Llorar por dentro

Llorar por dentro

Marina acude a mi consultorio después de un largo periplo. Es una mujer joven, de tez mortecina, que viene bañada en quejas. Ha visitado tantos especialistas que acarrea un talante adverso contra quien la confronte. Su gesto es de rencor, muy lejos de la aquiescencia que uno espera – narcisista al fin – de un nuevo paciente.

  • Estoy cansada de tomar antiespasmódicos y probar dietas infames, doc – exclama, como monólogo de apertura. – Espero que usted tenga más inventiva.

El reto me seduce más que inquietarme, quizá porque tengo años de ver pacientes con síndromes que no encajan en ningún examen químico o inmunológico, y sin embargo, son fuente innegable de sufrimiento para quienes los padecen. Antes que nada me apresto a escucharla, a desnudar con respeto la narrativa de sus dolores, a sondear donde se perdió el hambre y la voz en los meandros del deseo insatisfecho.

¿Qué son entonces los trastornos funcionales digestivos?

Con este nombre, tan fastuoso como eufemístico, los doctores conocemos a los diversos problemas que irritan el tubo digestivo, sin causa aparente. Me refiero a las esófago-duodenitis, las dispepsias y el colon irritable (y quizá incluso el reflujo neonatal), que suelen ocupar más del 15% de la consulta de primer contacto. ¿En qué consisten? ¿Porqué son tan frecuentes?

La denominación de “trastorno funcional” ha motivado repetidas discusiones sobre su origen y sus consecuencias. En ausencia de hallazgos histopatológicos o de laboratorio que justifiquen su existencia, se han elaborado los criterios médicos de Roma, que caracterizan cada padecimiento según su modalidad o presentación; pero ante todo, por carecer de elementos estrictamente tangibles. Estos criterios salvan a los clínicos de ahogarse en el vacío nosológico, pero ayudan poco a los pacientes, porque no aclaran de dónde viene tanto desarreglo. Por lo pronto, aquí los tienen:

http://www.romecriteria.org/assets/pdf/19_RomeIII_apA_885-898.pdf

Menos sensible aún es la Psiquiatría, que se ha dedicado a buscar asociaciones con rubros clasificados en su manual de padecimientos de la esfera mental, en su última versión, DSM-V. Por ejemplo, la gastritis tiene que ver con ansiedad, 32% de los enfermos con dispepsia tienen alteraciones psiquiátricas, y el colon irritable coexiste con una prevalencia de 60 % de trastornos afectivos, particularmente ataques de pánico o temores hipocondriacos. Como los psicofármacos no acallan del todo estos síntomas, el panorama que nos pintan es bastante pesimista.

En efecto, estos problemas (TFDs para abreviar) recaen fuera de la órbita de lo consciente. No los hacemos sino que los padecemos, dicen los enfermos. Son agruras, inflamación de vientre, espasmos de dolor, diarreas sin explicación, estreñimiento crónico y meteorismo recurrente, que alteran la vida y producen aprensión. Muchos pacientes consultan porque hacen miserable su cotidianidad y nos traen el síntoma digestivo como una encrucijada puesta en el deseo.

En principio, nadie se sorprende cuando vinculamos tales molestias con los sollozos del lactante por hambre o incomodidad al defecar. Resulta obvio que nuestro sistema nervioso autónomo nos avisa de la cercanía de mamá (su pecho que apacigua), del tránsito de las heces (renuente o dócil) y del vaciamiento del estómago o de la saciedad (sensación de oquedad o de plenitud), como un lenguaje que aprendemos antes de eslabonar palabras. Añado esas metáforas entre paréntesis para que reparen en la importancia de la percepción visceral para la construcción de representaciones psíquicas de lo somático.

La afección funcional que no se refleja en exámenes de laboratorio y que no tiene un sustrato distinguible en los tejidos, puede considerarse como una “actuación” de sentimientos que toman la forma de dolor o acumulación de tensión en el territorio orgánico. Es un “hacer algo” desde el cuerpo a cambio de reprimir las emociones, cuyo propósito sería dispersar la sobrecarga afectiva. A diferencia de lo psicosomático, donde el cuerpo imprime al espacio inefable sus propias dimensiones, transformándolo en imaginario, los TFDs nos guían al deseo reprimido. Si la angustia es una señal del sujeto ante la inminencia de una falta – llámese objeto de amor, goce sexual, castración -, la situación ideal sería que nada falte, que no tengamos que enfrentarnos nunca a pérdida alguna. La neurosis es una estrategia inconsciente para preservar la dimensión del deseo, sea que se exprese como ansiedad o como malestar intestinal. Se trata de escenificar la falta, pues ella remite al deseo, perdurable y omnisciente, como cuando éramos bebés y confiábamos en la satisfacción plena. Los espasmos de dolor o la sensación ardorosa que va y viene ilustran esa dinámica inconsciente de ofrecerse para luego sustraerse, manteniendo el deseo bajo el modo de insatisfacción permanente.

Por eso no sirven los antiespasmódicos o los ansiolíticos, porque el sujeto deseante que padece TFDs existe por y para la preservación de esa carencia arcaica. Sus síntomas digestivos son la formulación no hablada de tal conflicto. En términos emocionales, el paciente con TFDs está buscando la encarnación de un amo mítico que le resuelva el problema, que conteste a su delirio autonómico. Como lo que desea es un ideal, cualquier gastroenterólogo está destinado a fracasar ante sus síntomas vociferantes. Todo médico especialista devendrá como un constructo imaginario del sujeto (lo que equivale a decir, estéril en su oficio) y claudicará en su intención de reparar el deseo incesante, sumergido entre las criptas intestinales. La supuesta objetividad del científico falla porque, ante la mirada aguda del enfermo, no puede encubrir su ineludible subjetividad. El paciente “sabe” –con esa hipersensibilidad inconsciente- desde la primera entrevista, si el doctor que está consultando se articula a partir de la omnipotencia, la perversión o la seducción. Y elige o desecha según el caso.

Bajo esta lógica suplicante, se produce un vínculo social que enfatiza la imposibilidad del propósito. La pérdida originaria debe expresarse como una demanda, dirigida al semejante: el cuerpo imaginario no tiene culpa alguna, simplemente reclama, exige y busca consuelo. Los pacientes se conocen de ida y vuelta todos los fármacos: los inhibidores de la motilidad, los procinéticos, aquellos que mitigan náusea o dolor, los que “protegen la mucosa gástrica” y los que facilitan el vaciamiento. Con el correr del tiempo, se hacen más expertos que sus médicos. Lactulosa o Lubiprostone para el estreñimiento, Trimebutina o Lidamidina para la diarrea, Tegaserod para los cólicos, Rifaximina para los gases, antidepresivos para lo que sea… Quizá sólo les faltan las estadísticas, pero lo novedoso decae antes de probar su efectividad.

