El cantor de Muro

El cantor de Muro

Uno se puede morir en cualquier momento, me dijo, y no volver jamás a la tierra que te vio nacer.

Desde aquel campanario donde soplaba la Tramontana y en días claros podía verse Puerto Pollença, el anciano escuchaba absorto el canto de su hijo. Éste, en el centro de la plaza, erguido sobre un pedestal centenario, entonaba las canciones que aprendió en el campo, ésas que las mujeres repetían a sus hombres en los días frescos para recoger patatas o segar olivos farragosos.
El mar estaba revuelto a lo lejos y se anunciaba un largo invierno. Los almendros, ajados como las paredes del pueblo, despedían a los forasteros – muy pocos – y a los que ansiaban otros horizontes con más promesa.
La idea de “hacer la América” se escuchaba entre los jóvenes como un portento. Guiem se reunió ese Lunes, como tantos otros, para comentar el partido de fútbol previo con sus contertulios; el pan con sobrasada su único desayuno. No era la primera vez que se proponían dejar la isla para siempre. Las ofertas de trabajo y la derrota del Ebro auguraban tiempos inciertos para quienes no fuesen vencedores ni vencidos.
Esa mañana emprendieron el rumbo a Can Axartell como si persiguieran la cima del Himalaya.  El fresco de la mañana se abatía contra sus mejillas y hacía más difícil el ascenso. Se apearon de sus enmohecidas bicicletas y caminaron entre resoplidos y el trino incesante de las alondras. La idea compartida era reunir pesetas suficientes para sufragar su exilio. El camino hasta la Masía estaba enlodado por el rocío y el paso de las bestias; olía a pinos y azucenas.

A la distancia, el gorjeo de las aves de corral y el ladrido de los perros anunció su llegada. La mestresa, una mujer enlutada de largo cabello blanco y de boca ahogada entre arrugas, acudió a recibirlos. Su cerrado acento la delataba, oriunda de Llucmajor.

– Son tard, xicots- dijo, sin cumplidos, mirándolos de pies a cabeza como si fuesen bandoleros.

Trabajaron hasta que cayó la última nevada, talando árboles – esos que ya no daban sombra -desde temprana hora, forjando pacas de madera para alimentar el horno de la propiedad contigua y mirando atónitos como se horneaban ladrillos para edificar Sa Pobla, Muro, Alcudia, Inca y otros pueblos vecinos. Pernoctaban en un cuarto oscuro ocupado por catres y ruidos de ratones, asediado además por la ventisca que ululaba a través de las rendijas.

Con el paso de las jornadas, la patrona (cuyo nombre nadie supo) le tomó un recatado cariño a Enric, el más joven de los exiliados. Lo acogió bajo sus alas y le pidió que ayudara a desbrozar el campo, arara con la mula y el tractor, delineara los surcos y plantaran juntos la hortaliza. Mientras los más robustos cargaban troncos sin descanso hacia el horno, Enric y la vieja salían al amanecer, después de alimentar a las gallinas y los conejos. Separaban con cuidado las semillas y regaban los cauces con una destreza que podría calificarse de poética, observando cómo el agua se deslizaba naturalmente por la pendiente y regresaba surco a surco hasta bañarlo todo. El joven agradeció siempre ese acto de creación conjunta, hacer de la tierra un remanso de coles, arvejas, guindillas y tomates mientras despuntaba la primavera y el cielo recuperaba su luz auspiciado por el aroma de los almendros que apenas floreaban.

Cuando el vergel estuvo saturado de colores y verduras, Manel anunció que se marchaban; el mar los reclamaba. La patrona preparó esa postrer cena bajo un aire de melancolía. Junto a la cazuela perenne que decoraba la chimenea, rebanó con delicadeza la hogaza de pan para hacer sopas mallorquinas. Eligió sus mejores coles y cebollas, asó los tomates que había recogido con Enric, pidiéndole que los sopesara, uno a uno, antes de partirlos. Fue un rito silencioso de despedida, a sabiendas de que ninguno volvería a confraternizar en esta vida. Sólo el más joven, que tras esa intimidad de huerto y parto, entendía el desamparo de la mujer, la acompañó en su tristeza. Le pidió a Guiem que entonara antiguas baladas de Mallorca y Cataluña, con esa voz de tenor que todos admiraban. Sólo el chico imberbe, otra vez, reparó en las lágrimas de la patrona, que se incorporó de golpe para ocultar su duelo.

  • Lluny d’aquells terrats, on els gorríons s’estimen i canten, i les monges estenen els pecats del món i la roba blanca…ai! i la roba blancaaaa!

No salió de su habitación por la mañana; los muchachos reconocieron tal gesto de displicencia para evitarle más pesares. Guiem y Enric voltearon hacia la ventana alta de la Masía cuando dejaban el camino pedregoso. Ambos creyeron ver una sombra lánguida que quizá los bendecía. Canturrearon de camino al pueblo para tomar el tren desvencijado de dos vagones que los llevaría a Palma y a conquistar su sueño. Rieron como niños durante el trayecto cuando Agustí se apeó para orinar y sin prisa, regresó trotando hasta el vagón que viajaba así de lento.

– ¡Coranta putes! – gritaban, entre carcajadas y arengas.

El barco estaba listo para zarpar: primero Ceuta, la Gran Canaria, Cuba, Puerto Ordaz, Santos y finalmente Buenos Aires, donde atracarían después de dos meses de privaciones. Los días se encendían con un calor inclemente, que los expulsaba del camarote de tercera clase que habían podido costear con sus ahorros. Manel, el mayor y más experimentado, pues procedía de una familia de pescadores de Sóller, les sugirió que comieran poco, bebieran lo indispensable y evitaran dormitar durante el día. Tras dos semanas de intercambiar historias, fumar sin ganas y aburrirse hasta el desvelo, la irritabilidad los carcomía. Como solución se emplearon de grumetes,  para lavar la cubierta, dar de comer a la tripulación del carguero y separar la pesca del día. El pago era en dólares, que hasta entonces desconocían, pero que brillaban como oro en cualquier puerto. Sus cuerpos se aceraron con la brisa y las manos, ampulosas, dieron cuenta al fin de su odisea. Sólo el sudor los refrescaba de día y el estupor del alcohol les permitía salvar las noches húmedas de estrellas. Aprendieron a dormir desnudos, a liar tabaco rústico y hablar poco; además de afrontar las mareas y las tormentas como todo hijo de la mar.

En los puertos del Caribe probaron la piel de una mujer mulata por vez primera, delirantes de aguardiente y de cansancio. Ahi en La Habana perdieron a Enric, quien decidió seguir la voz de una sirena que lo sedujo durante tres noches seguidas. Tomó su pequeño alijo, se bañó con agua sucia por última vez sobre cubierta y abrazó a sus compañeros, barba con barba, dejándoles un beso en la mejilla al pie de la escalinata. Sin pesadumbre alguna, conteniendo la euforia, por fin les dijo: – Mi destino está aquí, camaradas, quiero tener hijos que huelan a caña, que corran libres por el monte y que conquisten otras tierras. Los añoraré siempre, hermanos; acaso algún día las olas nos reencuentren.

Los tres restantes atestiguaron cómo el joven se reunió a lo lejos con su amada, una morena desgarbada y de un perfil irresistible. Ya no se giró a despedirlos, la suerte estaba echada. Durante muchas de las jornadas siguientes cantaron al unísono en su nombre y bautizaron un montículo cerca de Puerto Ordaz con una botella de ron como “la roca d’Enric”, ahogando los sollozos y acompañados de tres meretrices, igual de ebrias, que no alcanzaron a descifrar de qué se trataba aquel ritual.

