Plutón a la vista

Plutón a la vista

Ha sido un día de marcada demanda emocional, pero se yergue satisfecho. La asistente llama con voz tediosa y anuncia la llegada del último paciente.
A la mitad de su séptima década, el Ing. Sanmartín es un hombre activo y robusto que esconde las arrugas en su piel curtida. Irrumpe con esa voz varonil que llena la oficina, poco sofisticado pero contundente. Es un negociante nato, aunque ahora baja la guardia con candidez.
Lo refiere un colega de provincia con quien ha trabado una burlona amistad tras aquella serie de complicaciones por una úlcera péptica perforada que lo tuvieron coqueteando con la muerte. Se explaya en los detalles de su intervención, su destierro en la Terapia Intensiva, el azaroso despertar entre tubos y caras desconocidas, el ronroneo del monitor que taladraba su vigilia.
Describe a cada uno de los médicos que lo trataron con genuina gratitud, parece que el regreso del Hades le mostró el mérito de seguir vivo. Lo cierto es que también incidió en su esquema de valores.
A poco le anunció a su mujer de cuarenta años que había perdido la costumbre de quererla. Ella lo miró perpleja y señaló la puerta sin preguntar a qué aludía: no había nada que reconvenir, los escombros de ese añejo matrimonio eran lo único discernible.
Se instaló en un departamento no distante de sus hijos, dos de ellos lo rechazaron y el pequeño aceptó con sumisión la vida fragmentaria y residual que le ofrecía. Empezó de nuevo, negocios volátiles que redituaron en breve y lo pusieron de pie ante su soledad y su desconcierto. Ahora se da cuenta que envejece – lo dice con poca convicción. Desde hace varias semanas siente dolor lumbar al desplazarse y quiere perder peso para reducir riesgos a futuro. La suma de medicamentos (hipolipemiantes, antihipertensivos, alopurinol y aspirina junior) resumen su menú de presentación.
Es una entrevista bastante plana hasta que admite entre síntomas que ha conocido a una mujer treinta años más joven con quien se ha infatuado. La relación, de apenas cuatro meses, ha pasado por etapas conspicuas que lo turban.
Primero, Laura se acercó blandiendo un hijo que él recibió con afecto de abuelo y se dejó seducir por el esquema de nobleza que recién se auguraba. Después, se encontraron bajo las sábanas, cuerpos diletantes que contrastaban en fulgor y frescura. Se resiste a confesar si el amor se fincó en tal desencuentro, le bastaba la erección sostenida y el orgasmo fingido de ella para creer que la miel se vertía entre hojuelas.
Gradualmente sintió una cálida devoción que esa joven le generaba con sus arrumacos y su dependencia, sin descifrar bien a bien que la hacía plantarse con valijas y progenie ante su puerta.
Emprendió una reflexión – que suena más a confesión de acrimonia frente al espejo – y le pidió tiempo, apenas consciente de que es lo que más escasea en este presunto arreglo.
Hoy viene triste pero persuadido: rompió el vínculo ayer bajo la lluvia, quizá para enmascarar las lágrimas y verla partir lo antes posible. Mira a su interlocutor con apremio y por fin calla, necesitado y exangüe.
La advertencia de un objeto de amor está delineada, de manera constante y recurrente, por la imagen internalizada del deseo. Es decir, queremos porque ahí está la capacidad de hacerlo y ese hueco se llena con un ente imaginario que se corresponde en el afuera con una persona, tal vez prefigurada por sus atractivos o sus destrezas de seducción. No hay casamientos al azar, acaso por ello y hasta hace un siglo (en algunas comunidades aún hoy día) se estilaban los matrimonios por convenio. Entonces, los padres acordaban que la dote sería preservada, que habría una continuidad en las propiedades que se comprometían con el enlace y que los novios, afines en lo social, encontrarían de una suerte u otra su destino.
Pero el mundo se ha hecho más pequeño y la gente ejerce su libertad para elegir. O eso creemos. Cuando se analizan las estadísticas de la formación de relaciones y familias, es excepcional observar que los cónyuges parten de universos distantes. Se ha sugerido que no pasamos de tres círculos concéntricos (vgr. familia, escuelas, trabajo). Lo habitual es encontrar que de alguna forma coincidimos: nada perdura si no se moldea complementariamente. Incluso en matrimonios que se forjaron por la eventualidad de un viaje o un trabajo efímero, los partenaires traen consigo inevitablemente sus fantasmas o atavismos y deciden trenzar el vínculo impelidos por tal fuerza inconsciente a fin de exorcizarlos y crear un nuevo paradigma. Se ama porque el amor estaba ahí, esperando a ser vertido en un crisol que lo recibe a tientas.
Puede decirse que siempre hay algo compulsivo al emprender una relación amorosa. En muchos casos, como el que nos ocupa, la asimetría (de edad, de intereses o perspectivas) resulta chocante si se le ve con superficialidad. Pero en alguna medida es bastante obvio que se trata de dos náufragos que acuden al rescate y que al encontrarse reparan una herida, un duelo que atormentaba sus destierros.
Sanmartín piensa que sin su cariño Laura caerá en el despeñadero emocional, que bajo esa motivación lo busca y lo seduce. Algo inconfesable se erige en él, que lo hace perder de vista el horizonte y le infunde vigor a su arrebato. Puede nadar en tal éter de erotismo sin descanso, tanto como deambula entre los mortales con un aura de resolución y aplomo. Sus sentimientos se ven ratificados – sin saberlo – por aquella ternura anclada en el amor materno que lo cobijó y que ahora intenta devolver ante la vecindad de su propio ocaso.
Por contraparte, Laura parece revelar ese rasgo que sobrevalora al objeto querido; le ha dicho a Sanmartín que es irremplazable, “el hombre de su vida”. Dicho alarde cae de lleno en la añoranza de una representación imbuida por la madre, con toda la naturalidad de una experiencia recóndita, trazada desde la infancia.
Nadie posee más de una madre, y desde luego, de esa relación prístina no cabe duda ni repetición. La integridad, la perfección, la idoneidad que se adivina en una pareja puede considerarse como un afecto sustituto de aquel amor que en el origen no escatima. O eso queremos creer.
Para llevar el argumento al extremo, podría decirse que los bebés abandonados carecen de tal representación. Nunca es así. Porque todo sujeto tiene una efigie que suplanta al cuidado ajeno que lo rescató de la indefensión, y funciona como el referente nutricio que enseña la profundidad del apego e impronta a su vez la concavidad del apetito.
Lo que denominamos el “romance familiar” con sus diversas ramificaciones determina la forma en que nos reencontramos con los otros. De aquella vicisitud imaginaria está impregnada nuestra vida de relación. Laura y Sanmartín recrean su amorío con la argamasa del objeto perdido.
Por supuesto, en cuanto hablamos de “relaciones asimétricas” caemos en una tautología: lo son en tanto aparentan una distancia cronológica o social que nos resulta abismal. Pero justamente en tal piélago recaen nuestras afirmaciones acerca de todo nexo erótico: dos almas errantes se han encontrado en la vastedad de su deseo, para nutrirlo, para soliviantarlo en previsión de que se extinga.
Vemos en todos los confines parejas en disonancia. Mujeres que se dicen enamoradas como nunca de un hombre menor, que aporta su gallardía y brío a la voracidad sexual que agoniza en ellas. Ancianos cuyo dinero les permite comprar una consorte, a cambio de ambición y narcisismo marchitos. Jóvenes amantes ávidos de un tutor – mucho antes que pareja -, que ceden su sexualidad para obtener esa guía, y mantener así una pasividad que remeda el confort infantil, con la mesa siempre servida. Y aquellos que, mal que bien, han sabido conciliar sus deudas, dejar en el armario los esqueletos de sus progenitores y tolerar la imperfección como denominador común.
Nada es para siempre y los amantes cambian, se amoldan, se deforman con el tiempo y la convivencia. Quienes logran, en un esfuerzo reticente de adaptación, entrelazarse en tal dialéctica y construir más allá de los bienes y los hijos un lenguaje y una complicidad que supera su propia perspectiva, hallarán en el otro la promesa que jamás se verá cumplida.

