Los emigrantes

Los emigrantes

 

There is no antidote for the opium of time.                                                                           Thomas Browne (Hydriotaphia, 1658)

Lo esperaba en la cama todas esas noches, semidesnuda, hasta que perdió la fuerza. Arropado en su cuerpo sudoroso, bajo la oscuridad eterna, disipaba su melancolía y se dejaba arrastrar, con ese parsimonioso oleaje que conocen los amantes. Degustaba sus besos, las caricias que permitían delinear su carne blanda, siempre añorada. Era tanto como ausentarse, dar la espalda al día, renunciar al clima o la época del año. Desoír el barullo de las calles y de sus propios pensamientos, que hubiesen querido asaltarlo y trastocar la mansedumbre que se permitía por unas horas escasas y esporádicas.

Conocía las vetas erógenas de su cuello, aquella adusta reticencia hasta que sucumbía al fragor de su aliento. Deslizaba las manos por su espalda y encontraba la curva exacta de los glúteos, tensos ante el tacto súbito y arrojado. Ella se permitía el abrazo, esa envoltura tierna; y de pie ante la cama, lo tomaba del sexo para adueñarse de su virilidad y del tiempo. Era entonces como sumergirse en un océano incierto, donde sólo el jadeo rítmico dictaba el oleaje y el instante de entregarse o postergar el rictus; dentro, más dentro…hasta colmarse.

De tanto en cuanto, el golpeteo del LP girando en la tornamesa, un relámpago distante o una pelea de gatos los despertaba a media noche. Besar su cuello era una confirmación de la complicidad, de la imperturbable rendición del deseo. La mujer salía apenas del letargo y se frotaba contra sus piernas con el sexo húmedo, para encenderlo y retenerlo.

Con aquellos desencuentros se fueron haciendo añejos. Resuelta, ella devino escritora con pulso propio y viajó hacia el mar, donde sólo la brisa podía perturbarla. Conoció la felicidad de ser madre, e incluso acunó a un hijo adoptivo que la vida había abandonado a su suerte. Se puede decir que enfrentó sola las tempestades, recogiendo redes cuando sus playas eran azotadas por la furia de los vientos o de los hombres. Sobrevivió, pese a todo. Su fragilidad fue como esos lirios que soportan las tormentas, y una vez que abre el cielo, se recuperan casi intactos cuando a su derredor los árboles y las hojas han caído.

Los hijos crecieron y volvieron a la ciudad, con sus avatares y sus preguntas a cuestas. Ella los alentó a marcharse y se mostró entera; lloró para sí, en silencio y sin confesarlo a nadie. Gradualmente vació los armarios y los estantes. Los reemplazó con libros, recuerdos, las mismas fotografías de antaño y una gata que envejeció a su lado, más aprisa, indiferente al ocaso.

El hombre, en cambio, se sumergió en un torbellino. Menos reflexivo, escaló montañas hasta romperse las costillas, peleó batallas ajenas y curó las cicatrices en lechos efímeros, como hacen los gladiadores. Crió familias, edificó casas que abandonó cuando era hora, impelido por sus ambigüedades y su pasión irredenta, abriendo sendas, deshojando anhelos.

Llegó el día en que se aplacó su tenacidad. Lo advirtió al despertar y detallarse como un cadáver recién descubierto ante el espejo. Estaba en un baño de hotel en Delft: desde la habitación contigua resonaba el sopor de una extraña. A través de los ojos lánguidos, trazados con ese rojo amanecer de la ebriedad, se concentró en su anatomía. Había perdido el brillo de cualquier juventud, incluso la sonrisa se había extenuado hasta perderse entre arrugas. Los brazos fláccidos apenas sostenían el torso y constató otra vez esa respiración entrecortada, de fumador, de simple veteranía.

Pasó la tarde solo, contemplando el cuadro de Rembrandt que muestra al Dr. Tulp mientras inicia la disección del ladronzuelo Aris Kindt en el Waaggebouw. En esa imagen profética, sus alumnos miran el diagrama que sostiene otro científico invitado, René Descartes, alguna vez versado en el cuerpo y la caducidad del alma. La mano expuesta e invertida fue un error deliberado del pintor – se aduce – para revelar la naturaleza malsana de la víctima durante tal ejercicio patológico. Supo entonces que era imposible volver. Que aquellas oportunidades – en un bosque, frente a las puertas de un quirófano – eran ya territorios olvidados. Ambos torcieron el rumbo, quizá fruto de un magnetismo recíproco, que los mantuvo atraídos pero distantes. De nada sirve amar cuando hay tempestades que ahogan los sueños y náufragos que deliran en la soledad de la noche.

Han transcurrido pocas décadas. A diferencia de mi padre, yo decidí quedarme en la ciudad que me vio nacer. Son épocas difíciles, la práctica ha cambiado y los enfermos escasean. Las exigencias de la vida adulta me pusieron en el derrotero del consultorio, la atención hospitalaria y, a pesar de los atolladeros citadinos, sigo haciendo visitas a domicilio para mis entrañables pacientes. Trato de diversificar mis recursos. Compré una pastelería –  incipiente negocio familiar – y ahorro como contraparte de la inflación que no cesa. Acumulo historias y entre ellas, algunas que atañen al duelo.

Cuando Eva vino a consulta aquella tarde, le pregunté por su madre.

  • Está bien – me dijo complacida – aún escribe sonetos y se refugia en los libros. Es independiente, siempre lo fue y supongo que lo será hasta su muerte.

Sonreí y proseguí con el interrogatorio, fingiendo discreción.

  • Tengo anotado que estás tomando cien microgramos, además de los fármacos para el colesterol y tu reemplazo hormonal. ¿Tienes alguna molestia nueva?
  • No, todo bien. ¿Y tu padre? – inquirió, envite que no esperaba.
  • Hmmm – murmuré pensativo – creo que murió feliz, a pesar de su deterioro físico. Le gustaba el beisbol y un día, sin más preámbulos, notó ciertas contracciones en una pierna. A poco de ese síntoma inquietante, apareció la debilidad en los brazos y, para ahorrarte su lenta progresión, empezó a tragar con dificultad y la voz se le fue agrietando…

Me mira con ojos bien abiertos, apenada.

  • No sabía – musita – ¡qué pena que sufriera tan terrible enfermedad!
  • Perdona, Eva, me dejé llevar por el recuerdo. Es un devastador trastorno neurológico; le llaman la enfermedad de Lou Gehrig, en honor a un gran beisbolista que la padeció.
  • Pero tu padre ¿volvió a México? – me pregunta en un tono que me remite a las descripciones relativas a su madre.
  • A la sombra de su nostalgia. Un diletante en busca de sí mismo.

Ambos callamos; nos une una fraternidad curiosa, que es preferible no ahondar. Reviso su tiroides, me detengo en las molestias respiratorias que la aquejan y le advierto de algunos nevos que tendrá que vigilar para evitar riesgos. Tras escribir la receta y señalar los exámenes de seguimiento, me incorporo.

  • Te veo en dos meses, querida. Saluda a tu mamá con mucho cariño. Evítale detalles, si es posible.

Al verla partir, me pregunto si se encontraron antes de que él muriera. Si la quiso tanto como me confesó cuando estuve a punto de divorciarme y rastreé su consejo.

  • En la vida lo valioso está en sumar, hijo mío – me espetó.
  • ¿La extrañas? – pregunté al garete.

De forma súbita, el rostro de mi viejo se desencajó y los ojos pétreos se empañaron.

  • Sin ella nunca hubo tierra…ni fronteras – alcanzó a decir, sotto voce, antes de alejarse. Me prodigó un abrazo, que en cierto modo conservo como testimonio de que el afecto fue un enigma que trató de descifrar inútilmente.