Cuando desembarcaron en la boca del río argentado, eran hombres curtidos por la sal y el viento. No bien caminaron unos pasos, los deslumbró el señorío, la elegancia, la música taciturna en contraste con los barrios de colores, la locura desbordada por el fútbol y la bonanza. Era ese el territorio más rico del mundo, sobraba la carne y manaba el vino; había trabajo en los muelles, las haciendas y las pampas. Cada cual tomó su rumbo en aquel vastísimo paraje de montañas y viñedos. En un ruidoso bar de Palermo cruzaron las copas antes de marcharse a procurar fortuna y familia. Nunca más pasarían penurias.

Sólo la voz exquisita de Guiem, el cantor de Muro, permitió que toleraran aquel viaje interminable hasta el fin del mundo.

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Lo que arrebata el sueño

Lo que arrebata el sueño

To my lip
Fate turns up the bitter cup,
Forcing me to sip;
‘T is a bitter, bitter drink,
Thus I sit and think,—
Thinking things unknown and awful,
Thoughts on wild, uncanny themes,
Waking dreams.
Spectres dark, corpses stark,
Show the gaping seams
Whence the cold and cruel knife
Stole away their life.

Paul Laurence Dunbar (Melancholia, 1913)

 

Lo que intranquiliza, lo siniestro. Estos términos pretenden abarcar la nutrida semántica del concepto “das Unheimliche” que Sigmund Freud elaboró en 1919 para referirse a todo aquello que emana de nuestro inconsciente y nos sacude por inusual o extraño; que percibimos como ajeno, si bien procede de lo más profundo de nuestro inconsciente. Freud se refiere específicamente a algo inefable que causa angustia y terror, que emerge de la intimidad pero se desconoce. Y precisa: “Lo familiar es algo que apunta en la dirección de lo ambivalente y coincide con su opuesto, lo siniestro”(ref. 1).

Emplea para ilustrarlo el cuento de Ernst T. A. Hoffmann (1776 – 1822) “El hombre de arena” en la que su personaje central, Nathaniel, se enamora de Olimpia, una muñeca avistada a distancia que no sabe si está viva o inanimada. Esta ansiedad se proyecta en Coppelius, el impertinente abogado que visita a su padre de noche, a quien asimila al Hombre de Arena (ese que roba los ojos a los niños mientras duermen y se los lleva a la luna para alimentar a sus voraces habitantes). En el recuerdo de Coppelius se funde el comerciante italiano Coppola quien le da – o le quita- los ojos, “bellos ojos” a su amada inane. Tal enigma siniestro lo amenaza hasta la locura y el precipicio.

Al principio de su texto, Freud sostiene que lo siniestro es ese tipo de horror que emerge de lo que nos resulta familiar. Es algo que existe dentro o figurado en lo ya conocido. Lo que denomina “Heimlich” (hogareño) se vincula a algo que se conoce y es cómodo por un lado, pero secreto e inefable por el otro. La casa, para Freud, es un lugar secreto, encubierto, así como lo siniestro (Unheimliche) es algo que debería permanecer secreto pero que por alguna causa ha sido revelado. Eso indica que son dos significantes que se contienen mutuamente. Para dar un ejemplo concreto, el maniquí es algo que nos resulta familiar dado que reviste una figuración humana, pero al carecer de vida nos reporta cierto desasosiego porque a primera vista no sabemos si estamos ante un ser viviente o una pieza de plástico.

De manera análoga, el temor a la muerte es un pavor primitivo que compartimos todos los seres humanos, que puede rastrearse a la creencia de que los muertos se convierten en el enemigo, venerado y amenazante a la vez. En parte tememos tanto a la muerte porque no sabemos nada de ella, excepto que es una garantía desde que nacemos. Freud sugiere que un antídoto inconsciente al que recurrimos para negociar este inevitable destino es la creación del “doble”. Una construcción fantasmal que el niño genera durante las fases más tempranas del desarrollo para proyectar una extensión de sí mismo como “ícono que asegura la inmortalidad”. Una vez que el sujeto sale de esta fase de narcisismo primario, el doble adquiere un significado siniestro: se convierte en el heraldo de la muerte.

Es pertinente señalar que lo más amenazante para la integridad humana tiene que ver con la sexualidad. Si bien la angustia primigenia de perder al objeto amado (la madre, como garante de vida y sustento) provoca desorganización mental, la neurosis de ansiedad – más tardía en su incepción durante el desarrollo psicosexual – es su equivalente cuando debuta la rivalidad con el padre (aquí, el que sustrae tal cariño incondicional) y prescribe la castración como un paso madurativo ineludible. Freud y sus sucesores, propusieron que esas imágenes internalizadas de objetos de deseo o de venganza, sufren numerosos desdoblamientos y puede reflejarse – por virtud de la fantasía o la identificación – en otras personas que representan un alter ego, una versión vicariante del Yo en el otro.

La repetición de estas imágenes, sus designaciones o sus representaciones se configuran como un artilugio tan familiar como siniestro, que aplasta el alma en su afán de retaliación y de castigo. Así, la idea del doble que encarna lo siniestro se reproduce, como en una sucesión de espejos e imágenes interminables, tan comunes y a la vez tan extrañas. En tal contexto, la máscara, la réplica, el payaso, la asombrosa similitud de los gemelos y los espectros nocturnos son figuras justificadamente inquietantes. El delirio del doble desencadena un círculo vicioso que se perpetúa; porque al tratar de extirpar el significante amenazador, la persona repite una y otra vez el conjuro hasta que lo hunde en su vórtice de ansiedad.

Con estas observaciones, Freud dio con el fenómeno de “compulsión a la repetición”, un mecanismo psíquico que subyace a todo principio de destrucción, a toda intención de sabotear o abandonar el tratamiento.

En Medicina, con menos suspicacia que en Psicoanálisis, vemos esa compulsión a la repetición en múltiples facetas. El adicto o el alcohólico, que vuelve una y otra vez por la misma senda, aparentemente ajeno a su derrumbe, que resulta tan obvio para quienes le rodean. El paciente que se niega a aceptar un diagnóstico del que tendría que hacerse cargo, para conocerlo y ayudar a sanarlo, mientras recorre uno y otro consultorio, buscando la reafirmación paradójica de su negación. El médico que insiste en una estrategia terapéutica que ha fallado en otras manos, sin respaldo científico o sin siquiera buscar un consenso con otros colegas, como un mérito narcisista que sólo perjudica a sus pacientes, y se va quedando solo, extrañamente solo, en sus embates. La madre que insiste en que su hija repite su sintomatología como fruto de efluvios genéticos que nadie descubre, sin advertir la identificación histérica que refrenda lo que ella es incapaz de deslindar.

También el mundo medicalizado que hemos fabricado tiene algo de ese desdoblamiento en su dinámica siniestra. Las compañías de seguros dictaminan, con patente rezago de conocimientos, quien debe y puede recibir tal atención. Es lugar común ver cómo fragmentan los diagnósticos en entidades cuasi independientes que el paciente debe acreditar en cada reclamación, como si se tratara de un nuevo sujeto ante un nuevo inquisidor. No sorprende que se vean repetidamente engañados y atrapados en una red de observaciones falaces, porque lo que está detrás es la decepción para obtener el beneficio pecuniario.

