A.D.

A.D.

La unidad de diálisis mantiene su pertinaz ronroneo mientras Alfonso me dicta la carta notarial. Pese a su pulcritud, es un ambiente lúgubre, con caras grises y pies abotagados. Las enfermeras pasan con regularidad y son todo sonrisas, gesto que tiñe con algo de gracia lo ominoso. Todos los presentes somos amables, hablamos en voz baja, condescendemos de cara a la muerte.
Mi interlocutor es un residuo de sus mejores épocas. Su palidez es cadavérica, ha perdido buena parte del cabello, que permanece en flecos deslucidos sobre su cráneo opaco y plagado de queratosis. De sus brazos enclenques destaca la fístula, que palpita mientras sorbe el líquido de diálisis. Es todo huesos – suele pregonar – salvo ese vientre fláccido que lo distingue como carne de hidropesía. Las piernas brillantes, tumefactas, emergen del pijama que ha sido descosido para albergar su creciente volumen. Al extremo, cuelgan las pantuflas, demasiado pequeñas para sus pies edematosos, demasiado viejas. Habla con lentitud, esforzándose para sesear por falta de aliento y si bien esboza un discurso lúcido, se ve constantemente interrumpido para jadear y procurar resuello. Parece más un recuento de su declive que una voluntad anticipada.
– A nadie puedo adjudicar mi desidia, Lic – comienza, exhibiendo la cordialidad que nos une.
– Lo escucho, profe – me atrevo a decir en el mismo tono. Hubiese querido afirmar su recriminación, pero es tarde, y me contengo.
– Después del cáncer, que me dejó mutilado, bebí y comí de manera pantagruélica para celebrar la vida. Pulsión de muerte, ahora lo sé. Mi diabetes, silenciosa enemiga, se hizo presente sin ataduras. Poco a poco me quemó los ojos, se insinuó en mis arterias y destruyó mis riñones, o lo que quedaba de ellos. Me negué a la insulina, como a tantas otras prioridades; la necedad es el verdugo del enfermo crónico. ¿Sabes?
No espera respuesta alguna y prosigue.
– Mi tercera esposa, desesperada por mi negligencia, me abandonó…
En ese momento, Sandra, la enfermera en turno, nos interrumpe con su presencia angelical y siempre inoportuna.
– Si tiene sed puede mojarse los labios, señor Domínguez. Pero no abuse, ¿eh?
Ambos la miramos con obvia impaciencia y asentimos al unísono. Sandra se aleja indiferente, como si recorriese un telón.
– Te decía, Lic., que María mantuvo la distancia. Me llamaba de tanto en cuanto para saber si había cambiado, pero supongo que el amor – como las cosas frágiles – se marchita sin sustento. Se cambió de domicilio, finalmente emigró y puso fronteras infranqueables de por medio.
– Intuyo un reproche, Alfonso – le digo.
– No, ni mucho menos – insiste, convincente. – Un condenado a muerte debe soltar amarras justo a tiempo. Me dolió su partida, no lo niego, pero era una crónica largamente anunciada. En mi gesta suicida, deseaba su felicidad, aunque no supe procurársela.
Sus ojos pálidos y hundidos parecen anegarse, traga saliva y se pierde en lontananza. Yo aprovecho para escabullirme a la máquina de café del pasillo cercano y darle tiempo a su congoja.

Cuando regreso, café humeante en mano, se ha repuesto y me mira con afecto; los ojos entrecerrados, exhibiendo un profundo hastío. Su mano temblorosa ha derramado el agua sobre la bata y se muestra indefenso, necesitado de que alguien lo rescate de tan interminable suplicio.

– Hacerse viejo es terrible – decía un colega añoso con cinismo – pero la alternativa no se la recomiendo a nadie.

– Te ayudo, profe. Déjame ver.

– Disculpa la torpeza, Emilio. Le llaman encefalitis urémica y me acomoda para desplazarme como una bestia. Aunque lo dudes, me avergüenza. Sufro la inutilidad tanto como mis averías orgánicas. En estos momentos, pienso en tantos hombres admirables que llegaron hasta verse en los reflejos del río Estigia. Su creatividad cobró una dimensión novedosa. ¿Recuerdas la técnica de decoupage que sublimó Henri Matisse en los últimos lustros de su vida? Hacía sus recortes desde la cama, incapaz de erguirse sobre su debilidad. Pareciera que el cáncer de colon le destiló sus mejores recursos artísticos. No todos cargamos esa entraña y esa virtud de apreciar cada gota de energía que nos queda.

Con el botón de alarma, acude la otra enfermera, una mujer joven, bastante tímida, que se desvive por mostrar su competencia.
– ¿Elizabeth, podrías traernos un cambio de bata?- imploro.
La chica observa con detenimiento al paciente y con un movimiento sutil, abre la bata húmeda.
– Estás mojado, Alfonso – dice con obvia naturalidad. – ¿Otra vez se te salió sin darte cuenta?
El bochorno se apodera de mi amigo, que inclina la cabeza en ademán infantil y alcanza a proferir: – Lo siento.
La enfermera le toca el hombro con ternura y se gira para traer un cambio de ropa.
Sigue una escena bastante vergonzosa, que atestiguo incómodo sin atinar a quedarme por solidaridad o alejarme con recato. Decido voltear hacia la puerta mientras finjo sorber mi café y revisar mis notas.
Acude un camillero, que hace su trabajo en silencio; mueve al enfermo como un muñeco de trapo, lo despoja de su pijama, y entrega la ropa interior a una asistente mientras la enfermera lo limpia diligentemente con una toalla húmeda y termina por vestirlo con esmero.
La escena ocurre a la vista de todos los demás enfermos, que observan la desnudez esquelética de Alfonso, sus genitales y carnes péndulas, sin asombro alguno. En esos minutos de escarnio, me identifico a fondo con su dolor, su mansedumbre, y entiendo por fin la vejación que le ha impuesto la enfermedad y su tratamiento.