PS. Los nombres de los personajes están sacados al vapor de la hermosa novela “La tregua” de Mario Benedetti. Cualquier similitud con personas de la vida real es una esperada coincidencia.

Adolecer, ¡que contratiempo!

Adolecer, ¡que contratiempo!

– ¡Déjame en paz, ya no te aguanto! – y azota la puerta envuelta en lágrimas. Su madre y yo nos miramos con un gesto de impaciencia, porque no es su primera explosión y, desde luego, quedan muchas por delante.

– Traté de explicarle que en esos “antros” (como ellos dicen) circulan las tachas, pero me exasperé – digo, a modo de excusa. Mi mujer me da una palmada y se hunde en la cocina con su silencio a cuestas. A veces pienso que lo vive como un hartazgo y no me animo a sacar de la manga la frase célebre:

– Tú también fuiste adolescente, tratemos de conciliar sin perder autoridad.

Me suena tan lapidario que, en efecto, me quedo de piedra, viéndola refunfuñar, ausentándose del berrinche en turno. Por eso he escrito durante la noche estas reflexiones, para Marta, para su madre, para todo aquel que alguna vez se sintió perdido en la vorágine de la adolescencia.

I

El inicio de la pubertad, en lo físico, está marcado por el crecimiento de los senos y de los testículos de acuerdo a las etapas de Tanner. Suele ser más precoz en las niñas (entre los 8 y 13 años) que en los niños (entre los 9.5 y 13 años). Aparece vello y grasa en rincones insospechados, brota el acné como una maldición; sudamos, nos excitamos, nos masturbamos y perdemos el ritmo vital a cambio de una ansiedad y un hambre que no cesan. Estos cambios somáticos se dan apareados con una profunda modificación del espacio psíquico. El mundo cobra un sentido diferente, exige rumbo desde adentro al tiempo que impone leyes desde afuera: algunas inoperantes por absurdas o autoritarias, otras permisivas pero incómodas porque demandan responsabilidad y compromiso.

La adolescencia es un periodo de cambios inusitadamente rápidos. El único precedente de tal vértigo, la primera infancia, se vive con poca conciencia del impacto afectivo que tienen esos movimientos en cada persona. La pubertad hace erupción para acabar con un periodo breve que denominamos “latencia”: un resquicio del desarrollo que sucede a la compleja transacción de la niñez (donde se define género, rivalidad, identificación sexual y carácter, por si fuera poco). Es decir, que no bien se empieza a descansar de los propios impulsos anudados con los tropiezos de nuestros padres, cuando irrumpe ese caos interno reclamando atención completa.

Atribulados por nuestro metabolismo, salimos tímidamente al mundo esperando respuestas inmediatas. El espejo deja de ser un referente de identidad, porque el rostro y el cuerpo a los que estábamos acostumbrados se transforman cada día. ¡Cómo se entiende desde ahí el despertar alarmado de Gregor Samsa!

Por supuesto, las características emanadas de nuestros conflictos infantiles postergados o sencillamente no resueltos nos asaltan frente a las demandas de la sociedad. Si fuimos niños inhibidos o lastimados, emprenderemos un balance complicado con el mundo de relaciones que aparece en nuestro horizonte vital. Si lo tuvimos todo, para calmar nuestras apetencias o angustias sin ser escuchados, buscaremos agresivamente un límite en el entorno social para verificarlo y transgredirlo.

Ante todo, se experimenta una sensación de soledad e incomprensión. La zozobra emocional, como una oleada, inunda toda la vida diaria. Eso explica porqué los adolescentes forman pequeñas “manadas” con vestimentas y hábitos casi idénticos, copiando de sus pares lo que en apariencia resulta original y confiere un sentido de adherencia y solidaridad. Alternar entre el desafío y la dependencia se hace patente en las frágiles lealtades hacia los amigos y el enojo intermitente con ambos padres.

Un divorcio, una separación o la muerte de un ser amado en esta coyuntura adquieren matices dramáticos, porque materializan el desvalimiento y refuerzan un sentimiento de culpa inconsciente. Frente a la impulsividad natural que propician las hormonas en ebullición, la necesidad de evadirse de otros conflictos que nos rebasan, abre la puerta para el consumo de drogas o alcohol como atenuantes. Si antes se probaron el tabaco o  las cervezas como ritos de pasaje para acceder al grupo, las sustancias psicoactivas (metanfetamina, fenciclidina, mariguana, ketamina y otras “drogas recreativas”) advienen como un recurso de estimulación narcisista que puede resultar muy destructivo en manos de jóvenes vulnerados por una ruptura familiar.

De lo anterior puede deducirse que el self de los adolescentes es un reservorio de identificaciones, fantasías, legados de duelos y conflictos, ideales y decepciones, que hierven al compás de un cambio hormonal abrupto, sometidos bajo la olla express de una estructura social que los tolera poco y los entiende menos. ¿Será un reflejo deslumbrante del aparato psíquico como lo describiera Freud?

Además, las hormonas no ceden. La inquietud sexual, expresada con titubeo y ansiedad, da lugar a relaciones efímeras, o en franco contraste, a romances atávicos que simulan botes salvavidas y de los que cuesta mucho trabajo separarse. Casi todos los adolescentes indagan el placer genital, auspiciados por su demanda erógena y por los arquetipos sexuales que recogen de las películas, la televisión o los sitios de Internet. Al principio, se traduce en ansiedad masturbatoria, manifiesta indistintamente como represión o urgencia. A medida que superan la timidez que arrastraban desde su definición infantil de género, exploran tanto la ternura como el delirio homosexual y heterosexual. A veces lo hacen con  ambivalencia y mucho miedo, sobre todo si en casa perciben un ambiente rígido o se les reprochan una a una sus elecciones de objeto amoroso.

