Secuela

Secuela

La habitación está en penumbra, el espeso silencio apenas interrumpido por el trajín de camillas rumbo al quirófano y el ronquido abrupto del enfermo.

El Dr. Schlater, cuarentón fornido, adusto, de ademanes ágiles y peinado con exceso de gomina, extrae las ampolletas de cloruro de potasio mientras otea sin cesar hacia la puerta. Tiene escasos minutos para perpetrar su osadía. Sobre la cama impoluta, en posición de semi-Fowler, el hombre gruñe y deja escurrir saliva. El anestesiólogo se queda petrificado un instante, esperando una sorpresa mutua. Da un paso atrás y empuña el fármaco para ocultarlo. Pero el enfermo vuelve a caer en el letargo. Más compuesto, observa al viejo con detenimiento, la cánula de traqueotomía emite sonidos roncos con un ritmo irregular; los brazos yertos a su lado y el hueco de la pierna amputada bajo las sábanas lo distinguen. Con movimientos exactos, rompe las ámpulas y carga la jeringa de veinte mililitros con 40 mg de Versed, sin perder de vista el picaporte, atento a cada ruido en su vecindad. Al inyectar el veneno, el enfermo gime de dolor y estira los dedos, pero no sale de su sopor. Marcus apaga la alarma del monitor al tiempo que atestigua los cambios electrocardiográficos que anticipaba: bradicardia súbita con bloqueos intermitentes, seguidos de la ominosa fibrilación ventricular. Retira la aguja y se desenfunda los guantes; embolsa con cuidado todo el material y observa por fin la línea isoeléctrica cuando se apura a salir del cuarto. Está hecho.

Justo al cerrar delicadamente la puerta, pasa por detrás un camillero empujando una silla de ruedas vacía, que lo reconoce.

• Buen día, doctor. ¿Vio el partido de los Suns anoche?
• ¡Ah! Mike – profiere el médico, visiblemente nervioso. – He estado ocupado. ¿Quién ganó?
El muchacho traza una cifra en el aire que Marcus no puede descifrar. Sonríe forzadamente y se despide apresurado, dejando al camillero atónito y con la palabra en la boca. Mientras camina hacia su oficina, Schlater piensa con inquina que este hombre es un serio tropiezo en su gesta.

• Un testigo indeseable, – se repite – tendré que acallarlo, borrarlo. Esto no puede salir a la luz…
A sus espaldas, suena el código azul y se escucha el barullo de carros de paro, personal que corre, bate puertas y grita órdenes perentorias. El médico se escabulle como sombra errante a su oficina. Nadie más lo ha visto, pero no podrá estar tranquilo hasta que cualquier rastro suyo desaparezca por completo.

Es un día nublado de otoño, la ciudad se despereza y la multitud de hojas muertas arrastradas por el viento anuncian el receso invernal que lo envuelve todo. Irene Moriarty llega al Centro Médico cerca del mediodía. Las enfermeras de Pediatría están decorando el vestíbulo con adornos de Halloween y la saludan con recelo. Su presencia despierta incomodidad; es el presagio de que una muerte más será investigada a fondo, perturbando la armonía cotidiana del hospital. Se dirige con paso firme a la oficina del administrador. Exigirá la autopsia por todos los medios posibles, pero sabe que es una decisión exclusiva de los familiares y necesita la autorización para presionarlos. El cuerpo del enfermo ya está en la morgue y el tiempo apremia.

• Buenos días – dice con aplomo, apenas cruza el umbral. – Mister Arroyo, usted sabe porqué estoy aquí. Le ruego que me ayude a conseguir la autopsia. Este enfermo es una raya más en la culata del criminal que se esconde en su edificio, se lo aseguro.
El contador John Baldomero Arroyo, inmigrante de ascendencia centroamericana y celoso de sus méritos, no se deja intimidar por una mujer bonita. Se yergue en su silla, sin invitarla a tomar asiento. Refunfuña para sus adentros y le dice que hará lo que pueda, pero no promete nada. Es un cancerbero y no permitirá que ningún fisgón, por elegante o erudito que parezca, altere el orden de su hospital.

En la recepción del cuarto piso, dos médicos residentes consuelan a los deudos. Con dulzura y paciencia, intentan convencer a su hijo para que autorice la necropsia. El hombre, desconsolado, escucha sin prestar atención. Se limita a seguir con la mirada a las enfermeras que emergen del cuarto de su padre, fallecido por un arresto cardiaco pese a que le aseguraron que su corazón estaba indemne.

• Creí que lo podríamos llevar a una residencia de ancianos, – emite con voz entrecortada – teníamos todo arreglado. No lo entiendo.
Moriarty mira la escena a cierta distancia. Quiere intervenir, pero se exige prudencia. Dejará que los chicos hagan su trabajo y abordará a los familiares en otro momento, si se resisten a conceder el estudio. Sabe que en este cadáver yace un clave inequívoca del asesino en serie; alguna huella digital, alguna torpeza en su dosis letal. Tiene que conseguir el acceso para descubrirlo.

Dos pisos más abajo, en la Jefatura de Anestesia, Marcus Schlater revisa sus expedientes y la asignación de equipos para las cirugías programadas. Está muy molesto, cualquier tarea lo irrita. Firma los documentos de consentimiento informado y llama en tono despótico a su secretaria.

• Llévate esto. Ah, y no me interrumpas, tengo que preparar una conferencia.
La chica conoce sus exabruptos, pero esta mañana lo encuentra particularmente procaz. Sale sin responder, llevando consigo el folder con las órdenes del día y cierra la puerta de vidrio esmerilado tras de sí, procurando no hacer ruido. Esta pausa le dará oportunidad para charlar con Samantha, la secretaria de Cardiología. Tienen prevista una salida al cine el próximo viernes. Es la oportunidad que han estado tramando para conocer a sus respectivos novios. La amiga le ha contado maravillas de su prometido, el camillero Mike Nesmith, del área de recuperación. – Muero por conocerlo, Sam – susurra en el teléfono.

Furibundo, con los puños sobre el escritorio, Marcus urde su maniobra. El joven enfermero es fanático del basquetbol; de tanto en cuanto han intercambiado opiniones acerca de la NBA, los playoffs y los jugadores célebres. – La ocasión llegará – masculla entre dientes. – Pero conviene esperar a que se calmen las aguas.
Revisa el calendario de partidos locales y compra dos entradas para el juego Phoenix-Brooklyn pactado en dos semanas. Eso dará tiempo a ganar su confianza o amedrentarlo, lo que resulte más eficiente. Ahora debe pensar en el método para deshacerse del cuerpo. ¡Que contratiempo! ¡Con lo bien que marchaban las cosas!

Aprovechando el lunch-break, toma su impermeable y se escurre unas horas para salir a comprar un teléfono móvil en Tempe. Una vez que lo carga en el restaurante que encuentra a la mano,  llama a Huymans, su amigo de la infancia en Nijmegen, que ahora trabaja en la Industrial Chemical de Tucson.

• Hoe zit, Thijs! – dice al escuchar la voz estridente de su contertulio. – Necesito tu ayuda para un proyecto de la Sociedad Médica. ¿Puedes conseguirme un tambo de ácido fluorhídrico de manera discreta? Si es preciso, te lo pago con excedentes, para evitarte problemas.
De regreso a casa, Marcus desecha el celular en un basurero público y se relaja. Enciende el aparato de sonido y escucha la “Rapsodia en Azul” de Gershwin que lo proyecta a su temprana edad, desembarcando en Staten Island, con su madre dispuesta a emplearse en las bibliotecas públicas de Queens para sostener a la familia. Es una pieza que lo sume en la melancolía; tanto que a veces no puede evitar el llanto. Poco a poco, con los acordes tersos de la balada, termina por vencerlo el sueño.