Una vez que lo han vestido, con el catéter a punto y colocado a un lado, el profe me mira con aflicción y me invita a continuar con la tarea.

– Déjalo bien claro, Emilio, en términos legales. No admitiré ninguna forma de resucitación, mi cuerpo no será ultrajado en beneficio de la ciencia o la futilidad. Ni tubos, ni oxígeno suplementario ni marcapasos. Deseo morir apaciblemente y si las circunstancias lo permiten, en mi triste departamento, en compañía de mis libros y quien quiera compartir mi soledad de moribundo. Nada más.

Me despido con afecto y tras el volante rememoro al viejo amigo que conocí en la Facultad de Filosofía y Letras hace tantos años. Su energía indomable, la devoción con la que los alumnos lo atendían sin parpadear, aquellos discursos contra la incongruencia política de las autoridades, su valentía para encabezar las marchas y las arengas públicas. Ante todo, su autoridad académica, que tanto admiramos. Y ahora, este despojo maltrecho y sofocado, alargando la agonía. La fatalidad es un espejismo indescifrable.

Dos días después me enteré de la tragedia. Cuando lo trasladaban de vuelta a su domicilio y echando mano de las pocas fuerzas que le quedaban, Alfonso abrió la portezuela en pleno movimiento y se arrojó a la avenida saturada de vehículos. Su cuerpo quedó aplastado en medio del accidente vehicular, con el tórax hecho un saco de sangre y los brazos en posición grotesca. Sólo destacaba – según afirmó el forense – una sonrisa paradójica, como de alguien que ha encontrado su destino manifiesto.

A.D.,  ante deum – pienso – o tal vez advanced directives (pautas previas, podría decirse). Como él, en su actitud disidente, lo habría esgrimido.

Sinrazones

Sinrazones

La reciente serie de televisión (“Thirteen reasons why”) que presenta a una adolescente justificando su suicidio por las repetidas deslealtades o vejaciones de sus compañeros, ha conmocionado a padres y escuelas por igual. El show sacudió las redes sociales con once millones de Tweets en el primer mes de su lanzamiento en Marzo 31 de este año, simultáneamente en diversos países de América, Oceanía y Europa. Instagram, Facebook y Musical.ly se llenaron tanto de halagos como de vituperios. Varios pacientes han traído a consulta el tema, sea por genuina preocupación hacia sus hijas (sobre todo ellas) o porque inquieren con razón si existe un riesgo de contagio.
La serie debuta con el casillero póstumo de la protagonista, Hannah Baker (actuada por la australiana Katherine Langford), que se observa en close-up decorado con tarjetas y flores de papel. Tras el desconcierto inicial, la pareja de la víctima, Clay, regresa a casa con un paquete envuelto en papel estraza que contiene una caja de zapatos con trece cassettes. En cada episodio – que representa cada una de las cintas grabadas -, Hannah describe con impasible aplomo como fue excluida, torturada, odiada y ultrajada hasta culminar en su violación, que antecede al nadir de su impotencia y su escapada “forzosa”. El último cassette está dedicado a su consejero escolar, quien omitió reconocer su predicamento e incluso pasó por alto la inminencia del suicidio en su última visita.
Las cintas funcionan como una suerte de carta en cadena. Basadas en el libro homónimo de 2007 escrito por Jay Asher, desglosan la expiación de Hannah que su novio devastado escucha en una sola noche. En la serie se explota la secuencia y los flashbacks para connotar el drama que resulta a la sazón indulgente, grotesco e incluso didáctico en el sentido de reflejar la perversión de lo inevitable. La historia recuerda el best-seller de 1971 “Pregúntale a Alicia” que se preciaba de ser una biografía real, hasta que se descubrió que lo había perpetrado un terapeuta con intenciones francamente promocionales.
Los productores y directores, entre quienes destaca la cantante Selena Gómez, se han jactado de que se trata de un mensaje social, al servicio de la juventud; como si los jóvenes necesitaran de fabricaciones para descubrir sus motivos y temores. De forma engañosa, la serie difiere del libro en que en éste, la chica ingiere píldoras, mientras que en Netflix – ¿porqué escatimar? – Hannah se desgarra verticalmente los antebrazos para consumar la muerte más violenta imaginable.
El epílogo de esta serie, inmaculadamente viciada, es una apología que bautizaron como “Beyond the Reasons” (más allá de las razones) donde los actores pretenden exorcizar y explicar la violencia gratuita de las trece horas que les preceden. Se supone que se trata de contrarrestar el contagio de la antodestructividad enmarcado por un mensaje al pie de pantalla, bastante pérfido, que reza: “Need help now?” (¿necesitas ayuda ahora?).
Quizá lo más vil del programa es la vindicación que alcanza a posteriori la protagonista denunciando a los causantes y con ello logra aparecer redimida y glorificada más allá de cualquier predisposición o fragilidad mental.
El mensaje parece discurrir en el sentido de que todo acto de mutilación o flagelación está razonablemente justificado si hay infractores que lo suscitan por encima del sujeto, induciéndolo a aniquilarse para castigarlos en turno a ellos. De sobra está que las perturbaciones inconscientes o la ambivalencia para adjudicar y proyectar responsabilidades aparentes o reales no aparece en escena.