Supongo que lamentaba que aquella delicada mujer que le enseñó a salir de sí mismo, a invalidar sus desventuras, no pasara el resto de sus días leyendo a W.G. Sebald frente a él. En especial “Los anillos de Saturno”, que fueron de algún modo la metáfora de los satélites fragmentados que gravitaron en su entorno.

Lecturas recomendadas.

Nina Siegal. The anatomy lesson: a novel. Anchor Books, New York 2014.

Brown RH & Al-Chaladi A. Amyotrophic lateral sclerosis. N Eng J Med 2017; 377: 162 – 172.

Winfried Georg Maximilian Sebald. The rings of Saturn. New directions, New York 2016.

También sugiero esta interesante lectura acerca de la vida y muerte de W.G. Sebald: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/el-caso-sebald (publicado por Rodrigo Fresán el 31 de Julio de 2003)

 

 

Dolor de hogar

Dolor de hogar

Se sentaron frente a frente, separados por una mesa de metal, dos botellas de cerveza y un cacharro con sal de mar y limones rebanados. Había llovido y las olas acarreaban rastrojos y espuma pestilente. La playa estaba saturada de basura. El más viejo hizo caso omiso del mesero que los rondaba y espetó:
– Hemos dilapidado los recursos de  nuestro país hasta la ignominia, Mauro. Robando, alentando la improductividad y la miseria. No queda nada, este océano sucio es nuestro testigo y acusador.
Su interlocutor ordenó otra ronda y dos órdenes de ceviche, para que el muchacho les permitiera dialogar sin apurarlos.
– Desde la posguerra, sólo hemos visto inversiones fantasmas. Los chacales no han soltado presa mientras el pueblo hace por vivir con recursos cada vez más exiguos y más caros. A nadie han beneficiado las devaluaciones, a nadie más que a especuladores y agiotistas.
Sobre la arena húmeda, una grulla picotea cangrejos entre los escombros; salva ramas y raíces, envases de plástico y juguetes rotos para atinar a su presa. Resulta una analogía siniestra de lo que hacemos los habitantes del tercer milenio para subsistir en condiciones cada vez más precarias.
Absorta en su tristeza, Alicia la espanta al acercarse. Es su primer viaje desde el divorcio y observa como el pájaro se aleja, remedo de sus sueños. Bajo el sombrero de yute, solloza. Por sus mejillas corre el rimmel que delineó anoche en el hotel, para deslizarse al bar con fingido aplomo, estrenando su soltería. Sin embargo, a poco se sintió extraña y avergonzada. Ante la primera insinuación, abandonó el martini a medias, deslizó un billete bajo el platito de pretzels y se retiró a dormir. Daniel dejó de quererla – así lo planteó, a quemarropa – y ella no se esperó para descubrir el adulterio. Acaso él, en su estupidez y narcisismo, pensó que le imploraría, que buscaría un acuerdo. Contenida, sencillamente abrió el armario de trebejos, sacó la primera maleta que encontró a mano y se la arrojó a los pies.
– Tienes dos horas. Nos vemos en el juzgado cuando te hayas repuesto -. Acto seguido, azotó la puerta tras de sí y se aseguró de cambiar las cuentas del banco, contratar a un cerrajero y localizar a su abogado. Sola ante el oleaje rememora, calma su aflicción, pero ante todo se reconoce más ligera, como si hubiese arrojado un fardo remoto al precipicio.
Tras comunicarle a la Sra. O’Brien (- ¡Dumitrescu! – recalca la clienta, con vehemencia), Sofía se disculpa, deja la llamada en línea y voltea a confirmar que el abogado, en la reclusión de su oficina de cristal, procure el habitual gesto de confirmación. Como es su costumbre, el jefe se reclina en el sillón giratorio y se vuelve hacia el ventanal, para evadirse con la vista de los rascacielos desde el piso veintinueve mientras contesta el teléfono. Ahora que está distraído, su joven asistente aprovecha para llamar a la residencia de ancianos y preguntar si su padre comió lo suficiente. Hace varias semanas que no lo visita. Cada encuentro resulta más penoso. Ha perdido todo rastro de conciencia, desconoce a sus cuidadores y sonríe apenas, sumergido en un letargo incoherente, cuando Sofía le acaricia los brazos o las manos. El único consuelo es que su madre no lo vio en esta condición deplorable y vacía. Difícil aceptarlo, pero a veces una muerte prematura – sin tanta agonía – es una bendición.
Se percata entonces de que le cuesta cada vez más recordarla en detalle. No en función del tiempo, sino del duelo; aunque es cierto que el cáncer de mama la consumió cuando ella habia cumplido sólo doce años, floreciendo aterrada a su sexualidad.
– ¿De que sirven los pechos, mamá? – quiso preguntarle tantas veces.
Noche a noche recurre a su retrato, hojea el album de fotos; ella no la olvidará, será la memoria de su padre y el legado afectivo que quiso ofrendarle.
Inmersa en sus cavilaciones, voltea hacia el elevador que se abre momentáneamente. Un hombre elegante, de barba gris y ojos pétreos, la observa desde el fondo. Nunca lo ha visto antes, pero se siente avasallada por esa mirada incisiva y percibe un escalofrío al tiempo que se cierra el ascensor y vuelve al teclado, inquieta por el efímero desencuentro.
– Tráeme el auto – ordena Sigfrid Offenheimer en tono de autoridad, no bien surge de la puerta giratoria. Su altivez no admite duda; cabello y barba cuidadosamente afeitados, corbata y camisa impecables. No sólo es su corpulencia lo que se impone, sino el gesto hosco, impenetrable.
El chico de color, ataviado con chistera y levita rojas, sonríe con timidez. Sin mediar pregunta, corre a buscar la llave automática y desaparece tras el muro hacia la rampa del estacionamiento. Sopla una ventisca fría y el hombre se ajusta la gabardina y enfunda los guantes de cuero. Gruñe para sí. El invierno se avecina y no ha resuelto el negocio que le arrebata el sueño. La mafia del otro lado del río lo ha perseguido por meses, saboteando sus inversiones, exigiéndole la rendición de cuentas. Esta tarde está decidido. Bajo contrato anónimo, dos esbirros visitarán el fin de semana al capo Angelo Ruggiero. Nadie resultará malherido, una simple advertencia y un nuevo acuerdo, más paritario, más cómodo para sus socios y – ¿porqué no? – también para sus acreedores. En su natal Dresden todo se habría arreglado con un apretón de manos y un depósito jugoso en Luxemburgo.
Si se oponen – piensa… Pero en ese instante una explosión brutal que sacude el sótano contiguo interrumpe sus ideas. La tierra tiembla y caen vidrios en pedazos por ambos costados. Estupor y humo negro emergen por todas partes. Dos mujeres caen de un tropiezo frente a él, impelidas por el estruendo; con gestos de terror, lo miran suplicantes. Los autos se detienen de un golpe y varios vehículos chocan en secuencia, agregando al desconcierto; hay gritos de pánico desde los edificios cercanos. Apenas empieza a disiparse la humareda cuando se percata de que el estallido proviene del parking donde guarda su coche, que es hacia donde ahora se dirigen los vigilantes y un policía con el arma en ristre a toda prisa.
– ¡Cuidado! ¡Atrás, atrás! – grita casi sin aliento el agente Wójzcik. – No sabemos si es un acto terrorista. Avisen de inmediato a seguridad y al FBI.
De momento no atina a saber si es una fortuna o una maldición que estuviese ordenando un café en Starbucks cuando lo sorprendió el impacto. Entre la nube gris y el olor a Semtex se aproxima hacia el nivel dos, donde aún se observan llamas entre los autos aparcados. El riesgo de una explosión en cadena debe contenerse. Su viejo, veterano de Vietnam (Twenty-four Marine Corps, First batallion, Bravo company), le contó – antes de quedar afásico y a su cuidado – que uno tiene que arrastrarse en salvas bajo el humo, con los sentidos aguzados para anticipar la metralla o un segundo ataque. Así lo hace, sin reparar en el aceite que mancha su uniforme. Un BMW 740i negro exhala fuego por el capote y la ventana del conductor, donde se aprecia una figura carbonizada. Guarda su arma con agilidad y genera una llamada mediante su radio de solapa dando a conocer la situación, mientras busca un extinguidor en los accesos más próximos. Con la culata de su .38 rompe el cristal y extrae el primero que encuentra. Como puede, aturdido por las alarmas de muchos autos que repican a su alrededor, baña de espuma el vehículo en llamas desde distintos ángulos para mitigar el desastre. A través de los trozos de vidrio ahumados de la portezuela distingue a Omotunde, el valet del edificio Reuters, tragado por el fuego. Una vez que ha contenido el peligro, deja caer el extintor, abatido. Mientras registra la escena del crimen, medita amargamente cómo anunciar esta tragedia a la madre del chico, a quien conoce por sus rondas y porque le ha traído el almuerzo desde East Harlem cada mañana. Es una nigeriana rolliza, de buen talante, que se expresa con dificultad y que remeda a un viejo afiche de Aunt Jemima. – Nunca superará esta pérdida – piensa, abriéndose paso entre los curiosos que se agolpan al pie de la rampa.
– No te angusties, Dilma – insiste el policía por el teléfono móvil, alzando la voz por encima de las sirenas de bomberos y ambulancias. – Ya pasó el peligro. Por favor baña a mi padre; llegaré tarde esta noche. Sabes como es esto, tengo que escribir mi reporte y acompañar al equipo forense -.
La mujer, embarazada y rubicunda, de facciones indígenas que le confieren un dejo de niña, repone el auricular de pared en su base y acude a consolar a su bebé, que despertó gimiendo con el timbre del teléfono. Cuando por fin consigue arrullarlo, toma su celular y envía un mensaje de WhatsApp a su hermano Osvaldo, que atiende un bar en la playa de Newport Green. La invade el miedo y no quiere quedarse sola hasta que llegue su esposo.
– Haré lo posible – replica en una llamada furtiva el mesero, cuidando de mantener la voz baja para no perturbar a sus comensales. – Tengo dos clientes que no paran de discutir política y ordenan una cerveza tras otra. Ya luego los apuro. Te mando un mensaje cuando salga pa’l barrio -.
Afuera empieza a caer la tarde con destellos pardos y nubarrones que auguran tormenta. Osvaldo se aproxima solícito a la mesa para ofrecer algo más de beber y anunciar que cerrarán temprano dado el pronóstico del tiempo. Cuando se dispone a bajar las persianas, advierte a la distancia a una mujer que acomete la brisa helada con donaire. Parece que tirita, sola y de cara al mar, envuelta en una contagiosa nube de nostalgia.