Esa misma tarde, en la oficina del Detective Bill O’Meara, Irene entra encolerizada. – Negaron la autopsia, jefe. Así es imposible avanzar.

La agencia está situada en un céntrico edificio de estilo ambiguo. Consta de cuatro cubículos separados por canceles y una secretaria pelirroja, miope, fundida a su escritorio, que parece sacada de una película de Bogart. Tras acreditarse localizando adolescentes que se fugan (o al menos obteniendo datos de las tarjetas de crédito de sus agónicos padres), la llegada de detectives jóvenes y mejor formados ha permitido indagar crímenes más notables, cuyo éxito redunda en pagos de hipotecas, más visitas a su página web y algo de prestigio.

Acostumbrado a la impulsividad de sus investigadores, O’Meara deja su café, retuerce la colilla en el cenicero y se dirige a su colega con parsimonia, blandiendo su más pulido acento irlandés.

– Moriarty, no dejes que esto se convierta en una vendetta. Hay muchas cabezas en juego y tenemos que ser cautos. Arroyo es un tipo despreciable y encubrirá a sus empleados si lo presionamos. Recuerda que St. Luke es la joya del desierto. Un escándalo de este tipo los hundiría.
– Los tenemos – insiste la mujer, quien ha recuperado la calma. – Sólo déjeme clavar las uñas en el personal de Terapia y Anestesia, para hacer saltar al depredador.

Cuando quiere imponer su criterio, Irene es una mujer deslumbrante; los ojos verdes destilan pasión y aprieta los labios en un gesto iracundo. Aún más, compone el torso con tal denuedo que parece desafiar al mundo. Alisando el ancho bigote para cohibir la risa, O’Meara  la observa desde sus lentes John Lennon, que le otorgan un aire canónico, indispensable para el trabajo sucio.

– De acuerdo, aprieta un poco. Lanza algunos petardos por debajo de los quirófanos, graba conversaciones, pero no violentes a nadie. Podrían cortarnos las alas y demandarnos por acoso.

Casi eufórica, Irene arranca el abrigo del colgador y sale a buscar refuerzos. – Nelly, comunícame con el agente Dylan del FBI en Albuquerque. El teléfono es (505) **9-***0. Dile que tengo un trabajo que le encantará. Pero que antes consiga suficiente “leverage”. Él sabrá a que me refiero.

Al fondo del Humble Coffee Co., ajenos al tráfico que circula en la avenida Mesa Verde, el agente especial Vernon Dylan despluma a su informante.

– Vamos, Jeremy, no te atrevas a sugerir que ignoras donde la venden. Estoy cansado de tus mentiras-. Dicho esto, lo tira del brazo y levanta la manga con rudeza.

– ¿Qué? ¿Me vas a decir que éstos son piquetes de avispa?

Tomado por sorpresa, el chico esconde los antebrazos bajo la mesa e inclina la cabeza como un niño avergonzado, el pelo rubio revuelto y la mirada hueca. Está a punto de responder, cuando el policía levanta dos dedos para callarlo y atender su teléfono. Es un mensaje de texto:

[ call pi moriarty @ Phoenix, asap ]

Doce horas más tarde, recién bañado, Dylan carga una maleta con tres cambios de ropa, su pistola reglamentaria y un permiso que consigna que se trata de un delito federal, vinculado a dos casos no resueltos en el hospital universitario de Nuevo México. Baja del motel donde se hospeda desde su divorcio y emprende el viaje por la carretera I-40 West, un paisaje que no ha recorrido en años.

– Será un placer trabajar a su lado, agente Moriarty – piensa, haciendo memoria de las facciones y el cuerpo desnudo, exquisito, de su antigua compañera.

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Es preferible pensar

Es preferible pensar

Una editorial en JAMA hace una semana (1) me trajo de nuevo a la mente los numerosos equívocos en que incurrimos los médicos, sobre todo cavando en las trincheras de la atención primaria.
El Dr. Sinha recurre al símil del portero de futbol durante la pena máxima, que se siente obligado a lanzarse hacia un lado, cuando estadísticamente si se quedara en medio tendría mejores probabilidades de detener el balón. Eso sí, ningún guardameta se sentiría cómodo manteniéndose quieto ante el nerviosismo de sus compañeros y el partido en juego.
De manera análoga, los doctores tendemos a actuar – más de una vez por inercia – sin comprensión reflexiva de lo que estamos combatiendo. Con ello quiero insistir en que no bastan los conocimientos sólidos, ni siquiera la educación médica continua, si no sabemos individualizar cada caso y ponderar los derroteros fisiopatológicos que tenemos delante.
Como en la situación de un penalti, estudiamos el ángulo del jugador que lo va a tirar, su intención, su nerviosismo o entereza aparentes, la dirección de su mirada (con la que nos pretende engañar) y los dos o tres pasos que anteceden al puntapié decisivo; pero no podemos predecir su trayectoria hasta que el balón está en juego.
Los años de experiencia clínica nos permiten salvar la burocracia de nuestro oficio. Es decir, ya no detallamos en la anamnesis detalles que aprendimos como estudiantes o residentes porque nos resultan insustanciales (¿cuántas habitaciones tiene su casa? ¿de qué edades son sus tíos? ¿cuáles son sus pasatiempos?). Nuestra historia clínica es más precisa, no se anda por las ramas y busca e incluso anticipa el meollo del problema que aqueja a nuestros pacientes. Rara vez tenemos que detenernos en pormenores que no atañen al padecimiento actual, eso lo discernimos con el interrogatorio orientado por sistemas y no pocas veces, durante la exploración física.
Aún así, se nos escapan algunas cosas. Hacemos uso racional de las pruebas paraclínicas y los estudios de imagen, sopesando precio, reproducibilidad o valor diagnóstico. Apelamos a las guías clínicas y los llamados “estándares de oro”, pero no somos ni seremos nunca infalibles. La humildad y la autocrítica siguen siendo nuestras mejores herramientas.
En la editorial en cuestión se analiza el empleo desmedido de hemocultivos en situaciones donde no hay evidencia de bacteremia o se trata de enfermos inmunocompetentes. La evidencia ha demostrado que menos del 7% de los cultivos sanguíneos resultan positivos en pacientes con neumonía adquirida en la comunidad, pese a que se consideraba un procedimiento obligado hasta hace pocos años.
En el Centro Médico de Yale-New Haven, donde trabaja el autor, se practican alrededor de 180 mil hemocultivos al año (a un costo individual de 138 dólares por prueba) de los cuales sólo el 10% da resultados confiables.
Carentes de estadísticas que nos hagan frenar los bajos instintos, en México adolecemos de numerosos lances a los costados, cuando sería mucho mejor preguntar, consensar, regresar a los libros o no hacer nada; sobre todo cuando no nos asiste la razón o dudamos de nuestro juicio clínico. He repetido muchas veces que la peor enfermedad que puede sufrir un médico es el engreimiento (como diría el Premio Nobel de Literatura, Bob Dylan: “The disease of conceit” (2)).
Además del empleo innecesario de cultivos cuando no se cuenta con muestras confiables (caso del esputo que es sólo saliva, coprocultivos en ausencia de diarrea, hemocultivos sin bacteremia evidente y otros dardos al azar), me permito enumerar una serie de intervenciones que habitualmente producen gastos innecesarios y resultados iatrogénicos o paupérrimos.
A) El empleo de esteroides en alergia o inflamación no crítica. Nuestro país se “pinta solo” en el abuso de cortisona y sus derivados sintéticos. Se usan sin reflexión alguna en infecciones respiratorias (virales u otherwise); en urticarias, angioedemas, osteoartritis, Zika, Chikungunya, herpes zoster, “prevención de cicatrices queloides”, mialgias, y un sinfín de etcéteras. La mayoría de las veces careciendo de confirmación diagnóstica.
B) Perfil reumático. En diversas oportunidades, en vivo y a todo color, he repudiado el uso de este panel de estudios como una pérdida de tiempo y dinero. En los consultorios de primer contacto se pide con tanta frecuencia, que los laboratorios clínicos han hecho un negocio (poco ético, debo añadir) de este tamizaje sin pies ni cabeza.
C) Funduplicaturas tipo Nissen o colecistectomías sin justificación terapéutica. Hemos dejado atrás las épocas en que la decisión del médico era inapelable. Es preferible contemplar que “el paciente siempre tiene la razón” antes de que nos hundamos en la espiral inflacionaria de las demandas y la Medicina defensiva que priva en otros países (aunque dudo que en nuestro medio, tan corrupto, la voz de los enfermos resulte audible para todos).
D) Estudios de imagen sin examen clínico adecuado. En la medida en que la tecnología ha rebasado con mucho la agudeza de nuestros sentidos, se piden estudios (TAC, MRI, PET, ultrasonidos y gamagramas) sin intención de confirmar la sospecha derivada de una semiología acuciosa y una exploración rigurosa. No es falta de tiempo, sino abulia e indolencia; pecados capitales en la práctica médica. Andar “norteado” en Medicina y sondear sin dirección en un cuerpo humano nos regresa en el tiempo, hasta los chamanes o los nigromantes, cuando los ensalmos precedían a la ciencia.
E) Prescripción de antibióticos sin cultivo o frotis previo (o en condiciones más precarias, sin un minucioso análisis clínico y epidemiológico). Acaso éste es el error más inquietante de la Medicina actual. Las cifras de gérmenes multirresistentes van en aumento exponencial; la gente muere más por Clostridum difficile (bacteria intestinal oportunista) provocado por antibioticoterapia en los países desarrollados que por cualquier otro germen; y en el Tercer Mundo, el abuso de antimicrobianos de amplio espectro es más que alarmante. Si consideramos que más del 70% de los cuadros respiratorios en gente sana y casi la mitad de las infecciones intestinales son causadas por virus (sobre todo en invierno), el uso de antibióticos al primer estornudo o ante una evacuación diarreica, es una estupidez de consecuencias potencialmente graves.
F) Hospitalizaciones injustificadas. Del mismo modo que se abusa de la tecnología diagnóstica, el internamiento (más aún si es prolongado) de enfermos ambulatorios es una transgresión ética injustificable. En los hospitales privados, eso “califica” a los doctores porque se favorecen los ingresos y el negocio prospera. Pero un paciente internado está expuesto a muchos más riesgos que si se le atiende en casa, excepto en los casos donde su vida corre peligro o la hospitalización, intervención o confinamiento mejoran su pronóstico. Los criterios de ingreso en cada especialidad dependen con mucho de la gravedad estimada del padecimiento, la oportunidad de la intervención diagnóstica y terapéutica, aunque también suele prevalecer la integridad moral del médico tratante para evaluar si el enfermo se verá genuinamente beneficiado dentro de un nosocomio. Esta ley no escrita es fundamental, tanto como el principio hipocrático de “primum non nocere”, porque ningún juramento nos indujo al lema de “magis pecuniam”.