Más acá está la industria farmacéutica que, si bien ha mejorado sus códigos axiológicos, está movida por la capitalización monetaria y la competencia insaciable. Como peces voraces, los laboratorios supranacionales engullen a otro y a otro, eliminan piezas, elevan precios, juegan en la bolsa financiera y eligen -como en un abanico de naipes- qué fármaco será en esta temporada el más redituable, en función del mercado de enfermos que lo requieren. En medio queda el paciente, preguntándose quién lo cuida, quién investiga para ampliar el panorama fisiopatogénico, quién vela genuinamente por su salud.

Y a la vera está el médico, aliado habitual pero ajeno, que recoge sus incertidumbres y extrañezas, indagando en el otro lo que falta en el escenario íntimo, siempre a merced de aquello que no es familiar pero tampoco acierta. Esa es la naturaleza humana, insondable, condenada como Sísifo a la repetición, hasta no verse frente al espejo roto y reconocer con humildad que sólo el amor recíproco devuelve el hambre sin saciarla.

  1. Sigmund Freud. 1919. The uncanny. Standard Edition, vol. XVII. Pp. 217 – 256. Vintage – The Hogarth Press, Londres 2001.

He ahí el dilema

He ahí el dilema

Parece mera tautología, pero la vida es una lucha perpetua contra el instinto de muerte. Es andar cuesta arriba para vencer los impulsos que nos inducen a la destrucción de todo cuanto amamos y hemos edificado.

No hay jornada en que los medios relaten un deceso, un homicidio, un brote de violencia o la supresión de los destinos humanos. Evitamos desde luego la prensa “amarillista”, pero no basta. Los monigotes que elegimos a contramano o por incuria están destruyendo el planeta. Llámese cambio climático, amenazas nucleares, despilfarro, corrupción o injusticia, lo que prevalece es un repudio a la vida, una tendencia abominable a la aniquilación.

Esa tendencia al retorno a lo inanimado, a un cociente nulo de excitación en el aparato de pensar (y por extensión al cuerpo o a todo cuanto nos rodea), deriva de la metáfora freudiana articulada en su ensayo “Más allá del principio del placer” de 1920 (1). Para muchos de sus contemporáneos, esta era un digresión de sus contribuciones teóricas adoptadas con reticencia por la comunidad científica, así que resulta pertinente retomar sus ideas aquí para intentar darles vigencia en nuestro tiempo.

La pulsión de muerte se origina de la tensión entre la concepción imaginaria del sujeto y aquello disuelto en el cuerpo que no puede alcanzar a representarse. No es pues un “instinto” en el sentido lato del término, porque Freud empleó la metáfora biológica sólo para darle sentido a su elaboración, justo cuando se expandía la microbiología. Tal error se ha extendido aún más allá del principio argumentado, y es lugar común escuchar todavía en el siglo XXI la refutación al efecto mecánico, en una reyerta contra Newton, como si se tratara de volver al Proyecto (2) para articular la psicopatología con la biología molecular.

La observación básica planteada ante esta tendencia hacia lo mortífero es aquello que Freud llamó der Wiederholungszwang, que significa compulsión a la repetición. ¿Porqué, contrariando todos los esfuerzos psíquicos por alcanzar el placer, los seres humanos tendemos al sufrimiento? Fiel a su método discursivo, Freud apeló a la dialéctica para inferir que, mientras la agencia inconsciente clama por la satisfacción de las demandas somáticas, el Yo reprime tales impulsos en una suerte de “masoquismo primario” que toca incesantemente la misma puerta cerrada. En sentido análogo, se entiende el planteamiento original de que toda fuerza motriz o impulso activo que tiene a disminuir la tensión psíquica es tributario de placer y, por el contrario, la acumulación o incremento de tensión emocional va asociada al sufrimiento. En la medida en que la pulsión de muerte se sostiene por la repetición, y bajo la misma óptica mecanicista, sirve para acumular tensión en la esfera psíquica. Pese a la tendencia a asimilar conceptos tales como autofagia, apoptosis o necrosis para darle coherencia biológica al proceso, la repetición no necesariamente implica regresión. De hecho, la idea se nutre de que los impulsos mortíferos son inherentes a la naturaleza humana y “peculiarmente resistentes a los estímulos externos” (Freud).

Toda experiencia traumática – ahora que está de moda el “sexual harrasment” – consiste en la acumulación de energía que satura e inunda la capacidad de contención de los procesos de pensamiento. En ese tenor, el trauma es una forma de descompensación que deja cabos sueltos en el inconsciente, mismos que buscan – en la iteración – la forma de ser sellados o representados.

Concebido de manera psicofisiológica, el Yo es una red de conexiones ligadas por energía: mucho más virtual que lo que proponen las neurociencias, porque el correlato anatómico siempre será insuficiente para explicar la versatilidad de los fenómenos mentales. La pulsión de muerte designa el modo en que la organización dinámica del Yo se ve impelida por la presión de las fuerzas instintivas (impulsos inconscientes) que se manifiestan como energía libre, irrepresentable.

En la clínica, lo observamos en esa tendencia a la inmovilidad terapéutica, a diferir toda intervención con objeto de mejorar, a recusar las indicaciones, o simplemente, al desdén por la salud. El médico vacila, con frecuencia se siente traicionado, y arrebatado por su narcisismo y aquello que hemos denominado identificación proyectiva, recurre al sadismo o al rechazo. No es inusual encontrar que los pacientes hospitalizados que resisten las tentativas del equipo terapéutico, sean heridos emocionalmente o sufran vejaciones, tanto como manipulaciones en exceso como represalia del personal sanitario. No se trata de actos deliberados, que en tal caso constituirían crueldad y una flagrante transgresión a cualquier ética, sino de actos desvinculados de razón, sinsentidos, omisiones, etc.; como toda energía libre arrebatada por la pulsión de destrucción.

Pero también es plausible atestiguarle en los padecimientos psicosomáticos donde ocurre una desorganización progresiva de la estructura corporal. En términos analógicos, el cuerpo imaginario (que es territorio de las manifestaciones conversivas) se ve desbordado por lo irrepresentable de la carne: con toda su morbosidad y su desinvestidura, al grado de difuminarse todo orden, toda coherencia anatómica. Así, la piel deviene un recubrimiento de la fragilidad, sujeta al embate de la agresividad o la culpa. Los órganos de defensa, integrados laxamente en el sistema inmune y sus representantes tisulares, convocan la dispersión de la integridad, la disolución del Yo; y, abusando de la metáfora, es permisible sugerir que el dolor y la inflamación, tanto como la transgresión y la ruptura de límites, sean los prototipos de los trastornos autoinmunes.

He visto durante años cómo la artritis personifica en diversos gradientes la impotencia y la melancolía, en esa ecuación donde la pérdida del objeto se traduce en una sombra que aniquila, que anquilosa, que ejerce su venganza en el cuerpo, a falta de representación ligada al afecto. De la misma manera que la esclerosis múltiple, el vitíligo o las colitis ulcerativas arrancan fragmentos del sujeto, donde están vertidas la estructura sensorial, el calor corporal o la integración de lo que se incorpora o se excreta, respectivamente.

Sin afán reduccionista, esta expresión de lo mortífero se ve reflejada en incontables conductas sociales que procuran el daño individual o colectivo y que se resisten al cambio. Podemos afirmar que lo innato al ser humano, más que el ejercicio de la vitalidad y su esfuerzo creativo, es esa intensa carga por demoler lo más preciado, anular lo más noble de su naturaleza y hacerlo añicos. A menos que otra voz, oportuna y ocasional, una instancia que sepa contener y espaciar, señale apenas entre líneas que lo ominoso no tiene porqué cobrarse otra víctima.

