El licenciado vidriera

El licenciado vidriera

La novela ejemplar de Cervantes aludía a un personaje que – en su fragilidad emocional – padecía la certeza de estar constituido en vidrio. El bachiller Tomás Rodaja, envenenado por desdén, se vio yermo de facultades hasta perder el entendimiento. En su andar a tientas, profiriendo verdades sin reparo (entre ellas, por cierto, aludió al daño que hacen los malos médicos),  el loco se rodeó de lisonjas y seguidores, que lo abandonaron cuando recuperó la cordura. ¡Qué frágiles somos ante la desavenencia del objeto amado! – podríamos tomar a modo de moraleja.
La vida contemporánea nos ha hecho frágiles de una forma análoga, empujándonos al consumo irrestricto de bienes o golosinas, arrollándonos con su vértigo y sus contratiempos, exigiéndonos respuestas materiales y proyectándonos al vacío, ese que Lipovetsky retrata tan elocuentemente en su ensayo articulado en la frase,  casi apologética: “¡Si al menos pudiera sentir algo!” (2).
Las caracteropatías y los trastornos narcisistas de personalidad abundan en los consultorios médicos, porque rehuyen de la apuesta psicoanalítica, no sea que de verdad la inmersión los conduzca al ahogo. Se presentan como esos desordenes rígidos, inamovibles, desprovistos de afecto, que exigen respuestas para preguntas inconexas, que tienen que ver con un despojo originario, nada tan distante como el síntoma que reclaman que desaparezca.
“Yo no soy, son los otros” – dicen en su paradójica reafirmación, ignorantes de que al fondo yace un vacío afectivo, mismo que los determina en su insaciabilidad. Aducen que el error está afuera, en la deformidad del espejo opaco – carente de luz propia -;  se proyecta en esa llama que se consume en el egoísmo y la antipatía, que no vela para nadie pero que se busca en todos.

Desde otro lugar, los licenciados de vidrio incluyen algunos que han dejado el ejercicio por las adicciones, quienes prefieren la sombra y los alimentos industrializados o aquellos que, por error o desatención médica, caen en el consumo de sustancias que descalcifican el esqueleto. La lista de factores que causan osteoporosis, ese trastorno moderno con tan mala reputación por las fracturas (y los costos) que impone, va en aumento en la medida que se descubren nuevos ingredientes clínicos en su etiopatogenia. Para simplificar el mensaje a mis lectores, los tipifico aquí:

A. Causas naturales: edad avanzada, menopausia, raza blanca o asiática, delgadez, historia familiar de  fragilidad o hipercalciuria.
B. Causas tratables: falta de ejercicio, tabaquismo, alcoholismo, bajo consumo de calcio, confinamiento.
C. Causas iatrogénicas: corticoides, heparina, anticonvulsivos, deprivación hormonal, laxantes, sustitución tiroide, inhibidores de acidez estomacal (omeprazol, pantoprazol y sus prolíficos derivados).
D. Causas incidentales: mala salud, demencia, baja visión, enfermedades neuromusculares, discapacidad en silla de ruedas o postración en cama, menopausia precoz.

Tal es la preocupación, que la OMS elaboró un instrumento de lo más accesible para calcular el riesgo de fracturas por osteoporosis en los próximos 10 años, que se ha reproducido y adaptado en muchos países. Aquí incluyo un vínculo de Canadá, que se puede bajar como una aplicación para teléfono móvil o computadora – http://www.osteoporosis.ca/health-care-professionals/clinical-tools-and-resources/fracture-risk-tool/

Ahora bien, ¿quiénes deben preocuparse?
1. Mujeres mayores de 55 años y hombres mayores de 60 años, sobre todo si fuman, si son sedentarios, delgados o sufren cualquier enfermedad crónica.
2. Mujeres con menopausia precoz o quienes hayan recibido tratamiento para cáncer de mama.
3. Mujeres cerca de la menopausia que reciban tratamientos que descalcifican.
4. Adultos con historia de fractura después de los 50 años.
5. Adultos bajo tratamiento de epilepsia, asma o enfermedades inflamatorias, especialmente si reciben o han recibido glucocorticoides..
6. Todo paciente bajo tratamiento o monitoreo por osteopenia.

Se sabe que el ejercicio mantiene la integridad ósea porque estimula la osteogénesis (formación de hueso). Lo ideal es el ejercicio de alto impacto y basta brincar o bailar por 15 minutos, tres veces por semana durante siete meses para fortalecer el esqueleto, como demuestran diversos estudios en los últimos tres lustros. Es obvio que para aquellos que yapan sido diagnosticados con osteoporosis, el ejercicio debe ser moderado, restringiendo el impacto sobre la columna vertebral para evitar fracturas por aplastamiento y cuidando de no caerse (por ello las caminadoras, los aparatos de calistecnia así como las bicicletas y los patines no son recomendables en estos pacientes).

El consenso actual es que el consumo diario de calcio y vitamina D es subóptimo, y que en personas con riesgo de fracturas osteoporóticas es deseable una suplementación diaria de 1200 mg de calcio y 1000 a 2000 unidades de vitamina D3 (la mejor fórmula es con base en colecalciferol). Como el calcio se absorbe gracias al ácido estomacal, es preferible tomarlo con las comidas o bien optar por Citrato de Calcio, si se están ingiriendo a la vez medicamentos que inhiben la acidez, particularmente Losec, Nexium Mups, Tecta, Ogastro, Dexivant u otros inhibidores de la llamada bomba de protones (PPIs por sus siglas en inglés). Dado que se requieren tres meses para alcanzar un nivel estable de vitamina D, es preciso esperar ese lapso antes de cuantificar 25-hidroxi-vitamina D3 en sangre.
Los fármacos empleados actualmente para el tratamiento de la osteoporosis son cada vez más variados, y salvo los estrógenos sintéticos y el raloxifeno (Evista) que son propios del tratamiento para la postmenopausia, la mayoría tiene amplia indicación. Veamos:

Denosumab (Prolia) – el primer anticuerpo monoclonal que inhibe la actividad osteoblástica. Muchos otros están por seguirle. El problema sigue siendo su costo y el inconveniente de resorción ósea asociada a procedimientos dentales dada su permanencia activa en el organismo durante un semestre (se aplica cada seis meses por vía subcutánea). Las guías clínicas lo colocan al frente de las indicaciones para combatir la osteoporosis; en buena medida por el revuelo que ha traído la biotecnología recombinante.