Es llamativo lo que se logra con psicoterapias breves en algunos enfermos para mitigar sus síntomas, cuando puede aflorar el lenguaje verbal y los fantasmas adquieren corporeidad. Tal vez el reclamo se enhebra de significación para diluirse en lo simbólico. Acaso libera al sujeto deseante de su esclavitud; aunque me atrevo a decir que quizá sólo la subvierte.

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Hoy no me puedo levantar

Hoy no me puedo levantar

La canción icónica del grupo español Mecano cuyo título aprovecho aquí, aludía a las dificultades que padecen los adolescentes para incorporarse, sea para enfrentar la vida adulta o para sacudirse la resaca. Es una imagen elocuente de la pereza o la depresión con que se atraviesa esa etapa, a veces tan escabrosa como pasional.

Pero hoy, que llueve y ha caído de golpe la presión atmosférica, muchos de mis pacientes no se han podido levantar. Algunos me han llamado para confesar que aún no salen del estupor que les causó la última sacudida de esta ciudad; en mi consultorio puede temblar de nuevo. Los más, perciben su cuerpo agrietado por la sinovitis, la pesantez muscular, la tendonitis. No se pueden vestir, subir al coche o al autobús, emprender camino. Su artritis los paraliza.

– También el costo de recuperar la salud – pienso con mordacidad. Desde que apareció en escena la llamada “Terapia Biológica” hace veinte años, no he visto que su precio se ajuste a las necesidades de los pacientes, especialmente de quienes han tenido el desatino de sufrir una enfermedad crónica en el Tercer Mundo.

Al principio pensé como todo ciudadano del neoliberalismo: – Hombre, tendrán que recuperar su inversión. En efecto, se trata de laboratorios construidos y equipados con alta tecnología que requieren estándares de pureza, sofisticación e higiene nunca antes avizorados. A mí me tocó conocer hace tres lustros uno de ellos en Amherst, Massachusetts, que ciertamente parecía un centro espacial, donde las áreas concéntricas hasta donde se preparaba el inhibidor humanizado de TNF alfa (sustancia proinflamatoria por excelencia) eran cada vez más impermeables. A través de las ventanas, uno podía atestiguar a lo lejos cómo una cuadrilla de técnicos ataviados con uniformes herméticos y escafandras circulaban llevando muestras del medicamento. El lugar era impecable. Quienes nos guiaban se mostraban solícitos y contestaban todas nuestras preguntas como si fuésemos niños en visita golosa por una nueva fábrica de chocolates. La “chiquillada” consistía de unos veinte expertos, líderes de opinión en el campo de las enfermedades reumáticas, que habíamos dejado consulta y academia pendientes para conocer ese mausoleo de la biotecnología.

Se trataba de un periplo turístico y comercial dirigido a los potenciales compradores (y a la sazón prescriptores) que habíamos sido invitados de toda Hispanoamérica. Nos trataron a cuerpo de rey. Dos noches en un hotel en el centro de Boston y una cena opípara con langosta y vino espumoso. No había mucho que objetar, en efecto; la biotecnología resultaba tan inaccesible y tan contundente en su efectividad terapéutica que sorberíamos ese trago de vino carísimo sin chistar, al menos por el futuro previsible.

Pero han pasado dos décadas y nuestros enfermos siguen pagando precios de lujo para encontrar la remisión de sus síntomas. Cada vez es más difícil darles la cara y justificar nuestra postura de intermediarios (o cómplices, como el lector prefiera).

Quienes tienen la fortuna de haber contratado un seguro de gastos médicos antes, mucho antes de caer fulminados por su artritis, pueden aspirar a recibir una dotación razonablemente extensa del “”biológico”, como se le dice en la jerga mercantil, aunque sin garantías. Si el proceso va bien; es decir, la respuesta es casi inmediata, no se atraviesa la inmunogenicidad (rechazo del cuerpo al componente no humano del medicamento) y se alcanza un índice razonable de mejoría, todo son albricias.

Sin embargo, la experiencia demuestra que las remisiones completas en los enfermos con artritis son esporádicas, que estos nuevos fármacos inhiben la respuesta inmune innata – nuestra primera trinchera de defensas – y que todos los gastos escalan: pagos deducibles, pólizas, medicamentos, atención médica, exámenes de laboratorio, etc. El resultado es que padecer una enfermedad crónica en América Latina es una tragedia, que arrastra no sólo al paciente sino a toda su familia.

Para colmo, las instituciones públicas están saturadas o en franco desabasto. No cuentan con fármacos biológicos o los tienen reservados para ciertos pacientes que por una u otra prioridad (no seamos ingenuos), los reciben con regularidad en detrimento de todos aquellos que no son elegibles.

Alguna vez leí que la moral es tan sólo un método. Supongo que hay gente que subordina la ética al propósito. En el contexto del capitalismo global, la codicia es una moneda de cambio y los pacientes se reducen a números confiables (reproducibles) de una casuística. Si el propósito final es la eficacia, el camino para alcanzar tal meta se hace relativo, por lo que las cifras que caen o escapan a la media son despreciables (el término exacto en inglés es “negligible”). Nos han convencido de que un paciente que sufre debe recibir el mejor tratamiento posible; ética implacable. Pero la práctica demuestra que todos los componentes de esta fórmula mágica respondemos a una instancia superior, que mira el tablero con frialdad y cuenta las piezas restantes tras cada enroque.

Hace unos años aparecieron los llamados “biosimilares”. Se trata de fármacos producidos en China o Corea del Sur, países que cuentan con recursos para generar biotecnología de punta y que, obviamente, quieren una tajada del mercado. Piénsenlo por un momento: el paciente con artritis reumatoide es un consumidor cautivo. No puede dejar nunca su tratamiento, su enfermedad no es mortal, pero no puede evitar hacerse estudios de control periódicamente, no puede abandonar a su médico y, aún más, está dispuesto a pagar “lo que sea” por obtener un mínimo de mejoría que le permita acceder a una vida con calidad. ¡Caramba! El consumidor ideal para la industria farmacéutica.

De modo que la rapacidad es directamente proporcional a la invalidez. Quienes producen los “biosimilares” no financiaron ninguna  investigación básica, no han pasado por el tamiz de las pruebas en animales o en individuos sanos para calibrar la toxicidad del fármaco, ni siquiera han tenido que invertir un solo dólar en publicidad. Todo el camino estaba asfaltado cuando llegaron para competir por los clientes. Vienen a cobrar sencillamente, a llevarse el botín, tal como lo hacían los piratas de antaño.

En medio de esa rebatinga estamos usted y yo.