En estas épocas donde la maldad ha mostrado su señorío, la voz del pueblo, la gente en la calle, los que trabajamos por hacer de nuestro mundo un paraje más habitable, tenemos que prevalecer. No callemos, no pasemos por alto los ultrajes y los insultos, no toleremos que a ninguna mujer se le lastime o acose, enfrentemos la violencia de género. Atendamos y confrontemos los impulsos letales, dentro y fuera de nuestros enclaves. Una vez más, sin claudicar, apelemos a la vida.

Referencias.

Sigmund Freud. 1920. Beyond the pleausure principle. Standard Editon, volumen XVIII. Págs. 3 – 64, Vintage/The Hogarth Press, Londres 2001. (Para ponerlo en contexto, una Europa desgarrada ponía fin – apenas un año antes – a la guerra más devastadora que hubiese conocido. Además de la destrucción de campos y ciudades, sufria la inmolación de casi toda su juventud en tierra de nadie. Desolación y muerte por doquier).

Sigmund Freud. 1895. Project for a scientific psychology. Standard Edition, volumen I. Págs. 283 – 397. Vintage/The Hogarth Press, Londres 2001. (Esta obra permaneció oculta en vida de Freud, desterrada de sus aportaciones teóricas. Quizá dudó de que tal sincretismo fuese posible).

Bertrand Russell. 1930. The conquest of happiness. Liverlight, New York 2013.

Lionel Trilling. The moral obligation to be intelligent. Northwestern University Press, Chicago 2009.

António R. Damásio. Self comes to mind. Constructing the conscious brain. Vintage, New York 2012.

 

La creación y sus mitos

La creación y sus mitos

There is mythology planted in my mouth which is like sin.

Keep fires inside yourself.

My mother once said, When you were a baby,

            I let you swim in a basin of water

until your lungs stopped. Since then, my eyes were open windows,

Tania Chang (2004)

Son las doce de una nueva arbitrariedad horaria y la noche despliega su lento discurrir frente a las páginas de mi libro abierto. Ha llovido un poco y percibo el pasto húmedo y el tañido de sueños ajenos. Mis perros roncan y la sala está en silencio. La ciudad me acoge hospitalaria en este rincón donde el aire apenas asoma su inquietud y enfría. Allá afuera el jardín está escanciado de hojas secas que anuncian el otoño.

Estoy por viajar de nuevo y esa anticipación de escenarios anhelados se mezcla con la elucubración del mito. Leo a Stephen Greenblat, autor ilustre de The Swerve – que le valió el Pullitzer –, ahora con un ensayo que tituló “El ascenso y caída de Adán y Eva” (Norton Press, 2017). Nada más apelativo para la cercanía ominosa de la vejez que volver a preguntarse acerca del origen.

La mitología ha servido, desde el germen narrativo de la Humanidad, para explicarse lo extrasensorial y lo arcano. En principio fueron los fenómenos naturales, que nuestros ancestros se sintieron obligados a deificar para hacerlos corpóreos y asequibles. El trueno, las inundaciones, las tempestades, el sol o la inmensidad de la noche se erguían sobre los primeros pobladores como entidades amenazadoras capaces de arrasar con el mundo conocido. Después totemizaron a los animales y a sus progenitores, porque la muerte – la finitud humana – devino como el territorio irracional por excelencia. Es notable como el fuego y los diversos artefactos de creación humana no ocuparon ese lugar en la mitología, ni escalaron el Olimpo a sus espaldas.

Dicho así, el mito ha acompañado a la Humanidad para darle sentido a su origen y a su fin, sentido que siempre resulta inefable desde el lugar de los vivos.

La ciencia, como herramienta mágica, nos ha permitido a cambio visualizar al interior de las células y los átomos, pero no nos ha respondido (ni lo hará) a las eternas preguntas: ¿De dónde venimos? ¿Qué hay después de la muerte?

A falta de un catalejo que nos remonte más allá de los folículos ováricos o de la senescencia, numerosos académicos, poetas y antropólogos han intentado desmenuzar los mitos como una inquietud propia de nuestra especie. En correspondencia con Lionel Trilling (The liberal imagination, 1964), acepto que el psicoanálisis es “una ciencia de tropos, metáforas y sus variantes”. En ese tenor, las aportaciones de Sigmund Freud a la interpretación de los sueños, los tabúes y lo irracional son aún el punto de partida para explicar nuestra avidez por lo mitológico.

De acuerdo a él, el mito da salida a los deseos reprimidos y a los temores inconscientes del individuo. Podríamos agregar que esto es válido desde el paleolítico hasta nuestra era de la realidad virtual. Nos identificamos con los crímenes de Edipo – expuso Freud en 1900 – porque traducen nuestros propios deseos incestuosos de la misma manera que nos alivia su castigo (cegarse a sí mismo), porque explica de manera metafórica como escapar de tan inmensa culpa.

Algunos sucesores de Freud, en particular Otto Rank y Carl Jung, se dieron a la tarea de ponerle nombre a los lugares comunes y erigirse como los teóricos de la mitología freudiana, con mucho impacto mediático pero poca profundidad. Asumir que el parricido, la castración o el incesto permean toda la mitología griega y que por ello son los elementos sustanciales del comportamiento humano, no ofrece ningún avance al mito de Edipo y Yocasta, además de que reduce la fascinación humana con sus orígenes al conflicto familiar. Pese a que Jung mismo desconfiaba del valor universal de tales arquetipos, su escuela se ha inclinado por un cierto dogmatismo para encumbrar su figura. La maldición de los profetas y los grandes iniciados, podríamos argüir.

Un heredero de Jung, Joseph Campbell, dedicó sus observaciones psicoantropológicas a refrendar la mitología freudiana (The hero with a thousand faces, 1968). Se refiere al mito como “una matriz ilimitada de significados, como una puerta secreta que se abre al cosmos y permite que decante su energía inextinguible en la imaginación del Hombre”. Alocución que suena más mística que interpretativa, por cierto.

La tradición alegórica data del nacimiento de las grandes religiones, cuando los íconos antropomórficos – y por tanto, amorales – dejaron paso a las deidades regidoras (en particular, al Monoteísmo) y su valor simbólico en la tradición escrita. Esta transacción, impuesta por las autoridades eclesiásticas (eran necesarios templos y enclaves secretos), dotó a los libros sagrados de la verdad y la autoridad en diferentes regiones del mundo civilizado.

Como ejemplo, la imagen de Odiseo atado al mástil para huir del canto de las sirenas, sólo podía ser reinterpretado por la doctrina cristiana como el Cristo clavado en la cruz desoyendo las seducciones paganas. En cualquier caso, la alegoría sigue su propia lógica: “la narrativa no puede exceder el argumento, y el medio no puede sobrepasar el mensaje. La alegoría es el mito domesticado “ (Laurence Coupe, Myth, 1997).

No debe sorprendernos que el origen mítico del mundo y de la Humanidad coincidan en distintas culturas; por supuesto, teñido con sus variantes autóctonas.

Piensen por un momento en la tradición hebraica y el Popol Vuh, como ejemplos en contraste. Tan distantes en el espacio, pero tan afines en el clamor legendario de sus sacerdotes y acólitos. Los hombres surgen del polvo o de la tierra, del imperativo de un dios todopoderoso o sus ramificaciones politeístas.  Tales deidades simbolizan el aliento sempiterno de nuestros antepasados, encarnados en el vasto cosmos que se nos escapa por más que lo sondeemos con cálculos astronómicos o cápsulas espaciales.