Bisfosfonatos por vía oral (Fosamax, Actonel, Bonviva) – Lo mismo que el anterior, los bisfosfonatos han sido de probada eficacia y buen perfil de seguridad por más de dos décadas, excepto para quienes tienen estenosis esofágica, reflujo intenso o insuficiencia renal. Además se les pueden dar “vacaciones” de tratamiento a los pacientes, dada su prolongada vida media. Recomendables y prácticos, sobre todo para quienes no esperan hacerse extracciones o implantes dentales en el futuro previsible.
Bisfosfonatos inyectables (Zometa, Aclasta, Zolnic) – Recomendables para pacientes que no toleran las preparaciones en tableta o en quienes la terapia oral no ha corregido la deficiente densidad ósea en el primer año de tratamiento. Se han documentado reacciones agudas de toxicidad al aplicarlos, generalmente leves y transitorias, así como reabsorción mandibular en pacientes de riesgo, por lo que se requiere de asesoría experta para establecer su indicación para cada caso y valorar el seguimiento durante un año de la paciente a quien se le ha impuesto un fármaco de acción tan prolongada.
Calcitonina de salmón (Miacalcic, Oseum) – Sugerida para quienes no toleran otros tratamientos, como segunda opción, si no demuestran hipersensibilidad (nasal o subcutánea) al principio activo. Su costo y la aplicación diaria son limitantes adicionales. Cada vez menos prescrita por tales inconvenientes.
Teriparatide (hormona paratiroidea recombinante, Forteo) – Pese a su obvia indicación basada en principios fisiológicos, es un medicamento caro, que se aplica en dosis de 20 ug diarios por vía subcutánea durante dos años, que pocos bolsillos toleran. Aunque cabe reconocer que es una buena alternativa para los primeros, cuando se pretende evitar terapia de depósito.

En la actualidad se recomienda hacer una densitometría ósea cada 12 meses durante el tratamiento, tomando como punto de partida el primer estudio diagnóstico. La prueba es muy simple, razonable de precio y estandarizada internacionalmente. Se realiza mediante absorciometría de energía dual de rayos X (abreviada DXA) y puede espaciarse cada dos años si se logra el efecto deseado y el paciente ha modificado sus hábitos de vida u otros factores de riesgo. En quienes reciben esteroides, antiácidos o terapia hormonal supresora, conviene evaluar la densidad del esqueleto cada 6 meses. Por otro lado, los marcadores de resorción ósea se reservan para casos de difícil control o que no responden a las medidas sugeridas, e incluyen calcio en orina de 24 horas; telopéptido e hidroxiprolina urinarios, así como osteocalcina, fosfatasa alcalina y propéptido de procolágena tipo 1 en suero.

Como pueden atestiguar, la fragilidad es una dimensión de lo humano que se cierne en los extremos de la vida, o acaso cuando descuidamos el cuerpo sin procurar el alma.
Referencias.

  1. Miguel de Cervantes Saavedra. El licenciado vidriera. Novela Ejemplar de 1613. En: Novelas Ejemplares, Penguin Clásicos, Madrid 2005. ISBN 9786073130363
  2. Gilles Lipovetsky. L’Ere du vide. Essais sur l’individualisme contemporain. Gallimard, Paris 1999.
  3. Jeremiah MO, Unwin BK, Greenawald MK. Diagnosis of management of osteoporosis. American Family Physician 2015; 92 (4): 261-268.

Postdata.  Aprovecho para informarles que otro bisfosfonato, el Pamidronato disódico (Aredia) se emplea por vía intravenosa para tratar la hipercalcemia inducida por tumores de manera aguda. Es decir, cuando se detectan alteraciones del electrocardiograma, dolores óseos y cambios cognitivos.  En particular, se trata de remover el exceso de calcio sérico provocado por mieloma múltiple, carcinoma renal, cáncer de mama o NSCLC (carcinoma pulmonar de células no pequeñas). Estas tres últimas neoplasias malignas tienen un gran potencial metastásico en huesos. Promueven así la movilización de calcio al torrente sanguíneo. A falta de respuesta, se ha usado con éxito el Denosumab (Prolia), mencionado arriba, que se acompaña habitualmente con diuréticos de asa e hidratación intensiva. Pueden consultarlo en: Andrew F. Stewart. Clinical practice. Hypercalcemia associated with cancer. N Engl J Med 2005; Volumen 352 : 373 – 379 (Enero 27, 2005).

Creímos en un mundo mejor…

Creímos en un mundo mejor…

Es jueves y la megalópolis despide su humeante atmósfera para enturbiar el cielo. Desde temprana hora leo, atiendo pacientes, escribo y escucho narraciones variadas que rayan en lo clínico y lo mundano. Mi rutina habitual, de la que vivo y pervivo.

Hube de cancelar dos consultas porque se anticipaba una marcha en protesta por la construcción de un complejo de edificios y boutiques que ahogan el paso y derribaron más árboles que un bombardeo con napalm. Es el precio del consumo y la arbitrariedad, en contubernio con autoridades que todo lo permiten mediante una suculenta rebanada del pastel. Tales jerarcas fueron elegidos por su populismo, como alternativa a las prácticas corruptas del partido que tiranizó al país por setenta años y ha vuelto, por sus fueros, para reincidir y dar paso a otra retahíla de falsas promesas.

Lo grave es que la concentración, prevista para las ocho de la mañana, convocó no más de dos o tres decenas de ciudadanos, recién bañados y decepcionados. Nadie más acudió a la protesta. El número de incautos no bastó para opacar el repiqueteo cotidiano de los edificios y andamios, no detuvo el tráfico, no alteró en nada el trajín de obreros, ambulantes, profesionales y técnicos que pasaron a su vera.

Es penoso porque una ciudadanía inexistente, sin poder de convocatoria, es incapaz de frenar el nepotismo y la tiranía. Inmersos en las redes sociales, los telefonemas y memes insulsos o el consumismo, los habitantes de nuestras ciudades se pierden y cada vez se encuentran menos. La extrañeza ha reemplazado a la familiaridad. Somos carne virtual, inconexa, que perdura a expensas de los mensajes y tantos otros desencuentros. Ya no sorprenden las faltas de ortografía, el empleo arbitrario de mayúsculas (para eludir los acentos), el abuso de Emojiis y otros sustitutos del lenguaje.

No se trata de satanizar la celeridad de las comunicaciones y el servicio que han hecho al mundo en cuanto al conocimiento, la amplitud de miras y la interconectividad. Pero a la par han traído un conspicuo empobrecimiento de la intimidad, del intercambio de ideas y del valor de la educación como baluarte del desarrollo humano.