De un lado, el médico que estudia, rectifica y observa la eficiencia de estos nuevos fármacos en función del beneficio que suscitan en sus enfermos. Una vez que se atreve a reflexionar, justifica sus acciones en tanto el porcentaje de mejoría que observa desde que los inhibidores moleculares salieron a la venta. Pero su ingenuidad tiene un límite: bajo la égida del capital nada es gratuito. Paga con su tiempo, con su lealtad, con su integridad ética o su conciencia. Acaso no está en su manos revertir la desigualdad y el sometimiento a quienes detentan el poder, pero tampoco se sabe cómodo en su lugar de peón, de “proveedor de servicios” e instigador de ilusiones. Ya no basta cerrar los ojos y taparse la boca y los oídos como los célebres simios. La realidad es apabullante y desestima cualquier heroísmo. El altruismo se ha convertido en encubrimiento de la mendicidad. Nos hicimos médicos para hacer el bien y hoy ya no lo podemos sostener.

Entretanto, nuestro paciente que se levanta con dificultad, desentume sus manos deformes o sus pies hinchados, se prepara el desayuno con temor a quemarse una vez más, y se toma su primera carga de medicamentos con algo en el estómago para desafiar la gastritis. Hoy sí se pudo levantar. Se acerca al refrigerador y extrae su droga biológica, pero el entumecimiento le impide aplicársela con destreza. No está dispuesto a desperdiciar otra ampolleta; la última motivó un regaño de su esposa y sus hijos, además de que tuvieron que esperar varias semanas para que el seguro se dignara a surtirla de nuevo, previa visita al médico, justificante y receta en ristre. No, esta mañana esperará a que su esposa regrese del mercado y sea ella quien la aplique. Se recuesta mitigando el dolor con movimientos calculados y lágrimas en los ojos. Prende el televisor en tierra de nadie, para dejar pasar los minutos, y si la atmósfera lo permite, levantarse otra vez para seguir viviendo.

Septiembre diecinueve

Septiembre diecinueve

Pasado el temblor, las noticias cayeron como fardos en la conciencia citadina. Tres décadas después, la misma pesadilla. Edificios con cuarteaduras, derrumbes, muerte otra vez; niños sepultados en escuelas, la sociedad civil en movimiento y al rescate.

Acaso esto último es lo más prodigioso y loable. Mujeres y hombres que se desembarazan del miedo y corren a mover escombros, a buscar latidos y suspiros bajo las piedras, a salvar a quienes no conocen pero que de un momento a otro se han convertido en sus propios heridos, sus compañeros de tragedia.

El apocalipsis no nos puede tomar por sorpresa, parecen repetir, al tiempo que levantan cascajo y varillas torcidas. Podrán faltar los víveres, el agua y la luz, pero sobrará la entereza, el esfuerzo común, la capacidad para erigirse en lo más noble del espíritu humano; la bondad. Esta noche y todas las horas que siguen, los rescatistas están luchando contra el tiempo. Saben que allí abajo, entre la tierra que se ha desgajado para siempre, alguien espera con un soplo de vida y no se permiten descanso. Cada minuto cuenta.

Los hospitales y los servicios públicos se han abierto para todos, un ejemplo de democracia que no conocimos en tiempos de paz y tranquilidad. Otra vez la población civil rebasó a las autoridades, como en 1985, cuando aquel presidente y su gabinete titubeaban, mientras las calles se llenaban de ciudadanos dispuestos a entregar su cuerpo y su tiempo para salvar a los otros, los caídos, los aplastados. Hermanos todos.

“Nadie se va a morir ahora” cantaba un trovador cubano. ¡Nadie más!, gritamos los mexicanos.

Frente a la naturaleza estruendosa, ingobernable, somos un mar de brazos entrelazados, somos un cuerpo de rescate, somos un solo espíritu, una sola fuerza, que levanta la mirada hacia al futuro, que puede disipar sus temores y que se lanza, de brazos abiertos, a proteger a sus víctimas.

Cuídense unos a otros, cuiden a los niños, a los enfermos, a quienes han perdido casa o familia. Seamos uno, como lo reclaman hoy el cielo y la tierra.

¿Porqué los hombres matan a las mujeres?

¿Porqué los hombres matan a las mujeres?

Este último domingo, un diario español publicó un artículo con el título que aquí reproduzco (1). La reportera alude a la violencia de género que, acertadamente, desmitifica. Pero toca el meollo del enigma al señalar que en 45% de los feminicidios no privan los antecedentes violentos. En España suman en promedio sesenta muertes de mujeres por año, cifra escuálida cuando se le compara con los asesinatos en América Latina, empezando por Ciudad Juárez.

La agencia española denominada Unidad Central de Familia y Mujer se ha dado a la tarea de revisar esos crímenes desde 2010 con objeto de delinear un perfil criminal y prevenir más actos de barbarie. Diversas universidades de las capitales provinciales han reunido policías, criminólogos, psicólogos y académicos para diseñar un método científico (sic) contra la violencia de género.

Desde luego que me parece un esfuerzo loable, que deberíamos imitar los países que aprendimos del machismo por identificación o colonización. Aquí en América, las estadísticas son abominables, tanto porque se esconden los datos duros como porque rebasan la media mundial y, más aún, no se reportan por miedo a represalias o a la indiferencia de las autoridades policiacas.

Lo que sigue es un intento de contribuir a esta discusión, aunque admito que el problema no tendrá solución hasta que la ley y la justicia antepongan ese anhelo civilizatorio y un castigo sin atenuantes para los infractores.

Primero, un desglose de la lectura superficial, que atribuye el feminicidio a factores psicosociales. Sus proponentes – ignoro si por miopía o por complicidad – arguyen que la creciente participación social de las mujeres las expone más a los riesgos de la vida nocturna, el divorcio y el tan maltraído estrés (whatever that means). Que, dada su fragilidad, al acceder a ese mundo de rivalidades y embates neuróticos, se ven inermes ante el machismo y la agresividad propias del mundo masculino. Es tanto como sugerir que los secuestros ocurren porque transitamos descuidados. ¡Cómo si se tratara de un fenómeno con vertientes antropológicas!

Es verdad que en la sociedad industrial post-moderna el número de divorcios va en aumento, y que en esa disputa (por los bienes o por los hijos) se yergue un terreno fértil para la violencia. Pero no se debe sólo a que las mujeres se hayan liberado (¡por supuesto que no están dispuestas a callar y a someterse!), sino a la inconstancia de las relaciones de afecto. De hogares fracturados surgen, por afinidad y exponencialmente, hijos con miedo al compromiso.