Son el insumo que trasciende la muerte; que nos dicta que los veneremos, que sigamos sus leyes sin chistar, que alcemos los ojos con temor a sus mandatos. Que cumplamos con sus restricciones en bien de nuestra progenie: no matarás, especialmente al padre;  no fornicarás, en principio a tu madre; no adorarás a otro ancestro que no sea yo, so pena de caer en el limbo y el olvido. En suma, parricidio, incesto y castración (en el sentido de moderar las apetencias y el narcisismo). Quod erat demonstrandum: Freud y su legado, aunque hoy nos parezca un enfoque minimalista.

Todo dios, desde el origen de los tiempos, es la emanación de nuestros preceptos, la corporeidad de nuestros temores y anhelos, la ley suprema que debemos acatar para preservar la cultura y la especie. El mal, lo demoniaco, simboliza todo lo contrario.

Finalmente, desde su enfoque estructuralista, Claude Lévi-Strauss propuso que los símbolos son más reales de lo que simbolizan y que el significante precede y determina al significado (Marcos Zafiropoulos, Lacan et Lévi-Strauss ou le retour a Freud, 2003). Para este autor, el mito es un conjunto estructurado de significantes que funcionan para mediar entre contradicciones culturales. Demuestran el permanente conflicto en torno al nacimiento, la muerte y la sexualidad. El mito no puede resolver tales conflictos, pero proporciona un asidero simbólico al comparar una instancia con otra en el eje del dilema.

Así, podemos preguntar – cualquier madrugada, como hoy – qué se esconde detrás del árbol que resguarda una serpiente, engendro ponzoñoso que traza la frontera entre la represión y la consumación del deseo. Qué nos resulta tan apetecible, tan prohibido, y que, al transgredirlo, acarrea como castigo la salida sin retorno del paraíso (léase, del jardín ilusorio que ampara nuestra sexualidad infantil).

Los seres humanos estamos al desnudo y nada ni nadie responde a nuestras inquietudes primigenias. Por eso buscamos el amor, ese remanente atávico que nos hizo creer, allá en el origen del lenguaje, que todo lo poseíamos o bien, que lo podíamos recuperar con nuestro llanto. 

Arqueologías del futuro

Arqueologías del futuro

Para Héctor y Gloria, con afecto

Se acerca el fin del siglo y las predicciones ominosas son el tema de cada velada en Ciudad Pacifico (y no ciudad González, como pretendía el depuesto presidente). Las mujeres han comenzado a empacar pese a la reticencia de los colonos, hartos de tanto esfuerzo y tan escaso rendimiento.

El viejo Murray recuerda como los primeros en llegar murieron de fiebre terciana y sólo sobrevivieron quienes tenían anemia perniciosa, para sembrar futuro en esta tierra inhóspita y desértica.

  • Estábamos conscientes de que Owen no nos mintió, pero en cierto modo adornó demasiado la propuesta.

Sentados en esa pequeña iglesia presbiteriana lo escuchaban como si fuese el último sermón del exilio.

  • Hemos construido acaso dos millas de rieles para “The great Southern”. En Richmond se ríen a carcajadas de nuestra impericia.

La más estoica de las viudas, Molly Evans, se levantó sin pedir la palabra. Con voz estentórea y sometiendo los susurros que se arremolinaban a su lado, dijo:

  • Tú mejor que nadie sabes que hemos hecho hasta lo imposible por culminar este sueño, Archibald. No puedes culpar al ingeniero de la falta de fuerza de trabajo. En todo caso nos recordarán las generaciones venideras por nuestro esfuerzo, por hacer de este paisaje árido una promesa. Recordarán el nacimiento de la utopía de Sinaloa tanto como la conquista del Wild West.

La audiencia se sumió en el silencio. No había nada que objetar. El ingeniero Owen había ido por enésima vez a la capital para dialogar con Don Porfirio en un vano intento por financiar el ferrocarril.

La alocución de Molly dio por terminada la reunión. Su belleza marchita, sus largos caireles que desde la muerte del arquitecto Patrick Evans guardaba celosamente bajo la cofia, le conferían un aire sepulcral y una autoridad incontestable.

Primero las mujeres, tomando de la mano a sus pequeños y seguidas de los trabajadores e ingenieros, abandonaron el recinto que habían construido diez años atrás para celebrar sus ceremonias y fabular sus proyectos.

A lo lejos, los rieles y los durmientes truncos les mostraron otra vez su empresa fallida. El sol caía a plomo y los hombres se dirigieron a limpiar las casa que dejarían a los nuevos habitantes que llegaban a contramano desde Los Mochis.

Una década atrás, pese al calor inclemente, el cielo impoluto de la bahía se abría a toda esperanza. Las plantaciones de tabaco y la riqueza del Pacífico se unirían mediante un tren que surcaría los horizontes de Norteamérica. Los ideales socialistas amparados en la doctrina de Saint Simon y el puritanismo de los cuáqueros llevaría la opulencia a las regiones más inhóspitas de la costa mexicana.

Los Jameson, Murray, Emerett, Evans, McMillan y tantos otros arribaron con sus carretas, agobiados de sudor y permitiendo que sus esposas se aligeraran la ropa para remojarse en las playas desoladas de Topolobampo.

Con sigilo, las mujeres buscaron un rincón donde pudiesen alzarse las faldas y orinar sin ser vistas. Algunas incluso se soltaron el pelo y sumergieron la cabeza en las olas para sacudirse el sopor. En esos primeros días, azoradas por el viento abrasador que no cesaba, aprendieron a cocinar liebres y peces que los nativos les ofrecían a cambio de telas y utensilios. Los manantiales quedaban a varias millas del campamento y los caballos tenían que refrescarse continuamente para ayudar a acarrear piedra y cal. Descartaron de inmediato construir casas de madera, y si bien cortaron encinos y palmeras para diseñar el puerto, eligieron piedra caliza de varias pulgadas para conservar las casa frescas y ahuyentar a las alimañas. Cada día era un aprendizaje violento. Cuando llegaron las tormentas de invierno, diseñaron canales y repositorios para acumular el agua fresca que no volvería en muchos meses. Muy pronto, las mujeres desecharon sus ropas negras e hilaron vestidos de algodón y lino que traían los recién llegados de Georgia o South Carolina, más acordes con los días húmedos y las noches abrasadoras. Nacieron los primeros niños y les enseñaron a cubrirse del sol, con esas pieles blancas ceñidas para la nieve. Pero la añoranza y la identidad nunca echaron raíces en los montes agrestes de Sinaloa.

Casi diez años perduró la fantasía: vencieron mosquitos, alacranes, serpientes y falta de agua para fundar la comunidad socialista de fin de siglo. La mantuvieron limpia, abierta a los ideales que repetían en cada sermón dominical. Pero en las últimas semanas se rindieron. Owen los conminó a orar para que los pobladores desposeídos que alguna vez sirvieron de peones se posesionaran de las casas y los almacenes. Consolidaran el puerto y vieran la luz que a ellos se les escapaba. Quizá no estaban hechos para este clima, tal vez sobrevaloraron sus fuerzas o la capacidad que albergaban para someter a esta tierra iracunda e infértil.

Albert R. Owen, con pluma melancólica, trazó su legado: “A dream of an ideal city” (1897) publicado cuando sólo quedaban recuerdos aislados en aquellas playas.