¿Para qué leer, para qué estudiar, si todo está a la mano, o mejor dicho, a flor de pantalla?

En mi caso, escribo este blog que pretende ser informativo ante todo, que deleite a mis lectores en segunda instancia y que abra caminos de interés cultural a quienes se sientan atraídos para profundizar en el tema. Como ventaja adicional, he puesto una pauta. Sólo escribo los martes (ocasionalmente, se me escapa una entrada con sentido perentorio) porque creo con firmeza en la capacidad para esperar y florecer.

Hace algunos años, empecé a escuchar que las llamadas a mi consultorio adquirían un sentido de “urgencia”. La mayoría eran – y siguen siendo – trivialidades que usurpan el término para sacudirse a mis asistentes o reclamar mi atención inmediata. Pocas son verdaderas urgencias médicas y, como es de esperar, en tales casos las hago venir con premura o los remito al Servicio de Emergencias más cercano.

Esa tendencia, que no designaré engañosa por cautela, ha cobrado ímpetu con la profusión de teléfonos listos (smartphones). Quiero decir que ya no hay fronteras ni tiempos de espera; la gente llama o manda un Whatsapp a cualquier hora, tras un arrebato, sin importar si el receptor está ocupado, indispuesto…o muerto.

La ansiedad se ha impuesto a la necesidad. Como somos sujetos de deseo, el fenómeno es exponencial. Parece que el imperativo categórico es comunicar, sin freno, sin pausa, sin cortapisas. Las redes sociales han mostrado que la sexualidad – antaño tan frágil y comedida – , como tantos otros impulsos, puede mostrarse con erotismo desmedido y sin mediar preámbulos.

Eso ha tenido dos consecuencias inmediatas. La primera es que las jovencitas están mucho más expuestas al maltrato y la vejación. Sobre todo por sus pares (más avezados en el arte de seducir y retirarse) aunque también por pederastas y otros perversos que abundan en las sombras de lo virtual. Facebook acaba de ser demandado por facultar esta incidencia de transgresiones, debido a que los datos, fotografías y “posts” están al alcance de cualquier fisgón con sólo presionar unas teclas.

La segunda consecuencia es que percibo una creciente insatisfacción sexual. Con ello no quiero decir que hay más personas con frigidez o impotencia, puesto que las estadísticas al respecto datan de pocos lustros. En un clima donde la estabilidad familiar es vulnerable por distintos frentes (facilidad del divorcio, relaciones efímeras, hijos que reclaman mayor independencia), la expresión del anhelo sexual, entendido como el placer y el desafío de vincularse amorosamente, se trivializa. Es tan fácil promover un coito, desechar al otro, conseguir un romance sin compromiso, que resulta cuesta arriba sostener una relación perdurable, mantener un proyecto de vida o, más aún, criar hijos, dado que engendrarlos no tiene chiste.

Nuestros jóvenes se desenvuelven en un clima de inconsecuencia. Las decisiones están tomadas de antemano, lo imperioso es hacer dinero, la satisfacción urgente del placer, el goce. Si lo accesorio está tan al alcance, pareciera que no se precisa esperar, escuchar, sembrar o cultivar. La ley del menor esfuerzo, solíamos decir. La tragedia contemporánea está en que somos prescindibles dentro de la aglomeración y el desenfreno; sin embargo, buscamos desesperadamente la individualidad.

Cabe preguntarse, ante tal avalancha de información fragmentaria, ¿qué y cómo les estamos enseñando a nuestros alumnos, médicos en formación?

Soy un defensor incondicional del método clínico. Considero que una vez adquiridos (y memorizados a rajatabla) los cimientos de la fisiopatología, la biología celular, la anatomía y la bioquímica, el mejor libro de texto es el paciente.

Todas las variaciones, artificios y desviaciones de la norma están inscritas en la plétora de enfermos que acuden a consultarnos. Ellos escriben las leyes de la medicina, que son tan volubles como la sintomatología y los llamados casos excepcionales.

Nunca dejan de sorprendernos y nos regresan con humildad al lugar de aprendices, atónitos frente a la vacilación biológica.

Esta mañana leí de una sentada un escueto libro, regalo de un querido colega, que apoya el principio de que el terreno de lo médico es inexacto e impredecible. Que hacemos mucho daño – a nuestros residentes y pacientes – si intentamos dogmatizarlo. Se refiere a las normas e hipótesis que atendemos todos los días, pero a las pocas leyes universales (incertidumbre, variabilidad, intuición) que rigen nuestra práctica.

Destaca entre otros el ejemplo de un prominente cirujano de Boston que solía dejar a sus residentes para que se hicieran cargo de la cirugía. Se paraba un metro atrás del responsable del acto quirúrgico, enguantado y listo para intervenir, pero procuraba el silencio en su quirófano. Cuando el residente se exponía a un desacierto, antes que regañarlo o apartarlo de un zarpazo, le daba la oportunidad de corregir su desatino, encontrar la solución inmediata y reparar con celeridad el daño, fuese una arteria o un conducto cortado por falta de pericia. Sabía hasta donde podía correr riesgos, por supuesto, pero educaba en el arte de lo imprevisible como un tutor confiable y presente. Como si ante todo dijera (perdonando el inglés que es mío, no del autor): “I’ve got your back, proceed” (Te cubro las espaldas, procede).

En suma, pienso que podemos educar, pese al ruido incesante que producen las pantallas y la comunicación delirante o dudosa. Estamos obligados a permitir que nuestros sucesores tomen el bisturí, interroguen, introduzcan los catéteres y las sondas, elijan el antibiótico o el inmunomodulador más adecuado; en fin, que asuman el mando bajo nuestra anuencia y supervisión calladas.

Sólo así haremos que la medicina sirva, que florezca, que se atreva a explorar nuevos horizontes y que los pacientes, tan cambiantes como sus padecimientos, sientan que atracan en puerto seguro.

PD. El libro en cuestión se llama “The laws of Medicine”, Simon Schuster/TED, 2015. Su autor es el excelente escritor y oncólogo de Harvard, Siddhartha Mukherjee, ganador del Pullitzer.

Tras la oscuridad

Tras la oscuridad

El cerco policiaco no ha podido evitar la partida de curiosos y fotógrafos que se arremolinan ante las cintas amarillas. Entre susurros, se asoman, cada vez más inquietos detrás de los guardias que protegen el perímetro, estirando sus móviles y objetivos para captar la escena distante.