Los adolescentes exploran con denuedo los límites externos e internos. Quizá se nos olvida, pero nada se compara a esa experiencia del tacto, del hormigueo en nuestros recovecos apenas  descubiertos; la sensación de probar alcohol seguida del mareo y la euforia; la piel caliente y lubricada del otro que nos mira; la aceleración del pensamiento y los sentidos; el anhelo, el rapto, el precipicio…

Es un signo de la salud mental de una sociedad que tolere y sepa contener a sus adolescentes con recursos creativos que faciliten su maduración sin odios autodestructivos o pérdidas humanas innecesarias. Vivir la fractura generacional – y aquilatarla – permite verse reflejado en el otro que irrumpe desde su impetuosidad sin grandes deudas y con envidia soportable. La adolescencia exige mucho, pero también educa para emprender la vida con mayor o con menor aceptación de lo que se ha invertido.

II

La búsqueda del placer como un torrente imaginario que modula el desamparo, subyace a toda actividad sexual. Desde el contacto oral con el pezón hasta la ráfaga de voluptuosidad que sigue a la compenetración genital, se trata del aplacamiento del deseo, que remite a la huella originaria de satisfacción.

El despertar de la adolescencia pone a prueba los límites de esta premisa. A fuerza de buscar el vértice libidinal, muchos jóvenes prueban su erotismo sin reparar en las contingencias. La disponibilidad del alcohol y de ciertas drogas recreativas (éxtasis, cocaína, anfetaminas, pseudoefedrina), por su efecto estimulante del sensorio, aceleran el desafío.

La intención del coito se dispara con la edad. Se calcula por encuestas que el 28% de las niñas de secundaria han tenido contacto sexual que involucra al menos  masturbación en pareja o coito errático. Este porcentaje sube a 62% de adolescentes femeninas en preparatoria, con cópula completa, no siempre prevenida por condón. Quienes empiezan más temprano, tienden a tener más parejas sexuales, hacer el amor con menos preámbulos emocionales y usar menos protección. Esto se explica porque la demanda afectiva es perentoria y porque quizá deja atrás a unos padres cohibidos o indiferentes al despliegue sexual de sus hijos.

Algunos factores biológicos contribuyen a hacer más vulnerables a las adolescentes respecto de las infecciones por transmisión sexual. La vagina es un reservorio natural para el intercambio de moléculas. Secreta jugosamente células epiteliales y glóbulos blancos que se acoplan con las bacterias y virus que reciben durante cada encuentro sexual. Además, el cuello uterino desarrolla un orificio externo (ectropión) muy prominente, revestido de epitelio columnar sujeto a replicación celular acelerada. Este revestimiento tan activo es el sitio predilecto de invasión por gonococos, virus del papiloma humano (HPV), y Chlamydia.

No sólo eso. En la adolescencia se ponen en juego aspectos delicados que tienen que ver con la intimidad, la autodeterminación y la diferenciación afectiva. Dar por hecho que existe una comunicación fluida es una torpeza. Muchas jóvenes se inician en la vida sexual a espaldas de los padres, porque justamente ésa es la manera de proteger y responsabilizarse de su genitalidad.

El adolescente no sabe que sabe y que aspira a una unidad, donde fundirse en comunión con otro equivale a la consecución última de su deseo inconsciente. Es la representación psíquica que sirve de embalse para todo afecto abdicado, tan cambiante y tan improbable como sus impulsos. Si el lenguaje es el marco de referencia derivado del orden ancestral, que hace la fractura entre nuestros ideales y nuestro entorno de relaciones, la voz de la madre encarna lo maleable del deseo. Discernible antes de que se instaure un idioma corporal propio para la seducción y la búsqueda del placer.

Al advenimiento de la excitación genital, el adolescente evoca la inocencia, para entronizarla en el pasado, su falsa premisa, su quimera en el amor, cuando todo era posible y se satisfacía con el llanto. De ahí que los enamoramientos y los encuentros sexuales tengan ese aire de tragedia, y la pérdida de la virginidad sea con frecuencia una capitulación hacia la histeria o la melancolía.

Más de la mitad de las jóvenes que acuden a planificación familiar dejan de hacerlo si sus padres son notificados (lo cual no implica que renuncien a su actividad erótica), y sólo una tercera parte se sometería a un escrutinio de enfermedades venéreas bajo consentimiento paterno, a fin de ocultar su vida sexual. Es decir, que estamos ante una población de alto riesgo de contagio genital sin saberlo o ante la creencia ingenua de que hacemos algo por contenerlo. El contacto oro-genital, ano-genital y vulvo-vulvar es común entre los adolescentes, especialmente si desean preservar su virginidad, sin que ello impida las enfermedades por transmisión sexual (ETCs o “etcéteras”, para que se acuerden).

El criterio actual de escrutinio para ETCs es que toda adolescente con vida sexual activa debe examinarse para ChlamydiaUreaplasma  y gonorrea en exudado vaginal (o en orina si es virgen) y hacerse una valoración de neoplasia cervical (Papanicolau y colposcopía) en los tres años siguientes de haber tenido su primer coito. En los varones, la indagación de HPV en exudado uretral es obligatoria, si han tenido más de una pareja sexual sin protección. Quien además consume drogas o ha tenido intercambios de pareja, debe hacerse pruebas diagnósticas para HIV, sífilis (FTA) y herpes simple, al menos una vez por año, ante la eventualidad de ser portador asintomático.

La vacuna contra papiloma humano (HPV) se recomienda a todas las jóvenes de 12 a 26 años con refuerzo a los 2 y a los seis meses de aplicada la primera dosis. Se prefiere la versión nonavalente (aprobada por la FDA en Octubre 2016 y de camino hacia México) que protege contra los serotipos 6, 11, 16 y 18, 31, 33, 45, 52 y 58, vinculados con el carcinoma cérvico-uterino, de vulva, de ano y de laringe. Tiene pocas reacciones secundarias, e idealmente se debe aplicar antes de iniciar la vida erótica. Para los hombres y las mujeres adultas, las recomendaciones son un tanto más laxas y dependen de su elección de pareja (les sugiero visitar este sitio actualizadohttp://www.cdc.gov/STD/HPV/STDFact-HPV.htm).

Como sujetos sexuales, nos defendemos de lo siniestro en el cuerpo por virtud del lenguaje y de la apelación a otro especular que nos hace ciertos en lo imaginario. El paradigma de la sexualidad es estar en el mundo bajo la égida del orden simbólico y, en todo caso, insistir en aprehenderlo.

“Cuando ya no esté…”

“Cuando ya no esté…”

Hoy vino a consulta Don Efrén Ibarretxe, un viejo mal encarado que destila amargura. Debo confesar que su presencia me pone a la defensiva, pero en esta ocasión me sorprendió. 

Lo he tratado por molestias menores a lo largo de dos años y en especial por una artrosis que exhibe una y otra vez para descalificarme. 

  • Su remedio me volvió a caer como piedra, doctor, y sigo con los dolores. ¿Qué va usted a hacer para aliviarme?

Es un hombre alto, ahora bastante encorvado, que viste con recato como si hubiese desembarcado ayer de la Guerra Civil que lo trajo de niño a México en los cuarentas. Sus corbatas son remedos de viejas películas, el uso bruñe sus trajes y se deja la barba rala más por provocación que por descuido. Todo este aspecto contrasta con su mirada dulce, de ojos grises, de lontananza. 