Al este del paraíso

Al este del paraíso

La mañana empezó con la acritud del aire, penetrante y espeso. Ese calor irrespirable de todos los días, y el ruido bestial de la motocicleta de Eulalio, saliendo rumbo a la playa. Se levantó mareado y escupió por la rendija, no sin antes azuzar al perro con el pie descalzo, que emitió un chillido de disgusto. La casa de tabicón y techo de lámina, igual que los goznes maltrechos de herrumbre, estaba en silencio. Entre los trapos y persianas de carrizo que cubrían la ventanas se insinuaba una brisa sucia. Su mujer se habría marchado al alba, para barrer la casa de los ricos; “pulir el Diamante”, solía decir. Una mueca de desdén siguió a tal pensamiento. No la vería hasta bien entrada la noche, exhausta y sin ganas de fornicar.
Se echó como pudo un cambio de ropa encima y salió a arengar a sus subalternos, que fumaban en semicírculo al pie de una carcasa abandonada.
– ¿Dónde está la mercancía, gatos? – gritó de golpe, para sorprenderlos.
Los tres chicos, morenos y con el pelo revuelto, saltaron un paso atrás, casi una reverencia. Cacho, un mulato delgado de facciones hoscas, sin camisa y con un bañador roído, atinó a responder: – Conseguimos sólo cuatro kilos, jefe, la sierra está inundada de malandros.
– Les pago para traerme lo mejor. ¿Qué coño necesito? ¿Me los quiebro o los cambio por sus viejas?
La pregunta retórica se quedó flotando en la ventisca, densa como todas sus constantes amenazas. Se miraron en connivencia; algún día este animal sería reemplazado y su cuerpo flotaría en la laguna; un vago recuerdo, igual que los otros.
Negro, el mayor y – en todos sentidos – más oscuro que sus contertulios, empujó a Manuel con tanta fuerza que cayó con una rodilla al suelo, bufando.
– ¡Saca la planta! – ordenó.
Molesto, el chico se levantó para enfrentarlo, sólo para recibir una bofetada de vuelta. Se tapó la boca para limpiar el hilo de sangre y se encaminó, trastabillando, detrás de un paredón derruido.
– ¡Ya, niños! – intercedió Chilapa, el jefe, a quien sólo conocían por su lugar de origen.
Entre las callejas de ciudad Renacimiento, el Negro había ganado a pulso su reputación de sicario. Varias muertes con arma blanca, en el anonimato de las madrugadas, se le atribuían sin prueba alguna. Pocos sabían donde pasaba la noche, menos aún donde merodeaba de día. Además, cuidaba con recelo sus lealtades, que eran ante todo efímeras y utilitarias. Chilapa lo había reclutado con cautela; mejor tenerlo cerca que recibir su visita inesperada. Conocía la ambición, el desacato ante cualquier orden o jerarquía, y sobre todo, ese carácter taimado, siempre al acecho; la ruindad tras el brillo ocre de sus ojos, indescifrable.
Separaron la hierba en manojos y, con refinada destreza, los jóvenes liaron varios cigarrillos para su venta entre los turistas. El jefe iría por su cuenta a los condominios de lujo, donde sus clientes adinerados lo conocían como Román, mesero y chofer de taxi. La venta por gramos pagaba las remesas y el sueldo de sus esbirros, pero resultaba insuficiente. Desde semanas atrás urdía un ascenso en su esfera de influencia: – No alcanza para vivir – se dijo entre dientes – y menos ahora que la Soco está esperando. Toca anular a los Moscos.
Se refería a una banda de añejos matones que gobernaban los andadores del norte, al borde de la carretera. Su cuñado, Eulalio, se había infiltrado entre sus cuadros medios. Al correr del tiempo había ganado respeto por su eficiencia para vender y eliminar zopilotes, como denominaban a sus rivales.
– Ahora viene nuestro turno – pensó Chilapa. – Con la muerte del viejo Tarasco (bendita cirrosis) están descabezados y temerosos.
A sus veintidós años, le correspondía ocupar el mando. Los hermanos de Socorro sabrían esperar y a su lado, dar el golpe de gracia. Se enfundó en la camisa blanca, desempolvó el pantalón de tergal negro y limpió el lodo de los mocasines que lo identificaban ante cualquier asalto.
Humberto lo esperaba bajo la sombra en un andador aledaño, el Tsuru recién lavado. Eran amigos desde que llegó a la costa; su cara rolliza y el abdomen blando le revelaron que había bebido toda la noche.
– Difícil confiar en este carajo – pensó. – No para de chupar. Pero sabe guardar secretos y aunque ande crudo, nunca me falla.