El nivel educativo y la globalización – entendida como el acercamiento de culturas – también inciden, pero no se limitan a un solo género. Mientras más movilidad y oportunidades tienen los jóvenes (de ambos sexos), menos proclives son a asentarse y formar familias de forma prematura. Lo contrario sucede en comunidades pobres, donde la suma de esfuerzos y la precaria solidez de un hogar, son la única garantía de desarrollo. Hoy en día, quienes tiene más recursos, esperan a completar estudios, acceder a un trabajo estable y, como parte de ese proceso de emancipación, a encontrar una pareja compatible y sin prisa. No es extraño que apenas entrada la madurez, los hijos busquen horizontes más prometedores, salvo cuando hay arbitrios que los atan a sus familias de origen. Así que independizarse comporta muchas más ventajas que riesgos. Una premisa – no excluyente – de la violencia intradomiciliaria es que ocurre más en parejas de corte tradicional, donde los roles de empoderamiento y dependencia son de suyo más acentuados.

La segunda postura es la que podríamos designar recalcitrante, que presupone que la agresión contra las mujeres surge de concebirlas como objetos de uso. No puedo negar que un factor que incide en la violencia es la sujeción, la posesión y con ello, la esclavitud de mujeres que son empleadas como piezas de cambio. Pese a que se denuncia y se persigue en la actualidad, éste no es un problema de nuestro tiempo. La prostitución forzada o la manipulación con fines mercantiles de la sexualidad es milenaria y tiene su origen tanto en el tabú religioso como en la voluptuosidad con la que se ha asociado el cuerpo femenino (y su insinuación). Resulta mucho más provocadora la desnudez femenina – para los medios, la ostentación o el fetichismo – que el torso o los genitales masculinos, salvo desde una perspectiva homosexual. La tolerancia que afortunadamente vivimos en el siglo XXI ha equilibrado este comportamiento, pero en sociedades atrasadas como la nuestra, el morbo y la lascivia siguen invadiendo la cotidianidad y amenazan con transformarse de un momento a otro en agresión verbal o física.

Las mujeres en Latinoamérica no se sienten libres de usar ropa cómoda, mucho menos de mostrar las piernas y el escote, salvo en condiciones donde pueden amalgamarse con el entorno (playas, festivales o lugares propicios). Aprenden desde jóvenes a cubrirse, bajar la blusa o taparse el busto para evitar el acecho y ser reconocidas por su inteligencia u otras virtudes, sin verse cosificadas o violadas en su privacidad. Todos los días lo atestiguo en el consultorio, teñido por la timidez, el pudor o la inconveniencia de estar frente a un doctor del sexo masculino. Algo que no depende enteramente de la cultura de sojuzgamiento, sino más bien de una rudimentaria comprensión de la ley paterna, del lugar que cada quien ocupa en el mundo y de los valores que respetamos para cada individuo, sin distinción de raza o género. Como médico, pero ante todo como hombre, soy el único que puede definir los límites de lo permisible y lo éticamente reprobable.

Ahora bien, como ha señalado acertadamente el Dr. Miguel Kolteniuk (2), la intolerancia a lo femenino surge de lo que él denomina como “La misoginia originaria”. El autor propone que el desgarramiento que implica la separación de la madre arcaica, inscrito en el nacimiento y perpetrado por la interdicción del padre, genera un núcleo traumático de ambivalencia (amor-odio) que queda grabado en el inconsciente de todo sujeto. En la historia contemporánea de la psicología se refiere a la pérdida irremisible de ese otro prehistórico (la mujer que nutre y arropa) a quien nunca nadie podrá igualar.

En sentido metafórico, todos coincidimos en que, por mucho que “caigamos en blandito”, la emergencia del útero – donde nadamos sin ruido, sin variaciones térmicas o afectivas – es un quiebre patológico al que nos vemos obligados a adaptarnos, de una forma u otra, durante toda la existencia. Kolteniuk lo manifiesta en tono brutal, cito: “El odio, el resentimiento, la necesidad de venganza y la sensación de ultraje injustificado por este cúmulo de vejaciones maternas quedarán grabados para siempre en la memoria inconsciente, como un cuerpo extraño tal como Freud describiera el Trauma (traumatische Neurose) en sus Estudios sobre la Histeria (1893 – 1895)”.

Por supuesto, habría que matizar de qué manera ese núcleo inconsciente, como un volcán en reposo, se mantiene bajo control o estalla con violencia inusitada. Se ha hablado de desarrollo “normal” en contraste con las humillaciones o injurias que caracterizan una infancia “patológica”. Nuestro autor incluso desliza el término “misoginia normopática” que a su juicio es resultado de una culturización civilizatoria para contener los impulsos derivados de esa ruptura primordial, en aras de socializar e integrarse en pareja sin demasiada ambivalencia. Me parece que es muy complejo intuir qué individuo maltratado está predispuesto a golpear o mancillar a su esposa, tanto como suponer que una madre que abandona puede engendrar necesariamente un sociópata.

Las concepciones arquetípicas tales como “la maté porque era mía” o “me pertenece y hago lo que quiera con ella” reflejan una conducta psicopática que está lejos de contenerse con medicamentos o psicoterapia. Tampoco pienso que el enclaustramiento mitigue esa sed de venganza extrema. Pero quiero imaginar que una buena parte de esos crímenes pueden ser contenidos (si no prevenidos) en la medida en que la violencia de género se califique con todas sus letras y no se mantenga esa pusilanimidad respecto de los tocamientos, pederastia, seducciones forzosas, o cualquier manifestación no deseada contra una mujer, por sutil que parezca.

Recuerdo aquella película icónica de Jodie Foster (3) que puso de relieve la violación de una mujer cuyo único pecado era mostrar su sensualidad. En cierta medida esas imágenes inquietantes abrieron los ojos de la sociedad norteamericana y zanjaron los cimientos para una reglamentación más enérgica de la violencia física y sexual.

Queda mucho camino por andar. Dudo que logremos perfilar al macho que planea destruir la proyección del odio que emana de su interior. Dudo también que a base de estudiar las huellas de los asesinos sepamos por donde viene el siguiente crimen. Pero sí es previsible que en comunidades con poca estructura o en familias “disfuncionales” donde la agresión es justamente un modo de operar, podamos intervenir a tiempo con injerencias judiciales, educativas o psicoterapéuticas (hasta donde las circunstancias lo permiten) para evitar que esos brotes de misoginia arcaica se cobren más vidas.

Referencias.

  1. Diario El País. El crimen machista, a examen (1). ¿Porqué los hombres matan a las mujeres? Domingo 9 de Julio de 2017. Páginas 20 y 21.
  2. Miguel Kolteniuk. La misoginia originaria. En: Intolerancia a lo femenino. Nohemí Reyes y Doris Berlin (compiladoras). Architecthum Plus, Aguascalientes, México 2014. Páginas 47 – 52.
  3. The accused. Película de 1988 protagonizada por Jodie Foster y Kelly McGillis, sobre un guión de Tom Topor y dirigida por Jonathan Kaplan.