A estas horas, el parque está desierto, máxime con la nevada que se derramó buena parte de la noche. Las huellas, sin embargo, describen un patrón grotesco. Después de dar un sesgo en espiral terminan en dos botas con agujetas sueltas que remedan el cuadro de Magritte “El modelo rojo”. Lo escalofriante – y que atrae todas las miradas y los flashes de los reporteros – es que, en efecto, el rastro está hecho de hemorragia y de las botas roídas emergen, colocados con extremo cuidado, los antepies ensangrentados y mutilados de la víctima.

Escoltado por dos gendarmes, el inspector Llorenç Mestre, presa de visible disgusto, se abre paso entre el gentío. Es un personaje que ha pasado la madurez, cuyos cabellos revueltos y barba rala de tres días delatan su descuido personal. Pese al frío que cala, viste una vieja gabardina con manchas de aceite en las mangas y jeans mal embocados en las botas vaqueras. Las gafas, teñidas bajo el tenue sol de invierno, ocultan los ojos agrietados de la última resaca. Podríamos adivinar su edad y su procedencia, pero es su función escrutadora lo que llama la atención de propios y extraños.

Los policías que lo preceden azuzan a los intrusos.

– A un lado; vamos, vamos..

El detective se deja conducir en silencio, desechando las miradas y los insultos que soterradamente le prodigan. Mide sus pasos, consciente de no modificar la escena del crimen. Lo acompañan las dos policías que forman parte de su equipo. Verónica, una joven de cara ovalada y de cuerpo elástico, que ata su larga melena con una liga y viste chaqueta de cuero. Su belleza desentona peculiarmente con su presencia hostil; planta con energía las botas de montaña muy cerca de su jefe y parece determinada a cualquier cosa. Atrás de ellos, con actitud tímida pero sin dejar de observar cada detalle, le sigue una mujer de unos cuarenta años, poco excedida en carnes, que guarda los puños en el abrigo y va haciendo anotaciones mentales con una inteligencia difícil de sondear. Su cabello trigueño, corto, está peinado con pulcritud bajo el gorro de estambre y es la única con calzado apropiado para la nieve en esa Unidad de Investigación Criminal. Se llama Emilia March, quien funge como brazo derecho del detective y se sabe respetada por todos los superintendentes que han sobrevolado la jefatura.

Hace cuarenta minutos que la brigada forense trabaja en el entorno, recogiendo pruebas, pesquisando huellas dactilares, tomando instantáneas y grabando cada accidente del paisaje invernal. A cargo de los expertos criminalistas está el médico patólogo Isidoro Bonet, un escuálido personaje que ostenta su mostacho entrecano bajo la visera, asomándose sobre el cubrebocas. Su aspecto, camuflado por la indumentaria blanca, es la de un fantasma que se desplaza con sigilo. Al advertir la llegada de la UIC, hace una movimiento enérgico con el brazo para insinuar que su asistente y los demás técnicos abran espacio al inspector.

En un claro del parque, junto al estanque que cubre a retazos una capa de hielo, yace el cuerpo desnudo. La joven está tendida en una estela de sangre y lodo. El cabello rubio, dispuesto en una cresta, ha sido alaciado en mechones; cada punta termina en un pedrusco, una corona siniestra. Los brazos posan suavemente cruzados sobre el torso desnudo, que muestra cierta rigidez azulada y lívida, delatando las horas que han transcurrido desde su deceso. Las facciones están crispadas y los ojos verdes, sin brillo, entreabiertos, reflejan aún el horror de la tortura a la que fue sometida. El sexo está cubierto con un manta negra, dispuesta como un trazo que refulge en la nieve y le otorga un toque de pudor, bizarro contraste con las piernas cercenadas.

Agudo, fiel a su prestigio, el jefe advierte que no hay rastros de asfixia ni otras heridas visibles; el cadáver está exangüe, su asesino la observó largamente mientras se desangraba hasta perder el sentido, y a cuentagotas – latido a latido – también la vida. Mestre se coloca los guantes de látex sin prisa, oteando en torno al cadáver en busca de señales, indicios que permitan intuir los motivos ulteriores del homicida. Nadie osa perturbarlo. Se inclina sobre el cuerpo y, con delicadeza, separa los brazos de la joven para descubrir el pecho, que muestra – ante el espanto de todos los presentes, y clavado a pulso sobre el esternón -un rústico crucifijo de madera.

La literatura no ha descuidado esa atávica curiosidad del ser humano respecto del sadismo y la fascinación por la muerte. ¿Qué motivos subyacen al placer bestial del asesino? ¿Existe un perfil psicológico que define a los criminales que recurren? ¿Qué mensaje se oculta tras los símbolos perversos que dejan a su paso?

La novela negra (el llamado “genre noir” del original francés) data del siglo XVIII, pero fue consagrado por Edgar Allan Poe y sus predecesores británicos. Herederos del misterio gótico y la incipiente ficción detectivesca, tomaron un giro “duro” para incorporar escenas sanguinarias y tramas escurridizas o aleatorias a fin de distraer al lector. La tradición criminal toma las vertientes francesas de la deducción policial y el personaje del comisario huraño, alejado de la sociedad, a veces extravagante pero siempre incisivo y capaz de descifrar la trama más intrincada, con ayuda de interlocutores de soporte que hacen las veces de su alter ego en la conflagración y el desenlace.

Como algunos de sus congéneres, los representantes de esta corriente pueden considerarse modernistas vernáculos, inscritos en la exégesis  del enigma y la búsqueda de culpables detrás de las máscaras sociales y los arquetipos. Con frecuencia derivan en temas de inequidad (racial, sexual o económica), la dilación de la narrativa hacia el evento, el impacto del psicoanálisis en el discurso literario, o las variantes de género y carácter. El crimen suele ser el punto de arranque – diríase  que es casi el pretexto – para descubrir a los personajes en busca de sí mismos bajo el rastro del esquivo perpetrador.

Los más famosos detectives: Maigret, Poirot, Phillip Marlowe, Sam Spade, Adam Dalgliesh y más recientemente, el comisario Adamsberg, Salvo Montalbano, el menudo Verhoeven, Kurt Wallander o Pepe Carvalho, son iconos de las más caprichosas desventuras, cuyos derroteros nos absorben y seducen.

