Un hombre es un dios en ruinas

Un hombre es un dios en ruinas

La frase que tomo por título se debe a Ralph Waldo Emerson, emitida para invocar la fragilidad del ser humano. A su vez, la tradición hindú cita al odio y al deseo como las dos condiciones que caracterizan la ruindad de nuestra especie. De modo que recurro aquí a un relato ejemplar para disentir.

Elsa, madre divorciada, decoradora de interiores, se levanta con la noticia de que unos padres en California torturaban con inmersiones de agua fría a sus hijos, en un perverso ejercicio para someterlos  y disciplinarlos. La policía local está atónita con esta trama criminal sin precedentes. Le viene a la mente la tragedia de Eurípides – ficción o mito – donde Medea desata sus celos y su abandono contra dos de sus hijos.

Cuando baja a tientas, la cocina está en penumbra y abre el refrigerador casi por instinto. Piensa por un momento en la rutina del desayuno, sus hijos atenazados de rebeldía y las eternas dificultades económicas. Puede percibir de nuevo esa soledad que entra como un ventarrón cada mañana y hace más pertinaz la ausencia de un compañero. Pone tres platos sobre la mesa, muele los granos de café y siente con encono ese desamparo, la falta de cobijo y reciprocidad.

A veces desearía volver al pasado, pese a las diferencias y la infidelidad de Mario, con tal de inclinar la balanza con más equidad. A veces…

Claudia y Héctor entran de prisa, a empellones y jalones, una escena repetida hasta el cansancio. Los mira con abulia; a la sazón dos chicos resentidos que habitan un hogar roto, que se tienen el uno al otro para descargar su ira.

  • Tanto esfuerzo por educarlos de manera civilizada – piensa, y se limita a freír los huevos, pedirles que sirvan el jugo y se peinen.

Ante sus protestas, hay algo de hartazgo que la obliga a observarlos con rencor; su ingratitud es desconcertante, por mucho que entienda su impulsividad de adolescentes. Siente una lenta lágrima correr por sus mejillas y sorbe el enojo para no actuarlo otra vez, para no dejarse arrastrar por la impaciencia.

Al verla compungida, los hijos se detienen y callan por unos minutos. Se respira un aire triste, que todos comparten en silencio. Frente a sus bocados frugales, comen con cierta inapetencia. Se miran sin atinar a quién depositar responsabilidades por esa atmósfera incómoda que anticipa más dolor, ése que no se repara nunca del todo. Atenta a sus afectos, Elsa se recompone. Los despide con cariño y les ruega – una vez más – que no peleen, que sean más solidarios entre sí.

Recoge como puede la cocina y sube a su recámara, planeando el día. Se arregla con esmero: delineador, cabello suelto para ocultar las canas, labial discreto y un traje sastre que la hace verse profesional y entera. Hace calor, pero prefiere usar medias para disimular los repuntes de vello que no ha podido depilarse. La oferta de trabajo es tentadora pero tendrá que competir con mujeres más jóvenes, quizá con más presencia para suplir su inexperiencia. Está bien recomendada, pero el mundo es injusto para quien ha visto pasar el oleaje de sus mejores años.

La oficina de reclutamiento está plagada de mujeres ataviadas en sus mejores atuendos. Las hay muy jóvenes, casi niñas, sumidas en sus iPad mientras esperan la entrevista. La mayoría tienen aspecto de burócratas o empresarias; difícil distinguirlas en este contexto. Sin duda, Elsa es la mayor y no hay forma de obviarlo.

Se sienta al lado de una señorita que revisa su teléfono móvil con ansiedad, oteando al reloj de pared de tanto en cuanto. Tal vez programó más de una entrevista y no anticipó la cantidad de solicitantes que encontraría a su paso. Elsa toma distraídamente una revista de la mesa contigua y la hojea analizando a sus contrincantes por encima de las letras.

Exactamente a las nueve treinta, emerge una secretaria de la puerta central y pronuncia cuatro nombres del primer grupo. Las señaladas se incorporan al unísono, se arreglan la falda o la chaqueta, y se dan un retoque al cabello. Como si fuese una señal de rivalidades, las demás sacan sus espejos, lápices labiales o cepillos para darse una “manita de gato” antes de ser requeridas.

Quienes la preceden salen cabizbajas, frunciendo el ceño o con una tímida sonrisa. Algunas llevan entre manos un sobre que podría contener su currículum y su solicitud rechazada. El ambiente se espesa; pese a que todo anticipa una sensación ineludible de fracaso, Elsa se tranquiliza: nada tiene que perder.

Los minutos se hacen eternos. Por fin, con el cuarto grupo de candidatas, pasa ella. Por sus antecedentes y su edad, adivina a donde se dirige. La destinan a un cubículo al fondo de un pasillo donde la espera un individuo malencarado, que asoma detrás de una pantalla de computadora, con la corbata a medio hacer y con una persiana sucia a sus espaldas. Su actitud es despreciable, escudriña a Elsa con lascivia y la invita a sentarse con un gruñido. De golpe, se advierte sujeta a un interrogatorio en tono policiaco.

  • Y usted, ¿qué nos ofrece? – le dice, casi increpándola.

Ella se endereza en su lugar, alcanza la bolsa que ha dejado a su lado, extrae el revólver y lo engatilla, apuntándole directamente al pecho. Visiblemente enfurecida, le pregunta:

  • ¿Ya no te acuerdas de mí, marrano?

El hombre se ha puesto pálido, con ojos como platos y una expresión de muerte inminente. Se empuja hacia atrás en su silla giratoria y da un tumbo contra la persiana, que se agita con el peso de su cuerpo, ansioso por huir, por saltar hacia el vacío.

  • ¡Quédate quieto! – le grita Elsa, roja de rabia. El hombre acata, perlado de sudor.
  • Te voy a refrescar la memoria, animal. Hace tres años, en el bar Rinaldi, tú y dos de tus gorilas me atacaron afuera del baño de mujeres. Tardé meses en recuperarme de aquel ultraje y esa vergüenza sexual, esta abominación me ha costado también mi matrimonio. He pasado por varias psicoterapias con muy poco éxito; pero hace varias semanas me decidí. Mis agresores pagarían por el daño que me ocasionaron. Para tu desdicha, sólo he podido localizar a dos de ustedes. El primero, Rogelio, ¿lo recuerdas? (El hombre asiente, tembloroso). Bueno, debo decirte que descansa sin mucha paz, porque tuve tiempo de torturarlo hasta que confesó y rogó de arrepentimiento.
  • Pe..pero, yo no soy ése. Ni siquiera conozco el bar que dices.
  • Ahora sí, rata. El miedo te hace mentir. Pero en aquel momento te reías a carcajadas mientras tus secuaces me violaban. Nunca olvidaré tu cara, Mateo Palmieri, ¡Nunca!

Al decir esto, Elsa saca un cojín de costura de su bolso y a través de él, dispara dos veces a corta distancia justo al pecho del hombre, que cae desplomado hacia su lado izquierdo. Antes de que puedan reaccionar en las oficinas contiguas, guarda la pistola y sale de prisa hacia el vestíbulo, donde espera el último grupo de solicitantes. A sus espaldas se escuchan gritos de horror y alguien que conmina a los demás para llamar a la policía.

Frente al edificio, Elsa retoma su paso con calma. Se confunde entre los peatones y, tan pronto puede, arroja el arma homicida en un basurero al borde de la avenida. Se asegura de que nadie la sigue y toma un taxi en dirección hacia la escuela de sus hijos. El tráfico discurre con fluidez y ella enciende su teléfono para avisar que se trata de una emergencia familiar, que los chicos deben salir antes de su horario habitual. La secretaria está por preguntar de qué se trata, pero se contiene. El tono de voz de Elsa es parco y rebosa templanza. Cuelga sin más. Enseguida, cambia de celular y marca con toda calma el número de Carlota, su amiga más cercana.