Está a unos pasos de acceder al auto, cuando lo acosa una voz chillona: – ¡Señor Chilapa, señor Chilapa! Por instinto, el hombre se lleva la mano a la espalda, para empuñar el arma que carga bajo el cinturón. Apenas girarse, desiste. Es un niño en bicicleta, precedido del rechinar de ruedas y pedales oxidados. Explica con aliento entrecortado que su madre está a punto de parir y necesita dinero. Obsequioso, el capo extrae una billetera “de marca” y extiende varios billetes de quinientos. El niño, un tanto aturdido por el gesto, lo abraza reclinando la cabeza en su abdomen y se despide entre sollozos. Las veredas están secas y huelen a letrina, un hedor penetrante de orina y despojos que lo envuelve todo. El taxista arranca el coche y desfila a baja velocidad entre las casuchas; vigila, escudriña y exhibe el dominio que prohija con su acompañante. Transformado en su alias, el pasajero fuma con la ventanilla abierta, fingiendo desinterés hacia las miradas de los transeúntes. Puede sentir el temor que exuda, ese asombro que ha trascendido de sobra el respeto de antaño, cuando servía en lugar de mandar. Es quien mantiene seguras las calles, segrega a los chulos y proxenetas (aquí no se vende carne – les ha advertido), previene los atracos a domicilio y distribuye las ganancias con justicia selectiva. No hay autoridad como la suya, que atañe a todos los vecinos, que penetra todos los rincones y que mantiene al margen – y bien correspondido – a cualquier policía. Baches y piedras rasantes, polvo por doquier, la irregularidad del camino; autos desvencijados en cualquier sentido, perros sin dueño y a la deriva, el paso de bicicletas y de mujeres obesas que cargan cubetas o vuelven del mercado, obligan a trazar una ruta sinuosa. El jefe no tiene prisa, éste es su territorio y disfruta el recorrido. Varios minutos después, alcanzan el eje central. Humberto pisa el acelerador y enciende el aire acondicionado. Mira de reojo a su amigo encumbrado, quien marca una y otra vez el teléfono móvil para prorrumpir órdenes perentorias.
Los jardines de la zona de condominios y departamentos aparecen impolutos, recién podados. Hay palmeras a ambos lados del asfalto, jazmines, bugambilias y azaleas que brillan o contrastan con la luz tangencial y las paredes recién bruñidas. Los rehiletes bañan con su rocío a las sirvientas y guardaespaldas que se cortejan en las aceras. Una joven trigueña en leggins y tankini trota ante las miradas lascivas de los jardineros, absorta con sus audífonos blancos, inmune al ronroneo fugaz de los BMW o Acura y a las conversaciones a su paso.
Román desciende del taxi y saluda al guardia con familiaridad. Carga una mochila con un cambio de ropa y dos kilos de mariguana separada en atadijos de 100 gramos (- que son  menos de sesenta después de “deshuesarlos” – alardea en tono burlón ante sus secuaces). Su sonrisa es flamante y reviste un aspecto seductor e inofensivo. Ingresa por la reja de peatones y deja su identificación – falsa por supuesto – en manos de Crisanto, oriundo de Iguala, que lo saluda con afecto e intercambia bromas acerca de las chicas de servicio, que justo entonces pasan a su lado.
El mesero se dirige al penthouse de la Torre Siete, donde servirá el brunch para un empresario del DF, adicto a la cocaína, que ha sido su cliente los últimos tres veranos. Ambos buscarán el momento de intercambiar el paquete; quizá en la sobremesa, cuando su esposa, una mujer altiva de mejillas asalmonadas, que jamás le ha dirigido la palabra, atienda a sus invitados con champaña y Pinot Gris. Al verla, Chilapa recuerda la curvatura de sus senos de plástico cuando supervisó la cena durante la Navidad pasada y su perfume, tan estridente como su voz. Revive en un momento la insignificante propina que ha recibido y el odio que le guarda a esta mujer con su petulancia y su frivolidad. Disipa la inquina para ofrecer el postre mientras su mente viaja hasta el condominio Maralago, donde Socorro tiende camas y hace la limpieza sin reparar en su embarazo, empleada de varios años por una miseria. Un día de estos le dará una casa en el centro, la llevará a comer pescado a la talla en Barra Vieja y, con su poder incontestable, le besarán los pies; incluso estos fantoches que se creen dueños del mundo.

De ciertas partituras perdidas

De ciertas partituras perdidas

El famoso cellista Stephen Isserlis se preguntaba hace unos años qué tenía Mozart en contra del violonchelo. Escribió veintisiete conciertos e innumerables sonatas para piano y violín, cinco conciertos para violín solo, así como tantos otros para flauta, clarinete, corno y fagot. Ni una sola nota para violonchelo solo; excepto treinta y seis barras para un concierto inconcluso y otras treinta y tres de un andantino para cello y piano.

Entre sus contemporáneos, Franz Joseph Haydn dejó cuatro egregios conciertos (dos de ellos perdidos en el tiempo) para este instrumento, que se veneraba desde entonces por su afinidad con la voz humana y su taciturno temple. Más aún, su padre Leopold había dejado para la escena un divertimento para dos cellos y bajo continuo. Acaso esa mirada reprobatoria que Mozart resintió hasta su muerte lo hizo distanciarse inconscientemente del malogrado instrumento.

No obstante, su relación con el cello tuvo un giro peculiar. Amadeus cultivó en Bolonia la amistad de Josef Mysliveček, compositor de varias piezas célebres para cuerdas y orquesta. Este personaje, bastante descuidado por los cronistas del barroco, influyó creativamente en el joven de Salzburgo con quien mantuvo una relación tan personal que se refleja en que Mozart lo visitó durante su hospitalización en Venecia, cuando perdió la nariz por una gumma sifilítica.

Mysliveček pasó la mayor parte de su niñez en la calle Melantrichova, a escasa distancia del famoso puente de Carlos. Estudió filosofía y se graduó como maestro molinero a instancias de su padre, que distribuía harina de trigo y centeno en Praga. Pero su ambición fue siempre la música. Para ello se trasladó a Venecia, donde sus encantos y pasiones le ganaron el apodo de “El divino bohemio” o el “Venatorini” (pequeño cazador), traducción literal de su apellido. Nunca se casó y de sus numerosos amoríos se sabe poco, salvo la propensión a dilapidar su herencia y sus ganancias como intérprete o cortesano hasta perder por completo el respeto de la aristocracia italiana.

Conoció a Mozart en 1770, cuando el prodigioso adolescente contaba catorce años y ya era un músico aclamado en Europa sudoriental. Mozart le tomó especial aprecio, si bien su padre desconfiaba de las correrías del disoluto checo. Tomó diversos motivos de sus arias y sonatas para decorar su propias creaciones, e incluso le compuso un arreglo para su ópera “Armida”, estrenada en 1780. Se refirió varias veces al músico checo como dotado de un carácter lleno de espíritu y vitalidad.

Ninguna persona fuera de su familia le deparó tanto afecto, como se describe en su carta del otoño de 1777, donde se duele de la quemadura que le infringió un cirujano incompetente y que le hizo perder la nariz. Mysliveček se disculpó públicamente aludiendo a un cáncer óseo que le habría ocasionado un accidente de coche meses atrás, pero su fama lo precedía. Como muestra, les incluyo enseguida un fragmento de la carta del joven Mozart a su padre, cuya elocuencia es admirable:

“Munich, Oct. 11, 1777.

¿Porqué no te había escrito nada acerca de Misliweczeck? Porque estaba demasiado absorto en no pensar en él; porque cuando se habla de él escucho cómo me alaba y qué clase de amigo fiel es para mí. Pero a ello sigue la lástima y el lamento. Me describieron qué le pasó, y me afectó profundamente. ¿Cómo podría soportar que Misliweczeck, mi íntimo amigo, estuviese en la misma ciudad; no, en el mismo rincón del mundo, y no lo haya visto ni hablado con él? ¡Imposible! Así que decidí visitarlo. El día previo, me comuniqué con el gerente del Hospital Ducal para que se me permitiera verlo en jardín, que me pareció lo ideal, dado que los doctores me aseguraron que ya no había riesgo de infección. […] A la mañana siguiente, fui con Herr von Hamm, el secretario de la Corona y mamá al Hospital Ducal. Mamá pasó a la capilla, y nosotros al jardín. Misliweczek no estaba ahí, así que le mandé un mensaje. Lo vi venir hacia nosotros, y lo reconocí de inmediato por su forma de caminar. […] Cuando llegó hasta mí, estrechamos la manos cordialmente. “Ya ves”, me dijo, “qué desafortunado soy”. Estas palabras y su apariencia, de la que me habías advertido, me alcanzaron tanto el ánimo que sólo puede decirle, con lágrimas en los ojos, “Me apena desde el corazón, querido amigo”.