Más aún, la prestigiosa CWA (Crime Writers Association) con sede en Londres, otorga cada año un conjunto de premios a los mejores autores, los relatos más sofisticados  y las novelas debutantes que auguran un éxito editorial. Su recomendación es garantía de una lectura tan inquietante como reveladora.

El culto de la novela negra ha motivado que varios protagonistas tomen su nombre de sendos autores como un merecido homenaje a su creatividad y constancia. Así, el agente Montalbano de Andrea Camilleri deriva del gran Vázquez Montalbán, fallecido en 2003; quien escribió su propia historia al lado del Ejército Zapatista. Me atrevo a sugerir que el comandante Camille Verhoeven toma su nombre de aquel astuto novelista italiano y a mi vez, no sin cierta arrogancia, he bautizado a mi detective a partir del insigne Pierre Lemaitre, maestro del género.

Acaso lo más atractivo de esta narrativa es la convicción de que todo crimen, por atroz o desalmado que parezca, merece perentoriamente un castigo. Y que, contrario a la cruenta realidad que sufrimos a diario, hay un héroe entre nosotros que le devuelve honor a la ley y que nos hace soñar que nos protege.

 

Zonas de interés

Zonas de interés

Estos últimos días hemos leído historias atroces. Nosotros que no conocemos el exilio ni la guerra.

Narraciones de mujeres deportadas porque buscaban un futuro menos sombrío para sus hijos. Hombres que se ahogaron por montones en ese mar que separa la muerte de la esperanza. Niños que piden comida entre las rejas o intentan salvar los muros que construye la ignominia.

No se trata de 1942 ni de la Polonia ocupada, estamos leyendo los diarios de este perturbador 2017.

Son sitios donde se ha perdido la frontera de la cordura y la violencia adquiere proporciones de crueldad inusitada. Se asesina sin emoción y justificadamente. El otro, el distinto es la presa y no hay tregua para someterlo al encarnizamiento y verlo aniquilado, borrado de toda memoria.

Hace algunos años, mi padre nos invitó (a mi hermano, también Psicoanalista, y a mí) a colaborar en lo que pudo ser su testimonio de lucha. Redactó el primer ensayo intitulado “Los otros musulmanes” que, con ciertas modificaciones, publicamos como homenaje a su preocupación intelectual en la segunda edición de mi libro “Las voces del cuerpo (2013)”.

En tal ensayo se describe con elocuencia la vejación a la que fueron sistemáticamente sometidos los presos de los Lager Nazis. Nunca antes en la historia se había reducido la humanidad a ese desprecio, a esa bajeza que incluía empujar niños y mujeres a las cámaras de gas, recoger sus cadáveres, mutilarlos y arrancarles los dientes para fundir el oro que contenían. Separar las cenizas y contar los fémures después de quemarlos en sendas hogueras (y dividir la cifra en dos) para llevar la cuenta.

Cuando se consensó la “Solución Final” durante el aquelarre de Wannsee (Enero de 1942), los asistentes terminaron fumando habanos Davidoff y brindando con toda frivolidad, mientras comentaban los recientes avances del frente oriental que acabaría a la par con la amenaza bolchevique.

Encabezados por el SS-Obergruppenführer Heydrich – más tarde “reconocido” como el carnicero de Praga – acudieron los altos dirigentes de la Schutzstaffel, la Sipo, la Gestapo y los ministros de los territorios ocupados (entre ellos, los infames Adolf Eichmann y Heinrich Müller). El ambiente era de camaradería y germánica eficiencia.

Una de las charlas, entre el perfume del humo y el paladeo del armagnac, discurría así:

Mayor de la SS Rudolf Lange – Entiendo que se ha adoptado ya una decisión racional respecto de los niños.

Gauleiter Alfred Meyer – Sí, claro. Los bebés de brazos se alzarán y buscarán venganza en 1963. De la misma forma, la justificación para las mujeres menores de cuarenta y cinco es que podrían estar embarazadas. Y para las viejas…Kurs, ya que estamos en ello.

No había nada que objetar: todos los judíos, esa raza abyecta, serían eliminados sin miramientos. El dictamen incluía los Países Bajos, Francia y todos los países asimilados al Tercer Reich al oriente del Rhin. Se discutieron con detalle los métodos de exterminio bajo criterios socioeconómicos y la planificación de las deportaciones. Se analizó con sobriedad la necesaria ampliación de los campos de concentración en Chelmo, Sobibór, Treblinka, Belzec y Auschwitz-Birkenau. El trazado de líneas férreas que condujeran a esos Lager y ante todo, la implementación de un método de aniquilamiento eficiente y rápido. El Zyklon B (cianuro hidrogenado, HCN) había sido probado con éxito en Auschwitz 1 en Septiembre de 1941 para sofocar a 600 prisioneros de guerra soviéticos y a 250 “indeseables” enfermos, como consta en el informe redactado por Kurt Gerstein, jefe de los Servicios Técnicos de Desinfección de la SS.

Una vez satisfechos, los Kapos se despidieron para poner manos a la obra. Eichmann les había dado la confianza de que todos los trenes llegarían a tiempo y con volúmenes suficientes de deportados para optimizar los recursos del Reich. Por su parte, Otto Hofmann, jefe de la Oficina Central de Raza y Asentamientos, garantizó la provisión de fuerza de trabajo, dado que, con la dieta asignada de 300 a 600 kcal, un adulto podía rendir escasamente tres meses, antes de caer fulminado.

Acto seguido, las fauces del infierno se abrieron en Europa. Los ghettos se demolieron, sin importar quien quedaba oculto en los desvanes o subterfugios malolientes. Uno a uno los vagones se llenaron de mujeres y hombres macilentos, atemorizados y conducidos con la promesa de trabajo en el Este (Arbeit Macht Frei rezaba el frontispicio de Auschwitz).

Al apearse, los hambrientos se identificaban con sus tarjetas de racionamiento y se les ofrecía un baño antes de pasar a sus “aposentos”. Gradualmente, el rumor se diseminó: nadie volvía de aquellas excursiones a la tierra prometida.

Quizá fue la indiscreción de los Sonderkommandos – esos que habían perdido el alma (los Geheimnistrager, portadores de secretos) -, presos asignados a conducir los rebaños de deportados hacia las cámaras de gas, para después seleccionar los cadáveres, desdentarlos y trasquilarlos, antes de apilarlos en piras incendiarias. Grandes hogueras aceitadas con la ínfima grasa humana que desprendían los cuerpos y cuya fetidez recogían todos los aires por muchos kilómetros a la redonda.