El ejercicio de la Medicina requiere de conocimientos, integridad, respeto por y para los enfermos, además de actualización, inteligencia y destrezas forjadas con la experiencia. Los errores ocurren, pero ningún doctor puede esconderse de sí mismo y del juicio que sigue a su incompetencia (3, 4).

Referencias.
1. JAMA Intern Med. Published online August 21, 2017. doi:10.1001/jamainternmed.2017.3628
2. Bob Dylan. Disease of conceit. Canción del album “Oh Mercy” lanzado el 18 de septiembre de 1989 por Columbia Records.
3. Philip C. Hébert. Doing right: a practical guide to ethics for medical trainees and physicians. Oxford University Press, UK 2009.

4. Saul J. Weiner, Alan Schwartz. Listening for what matters. Oxford University Press, New York, 2016.

Slippery slope

Slippery slope

El siguiente crimen fue ejecutado con tal pericia que no dio lugar a especulaciones.

La paciente, Emily Everett, septuagenaria con síndrome de Meigs, cursando su segundo día postoperatorio, amaneció muerta sin causa aparente. Horas antes – pese a las metástasis y pésimo pronóstico – sus signos vitales eran estables y se recuperaba con un mínimo de asistencia en Terapia Intermedia. Nada parecía justificar este deceso prematuro.

Sus hijos la lloraron a mares, pero aceptaron el desenlace como una bendición; todos – desde luego ella – se habían ahorrado una dolorosa agonía.

Tras bambalinas, el equipo quirúrgico convocó a una junta extraordinaria. Se analizaron los marcadores tumorales, las imágenes y condiciones preoperatorias de la enferma, los parámetros de anestesia, la cuenta de gasas y la pérdida de sangre hasta la última gota. Los radiólogos trazaron reconstrucciones tridimensionales del abdomen y demostraron con vehemencia que no hubiese perforación de vísceras huecas. El jefe de cirugía argumentó a su vez que la intervención fue enteramente limpia y que, fuera de las biopsias, no se intentó nada riesgoso. La oncóloga en turno trajo consigo cifras y estadísticas que ratificaban lo inusitado del suceso. Satisfechos de que los errores humanos parecían descartados, la reunión se cerró en medio de una atmósfera de incertidumbre. La supervisora de enfermería, en actitud defensiva, aceptó a regañadientes la auditoría que dispuso el director. Las notas y detalles de cada jornada estarían disponibles para un investigador privado y se esperaban careos poco agradables.

Caía la noche cuando el doctor Marcus se arrellanó en su sillón favorito y prendió el televisor. Afuera, las hojas secas revoloteaban con la ventisca y, tanto como el embrujo otoñal, el galeno podía aspirar esa paz del deber cumplido. En ningún momento se sintió bajo escrutinio, sus colegas conocían de su templanza y profesionalismo. Desde su llegada al hospital como profesor adjunto de Anestesia, el reconocimiento lo rodeó con un halo protector.

Durante la junta, donde permaneció atento y en silencio, estudiaba los gestos de inquietud que seguían a cada uno de los participantes de tan fatídica operación. Marcus había asignado a dos anestesiólogas de su confianza, que revisaron con cuidado y a la vista de todos cada minuto de la inducción anestésica, la extubación y la recuperación de la paciente. Él mismo hizo las preguntas más agudas respecto de las dosis y la indicación de cada fármaco. Las conminó a cooperar con el detective y modificó el calendario de vacaciones de una de ellas para que estuviera disponible en las siguientes semanas.

Rememorando en la penumbra de su sala, Marcus se atrevió a encender un puro para acompañar su bebida. Mientras exhalaba las bocanadas de humo, repasó cada paso de la eutanasia. Estaba convencido de que una sobredosis de insulina era casi imposible de detectar, aún cuando los auditores exigieran una autopsia. Lo tenía todo previsto; como antes, como siempre. Había evaluado con fruición las desventuras de Jack Kevorkian, un neófito insaciable cuya torpeza le valió el juicio público y el encarcelamiento.

  • A mí no me ocurrirá eso, nadie me calificará de “ángel de la muerte” – se dijo, mientras sorbía un áspero trago de malta.

Los días sucesivos fueron de recelo en los quirófanos y la administración del hospital. El investigador, un hombre de facciones secas y pocas palabras, trajo consigo dos grabadoras, un detector de mentiras y una joven asistente de mirada incisiva que se dedicó a entrevistar a todo el personal involucrado en el caso con mordacidad de abogada. Las enfermeras y las anestesiólogas se sintieron ultrajadas porque revisaron su historia familiar sin consentimiento. Salió a la luz un romance clandestino entre un cirujano y una instrumentista que recorrió los pasillos como lava ardiente. La incompetencia de un enfermero resultó en su despido sin más preámbulos, pese a que ni siquiera conoció a la enferma.