El licenciado vidriera

El licenciado vidriera

La novela ejemplar de Cervantes aludía a un personaje que – en su fragilidad emocional – padecía la certeza de estar constituido en vidrio. El bachiller Tomás Rodaja, envenenado por desdén, se vio yermo de facultades hasta perder el entendimiento. En su andar a tientas, profiriendo verdades sin reparo (entre ellas, por cierto, aludió al daño que hacen los malos médicos),  el loco se rodeó de lisonjas y seguidores, que lo abandonaron cuando recuperó la cordura. ¡Qué frágiles somos ante la desavenencia del objeto amado! – podríamos tomar a modo de moraleja.
La vida contemporánea nos ha hecho frágiles de una forma análoga, empujándonos al consumo irrestricto de bienes o golosinas, arrollándonos con su vértigo y sus contratiempos, exigiéndonos respuestas materiales y proyectándonos al vacío, ese que Lipovetsky retrata tan elocuentemente en su ensayo articulado en la frase,  casi apologética: “¡Si al menos pudiera sentir algo!” (2).
Las caracteropatías y los trastornos narcisistas de personalidad abundan en los consultorios médicos, porque rehuyen de la apuesta psicoanalítica, no sea que de verdad la inmersión los conduzca al ahogo. Se presentan como esos desordenes rígidos, inamovibles, desprovistos de afecto, que exigen respuestas para preguntas inconexas, que tienen que ver con un despojo originario, nada tan distante como el síntoma que reclaman que desaparezca.
“Yo no soy, son los otros” – dicen en su paradójica reafirmación, ignorantes de que al fondo yace un vacío afectivo, mismo que los determina en su insaciabilidad. Aducen que el error está afuera, en la deformidad del espejo opaco – carente de luz propia -;  se proyecta en esa llama que se consume en el egoísmo y la antipatía, que no vela para nadie pero que se busca en todos.

Desde otro lugar, los licenciados de vidrio incluyen algunos que han dejado el ejercicio por las adicciones, quienes prefieren la sombra y los alimentos industrializados o aquellos que, por error o desatención médica, caen en el consumo de sustancias que descalcifican el esqueleto. La lista de factores que causan osteoporosis, ese trastorno moderno con tan mala reputación por las fracturas (y los costos) que impone, va en aumento en la medida que se descubren nuevos ingredientes clínicos en su etiopatogenia. Para simplificar el mensaje a mis lectores, los tipifico aquí:

A. Causas naturales: edad avanzada, menopausia, raza blanca o asiática, delgadez, historia familiar de  fragilidad o hipercalciuria.
B. Causas tratables: falta de ejercicio, tabaquismo, alcoholismo, bajo consumo de calcio, confinamiento.
C. Causas iatrogénicas: corticoides, heparina, anticonvulsivos, deprivación hormonal, laxantes, sustitución tiroide, inhibidores de acidez estomacal (omeprazol, pantoprazol y sus prolíficos derivados).
D. Causas incidentales: mala salud, demencia, baja visión, enfermedades neuromusculares, discapacidad en silla de ruedas o postración en cama, menopausia precoz.

Tal es la preocupación, que la OMS elaboró un instrumento de lo más accesible para calcular el riesgo de fracturas por osteoporosis en los próximos 10 años, que se ha reproducido y adaptado en muchos países. Aquí incluyo un vínculo de Canadá, que se puede bajar como una aplicación para teléfono móvil o computadora – http://www.osteoporosis.ca/health-care-professionals/clinical-tools-and-resources/fracture-risk-tool/

Ahora bien, ¿quiénes deben preocuparse?
1. Mujeres mayores de 55 años y hombres mayores de 60 años, sobre todo si fuman, si son sedentarios, delgados o sufren cualquier enfermedad crónica.
2. Mujeres con menopausia precoz o quienes hayan recibido tratamiento para cáncer de mama.
3. Mujeres cerca de la menopausia que reciban tratamientos que descalcifican.
4. Adultos con historia de fractura después de los 50 años.
5. Adultos bajo tratamiento de epilepsia, asma o enfermedades inflamatorias, especialmente si reciben o han recibido glucocorticoides..
6. Todo paciente bajo tratamiento o monitoreo por osteopenia.

Se sabe que el ejercicio mantiene la integridad ósea porque estimula la osteogénesis (formación de hueso). Lo ideal es el ejercicio de alto impacto y basta brincar o bailar por 15 minutos, tres veces por semana durante siete meses para fortalecer el esqueleto, como demuestran diversos estudios en los últimos tres lustros. Es obvio que para aquellos que yapan sido diagnosticados con osteoporosis, el ejercicio debe ser moderado, restringiendo el impacto sobre la columna vertebral para evitar fracturas por aplastamiento y cuidando de no caerse (por ello las caminadoras, los aparatos de calistecnia así como las bicicletas y los patines no son recomendables en estos pacientes).

El consenso actual es que el consumo diario de calcio y vitamina D es subóptimo, y que en personas con riesgo de fracturas osteoporóticas es deseable una suplementación diaria de 1200 mg de calcio y 1000 a 2000 unidades de vitamina D3 (la mejor fórmula es con base en colecalciferol). Como el calcio se absorbe gracias al ácido estomacal, es preferible tomarlo con las comidas o bien optar por Citrato de Calcio, si se están ingiriendo a la vez medicamentos que inhiben la acidez, particularmente Losec, Nexium Mups, Tecta, Ogastro, Dexivant u otros inhibidores de la llamada bomba de protones (PPIs por sus siglas en inglés). Dado que se requieren tres meses para alcanzar un nivel estable de vitamina D, es preciso esperar ese lapso antes de cuantificar 25-hidroxi-vitamina D3 en sangre.
Los fármacos empleados actualmente para el tratamiento de la osteoporosis son cada vez más variados, y salvo los estrógenos sintéticos y el raloxifeno (Evista) que son propios del tratamiento para la postmenopausia, la mayoría tiene amplia indicación. Veamos:

Denosumab (Prolia) – el primer anticuerpo monoclonal que inhibe la actividad osteoblástica. Muchos otros están por seguirle. El problema sigue siendo su costo y el inconveniente de resorción ósea asociada a procedimientos dentales dada su permanencia activa en el organismo durante un semestre (se aplica cada seis meses por vía subcutánea). Las guías clínicas lo colocan al frente de las indicaciones para combatir la osteoporosis; en buena medida por el revuelo que ha traído la biotecnología recombinante.