Acorde con la gran sensibilidad del joven compositor, uno puede adivinar la fidelidad que los unía. Mozart no denunció la enfermedad venérea que afligía a su amigo, pese a los reproches de su padre, y sólo se alejó definitivamente de él cuando, un año después, tras prometerles una presentación de su ópera Thamos, Rey de Egipto (K. 345) en el Teatro San Carlo de Nápoles, los defraudó miserablemente.

Su arrogancia e indisciplina fueron sus verdugos, cierto, pero Josef Mysliveček fue uno de los más prolíficos compositores de sinfonías del siglo XVIII. Su música evoca un estilo diatónico, colmado de donaire, típico del clasicismo italiano. Acaso la inventiva melódica de sus composiciones se halla impregnada tanto de su veleidad como de su seductora personalidad. El concierto para cello y orquesta que les incluyo a continuación, es testimonio de esa gracia, que en su momento compartió – imagen especular – y cautivó al precoz Amadeus, enfrentado a la suspicacia de su ceñudo padre.

https://www.youtube.com/watch?v=tC2vlEeQep4

PS. Otra partitura recuperada hace apenas tres meses, es el concierto para cello de Mario Castelnuovo-Tedesco, que fue estrenado por la Filarmónica de Nueva York en 1935 pero que no se había vuelto a interpretar hasta esta reciente primavera. En el periodo de entreguerras, el compositor florentino gozaba de una gran reputación en Europa y había recibido encargos para sendos conciertos por Andrés Segovia y Jascha Heifetz. Huyó del fascismo de Mussolini en 1935 y se asentó en Hollywood, donde se ganaba la vida componiendo música para películas, a excepción de ese concierto para cello dedicado a Gregor Piatigorsky, que estrenó bajo la dirección de Arturo Toscanini. La obra, de tres movimientos, está formateada como una cadenza. Abre con el solista aislado, a quien responde la orquesta, imitando ciertas frases y temas principales. A ello sigue todo el virtuosismo acrobático posible: largos arpegios y escalas floridas, mezclados con melodías cortas y dobles pausas. Recuerda a la Sinfonía española en Re menor de Lalo, aunque aquí el trabajo del solista es de mucha dificultad en diálogo fluido con la orquesta. La pueden escuchar en este vínculo con la Orquesta Sinfónica de Houston e interpretada por su re-descubridor, el cellista Brinton Averil Smith.

https://www.youtube.com/watch?v=x3mDG258-c8 

Esta patria no es la mía

Esta patria no es la mía

Un oficial nazi pregunta a un parisino:
– Monsieur, ¿dónde está la Place de l’Etoile?
El joven no contesta, sólo se lleva la mano
al pecho, encima del corazón.
(Relato judío)

Rara vez me acerco al templo, no por falta de curiosidad o de costumbre; temo que me descubran y encuentren razones para incriminarme. Lyon es una ciudad inhóspita. Las calles, que solíamos recorrer con desenfado cada domingo, se han estrechado con patrullas militares y hombres de acento áspero que visten largos gabanes de cuero. Cada atajo puede terminar en la guarida de un colaborador. Nada es seguro. El día se ha oscurecido, penetrado por intolerancias y odios que creíamos superados.
Esta mañana, mi vecino Samuel señaló que mi manera de caminar me delata, que algo en mi compostura cuando atisbo a los policías me hace parecer sospechoso. Siempre ha sido un patán ordinario, que se ampara en la riqueza de sus abuelos. Lo dice para proteger a su familia, no porque tema por mi suerte. Pero en algo tiene razón. Las paredes hablan, los viejos murmuran. Cada día se oyen versiones de ciudadanos deportados a Polonia, donde los suben en vagones infestados de plagas y acribillan a quienes no son aptos para la economía de guerra.
– Enderézate – me increpó al salir del edificio – tienes que adoptar la actitud de cualquier goy, desinteresado y aquiescente.
Tal distinción me parecía execrable en el Liceo, porque aprendimos a considerarnos alumnos sin privilegios, destinados a ocupar los puestos de gobierno o a dirigir las empresas que se expandían por el mundo y sentaban colonias en el norte de África o las costas de las Américas. Ahora la suspicacia surge de nuevo, no como una provocación, sino como un aviso para pasar desapercibidos, para eludir la muerte.

Vivimos en un tiempo prestado, como afirma el rabino con pesadumbre. En casa lo hablamos poco, aunque de noche suelo imaginar que rescato a mi padre del Stalag IX-B y nos ocultamos en el bosque, cerca de Hesse. Para sentirme más cerca, hojeo también nuestro viejo libro de Historia. Encontré la página donde se describe que ese gran ducado que fundó Napoleón dejó de ser territorio francés en 1871, cuando perdimos la guerra. Y ahora hemos abdicado de la patria.

El peso del vasallaje es bastante tedioso. Nuestras voces y la luz deben ser tenues, solía pregonar papá. No recibíamos cartas, aunque mamá confiaba en que él sabría cuidarse y ocultar su identidad para confundirse con los demás prisioneros de guerra. – Pero el invierno en esa región es terrible, Maman – le externé, sujetando el té con las manos como si padeciera un escalofrío. Ella me miró con ojos húmedos y trató de consolarme con recuerdos amenos de la fête des jonquilles en Gérardmer antes de la invasión.
Hace unos días vimos como desalojaban a una familia del 3e. arrondissement para cederle el departamento a un dirigente de la Gestapo que exigía una vista del Rhône desde la rue Claude Bernard. Fue muy lamentable. La dueña trataba de cargar su vajilla de porcelana a duras penas y dejó caer un huevo de Fabergé que se rompió en mil pedazos. Mi hermana se inclinó a recogerlo y le extendió algunos fragmentos a la mujer, que lloraba enmudecida. En cuclillas sobre el asfalto, ambas oteaban a los soldados en actitud de súplica. Ellos, con sus impecables uniformes grises y su gesto autoritario, permanecieron impávidos, fumando y sonriendo bajo el calor de Julio.
Debo haber mostrado mi rabia; un apretón de puños o un ademán contenido, porque uno de ellos levantó su metralleta en tono amenazante. Mi compungida Sara y yo nos alejamos, temerosos de sufrir alguna represalia, avergonzados de tantos peatones que pasaban y desviaban la mirada mientras esa familia sufría tal ultraje.
Este es el clima de nuestro tiempo. Nos acomodamos indiferentes al orden que han impuesto los conquistadores. La gente acude a misa en turnos, compra el pan de cada día, intenta pasear con soltura, habla poco y susurra mucho. Saludamos con deferencia a la nueva guardia pretoriana, que devuelve un movimiento de cabeza o, cuando se trata de una doncella, levanta con dos dedos su kepi y guiña un ojo con lascivia.
Madame Litwak, que atiende la patisserie de la rue Dedieu, insiste que algunas de mis compañeras, las más osadas, se han vuelto cortesanas de los ocupadores. El martes pasado, cuando fui por croissants, manoteaba desde el mostrador, dirigiéndose a la vieja Urowitz.

– Están pudriendo nuestra cultura kosher, Miriam. No sólo es traición, es un pecado ignominioso.