Marcus entretanto cooperó en todos sentidos. Se entrevistó dos veces con los detectives y repitió su versión de los hechos como si se tratara de un texto memorizado con algunas variantes. En efecto, visitó a la Sra. Everett la madrugada de su fallecimiento, para cerciorarse de que las notas de anestesia y las indicaciones de Terapia estuvieran en orden. Su meticulosidad le valió los halagos del director – insistió. Amparó su coartada con la versión de Maggie,  la enfermera de guardia, que lo conocía y sabía de su empeño con los pacientes recién operados.

La detective Moriarty lo observaba detenidamente y reparó en cada gesticulación e inflexión de voz. A su lado, el jefe escribía en una minúscula libreta sin proferir palabra. Ambos agradecieron su disponibilidad y lo despidieron entre sonrisas.

  • Tal vez lo tengamos que molestar nuevamente, doctor. Espero que no resulte inconveniente – dijo por fin el investigador, con voz rasposa.
  • Estoy a sus órdenes – externó Marcus, deslizando la vista como si quisiera escabullirse de aquellos inquisidores.

Varias semanas después, durante la sesión general del nosocomio, el director anunció con alivio que el informe pericial descartaba cualquier sospecha y que se consideraría una muerte accidental, aunque fuese la segunda víctima inexplicable en cuatro meses. Agradeció la cooperación del personal médico y paramédico, e insistió en que los estándares de calidad se mantuvieran incólumes.

Sentado en un bar cercano al hospital – como siempre, solo ante el cantinero – Marcus disfruta lentamente de su jaibol mientras hace anotaciones mentales.

  • Su demencia se ha profundizado mucho y ahora llega de sorpresa esta neumonía – dice su vecino de barra en tono lánguido. Está charlando con dos amigos que lo escuchan atentamente, rostros compungidos.
  • ¿No hay nada que hacer? – pregunta su interlocutora, una mujer de cabello corto, entrecano, que da la espalda al médico.
  • Nada – insiste el primero . – Come apenas y traga con dificultad, su peso ya es crítico. Es un espanto ver como sufre. Me cuesta decirlo, pero quisiera que todo acabara.

La mujer se inclina para abrazarlo, y Marcus puede observar las pesadas lágrimas que surcan la cara del hombre, quien se deja apaciguar, ojos cerrados y gimiendo en silencio.

Deja su vaso, un billete de propina y se despide del barman con familiaridad. Al pasar detrás del grupo, se detiene y se dirige a los tres con fingida humildad.

  • Perdonen ustedes la impertinencia, pero no pude evitar escuchar su penosa situación. Soy anestesiólogo del San Lucas, Dr. Marcus Slachter, para servirles. Si puedo ayudar en algo, no duden en contactarme.

Visiblemente conmovidos, los tres afectados sonríen y estrechan la mano del médico con gratitud.

En la puerta del bar, Marcus se cierra el abrigo y ajusta la bufanda ante el embate del viento helado de Octubre. Repite el número de la habitación y el nombre del paciente para sí, una especie de ritual que lo prepara para su siguiente inmolación. Emprende el camino entre sombras, bajo una escarcha fina que abrillantan los faroles entre la bruma. La calle está desierta salvo por un mendigo que se cubre a medias y tirita tendido sobre cajas de cartón y cobijas malolientes.

  • El mundo será mejor con mi esfuerzo – piensa con jactancia, tras detectar al indigente.

Al otro lado de la ciudad, la detective Irene Moriarty traza un perfil del asesino, convencida de que no dejó nada al azar. Ha dedicado noches enteras a imaginar al perpetrador de aquellas muertes. Debe tratarse de un individuo calificado – medita -, versado en el suicidio asistido y con acceso a pacientes y medicamentos sin restricción. Cierra la ventana de su departamento para mitigar las sirenas de patrullas y el aire viscoso de comida hindú que suelen perturbar su sueño. Cuelga sus últimos post-it al margen de recortes de diarios e informes grafológicos de quienes atendieron a las victimas “accidentadas”. Papeles de tamaño y colores diversos saturan el pizarrón de corcho. De pie frente a su collage, recogido el cabello y ataviada en pijama, bebe un largo trago de té mientras ordena sus ideas. Sabe que está por rastrear las huellas del ángel o demonio que repta en los rincones del St. Luke’s Medical Center. Éste será su cometido, su destino.

Los emigrantes

Los emigrantes

 

There is no antidote for the opium of time.                                                                           Thomas Browne (Hydriotaphia, 1658)

Lo esperaba en la cama todas esas noches, semidesnuda, hasta que perdió la fuerza. Arropado en su cuerpo sudoroso, bajo la oscuridad eterna, disipaba su melancolía y se dejaba arrastrar, con ese parsimonioso oleaje que conocen los amantes. Degustaba sus besos, las caricias que permitían delinear su carne blanda, siempre añorada. Era tanto como ausentarse, dar la espalda al día, renunciar al clima o la época del año. Desoír el barullo de las calles y de sus propios pensamientos, que hubiesen querido asaltarlo y trastocar la mansedumbre que se permitía por unas horas escasas y esporádicas.

Conocía las vetas erógenas de su cuello, aquella adusta reticencia hasta que sucumbía al fragor de su aliento. Deslizaba las manos por su espalda y encontraba la curva exacta de los glúteos, tensos ante el tacto súbito y arrojado. Ella se permitía el abrazo, esa envoltura tierna; y de pie ante la cama, lo tomaba del sexo para adueñarse de su virilidad y del tiempo. Era entonces como sumergirse en un océano incierto, donde sólo el jadeo rítmico dictaba el oleaje y el instante de entregarse o postergar el rictus; dentro, más dentro…hasta colmarse.

De tanto en cuanto, el golpeteo del LP girando en la tornamesa, un relámpago distante o una pelea de gatos los despertaba a media noche. Besar su cuello era una confirmación de la complicidad, de la imperturbable rendición del deseo. La mujer salía apenas del letargo y se frotaba contra sus piernas con el sexo húmedo, para encenderlo y retenerlo.

Con aquellos desencuentros se fueron haciendo añejos. Resuelta, ella devino escritora con pulso propio y viajó hacia el mar, donde sólo la brisa podía perturbarla. Conoció la felicidad de ser madre, e incluso acunó a un hijo adoptivo que la vida había abandonado a su suerte. Se puede decir que enfrentó sola las tempestades, recogiendo redes cuando sus playas eran azotadas por la furia de los vientos o de los hombres. Sobrevivió, pese a todo. Su fragilidad fue como esos lirios que soportan las tormentas, y una vez que abre el cielo, se recuperan casi intactos cuando a su derredor los árboles y las hojas han caído.

Los hijos crecieron y volvieron a la ciudad, con sus avatares y sus preguntas a cuestas. Ella los alentó a marcharse y se mostró entera; lloró para sí, en silencio y sin confesarlo a nadie. Gradualmente vació los armarios y los estantes. Los reemplazó con libros, recuerdos, las mismas fotografías de antaño y una gata que envejeció a su lado, más aprisa, indiferente al ocaso.

El hombre, en cambio, se sumergió en un torbellino. Menos reflexivo, escaló montañas hasta romperse las costillas, peleó batallas ajenas y curó las cicatrices en lechos efímeros, como hacen los gladiadores. Crió familias, edificó casas que abandonó cuando era hora, impelido por sus ambigüedades y su pasión irredenta, abriendo sendas, deshojando anhelos.