Bisfosfonatos por vía oral (Fosamax, Actonel, Bonviva) – Lo mismo que el anterior, los bisfosfonatos han sido de probada eficacia y buen perfil de seguridad por más de dos décadas, excepto para quienes tienen estenosis esofágica, reflujo intenso o insuficiencia renal. Además se les pueden dar “vacaciones” de tratamiento a los pacientes, dada su prolongada vida media. Recomendables y prácticos, sobre todo para quienes no esperan hacerse extracciones o implantes dentales en el futuro previsible.
Bisfosfonatos inyectables (Zometa, Aclasta, Zolnic) – Recomendables para pacientes que no toleran las preparaciones en tableta o en quienes la terapia oral no ha corregido la deficiente densidad ósea en el primer año de tratamiento. Se han documentado reacciones agudas de toxicidad al aplicarlos, generalmente leves y transitorias, así como reabsorción mandibular en pacientes de riesgo, por lo que se requiere de asesoría experta para establecer su indicación para cada caso y valorar el seguimiento durante un año de la paciente a quien se le ha impuesto un fármaco de acción tan prolongada.
Calcitonina de salmón (Miacalcic, Oseum) – Sugerida para quienes no toleran otros tratamientos, como segunda opción, si no demuestran hipersensibilidad (nasal o subcutánea) al principio activo. Su costo y la aplicación diaria son limitantes adicionales. Cada vez menos prescrita por tales inconvenientes.
Teriparatide (hormona paratiroidea recombinante, Forteo) – Pese a su obvia indicación basada en principios fisiológicos, es un medicamento caro, que se aplica en dosis de 20 ug diarios por vía subcutánea durante dos años, que pocos bolsillos toleran. Aunque cabe reconocer que es una buena alternativa para los primeros, cuando se pretende evitar terapia de depósito.

En la actualidad se recomienda hacer una densitometría ósea cada 12 meses durante el tratamiento, tomando como punto de partida el primer estudio diagnóstico. La prueba es muy simple, razonable de precio y estandarizada internacionalmente. Se realiza mediante absorciometría de energía dual de rayos X (abreviada DXA) y puede espaciarse cada dos años si se logra el efecto deseado y el paciente ha modificado sus hábitos de vida u otros factores de riesgo. En quienes reciben esteroides, antiácidos o terapia hormonal supresora, conviene evaluar la densidad del esqueleto cada 6 meses. Por otro lado, los marcadores de resorción ósea se reservan para casos de difícil control o que no responden a las medidas sugeridas, e incluyen calcio en orina de 24 horas; telopéptido e hidroxiprolina urinarios, así como osteocalcina, fosfatasa alcalina y propéptido de procolágena tipo 1 en suero.

Como pueden atestiguar, la fragilidad es una dimensión de lo humano que se cierne en los extremos de la vida, o acaso cuando descuidamos el cuerpo sin procurar el alma.
Referencias.

  1. Miguel de Cervantes Saavedra. El licenciado vidriera. Novela Ejemplar de 1613. En: Novelas Ejemplares, Penguin Clásicos, Madrid 2005. ISBN 9786073130363
  2. Gilles Lipovetsky. L’Ere du vide. Essais sur l’individualisme contemporain. Gallimard, Paris 1999.
  3. Jeremiah MO, Unwin BK, Greenawald MK. Diagnosis of management of osteoporosis. American Family Physician 2015; 92 (4): 261-268.

Postdata.  Aprovecho para informarles que otro bisfosfonato, el Pamidronato disódico (Aredia) se emplea por vía intravenosa para tratar la hipercalcemia inducida por tumores de manera aguda. Es decir, cuando se detectan alteraciones del electrocardiograma, dolores óseos y cambios cognitivos.  En particular, se trata de remover el exceso de calcio sérico provocado por mieloma múltiple, carcinoma renal, cáncer de mama o NSCLC (carcinoma pulmonar de células no pequeñas). Estas tres últimas neoplasias malignas tienen un gran potencial metastásico en huesos. Promueven así la movilización de calcio al torrente sanguíneo. A falta de respuesta, se ha usado con éxito el Denosumab (Prolia), mencionado arriba, que se acompaña habitualmente con diuréticos de asa e hidratación intensiva. Pueden consultarlo en: Andrew F. Stewart. Clinical practice. Hypercalcemia associated with cancer. N Engl J Med 2005; Volumen 352 : 373 – 379 (Enero 27, 2005).

Creímos en un mundo mejor…

Creímos en un mundo mejor…

Es jueves y la megalópolis despide su humeante atmósfera para enturbiar el cielo. Desde temprana hora leo, atiendo pacientes, escribo y escucho narraciones variadas que rayan en lo clínico y lo mundano. Mi rutina habitual, de la que vivo y pervivo.

Hube de cancelar dos consultas porque se anticipaba una marcha en protesta por la construcción de un complejo de edificios y boutiques que ahogan el paso y derribaron más árboles que un bombardeo con napalm. Es el precio del consumo y la arbitrariedad, en contubernio con autoridades que todo lo permiten mediante una suculenta rebanada del pastel. Tales jerarcas fueron elegidos por su populismo, como alternativa a las prácticas corruptas del partido que tiranizó al país por setenta años y ha vuelto, por sus fueros, para reincidir y dar paso a otra retahíla de falsas promesas.

Lo grave es que la concentración, prevista para las ocho de la mañana, convocó no más de dos o tres decenas de ciudadanos, recién bañados y decepcionados. Nadie más acudió a la protesta. El número de incautos no bastó para opacar el repiqueteo cotidiano de los edificios y andamios, no detuvo el tráfico, no alteró en nada el trajín de obreros, ambulantes, profesionales y técnicos que pasaron a su vera.

Es penoso porque una ciudadanía inexistente, sin poder de convocatoria, es incapaz de frenar el nepotismo y la tiranía. Inmersos en las redes sociales, los telefonemas y memes insulsos o el consumismo, los habitantes de nuestras ciudades se pierden y cada vez se encuentran menos. La extrañeza ha reemplazado a la familiaridad. Somos carne virtual, inconexa, que perdura a expensas de los mensajes y tantos otros desencuentros. Ya no sorprenden las faltas de ortografía, el empleo arbitrario de mayúsculas (para eludir los acentos), el abuso de Emojiis y otros sustitutos del lenguaje.

No se trata de satanizar la celeridad de las comunicaciones y el servicio que han hecho al mundo en cuanto al conocimiento, la amplitud de miras y la interconectividad. Pero a la par han traído un conspicuo empobrecimiento de la intimidad, del intercambio de ideas y del valor de la educación como baluarte del desarrollo humano.

¿Para qué leer, para qué estudiar, si todo está a la mano, o mejor dicho, a flor de pantalla?

En mi caso, escribo este blog que pretende ser informativo ante todo, que deleite a mis lectores en segunda instancia y que abra caminos de interés cultural a quienes se sientan atraídos para profundizar en el tema. Como ventaja adicional, he puesto una pauta. Sólo escribo los martes (ocasionalmente, se me escapa una entrada con sentido perentorio) porque creo con firmeza en la capacidad para esperar y florecer.