Se había ausentado por unos meses y, ahora, desde el umbral de mi puerta, lo encuentro triste, desusadamente pálido. Al acercarme a saludarlo, advierto su tinte ictérico que tiñe los ojos y su tez con un tono aún más lánguido. Me extiende la mano y dice, sin otro preámbulo: – ¿Podemos tener esta consulta en el jardín, Dr. Palacios?

No recuerdo que alguna vez usara mi nombre con tal deferencia y accedo de inmediato. Caminamos en silencio rumbo al ascensor, que impregna con su olor a naftalina. Al bajar, buscamos un rincón apartado del estacionamiento y se acomoda con dificultad en una barda. 

  • ¿Está bien aquí, doctor? – pregunta con amabilidad. 
  • Donde usted esté cómodo, Efrén – replico en consonancia. 

A su lado, percibo ese aire sereno de quien no tiene prisa, que atesora cada minuto. Palabras más, palabras menos, este es su relato. 

“Después de la batalla del Ebro, supimos que la República se desmoronaba. Mi padre era diputado por Guipúzcoa y compendió que corríamos un peligro inminente. Las fuerzas de la reacción avanzaban sin tregua. Ahí se había respetado al cura, a quienes todos conocían y era primo hermano de Patxi, el panadero. Pero él lo denunció a los fachas, doctor, y eso le costó la vida”.

El rostro de Efrén se contrae y las lágrimas pueblan sus ojos viejos. No atino a decir palabra, aunque mi gesto es de compasión y decidido afecto. Saca un pañuelo y sin desdoblarlo, se suena ruidosamente y enjuga las mejillas para continuar. 

“Decidimos cruzar la frontera de madrugada para evitar los bombardeos y los espías nacionalistas. En nadie se podía confiar por aquellos tiempos. Yo llevaba en brazos un niño dios de porcelana que me había regalado la abuela, con una ropita de seda que ella misma bordó para vestírmelo. Al despedirnos, temerosa de que no nos volvería a ver, juró que esa pequeña efigie nos protegería hasta alcanzar el Nuevo Mundo. Cada vez que tropezaba en esa oscuridad de luna ingrata, sentía como mi muñeco perdía una mano, un pie o se despostillaba. A tientas recogía los restos y procuraba no llorar para mostrarme fuerte. Así transcurrió aquella interminable noche hasta cruzar la frontera. En los pueblos franceses, que empezaban a sufrir la ocupación nazi, mi madre se hizo pasar por borracha (aún hoy me parece una bizarra ocurrencia). No sé si eso o el miedo de los pobladores hacia los extranjeros nos permitió llegar al santuario de Lourdes, donde nos esperaban unos compatriotas que nos trasladarían a Toulouse y después a las lejanísimas playas de Veracruz, que sonaba un mundo aparte”.

Efrén toma un respiro. En ese momento pasan dos colegas frente a mi que se asombran de esta intimidad o quizá del mal estado que ostenta mi paciente. El sol cae en rayos paralelos entre los árboles de trueno y sopla una brisa fresca que nos acoge. Por respeto a este momento vital, he dejado tanto mi premura como mi teléfono celular sobre el escritorio.

“La travesía nos mostró de lleno esa condición de parias que arrastrábamos. Nos daban de comer en ollas enormes, el mismo guisado dos veces al día, que vomitábamos en cuanto el Atlántico se agitaba. Todos perdimos peso y nos veíamos como náufragos en medio de esos marineros andaluces y gallegos que oteaban nerviosos el horizonte ante la amenaza de submarinos alemanes. Para distraernos, los niños jugábamos naipes y ajedrez, o compartíamos canciones de regiones de España que nunca visitaríamos. La guerra y la destrucción se quedaban atrás, asolando a Europa. Nosotros pretendíamos no llegar a adultos nunca, porque entre niños, la rivalidad no mata.

Creo que era domingo cuando desembarcamos, porque recuerdo las campanadas en ese puerto exótico, repleto de gente morena, con olor a plátano y cerveza. En la raquítica estación de trenes, famélicos, nos dieron de comer tamales en hoja de maíz, que fue nuestro primer sofoco de la comida picante que con el tiempo se haría parte de nuestra cotidianidad. Entre lágrimas y lenguas escaldadas, pedimos agua a borbotones para sacarnos del cuerpo esa experiencia y aprender en adelante a comer con tiento. El tren atravesó territorios agrestes, con vegetación que parecía traída de otros planetas, y tardó horas en traernos a la capital, donde un comité de republicanos en el exilio nos ofreció albergue mientras hallaban trabajo temporal para mi madre y mi tía. En mi memoria, la gente hablaba cantando, con voces tenues y cariñosas; era como llegar a un jardín multicolor donde todo era insólito y luminoso.

Debo decirle, doctor, que siempre agradeceré la hospitalidad que el Presidente Cárdenas mostró hacia mis conterráneos. Cuando uno se queda a la deriva, sin dinero y sin tierra, el abrazo generoso de un prócer es como el abrigo divino; no hay nada comparable en la vida de un ser humano. Para mí, huérfano reciente, ese gesto tuvo una doble connotación que ha marcado cada paso, cada logro de mi existencia. Tal vez por eso no me siento enfermo ni anticipo la muerte, y puedo hablarle a usted con entereza. Fui agraciado con la generosidad de su gobierno y lo sigo siendo, pese a mi viudez y la soledad que padecemos los moribundos.

Pero no quiero aburrirlo, sé que tiene otros enfermos que atender. Lo traje aquí, a este páramo entre el asfalto, para decirle que voy a extrañar mucho todo esto. El olor del césped mojado, la frescura del aire en invierno – que trae café y destino -, la risa tonta de mis conciudadanos y su esperanza en las cosas más triviales. La incertidumbre que acarrean los temblores y los cambios de gobierno, o la resaca de un perfume que nos asalta sin reconocerlo. Cuando ya no esté, mi querido galeno, los ojos de mi nieta seguirán brillando, mis hijas serán eventualmente abuelas y entenderán a qué sabe la nostalgia y la ternura. Se perderá la imagen de aquel camarada que trajo consigo la música en tiempos de decepción, los pasajes literarios que alguna vez me conmovieron por impecables o exquisitos, pero quedará la elegía que el cómico judío dedicó al boxeador musulmán, que será siempre un himno a la concordia.

Cambiarán los coches; la moda será otra, más gallarda, menos púdica. El graffiti seguirá vistiendo las ciudades y habrán atardeceres dignos de una estampa en el Ajusco. El mar del Caribe mantendrá su azul insondable, sus adolescentes celebrando la ebriedad y la desnudez, ante el azoro de los nativos y los perros callejeros. Surcarán esas tonadas húmedas y las piernas regordetas otras calles frente a fachadas de colores bajo el calor de Tlacotalpan o de Mérida. La selva del Petén peleará contra los depredadores y habrán menos ballenas pero también más pájaros. Caerán tiranos y profetas, como siempre, y habrá esperanza o desasosiego, como siempre. Los campesinos y los obreros sin futuro buscarán suerte más allá de los desiertos y las fronteras. Y las monjas tenderán al sol sus sotanas, los pecados y la ropa blanca.”