Medio siglo después se afincaron otro tipo de cruzados. Esta vez pensando en trasladar su ideal para conquistar el Pacífico norte y construir el Tercer Reich. Subrepticiamente, llegaron a Topolobampo vestidos de civiles, pero en sus baúles de viaje, además de ropas bávaras, traían consigo copias del Mein Kampf que habían memorizado en caso de que los espías aliados descubrieran su proyecto de sedición.

Cabe decir – sin pruebas, por supuesto – que encontraron el mismo muro infranqueable que detuvo a Owen y sus cuáqueros: un mar espléndido, una bahía donde ocultar toda una flota invasora, pero atrás un clima imposible, que los desterró a tiempo y los obligó a buscar refugio en Sudamérica, donde la gente era más taimada y menos celosa de sus paraísos.

Allí fundaron Villa Baviera, donde se dice que afincó Josef Mengele, huyendo de la persecución israelí y los comandos paramilitares que surgieron de Nuremberg. Hubo quien se ocultó por años, pasando por un alemán próspero y aventurero. Chile, Brasil y Argentina era suficientemente extensos e ideológicamente polarizados para dar refugio a esos criminales. Al norte, en las aguas cálidas de Sinaloa, los sueños siguen surcando las olas, en memoria de todos los conquistadores que nunca echaron raíces.

Bibliografía:

  1. El estudio pionero de esa colonia utópica es Topolobampo, la metrópolis socialista de Occidente (1939), de José C. Valadés. Después aparecieron A southwestern utopia (1947) de Thomas A. Robertson, La conquista del valle del Fuerte (1957), de Mario Gill, y Cat’s paw utopia (1972), de Ray Reynolds.
  2. El sueño de una ciudad ideal y Un estudio social se encuentran en Obras (2003), de Albert K. Owen, editado por Siglo XXI y El Colegio de Sinaloa.

Corolario

Corolario

La sección 101 del Talking Stick Resort Arena estaba a reventar con fans de los Suns. Mike Nesmith nunca imaginó codearse con esos magnates que tenían boletos de temporada y bebían Macallan, Tanqueray o Guinness como si los regalaran. Con cierta timidez, enfundado en su chaqueta Eddie Bauer y los jeans más limpios que encontró, pidió permiso para ocupar su asiento. El Dr. Schlater ya lo esperaba con una cerveza y nachos cubiertos de queso, vociferando a la par que sus vecinos de fila.

  • Te estás perdiendo un gran juego, Mike. Siéntate. Bledsoe y Chandler los tienen completamente dominados.

Su temor de que Schlater fuese un pervertido se disipó de inmediato. No obstante, se quitó la chamarra y la colocó entre los dos lugares, mirando de reojo al médico, que parecía absorto en el ir y venir de los jugadores.

– Todo es simple paranoia de secretarias – pensó el camillero. Se arrellanó en su sitio y, sopesando su Coors helada en mano, se concentró en el partido.

Tras cuarenta y ocho intensos minutos y un tiempo extra, los dos personajes salieron por la puerta C hacia el estacionamiento. Schlater parecía un asiduo de la Resort Arena, saludando a unos cuantos individuos que no podían ocultar su opulencia. La noche fría estaba poblada de estrellas, Mike respiró hondo y ralentizó el paso.

  • Gracias, doctor – se atrevió a decir al salir a la intemperie. – Le confieso que nunca había estado tan cerca de center court. Fue como embocar las canastas yo mismo.

Marcus soltó una carcajada sonora y le dio una palmada al joven, que saltó un paso hacia delante impelido por su fuerza.

  • ¿Qué dices, muchacho? ¿Te acerco a tu casa?

Mike estaba a punto de rechazar la oferta, pero le pareció una descortesía después de disfrutar de un boleto que había costado más de doscientos dólares. – Sí, doctor, vivo en Alahambra; si le queda de camino.

  • Por supuesto, Mike, voy a Paradise Valley. Es apenas un pequeño desvío.

Más tranquilo, convencido de su reciprocidad, el camillero Nesmith se acomodó con desparpajo en el asiento del Audi Q5, ufano de haber trabado amistad con una celebridad. En ese instante dichoso, era imposible sospechar que emprendía su último viaje.

Ahora sí, Irene Moriarty estaba segura. Sus sospechas se confirmarían en cuestión de horas. Bastaba conseguir una orden de cateo, tomar unas muestras de DNA del Dr. Schlater, revisar su oficina, auto y casa con microscopio, y encerrarlo de por vida. Ni siquiera lo verbalizó. Vernon se ajustó el saco para esconder el bulto de su arma y se encaminó a la comisaría para obtener el permiso y la orden de arresto. Entretanto, Moriarty se dirigió a la oficina del administrador, quien la hizo esperar diez minutos antes de recibirla. La detective recordó una a una las palabras de su jefe, tragó saliva y se concentró en su teléfono móvil, simulando estar distraída. Al fin, la secretaria le cedió el paso.

  • Dígame, agente Moriarty. ¿Ahora de qué se trata? – el tono despectivo de John Arroyo tendió un obstáculo más a su compostura. Pero la mantuvo, a pesar de ella misma.
  • Tenemos indicios muy claros de que el subjefe de Anestesiología, Dr. Marcus Schlater, es culpable de uno o más crímenes.

Arroyo sintió calambres en los glúteos, pero fingió sorpresa.

  • Imagino que tendrá usted pruebas para semejante acusación, detective.
  • Las estamos reuniendo, Sr. Arroyo, y le notifico que una orden de cateo viene en camino, avalada por el FBI y la policía local. Estoy tendiéndole una cortesía para evitarle imprevistos.
  • Mientras no tenga frente a mí esos documentos, Srita. Moriarty (esto dicho con un tono cínico, entre dientes), no tiene usted acceso a ningún área del hospital salvo su cubículo apestoso.

Con toda la calma que Irene se había tragado, sintió el vapor subir a las sienes y estalló: – Usted me subestima, Arroyo. Si por minúsculo que sea detecto un atisbo de complicidad, en cualquier rincón de este hospital que tan celosamente encubre, los accesorios a estos homicidios no verán más la luz del día. Y eso lo incluye, no lo olvide.

El administrador se erizó como gato herido en su butaca. Estaba a punto de responder a gritos, pero Irene salió dando un portazo antes de que pudiera emitir palabra.

El día transcurrió a partir de ahí en un vaivén de órdenes, contraórdenes, tropiezos y peticiones truncas; que finalmente se resolvieron cuando O’Meara, el jefe del FBI en Phoenix y el superintendente de la Policía de Arizona se apersonaron en la dirección del Hospital, recibidos por un cortejo de autoridades impacientes. Pasaban de  las 5 de la tarde. A esas horas, Irene estaba furibunda, no había comido y la cantidad de café que ingirió durante el día no ayudaba a mantenerla ecuánime. Como único atenuante, tenía la certeza de que el círculo se había cerrado y que sus esfuerzos no resultaron en vano.

Entretanto, Vernon Dylan había conseguido la orden de cateo y se dirigía a toda prisa a East Desert Jewel Drive, al norte de Paradise Valley, antes de que Schlater – quien no contestaba su celular – borrara cualquier evidencia.

  • Estoy en una reunión en la Clínica Mayo, Scottsdale. Deje su mensaje – decía repetidamente la grabación.