El maniqueísmo de la cultura mediática en Estados Unidos se deja ver en cada capítulo. No hay espacio para reflexionar, las razones son tácitas y aluden de manera retórica a quienes no supieron apreciar la bondad singular del personaje. Si son tan escasas las películas y series de televisión norteamericana donde el mensaje es digno de profundizar, es porque seguimos inmersos en la difusión de los diálogos y entramados a la manera de Disney o sus apóstoles. Basta recordar el ensayo crítico de Ariel Dorfman y Armand Mattelart “Para leer al Pato Donald”.
La serie ha generado una revolución moral. Obliga con ruindad subliminal a las autoridades escolares a tomar cartas en la psicopatología de la vida cotidiana. Como si tuvieran tiempo para dirimir todas las neurosis que se aglutinan en sus planteles. Por otra parte, ha despertado en muchos padres la convicción de que el mundo es más peligroso por la impulsividad de los congéneres o por el bullying tan trillado, que por la salud mental que destilan en sus hogares. Tal conclusión irreflexiva los aleja más de toda verificación o contacto afectivo, y los coloca en el lugar de la prohibición o la suspicacia; dos venenos de acción lenta para cualquier adolescente.
No se trata de espantar a nadie. El problema de nuestra época mal llamada post moderna, es que la comunicación ha dejado paso a la información furtiva e intrascendente. Que las relaciones ya no son de viva voz – como solíamos decir antaño – ni cara a cara, sino de cara a pantalla. Los adolescentes perviven sumergidos en las redes virtuales. Los transeúntes caminan por las calles indiferentes al entorno, adheridos al smartphone, atropellando o eludiendo a todos con pasmada distracción. Incontables personas aúllan, reclaman o reseñan intimidades hacia sus celulares sin reparar en nada ni nadie. Vemos cada vez más gente acudir a los lugares públicos, desplegar sus teléfonos móviles y – haciendo caso omiso de quien tienen frente a sí – entablar conversaciones a distancia (chats, WhatsApps) que sólo interrumpen para revisar el menú o constatar por instantes si el otro comensal sigue vivo.
La víctima fundamental ha sido sin duda el lenguaje. Dada la profusión de apócopes o Emojis, los interlocutores ya no ven la necesidad de refinar su vocabulario, corregir su sintaxis o, menos aún, recurrir a la lectura para ampliar sus horizontes. En un país como México, donde el promedio de libros terminados por habitante al año no llega a media docena, el dialecto virtual terminará por embrutecernos más y situarnos a merced de los gobernantes, policías y mercenarios menos educados del planeta. Ya somos la segunda potencia mundial en asesinar inocentes, mujeres y periodistas. A cambio, la mayoría de la población desconoce quien fue Juan Rulfo, Octavio Paz o Martín Luis Guzmán, eso si tuvo la fortuna de transitar por la educación secundaria.
Ante la inquietud de si algún día podremos superar el subdesarrollo, valdría la pena preguntarle a Samsung o a Netflix, con descarada ingenuidad, ¿qué nos depara el futuro?

La disyuntiva materna

La disyuntiva materna

A medida que las mujeres han ganado espacio social y profesional, estamos viendo embarazos más tardíos. Hace dos décadas era excepcional escuchar que una mujer intentaba embarazarse por primera vez después de los treinta y cinco años, mientras que hoy es un lugar común. Las ventajas obvias de mayor estabilidad familiar y económica, un nido mejor pertrechado, se ven confrontadas con ciertos riesgos médicos para la madre y su hijo.

Empecemos por las preocupaciones acerca del riesgo genético. Las anormalidades cromosómicas ocurren en uno de cada 160 nacimientos. De éstas, excluyendo a las vinculadas a los cromosomas sexuales X ó Y, la mayoría son alteraciones numéricas de los cromosomas 13, 18 y 21. Los dos primeros son casi incompatibles con la vida (menos del 10% de los nacidos con estos defectos pasa del primer año de edad). Las trisomías autonómicas ocurren como error de separación durante la meiosis materna, de modo que dos copias de un mismo cromosoma ocupan un ovocito. Al ser fecundado, se suma el cromosoma proveniente del espermatozoide y se produce la trisomía.

Por razones históricas, se consideraba que el riesgo genético aumenta después de los 35 años, atribuido al envejecimiento ovárico o a complicaciones obstétricas. Pero el corte de monitoreo genético sólo basado en la edad es equívoco, porque la mayoría de los casos de Síndrome de Down (Trisomía 21) ocurren antes. Así que el criterio actual se basa en la verificación de marcadores bioquímicos combinada con ultrasonido de alta resolución, ambos efectuados durante el primer y segundo trimestre del embarazo, sin reparar en la edad materna.

La trisomía 21 se asocia típicamente con niveles altos de inhibina A y de gonadotropina coriónica humana (hCG), apareados con bajos títulos de alfa-fetoproteína y estriol libre (lo que se denomina el “cuádruple marcador”). De forma análoga, la trisomía 18, también conocida como Síndrome de Edwards, muestra bajos niveles de los tres últimos marcadores. El momento ideal para practicar este tamizaje es entre las 15 y 22 semanas de gestación. Además, el aumento de líquido en la parte posterior del cuello del feto (designado como translucencia nucal), mediante ultrasonido del primer trimestre, indica anormalidades cromosómicas hasta en un 77%. Este defecto ecográfico predice las trisomías mencionadas tanto como síndrome de Turner (genotipo 45 X0; es decir, ausencia genética de cromosoma Y u otro X).

Por otro lado, están los tumores dependientes de estrógenos, que complican la planeación de un embarazo y que deben ser extirpados para hacerlo viable. Los miomas uterinos son las neoplasias benignas más frecuentes en mujeres premenopáusicas. Se pueden diagnosticar en el 10 – 15% de mujeres en edad fértil, cifra que se ve multiplicada exponencialmente durante el climaterio. Los leiomiomas uterinos son formaciones compuestas de músculo liso, matriz extracelular, fibronectina y proteoglicanos. No se sabe bien qué origina estos tumores, pero se conoce que son dependientes de estrógenos, progesterona y algunos factores de crecimiento celular. A medida que crecen, los fibroides engrosan la pared uterina y estimulan al endometrio cuando se acumulan en el espesor muscular subyacente. Pese a ser lesiones benignas, causan muchos síntomas funcionales: sangrado vaginal excesivo, trastornos urinarios, dolor pélvico y dispareunia. Estas molestias obligan a la paciente a recurrir a la histerectomía, un procedimiento quirúrgico costoso y que cuando se propone prematuramente – como es obvio -, interfiere con la maternidad. En tal situación, muchas mujeres jóvenes prefieren someterse a una miomectomía, o extirpación del fibroadenoma, antes que sacrificar su anhelo de tener hijos.