Los doctores de la Schutzstaffel, con la venia del Reichsführer, habían dado la orden expresa de que los niños, las doncellas vírgenes y los hombres más fornidos debían ser reclutados para sus experimentos biológicos. El SS-Standorstarzt Eduard Wirths seleccionó a Josef Mengele para probar sus tesis eugenésicas en gemelos, a quienes inyectaba diferentes colorantes en los ojos y cercenaba para verificar su existencia independiente.

Asignó por igual al Dr. Sigmund Rascher para probar la tolerancia a hipotermia en prisioneros de guerra y judíos polacos a fin de ofrecer alternativas a los soldados que combatían en la tundra gélida de Rusia. También en Dachau, Ravensbrück y Buchenwald, los doctores Carl Clauberg y Hans Eppinger inocularon diferentes microorganismos en sujetos sanos para valorar los efectos de sus inmunizaciones, además de esterilizar – en el espacio de cuatro años – a un cuarto de millón de personas (judíos, gitanos, homosexuales, discapacitados) bajo diferentes métodos irreversibles y frecuentemente letales.

Las pruebas de inmersión y de altitudes extremas, así como la ingestión o inhalación de diferentes venenos con propósitos de defensa fueron avalados incluso frente al tribunal de Nuremberg, que no podía creer lo que oía de estos pretendidos “científicos”.

Nada comparable se conocía, quizá porque la guerra, que nunca fue galante, cobraba sus víctimas y las enterraba junto con sus delirios, odios y remordimientos. Nadie había propuesto una solución sistemática para exterminar a la población civil, por muy detestable que fuese el enemigo o los pueblos conquistados.

La cruzada nacional-socialista abrió para la posteridad la caja de Pandora. Al grado que hoy leemos de prisioneros decapitados, aborrecimientos raciales y matanzas sin atrición en todos los rincones del orbe. Donde alguna vez hubo fuego (llámese ocupación y vasallaje), cenizas quedan. Incandescentes, listas para prender el estrago de nuevo.

Nos queda en la penumbra la reflexión que cierra el texto de mi difunto padre: “Por las razones éticas más fundamentales que sirven de argamasa a la urdimbre social, no debemos permitir que tales imágenes se borren ni que llegue a olvidarse lo que sabemos del Holocausto. Los humanos tenemos el deber de mantener un permanente estado de alerta y cobrar conciencia del disgusto, casi ontológico, que produce el advertir que, en condiciones apropiadas, la mayor parte de nosotros somos potencialmente capaces de tan inconmensurable atrocidad”.

Recomiendo la lectura, dolorosa empero apegada a los hechos de:

 Martin Amis. The zone of interest. Vintage, New York 2014.

Robert Jay Lifton. The nazi doctors: medical killing and the psychology of genocide. Basic Books, New York 1988.

Nicholas Stargardt. Witnesses of war: children´s lives under the nazis. Vintage, London 2007.

Diario de invierno

Diario de invierno

El hombre se mira en el espejo largamente. Tal como si enfrentase a un intruso, estudia su cuerpo: la irregularidad de sendas arrugas que convergen, canas advenedizas y manchas sin orden, el abdomen abultado y las piernas fláccidas. Una cicatriz que aún duele entre la grasa, esa cara tan conocida y aborrecida, de piel enjuta y facciones derretidas; un triste muñeco de cera.

La imagen no sabe retenerse, mejor dejarla atrás. Piensa en sus contemporáneos corto de empatía, si bien aquiescente; los que se tiñen el cabello para disimular el estrago, los que se someten a cirugías cosméticas y dejan la identidad en el quirófano, quienes buscan pareja o perro o sepultura, tanto da.

Amodorrado, se acerca a la ventana, descorre con una mano el hielo que empaña el vidrio y atisba a los niños que se aprestan a subir al transporte escolar entre la nieve. La motoniveladora ha dejado un rastro sucio de salitre y los árboles desnudos permiten entrever un sol tenue, como la palidez del tiempo.

Baja a servirse un café recalentado a fuerza de conservarlo en el termo. “Habrá que lavar los platos en algún momento” – se dice, ante el hedor de acritud que invade la vieja cocina. Con parsimonia, calculando sus pasos, se dirige a la mesa de trabajo. El estrecho jardín está nevado y un manto de rigidez cubre por igual sus manos, los setos y el ensayo inconcluso.

Lejos están sus años de académico, la voz estentórea que azuzaba y se imponía a los estudiantes, los dedos empañados de tiza y las frases exquisitamente articuladas sobre el pizarrón, mensajes que debieron ser célebres para la posteridad.

Ante el ordenador, es un viejo decrépito que inventa escenas prohibidas, horizontes que no conocerá, personajes esquivos, coloquios mudos o la caricia que se quedó antojada en un flirteo. Vivió sólo un décimo de su vida cerca del mar, donde hubiese podido crecer y forjarse como un autor reconocido. Suficiente para heredar seguridad y quizá prestigio. Ah! La vanidad. ¡Cómo hizo mella en su camino!

Se detiene un momento para observar su piel ajada antes de pulsar las teclas;  las máculas de tantos soles que pigmentan sus manos, las uñas estriadas y la artrosis, tan ineludible como estorbosa. Cada invierno que pasa se asemeja más a su padre: ¿irá perdiendo como él el pelo de forma concéntrica? ¿aprenderá a caminar encorvado e inseguro ante cualquier escalón o incidente en las aceras? ¿dejará de viajar, de bailar, de arrojar las redes de alguna ilusión al océano de la incertidumbre?

Su ancestro solía decir que tiene el mismo poder un general triunfante frente al campo de batalla que un pastor que domina las estepas de Mongolia. Es el ejercicio de esa autoridad lo que hace la diferencia, cavila ahora al recordarlo. La frontera sutil entre el bien y el mal.

Sentado ante un espresso humeante junto a la Igreja do Carmo en Lisboa meditaba otrora acerca del reconocimiento del azar en los avatares humanos. Aquel templo roto es testimonio del temblor de 1755, cuando la población salió a rescatar a sus heridos bajo los escombros, desoyendo el clamor sacerdotal de que Dios había enviado el castigo trepidante a la ciudad por sus pecados.

Esa mañana de Todos los Santos, la gente emergió a borbollones  de sus casas derruidas para unirse en el salvamento, dejando el miedo religioso tras las puertas y en el albañal de la historia. El mal cobró sustancia, lo diabólico se hizo carne y lo divino perdió su naturaleza inefable.