Al terminar esta última frase, como un legado, Efrén se giró hacia mí para regalarme una mirada traviesa, con una mezcla de complicidad y sorna.

“Usted y tantos otros seguirán haciéndose viejos frente a sus enfermos, enseñándoles, restituyéndoles la confianza y a veces la salud. En otra orilla, tras apearse de la barca de Caronte, lo recibiré de brazos plenos, mi doctor. Por hoy es suficiente y ni usted ni yo sabemos despedirnos”.

Dicho esto, el buen señor Ibarretxe se incorporó con dificultad y sin voltear para nadie, emprendió su paso cansado hacia la salida del hospital, rumbo a esa orilla ignota que lo esperaba.

Su hija me llamó esta tarde, me hizo saber que había muerto apaciblemente, que su cáncer de páncreas se lo llevó – me confesó entre sollozos – con esa sonrisa que había mostrado en las últimas semanas; de complacencia, de gratitud acaso.

De cara al futuro

De cara al futuro

Con el fresco y el ruido citadino a mis espaldas, escribo esto dos días antes de la jornada electoral más trascendente de México. El referente de fraudes cibernéticos, campañas sucias y los mal llamados “votos útiles”, que son producto directo o indirecto de una sociedad injusta, dividida, tomada por los pelos, hacen de este domingo de Julio un acontecimiento inusitado.

En efecto, todo indica que ganará la tenacidad de AMLO, su devoción por conquistar pueblo tras pueblo, su contumacia para denunciar el poder y la corrupción, el contraste que representa frente a los partidos de centro y derecha, frente a los arrastrados y los comprados, frente a la aristocracia histérica y el miedo al cambio.

Su cierre de campaña en el Estadio Azteca fue espectacular en más de un sentido. Dijo que ambiciona ser reconocido como un presidente bueno, con ese adjetivo cándido que toca las fibras de muchísima gente, habituada a ser explotada, víctima de falsas promesas y un estado de cosas que parece inamovible. Mientras el mundo cambia, crece, se diversifica, nuestro país sigue hundido en el lodo del nepotismo y la injusticia social. Por eso la voz de López Obrador ha penetrado todos los sectores de la sociedad. Ha sabido reivindicar las necesidades de un pueblo sobajado y olvidado, ha despertado el interés de los universitarios, profesionales y trabajadores que anhelan mejores oportunidades y mejores salarios. Su voz amalgama la desconfianza que han sembrado todos los gobiernos priístas y la desilusión que acarrearon Vicente Fox y Felipe Calderón con su incapacidad para ofrecernos un país diferente, más igualitario, menos al servicio de los intereses mezquinos de una clase que se niega a soltar el poder.

En el minúsculo estrado que es mi consultorio, he atestiguado las opiniones de mis queridos pacientes a lo largo de esta justa presidencial. Muchos expresan temor, en buena medida infundido por las redes sociales y una prensa alarmista, incapaz de reflexionar y proclive a alimentar la histeria colectiva. Pero también he escuchado con atención a quienes están dispuestos a probar la alternancia ideológica, saborear el cambio con sentido crítico y darle la oportunidad a un equipo de trabajo que ofrece caras nuevas, un discurso inteligente y un futuro distinto a todos los sexenios que recordamos.

En lo personal, me han parecido lamentables las arengas de Ricardo Anaya, candidato de la derecha, que en ningún momento ha ventilado una propuesta de gobierno creíble (“celulares para todos” se atrevió a prometerle a un pueblo con 53 millones de pobres). Que además ataca sin construir, que es el aullido de una oposición desgastada y comprada repetidamente, que traicionó a su propia candidata hace seis años y que está dispuesto a negociar con el sátrapa de Trump para que “no hagan olas” y México siga beneficiándose de los mendrugos que vienen del Norte. Su actitud refleja lo peor del gobierno que sale (¡por fin!) y la falta de aprendizaje sociopolítico que ha permeado su partido (PAN + PRD, menuda alianza), tradicionalmente de espaldas a las necesidades básicas de un pueblo desposeído.

El candidato fallido, José Antonio Meade (mezcla de sangre irlandesa, libanesa y española, como presumen sus biógrafos) es un tecnócrata que creció en uno de los barrios más acomodados de la ciudad de México. Conoce la realidad de este país desde su escritorio y sus ventanas lavadas, poco sabe del hambre y del dolor cotidianos de la mayoría de los mexicanos. Parece un buen hombre, no obstante, de esos que se persignan los domingos y cuidan a su familia con esmero. Dotes insuficientes para gobernar, por supuesto, como lo demostraron otrora los presidentes panistas. Para colmo o por exclusión, se ha dejado abanderar por un partido absolutamente descalificado por el grueso de la población. El PRI ha sido la versión más abyecta, la más despótica y corrupta de las variantes políticas que nacieron de la Revolución de 1910. Su herencia de robos descarados, asesinatos (reales, no sólo políticos) y amaños es reconocida en todos los rincones de México y el extranjero. Se puede entender que Meade no tuviese otra opción más que sujetarse al funesto ariete tricolor y creer con fé ciega que los votantes olvidaríamos las guarradas que ha perpetrado ese partido desde hace ocho décadas. Pero no es así, no hemos olvidado un ápice; claudicará de la misma manera que perdieron Labastida y Madrazo en su momento, por descontento, por desprecio, por hartazgo.

Se acerca, insisto, una jornada sin precedentes en la historia moderna de nuestro país. Me parece un tanto hiperbólico hablar de una “Cuarta Transformación”. En el imaginario, esos epítetos tiene consonancias incómodas con el Segundo Imperio o el Tercer Reich, aunque despierten el furor popular. Bien han dicho varios comentaristas políticos que el “populismo” no es una amenaza; en todo caso, mucho menos riesgosa que el nepotismo que llevamos décadas padeciendo. Siendo sensatos, nada apunta a que AMLO sea un tirano a la manera de Hugo Chávez (que salió del ejército y se ungió de un aire mesiánico para robar como todos los anteriores), ni que MORENA represente una estructura dictatorial destinada a quitarle privilegios a quienes los hemos ganado con nuestro esfuerzo.

Lo que sí es muy deseable, en este momento y en la soledad de mis reflexiones, es que por primera vez en toda nuestra vida podamos confiar en el gobierno y sus instituciones. Que podamos levantarnos el primero de Diciembre con la certeza de que nuestros impuestos se repartirán en otros bolsillos que no sean los de los alcaldes, delegados, gobernadores y diputados que de manera insaciable han saqueado a México. Que podamos esperar que se castigue a quien asesina, secuestra o pide mordidas para hacer un trámite gratuito. Que veamos restituida la confianza en los secretarios de Economía, Salud, Transporte, Seguridad, con quienes podamos hablar como ciudadanos y desaprobarlos cuando no cumplan sus funciones sin mancha o a fuerza de prebendas.