Hace algunos años, empecé a escuchar que las llamadas a mi consultorio adquirían un sentido de “urgencia”. La mayoría eran – y siguen siendo – trivialidades que usurpan el término para sacudirse a mis asistentes o reclamar mi atención inmediata. Pocas son verdaderas urgencias médicas y, como es de esperar, en tales casos las hago venir con premura o los remito al Servicio de Emergencias más cercano.

Esa tendencia, que no designaré engañosa por cautela, ha cobrado ímpetu con la profusión de teléfonos listos (smartphones). Quiero decir que ya no hay fronteras ni tiempos de espera; la gente llama o manda un Whatsapp a cualquier hora, tras un arrebato, sin importar si el receptor está ocupado, indispuesto…o muerto.

La ansiedad se ha impuesto a la necesidad. Como somos sujetos de deseo, el fenómeno es exponencial. Parece que el imperativo categórico es comunicar, sin freno, sin pausa, sin cortapisas. Las redes sociales han mostrado que la sexualidad – antaño tan frágil y comedida – , como tantos otros impulsos, puede mostrarse con erotismo desmedido y sin mediar preámbulos.

Eso ha tenido dos consecuencias inmediatas. La primera es que las jovencitas están mucho más expuestas al maltrato y la vejación. Sobre todo por sus pares (más avezados en el arte de seducir y retirarse) aunque también por pederastas y otros perversos que abundan en las sombras de lo virtual. Facebook acaba de ser demandado por facultar esta incidencia de transgresiones, debido a que los datos, fotografías y “posts” están al alcance de cualquier fisgón con sólo presionar unas teclas.

La segunda consecuencia es que percibo una creciente insatisfacción sexual. Con ello no quiero decir que hay más personas con frigidez o impotencia, puesto que las estadísticas al respecto datan de pocos lustros. En un clima donde la estabilidad familiar es vulnerable por distintos frentes (facilidad del divorcio, relaciones efímeras, hijos que reclaman mayor independencia), la expresión del anhelo sexual, entendido como el placer y el desafío de vincularse amorosamente, se trivializa. Es tan fácil promover un coito, desechar al otro, conseguir un romance sin compromiso, que resulta cuesta arriba sostener una relación perdurable, mantener un proyecto de vida o, más aún, criar hijos, dado que engendrarlos no tiene chiste.

Nuestros jóvenes se desenvuelven en un clima de inconsecuencia. Las decisiones están tomadas de antemano, lo imperioso es hacer dinero, la satisfacción urgente del placer, el goce. Si lo accesorio está tan al alcance, pareciera que no se precisa esperar, escuchar, sembrar o cultivar. La ley del menor esfuerzo, solíamos decir. La tragedia contemporánea está en que somos prescindibles dentro de la aglomeración y el desenfreno; sin embargo, buscamos desesperadamente la individualidad.

Cabe preguntarse, ante tal avalancha de información fragmentaria, ¿qué y cómo les estamos enseñando a nuestros alumnos, médicos en formación?

Soy un defensor incondicional del método clínico. Considero que una vez adquiridos (y memorizados a rajatabla) los cimientos de la fisiopatología, la biología celular, la anatomía y la bioquímica, el mejor libro de texto es el paciente.

Todas las variaciones, artificios y desviaciones de la norma están inscritas en la plétora de enfermos que acuden a consultarnos. Ellos escriben las leyes de la medicina, que son tan volubles como la sintomatología y los llamados casos excepcionales.

Nunca dejan de sorprendernos y nos regresan con humildad al lugar de aprendices, atónitos frente a la vacilación biológica.

Esta mañana leí de una sentada un escueto libro, regalo de un querido colega, que apoya el principio de que el terreno de lo médico es inexacto e impredecible. Que hacemos mucho daño – a nuestros residentes y pacientes – si intentamos dogmatizarlo. Se refiere a las normas e hipótesis que atendemos todos los días, pero a las pocas leyes universales (incertidumbre, variabilidad, intuición) que rigen nuestra práctica.

Destaca entre otros el ejemplo de un prominente cirujano de Boston que solía dejar a sus residentes para que se hicieran cargo de la cirugía. Se paraba un metro atrás del responsable del acto quirúrgico, enguantado y listo para intervenir, pero procuraba el silencio en su quirófano. Cuando el residente se exponía a un desacierto, antes que regañarlo o apartarlo de un zarpazo, le daba la oportunidad de corregir su desatino, encontrar la solución inmediata y reparar con celeridad el daño, fuese una arteria o un conducto cortado por falta de pericia. Sabía hasta donde podía correr riesgos, por supuesto, pero educaba en el arte de lo imprevisible como un tutor confiable y presente. Como si ante todo dijera (perdonando el inglés que es mío, no del autor): “I’ve got your back, proceed” (Te cubro las espaldas, procede).

En suma, pienso que podemos educar, pese al ruido incesante que producen las pantallas y la comunicación delirante o dudosa. Estamos obligados a permitir que nuestros sucesores tomen el bisturí, interroguen, introduzcan los catéteres y las sondas, elijan el antibiótico o el inmunomodulador más adecuado; en fin, que asuman el mando bajo nuestra anuencia y supervisión calladas.

Sólo así haremos que la medicina sirva, que florezca, que se atreva a explorar nuevos horizontes y que los pacientes, tan cambiantes como sus padecimientos, sientan que atracan en puerto seguro.

PD. El libro en cuestión se llama “The laws of Medicine”, Simon Schuster/TED, 2015. Su autor es el excelente escritor y oncólogo de Harvard, Siddhartha Mukherjee, ganador del Pullitzer.

Tras la oscuridad

Tras la oscuridad

El cerco policiaco no ha podido evitar la partida de curiosos y fotógrafos que se arremolinan ante las cintas amarillas. Entre susurros, se asoman, cada vez más inquietos detrás de los guardias que protegen el perímetro, estirando sus móviles y objetivos para captar la escena distante.

A estas horas, el parque está desierto, máxime con la nevada que se derramó buena parte de la noche. Las huellas, sin embargo, describen un patrón grotesco. Después de dar un sesgo en espiral terminan en dos botas con agujetas sueltas que remedan el cuadro de Magritte “El modelo rojo”. Lo escalofriante – y que atrae todas las miradas y los flashes de los reporteros – es que, en efecto, el rastro está hecho de hemorragia y de las botas roídas emergen, colocados con extremo cuidado, los antepies ensangrentados y mutilados de la víctima.