Llegó el día en que se aplacó su tenacidad. Lo advirtió al despertar y detallarse como un cadáver recién descubierto ante el espejo. Estaba en un baño de hotel en Delft: desde la habitación contigua resonaba el sopor de una extraña. A través de los ojos lánguidos, trazados con ese rojo amanecer de la ebriedad, se concentró en su anatomía. Había perdido el brillo de cualquier juventud, incluso la sonrisa se había extenuado hasta perderse entre arrugas. Los brazos fláccidos apenas sostenían el torso y constató otra vez esa respiración entrecortada, de fumador, de simple veteranía.

Pasó la tarde solo, contemplando el cuadro de Rembrandt que muestra al Dr. Tulp mientras inicia la disección del ladronzuelo Aris Kindt en el Waaggebouw. En esa imagen profética, sus alumnos miran el diagrama que sostiene otro científico invitado, René Descartes, alguna vez versado en el cuerpo y la caducidad del alma. La mano expuesta e invertida fue un error deliberado del pintor – se aduce – para revelar la naturaleza malsana de la víctima durante tal ejercicio patológico. Supo entonces que era imposible volver. Que aquellas oportunidades – en un bosque, frente a las puertas de un quirófano – eran ya territorios olvidados. Ambos torcieron el rumbo, quizá fruto de un magnetismo recíproco, que los mantuvo atraídos pero distantes. De nada sirve amar cuando hay tempestades que ahogan los sueños y náufragos que deliran en la soledad de la noche.

Han transcurrido pocas décadas. A diferencia de mi padre, yo decidí quedarme en la ciudad que me vio nacer. Son épocas difíciles, la práctica ha cambiado y los enfermos escasean. Las exigencias de la vida adulta me pusieron en el derrotero del consultorio, la atención hospitalaria y, a pesar de los atolladeros citadinos, sigo haciendo visitas a domicilio para mis entrañables pacientes. Trato de diversificar mis recursos. Compré una pastelería –  incipiente negocio familiar – y ahorro como contraparte de la inflación que no cesa. Acumulo historias y entre ellas, algunas que atañen al duelo.

Cuando Eva vino a consulta aquella tarde, le pregunté por su madre.

  • Está bien – me dijo complacida – aún escribe sonetos y se refugia en los libros. Es independiente, siempre lo fue y supongo que lo será hasta su muerte.

Sonreí y proseguí con el interrogatorio, fingiendo discreción.

  • Tengo anotado que estás tomando cien microgramos, además de los fármacos para el colesterol y tu reemplazo hormonal. ¿Tienes alguna molestia nueva?
  • No, todo bien. ¿Y tu padre? – inquirió, envite que no esperaba.
  • Hmmm – murmuré pensativo – creo que murió feliz, a pesar de su deterioro físico. Le gustaba el beisbol y un día, sin más preámbulos, notó ciertas contracciones en una pierna. A poco de ese síntoma inquietante, apareció la debilidad en los brazos y, para ahorrarte su lenta progresión, empezó a tragar con dificultad y la voz se le fue agrietando…

Me mira con ojos bien abiertos, apenada.

  • No sabía – musita – ¡qué pena que sufriera tan terrible enfermedad!
  • Perdona, Eva, me dejé llevar por el recuerdo. Es un devastador trastorno neurológico; le llaman la enfermedad de Lou Gehrig, en honor a un gran beisbolista que la padeció.
  • Pero tu padre ¿volvió a México? – me pregunta en un tono que me remite a las descripciones relativas a su madre.
  • A la sombra de su nostalgia. Un diletante en busca de sí mismo.

Ambos callamos; nos une una fraternidad curiosa, que es preferible no ahondar. Reviso su tiroides, me detengo en las molestias respiratorias que la aquejan y le advierto de algunos nevos que tendrá que vigilar para evitar riesgos. Tras escribir la receta y señalar los exámenes de seguimiento, me incorporo.

  • Te veo en dos meses, querida. Saluda a tu mamá con mucho cariño. Evítale detalles, si es posible.

Al verla partir, me pregunto si se encontraron antes de que él muriera. Si la quiso tanto como me confesó cuando estuve a punto de divorciarme y rastreé su consejo.

  • En la vida lo valioso está en sumar, hijo mío – me espetó.
  • ¿La extrañas? – pregunté al garete.

De forma súbita, el rostro de mi viejo se desencajó y los ojos pétreos se empañaron.

  • Sin ella nunca hubo tierra…ni fronteras – alcanzó a decir, sotto voce, antes de alejarse. Me prodigó un abrazo, que en cierto modo conservo como testimonio de que el afecto fue un enigma que trató de descifrar inútilmente.

Supongo que lamentaba que aquella delicada mujer que le enseñó a salir de sí mismo, a invalidar sus desventuras, no pasara el resto de sus días leyendo a W.G. Sebald frente a él. En especial “Los anillos de Saturno”, que fueron de algún modo la metáfora de los satélites fragmentados que gravitaron en su entorno.

Lecturas recomendadas.

Nina Siegal. The anatomy lesson: a novel. Anchor Books, New York 2014.

Brown RH & Al-Chaladi A. Amyotrophic lateral sclerosis. N Eng J Med 2017; 377: 162 – 172.

Winfried Georg Maximilian Sebald. The rings of Saturn. New directions, New York 2016.

También sugiero esta interesante lectura acerca de la vida y muerte de W.G. Sebald: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/el-caso-sebald (publicado por Rodrigo Fresán el 31 de Julio de 2003)

 

 