Desde mi infancia he anhelado ver un poder legislativo que irradie responsabilidad y compromiso, un poder judicial que verdaderamente imparta y respete las leyes, un poder ejecutivo que hable otro idioma que no sea el de la retórica y las ambigüedades. Yo espero que esta jornada que se avecina refleje a una sociedad plural y participativa. Que votemos todos, sin distinción de clase o credo, con respeto a la discrepancia, con ilusión de que gane “nuestro gallo” sin importar las gráficas o las encuestas.

Éste será un genuino ejercicio de la democracia y quienes resulten vencedores tendrán que mostrar su tolerancia y su sentido de inclusión. De la misma manera que los perdedores tendrán que aceptar que sus intereses no coinciden con el criterio de la mayoría y que, desde luego, podrán ocupar un lugar crítico en la asamblea ciudadana. No aquella que se reúne para conspirar ni se regodea bajo el techo de los palacetes, sino la que desde la calle y las tribunas públicas exige un México incluyente, justo y abierto para todos.

Por primera vez en muchos años, estoy entusiasmado por votar, por seguir el resultado de las encuestas de salida, por escuchar los discursos de triunfo y derrota de los candidatos en juego. Por vez primera en mucho tiempo, anhelo compartir esta decisión con mis hijos, con mis vecinos, con quienes disienten y quienes protesten, con mis Paisanos (así con mayúscula), que merecemos de verdad un futuro o al menos un presente cargado de esperanza.

La canción del inmigrante

La canción del inmigrante

Su rapacidad no conoce límites, lo intuye desde niño. Entonces hurtaba  las escasas joyas de la abuela y las vendía a cambio de juguetes o prebendas. Después aprendió el redituable negocio de ofertar los vicios humanos, que para fortuna de quienes los usufructúan, resultan insaciables. Tabaco en las escuelas, licores adulterados en los callejones y estupefacientes -los más codiciados- que sólo se venden bajo llave y sobre pedido. 

Muy pronto advirtió que la connivencia de la policía en este negocio es un requisito imprescindible. Dumonde, gendarme del 10e arrondisement, resultó bien predispuesto, a cambio de un soborno periódico, que Marcel, su lugarteniente, depositaba en un buzón de correo predestinado en la banlieu. 

  • Te estás quedando corto, canalla – me dijo, sin más preámbulo, esa mañana en que lo encontré simulando que vigilaba. 
  • Te pago bien, Dumonde. ¿Qué más quieres? 
  • Protegerte me cuesta mucha energía, chico. O mejoras el trato, o me niego a garantizar tu libre comercio. 

Dijo esto como si se tratara de un acuerdo compartido para surtir a los grandes almacenes. Su actitud y su mendicidad me exasperan. 

  • Bien, Dumonde, veré que puedo hacer – y lo vi alejarse con su cinismo a cuestas. 

Una hora más tarde, encontré a Fabianne, mi brazo derecho. Se había desteñido el cabello y lo traía cortado a la manera de los sesentas, que la hacía verse aún más intrigante. Le expliqué que teníamos un problema. Delgada, de ojos pardos y con una boca suculenta, me dejó anticipar con su mirada que todo estaría bajo control en breve. 

Tres días después circuló en la prensa local que un policía corrupto había sido encontrado en paños menores y casi degollado en un hotel de paso en Ivry sur Seine. La noticia sólo mostraba la habitación y las piernas desnudas del cadáver. No había sospechosos; el recepcionista de noche lo vio entrar sin compañía, vestido de civil, y el cuarto estaba desocupado – con toda certeza, afirmó – antes de su llegada. 

Reuní a mi gente en la casa de seguridad esa mañana. 

  • Vamos a mantener un perfil bajo por dos o tres semanas – les dije. – Sobre esta mesa encontrarán un sobre con su nombre y lo suficiente para subsistir tranquilos mientras se aquietan las aguas.

Tras despedirlos, le pregunté a Fabianne si estaba tranquila, libre de sospechas. Como suele ser su actitud, simplemente asintió y tomó su sobre; sin duda mi mejor soldado. Sé poco de su historia, pero sus ojos revelan los desiertos y naufragios que ha vivido. Parece una mujer añosa, cuya historia está cargada de cicatrices. De Túnez a París por vía de Marsella, ¡lo que no habrá vivido para convertirse en esa hembra hosca y siniestra que todos admiramos!

La acompaño hasta la Gare du Nord (o es ella quien protege mis pasos) donde se pierde entre los pasajeros que se apean en la estación. Sé que se refugia en Bélgica por temporadas poco predecibles y aparece sin más, justamente cuando la necesito. Alguien me confesó que tiene un hijo en Bruselas, pero no me consta y tampoco hay confianza para indagarlo. Sé que dirige una banda de mujeres argelinas y marroquíes, las “Tueurs noirs“, que tienen su base en los suburbios de Charleroi, pero no dudaré de su lealtad. Es implacable y ejecuta mis órdenes con precisión. Además, sabe respetar los territorios ajenos.

Tras ocultarse en el puesto de periódicos y comprar un café, la joven de origen árabe adquiere un boleto de segunda clase hacia Bruselas. Es bastante altiva, de cuello largo y con una tez almendrada que atrae las miradas a su paso. ¿Quién puede imaginar que va armada hasta los dientes y que sabe blandir una navaja desde que era niña? Creció sola entre los estibadores de Marsella y aprendió a defenderse cuando se percató de que esos arrumacos la dejaban adolorida entre las piernas, incluso al punto de sangrar y sufrir para sentarse o lavarse por varios días.

En ese puerto inmundo se cambió el nombre. Fadila, la virtuosa, no tenía lugar entre aquellos seres apestosos y arrogantes que la adoptaron a regañadientes. Un famoso jugador del Marseille (Fabien Barthez) le sugirió su nueva identidad, Fabianne, la indomable. Aprendió a dormir con un ojo atento a cualquier ruido, entre gatos y ratones, bajo la lluvia y arropada con periódicos para mantenerse cálida en los húmedos inviernos del Mediterráneo. Dominó el cigarro y el alcohol sin que éstos a su vez la sometieran, como a tantos marinos que vio morir vomitando sangre o caer presa del delirio.

Cuando cumplió doce años, supo que su tiempo de aprendizaje había concluido. Era momento de armar su propia flotilla, de conquistar fronteras y tomar posesión de la ciudad luminosa, la meca de todos los inmigrantes, París. Llegó de noche, como se introducen los forasteros, husmeando, sombras irreconocibles entre los que sueñan o fornican en el anonimato de la gran ciudad.

Han pasado ya siete años y Fabianne observa el paisaje otoñal que pasa efímero por la ventana. ¿Cuántas veces ha recorrido esta ruta sin sentirla suya? ¿Cuántos silencios y recuerdos se han agolpado en estos vagones? A media tarde, desciende en la Zuidstation, donde la esperan Salwa y Oumaima en el andén cuatro, serias como soldados de guardia; listas para rendirle cuentas de lo conquistado en su ausencia. Como es habitual, la jefa lleva una bolsa de cuero que contiene dos de sus tres pasaportes falsos, una cajetilla a medias de Gaulois, su hijab a cuadros, un cambio de ropa interior y la novela de Leïla Slimani, a quien admira y desprecia a la vez. Extrae dos latitas de Cachou La Jaunie para sus soldadescas, quienes las aceptan con recato.