  • Aló, ¿eres tú, Elsa?
  • Sí, te aviso que nos vamos de viaje con los chicos, amiga. Está hecho. Como acordamos, tú no sabes nada. Me habías notado distante y contrariada, pero suponías que eran mis problemas económicos. Jamás imaginaste que fuese capaz de lastimar a nadie.
  • Lo sé, amiga. No te preocupes, esta tarde saco los valores de tu casa y estaré pendiente de tus noticias.
  • Te aviso en cuanto estemos instalados, Carlota. Gracias por todo.

El taxista parece distraído y como habló con su interlocutora en italiano, Elsa confía en que el hombre habrá perdido el hilo de la conversación. No obstante, entabla una charla ligera con él para cerciorarse de que no sospecha nada. Está dispuesta a borrar cualquier rastro. Ahora nada puede detenerla.

Se apea del vehículo tras dejar una buena propina y confirma con alegría que sus hijos la esperan en la entrada del colegio.

  • ¿Qué pasa, mamá? ¿A dónde vamos? – pregunta Claudia, con preocupación.
  • Les tengo una sorpresa, hijos – dice, con una sonrisa amplia para sosegarlos. – He planeado un lindo viaje durante meses. Vendí algunas cosas que no necesitábamos y alquilé un chalet en el Caribe. No pregunten más, queridos. Vamos a ser muy felices.

Bajo las sombras de las jacarandás, Elsa abraza a los muchachos, que se dejan sumergir en su ternura, un tanto sorprendidos de esta nueva actitud de su madre, optimista y asertiva, a quien habían perdido en el ahogo de su melancolía.

Por estos canales aún corre la sangre

Por estos canales aún corre la sangre

Trenzados de los brazos, Thijs y su amiga caminan por la plaza del mercado, bajo un sol opacado por la cúpula de nubes perennes que acarrea la tramontana. Ambos simulan contarse chistes y ríen aparentemente distraídos, ante las miradas de la guardia de ocupación que vigila su paso. Son dos soldados en uniforme gris que observan todo en su derredor con absoluta desconfianza, sabedores de que pisotean un país sometido y bastante receloso. Pese a su edad e inocencia, los detienen bajo la estatua de Coster y los interrogan en un alemán altanero y cáustico.

– Cómo quisiera grabarles la A qué inventó nuestro prócer en el pecho y borrar de una vez su arrogancia – dice el muchacho en holandés, entre dientes.

– ¿Qué masculla este chico insolente? – pregunta el de mayor rango, tratando de descifrar su tono.

Ella responde con calma, evidentemente asustada y en su alemán quebrado; pero al fin consigue disuadirlos de otras averiguaciones al mostrar sus cartas de estudiantes.

  • Vamos a aniquilar la resistencia en todo este país innoble – explota otro soldado, poco mayor que ellos, con ojos llameantes.

Thijs lo mira sin ocultar su desprecio, pero calla para evitar más sospechas. Tras registrarlos y palparlos como si fuesen delincuentes, los “mangas” (moffen) los dejan ir, no sin antes chasquear las botas y emitir el saludo nazi.

Con la Grote Kerk a sus espaldas, los chicos emprenden el camino hacia Jansstraat para internarse en la ciudad vieja y engañar a los posibles delatores. Desde una ventana abierta se escuchan los acordes de la Tempestad en re menor de Ludwig van Beethoven, con ciertos errores que el oído de Mareijke sabe detectar y tolerar sin apremio. En estos días de otoño, el frío ayuda a ocultarse y también pasar entre las faldas y abrigos algunas armas cortas que requiere la resistencia.

¡Cuánto durará esta guerra interminable! Las emisiones erráticas de la BBC aseguran que se acerca el asalto final, que los generales Eisenhower y Montgomery desataron la mayor ofensiva de la historia en las playas de Normandía antes del verano; que avanzan liberando pueblo tras pueblo hacia la frontera maldita. Para nosotros, los olvidados, no hay siquiera ventisca de liberación. En los campos de concentración y en los Urales mueren millones de civiles y soldados en espera de una tregua que no llega nunca. A veces de madrugada escuchamos el paso de bombarderos a lo lejos sin discernir si son de la RAF o la Luftwaffe. Aquí en Haarlem, al otro extremo de esta Europa asolada, las calles pululan con hombres de raza aria cuya juventud ha sido arrebatada y que desquitan su inquina y frustración contra nosotros. ¿Qué culpa tenemos de haber caído bajo su paso destructor?

Tras un rodeo por Schapenplein y Smedestraat para eludir a la Gestapo, llegan a toda prisa a la casa Ten Boom, donde la familia acogió a varios ciudadanos judíos. El lugar está desolado desde Febrero cuando un delator llevó a los invasores para arrestar al viejo relojero, a sus hijas Betsie y Corrie, y a otros treinta y cuatro refugiados. Por fortuna, los seis amigos judíos se ocultaron en el escondite tras la pared del vestíbulo, que los soldados pasaron por alto. Casper, el padre, un buen cristiano y siempre magnánimo, cayó preso y no toleró el maltrato, murió en la prisión oprobiosa de Den Haag, antes de que enviaran a sus hijas a Ravensbrück. Una muerte providencial, si me preguntan.

Persignándose al pasar frente a la puerta trancada, los chicos avisan a los vecinos de la captura de civiles a las afueras de Putten, donde la Knokploeg logró asestar un golpe de gracia a las tropas alemanas los primeros días de Octubre. En un rapto de furia, el intendente nazi ordenó acarrear como ganado a la población hacia los crematorios de Auschwitz. Los francotiradores huyeron rumbo al refugio clandestino de Utrecht, pero se dice que quieren montar una escalada contra los invasores y detener la masacre de ciudadanos inocentes.

El cuartel general de la resistencia, que denominamos LO (Landelijke Organisatie voor hulp aan onderduikers) ha sugerido que conservemos la calma; que estamos ante  una etapa de reorganización, no de contraataque. El invierno se aproxima y se esperan refuerzos de Bélgica y Francia, donde los partisanos están mejor pertrechados. Los asesinos pagarán por sus crímenes, lo sabemos, aunque todavía no podamos garantizarlo.

Han pasado diez semanas desde aquel ultraje desesperado de los nazis, temiendo su destrucción y con ello justificar su crueldad. No se han replegado, porque las órdenes de su Führer es que resistan, que la victoria les pertenece. Aquí sabemos que tal alarde es una insensatez; que su Tercer Reich se está derrumbando, pero su odio sigue cobrando vidas inocentes.

Este invierno ha sido una catástrofe, más aún porque estamos por cumplir un lustro de vasallaje. La falta de alimentos y el frío inclemente que azotó desde el mar del Norte nos ha traído hambre y muerte cuando esperábamos la redención. Las tropas alemanas siguen estacionadas en Amsterdam, Groningen, Delft, tantas otras ciudades, y hacen la vida imposible. A su vez, la Gestapo actúa cada vez con más saña y alevosía, sin importar el sufrimiento que padecemos todos.

Los pocos ciudadanos judíos que pudimos salvar han huido o cayeron prisioneros al buscar otras latitudes más seguras. Muchos barcos de refugiados fueron hundidos por los submarinos alemanes no bien zarpaban de las costas que alguna vez fueron neutrales. La desolación salió del mar también y no sólo de los campos de batalla y los pueblos ocupados. Nos mantenemos encerrados a cal y canto para ahuyentar el aire helado y la ignominia. Pero la realidad está rota; se ha marchitado la confianza.

Apenas amanece y mi hermana toca repetidamente los acordes de Salut d’Amour de Edward Elgar como si con ello pudiese atraer a los aliados para salvarnos. Me hace llorar en silencio. Pienso en Mareijke y Thijs, agonizando de gripe española, emaciados, y aún con ojos anhelantes, cuando me entregaron sus tarjetas de racionamiento y dos cajas de cartuchos de Luger que ya no pudieron depositar en la casa de seguridad de Overveen. Caía una nieve sucia, con olor a muerte, cuando me despedí de ellos, dejándoles una cobija más mientras tiritaban sin reposo. Todos hemos perdido a alguien querido en esta guerra: deportados, asesinados, aplastados por las detonaciones, sumidos en la melancolía o la desesperación.