Desde entonces los hombres denostamos de lo sagrado, salvo para deificar a nuestros muertos e invocarlos – fantasmas pululantes – cuando se requiere. Atendemos las ceremonias eclesiásticas sólo para celebrar o para ungirnos de inocencia, expiar las culpas, esconder el recelo. Nuestros pontífices cayeron de golpe al piso, se hicieron frágiles; fornican, abusan, mienten y albergan la misma codicia que tantos otros mortales.

No sólo eso. El periplo del HMS Beagle por las Galápagos enterró para siempre el Edén y lo convirtió en una metáfora de la elección entre la contrición y el erotismo. No abrogó del todo el misterio cristiano, por supuesto; había que demostrar si el origen del Universo se materializa más allá de la mano ubicua de un creador.

Tal es la disyuntiva humana. Podemos creer en la salvación y dedicar la existencia al arduo equilibrio entre el deseo y la devoción, entre el rencor racial y la comunión. De otro lado podríamos renegar del sacrificio o la purga y asumir que la vida es una oportunidad única para construir, crear y amar al prójimo. Aunque el amor sea una falacia y albergue la arquitectura del vasallaje. Una postura efímera que no se permite reparar en el castigo o la bendición, tan sólo preceptos del hombre encumbrados para su vigencia.

Los agujeros negros y los aceleradores de partículas nos han decepcionado; quizá ansiábamos que de la antimateria procedieran las respuestas. Tal vez nuestro sino sea creer en algo sublime, que nos exima, que dé cuenta de nuestro desvalimiento y nos faculte la libertad de ser niños para siempre…

El frío se espesa en las calles. Rufina apura el paso desde el autobús bufando nubes de vaho. Es una mujer regordeta, de ojos pequeños y muy negros, con pómulos prominentes, digna nativa de la Araucanía. Entra como todos los lunes a hacer la limpieza. Al acceder hacia el estudio, se detiene en seco.

  • ¡Míster, místeranders…on! ¡Ayiaymimadresanta! – exclama de un hilo, antes de recobrar el aliento.

Nuestro hombre yace sobre el teclado, el café derramado entre su antebrazo y la nuca tiñe el cabello blanco, que mansamente se humedece. Cuelga un brazo inerte a su lado y parece dormir, impasible al tiempo, que se ha quedado quieto, como las cortinas, como la muerte.

PD. Para quienes avizoran – como yo – el fin del otoño, recomiendo la grata lectura de Paul Auster (“Winter Journal”. Picador, New York 2012). Indispensable.

Ataques

Ataques

Aquel libro le trajo intensas resonancias acerca de su decisión, del sendero emprendido (que necesariamente cancelaba alternativas) y de la renuncia a una existencia heroica o lúgubre, tanto da. En ese país, incorporarse al trabajo de campo como estudiante universitario lo enfrentó de lleno a la miseria y la desesperanza. Él en su burbuja higiénica, bastión de pulcritud y uñas maquilladas; mientras que ellos, los otros, subsisten desde siempre entre el lodo y las lluvias de desechos. Un aire opaco, carente de oportunidades, los conmina a robar si la pobreza insiste, una orden que ocurre con frecuencia y sin previo aviso. Los atavismos morales son irrelevantes, el hambre dicta la cotidianidad y cualquier certeza.

Desde las primeras jornadas vio miradas suplicantes, sintió en carne herida la suspicacia:  – Tú te irás a dormir en tu cuarto ventilado, después de un baño de esponja, aterciopelado – parecían repetirle.

La culpa y la vergüenza. Justificarse ante sí y la ignominia.

Trató con el sindicalismo independiente durante un tiempo pero, ajeno a ese lenguaje, optó por seguir el rumbo de Galeno, transitar por la vida más que por la tragedia. El silencio lo mantuvo a flote y a medida que se sumergía más hondo en los derroteros de la enfermedad y el sufrimiento, sintió que resarcía su vocación. De alguna forma, su militancia se vio transformada en gesta asistencial; un paso atrás, para no inmolarse, si bien difícil de reconciliar con sus emociones.

La novela “The attack” de Yasmina Khadra es una toma de conciencia y una trampa mortal. No hay salida para la disyuntiva política. Si quiero salvarme, debo dar la espalda a la realidad y al oprobio. Me exijo a cambio una existencia neutral, blanda y cómoda, donde lo material subsana la falta y pretende alejar la pestilencia de la desigualdad o lo incierto del origen. Pero, inevitablemente, la injusticia es un murmullo que no cesa, que se cuela por rendijas y bajo alfombras, que nos despierta en la madrugada y nos exige respuestas.

El protagonista, Amin, joven cirujano nacido en Jenin y laureado en Tel Aviv, quien ha adoptado la nacionalidad israelí para injertarse en la comunidad pequeño-burguesa, descubre con rabia indecible que su esposa de tres lustros se ha detonado con una carga explosiva en un ataque terrorista. El hecho, inexplicable desde cualquier perspectiva, lo desmorona. Pasa de ser un sospechoso (¡¿Cómo es posible que desconociera sus intenciones?!), vilipendiado por sus vecinos y colegas, a ser un hombre sin rumbo, deseoso de encontrar las razones y recobrar la verdadera naturaleza de su compañera de vida, una extraña que le ocultó por años su deseo de venganza.

Lo que descubre, como cabría esperar, es un mundo sórdido de intolerancia, donde la muerte y el sacrificio se justifican por motivos religiosos y opresivos. Cansados de vivir bajo el yugo de un poder autoritario, los habitantes del Israel ocupado – la ignota Palestina – han decidido tomar la justicia en propia mano. Lo que es decir, escupir, tirar piedras, desconocer las leyes judías, rechazar a los invasores y en última instancia, inmolarse para dar testimonio de la abyección a la que se ven cotidianamente sometidos.

El médico Amin Jaafari, extirpado de sus insignias, arrastrado por el alcohol, el tabaquismo y el insomnio, vuelve a su pueblo confiado de que ahí podrá rescatar la memoria de su amada Sihem, atar los cabos sueltos y poner en paz su alma para siempre. Lo que encuentra, para no desalentar al lector, es una explicación, una causa y un efecto a la vez, una vorágine donde todo se alimenta del odio fraternal y la vendetta.

Para quienes hemos transitado entre el amor y la muerte, para aquellos que salimos diariamente a la conquista de la verdad y la salud antes diezmada, éste es un documento sobrecogedor. Nos confronta con la máxima de “Primum non nocere” por encima de ideologías o credos, y nos obliga a reflexionar, porque más allá del balcón donde arrojamos nuestros sueños, la gente sufre por montones y nadie hace nada más que cerrar las ventanas contra el frío.