Fadila es una joven mujer imponente en su belleza y actitud. Sus seguidoras saben que las protege aún en en la penumbra brumosa de las distancias. Nadie osa contradecirla y se rigen por un código secreto – como la Omertà -, de modo que podrían ser torturadas y esclavizadas antes que denunciarla.

  • ¿Están bien todas? – pregunta, no bien se apea del tren. ¿Kahlil?
  • Sin novedades – responde Salwa, una chica regordeta, de rasgos tunecinos bien acentuados y con ojos negros de una profundidad insondable. – Tu hijo está con Zainab, quien le enseña el Quorán como tú has dispuesto.

Por primera vez en muchas semanas, sonríe complacida. Su hijo será un fiel jihadista, acaso hasta un jeque, y no sólo el hijo bastardo de dos exiliadas – recias mujeres, madres a destiempo – cuyo amor está prohibido en su propia tierra.

Al entrar a su departamento, el olor a lentejas y cebolla la recibe como un viento de hogar que remonta años y montañas. Kahlil está atento al televisor y ella encuentra a su pareja de espaldas en la pequeña cocina, lavando platos. El cabello negro está atado en una trenza que cae a media espalda y se mueve sutilmente, como si tarareara para sí en silencio. La toma por la cintura y la besa en el cuello. Zainab se deja arropar y suspira.

  •  Ahlan wa sahlan! – le dice con ternura, al tiempo que se gira para besarla.
  • Tendré que irme pronto, querida, no he terminado mis tareas en París. Lo siento. Sólo podré quedarme unas horas.
  • Pero esta noche olvidemos el trabajo, Fadi. Déjanos tenerte sin premura. Te hemos añorado mucho, mi amada.

Hacen el amor con lágrimas de reencuentro a la luz de una vela y con aroma de Oud en aceite para emular su noviazgo. Antes del amanecer, la amazona está en la calle, pertrechada para tomar el autobús a París Nord y librar su última batalla.  Esta vez se ha puesto el velo y rezado sus oraciones mientras su amante duerme sosegada y los suburbios belgas permanecen quietos, salvo por el ladrido ocasional de los perros y el tráfico distante.

Vuelvo a mí, a mis pensamientos y obsesiones. No entiendo porqué Fabianne se ha retrasado. Espero que no la habrán detenido con esa colección de armas blancas que suele cargar. Me preocupa además que la muerte de Dumonde haya desatado una cacería.  Si se involucró la policía secreta no estaremos tranquilos el resto el año. Mejor será dormir, en la madrugada mandaré a los pequeños a recorrer el mercado y las terminales de autobuses, para correr la voz de que la encuentren.

El interrogatorio no escatima detalles; parece que toda la gendarmería se ha volcado para descifrar este crimen múltiple. Hallaron a las tres víctimas (dos menores y un adulto) en un baño de sangre, apuñalados mientras dormían. No había rastros de forcejeo; el asesino lo hizo con metódico sigilo. Parece una vendetta entre pandillas que se disputan el comercio de drogas en La Chapelle. Lo que más intriga a los agentes es que las dos mujeres y el más pequeño, que roncaban en la habitación contigua, no fueron molestados en absoluto. Tan es así que los despertaron los vecinos, cuando nadie abrió al lechero y acentuaron sus sospechas al ver salir a toda prisa a una figura en burka, huyendo del edificio.

  • Quizá se trata de una venganza terrorista, mon Commisaire – dice con cautela uno de los detectives. – Dos de los chicos masacrados son europeos.
  • Pero el tercero es un rufián bien conocido por la décima, Phillipe. De raza mixta. Es difícil admitir que un jihadista los mató sólo por escarnio.

No lejos de ahí, Fabianne arroja su muda al río, asegurándose de que el caftán y la pañoleta se confundan entre las piedras con otros trapos viejos. Toda la sangre será lavada, igual que sus afrentas, por el agua que corre hacia ninguna parte.

La rabia humana

La rabia humana

Aquel día festivo, hace casi cuarenta años, murió una joven mujer, presa de meningitis rábica. La habían internado a empellones tres días antes en un galpón del hospital rural que yo cubría en esa guardia de mi servicio social. La escena no se me ha borrado de la memoria. Tomada de los brazos, parecía una bestia sin control (rabiosa era el adjetivo justo) que intentaba morder a sus custodios a ambos lados para que la soltaran. La ataron a un camastro de metal y la cubrieron a medias con sábanas limpias, alejada de propios y extraños, encerrada a cal y canto. La mañana en cuestión, llegué a la clínica apenas despuntando el alba y, tras pasar visita a los pocos enfermos que seguían hospitalizados, me enteré de su muerte durante la madrugada. En los días previos, la recordaba aullando en su agonía, ante mi impotencia como médico recién graduado y consciente de que el desenlace era sólo uno.

El cuerpo exánime yacía entre cobijas revueltas y saturadas de baba. Lo trasladé con ayuda del conserje hacia el almacén que serviría de anfiteatro improvisado al fondo  del jardín, tratando de descifrar en la inexpresividad de sus ojos qué quedaba de aquella rabia. Por encima de mis temores e inexperiencia, me enfundé unos guantes y extraje su cerebro mediante esa necropsia más intuitiva que obligada. Eran otros tiempos, lo admito, y mi pasión por investigar se impuso a la prudencia. Afuera marchaban los grupos de escolares para celebrar la fiesta de la Revolución y el velador (único ayudante disponible a esas tempranas horas) me asistía con una mezcla de morbo y espanto.

Tomé el cerebro disecado (luego de suturar lo mejor que pude el cráneo y sienes del cadáver) y monté en mi pequeño VW para cruzar unos treinta kilómetros de retenes militares por carreteras vecinales. Atravesábamos épocas de guerrilla y, no obstante mi aspecto ingenuo y mi bata blanca, traía una carga inexplicable en el asiento trasero de mi coche. Por fortuna, mis tragos de saliva y afectación al mostrar mis documentos no me delataron.

En el centro antirrábico del Estado me recibió una joven veterinaria que, como yo, hacía la guardia en ese aniversario de asueto. Cuando extraje el cerebro de la bolsa de plástico, expresó al garete:

  • Caramba, ¡qué cerebro tan grande!¿De qué raza era el perro?
  • Es un cerebro humano – repliqué con serenidad -. Hice la autopsia de una paciente que falleció esta mañana.
  • ¡Pues yo no toco eso! – exclamó en medio de un ataque de pánico.

Así que, puestos a concluir la investigación, me trastoqué súbitamente en patólogo y, siguiendo sus instrucciones, disequé el cerebro y monté las laminillas para estudiarlo. El examen microscópico reveló los distintivos cuerpos de Negri, inclusiones citoplásmicas típicas de la rabia.

Llamé para notificar del hallazgo y avisar a las autoridades locales y centrales. Además, emití un boletín junto con la veterinaria que para entonces estaba a punto de invitarme a cenar por gratitud. No he vuelto a ver un caso de hidrofobia desde entonces y la rabia humana pasó a ser una categoría metapsicológica.