El agente dio vuelta en la vereda y aparcó ruidosamente delante de la casa, con intención de advertir a los vecinos. El paisaje desértico estaba salpicado de casas estilo californiano, cuyas hipotecas excedían con mucho su propio salario. Se acercó a la entrada, siempre consciente de su pistola y de cualquier murmullo, pero nadie respondió por el intercom. Insistió varias veces y se retiró hacia el porche. Ante las miradas suspicaces del condominio de enfrente, se asomó por las ventanas y decidió rodear la propiedad, esperando que la vecina llamara a la policía, alertada por su intrusión. Cuando estaba a punto de violar el candado que protegía la bodega del jardín, sonaron las sirenas. Dos patrullas encallaron a unos metros y sintió el rugir de un altavoz que lo conminaba a salir con las manos en alto.

La identificación oficial llevó varios minutos. Los gendarmes revisaron la orden de cateo en detalle y tras verificar sus credenciales con la comisaría, lo acompañaron al jardín, sin saber bien a bien qué buscaban. Dylan observó unas raspaduras de metal en el piso de arcilla, como si algo muy pesado hubiese sido arrastrado con dificultad. Desde su celular llamó a Moriarty.

  • Irene, estoy en la propiedad. Necesito un equipo forense… Sí… Lo mejor que puedas conseguir…No te preocupes, aquí espero… Ciao.

El arresto de Schlater no se hizo esperar. Como era de suponer, negó todo. Dijo que había estado arreglando la covacha y sacó basura, piedras y objetos de metal que justificaban las huellas en su patio. Del joven Nesmith no sabía nada. Se despidió de él afuera del estadio y no lo había visto desde entonces. No se detectaron restos de DNA en su coche, bajo las uñas o en ninguna herramienta de su bodega. La única sangre que se encontró en los arbustos era de ardilla y su rastro llevaba distintivamente hasta la perrera del vecino. Mientras esperaban la fecha del  juicio, Irene y Vernon decidieron cerrar la investigación y dejarla en manos del FBI de Phoenix para desentrañar a los cómplices. Los abogados de St. Luke’s obtuvieron la libertad bajo fianza del anestesiólogo con un pago de ciento quince mil dólares, dadas las pruebas circunstanciales que apuntaban a Schlater y a una posible red encubierta.

  • Buen trabajo, agente Dylan – externó Irene, desbordante de alegría, cubierta apenas con una camisa, las piernas desnudas y la champaña en la mano.

Desde la cama, con el torso descubierto, Vernon la miró embelesado. – El triunfo es todo suyo, agente Moriarty. Sin su olfato y perseverancia ese criminal se habría salido con la suya. Llene las copas sin miedo, hermosa, tenemos mucho que celebrar.

  • Aún no terminamos, Vernon. Están por caer los otros. Ya verás.

El corcho salió proyectado hacia el techo al mismo tiempo que todo el departamento quedó envuelto en llamas. La explosión sacudió los edificios contiguos, lanzando dos autos quemados a varios metros de distancia y rompiendo todos los vidrios de cinco edificios y los faroles de la calle. El restaurante hindú Bombay Spice quedó completamente calcinado. El olor a gas se podía percibir a ciento cincuenta pies del accidente. Ninguno de los habitantes del primer piso sobrevivió al terrible estallido. Entre ellos, dos investigadores que habían destapado la trama corrupta de uno de los principales hospitales del suroeste del país y que tristemente se hallaban en su apartamento al momento del percance.

En su oficina, la mirada perdida en el horizonte, el administrador Arroyo espera a la ex secretaria del Dr. Schlater. Por sus servicios y contribución a la integridad moral del hospital, le ha ofrecido una vacante en Denver, donde será la asistente del subdirector, buen amigo suyo. Betsy entra con cierto sigilo, sin palabras para agradecer la magnanimidad de este hombre, que ha ayudado tanto a Samantha en su duelo y que se deshizo a tiempo del perverso Dr. Jekyll, a quien todos saben culpable de la desaparición de Mike.

Secuela

Secuela

La habitación está en penumbra, el espeso silencio apenas interrumpido por el trajín de camillas rumbo al quirófano y el ronquido abrupto del enfermo.

El Dr. Schlater, cuarentón fornido, adusto, de ademanes ágiles y peinado con exceso de gomina, extrae las ampolletas de cloruro de potasio mientras otea sin cesar hacia la puerta. Tiene escasos minutos para perpetrar su osadía. Sobre la cama impoluta, en posición de semi-Fowler, el hombre gruñe y deja escurrir saliva. El anestesiólogo se queda petrificado un instante, esperando una sorpresa mutua. Da un paso atrás y empuña el fármaco para ocultarlo. Pero el enfermo vuelve a caer en el letargo. Más compuesto, observa al viejo con detenimiento, la cánula de traqueotomía emite sonidos roncos con un ritmo irregular; los brazos yertos a su lado y el hueco de la pierna amputada bajo las sábanas lo distinguen. Con movimientos exactos, rompe las ámpulas y carga la jeringa de veinte mililitros con 40 mg de Versed, sin perder de vista el picaporte, atento a cada ruido en su vecindad. Al inyectar el veneno, el enfermo gime de dolor y estira los dedos, pero no sale de su sopor. Marcus apaga la alarma del monitor al tiempo que atestigua los cambios electrocardiográficos que anticipaba: bradicardia súbita con bloqueos intermitentes, seguidos de la ominosa fibrilación ventricular. Retira la aguja y se desenfunda los guantes; embolsa con cuidado todo el material y observa por fin la línea isoeléctrica cuando se apura a salir del cuarto. Está hecho.

Justo al cerrar delicadamente la puerta, pasa por detrás un camillero empujando una silla de ruedas vacía, que lo reconoce.

• Buen día, doctor. ¿Vio el partido de los Suns anoche?
• ¡Ah! Mike – profiere el médico, visiblemente nervioso. – He estado ocupado. ¿Quién ganó?
El muchacho traza una cifra en el aire que Marcus no puede descifrar. Sonríe forzadamente y se despide apresurado, dejando al camillero atónito y con la palabra en la boca. Mientras camina hacia su oficina, Schlater piensa con inquina que este hombre es un serio tropiezo en su gesta.

• Un testigo indeseable, – se repite – tendré que acallarlo, borrarlo. Esto no puede salir a la luz…
A sus espaldas, suena el código azul y se escucha el barullo de carros de paro, personal que corre, bate puertas y grita órdenes perentorias. El médico se escabulle como sombra errante a su oficina. Nadie más lo ha visto, pero no podrá estar tranquilo hasta que cualquier rastro suyo desaparezca por completo.

Es un día nublado de otoño, la ciudad se despereza y la multitud de hojas muertas arrastradas por el viento anuncian el receso invernal que lo envuelve todo. Irene Moriarty llega al Centro Médico cerca del mediodía. Las enfermeras de Pediatría están decorando el vestíbulo con adornos de Halloween y la saludan con recelo. Su presencia despierta incomodidad; es el presagio de que una muerte más será investigada a fondo, perturbando la armonía cotidiana del hospital. Se dirige con paso firme a la oficina del administrador. Exigirá la autopsia por todos los medios posibles, pero sabe que es una decisión exclusiva de los familiares y necesita la autorización para presionarlos. El cuerpo del enfermo ya está en la morgue y el tiempo apremia.

• Buenos días – dice con aplomo, apenas cruza el umbral. – Mister Arroyo, usted sabe porqué estoy aquí. Le ruego que me ayude a conseguir la autopsia. Este enfermo es una raya más en la culata del criminal que se esconde en su edificio, se lo aseguro.
El contador John Baldomero Arroyo, inmigrante de ascendencia centroamericana y celoso de sus méritos, no se deja intimidar por una mujer bonita. Se yergue en su silla, sin invitarla a tomar asiento. Refunfuña para sus adentros y le dice que hará lo que pueda, pero no promete nada. Es un cancerbero y no permitirá que ningún fisgón, por elegante o erudito que parezca, altere el orden de su hospital.