Dolor de hogar

Dolor de hogar

Se sentaron frente a frente, separados por una mesa de metal, dos botellas de cerveza y un cacharro con sal de mar y limones rebanados. Había llovido y las olas acarreaban rastrojos y espuma pestilente. La playa estaba saturada de basura. El más viejo hizo caso omiso del mesero que los rondaba y espetó:
– Hemos dilapidado los recursos de  nuestro país hasta la ignominia, Mauro. Robando, alentando la improductividad y la miseria. No queda nada, este océano sucio es nuestro testigo y acusador.
Su interlocutor ordenó otra ronda y dos órdenes de ceviche, para que el muchacho les permitiera dialogar sin apurarlos.
– Desde la posguerra, sólo hemos visto inversiones fantasmas. Los chacales no han soltado presa mientras el pueblo hace por vivir con recursos cada vez más exiguos y más caros. A nadie han beneficiado las devaluaciones, a nadie más que a especuladores y agiotistas.
Sobre la arena húmeda, una grulla picotea cangrejos entre los escombros; salva ramas y raíces, envases de plástico y juguetes rotos para atinar a su presa. Resulta una analogía siniestra de lo que hacemos los habitantes del tercer milenio para subsistir en condiciones cada vez más precarias.
Absorta en su tristeza, Alicia la espanta al acercarse. Es su primer viaje desde el divorcio y observa como el pájaro se aleja, remedo de sus sueños. Bajo el sombrero de yute, solloza. Por sus mejillas corre el rimmel que delineó anoche en el hotel, para deslizarse al bar con fingido aplomo, estrenando su soltería. Sin embargo, a poco se sintió extraña y avergonzada. Ante la primera insinuación, abandonó el martini a medias, deslizó un billete bajo el platito de pretzels y se retiró a dormir. Daniel dejó de quererla – así lo planteó, a quemarropa – y ella no se esperó para descubrir el adulterio. Acaso él, en su estupidez y narcisismo, pensó que le imploraría, que buscaría un acuerdo. Contenida, sencillamente abrió el armario de trebejos, sacó la primera maleta que encontró a mano y se la arrojó a los pies.
– Tienes dos horas. Nos vemos en el juzgado cuando te hayas repuesto -. Acto seguido, azotó la puerta tras de sí y se aseguró de cambiar las cuentas del banco, contratar a un cerrajero y localizar a su abogado. Sola ante el oleaje rememora, calma su aflicción, pero ante todo se reconoce más ligera, como si hubiese arrojado un fardo remoto al precipicio.
Tras comunicarle a la Sra. O’Brien (- ¡Dumitrescu! – recalca la clienta, con vehemencia), Sofía se disculpa, deja la llamada en línea y voltea a confirmar que el abogado, en la reclusión de su oficina de cristal, procure el habitual gesto de confirmación. Como es su costumbre, el jefe se reclina en el sillón giratorio y se vuelve hacia el ventanal, para evadirse con la vista de los rascacielos desde el piso veintinueve mientras contesta el teléfono. Ahora que está distraído, su joven asistente aprovecha para llamar a la residencia de ancianos y preguntar si su padre comió lo suficiente. Hace varias semanas que no lo visita. Cada encuentro resulta más penoso. Ha perdido todo rastro de conciencia, desconoce a sus cuidadores y sonríe apenas, sumergido en un letargo incoherente, cuando Sofía le acaricia los brazos o las manos. El único consuelo es que su madre no lo vio en esta condición deplorable y vacía. Difícil aceptarlo, pero a veces una muerte prematura – sin tanta agonía – es una bendición.
Se percata entonces de que le cuesta cada vez más recordarla en detalle. No en función del tiempo, sino del duelo; aunque es cierto que el cáncer de mama la consumió cuando ella habia cumplido sólo doce años, floreciendo aterrada a su sexualidad.
– ¿De que sirven los pechos, mamá? – quiso preguntarle tantas veces.
Noche a noche recurre a su retrato, hojea el album de fotos; ella no la olvidará, será la memoria de su padre y el legado afectivo que quiso ofrendarle.
Inmersa en sus cavilaciones, voltea hacia el elevador que se abre momentáneamente. Un hombre elegante, de barba gris y ojos pétreos, la observa desde el fondo. Nunca lo ha visto antes, pero se siente avasallada por esa mirada incisiva y percibe un escalofrío al tiempo que se cierra el ascensor y vuelve al teclado, inquieta por el efímero desencuentro.
– Tráeme el auto – ordena Sigfrid Offenheimer en tono de autoridad, no bien surge de la puerta giratoria. Su altivez no admite duda; cabello y barba cuidadosamente afeitados, corbata y camisa impecables. No sólo es su corpulencia lo que se impone, sino el gesto hosco, impenetrable.
El chico de color, ataviado con chistera y levita rojas, sonríe con timidez. Sin mediar pregunta, corre a buscar la llave automática y desaparece tras el muro hacia la rampa del estacionamiento. Sopla una ventisca fría y el hombre se ajusta la gabardina y enfunda los guantes de cuero. Gruñe para sí. El invierno se avecina y no ha resuelto el negocio que le arrebata el sueño. La mafia del otro lado del río lo ha perseguido por meses, saboteando sus inversiones, exigiéndole la rendición de cuentas. Esta tarde está decidido. Bajo contrato anónimo, dos esbirros visitarán el fin de semana al capo Angelo Ruggiero. Nadie resultará malherido, una simple advertencia y un nuevo acuerdo, más paritario, más cómodo para sus socios y – ¿porqué no? – también para sus acreedores. En su natal Dresden todo se habría arreglado con un apretón de manos y un depósito jugoso en Luxemburgo.
Si se oponen – piensa… Pero en ese instante una explosión brutal que sacude el sótano contiguo interrumpe sus ideas. La tierra tiembla y caen vidrios en pedazos por ambos costados. Estupor y humo negro emergen por todas partes. Dos mujeres caen de un tropiezo frente a él, impelidas por el estruendo; con gestos de terror, lo miran suplicantes. Los autos se detienen de un golpe y varios vehículos chocan en secuencia, agregando al desconcierto; hay gritos de pánico desde los edificios cercanos. Apenas empieza a disiparse la humareda cuando se percata de que el estallido proviene del parking donde guarda su coche, que es hacia donde ahora se dirigen los vigilantes y un policía con el arma en ristre a toda prisa.
– ¡Cuidado! ¡Atrás, atrás! – grita casi sin aliento el agente Wójzcik. – No sabemos si es un acto terrorista. Avisen de inmediato a seguridad y al FBI.
De momento no atina a saber si es una fortuna o una maldición que estuviese ordenando un café en Starbucks cuando lo sorprendió el impacto. Entre la nube gris y el olor a Semtex se aproxima hacia el nivel dos, donde aún se observan llamas entre los autos aparcados. El riesgo de una explosión en cadena debe contenerse. Su viejo, veterano de Vietnam (Twenty-four Marine Corps, First batallion, Bravo company), le contó – antes de quedar afásico y a su cuidado – que uno tiene que arrastrarse en salvas bajo el humo, con los sentidos aguzados para anticipar la metralla o un segundo ataque. Así lo hace, sin reparar en el aceite que mancha su uniforme. Un BMW 740i negro exhala fuego por el capote y la ventana del conductor, donde se aprecia una figura carbonizada. Guarda su arma con agilidad y genera una llamada mediante su radio de solapa dando a conocer la situación, mientras busca un extinguidor en los accesos más próximos. Con la culata de su .38 rompe el cristal y extrae el primero que encuentra. Como puede, aturdido por las alarmas de muchos autos que repican a su alrededor, baña de espuma el vehículo en llamas desde distintos ángulos para mitigar el desastre. A través de los trozos de vidrio ahumados de la portezuela distingue a Omotunde, el valet del edificio Reuters, tragado por el fuego. Una vez que ha contenido el peligro, deja caer el extintor, abatido. Mientras registra la escena del crimen, medita amargamente cómo anunciar esta tragedia a la madre del chico, a quien conoce por sus rondas y porque le ha traído el almuerzo desde East Harlem cada mañana. Es una nigeriana rolliza, de buen talante, que se expresa con dificultad y que remeda a un viejo afiche de Aunt Jemima. – Nunca superará esta pérdida – piensa, abriéndose paso entre los curiosos que se agolpan al pie de la rampa.
– No te angusties, Dilma – insiste el policía por el teléfono móvil, alzando la voz por encima de las sirenas de bomberos y ambulancias. – Ya pasó el peligro. Por favor baña a mi padre; llegaré tarde esta noche. Sabes como es esto, tengo que escribir mi reporte y acompañar al equipo forense -.
La mujer, embarazada y rubicunda, de facciones indígenas que le confieren un dejo de niña, repone el auricular de pared en su base y acude a consolar a su bebé, que despertó gimiendo con el timbre del teléfono. Cuando por fin consigue arrullarlo, toma su celular y envía un mensaje de WhatsApp a su hermano Osvaldo, que atiende un bar en la playa de Newport Green. La invade el miedo y no quiere quedarse sola hasta que llegue su esposo.
– Haré lo posible – replica en una llamada furtiva el mesero, cuidando de mantener la voz baja para no perturbar a sus comensales. – Tengo dos clientes que no paran de discutir política y ordenan una cerveza tras otra. Ya luego los apuro. Te mando un mensaje cuando salga pa’l barrio -.
Afuera empieza a caer la tarde con destellos pardos y nubarrones que auguran tormenta. Osvaldo se aproxima solícito a la mesa para ofrecer algo más de beber y anunciar que cerrarán temprano dado el pronóstico del tiempo. Cuando se dispone a bajar las persianas, advierte a la distancia a una mujer que acomete la brisa helada con donaire. Parece que tirita, sola y de cara al mar, envuelta en una contagiosa nube de nostalgia.