No entendí el término, pero me dio una razón más para aborrecer a estos usurpadores que se dicen puros. Lo peor es el toque de queda, porque nos ha arrebatado el placer de festejar el verano. Apenas anochece, cierran los bares que solíamos frecuentar cuando simulábamos la mayoría de edad (ja! los dueños sabían que mentíamos, pero igual nos despachaban licor barato). Fumar está prohibido después de las veinte horas y cualquier francotirador se sabe autorizado para volarle los sesos a quien se atreva a encender un pitillo. Escondemos los aparatos de radio y, pese a que no alcanzan a sintonizar la BBC, preferimos tenerlos a buen volumen en la radio oficial, para evitar delaciones de algún vecino necesitado. Pienso – como Thérèse, la hija del conserje – que esto es lo que designan como “état de siège“, que inferíamos por las aventuras de los comuneros de París, producto de nuestras lecturas vedadas; aquellas que solíamos intercambiar a hurtadillas de pequeños.

Leer se ha vuelto algo incierto; lo sabemos. Con Raphaël y Antoine nos identificamos una y otra vez en nombre del Mersault de L’étranger, que hemos leído en secuencia desde Febrero, cuando nos hicimos con un ejemplar. Medrosos y desconfiados, así transcurren nuestras jornadas, bajo la umbría de un extraño desamparo. Escogemos con cuidado las horas vespertinas para jugar pelota con los chicos del Croix-Rousse, cuando los flics duermen la siesta y no buscan pretextos para intimidarnos.

Mamá nos pidió que seamos cautelosos. Le repetí con agravio que lo somos, no sé porqué insistía tanto. Evitamos a los soldados, nos cambiamos de acera o sencillamente, buscamos refugio en alguna tienda cuando pasan. Quizá lo dijo porque ella misma estaba muy esquiva, como si se hubiese transformado de la mujer hacendosa que escribía después de ordenar la casa a esa nueva personalidad, que se desvelaba hasta la madrugada y tenía reuniones con gente desconocida.

Semanas atrás hizo algo muy raro. De buenas a primeras se ofreció a pasear al bebé de Vera Aronovich. Sí, la dependienta de la mercería que está cerca de la Place Ollier. Sara y yo la acompañamos. Nos condujo por un recorrido demasiado largo, siempre empujando la carriola y cuidando el sueño de la criatura; acabamos hartos y aburridos. Pero ella, con inusitado sigilo, iba dejando unos paquetes que escondía bajo el toldo en diferentes comercios, la mayoría propiedad de goyim. Cuando preguntamos qué era eso, nos callaba con deferencia pero enérgica, arguyendo que ya nos lo explicaría en casa.

La explicación nunca llegó. Tan pronto empezaron las lluvias, aquella aciaga tarde de Septiembre, mamá no volvió más. Habíamos preparado una ensalada y arenques para organizar el venidero Rosh Hashana, nuestro año de 5704. A ella le gustaba señalar esas fechas inefables con anticipación. Sara decoró las ventanas con algunas menorahs que recortó de revistas y viejos panfletos; quería hacer un juego de adivinanzas. Cuando dieron las once, llamé a mi tío. Su esposa sollozaba sin consuelo en el teléfono; unos milicianos lo llevaron preso a golpes la noche previa. Le advirtieron que si se presentaba a la gendarmería, no podían garantizar su vida. Mis primos estaban ya en camino de Nimes, tratando de huir del terror.

Los días siguientes han sido funestos, aunque trato de disipar la angustia con mi dedicación. Mientras Sara se queda con la Sra. Urowitz cerca de la estación de trenes, yo recorro incansablemente las casas de amigos y conocidos, las postes de police y algunas iglesias para indagar su paradero. Casi no comemos y me resulta imposible conciliar el sueño. Trazo rutas en la ciudad vieja, sigo hasta donde recuerdo sus pasos por aquella enigmática caminata que parece ser el origen de toda esta calamidad. Pero es inútil. Las madrugadas me llenan de miedo, un espectro ha ensombrecido nuestras precoces existencias.

Además, las redadas se han acentuado. Los vecinos afirman que el mismo Klaus Barbie está cerrando el círculo. No sé que quieren decir con eso. Pero esta noche, más que otras, escucho ruidos amenazantes por cualquier rendija.

Ya están aquí. De varios culatazos han vencido el portón y despertado a todo el edificio. Aterrada, mi hermana se sumerge en mis brazos. Oímos sus botas subir los peldaños, golpes ominosos, gritando como salvajes: Juden, juden, aufwachen! Schnell!*

Conteniendo las lágrimas, Sara me susurra al oído: – Irene y las otras niñas dicen que allá donde nos llevan hace mucho frío, hermano, ¿qué zapatos me pongo?

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* ¡Judíos, judíos, levántense, rápido!

PS. Hace 75 años, el 16 y 17 de julio de 1942, trece mil ciento cincuenta y dos judíos, todos ellos ciudadanos franceses, fueron arrestados en París por la policía local y encerrados en el Velodrome d’Hiver en Drancy. La tercera parte eran niños. Ningún soldado nazi participó en la redada. Bajo las órdenes de su gobierno colaboracionista y la indiferencia de sus conciudadanos, fueron deportados al campo de exterminio de Auschwitz. Menos de cien de esas víctimas del oprobio sobrevivieron. La herida sigue abierta en el corazón de Francia.

¿Porqué los hombres matan a las mujeres?

¿Porqué los hombres matan a las mujeres?

Este último domingo, un diario español publicó un artículo con el título que aquí reproduzco (1). La reportera alude a la violencia de género que, acertadamente, desmitifica. Pero toca el meollo del enigma al señalar que en 45% de los feminicidios no privan los antecedentes violentos. En España suman en promedio sesenta muertes de mujeres por año, cifra escuálida cuando se le compara con los asesinatos en América Latina, empezando por Ciudad Juárez.

La agencia española denominada Unidad Central de Familia y Mujer se ha dado a la tarea de revisar esos crímenes desde 2010 con objeto de delinear un perfil criminal y prevenir más actos de barbarie. Diversas universidades de las capitales provinciales han reunido policías, criminólogos, psicólogos y académicos para diseñar un método científico (sic) contra la violencia de género.

Desde luego que me parece un esfuerzo loable, que deberíamos imitar los países que aprendimos del machismo por identificación o colonización. Aquí en América, las estadísticas son abominables, tanto porque se esconden los datos duros como porque rebasan la media mundial y, más aún, no se reportan por miedo a represalias o a la indiferencia de las autoridades policiacas.

Lo que sigue es un intento de contribuir a esta discusión, aunque admito que el problema no tendrá solución hasta que la ley y la justicia antepongan ese anhelo civilizatorio y un castigo sin atenuantes para los infractores.

Primero, un desglose de la lectura superficial, que atribuye el feminicidio a factores psicosociales. Sus proponentes – ignoro si por miopía o por complicidad – arguyen que la creciente participación social de las mujeres las expone más a los riesgos de la vida nocturna, el divorcio y el tan maltraído estrés (whatever that means). Que, dada su fragilidad, al acceder a ese mundo de rivalidades y embates neuróticos, se ven inermes ante el machismo y la agresividad propias del mundo masculino. Es tanto como sugerir que los secuestros ocurren porque transitamos descuidados. ¡Cómo si se tratara de un fenómeno con vertientes antropológicas!

Es verdad que en la sociedad industrial post-moderna el número de divorcios va en aumento, y que en esa disputa (por los bienes o por los hijos) se yergue un terreno fértil para la violencia. Pero no se debe sólo a que las mujeres se hayan liberado (¡por supuesto que no están dispuestas a callar y a someterse!), sino a la inconstancia de las relaciones de afecto. De hogares fracturados surgen, por afinidad y exponencialmente, hijos con miedo al compromiso.