Escoltado por dos gendarmes, el inspector Llorenç Mestre, presa de visible disgusto, se abre paso entre el gentío. Es un personaje que ha pasado la madurez, cuyos cabellos revueltos y barba rala de tres días delatan su descuido personal. Pese al frío que cala, viste una vieja gabardina con manchas de aceite en las mangas y jeans mal embocados en las botas vaqueras. Las gafas, teñidas bajo el tenue sol de invierno, ocultan los ojos agrietados de la última resaca. Podríamos adivinar su edad y su procedencia, pero es su función escrutadora lo que llama la atención de propios y extraños.

Los policías que lo preceden azuzan a los intrusos.

– A un lado; vamos, vamos..

El detective se deja conducir en silencio, desechando las miradas y los insultos que soterradamente le prodigan. Mide sus pasos, consciente de no modificar la escena del crimen. Lo acompañan las dos policías que forman parte de su equipo. Verónica, una joven de cara ovalada y de cuerpo elástico, que ata su larga melena con una liga y viste chaqueta de cuero. Su belleza desentona peculiarmente con su presencia hostil; planta con energía las botas de montaña muy cerca de su jefe y parece determinada a cualquier cosa. Atrás de ellos, con actitud tímida pero sin dejar de observar cada detalle, le sigue una mujer de unos cuarenta años, poco excedida en carnes, que guarda los puños en el abrigo y va haciendo anotaciones mentales con una inteligencia difícil de sondear. Su cabello trigueño, corto, está peinado con pulcritud bajo el gorro de estambre y es la única con calzado apropiado para la nieve en esa Unidad de Investigación Criminal. Se llama Emilia March, quien funge como brazo derecho del detective y se sabe respetada por todos los superintendentes que han sobrevolado la jefatura.

Hace cuarenta minutos que la brigada forense trabaja en el entorno, recogiendo pruebas, pesquisando huellas dactilares, tomando instantáneas y grabando cada accidente del paisaje invernal. A cargo de los expertos criminalistas está el médico patólogo Isidoro Bonet, un escuálido personaje que ostenta su mostacho entrecano bajo la visera, asomándose sobre el cubrebocas. Su aspecto, camuflado por la indumentaria blanca, es la de un fantasma que se desplaza con sigilo. Al advertir la llegada de la UIC, hace una movimiento enérgico con el brazo para insinuar que su asistente y los demás técnicos abran espacio al inspector.

En un claro del parque, junto al estanque que cubre a retazos una capa de hielo, yace el cuerpo desnudo. La joven está tendida en una estela de sangre y lodo. El cabello rubio, dispuesto en una cresta, ha sido alaciado en mechones; cada punta termina en un pedrusco, una corona siniestra. Los brazos posan suavemente cruzados sobre el torso desnudo, que muestra cierta rigidez azulada y lívida, delatando las horas que han transcurrido desde su deceso. Las facciones están crispadas y los ojos verdes, sin brillo, entreabiertos, reflejan aún el horror de la tortura a la que fue sometida. El sexo está cubierto con un manta negra, dispuesta como un trazo que refulge en la nieve y le otorga un toque de pudor, bizarro contraste con las piernas cercenadas.

Agudo, fiel a su prestigio, el jefe advierte que no hay rastros de asfixia ni otras heridas visibles; el cadáver está exangüe, su asesino la observó largamente mientras se desangraba hasta perder el sentido, y a cuentagotas – latido a latido – también la vida. Mestre se coloca los guantes de látex sin prisa, oteando en torno al cadáver en busca de señales, indicios que permitan intuir los motivos ulteriores del homicida. Nadie osa perturbarlo. Se inclina sobre el cuerpo y, con delicadeza, separa los brazos de la joven para descubrir el pecho, que muestra – ante el espanto de todos los presentes, y clavado a pulso sobre el esternón -un rústico crucifijo de madera.

La literatura no ha descuidado esa atávica curiosidad del ser humano respecto del sadismo y la fascinación por la muerte. ¿Qué motivos subyacen al placer bestial del asesino? ¿Existe un perfil psicológico que define a los criminales que recurren? ¿Qué mensaje se oculta tras los símbolos perversos que dejan a su paso?

La novela negra (el llamado “genre noir” del original francés) data del siglo XVIII, pero fue consagrado por Edgar Allan Poe y sus predecesores británicos. Herederos del misterio gótico y la incipiente ficción detectivesca, tomaron un giro “duro” para incorporar escenas sanguinarias y tramas escurridizas o aleatorias a fin de distraer al lector. La tradición criminal toma las vertientes francesas de la deducción policial y el personaje del comisario huraño, alejado de la sociedad, a veces extravagante pero siempre incisivo y capaz de descifrar la trama más intrincada, con ayuda de interlocutores de soporte que hacen las veces de su alter ego en la conflagración y el desenlace.

Como algunos de sus congéneres, los representantes de esta corriente pueden considerarse modernistas vernáculos, inscritos en la exégesis  del enigma y la búsqueda de culpables detrás de las máscaras sociales y los arquetipos. Con frecuencia derivan en temas de inequidad (racial, sexual o económica), la dilación de la narrativa hacia el evento, el impacto del psicoanálisis en el discurso literario, o las variantes de género y carácter. El crimen suele ser el punto de arranque – diríase  que es casi el pretexto – para descubrir a los personajes en busca de sí mismos bajo el rastro del esquivo perpetrador.

Los más famosos detectives: Maigret, Poirot, Phillip Marlowe, Sam Spade, Adam Dalgliesh y más recientemente, el comisario Adamsberg, Salvo Montalbano, el menudo Verhoeven, Kurt Wallander o Pepe Carvalho, son iconos de las más caprichosas desventuras, cuyos derroteros nos absorben y seducen.

Más aún, la prestigiosa CWA (Crime Writers Association) con sede en Londres, otorga cada año un conjunto de premios a los mejores autores, los relatos más sofisticados  y las novelas debutantes que auguran un éxito editorial. Su recomendación es garantía de una lectura tan inquietante como reveladora.

El culto de la novela negra ha motivado que varios protagonistas tomen su nombre de sendos autores como un merecido homenaje a su creatividad y constancia. Así, el agente Montalbano de Andrea Camilleri deriva del gran Vázquez Montalbán, fallecido en 2003; quien escribió su propia historia al lado del Ejército Zapatista. Me atrevo a sugerir que el comandante Camille Verhoeven toma su nombre de aquel astuto novelista italiano y a mi vez, no sin cierta arrogancia, he bautizado a mi detective a partir del insigne Pierre Lemaitre, maestro del género.

Acaso lo más atractivo de esta narrativa es la convicción de que todo crimen, por atroz o desalmado que parezca, merece perentoriamente un castigo. Y que, contrario a la cruenta realidad que sufrimos a diario, hay un héroe entre nosotros que le devuelve honor a la ley y que nos hace soñar que nos protege.