Al este del paraíso

Al este del paraíso

La mañana empezó con la acritud del aire, penetrante y espeso. Ese calor irrespirable de todos los días, y el ruido bestial de la motocicleta de Eulalio, saliendo rumbo a la playa. Se levantó mareado y escupió por la rendija, no sin antes azuzar al perro con el pie descalzo, que emitió un chillido de disgusto. La casa de tabicón y techo de lámina, igual que los goznes maltrechos de herrumbre, estaba en silencio. Entre los trapos y persianas de carrizo que cubrían la ventanas se insinuaba una brisa sucia. Su mujer se habría marchado al alba, para barrer la casa de los ricos; “pulir el Diamante”, solía decir. Una mueca de desdén siguió a tal pensamiento. No la vería hasta bien entrada la noche, exhausta y sin ganas de fornicar.
Se echó como pudo un cambio de ropa encima y salió a arengar a sus subalternos, que fumaban en semicírculo al pie de una carcasa abandonada.
– ¿Dónde está la mercancía, gatos? – gritó de golpe, para sorprenderlos.
Los tres chicos, morenos y con el pelo revuelto, saltaron un paso atrás, casi una reverencia. Cacho, un mulato delgado de facciones hoscas, sin camisa y con un bañador roído, atinó a responder: – Conseguimos sólo cuatro kilos, jefe, la sierra está inundada de malandros.
– Les pago para traerme lo mejor. ¿Qué coño necesito? ¿Me los quiebro o los cambio por sus viejas?
La pregunta retórica se quedó flotando en la ventisca, densa como todas sus constantes amenazas. Se miraron en connivencia; algún día este animal sería reemplazado y su cuerpo flotaría en la laguna; un vago recuerdo, igual que los otros.
Negro, el mayor y – en todos sentidos – más oscuro que sus contertulios, empujó a Manuel con tanta fuerza que cayó con una rodilla al suelo, bufando.
– ¡Saca la planta! – ordenó.
Molesto, el chico se levantó para enfrentarlo, sólo para recibir una bofetada de vuelta. Se tapó la boca para limpiar el hilo de sangre y se encaminó, trastabillando, detrás de un paredón derruido.
– ¡Ya, niños! – intercedió Chilapa, el jefe, a quien sólo conocían por su lugar de origen.
Entre las callejas de ciudad Renacimiento, el Negro había ganado a pulso su reputación de sicario. Varias muertes con arma blanca, en el anonimato de las madrugadas, se le atribuían sin prueba alguna. Pocos sabían donde pasaba la noche, menos aún donde merodeaba de día. Además, cuidaba con recelo sus lealtades, que eran ante todo efímeras y utilitarias. Chilapa lo había reclutado con cautela; mejor tenerlo cerca que recibir su visita inesperada. Conocía la ambición, el desacato ante cualquier orden o jerarquía, y sobre todo, ese carácter taimado, siempre al acecho; la ruindad tras el brillo ocre de sus ojos, indescifrable.
Separaron la hierba en manojos y, con refinada destreza, los jóvenes liaron varios cigarrillos para su venta entre los turistas. El jefe iría por su cuenta a los condominios de lujo, donde sus clientes adinerados lo conocían como Román, mesero y chofer de taxi. La venta por gramos pagaba las remesas y el sueldo de sus esbirros, pero resultaba insuficiente. Desde semanas atrás urdía un ascenso en su esfera de influencia: – No alcanza para vivir – se dijo entre dientes – y menos ahora que la Soco está esperando. Toca anular a los Moscos.
Se refería a una banda de añejos matones que gobernaban los andadores del norte, al borde de la carretera. Su cuñado, Eulalio, se había infiltrado entre sus cuadros medios. Al correr del tiempo había ganado respeto por su eficiencia para vender y eliminar zopilotes, como denominaban a sus rivales.
– Ahora viene nuestro turno – pensó Chilapa. – Con la muerte del viejo Tarasco (bendita cirrosis) están descabezados y temerosos.
A sus veintidós años, le correspondía ocupar el mando. Los hermanos de Socorro sabrían esperar y a su lado, dar el golpe de gracia. Se enfundó en la camisa blanca, desempolvó el pantalón de tergal negro y limpió el lodo de los mocasines que lo identificaban ante cualquier asalto.
Humberto lo esperaba bajo la sombra en un andador aledaño, el Tsuru recién lavado. Eran amigos desde que llegó a la costa; su cara rolliza y el abdomen blando le revelaron que había bebido toda la noche.
– Difícil confiar en este carajo – pensó. – No para de chupar. Pero sabe guardar secretos y aunque ande crudo, nunca me falla.

Está a unos pasos de acceder al auto, cuando lo acosa una voz chillona: – ¡Señor Chilapa, señor Chilapa! Por instinto, el hombre se lleva la mano a la espalda, para empuñar el arma que carga bajo el cinturón. Apenas girarse, desiste. Es un niño en bicicleta, precedido del rechinar de ruedas y pedales oxidados. Explica con aliento entrecortado que su madre está a punto de parir y necesita dinero. Obsequioso, el capo extrae una billetera “de marca” y extiende varios billetes de quinientos. El niño, un tanto aturdido por el gesto, lo abraza reclinando la cabeza en su abdomen y se despide entre sollozos. Las veredas están secas y huelen a letrina, un hedor penetrante de orina y despojos que lo envuelve todo. El taxista arranca el coche y desfila a baja velocidad entre las casuchas; vigila, escudriña y exhibe el dominio que prohija con su acompañante. Transformado en su alias, el pasajero fuma con la ventanilla abierta, fingiendo desinterés hacia las miradas de los transeúntes. Puede sentir el temor que exuda, ese asombro que ha trascendido de sobra el respeto de antaño, cuando servía en lugar de mandar. Es quien mantiene seguras las calles, segrega a los chulos y proxenetas (aquí no se vende carne – les ha advertido), previene los atracos a domicilio y distribuye las ganancias con justicia selectiva. No hay autoridad como la suya, que atañe a todos los vecinos, que penetra todos los rincones y que mantiene al margen – y bien correspondido – a cualquier policía. Baches y piedras rasantes, polvo por doquier, la irregularidad del camino; autos desvencijados en cualquier sentido, perros sin dueño y a la deriva, el paso de bicicletas y de mujeres obesas que cargan cubetas o vuelven del mercado, obligan a trazar una ruta sinuosa. El jefe no tiene prisa, éste es su territorio y disfruta el recorrido. Varios minutos después, alcanzan el eje central. Humberto pisa el acelerador y enciende el aire acondicionado. Mira de reojo a su amigo encumbrado, quien marca una y otra vez el teléfono móvil para prorrumpir órdenes perentorias.
Los jardines de la zona de condominios y departamentos aparecen impolutos, recién podados. Hay palmeras a ambos lados del asfalto, jazmines, bugambilias y azaleas que brillan o contrastan con la luz tangencial y las paredes recién bruñidas. Los rehiletes bañan con su rocío a las sirvientas y guardaespaldas que se cortejan en las aceras. Una joven trigueña en leggins y tankini trota ante las miradas lascivas de los jardineros, absorta con sus audífonos blancos, inmune al ronroneo fugaz de los BMW o Acura y a las conversaciones a su paso.
Román desciende del taxi y saluda al guardia con familiaridad. Carga una mochila con un cambio de ropa y dos kilos de mariguana separada en atadijos de 100 gramos (- que son  menos de sesenta después de “deshuesarlos” – alardea en tono burlón ante sus secuaces). Su sonrisa es flamante y reviste un aspecto seductor e inofensivo. Ingresa por la reja de peatones y deja su identificación – falsa por supuesto – en manos de Crisanto, oriundo de Iguala, que lo saluda con afecto e intercambia bromas acerca de las chicas de servicio, que justo entonces pasan a su lado.
El mesero se dirige al penthouse de la Torre Siete, donde servirá el brunch para un empresario del DF, adicto a la cocaína, que ha sido su cliente los últimos tres veranos. Ambos buscarán el momento de intercambiar el paquete; quizá en la sobremesa, cuando su esposa, una mujer altiva de mejillas asalmonadas, que jamás le ha dirigido la palabra, atienda a sus invitados con champaña y Pinot Gris. Al verla, Chilapa recuerda la curvatura de sus senos de plástico cuando supervisó la cena durante la Navidad pasada y su perfume, tan estridente como su voz. Revive en un momento la insignificante propina que ha recibido y el odio que le guarda a esta mujer con su petulancia y su frivolidad. Disipa la inquina para ofrecer el postre mientras su mente viaja hasta el condominio Maralago, donde Socorro tiende camas y hace la limpieza sin reparar en su embarazo, empleada de varios años por una miseria. Un día de estos le dará una casa en el centro, la llevará a comer pescado a la talla en Barra Vieja y, con su poder incontestable, le besarán los pies; incluso estos fantoches que se creen dueños del mundo.