En la recepción del cuarto piso, dos médicos residentes consuelan a los deudos. Con dulzura y paciencia, intentan convencer a su hijo para que autorice la necropsia. El hombre, desconsolado, escucha sin prestar atención. Se limita a seguir con la mirada a las enfermeras que emergen del cuarto de su padre, fallecido por un arresto cardiaco pese a que le aseguraron que su corazón estaba indemne.

• Creí que lo podríamos llevar a una residencia de ancianos, – emite con voz entrecortada – teníamos todo arreglado. No lo entiendo.
Moriarty mira la escena a cierta distancia. Quiere intervenir, pero se exige prudencia. Dejará que los chicos hagan su trabajo y abordará a los familiares en otro momento, si se resisten a conceder el estudio. Sabe que en este cadáver yace un clave inequívoca del asesino en serie; alguna huella digital, alguna torpeza en su dosis letal. Tiene que conseguir el acceso para descubrirlo.

Dos pisos más abajo, en la Jefatura de Anestesia, Marcus Schlater revisa sus expedientes y la asignación de equipos para las cirugías programadas. Está muy molesto, cualquier tarea lo irrita. Firma los documentos de consentimiento informado y llama en tono despótico a su secretaria.

• Llévate esto. Ah, y no me interrumpas, tengo que preparar una conferencia.
La chica conoce sus exabruptos, pero esta mañana lo encuentra particularmente procaz. Sale sin responder, llevando consigo el folder con las órdenes del día y cierra la puerta de vidrio esmerilado tras de sí, procurando no hacer ruido. Esta pausa le dará oportunidad para charlar con Samantha, la secretaria de Cardiología. Tienen prevista una salida al cine el próximo viernes. Es la oportunidad que han estado tramando para conocer a sus respectivos novios. La amiga le ha contado maravillas de su prometido, el camillero Mike Nesmith, del área de recuperación. – Muero por conocerlo, Sam – susurra en el teléfono.

Furibundo, con los puños sobre el escritorio, Marcus urde su maniobra. El joven enfermero es fanático del basquetbol; de tanto en cuanto han intercambiado opiniones acerca de la NBA, los playoffs y los jugadores célebres. – La ocasión llegará – masculla entre dientes. – Pero conviene esperar a que se calmen las aguas.
Revisa el calendario de partidos locales y compra dos entradas para el juego Phoenix-Brooklyn pactado en dos semanas. Eso dará tiempo a ganar su confianza o amedrentarlo, lo que resulte más eficiente. Ahora debe pensar en el método para deshacerse del cuerpo. ¡Que contratiempo! ¡Con lo bien que marchaban las cosas!

Aprovechando el lunch-break, toma su impermeable y se escurre unas horas para salir a comprar un teléfono móvil en Tempe. Una vez que lo carga en el restaurante que encuentra a la mano,  llama a Huymans, su amigo de la infancia en Nijmegen, que ahora trabaja en la Industrial Chemical de Tucson.

• Hoe zit, Thijs! – dice al escuchar la voz estridente de su contertulio. – Necesito tu ayuda para un proyecto de la Sociedad Médica. ¿Puedes conseguirme un tambo de ácido fluorhídrico de manera discreta? Si es preciso, te lo pago con excedentes, para evitarte problemas.
De regreso a casa, Marcus desecha el celular en un basurero público y se relaja. Enciende el aparato de sonido y escucha la “Rapsodia en Azul” de Gershwin que lo proyecta a su temprana edad, desembarcando en Staten Island, con su madre dispuesta a emplearse en las bibliotecas públicas de Queens para sostener a la familia. Es una pieza que lo sume en la melancolía; tanto que a veces no puede evitar el llanto. Poco a poco, con los acordes tersos de la balada, termina por vencerlo el sueño.

Esa misma tarde, en la oficina del Detective Bill O’Meara, Irene entra encolerizada. – Negaron la autopsia, jefe. Así es imposible avanzar.

La agencia está situada en un céntrico edificio de estilo ambiguo. Consta de cuatro cubículos separados por canceles y una secretaria pelirroja, miope, fundida a su escritorio, que parece sacada de una película de Bogart. Tras acreditarse localizando adolescentes que se fugan (o al menos obteniendo datos de las tarjetas de crédito de sus agónicos padres), la llegada de detectives jóvenes y mejor formados ha permitido indagar crímenes más notables, cuyo éxito redunda en pagos de hipotecas, más visitas a su página web y algo de prestigio.

Acostumbrado a la impulsividad de sus investigadores, O’Meara deja su café, retuerce la colilla en el cenicero y se dirige a su colega con parsimonia, blandiendo su más pulido acento irlandés.

– Moriarty, no dejes que esto se convierta en una vendetta. Hay muchas cabezas en juego y tenemos que ser cautos. Arroyo es un tipo despreciable y encubrirá a sus empleados si lo presionamos. Recuerda que St. Luke es la joya del desierto. Un escándalo de este tipo los hundiría.
– Los tenemos – insiste la mujer, quien ha recuperado la calma. – Sólo déjeme clavar las uñas en el personal de Terapia y Anestesia, para hacer saltar al depredador.

Cuando quiere imponer su criterio, Irene es una mujer deslumbrante; los ojos verdes destilan pasión y aprieta los labios en un gesto iracundo. Aún más, compone el torso con tal denuedo que parece desafiar al mundo. Alisando el ancho bigote para cohibir la risa, O’Meara  la observa desde sus lentes John Lennon, que le otorgan un aire canónico, indispensable para el trabajo sucio.

– De acuerdo, aprieta un poco. Lanza algunos petardos por debajo de los quirófanos, graba conversaciones, pero no violentes a nadie. Podrían cortarnos las alas y demandarnos por acoso.

Casi eufórica, Irene arranca el abrigo del colgador y sale a buscar refuerzos. – Nelly, comunícame con el agente Dylan del FBI en Albuquerque. El teléfono es (505) **9-***0. Dile que tengo un trabajo que le encantará. Pero que antes consiga suficiente “leverage”. Él sabrá a que me refiero.

Al fondo del Humble Coffee Co., ajenos al tráfico que circula en la avenida Mesa Verde, el agente especial Vernon Dylan despluma a su informante.

– Vamos, Jeremy, no te atrevas a sugerir que ignoras donde la venden. Estoy cansado de tus mentiras-. Dicho esto, lo tira del brazo y levanta la manga con rudeza.

– ¿Qué? ¿Me vas a decir que éstos son piquetes de avispa?

Tomado por sorpresa, el chico esconde los antebrazos bajo la mesa e inclina la cabeza como un niño avergonzado, el pelo rubio revuelto y la mirada hueca. Está a punto de responder, cuando el policía levanta dos dedos para callarlo y atender su teléfono. Es un mensaje de texto:

[ call pi moriarty @ Phoenix, asap ]

Doce horas más tarde, recién bañado, Dylan carga una maleta con tres cambios de ropa, su pistola reglamentaria y un permiso que consigna que se trata de un delito federal, vinculado a dos casos no resueltos en el hospital universitario de Nuevo México. Baja del motel donde se hospeda desde su divorcio y emprende el viaje por la carretera I-40 West, un paisaje que no ha recorrido en años.

– Será un placer trabajar a su lado, agente Moriarty – piensa, haciendo memoria de las facciones y el cuerpo desnudo, exquisito, de su antigua compañera.