El nivel educativo y la globalización – entendida como el acercamiento de culturas – también inciden, pero no se limitan a un solo género. Mientras más movilidad y oportunidades tienen los jóvenes (de ambos sexos), menos proclives son a asentarse y formar familias de forma prematura. Lo contrario sucede en comunidades pobres, donde la suma de esfuerzos y la precaria solidez de un hogar, son la única garantía de desarrollo. Hoy en día, quienes tiene más recursos, esperan a completar estudios, acceder a un trabajo estable y, como parte de ese proceso de emancipación, a encontrar una pareja compatible y sin prisa. No es extraño que apenas entrada la madurez, los hijos busquen horizontes más prometedores, salvo cuando hay arbitrios que los atan a sus familias de origen. Así que independizarse comporta muchas más ventajas que riesgos. Una premisa – no excluyente – de la violencia intradomiciliaria es que ocurre más en parejas de corte tradicional, donde los roles de empoderamiento y dependencia son de suyo más acentuados.

La segunda postura es la que podríamos designar recalcitrante, que presupone que la agresión contra las mujeres surge de concebirlas como objetos de uso. No puedo negar que un factor que incide en la violencia es la sujeción, la posesión y con ello, la esclavitud de mujeres que son empleadas como piezas de cambio. Pese a que se denuncia y se persigue en la actualidad, éste no es un problema de nuestro tiempo. La prostitución forzada o la manipulación con fines mercantiles de la sexualidad es milenaria y tiene su origen tanto en el tabú religioso como en la voluptuosidad con la que se ha asociado el cuerpo femenino (y su insinuación). Resulta mucho más provocadora la desnudez femenina – para los medios, la ostentación o el fetichismo – que el torso o los genitales masculinos, salvo desde una perspectiva homosexual. La tolerancia que afortunadamente vivimos en el siglo XXI ha equilibrado este comportamiento, pero en sociedades atrasadas como la nuestra, el morbo y la lascivia siguen invadiendo la cotidianidad y amenazan con transformarse de un momento a otro en agresión verbal o física.

Las mujeres en Latinoamérica no se sienten libres de usar ropa cómoda, mucho menos de mostrar las piernas y el escote, salvo en condiciones donde pueden amalgamarse con el entorno (playas, festivales o lugares propicios). Aprenden desde jóvenes a cubrirse, bajar la blusa o taparse el busto para evitar el acecho y ser reconocidas por su inteligencia u otras virtudes, sin verse cosificadas o violadas en su privacidad. Todos los días lo atestiguo en el consultorio, teñido por la timidez, el pudor o la inconveniencia de estar frente a un doctor del sexo masculino. Algo que no depende enteramente de la cultura de sojuzgamiento, sino más bien de una rudimentaria comprensión de la ley paterna, del lugar que cada quien ocupa en el mundo y de los valores que respetamos para cada individuo, sin distinción de raza o género. Como médico, pero ante todo como hombre, soy el único que puede definir los límites de lo permisible y lo éticamente reprobable.

Ahora bien, como ha señalado acertadamente el Dr. Miguel Kolteniuk (2), la intolerancia a lo femenino surge de lo que él denomina como “La misoginia originaria”. El autor propone que el desgarramiento que implica la separación de la madre arcaica, inscrito en el nacimiento y perpetrado por la interdicción del padre, genera un núcleo traumático de ambivalencia (amor-odio) que queda grabado en el inconsciente de todo sujeto. En la historia contemporánea de la psicología se refiere a la pérdida irremisible de ese otro prehistórico (la mujer que nutre y arropa) a quien nunca nadie podrá igualar.

En sentido metafórico, todos coincidimos en que, por mucho que “caigamos en blandito”, la emergencia del útero – donde nadamos sin ruido, sin variaciones térmicas o afectivas – es un quiebre patológico al que nos vemos obligados a adaptarnos, de una forma u otra, durante toda la existencia. Kolteniuk lo manifiesta en tono brutal, cito: “El odio, el resentimiento, la necesidad de venganza y la sensación de ultraje injustificado por este cúmulo de vejaciones maternas quedarán grabados para siempre en la memoria inconsciente, como un cuerpo extraño tal como Freud describiera el Trauma (traumatische Neurose) en sus Estudios sobre la Histeria (1893 – 1895)”.

Por supuesto, habría que matizar de qué manera ese núcleo inconsciente, como un volcán en reposo, se mantiene bajo control o estalla con violencia inusitada. Se ha hablado de desarrollo “normal” en contraste con las humillaciones o injurias que caracterizan una infancia “patológica”. Nuestro autor incluso desliza el término “misoginia normopática” que a su juicio es resultado de una culturización civilizatoria para contener los impulsos derivados de esa ruptura primordial, en aras de socializar e integrarse en pareja sin demasiada ambivalencia. Me parece que es muy complejo intuir qué individuo maltratado está predispuesto a golpear o mancillar a su esposa, tanto como suponer que una madre que abandona puede engendrar necesariamente un sociópata.

Las concepciones arquetípicas tales como “la maté porque era mía” o “me pertenece y hago lo que quiera con ella” reflejan una conducta psicopática que está lejos de contenerse con medicamentos o psicoterapia. Tampoco pienso que el enclaustramiento mitigue esa sed de venganza extrema. Pero quiero imaginar que una buena parte de esos crímenes pueden ser contenidos (si no prevenidos) en la medida en que la violencia de género se califique con todas sus letras y no se mantenga esa pusilanimidad respecto de los tocamientos, pederastia, seducciones forzosas, o cualquier manifestación no deseada contra una mujer, por sutil que parezca.

Recuerdo aquella película icónica de Jodie Foster (3) que puso de relieve la violación de una mujer cuyo único pecado era mostrar su sensualidad. En cierta medida esas imágenes inquietantes abrieron los ojos de la sociedad norteamericana y zanjaron los cimientos para una reglamentación más enérgica de la violencia física y sexual.

Queda mucho camino por andar. Dudo que logremos perfilar al macho que planea destruir la proyección del odio que emana de su interior. Dudo también que a base de estudiar las huellas de los asesinos sepamos por donde viene el siguiente crimen. Pero sí es previsible que en comunidades con poca estructura o en familias “disfuncionales” donde la agresión es justamente un modo de operar, podamos intervenir a tiempo con injerencias judiciales, educativas o psicoterapéuticas (hasta donde las circunstancias lo permiten) para evitar que esos brotes de misoginia arcaica se cobren más vidas.

Referencias.

  1. Diario El País. El crimen machista, a examen (1). ¿Porqué los hombres matan a las mujeres? Domingo 9 de Julio de 2017. Páginas 20 y 21.
  2. Miguel Kolteniuk. La misoginia originaria. En: Intolerancia a lo femenino. Nohemí Reyes y Doris Berlin (compiladoras). Architecthum Plus, Aguascalientes, México 2014. Páginas 47 – 52.
  3. The accused. Película de 1988 protagonizada por Jodie Foster y Kelly McGillis, sobre un guión de Tom Topor y dirigida por Jonathan Kaplan.

Evolución

Evolución

Hace treinta años, en el anfiteatro del University College London – próximo a donde Virginia Woolf, Lytton Strachey y E.M. Forster se reunían para dar alas a la literatura del joven siglo XX – tuve la fortuna de escuchar al biólogo de Harvard, Stephen Jay Gould, disertar acerca de la evolución de las especies y la controvertida noción de un diseñador inteligente.

Gould se plantó a media tarde esgrimiendo su desparpajo en mangas de camisa, abdomen prominente, al pie de una gran pantalla donde habría de mostrar sus diapositivas, y se echó a hablar – argumento tras argumento – sin pausa. Su tercera transparencia mostraba una parvada de garzas sobrevolando un lago en África, y Gould lo tomó como señuelo para disertar en torno a los pinzones de Darwin. Siguió planteando sus ideas con vehemencia de suerte que, después de cuarenta minutos sin tragar saliva, se percató de que las mismas garzas seguían impávidas en la pantalla.

  • Ups – exclamó con sorpresa – parece que se me olvidó pasar mis diapositivas. Bueno, terminemos – y dio lugar a preguntas.