Diversos estudios puntualizan las ventajas de bloquear el riego sanguíneo de estos tumores, con miras a preservar el útero y la opción de embarazos futuros. El procedimiento se conoce como embolización de fibroides uterinos y ha sido aprobado por el Colegio Americano de Ginecología y Obstetricia como una técnica segura para mujeres que no aceptan la histerectomía. Consiste en una inyección selectiva de partículas de polivinilo, microesferas o esponja de gelatina que bloquean el riego sanguíneo del fibroma, haciéndolo exangüe hasta necrosarlo. Todo a través de un catéter introducido en la arteria femoral, con la paciente despierta.

Si bien las complicaciones son pocas (cerca del 5% de las pacientes tratadas experimentan dolor o náusea persistentes), es un procedimiento que sólo se recomienda en manos expertas y bajo control radiológico cuidadoso. Un error de canalización en la arteria hipogástrica puede causar tromboembolismo a distancia o, peor aún, necrosis de ovarios.

Ahora bien, pensemos en la contraparte afectiva, no menos importante que la integridad somática de quien acuna a un bebé en su vientre. Una mujer que ha decidido con quien hacer un hogar, pero que ante todo mantiene su independencia intelectual y económica, está mejor dotada para proveer a su vástago de recursos emocionales y autonomía suficiente frente a las demandas de un mundo caótico y plagado de estímulos y distracciones virtuales. Es en principio una mujer que se da tiempo a sí misma. Que ha sabido sortear dificultades propias del desarrollo y la adquisición de méritos profesionales, que conoce bien el rechazo machista y las exigencias de género. No está dispuesta a depender de otros para alimentar sus sueños.

No puedo asegurar que esta sea una premisa universal, pero los embarazos adolescentes o aquellos que se dan en mujeres que se ven obligadas a truncar su vida académica, antes siquiera de verse recompensadas por un título o un trabajo estable, acarrean existencias en franca desventaja. Vivimos en sociedades postmodernas que no perdonan la falta de recursos técnicos o conocimientos. Todos somos dispensables en este contexto. La tecnología digital ha hecho que los que no tienen nada que aportar resulten más temprano que tarde redundantes, “carne de cañón” solíamos decir en términos bélicos. Ser madre en el presente exige una solidez que no conocieron nuestras abuelas, para quienes la dependencia económica era un hecho irrefutable. La mujer actual, más libre pero a la vez más exigida, debe estar en condiciones de escoger – Freud mediante – un hombre que la apoye, que comparta la carga de la crianza y que sepa, hoy por hoy, que los machos cabríos no son deseables.

La maternidad plantea decisiones que trascienden el periodo mágico de la gestación. La adecuación de la pareja, la identificación con la propia madre y la maleabilidad afectiva están detrás de todo embarazo. Un hijo viene siempre precedido de deseos y fantasías. Lo único que podemos ofrecerle es que llegue al mundo arropado en el auspicio de su madre.

 