De ciertas partituras perdidas

De ciertas partituras perdidas

El famoso cellista Stephen Isserlis se preguntaba hace unos años qué tenía Mozart en contra del violonchelo. Escribió veintisiete conciertos e innumerables sonatas para piano y violín, cinco conciertos para violín solo, así como tantos otros para flauta, clarinete, corno y fagot. Ni una sola nota para violonchelo solo; excepto treinta y seis barras para un concierto inconcluso y otras treinta y tres de un andantino para cello y piano.

Entre sus contemporáneos, Franz Joseph Haydn dejó cuatro egregios conciertos (dos de ellos perdidos en el tiempo) para este instrumento, que se veneraba desde entonces por su afinidad con la voz humana y su taciturno temple. Más aún, su padre Leopold había dejado para la escena un divertimento para dos cellos y bajo continuo. Acaso esa mirada reprobatoria que Mozart resintió hasta su muerte lo hizo distanciarse inconscientemente del malogrado instrumento.

No obstante, su relación con el cello tuvo un giro peculiar. Amadeus cultivó en Bolonia la amistad de Josef Mysliveček, compositor de varias piezas célebres para cuerdas y orquesta. Este personaje, bastante descuidado por los cronistas del barroco, influyó creativamente en el joven de Salzburgo con quien mantuvo una relación tan personal que se refleja en que Mozart lo visitó durante su hospitalización en Venecia, cuando perdió la nariz por una gumma sifilítica.

Mysliveček pasó la mayor parte de su niñez en la calle Melantrichova, a escasa distancia del famoso puente de Carlos. Estudió filosofía y se graduó como maestro molinero a instancias de su padre, que distribuía harina de trigo y centeno en Praga. Pero su ambición fue siempre la música. Para ello se trasladó a Venecia, donde sus encantos y pasiones le ganaron el apodo de “El divino bohemio” o el “Venatorini” (pequeño cazador), traducción literal de su apellido. Nunca se casó y de sus numerosos amoríos se sabe poco, salvo la propensión a dilapidar su herencia y sus ganancias como intérprete o cortesano hasta perder por completo el respeto de la aristocracia italiana.

Conoció a Mozart en 1770, cuando el prodigioso adolescente contaba catorce años y ya era un músico aclamado en Europa sudoriental. Mozart le tomó especial aprecio, si bien su padre desconfiaba de las correrías del disoluto checo. Tomó diversos motivos de sus arias y sonatas para decorar su propias creaciones, e incluso le compuso un arreglo para su ópera “Armida”, estrenada en 1780. Se refirió varias veces al músico checo como dotado de un carácter lleno de espíritu y vitalidad.

Ninguna persona fuera de su familia le deparó tanto afecto, como se describe en su carta del otoño de 1777, donde se duele de la quemadura que le infringió un cirujano incompetente y que le hizo perder la nariz. Mysliveček se disculpó públicamente aludiendo a un cáncer óseo que le habría ocasionado un accidente de coche meses atrás, pero su fama lo precedía. Como muestra, les incluyo enseguida un fragmento de la carta del joven Mozart a su padre, cuya elocuencia es admirable:

“Munich, Oct. 11, 1777.

¿Porqué no te había escrito nada acerca de Misliweczeck? Porque estaba demasiado absorto en no pensar en él; porque cuando se habla de él escucho cómo me alaba y qué clase de amigo fiel es para mí. Pero a ello sigue la lástima y el lamento. Me describieron qué le pasó, y me afectó profundamente. ¿Cómo podría soportar que Misliweczeck, mi íntimo amigo, estuviese en la misma ciudad; no, en el mismo rincón del mundo, y no lo haya visto ni hablado con él? ¡Imposible! Así que decidí visitarlo. El día previo, me comuniqué con el gerente del Hospital Ducal para que se me permitiera verlo en jardín, que me pareció lo ideal, dado que los doctores me aseguraron que ya no había riesgo de infección. […] A la mañana siguiente, fui con Herr von Hamm, el secretario de la Corona y mamá al Hospital Ducal. Mamá pasó a la capilla, y nosotros al jardín. Misliweczek no estaba ahí, así que le mandé un mensaje. Lo vi venir hacia nosotros, y lo reconocí de inmediato por su forma de caminar. […] Cuando llegó hasta mí, estrechamos la manos cordialmente. “Ya ves”, me dijo, “qué desafortunado soy”. Estas palabras y su apariencia, de la que me habías advertido, me alcanzaron tanto el ánimo que sólo puede decirle, con lágrimas en los ojos, “Me apena desde el corazón, querido amigo”.

Acorde con la gran sensibilidad del joven compositor, uno puede adivinar la fidelidad que los unía. Mozart no denunció la enfermedad venérea que afligía a su amigo, pese a los reproches de su padre, y sólo se alejó definitivamente de él cuando, un año después, tras prometerles una presentación de su ópera Thamos, Rey de Egipto (K. 345) en el Teatro San Carlo de Nápoles, los defraudó miserablemente.

Su arrogancia e indisciplina fueron sus verdugos, cierto, pero Josef Mysliveček fue uno de los más prolíficos compositores de sinfonías del siglo XVIII. Su música evoca un estilo diatónico, colmado de donaire, típico del clasicismo italiano. Acaso la inventiva melódica de sus composiciones se halla impregnada tanto de su veleidad como de su seductora personalidad. El concierto para cello y orquesta que les incluyo a continuación, es testimonio de esa gracia, que en su momento compartió – imagen especular – y cautivó al precoz Amadeus, enfrentado a la suspicacia de su ceñudo padre.

https://www.youtube.com/watch?v=tC2vlEeQep4

PS. Otra partitura recuperada hace apenas tres meses, es el concierto para cello de Mario Castelnuovo-Tedesco, que fue estrenado por la Filarmónica de Nueva York en 1935 pero que no se había vuelto a interpretar hasta esta reciente primavera. En el periodo de entreguerras, el compositor florentino gozaba de una gran reputación en Europa y había recibido encargos para sendos conciertos por Andrés Segovia y Jascha Heifetz. Huyó del fascismo de Mussolini en 1935 y se asentó en Hollywood, donde se ganaba la vida componiendo música para películas, a excepción de ese concierto para cello dedicado a Gregor Piatigorsky, que estrenó bajo la dirección de Arturo Toscanini. La obra, de tres movimientos, está formateada como una cadenza. Abre con el solista aislado, a quien responde la orquesta, imitando ciertas frases y temas principales. A ello sigue todo el virtuosismo acrobático posible: largos arpegios y escalas floridas, mezclados con melodías cortas y dobles pausas. Recuerda a la Sinfonía española en Re menor de Lalo, aunque aquí el trabajo del solista es de mucha dificultad en diálogo fluido con la orquesta. La pueden escuchar en este vínculo con la Orquesta Sinfónica de Houston e interpretada por su re-descubridor, el cellista Brinton Averil Smith.

https://www.youtube.com/watch?v=x3mDG258-c8