Estábamos dichosos. Nos considerábamos estudiantes de maestría harto contestatarios, dispuestos a retar todos los dogmas evolucionistas que se estaban imprimiendo con tenacidad lamarckiana en la Inmunología de los ochentas. La variabilidad de las inmunoglobulinas y la recientemente demostrada mutabilidad de los receptores antigénicos tendrían que explicarse de otro modo.

Salimos a la noche lluviosa de Bloomsbury excitados, discutiendo conceptos erráticos y alabando al iconoclasta de la Historia Natural que acabábamos de escuchar. Yo había releído hacía poco “The blind watchmaker” y “The flamingo´s smile”, así que tenía los conceptos frescos y en franco contraste. Parecíamos niños manoteando y arguyendo prioridades cuando entramos al restaurante que conocíamos como “Cheap-O”, una taberna de comida oriental en Wardour Street donde podíamos degustar un plato de insípidos fideos por tan sólo una libra.

Seguramente llamábamos la atención, porque constituíamos un grupo híbrido que parloteaba airadamente. Una doctora keniana cuyo padre era un jefe tribal Kikuyu, orgullosa de su estirpe y con un enojo racial inusitado. Un bioquímico escocés, mayor que nosotros, con aretes y chaleco a cuadros, que militaba en una organización troskysta y que afirmaba que lo único bueno de Inglaterra era el cricket. Un galés callado y complaciente, que aprendí a estimar por su candor e histórica humildad. Y por último, una malagueña vociferante que gritaba inglés con acento andaluz. Aún me pregunto cómo, en esa Torre de Babel, alcanzábamos algún acuerdo.

Abrumado por una diversidad de otras lecturas, hace años que dejé de seguir de cerca la literatura relativa a la evolución de las especies, que enfrentó a Gould con Dawkins y Maynard Smith en lo que se conoce como las “Guerras Darwinianas”. Sobre todo ante el deceso del primero en 2002, y tras leer su libro póstumo “La estructura de la teoría de la evolución” donde matiza sus ideas y con ello ingresa flamante al panteón de los escépticos.

Fue un detractor de la psicología evolucionista y de la rigidez conceptual, a tal grado que propuso que el magisterio de lo espiritual es válido en el pensamiento científico. A diferencia de tantos otros darwinistas contemporáneos, Gould se reinventó una y otra vez. Creó su propio personaje de los Simpsons, que en un episodio analizaba el DNA de un esqueleto apocalíptico. Además, agobiado por un mesotelioma peritoneal, propugnó por el uso médico de la mariguana, veinte años antes de su legalización.

La rencilla con Richard Dawkins se escenificó en las páginas del New York Review of Books y adquirió un tono mordaz, acaso digno de la estatura intelectual de ambos académicos. El autor de “El gen egoísta” profesaba que la evolución actúa sobre estirpes de replicantes, que pueden ser – aunque no necesariamente – genes.  Las ideas y las destrezas merecen considerarse replicantes de carácter social. Esa adaptación compleja evoluciona de manera gradual, adquiriendo ventajas fenotipicas que conforman la selección natural en una suerte de avance dialéctico que deriva en sus ramificaciones.

En cambio, el paleontólogo de Harvard refutaba que las tendencias evolutivas no son progresión inequívoca de la competencia entre organismos. Por ejemplo, los cambios morfológicos en los caballos no resultan de ganancias adaptativas de fenotipos cada vez mejor dotados para la pastura. Más bien se trata de tendencias en la variación genética del linaje de la especie en cuestión. En ese sentido, incluso las extinciones masivas juegan un papel regulador de la evolución – insistía – porque dejan a una subespecie en ventaja respecto de aquellas que perecieron.

Todo esto viene a cuento porque recibí un libro del filósofo norteamericano Daniel C. Dennett cuyo título rimbombante conviene denunciar. Publicado en Febrero de este 2017, se llama “From bacteria to Bach and back. The evolution of minds”. Puedo recomendarlo con cautela intelectual, porque es fiel reflejo de la tesis que sugiere que la mente humana es una suma de procesos bioquímicos y físicos que se han articulado desde los organismos pluricelulares hasta alcanzar el ingenio del potencial artístico. El profesor Dennett se declara abiertamente enemigo de Gould y de Chomsky, en contra de los que aduce una base materialista de la conciencia a expensas de lo que designa como “memes”.

Cabe señalar que es un texto bastante repetitivo y auto-referencial, lo que lo hace más petulante que erudito. Su argumento es que el pensamiento y la conciencia no revisten mayor misterio que el resto de los fenómenos naturales; digamos, como la gravedad. Y que la sofisticación del cerebro humano es simple y llanamente producto de la selección natural. Desde su origen – colige el autor – la selección natural genera un diseño inteligente, ciego, que va facultando a los genes mejor adaptados a sobrevivir. En su ultra-darwinismo, Dennet impugna las “ex adaptaciones” que teorizaban Richard Lewontin y Stephen Jay Gould; es decir, presiones evolutivas no sujetas a selección sino forzadas por condiciones ambientales. Un ejemplo son las plumas, que regulaban la temperatura en los dinosaurios (de sangre fría) y que se convirtieron en auxiliares de vuelo para los pájaros.

Otro aspecto llamativo del libro es que Dennett ignora al neurólogo Antonio Damasio (creador de elocuentes libros tales como “El error de Descartes”y “Buscando a Spinoza”), pese a que trata de probar con sus tesis lineales la creciente complejidad del cerebro a partir de los primates. Desafía también a Noam Chomsky en cuanto a que éste asegura que el lenguaje es único en su naturaleza evolutiva, dado que emergió de un salto mutacional desde nuestros ancestros homínidos, haciendo posible encontrar palabras para configurar imágenes perceptuales. Dennett objeta que el origen del lenguaje yace en la condición social humana y que surgió de la necesidad de comunicarse con proto-idiomas, ahora perdidos. La agentes de tal evolución lingüística, para Dennett, son los memes (concepto arrebatado de Dawkins); unidades de transmisión cultural análogas a los genes que habitan el cerebro de una persona y que se replican como virus.

El problema estriba en que los memes son cualquier cosa, un concepto vacío que equivale a un sombrero, un recuerdo, una vivencia, un acorde musical o una afiliación política. Son tantas cosas que no son nada. Mientras que los genes son secuencias replicables de DNA que pueden medirse y heredarse con precisión. La plasticidad humana no cabe en unos u otros de manera aislada. Habría que recurrir a otros conocedores, desde Ferdinand de Saussure pasando por Julia Kristeva y hasta Steven Pinker para saldar las metáforas y conceptuar lo humano como un microcosmos mucho más versátil, que requiere de la bioingeniería tanto como de los afectos para florecer o clonarse.

En suma, los individuos no somos nada más instrumentos de un orden azaroso, ni vecinos distantes de los homínidos o los protozoarios; hay una intencionalidad en nuestra búsqueda del universo cognoscible, y tanto como erigimos íconos, somos capaces de destruir o de procrear lo más sublime.

Bibliografía sugerida (en orden alfabético).

Andrew Brown. 2002. The Darwin wars: the scientific battle for the soul of man. Simon & Schuster, London.

Antonio Damasio. 2012. Self comes to mind: constructing the conscious brain. Vintage, New York.

Richard Dawkins. 2016. The selfish gene (40th anniversary edition). Oxford University Press.

Daniel C. Dennett. 2017. From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. WW Norton & conony, New York.

Stephen Jay Gould. 2002. The structure of evolutionary theory. Belknap/Harvard University Press.

Amy Licence. 2016. Living in squares, loving in triangles: the lives and loves of Virginia Woolf and the Bloomsbury group. Amberley Publishing, London.

Kim Sterelny. 2003. Dawkins vs Gould: survival of the fittest.  Icon books, New York.