El escupitajo

El escupitajo

De niño, me intrigaba el gesto retador y artero de quien escupía sin razón alguna hacia el suelo; caminando, esperando el autobús, o tal vez, a mitad de una charla entre contertulios. Dado su peculiar arbitrio, me pareció a poco de descifrarlo que equivalía a una micción propia de perros o gatos machos, marcando su territorio. Lo curioso es que si bien predominaba entre los albañiles, mecánicos, veladores y otros oficios vernáculos, también lo hacían algunas mujeres  y con frecuencia las meretrices que rondaban sus esquinas en la oscuridad.
Cuando accedí a la pubertad, alguna vez jugamos a ver quien escupía más lejos, tanto como quien aguantaba más la respiración o eructaba más ruidosamente, pero nunca se nos ocurrió que eso debiera ser una táctica cotidiana o que implicara alguna territorialidad. Fue uno de tantos ejercicios para transgredir el orden y la autoridad que nos permitíamos en privado, reticentes de hacernos hombres. En cuanto tuvimos edad para incursionar en los bares, nos recibió con sorpresa la potestad de las escupideras, donde se vertía sin excepción el desenfado. Con el tiempo, escupir se trastocó en un recurso obsceno y acaso reservado para la intimidad de la ducha o el retrete. Supongo que la vergüenza hizo su arribo para imponerse.
He crecido, estudiado y ejercido en una ciudad que comulga con la basura. En mi barrio, en mi Universidad y en torno a mis distintos sitios de trabajo, he visto aglomerarse los escombros, desechos y envases de todo género de manera recurrente. Atraídos casi siempre por estancos de comida, surgen como hongos, uno tras otro, allí donde se estaciona apenas la gente. En mi caso, han sido los hospitales, sobrepasados por los vendedores ambulantes e incapaces de higienizar siquiera las calles aledañas. El oficio de recogedor debe ser tan monótono como infalible en estas latitudes, porque todo ciudadano contribuye con su dejadez y su mugre.
No fue sino hasta bien entrado este siglo que los gobiernos citadinos descubrieron que los cestos de basura podían adecuarse para los lugares públicos. Vimos como proliferaban en los parques, bajo algunos letreros o paradas de autobuses. Poco después, adquirieron una identidad; inorgánica para los desperdicios de plástico, papel, madera o fuego (como si pudieran intercambiarse) y orgánica para todo lo comestible y presuntamente biodegradable.
Como la cultura del Tercer Mundo es ingénita a tal condición de subdesarrollo, basta atestiguar que ambos rubros se obvian por doquier. Botes repletos de basura de todos tintes son la norma, aún en los centros comerciales más exclusivos. Es decir, la inmundicia no es privativa de la pobreza o la falta de educación formal, es un rasgo tan latino como el titubeo y el ingenio para mentir o burlarse de sí mismo.
Cuando pude viajar al extranjero como estudiante de posgrado, lo primero que me deslumbró fue la pulcritud de las calles y los espacios públicos. La gente paseaba a sus mascotas con palas y bolsitas de plástico para recoger sus heces. Los parques estaban impecables en cualquier estación del año. Los cestos de basura eran visibles en cada esquina y la gente los usaba con asiduidad. Pronto pude constatar que había claros matices. Los ciudadanos adinerados de Londres, la urbe que me acogió durante casi un lustro, limpiaban su pedazo de acera, sus patios y entradas, sin esperar que pasara el camión de basura o que nadie más los conminara a hacerlo. Más al sur y en la periferia, la escenografía resultaba familiar. Había cúmulos de basura y paredes con graffiti, la gente miraba hacia otro lado, con descontento, con evidente resentimiento social.
Por esos años se hizo presente el concepto de reciclar la basura. Se calcula que una sola familia urbana desecha entre 45 y 50 kilos de basura por semana. Residuos que tienen que ir a parar a algún contenedor, horno incinerador o pozo de desperdicios. De éstos, cerca de la mitad no es reciclable, así que invade e intoxica la tierra que pisamos y el aire que respiramos irremediablemente.
En los cinturones de mi ciudad son montañas de basura que se han sedimentado por décadas de acumulación fortuita y sin método, cuyo tufo recibe a todo visitante de forma inequívoca.
Sabemos además que la cantidad de escombros metálicos que flotan girando por nuestra atmósfera es escalofriante, y no hay satélites barrenderos o manera de evitar que graviten en nuestro entorno. Una espada de Damocles para la humanidad entera, pendiendo del espacio sideral.
De vuelta a mi barrio, observo a un chico que se estira frente a mí desde una camioneta de legumbres para escupir con desparpajo y retraerse satisfecho de su mísera hazaña. No advierte siquiera mi presencia circulando a su ritmo. Acto seguido, un automovilista a mi derecha abre la ventanilla y arroja sin más una colilla y, unos metros más adelante, la botella de plástico del refresco que ha deglutido, misma que rebota espoleada hasta la acera contigua. ¿Quién la recogerá? ¿Alguien se hará dueño y extirpará esa porquería?
Además de un muro ignominioso que pretende distanciarnos del Primer Mundo, está por supuesto el atraso jurídico y económico que padecemos. Debemos admitir que la ley que se respeta cotidiana y espontáneamente en países más ricos, ahorra muchos recursos. La mayoría de la gente recoge su basura, la separa en botes que permanecen limpios y que amanecen en el mismo lugar en que fueron colocados. Las personas esperan su turno ante cualquier ventanilla y atienden los ubicuos letreros de STOP sin necesidad de semáforos o nuestros emblemáticos topes. Todo eso hace redundante la vigilancia y economiza en fuerza de trabajo. Dinero que, con la mínima honestidad, puede invertirse en beneficios para las comunidades.
Podrán acusarme de malinchista, no lo soy. Quisiera ver a mi país saneado, con orden, donde la corrupción y la criminalidad se paguen con juicios a la medida de cada delito, sin mediar el nepotismo o la negligencia. Me encantaría saber que los periodistas no son asesinados a sangre fría por denunciar a quienes trafican con drogas o los encubren. Imagino ciudades y pueblos donde los gobernantes sepan que fueron elegidos, no por mandato divino o por lealtades inicuas, sino por votantes que requieren su compromiso y su limpieza, en todos los sentidos. Desearía en efecto despertar una mañana, caminar sin miedo, abrir la puertas y ventanas hacia un ambiente renovado, donde cada miembro de mi vecindario haga su pequeño esfuerzo y le exija al transeúnte que no escupa, para eso hay pañuelos desechables.

PD. La imagen que ilustra este relato, para su interés y espero que también para su repudio, fue tomada en Roma en 2009. La identidad comienza cualquier Lunes.

Más allá del goce

Más allá del goce

Weh spricht: vergeh!

Doch alle lust will ewigkeit-

Will tiefe, tiefe ewigkeit

[“¡Acaba! Pide el desconsuelo.

Pero quiere todo placer eternidad,

honda, muy honda eternidad”]

Friederich Nietzche

Also sprach Zarathustra

Parece mera tautología, pero la vida es una lucha perpetua contra el instinto de muerte. Es andar cuesta arriba para vencer los impulsos que nos inducen a la destrucción de todo cuanto amamos y hemos edificado.

Esa tendencia al retorno a lo inanimado, a un cociente nulo de excitación en el aparato de pensar (y por extensión –inefable- al cuerpo), deriva de la metáfora freudiana articulada en su ensayo “Más allá del principio del placer” de 1920. Para muchos de sus contemporáneos, esta era un digresión de sus contribuciones teóricas adoptadas con reticencia por la comunidad científica, así que resulta pertinente retomar sus ideas aquí para intentar darles vigencia en nuestro tiempo.

La pulsión de muerte se origina de la tensión entre la concepción imaginaria del sujeto y aquello disuelto en el cuerpo que no puede alcanzar a representarse. (Lacan). No es pues un “instinto” en el sentido lato del término, porque Freud empleó la metáfora biológica sólo para darle sentido a su elaboración, justo cuando se expandía la microbiología. Tal error se ha extendido aún más allá del principio argumentado, y es lugar común escuchar todavía en el siglo XXI la refutación al efecto mecánico, en una reyerta contra Newton, como si se tratara de articular la psicopatología con la biología molecular.