A través de las redes de la resistencia nos llega una sola noticia alentadora: Corrie ten Boom se escapó de la prisión de Ravensbrück apenas despuntar este 1945. ¿Será un milagro que anticipa el fin de tanto oprobio?

Los árboles y los arroyos están secos o tronchados. Mi madre ha salido a buscar pasto o bulbos de tulipán a falta de otras proteínas. Estamos exhaustos de todo esto; contamos anécdotas que no son nuestras para acortar los días. Dormimos apretados en el rincón más cálido del departamento y comemos nuestras raciones con un vacilante sentido de subsistencia. Hemos tapiado los vidrios rotos con cartón, cierto, pero la atmósfera es siempre gélida y ominosa. Nos ahoga el silencio; para disiparlo, enciendo la radio y sintonizo las noticias del frente, cuidando el volumen para no atraer a los traidores.

  • Lotte, ¡toca más fuerte! ¡repite ese impromptu! Presiento que ya vienen los soldados yanquis; ya verás cómo todo vuelve a ser como cuando éramos niños.

 

PD1. Cornelia ten Boom, “Corrie”, la única sobreviviente de la familia heroica que albergó judíos, perseguidos políticos y miembros de la resistencia durante la ocupación nazi, relató su odisea en el libro “De Schuilplaats” (El escondite). Su casa en Haarlem es hoy uno de los museos del Holocausto más visitados de Europa.

PD2Cuando los Países Bajos fueron invadidos el 10 de Mayo de 1940, la población resultó tiranizada por la ocupación que duraría cinco largos años. Las acciones criminales de los Nazis eran incomprensibles para los holandeses, dada su neutralidad durante la Primera Guerra Mundial. Tras la invasión, los judíos nativos fueron capturados y torturados como parte de una estrategia focal tendiente hacia la Solución Final en manos del Reichskommisar Arthur Seys-Inquart, dispuesto a aniquilar a todo aquel que frenara el avance del Tercer Reich. Pese a ello, no se dio una respuesta unificada. Del mismo número de holandeses que se aliaron a la resistencia para combatir a los invasores desde la clandestinidad, otro tanto colaboró con las fuerzas de ocupación y delató a sus conciudadanos. No obstante, la milicia popular tuvo alcances insospechados y abrió las puertas a los ejércitos aliados para liberar Holanda poco antes de que avanzaran hacia Frankfurt en la primavera de 1945.

El corazón más oscuro

El corazón más oscuro

Los tiranos conducen monólogos por encima de un millón de soledades
Albert Camus

Nevaba esa tarde en Berlín y el anfitrión, Otto von Bismarck, podía saborear el pastel que se repartirían los poderes de Europa. El continente oscuro, como se le conocía desde la Edad Media, quedaba trazado por los límites de la voracidad. Tras bambalinas, los agentes del rey Leopoldo II de Bélgica ataban los cabos para adjudicarse la cuenca del Río Congo y sus tributarios; un territorio que abarcó treinta mil kilómetros cuadrados, setenta y siete veces más grande que su modesto reino y comparable a un tercio de la superficie de Norteamérica.

Durante los dos años que precedieron a esa cumbre de invierno en 1884, el astuto rey había cabildeado con lisonjas y regalos a los gobiernos de Francia, Alemania y Estados Unidos para obtener su aprobación. Cegados por su propia avaricia y la rivalidad imperial con las otras potencias, todos (el presidente Chester Arthur, el primer ministro Jules Ferry y el propio Canciller von Bismarck) cayeron en las redes de Leopoldo.

De manera sutil y aprovechando sus alianzas y deudores, Leopoldo II, a la sazón dueño y “Regente del estado libre del Congo” se nutrió de la avidez de algunas empresas privadas que obtendrían parte del festín de insumos naturales que abundaban en el centro de África. Siempre con una tajada jugosa para el rey, no menor del 50% de sus ganancias.

A sus casi cincuenta años, Leopoldo era un sagaz manipulador de ojos penetrantes y larga barba. Nunca puso un pie en África y sin embargo, fue el tirano más poderoso que ultrajara la vida de la población nativa y los recursos de ese continente. Su artífice y testaferro fue Sir Henry Morton Stanley, un explorador galés que con lujo de violencia se abrió paso desde el delta del río Congo hasta el este del continente, arrasando villas y sobornando jefes tribales para ganarse el vastísimo territorio de su patrocinador.

Además de implementar por primera vez las ametralladoras y los barcos de vapor, sus huestes inventaron el chicotte, un látigo recortado de las ancas de hipopótamo con el que azotaban a los esclavos que se sublevaban o tropezaban al acarrear sus pertrechos. De manera perversa se anticiparon a los kapos que patrullaban los campos de concentración nazi, autorizando a los propios congoleses (cuya aversión tribal se habría agudizado con la sujeción al poder blanco) para que castigaran con el infame chicote a sus coterráneos. Amparado con el eufemismo de su “proyecto filantrópico”, Leopoldo creó un ejército de mercenarios (la llamada Force Publique) que contaba casi veinte mil hombres ubicados en guarniciones a lo largo y ancho del territorio conquistado. Sus excesos contra las tribus autóctonas (Sanga, Boa, Luba, Chokwe, Budja y tantas otras) son un horrendo precedente del Holocausto y las matanzas en Rwanda un siglo después. Los niños de esas etnias fueron reclutados como ganado durante dos largas décadas para dejarlos en manos de misioneros católicos y reubicarlos para poblar zonas designadas por el rey. Muchos de ellos huérfanos en el sentido de que sus padres habían sido asesinados por las balas de la Force Publique.

En medio de toda esta historia, un joven emprendedor de origen polaco, Konrad Korzeniowski, estaba convencido del valor civilizatorio que el rey Leopoldo había instrumentado para el continente negro. Así, se embarcó como oficial de un naviero mercante – el Roi des Belges– para conocer y auxiliar en tan noble empresa.  Su travesía duró seis meses, hasta que renunció a la comandancia del barco, harto de las atrocidades que atestiguó en el Congo belga. Su relato de este desafío, transformado en una novela de 144 páginas bajo el nom de guerre Joseph Conrad, es el epítome con el que se infirieron durante buena parte del siglo XX los motivos y monstruosidades de Leopoldo II en África central. Su narrador, Marlow (el alter ego de Conrad), describe su llegada a Stanley Pool con la elocuencia de un viajero que no esperaba tanta oscuridad:

“Remontar ese río era como volver en el tiempo hasta sus orígenes, cuando la vegetación sublevaba la tierra y los árboles eran reyes. Un arroyo vacío, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era húmedo, denso, abrumador. No sentías el alivio del sol. Podías perder el rumbo en ese río como en un desierto y chocar contra sus bancos como embrujado y ausente de todo lo que hubieses conocido”.

El otro personaje central es Mr. Kurtz, un agente de la compañía naviera que se rodeaba de toneladas de marfil, a quien Marlow rastrea para rescatarlo y traerlo de vuelta de su salvajismo. La novela ha servido por ciento veinte años para reflexionar sobre el mal, el colonialismo, la ingenuidad victoriana y temas que rayan hasta Freud y las motivaciones inconscientes. La egregia película de Francis Ford Coppola (Apocalypse Now!), trasplantada a la guerra de Vietnam, es un tributo a la odisea de Conrad (Marlow) en busca de aquel navegante errático y sanguinario.

Pero se cree que el verdadero Kurtz fue un capitán de la Force Publique, León Rom, que comandaba la guarnición de Stanley Falls. Su expedición contra los grupos rebeldes que se oponían al imperialismo belga, resultó en una masacre de la que alardeó con ecos internacionales, colocando veintiún cabezas de sus súbditos como decoración al frente de su casa. Se aproximaba la Navidad de 1898 y Conrad, el escritor, navegante decepcionado de los asesinos blancos, leyó aquella espantosa descripción en The Saturday Review  de la capital británica. Acaso ese retrato siniestro le sirvió para concebir al despiadado Kurtz.