 

Bibliografía.

Yasmina Khadra. The attack. Anchor Books, New York 2007.

 

 

Los pacientes, tan cercanos

Los pacientes, tan cercanos

Tengo una paciente, Doña Juanita, que invariablemente me saluda y se despide con un beso sobre el dorso de mi mano. He tratado de esquivar sutilmente el gesto, dándole a mi vez un beso en la mejilla, pero ella sujeta la mano y recurre. Debo admitir que me apena un poco, pero es una muestra de patente gratitud que a la vez me conmueve. Padece una enfermedad rara, derivada de la destrucción de tejido glandular por tuberculosis. De origen humilde, nos conocimos cuando la refirió un alumno de antaño en estado crítico de deshidratación.

Tal vez esta última situación – haberle transmitido la confianza de que podíamos remontar juntos su proceso agudo – la inclina a tratarme con esa peculiar devoción que me avergüenza.

Ambos sabemos, desde perspectivas complementarias, que la práctica médica ha sufrido muchos tropiezos últimamente.

La profusión de conocimientos fragmentarios que vuela en las redes sociales y los sitios poco científicos, hacen que la máxima de “médico, poeta y loco…” cobre dimensiones inusitadas. Peor aún, la proletarización de la asistencia médica ha derivado en burocratismo, desinterés y falta de incentivos académicos para los doctores. La contraparte obligada es una motivación pecuniaria desmedida, que se ve de suyo obstaculizada por la oferta y la incompetencia, el embudo cada vez más estrecho de la especialización y el desinterés que acarrea todo este círculo vicioso.

El recién graduado de las cada vez más numerosas escuelas de medicina no tiene una bolsa de trabajo ni oportunidades de desarrollo profesional acordes a su esfuerzo. En el mejor de los casos, consigue una plaza en la especialidad de su preferencia, que le garantiza un salario exiguo por cuatro o cinco años, pero que sólo retrasa su inserción en el mercado – si bien mejor pertrechado – sin garantías ni seguridad a la vista de un futuro desahogado.

En algunos casos, los padres ofrecen la comodidad de una consulta establecida, lo que facilita el proceso, pero tendrán que pasar los años necesarios de bregar y acaudalar éxitos antes de que su seguridad profesional y familiar se vean recompensadas. Casarse a destiempo, tener hijos cuando todavía no se cuenta con un sustento estable y/o incurrir en gastos de equipamiento a los costos actuales de importación, son otros de los muchos obstáculos que enfrenta un joven médico que quiere asomar la cabeza al mundo.

Admito que la competencia y la rivalidad son más exigentes (y desleales) en el siglo XXI, que nadie tiene la certeza de ver pasar las horas huecas hasta que no “pertenece” o encuentra a cambio un nicho razonablemente vacío y, que hacerse de prestigio, hoy por hoy, no es tarea sencilla.

Hace unos días me invitaron a dictar una conferencia en un campo que se ha ido sembrando de prodigios. Un tanto trompicado por la ineficiencia del equipo audiovisual, les hablé de inmunoterapia en oncología. Los cambios en este brazo armado del tratamiento de los tumores malignos han sido exponenciales en el último lustro. Se descubrieron receptores específicos que el cáncer inactiva en nuestro sistema de defensas para mantenerse con vida, formando vasos sanguíneos suplementarios y mermando la integridad de los tejidos. Estos puntos de anclaje o de control (check-points en inglés) ubicados en los linfocitos T, responsables de orquestar la respuesta anti-tumoral, son fuente de profusa investigación. Gracias a tales descubrimientos, se han podido diseñar anticuerpos que bloquean la activación de esas moléculas inhibitorias; especialmente, contra PD1-PDL-1, CTLA-4 y sus ligandos y más recientemente, contra FOX-P3, TIM-3 y LAG-3.

Los resultados de la inmunoterapia son sorprendentes, porque debilitan al tumor y lo hacen susceptible de involucionar, ser atacado por diferentes flancos o, más apropiadamente, ceder ante los agentes quimioterapéuticos convencionales (la llamada terapia combinada).

Estamos accediendo a una era novedosa donde el cáncer – o los diferentes cánceres, para ser incluyente – resultarán menos trágicos a los oídos de nuestros pacientes y podremos hablar de enfermedades crónicas, tratables y no necesariamente mortales por necesidad. Por supuesto, habrá algunos que se escapen, usando recursos tales como receptores alternos o urdiendo las células cancerosas tronco (Cancer Stem Cells en inglés) que han demostrado ser resistentes a quimio o radioterapia, y un blanco terapéutico clave en muchos tumores de rápido crecimiento o marcada indiferenciación.

Pero la escena donde el médico tenía que acercarse con solemnidad, eligiendo cuidadosamente las palabras para derramar la noticia de la inminencia del deceso o la futilidad de todo esfuerzo, cambia día con día.

No obstante, seguiremos enfrentando la muerte como parte de nuestro quehacer cotidiano y más vale que nos preparemos para encontrar la forma de transmitir lo ominoso sin lastimar la integridad emocional de los enfermos. Los médicos estamos obligados a decir siempre la verdad, pero cuidando de no pisotear la esperanza. Es bien difícil encontrar el equilibrio entre optimismo y realismo.

Recordemos que las neoplasias observan malignidad variable, que no son siempre accesibles a la cirugía o sensibles al tratamiento oncológico y, como les comenté repetidamente a mis colegas, encuentran la manera de eludir al sistema inmune. Su tratamiento se ha vuelto más complejo y exageradamente más caro. No sólo eso: con el cáncer no hay milagros, únicamente excepciones estadísticas, que escapan de la media.

La cercanía de los pacientes es la razón de estudiar, investigar, actualizarse y encontrar senderos que abran nuevas alternativas para curar o, cuando eso no es posible, ofrecer mejoras en la calidad de vida y desde luego, evitar el sufrimiento.

Me ha tocado conocer la malignidad de cerca. He visto morir, imponente, a personas muy queridas. No obstante, cada lunes me levanto con la convicción de que tengo un cometido, que elegí luchar por la salud, que tengo además el privilegio de verme recompensado afectiva y económicamente por ello.

Nada es más edificante que ver a un enfermo recuperarse, la gratitud está implícita en el hecho. La medicina, pese a sus detractores, es el aire que todos aspiramos.