La observación básica planteada ante esta tendencia hacia lo mortífero es aquello que Freud llamó der Wiederholungszwang, que significa compulsión a la repetición. ¿Porqué, contrariando todos los esfuerzos psíquicos por alcanzar el placer, los seres humanos tendemos al sufrimiento? Fiel a su método discursivo, Freud apeló a la dialéctica para inferir que, mientras la agencia inconsciente clama por la satisfacción de las demandas somáticas, el Yo reprime tales impulsos en una suerte de “masoquismo primario” que toca incesantemente la misma puerta cerrada. En sentido análogo, se entiende el planteamiento original de que toda fuerza motriz o impulso activo que tiene a disminuir la tensión psíquica es tributario de placer y, por el contrario, la acumulación o incremento de tensión emocional va asociada al sufrimiento. En la medida en que la pulsión de muerte se sostiene por la repetición, y bajo la misma óptica mecanicista, sirve para acumular tensión en la esfera psíquica. Pese a la tendencia a asimilar conceptos tales como autofagia, apoptosis o necrosis para darle coherencia biológica al proceso, la repetición no necesariamente implica regresión.

La experiencia traumática consiste en la acumulación de energía que satura e inunda la capacidad de contención de los procesos de pensamiento. En ese tenor, el trauma es una forma de descompensación que deja cabos sueltos en el inconsciente, mismos que buscan – en la iteración – la forma de ser sellados o representados.

Concebido de manera psicofisiológica, el Yo es una red de conexiones ligadas por energía: mucho más virtual que lo que proponen las neurociencias, porque el correlato anatómico siempre será insuficiente para explicar la versatilidad de los fenómenos mentales. La pulsión de muerte designa el modo en que la organización dinámica del Yo se ve impelida por la presión de las fuerzas instintivas (impulsos inconscientes) que se manifiestan como energía libre, irrepresentable.

En la clínica, lo observamos en esa tendencia a la inmovilidad terapéutica, a diferir toda intervención con objeto de mejorar, a recusar las indicaciones, o simplemente, al desdén por la salud. El médico vacila, con frecuencia se siente traicionado, y arrebatado por su narcisismo y aquello que hemos denominado identificación proyectiva, recurre al sadismo o al rechazo. No es inusual encontrar que los pacientes hospitalizados que resisten las tentativas del equipo terapéutico, sean heridos emocionalmente o sufran vejaciones, tanto como manipulaciones en exceso como represalia del personal sanitario. No se trata de actos deliberados, que en tal caso constituirían crueldad y una flagrante transgresión a la ética, sino de actuaciones desvinculadas de razón, sinsentidos, omisiones, etc.; como toda energía libre arrebatada por la pulsión de destrucción.

Pero también es plausible atestiguarlo en los padecimientos psicosomáticos donde ocurre una desorganización progresiva de la estructura corporal y el cuerpo imaginario (que es territorio de las manifestaciones conversivas) se ve desbordado por lo irrepresentable de la carne: con toda su morbosidad y su desinvestidura, al grado de difuminarse todo orden, toda coherencia anatómica. La piel entonces es un recubrimiento de la fragilidad, sujeta al embate de la agresividad o la culpa. Los órganos de defensa, integrados laxamente en el sistema inmune y sus representantes tisulares, convocan la dispersión de la integridad, la disolución del Yo; y desde esa concepción metafórica, es permisible entender que el dolor y la inflamación, tanto como la transgresión celular y la ruptura de membranas, sean los prototipos de los trastornos autoinmunes.

He visto durante años cómo la artritis personifica en diversos gradientes la impotencia y la melancolía, en esa ecuación donde la pérdida del objeto se traduce en una sombra que aniquila, que anquilosa, que ejerce su venganza en el cuerpo, a falta de representación ligada al afecto. De la misma manera que la esclerosis múltiple, el vitíligo o las colitis ulcerativas arrancan fragmentos del sujeto, donde están vertidas la estructura sensorial, el calor corporal o la integración de lo que se incorpora o se excreta, respectivamente.

Sin afán reduccionista, esta expresión de lo mortífero se ve reflejada en incontables conductas sociales que procuran el daño individual o colectivo y que se resisten al cambio. Podemos afirmar que lo innato al ser humano, más que el ejercicio de la vitalidad y su esfuerzo creativo, es esa intensa carga por demoler lo más preciado, por anular lo más noble de su naturaleza y hacerlo añicos. A menos que otra voz, oportuna y ocasional, una instancia que sepa contener y espaciar, señale apenas entre líneas que Thánatos no tiene porqué cobrarse una víctima más.

Heart of darkness

Heart of darkness

I once heard a child, who was afraid of the dark,
call into an adjoining room, “Auntie, talk to me,
I am afraid.” “But what good will that do you?
You cannot see me!” Whereupon the child answered,
“If someone speaks, it is brighter.”
Sigmund Freud (1920)