Como todos nosotros, Joseph Conrad reconoció el ultraje que hizo Leopoldo II en el Congo, describiendo a Kurtz en su lecho de muerte, cuando exclama: “The horror! The horror!”. Sin embargo, como argumentara el novelista nigeriano Chinua Achebe, el verdadero mensaje del libro debe ser: “Mantente fuera del África o sufre las consecuencias. Mr. Kurtz debió escuchar esta advertencia y el horror agazapado en su corazón hubiese permanecido encadenado a su madriguera. Pero se expuso al llamado irresistible de la selva y la oscuridad lo atrapó”.

Fue el descubrimiento de las viñas de hule, que ocupaban más de la mitad de la superficie del Congo, lo que despertó el desenfreno de los inversionistas extranjeros. El hallazgo de que el caucho podía suavizarse con azufre por Charles Goodyear (en 1839) apareado con la producción masiva de neumáticos por la compañía Dunlop en 1890, redundó en un éxito económico insospechado para el rey belga. Las dineros fluían a la calle Bréderobe, justo atrás del palacio imperial, auspiciadas por la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company (ABIR) con ganancias de hasta 700% respecto de lo que se pagaba por su extracción con trabajo esclavizado.

Los pobladores de esos bosques tropicales se resistían a recoger la sabia pegajosa y a las formidables jornadas de trabajo en condiciones infrahumanas. Para obligarlos, los oficiales de las compañías europeas secuestraban a sus mujeres y niños, y enajenaban los alimentos del poblado. Tales “Consejos prácticos” redactados ulteriormente en un manual por el propio capitán Léon Brom y otros gobernantes del Congo, aludían a las frecuentes amputaciones de manos para quienes se cansaban de trabajar o la guillotina para aquel que no aportaba la cuota requerida.

El terror del hule, como se le conoció después, sirvió para financiar los excesos del rey. Parques, alamedas, estatuas y galerías retocaron el reino de Bélgica, particularmente en Bruselas y la costa favorita de Leopoldo, Ostende. Pero no todo eran albricias para el tirano. Su hermana Carlota, a quien acogió en su château de Leaken, había regresado de México con una paranoia incontrolable, y él mismo desarrollaba un trastorno hipocondriaco que hacía de su cotidianidad un martirio. Salía a pasear con una bolsa de plástico para que su barba no atrapara humedades, comía con rigurosa exactitud y exigía inspeccionar sus alimentos y bebidas con obsesión de enfermo.

Pese a ello, su avidez por la riqueza natural de sus dominios no cejaba. Hizo traer trabajadores de China, Barbados, Zanzíbar y Sierra Leona para procurar todo el hule que la revolución industrial reclamaba. Mandó construir una vía férrea que en sus dos primeros años cobró la vida de casi cinco mil personas entre disentería, malaria, viruela y beriberi. Como aduce una metáfora que se ideó en aquel tiempo, “cada durmiente costó la existencia de un africano y por cada poste telegráfico murió un europeo”. En 1898, tras ocho años de desastrosa labor, la primera máquina de vapor llevó dos vagones desde Matadi a la poza de Stanley (unos 370 kilómetros). Ante su fastuosa inauguración, se develó una estatua que mostraba a tres cargadores negros, uno con el bulto sobre la cabeza y los otros dos exhaustos al suelo. La inscripción en la base rezaba: “El ferrocarril los liberó de su carga”. Evidentemente, nadie aludió a quién habría colocado esa carga en un principio.

El Estado Independiente del Congo duró veintitrés años. Establecido en 1885 y hasta la muerte de su dueño y dictador, se asentó sobre un genocidio permanente. Las masacres, la supresión de guerrillas, la esclavitud y el sacrificio de cientos de miles de trabajadores para satisfacer la avaricia del rey fueron su tinte y su razón de ser. Las repercusiones de ese holocausto siguen reptando en los ríos y las selvas dilapidadas de África hasta la fecha.

Como reportó gráficamente  Michael Herr al citar a un soldado norteamericano en la guerra de Vietnam: “Arrancamos los arbustos y quemamos las cabañas, volamos con dinamita los pozos y matamos cada cerdo, pollo y vaca en esa jodida aldea. Si no podemos dispararle a sus pobladores, ¿qué carajos estamos haciendo aquí?”.

Bibliografía recomendada:

Chinua Achebe. “An Image of Africa: Racism in Conrad’s ‘Heart of Darkness'”. Massachusetts Review 18, 1977

Joseph Conrad. Heart of darkness. Everyman´s library, New York 1993.

Martin Ewans. European atrocity, African catastrophe: Leopold II, the Congo Free State and its aftermath.  Routledge, New York 2015.

Michael Herr. Dispatches. Vintage, New York 1991.

Adam Hochschild. King Leopold’s ghost. Houghton, Mifflin & Harcourt, Boston 1998.

Frank McLynn. Stanley: dark genius of African exploration. Vintage, London 2012.

La venganza del engendro

La venganza del engendro

Se han cumplido dos siglos del nacimiento del monstruo que representó una visión excéntrica del romanticismo. Concebido en un verano tenebroso junto al Lago de Ginebra en Suiza, Mary Wollstonecraft Shelley donó al mundo la creación de un gigante hecho de fragmentos humanos que se sublima con el amor y se debate contra el odio (1). Su animación se logra gracias a un relámpago (analogía del influjo divino) en manos de su creador, un científico exiliado de la sociedad y ávido de inmortalidad. La metáfora de lo inconexo, lo desechado y cicatrizado a contramano de aquel mundo que se abría hacia la Revolución Industrial y dejaba atrás la Ilustración (Enlightment en inglés) camina a la par del alma lóbrega de Victor Frankenstein, el moderno Prometeo (2, 3).

En sus incursiones por la Inglaterra georgiana, el monstruo descubre con candidez su remendada fragilidad. Se mofan de él, lo lastiman y, finalmente, tras acercarse amorosamente a la mujer que despierta sus pasiones, lo destruyen para destinarlo al abismo y a las aversiones de la cultura.

De tal mitología han derivado numerosos engendros, los que chupan sangre, los que mutilan, evisceran, desintegran o simplemente evocan nuestros temores más primitivos y nos espantan desde las sombras. La monstruosidad es una parábola donde el mal y la venganza fincan su territorio. La misantropía es la fuente creativa de donde surgen todos los seres abominables que nos habitan y los que ponen a prueba nuestro heroísmo o integridad moral.

En ese tenor, podemos argumentar que una de las creaciones más delirantes de las sociedades contemporáneas ha sido la persecución política y con ello, el odio que se ha desatado desde hace un siglo entre las ideologías imperantes. Fragmentos del hombre atrapado por su deseo de liberarse, pedazos de lo material, ejércitos de ocupación y poderío insaciable, máquinas de control social y de sometimiento. En nombre de esas empresas de supremacía geopolítica se crearon los órganos de espionaje y validación de los crímenes “pertinentes” para eliminar a los adversarios. En silencio, sin juicio previo, acusados unilateralmente de traidores a la patria. Desaparecen sin dejar rastro, liquidados por manos anónimas, armas blancas, venenos diversos o pistolas con silenciadores cada vez más sofisticados.

Las tenazas de la Agencia Central de Inteligencia, la GRU (Glavnoye Razvedyvatel’noye Upravleniye) y el MI6 han alcanzado niveles de refinamiento e infiltración que nunca habría imaginado John Le Carré cuando publicó su novela icónica “El espía que llegó del frío”(4).

Sentados a la vera del Támesis, a espaldas del South Bank Centre, comemos una ensalada de salmón con maridaje de Chardonnay mientras la Dra. Ekaterina Kovalyova nos cuenta su tragedia. Ha sido requerida para regresar a Moscú e incorporarse a la clínica de atención primaria en el barrio de Lubyanka del que salió huyendo hace catorce meses para trabajar como asistente personal del secretario de la Embajada en Kensington Gardens. Los sucesos de la última semana cambiaron su vida.

