora.

En otro balcón, al amago de sus críticos, de espaldas al mármol blanco que engalana su baluarte, el dictador aspira el aire frío de la noche y medita. Se advierte cansado y satisfecho; observa el parpadeo de las luces distantes y se sabe dueño absoluto, el elegido, el patricio inobjetable. No podrá descansar del todo, por supuesto, pero habrá que reunir fuerzas para aplastar a los que siguen.

Un año más

Un año más

Quisiera empezar este 2017 con renovado optimismo. A la luz del ascenso del populismo, de la vulnerabilidad de los espacios de recreación (Bataclán en París, el mercado de Berlín, la discoteca Reina en Estambul y tantos otros) y de los lastres económicos en Latinoamérica, no es empresa fácil.

Como científico, reniego con escepticismo de los propósitos de Año Nuevo. Dejar de fumar, ejercitarse disciplinadamente o enderezar la dieta requiere más que una resolución adventicia. Prefiero pensar que la continuidad (acaso interrumpida por vacaciones o festejos) es más concordante con la realidad – interna y externa – que con los calendarios, fruto del arbitrio histórico y la mercadotecnia contemporánea.

Hagamos primero un recuento. Dos mil dieciséis será recordado en buena medida por la desesperanza. Repuntaron los asesinatos vindicativos en Oriente próximo y se trasladaron a las capitales, los bares y las calles de Europa sendos ataques contra población civil perpetrados por jihadistas, que legitiman su “Guerra Santa” desde el anacronismo y el delirio. Lo inquietante es que, debajo de las piedras de la opresión israelita y la autocracia de regímenes con el de Siria, brotan el desencanto y la justificación para inmolarse en nombre de la liberación religiosa o patriótica. El oprobio genera retaliación. En ese marco de aconteceres y odios milenarios, todo intento de conciliación se antoja hueco y estéril. Para los ocupantes judíos, su derecho a expandirse topa necesariamente con la reivindicación de un territorio propio para los palestinos, que desde 1947 (herencia podrida del Imperio Británico) está siendo zanjado día tras día por muros y metralla.

Cerca de ahí, en la devastada Siria, el llamado “ejército islámico” (ISIS por sus siglas en inglés) sigue reclutando adeptos a fuerza de alimentar el resentimiento contra toda inercia modernizadora – tal como lo hicieran los talibanes – en nombre de un dios intolerante y vengativo. Cada vez que un drone bombardea sus reductos o una fuerza de dominación (alianzas oportunistas entre rusos, turcos y sirios) los avasalla, surgen nuevos guerreros entre los jóvenes desclasados de Europa u Oriente medio, como hiedras en el desierto, semillas del rencor y el fanatismo.

Podemos augurar que en tal terrible escenario se sume el belicismo vociferante de Trump, que encuentra en su presunta amistad con Putin la mejor justificación para hacerse del poder vulgar que los “halcones” del gobierno estadounidense sentían mermado. Guerras económicas tanto como escaladas militares, que a su vez engendrarán más terrorismo, pérdida de libertades y oleajes de precios de petróleo, armamentos y productos básicos.

En América Latina, al menos dos gobernantes, quienes fueron elegidas por su género y su adherencia a los valores liberales, demostraron una vez más que el poder corrompe a todos y a todas. La primera, Dilma Rousseff, destituida por un fraude que solapó desde su mentor, y que deja muy endeble la legitimidad de un partido que alguna vez defendió a los pobres. La segunda, Cristina Fernández de Kirchner, a quien creíamos distanciada del populismo de Eva o Isabelita, parece que encubrió la investigación de un ataque racista en ese país que hace medio siglo albergó por igual a judíos perseguidos y a nazis encubiertos.

Por si fuera poco, cruzando el Atlántico, la oleada de migrantes que procede de los pueblos arrasados por guerras fratricidas, está esperando refugio en las costas del Mediterráneo, en las fronteras de púas, en los centros de acogida frente a la xenofobia y el desprecio racial de muchos europeos, que los ven como invasores y no como herederos de un pasado expansionista que les impuso la pobreza o el destierro. Eso y no la profusión de redes, móviles o marcas deportivas es la verdadera globalización.

En efecto, el panorama palidece con desesperanza.

Nos espera una época compleja, que exigirá de toda nuestra capacidad y denuedo para reivindicar los valores más elementales del espíritu humano: clamar por la paz, sostener la democracia, proteger a los que menos tienen, apuntalar el sentido de comunidad, defender la libertad…de expresión, de culto, de prensa, de ingenuidad y de sueños.

Es obvio que no hay mucho lugar para el optimismo. Pero también es verdad que los seres humanos podemos enfrentar el futuro con miedo o bien, acometer el provenir con ilusión y confianza. Son dos perspectivas opuestas, por cierto; que suponen una actitud diametralmente diferente ante lo que nos depara el presente.

Desde mi entrañable rincón, donde recibo el dolor y el calor humanos en proporciones semejantes; donde estoy obligado – por ética y por convicción – a ofrecer alternativas contra la miseria y el sufrimiento, recomiendo la segunda óptica.

Salgamos de nuestros espacios sombreados, tomemos la palabra y también las calles cuando sea necesario, alentemos a nuestros hijos a protestar, a pedir cuentas, a no someterse ni rendirse.

Es apenas el primer día de un año (arbitrario o consensado) que nos convida a ser más directos, a escondernos menos, a decirle por fin y por último a nuestros gobernantes que lo son únicamente porque nosotros los elegimos.

Aquí no hay unciones divinas, aquí no hay herederos al trono, aquí manda la voz de los ciudadanos: el que repara neumáticos o tuberías, el que retoca los jardines y habla con las flores, el que pinta muros y el que los graffitea, la que cura con sus manos o con sus palabras, la que vende fruta o la recoge, el que asfalta y la que abre surcos…

Todos estamos en esto y más vale que nos escuchen, porque estamos hartos de vetarlos en silencio.