Cae la noche y los espectros se condensan. En los márgenes de lo invisible transita la muerte y sólo su risa se escucha, alternando con el viento.
Estamos solos – me dice, con una voz sepulcral, y después desaparece; se aleja entre las sombras, se confunde con este miedo que lo invade todo. Nadie sabe qué es adentro y qué ha quedado fuera.
Cornelia me pide que la abrace, hace frío y la tierra está húmeda. Una densa neblina hace aún más difícil reconocer la silueta de los árboles y avistar el rastro del sendero. Su padrino asegura que abundan los lobos, que merodean en busca de alimento y no discriminan. Hace poco, un hombre de su aldea fue atacado y tenía la cara desgajada, pellejos sangrientos con baba de algún animal rabioso. No puedo disipar esa imagen de la mente y, aunque procuro no transmitir mis inquietudes a mi hermana, es imposible contener el escalofrío que me recorre.
– Hace frío, cúbrete bien – le imploro, pero mi voz medrosa no atina a  sosegarla.
– ¿Dónde estamos, Jörgen? – inquiere, a punto de irrumpir en llanto.
– Rumbo a casa, chiquita, no temas. Es que el bosque es oscuro y no es fácil seguir el camino.
La hago reír un poco con un cuento que compartíamos cuando era más pequeña, pero el ulular de los búhos acalla mi relato y nos sume de nuevo en un silencio aterrador. Las escasas luces del pueblo se desvanecieron hace horas entre la espesura y no tenemos nada con qué alumbrar más el camino. Me detengo para no tropezar y descifrar la rugosidad del suelo antes de dar otro paso. Los ojos asustados, muy abiertos, de mi hermana me observan con desconcierto.
En ese instante, el pánico nos asalta. Una sombra huidiza, como un conejo o una rata, pasa frente a nosotros; sus pupilas rojas lanzan destellos volátiles que podemos distinguir como amenazas. Cornelia grita despavorida y yo caigo de espaldas en el lodo, mudo de terror. Nada nos salvará, la noche ahora sí nos ha engullido.
En incontables ocasiones, la falta de información visual que surge bajo la completa oscuridad se traduce en ansiedad e incertidumbre. La oscuridad agudiza el reflejo de sobresalto acústico en las personas. Ello facilita la conmoción cuando no se distinguen con claridad las formas y los objetos que suelen rodearnos. Por supuesto, la imaginación y el prejuicio exacerban este mecanismo. En ese sentido, actuamos en contraste con los animales nocturnos, que se alarman con la luz y se deslumbran, paralizándose.
La ansiedad en tales condiciones de negrura se despierta por la fantasía de amenazas potenciales, encubiertas o imaginarias que exigen ser desestimadas de inmediato o, en su caso, que nos obligan a huir, fugarse en tanto sea factible. Ante tal imposibilidad,  sigue un estado de angustia, caracterizado por nerviosismo incontrolable, aprehensión y extrema preocupación que activa las descargas del sistema nervioso autónomo. Sudamos, tiritamos, nos sobrecoge un vacío en el abdomen, acaso un mareo que nos hace perder la estabilidad o una reacción que eriza los vellos en señal de alarma. Todo eso responde a una sensación ominosa de desamparo.
El anhelo, la necesidad que experimentamos en los momentos oscuros, ante la ausencia del otro, se trastoca en miedo a la oscuridad. El niño requiere de la madre y su angustia de separación la ve perderse en la noche, en la boca del lobo, de donde nadie garantiza que volverá. Su partida se torna en lo abominable, que hace cuerpo con el abandono y la exigencia de darle un sentido a esa soledad apremiante. Tal proyección no suele ser muy exitosa, porque el temor de perder al objeto amado no puede sustituirse del todo como lo hacemos frente al pánico que amaga desde del exterior. El deseo persiste y, con él, la oquedad, la falta.
Los impulsos de ansiedad al separarse del ser amado son connaturales a los humanos, si bien – debido a su obvia fragilidad y su riesgo al desamparo – son más penetrantes y frecuentes en los niños entre 2 y 7 años de edad. Pero todos, en algún tiempo o en algún lugar, recelamos de las tinieblas.
Desde luego, la oscuridad afecta la agudeza visual y con ello, altera nuestra destreza para controlar el entorno, confiriéndonos una repentina vulnerabilidad. Nacemos, nos criamos y prosperamos en un mundo diurno, más aún en la actualidad, tanto como estamos rodeados de pantallas e imágenes iridiscentes. Aprendemos a subvertir las sombras, abrir candados y ventanas, encender velas y extender nuestro campo óptico con artefactos. Ningún rincón de la Tierra, por opaco que se antoje, está fuera de nuestro alcance. Las cuevas se exploran, las profundidades marítimas se sondean, el lado oscuro de la luna se coloniza, los anillos de Saturno se sobrevuelan, e incluso los hoyos negros -otrora tan incógnitos – están por fotografiarse con telescopios cada vez más potentes. En fin, la luz trasciende cualquier horizonte.
Además, la oscuridad señala nuestro periodo de descanso y de inducción al sueño. Se elevan los niveles de melanina en el hipotálamo, bostezamos como acto reflejo y la lasitud del cuerpo y los sentidos nos apaga mansamente hacia el reposo. Se activa la sustancia reticular ascendente, se bloquean las puertas de la percepción y nos sumergimos en las aguas misteriosas de nuestras quimeras. En ninguna circunstancia estamos tan vulnerables a los elementos como durante esa placidez onírica.
Los demonios que expurgamos durante el día, salen entonces a reptar bajo nuestro lecho, detrás de las puertas y en las entretelas de la noche. Nos acechan, nos invaden, nos obligan a mirar de reojo desde la almohada entre los contornos borrosos y las sombras, para traer recuerdos, tempestades, tareas incompletas o fabulaciones. Son por supuesto los espectros internos, no los que se ocultan en los armarios, sino esos que salen a poblar nuestro insomnio y se apoderan de todo discernimiento. Son angustia materializada, son los engendros del crepúsculo, que a todos nos acosan.
Si hay algo que nos alienta y nos consuela, desde que habitamos el regazo de mamá y para siempre, es la convicción de que su presencia – o alguien más que ose sustituirla – vendrá a sanear esa inquietud, a imprimir un resplandor en la eterna noche de nuestras vacilaciones, y a traer la luna, su constancia, para cobijarnos y sumirnos en un sueño.

Abril

Abril

Caminan solos por el Bois de Bologne, dos figuras tenues bajo la neblina. Los primeros cerezos se desgranan a su paso. Puede sentirse la tibieza del rocío que vaporosamente se disipa. Quizá tiritan un poco, se contienen, igual que la tierra misma que se despereza. El flujo de los autos a lo lejos es un rumor constante, un ronroneo.

– No puedo seguir con esto – dice Henriette, casi un susurro, con el rostro compungido.