Escuchamos atentos su relato, que interrumpe con sollozos en un inglés marcado por alocuciones eslavas. Una ventisca fría levanta las servilletas y nos apresuramos a colocar platos y cubiertos para evitar el desorden. Ekaterina enciende un cigarrillo y desplaza su silla de metal medio metro hacia atrás para evitarnos el humo.

Es una mujer de mediana edad, de labios delgados y ojos acuosos, poco expresiva y que recoge su pelo rubio en lo alto, a la manera de la burocracia soviética. Su abuelo fue un connotado agente de la KGB en Ucrania durante la posguerra, y eso le ha valido los favores del Kremlin. Viste con elegancia y se maquilla poco, y habla aún menos de su matrimonio fallido con un funcionario de seguridad interna (la infame FSB), a quien conocimos furtivamente hace unos meses cuando vino a reclamar la paridad del divorcio en términos hostiles y, por fortuna para ella, totalmente infructuosos. Ha vivido de su salario en el Consulado y, que sepamos, renta el mismo departamento sin lujos en las callejuelas de Camberwell desde que aterrizó en el Reino Unido. Su actividad extracurricular son los museos y los conciertos de música clásica. Gracias a esa afición la conocimos en el intermedio que siguió al Concierto para violín de Tchaikovsky, cuando la descubrimos sola en un rincón, bebiendo sorbitos de champagne y sonriendo con timidez a los desconocidos.

Esta tarde la conversación pasa de ser un encuentro amigable a interrogar las razones de su exilio forzoso. Megan, una colega oftalmóloga de St. Bart’s, la increpa: – ¿Pero cómo es posible que hayan usado una sustancia neurotóxica en un restaurante, Kathy?

Aún ecuánime y habituada a su apócope anglosajón, Ekaterina nos mira descifrando nuestras reacciones y responde: – Desconozco las motivaciones de mi gobierno, Meg, pero estas cosas suceden de manera clandestina desde la Guerra Fría y…

  • ¡Te equivocas! – interrumpe Alastair. – No habían ocurrido en la Europa civilizada desde 1959*.

Su tono es arrogante y acusador. Ante el desconcierto de Ekaterina, todos nos sentimos igualmente incómodos. Alguien se aclara la garganta. Urdiendo un intento de conciliación, pregunto:

  • Y ¿están seguros de que Skripal era un agente de contraespionaje?

Con cierta razón, Megan se incorpora de golpe, derrama su copa de vino y levanta la voz:

  • ¡Nada justifica rociar Novichok o gas Sarin en un lugar público, por Dios!

Nuestra interlocutora baja la cabeza y simula explorar su teléfono móvil, incapaz de responder coherentemente a tales reclamos. Hasta ahora no habíamos tenido que confrontar su adherencia o complicidad silenciosa con las atrocidades de Putin y sus testaferros. Incluso la anexión de Crimea fue un tema que eludimos para evitar distanciamientos. En los meses previos, esta amiga rusa había mostrado delicadeza, generosidad y gratitud con nosotros al acogerla, a cambio de nuestra tolerancia y discreción. Pero en este momento su tensión era palpable.

La enfermera Anne Smiley, la más jovial de nuestro grupo y a su vez estudiante de historia, se aprestó a mencionar el envenenamiento con Polonium-210 del ex-agente y periodista Alexander Litvinenko, quien murió días después de beber  unos cuantos sorbos de té verde en compañía de dos supuestos empresarios moscovitas en el lobby bar del Hotel Millenium situado en Grosvernor Square (5). Con la dosis que encontraron en su torrente sanguíneo (26.5 microgramos de Po-210) tres semanas después de recibirla, se calcula que hubiesen caído gravemente enfermas de contaminación radioactiva ciento veinte mil personas (!!). Más tarde se supo que Litvinenko llevaba tres años en la nómina del servicio secreto inglés MI-6, aunque su jefe, Sir John Scarlett, nunca reconoció tal enlace. Recordé aquellas fotos que muestran al disidente ruso sin pelo y sin cejas, agónico, consumido por la radiación en su lecho del University College Hospital. Supongo que Anne trataba de matizar la conversación y desviar el tinte personal que había tomado  el intercambio, pero sólo consiguió agudizar nuestra indignación.

Visiblemente irritada, Ekaterina se puso de pie, arrancó su abrigo del respaldo y nos avisó que se iba, que la esperaban para confirmar su vuelo de Aeroflot. Se despidió de un beso en cada mejilla de mí y de Anne, pero dejó con la mano extendida a los otros comensales. Sólo en ese momento, a través de los cristales de la Royal Festival canteen, pude distinguir a un hombre musculoso, de facciones toscas, que hablaba continuamente desde su celular, con traje y corbata oscuros, y que se incorporó al mismo tiempo para alcanzar a la doctora rusa en su intempestiva escapada.

Cuando Megan iba a despotricar contra esa ingrata, cambié el tema de conversación de un plumazo y les recordé que habíamos acordado comprar entradas para la obra de Mel Brooks, el joven Frankenstein, en el Garrick Theatre.

  • Acabo de leer la espléndida introducción del libro de Michel Onfray en torno a los monstruos (6) y creo que nos debemos una reunión para discutir acerca de eso y otras atrocidades en este doble centenario.

Megan y Alastair me miraron con sorpresa. Creo que me conocen bien, porque no tuve que aludir a Vladimir Putin y otros tantos tiranuelos narcisistas para interesarlos.

  • Vamos a extrañar la oposición – dijo al fin Megan. – Uno creo que conoce a las personas. Y de repente te das cuenta que el conocimiento es una quimera, una creencia justificada que se asume por autodecepción, a veces indeseable…
  • Basta, Meg – se interpuso nuestra sonriente enfermera – ya desperdiciaste tu vino y ahora nos quieres amargar la velada.

Con esa nota frívola nos despedimos. Yo saqué del portafolios mi última novela de espionaje (7), recién adquirida en Foyles, para continuar la lectura en el double-decker que abordaría sobre el puente de Waterloo. El mismo puente donde cuarenta años atrás la KGB ajustició al disidente búlgaro Georgi Markov, con la punta de una sombrilla impregnada de ricina. La parada de autobuses está expuesta y helada a esas horas, así que me enfundé en mis guantes, me enrosqué la bufanda al cuello y me giré para ver a los amigos que se alejaban. Iban algo inquietos, parloteando y quejándose del frío o quizá de los fantasmas que acechan cada noche.

Referencias:

  1. Flora Sampson. In search of Mary Shelley. The girl who wrote Frankenstein. Profile, London, 2018.
  2. Mary Shelley. Frankestein or the modern Prometeus. Three volumes. Lackington, Hughes, Harding, Major & Jones, Finsbury Park, London, 1818.
  3. Christopher Frayling. Frankestein: the first 200 yeras. Reel Art Press, New York, 2017
  4. John Le Carré. The spy who came in from the cold. Penguin Books, London, 2013.
  5. Luke Harding. A very expensive poison. The assassination of Alexander Litvinenko and Putin’s war in the West. Vintage, New York, 2017.
  6. Michel Onfray. Le canari du nazi. Essais sur la monstruosité. J’ai lu poche. Paris, 2015.
  7. Mick Herron. London rules. John Murray Publishers, London, 2018.

* Alastair Lamb, Doctor en Toxicología y el más suspicaz de nosostros, se refiere al asesinato del nacionalista ucraniano Stepan Bandera en Munich, perpetrado por los servicios de inteligencia soviéticos.

El cantor de Muro

El cantor de Muro

Uno se puede morir en cualquier momento, me dijo, y no volver jamás a la tierra que te vio nacer.

Desde aquel campanario donde soplaba la Tramontana y en días claros podía verse Puerto Pollença, el anciano escuchaba absorto el canto de su hijo. Éste, en el centro de la plaza, erguido sobre un pedestal centenario, entonaba las canciones que aprendió en el campo, ésas que las mujeres repetían a sus hombres en los días frescos para recoger patatas o segar olivos farragosos.
El mar estaba revuelto a lo lejos y se anunciaba un largo invierno. Los almendros, ajados como las paredes del pueblo, despedían a los forasteros – muy pocos – y a los que ansiaban otros horizontes con más promesa.
La idea de “hacer la América” se escuchaba entre los jóvenes como un portento. Guiem se reunió ese Lunes, como tantos otros, para comentar el partido de fútbol previo con sus contertulios; el pan con sobrasada su único desayuno. No era la primera vez que se proponían dejar la isla para siempre. Las ofertas de trabajo y la derrota del Ebro auguraban tiempos inciertos para quienes no fuesen vencedores ni vencidos.
Esa mañana emprendieron el rumbo a Can Axartell como si persiguieran la cima del Himalaya.  El fresco de la mañana se abatía contra sus mejillas y hacía más difícil el ascenso. Se apearon de sus enmohecidas bicicletas y caminaron entre resoplidos y el trino incesante de las alondras. La idea compartida era reunir pesetas suficientes para sufragar su exilio. El camino hasta la Masía estaba enlodado por el rocío y el paso de las bestias; olía a pinos y azucenas.

A la distancia, el gorjeo de las aves de corral y el ladrido de los perros anunció su llegada. La mestresa, una mujer enlutada de largo cabello blanco y de boca ahogada entre arrugas, acudió a recibirlos. Su cerrado acento la delataba, oriunda de Llucmajor.

– Son tard, xicots- dijo, sin cumplidos, mirándolos de pies a cabeza como si fuesen bandoleros.

Trabajaron hasta que cayó la última nevada, talando árboles – esos que ya no daban sombra -desde temprana hora, forjando pacas de madera para alimentar el horno de la propiedad contigua y mirando atónitos como se horneaban ladrillos para edificar Sa Pobla, Muro, Alcudia, Inca y otros pueblos vecinos. Pernoctaban en un cuarto oscuro ocupado por catres y ruidos de ratones, asediado además por la ventisca que ululaba a través de las rendijas.

Con el paso de las jornadas, la patrona (cuyo nombre nadie supo) le tomó un recatado cariño a Enric, el más joven de los exiliados. Lo acogió bajo sus alas y le pidió que ayudara a desbrozar el campo, arara con la mula y el tractor, delineara los surcos y plantaran juntos la hortaliza. Mientras los más robustos cargaban troncos sin descanso hacia el horno, Enric y la vieja salían al amanecer, después de alimentar a las gallinas y los conejos. Separaban con cuidado las semillas y regaban los cauces con una destreza que podría calificarse de poética, observando cómo el agua se deslizaba naturalmente por la pendiente y regresaba surco a surco hasta bañarlo todo. El joven agradeció siempre ese acto de creación conjunta, hacer de la tierra un remanso de coles, arvejas, guindillas y tomates mientras despuntaba la primavera y el cielo recuperaba su luz auspiciado por el aroma de los almendros que apenas floreaban.

Cuando el vergel estuvo saturado de colores y verduras, Manel anunció que se marchaban; el mar los reclamaba. La patrona preparó esa postrer cena bajo un aire de melancolía. Junto a la cazuela perenne que decoraba la chimenea, rebanó con delicadeza la hogaza de pan para hacer sopas mallorquinas. Eligió sus mejores coles y cebollas, asó los tomates que había recogido con Enric, pidiéndole que los sopesara, uno a uno, antes de partirlos. Fue un rito silencioso de despedida, a sabiendas de que ninguno volvería a confraternizar en esta vida. Sólo el más joven, que tras esa intimidad de huerto y parto, entendía el desamparo de la mujer, la acompañó en su tristeza. Le pidió a Guiem que entonara antiguas baladas de Mallorca y Cataluña, con esa voz de tenor que todos admiraban. Sólo el chico imberbe, otra vez, reparó en las lágrimas de la patrona, que se incorporó de golpe para ocultar su duelo.

  • Lluny d’aquells terrats, on els gorríons s’estimen i canten, i les monges estenen els pecats del món i la roba blanca…ai! i la roba blancaaaa!

No salió de su habitación por la mañana; los muchachos reconocieron tal gesto de displicencia para evitarle más pesares. Guiem y Enric voltearon hacia la ventana alta de la Masía cuando dejaban el camino pedregoso. Ambos creyeron ver una sombra lánguida que quizá los bendecía. Canturrearon de camino al pueblo para tomar el tren desvencijado de dos vagones que los llevaría a Palma y a conquistar su sueño. Rieron como niños durante el trayecto cuando Agustí se apeó para orinar y sin prisa, regresó trotando hasta el vagón que viajaba así de lento.

– ¡Coranta putes! – gritaban, entre carcajadas y arengas.

El barco estaba listo para zarpar: primero Ceuta, la Gran Canaria, Cuba, Puerto Ordaz, Santos y finalmente Buenos Aires, donde atracarían después de dos meses de privaciones. Los días se encendían con un calor inclemente, que los expulsaba del camarote de tercera clase que habían podido costear con sus ahorros. Manel, el mayor y más experimentado, pues procedía de una familia de pescadores de Sóller, les sugirió que comieran poco, bebieran lo indispensable y evitaran dormitar durante el día. Tras dos semanas de intercambiar historias, fumar sin ganas y aburrirse hasta el desvelo, la irritabilidad los carcomía. Como solución se emplearon de grumetes,  para lavar la cubierta, dar de comer a la tripulación del carguero y separar la pesca del día. El pago era en dólares, que hasta entonces desconocían, pero que brillaban como oro en cualquier puerto. Sus cuerpos se aceraron con la brisa y las manos, ampulosas, dieron cuenta al fin de su odisea. Sólo el sudor los refrescaba de día y el estupor del alcohol les permitía salvar las noches húmedas de estrellas. Aprendieron a dormir desnudos, a liar tabaco rústico y hablar poco; además de afrontar las mareas y las tormentas como todo hijo de la mar.

En los puertos del Caribe probaron la piel de una mujer mulata por vez primera, delirantes de aguardiente y de cansancio. Ahi en La Habana perdieron a Enric, quien decidió seguir la voz de una sirena que lo sedujo durante tres noches seguidas. Tomó su pequeño alijo, se bañó con agua sucia por última vez sobre cubierta y abrazó a sus compañeros, barba con barba, dejándoles un beso en la mejilla al pie de la escalinata. Sin pesadumbre alguna, conteniendo la euforia, por fin les dijo: – Mi destino está aquí, camaradas, quiero tener hijos que huelan a caña, que corran libres por el monte y que conquisten otras tierras. Los añoraré siempre, hermanos; acaso algún día las olas nos reencuentren.

Los tres restantes atestiguaron cómo el joven se reunió a lo lejos con su amada, una morena desgarbada y de un perfil irresistible. Ya no se giró a despedirlos, la suerte estaba echada. Durante muchas de las jornadas siguientes cantaron al unísono en su nombre y bautizaron un montículo cerca de Puerto Ordaz con una botella de ron como “la roca d’Enric”, ahogando los sollozos y acompañados de tres meretrices, igual de ebrias, que no alcanzaron a descifrar de qué se trataba aquel ritual.

Cuando desembarcaron en la boca del río argentado, eran hombres curtidos por la sal y el viento. No bien caminaron unos pasos, los deslumbró el señorío, la elegancia, la música taciturna en contraste con los barrios de colores, la locura desbordada por el fútbol y la bonanza. Era ese el territorio más rico del mundo, sobraba la carne y manaba el vino; había trabajo en los muelles, las haciendas y las pampas. Cada cual tomó su rumbo en aquel vastísimo paraje de montañas y viñedos. En un ruidoso bar de Palermo cruzaron las copas antes de marcharse a procurar fortuna y familia. Nunca más pasarían penurias.