Él toma su mano, que se permite el roce, renuente y lánguida a la vez. Se han amado a espaldas del tiempo, por años, con un fervor que no es posible ocultar ni sepultar una vez despierto y delirante.

La mira de reojo, no se atreve a develar su rostro, temiendo un reproche o, peor aún, melancolía. Sin pensarlo, extiende sus dedos toscos entre el cabello de su amada y la gira hacia si, para besarla largamente, como antaño, como anoche.

El vaho de sus alientos se confunde y a la distancia pareciera que se templan a la orilla del aljibe mientras la ciudad calla y espera.

Sin mediar palabra, la despide a las puertas del Marmottan. Los nenúfares abrigarán sus noches y sus días soleados, darán textura a las tardes de lluvia y color a las nubes cuando lo añore.

James volverá a Tibbee Creek – donde un científico negro no pasa desapercibido – a mirar desde su ventana los lirios bajo el sol inclemente del verano.

En las dilatadas tardes de Mississippi buscará referencias de su cuerpo volátil y de su risa ausente. Paseará su soledad a la vera de los álamos y los corredores tempraneros; las manos en los bolsillos y la mente en Giverny, junto al caballete de Monet, donde la descubrió absorta – casi una niña – ante el estanque.

Entonces pasearon como viejos conocidos por la calle emblemática del pintor, entre turistas, tenderos y souvenirs baratos; se detuvieron sobre los puentes para contemplar el Epte con esa placidez que invita a pintarlo. Ella con su mal inglés, él con su precaria noción de la catedral de Rouen, asediado por preguntas. Henriette fue su guía, su portal hacia el arte difuso del Impresionismo, que James buscaba como refugio del infierno de Vietnam, de aquel mundo suyo ininteligible y convulso.

Un muchacho del paupérrimo sur solamente podía educarse en la milicia. Con las heridas frescas de la barbarie y el napalm, habiendo ingerido ácido lisérgico entre las cañadas del Mekong, alucinado por aquellos crímenes inicuos, se hizo ingeniero de aguas y volvió a bregar entre caimanes por un tiempo.

Extraña paradoja, Henriette perdía a su padre ahogado por el alcohol y la decepción de la posguerra; mientras ella accedía a una apurada educación en Caen para salvarse del suicidio. Tenía apenas diecisiete años cuando se enamoró de ese hombre de color, fornido, taciturno y lastrado de cicatrices.

Bastaron pocas jornadas de flirteo y de sorpresa mutua. En un modesto hostal de Saint-Just, a medio camino entre su pueblo y las ninfas acuáticas, hicieron el amor como dos náufragos, ávidos de piel y de consuelo.

Un aroma de almendros en flor penetra los recintos del museo. La vice-curadora Henriette Auvers levanta los dedos del teclado para sostener su segunda taza de café y otear la marea citadina. Aprovecha esos minutos antes de recibir a los turistas que se aglomeran en la acera para salir al balcón contiguo y encender un cigarrillo. Entre bocanadas de humo, evoca esas veladas que compartieron en el pisito de Courcelles. Ella pretendía poner coto a su vehemencia, fingiendo despecho, y advertía como su negativa despertaba en cambio la excitación de su amante como un embrujo. Invariablemente, James se acercaba a su lado y la iba tocando con sutileza; las mejillas, el escote y los muslos, apenas con el dorso de la mano, en caricias furtivas… insinuándose, un niño en busca de indulgencia. Entre el sopor y el reclamo, Henriette acababa por ceder a sus besos, perderse en aquellos brazos cobrizos y aceptarlo en sus paredes de agua para arrojar de nuevo el tiempo con su ropa al suelo.

Meditabunda, la curadora apaga la colilla sobre la baranda de piedra, limpia el remanente de ceniza con un pañuelo y ahoga las lágrimas. De vuelta a su oficina para ordenar que abran las puertas al público, murmura aquel verso de Louis Aragon:

Et pendant un long jour assise à sa mémoire
Elle voyait au loin mourir dans son miroir…

Entre las sombras cambiantes y el bochorno, a un siglo de distancia, James puede paladear sus besos todavía y rememorar cómo se arrellanó en sus brazos; un enjambre de ternura – pensó en aquel momento – tan frágil, tan cautiva. Ella se rebeló contra ese apelativo, nunca se permitió la lástima y quizá no supo entender los gestos vagos de aquel hombre incapaz de expresarse más que con el cuerpo.

Decidieron que la pasión los mantendría unidos: en tal connivencia no habría que explicarse la intimidad ni darle cuentas a los otros o al futuro. La renuncia fue su condición de amantes, mientras los lirios acuáticos, uno a uno, floreaban en Abril, discretamente.

PS. La última semana de Abril de 1883, Claude Monet alquiló la casa campirana que sería su imperio de luz y de color hasta su muerte, misma que pudo comprar cuando el avant garde francés permitió revaluar su obra en vida. Durante casi treinta años, de 1899 a 1926, el afamado pintor se refugió en Giverny a pintar su estanque poblado de nenúfares. Se estima que pintó cerca de ciento ochenta lienzos, algunos magníficos,  como los que engalanan l’Orangerie en las Tullerías. Procuraba diversos ángulos y horas cambiantes para imprimir con su paleta los tonos y artilugios que gestaba ese paisaje íntimo. Para lograrlo, convenció a los moradores del pueblo en desviar un brazo del río Epte – tributario del Sena – hacia su jardín de sauces llorones, tulipanes y malvas. Protegió su legado con recato, acumuló los cuadros de sus amigos y rivales impresionistas junto a los suyos, y antes de morir, se aseguró que los más bellos se eternizaran en Vernon y en los museos más luminosos de París.

PS. La exposición “Melancolía”, preñada de 137 cuadros de una exquisitez sin paralelo, estará abierta en el Museo Nacional de Arte, Centro Histórico, del 4 de Abril al 9 de Julio. Vale la pena.