Sólo la voz exquisita de Guiem, el cantor de Muro, permitió que toleraran aquel viaje interminable hasta el fin del mundo.

Lo que arrebata el sueño

Lo que arrebata el sueño

To my lip
Fate turns up the bitter cup,
Forcing me to sip;
‘T is a bitter, bitter drink,
Thus I sit and think,—
Thinking things unknown and awful,
Thoughts on wild, uncanny themes,
Waking dreams.
Spectres dark, corpses stark,
Show the gaping seams
Whence the cold and cruel knife
Stole away their life.

Paul Laurence Dunbar (Melancholia, 1913)

 

Lo que intranquiliza, lo siniestro. Estos términos pretenden abarcar la nutrida semántica del concepto “das Unheimliche” que Sigmund Freud elaboró en 1919 para referirse a todo aquello que emana de nuestro inconsciente y nos sacude por inusual o extraño; que percibimos como ajeno, si bien procede de lo más profundo de nuestro inconsciente. Freud se refiere específicamente a algo inefable que causa angustia y terror, que emerge de la intimidad pero se desconoce. Y precisa: “Lo familiar es algo que apunta en la dirección de lo ambivalente y coincide con su opuesto, lo siniestro”(ref. 1).

Emplea para ilustrarlo el cuento de Ernst T. A. Hoffmann (1776 – 1822) “El hombre de arena” en la que su personaje central, Nathaniel, se enamora de Olimpia, una muñeca avistada a distancia que no sabe si está viva o inanimada. Esta ansiedad se proyecta en Coppelius, el impertinente abogado que visita a su padre de noche, a quien asimila al Hombre de Arena (ese que roba los ojos a los niños mientras duermen y se los lleva a la luna para alimentar a sus voraces habitantes). En el recuerdo de Coppelius se funde el comerciante italiano Coppola quien le da – o le quita- los ojos, “bellos ojos” a su amada inane. Tal enigma siniestro lo amenaza hasta la locura y el precipicio.

Al principio de su texto, Freud sostiene que lo siniestro es ese tipo de horror que emerge de lo que nos resulta familiar. Es algo que existe dentro o figurado en lo ya conocido. Lo que denomina “Heimlich” (hogareño) se vincula a algo que se conoce y es cómodo por un lado, pero secreto e inefable por el otro. La casa, para Freud, es un lugar secreto, encubierto, así como lo siniestro (Unheimliche) es algo que debería permanecer secreto pero que por alguna causa ha sido revelado. Eso indica que son dos significantes que se contienen mutuamente. Para dar un ejemplo concreto, el maniquí es algo que nos resulta familiar dado que reviste una figuración humana, pero al carecer de vida nos reporta cierto desasosiego porque a primera vista no sabemos si estamos ante un ser viviente o una pieza de plástico.

De manera análoga, el temor a la muerte es un pavor primitivo que compartimos todos los seres humanos, que puede rastrearse a la creencia de que los muertos se convierten en el enemigo, venerado y amenazante a la vez. En parte tememos tanto a la muerte porque no sabemos nada de ella, excepto que es una garantía desde que nacemos. Freud sugiere que un antídoto inconsciente al que recurrimos para negociar este inevitable destino es la creación del “doble”. Una construcción fantasmal que el niño genera durante las fases más tempranas del desarrollo para proyectar una extensión de sí mismo como “ícono que asegura la inmortalidad”. Una vez que el sujeto sale de esta fase de narcisismo primario, el doble adquiere un significado siniestro: se convierte en el heraldo de la muerte.

Es pertinente señalar que lo más amenazante para la integridad humana tiene que ver con la sexualidad. Si bien la angustia primigenia de perder al objeto amado (la madre, como garante de vida y sustento) provoca desorganización mental, la neurosis de ansiedad – más tardía en su incepción durante el desarrollo psicosexual – es su equivalente cuando debuta la rivalidad con el padre (aquí, el que sustrae tal cariño incondicional) y prescribe la castración como un paso madurativo ineludible. Freud y sus sucesores, propusieron que esas imágenes internalizadas de objetos de deseo o de venganza, sufren numerosos desdoblamientos y puede reflejarse – por virtud de la fantasía o la identificación – en otras personas que representan un alter ego, una versión vicariante del Yo en el otro.

La repetición de estas imágenes, sus designaciones o sus representaciones se configuran como un artilugio tan familiar como siniestro, que aplasta el alma en su afán de retaliación y de castigo. Así, la idea del doble que encarna lo siniestro se reproduce, como en una sucesión de espejos e imágenes interminables, tan comunes y a la vez tan extrañas. En tal contexto, la máscara, la réplica, el payaso, la asombrosa similitud de los gemelos y los espectros nocturnos son figuras justificadamente inquietantes. El delirio del doble desencadena un círculo vicioso que se perpetúa; porque al tratar de extirpar el significante amenazador, la persona repite una y otra vez el conjuro hasta que lo hunde en su vórtice de ansiedad.

Con estas observaciones, Freud dio con el fenómeno de “compulsión a la repetición”, un mecanismo psíquico que subyace a todo principio de destrucción, a toda intención de sabotear o abandonar el tratamiento.

En Medicina, con menos suspicacia que en Psicoanálisis, vemos esa compulsión a la repetición en múltiples facetas. El adicto o el alcohólico, que vuelve una y otra vez por la misma senda, aparentemente ajeno a su derrumbe, que resulta tan obvio para quienes le rodean. El paciente que se niega a aceptar un diagnóstico del que tendría que hacerse cargo, para conocerlo y ayudar a sanarlo, mientras recorre uno y otro consultorio, buscando la reafirmación paradójica de su negación. El médico que insiste en una estrategia terapéutica que ha fallado en otras manos, sin respaldo científico o sin siquiera buscar un consenso con otros colegas, como un mérito narcisista que sólo perjudica a sus pacientes, y se va quedando solo, extrañamente solo, en sus embates. La madre que insiste en que su hija repite su sintomatología como fruto de efluvios genéticos que nadie descubre, sin advertir la identificación histérica que refrenda lo que ella es incapaz de deslindar.

También el mundo medicalizado que hemos fabricado tiene algo de ese desdoblamiento en su dinámica siniestra. Las compañías de seguros dictaminan, con patente rezago de conocimientos, quien debe y puede recibir tal atención. Es lugar común ver cómo fragmentan los diagnósticos en entidades cuasi independientes que el paciente debe acreditar en cada reclamación, como si se tratara de un nuevo sujeto ante un nuevo inquisidor. No sorprende que se vean repetidamente engañados y atrapados en una red de observaciones falaces, porque lo que está detrás es la decepción para obtener el beneficio pecuniario.

Más acá está la industria farmacéutica que, si bien ha mejorado sus códigos axiológicos, está movida por la capitalización monetaria y la competencia insaciable. Como peces voraces, los laboratorios supranacionales engullen a otro y a otro, eliminan piezas, elevan precios, juegan en la bolsa financiera y eligen -como en un abanico de naipes- qué fármaco será en esta temporada el más redituable, en función del mercado de enfermos que lo requieren. En medio queda el paciente, preguntándose quién lo cuida, quién investiga para ampliar el panorama fisiopatogénico, quién vela genuinamente por su salud.

Y a la vera está el médico, aliado habitual pero ajeno, que recoge sus incertidumbres y extrañezas, indagando en el otro lo que falta en el escenario íntimo, siempre a merced de aquello que no es familiar pero tampoco acierta. Esa es la naturaleza humana, insondable, condenada como Sísifo a la repetición, hasta no verse frente al espejo roto y reconocer con humildad que sólo el amor recíproco devuelve el hambre sin saciarla.

  1. Sigmund Freud. 1919. The uncanny. Standard Edition, vol. XVII. Pp. 217 – 256. Vintage – The Hogarth Press, Londres 2001.

He ahí el dilema

He ahí el dilema

Parece mera tautología, pero la vida es una lucha perpetua contra el instinto de muerte. Es andar cuesta arriba para vencer los impulsos que nos inducen a la destrucción de todo cuanto amamos y hemos edificado.

No hay jornada en que los medios relaten un deceso, un homicidio, un brote de violencia o la supresión de los destinos humanos. Evitamos desde luego la prensa “amarillista”, pero no basta. Los monigotes que elegimos a contramano o por incuria están destruyendo el planeta. Llámese cambio climático, amenazas nucleares, despilfarro, corrupción o injusticia, lo que prevalece es un repudio a la vida, una tendencia abominable a la aniquilación.

Esa tendencia al retorno a lo inanimado, a un cociente nulo de excitación en el aparato de pensar (y por extensión al cuerpo o a todo cuanto nos rodea), deriva de la metáfora freudiana articulada en su ensayo “Más allá del principio del placer” de 1920 (1). Para muchos de sus contemporáneos, esta era un digresión de sus contribuciones teóricas adoptadas con reticencia por la comunidad científica, así que resulta pertinente retomar sus ideas aquí para intentar darles vigencia en nuestro tiempo.

La pulsión de muerte se origina de la tensión entre la concepción imaginaria del sujeto y aquello disuelto en el cuerpo que no puede alcanzar a representarse. No es pues un “instinto” en el sentido lato del término, porque Freud empleó la metáfora biológica sólo para darle sentido a su elaboración, justo cuando se expandía la microbiología. Tal error se ha extendido aún más allá del principio argumentado, y es lugar común escuchar todavía en el siglo XXI la refutación al efecto mecánico, en una reyerta contra Newton, como si se tratara de volver al Proyecto (2) para articular la psicopatología con la biología molecular.

La observación básica planteada ante esta tendencia hacia lo mortífero es aquello que Freud llamó der Wiederholungszwang, que significa compulsión a la repetición. ¿Porqué, contrariando todos los esfuerzos psíquicos por alcanzar el placer, los seres humanos tendemos al sufrimiento? Fiel a su método discursivo, Freud apeló a la dialéctica para inferir que, mientras la agencia inconsciente clama por la satisfacción de las demandas somáticas, el Yo reprime tales impulsos en una suerte de “masoquismo primario” que toca incesantemente la misma puerta cerrada. En sentido análogo, se entiende el planteamiento original de que toda fuerza motriz o impulso activo que tiene a disminuir la tensión psíquica es tributario de placer y, por el contrario, la acumulación o incremento de tensión emocional va asociada al sufrimiento. En la medida en que la pulsión de muerte se sostiene por la repetición, y bajo la misma óptica mecanicista, sirve para acumular tensión en la esfera psíquica. Pese a la tendencia a asimilar conceptos tales como autofagia, apoptosis o necrosis para darle coherencia biológica al proceso, la repetición no necesariamente implica regresión. De hecho, la idea se nutre de que los impulsos mortíferos son inherentes a la naturaleza humana y “peculiarmente resistentes a los estímulos externos” (Freud).

Toda experiencia traumática – ahora que está de moda el “sexual harrasment” – consiste en la acumulación de energía que satura e inunda la capacidad de contención de los procesos de pensamiento. En ese tenor, el trauma es una forma de descompensación que deja cabos sueltos en el inconsciente, mismos que buscan – en la iteración – la forma de ser sellados o representados.

Concebido de manera psicofisiológica, el Yo es una red de conexiones ligadas por energía: mucho más virtual que lo que proponen las neurociencias, porque el correlato anatómico siempre será insuficiente para explicar la versatilidad de los fenómenos mentales. La pulsión de muerte designa el modo en que la organización dinámica del Yo se ve impelida por la presión de las fuerzas instintivas (impulsos inconscientes) que se manifiestan como energía libre, irrepresentable.

En la clínica, lo observamos en esa tendencia a la inmovilidad terapéutica, a diferir toda intervención con objeto de mejorar, a recusar las indicaciones, o simplemente, al desdén por la salud. El médico vacila, con frecuencia se siente traicionado, y arrebatado por su narcisismo y aquello que hemos denominado identificación proyectiva, recurre al sadismo o al rechazo. No es inusual encontrar que los pacientes hospitalizados que resisten las tentativas del equipo terapéutico, sean heridos emocionalmente o sufran vejaciones, tanto como manipulaciones en exceso como represalia del personal sanitario. No se trata de actos deliberados, que en tal caso constituirían crueldad y una flagrante transgresión a cualquier ética, sino de actos desvinculados de razón, sinsentidos, omisiones, etc.; como toda energía libre arrebatada por la pulsión de destrucción.

Pero también es plausible atestiguarle en los padecimientos psicosomáticos donde ocurre una desorganización progresiva de la estructura corporal. En términos analógicos, el cuerpo imaginario (que es territorio de las manifestaciones conversivas) se ve desbordado por lo irrepresentable de la carne: con toda su morbosidad y su desinvestidura, al grado de difuminarse todo orden, toda coherencia anatómica. Así, la piel deviene un recubrimiento de la fragilidad, sujeta al embate de la agresividad o la culpa. Los órganos de defensa, integrados laxamente en el sistema inmune y sus representantes tisulares, convocan la dispersión de la integridad, la disolución del Yo; y, abusando de la metáfora, es permisible sugerir que el dolor y la inflamación, tanto como la transgresión y la ruptura de límites, sean los prototipos de los trastornos autoinmunes.

He visto durante años cómo la artritis personifica en diversos gradientes la impotencia y la melancolía, en esa ecuación donde la pérdida del objeto se traduce en una sombra que aniquila, que anquilosa, que ejerce su venganza en el cuerpo, a falta de representación ligada al afecto. De la misma manera que la esclerosis múltiple, el vitíligo o las colitis ulcerativas arrancan fragmentos del sujeto, donde están vertidas la estructura sensorial, el calor corporal o la integración de lo que se incorpora o se excreta, respectivamente.

Sin afán reduccionista, esta expresión de lo mortífero se ve reflejada en incontables conductas sociales que procuran el daño individual o colectivo y que se resisten al cambio. Podemos afirmar que lo innato al ser humano, más que el ejercicio de la vitalidad y su esfuerzo creativo, es esa intensa carga por demoler lo más preciado, anular lo más noble de su naturaleza y hacerlo añicos. A menos que otra voz, oportuna y ocasional, una instancia que sepa contener y espaciar, señale apenas entre líneas que lo ominoso no tiene porqué cobrarse otra víctima.

En estas épocas donde la maldad ha mostrado su señorío, la voz del pueblo, la gente en la calle, los que trabajamos por hacer de nuestro mundo un paraje más habitable, tenemos que prevalecer. No callemos, no pasemos por alto los ultrajes y los insultos, no toleremos que a ninguna mujer se le lastime o acose, enfrentemos la violencia de género. Atendamos y confrontemos los impulsos letales, dentro y fuera de nuestros enclaves. Una vez más, sin claudicar, apelemos a la vida.

Referencias.

Sigmund Freud. 1920. Beyond the pleausure principle. Standard Editon, volumen XVIII. Págs. 3 – 64, Vintage/The Hogarth Press, Londres 2001. (Para ponerlo en contexto, una Europa desgarrada ponía fin – apenas un año antes – a la guerra más devastadora que hubiese conocido. Además de la destrucción de campos y ciudades, sufria la inmolación de casi toda su juventud en tierra de nadie. Desolación y muerte por doquier).

Sigmund Freud. 1895. Project for a scientific psychology. Standard Edition, volumen I. Págs. 283 – 397. Vintage/The Hogarth Press, Londres 2001. (Esta obra permaneció oculta en vida de Freud, desterrada de sus aportaciones teóricas. Quizá dudó de que tal sincretismo fuese posible).

Bertrand Russell. 1930. The conquest of happiness. Liverlight, New York 2013.

Lionel Trilling. The moral obligation to be intelligent. Northwestern University Press, Chicago 2009.

António R. Damásio. Self comes to mind. Constructing the conscious brain. Vintage, New York 2012.