La ira, el enojo, la cólera. Los diccionarios la definen como “una intensa pasión o sentimiento de disgusto, resuelto en antagonismo y nutrido de sensación de agravio o de insulto”. En los textos aristotélicos se menciona el οργή, una expresión emocional destructiva,  que intenta deshacerse de lo nocivo. Por eso, a la ira “la acompaña cierto goce, porque se pasa el tiempo vengándose con el pensamiento, y la imaginación que acude entonces causa placer, como la de los sueños (Retórica, página 96)”. Entendida así, la rabia disipa el temor y reafirma al sujeto para apartarlo de las injurias que amenazan su integridad afectiva. Es un sentimiento de aversión que protege la vulnerabilidad de nuestro psiquismo.

Somos sujetos del lenguaje. Mediante la palabra nos hacemos presentes en el mundo de los semejantes. Imploramos, negamos, elegimos, rechazamos. Sólo como sujetos hablantes desciframos significados y, desde pequeños, planteamos nuestras demandas perentorias con el llanto, que después, fruto de la experiencia y el fracaso, exige ser verbalizado. Así, la convención del diálogo transforma la perentoriedad de nuestros actos en súplicas o imposiciones, según el caso. Se puede decir que modula la violencia del impulso y lo vierte en fonemas que buscan la respuesta en el otro. El tono de voz, el ritmo y la elocuencia del discurso, derivan de esa interacción que interpela, que rasga el horizonte de lo ajeno para devolver lo propio.

Nuestro impulso natural es descargar las emociones, que se modula mediante el trabajo psíquico de representar y ligar aquellas representaciones que excitan nuestra experiencia con afectos, atenuando la dinámica de acción-reacción. En la medida en que privilegiamos la significación de las vivencias, le damos relevancia a la cualidad y modo de enlace de estas representaciones para regular nuestras descargas afectivas: Reprimimos nuestros berrinches, pedimos las cosas por favor, sonreímos para obtener una gratificación, etc. La fuerza del entorno cultural, validada en lo edípico y lo superyoico, hace su ingerencia en nuestros deseos. Nada será igual en adelante, incluso el coraje tenderá a verificarse.

Por eso, todo malestar mental implica una enajenación del sujeto, un modo de extrañarse o sustraerse de la realidad, que se advierte como inaceptable. Cuando abandonamos de bebés la satisfacción plena, al servicio del placer puro, cedimos la confiabilidad a lo que percibimos y cotejamos en atención al otro.  Aprendimos a explorar periódicamente las similitudes y disonancias externas, instituyendo a la memoria como sistema de registro y confirmación. Nuestros impulsos, otrora dirigidos a nuestro cuerpo como investidura de afectos autoeróticos, se subordinaron a modificar la realidad con arreglo a fines específicos, lo que equivale a mudarnos en acciones: llorar para obtener la leche nutricia, iluminar el rostro para reclamar la mirada de mamá, y así sucesivamente. Conforme maduramos, discernimos que el ejercicio de pensar pone en suspenso nuestras acciones, y que la reflexión pensante denota propiedades que permiten soportar la tensión del estímulo que quiere descargarse. Un ejemplo: “me puede gustar mucho un chico de la escuela, pero me detengo a seducirlo con palabras o insinuaciones, que iré graduando en proporción a su respuesta empática. Si me lanzo de golpe, seguro lo asusto y lo pierdo”.

Cabe preguntarnos: ¿Qué es de la rabia que surge como respuesta a la agresión? La agresión deliberada castra, desintegra, contiene todo el bagaje de la pulsión de muerte. La rabia puede ser una réplica a la motivación frustrada, sea que se ponga en entredicho la seguridad personal o alguna otra necesidad básica. La respuesta adopta así la forma de rechazo, defensa o agresión conmensurable. Nos impacta como la emergencia de un impulso endógeno que se configura como disociación o tensión displacentera. En ese sentido, todo instinto es una pieza dislocada de actividad que intenta ser expulsada hacia la alteridad. Incluso, la abstención y el silencio pueden suscribirse como expresiones de cólera.

Lo habitual, no obstante, es que la rabia desborde. Atrapa al sujeto por los hombros y lo sacude, lo secuestra, lo toma por sorpresa y le arrebata la razón y la mesura. Nubla con su vendaval oscuro toda perspectiva, inunda el afecto y subvierte las palabras en injurias o reproches. La ira tensa los músculos, irrumpe en el cuerpo. De modo que otorga una fuerza inusitada a quien la padece, una rudeza que suplanta la fragilidad que le sirve de manantial. De ahí la fatiga que sigue a un ataque de cólera: los neurotransmisores exigen tanto de los tejidos, disparan a la vez tantas hormonas y catecolaminas, que se requiere un periodo de latencia para volver a la carga. Lo no hablado irrita, enciende, penetra los órganos y los inflama hasta saturarlos. Su descarga se torna imperiosa: la agresión domina y predomina. ¡Imaginen cuántos procesos psicosomáticos pueden resignificarse bajo este enfoque!

Aprovecho esta disertación para invocar la calma (aunque nos enfurezca el derrotero al que nos pretenden conducir nuestros políticos) y la civilidad en estas dos semanas que restan para elegir a nuestro próximo presidente. Es probable que no resulte ganador el candidato de nuestras preferencias; a eso se le conoce como democracia. Pero tendremos que aceptar todos que triunfó la mayoría, porque se identificó con su ideología, porque creyó en su discurso o en sus propuestas, porque se dejó engañar o por despecho…poco importa. Los números serán la voz del pueblo, el peso de la mayoría se impondrá con justicia y apego a la ley. Así las cosas, quienes resulten descontentos tendrán que tragarse su duelo y organizarse para cuestionar aquello que se implemente a contramano en el sexenio que se inaugura. Para eso se inventó la democracia en Atenas hace veinticinco siglos. Bastante sangre y esperanza se ha derramado desde entonces para defenderla.

Desde Aquiles, que desató su cólera contra Agamenón por deshonrarlo, como muestra la pintura de Giovanni Battista Tiepolo (1757), los seres humanos nos hemos preguntado qué pasiones arrebatan nuestro corazón más allá de lo puramente instintivo. Nada como el amor, dirían los filósofos, porque se aprende después de que el odio ha poblado de sobra el inconsciente.

PD. Pero el coraje también es una fuerza edificante, como decía Emil Cioran: “Sin embargo, tú sigue tu camino y, como sol escéptico, ilumínalo con los rayos de tu cólera pensadora”.

 

El diablo en el paraíso

El diablo en el paraíso

El campanario llama a misa de siete y los novicios se aprestan a lavarse y tender sus catres con esmero. Son días de invierno y las cobijas deben quedar bien dobladas para conservar un poco de calor cuando caiga la noche. Están listos para sus oraciones, insultan, corren y se empujan jugueteando para llegar antes a la capilla.

El rector ha reunido a los demás sacerdotes en los primeros bancos, bajo un estricto orden: el director espiritual a la izquierda seguido del vicerrector, el ecónomo y el confesor. Ha dado también la orden de que sea el padre Damián, prefecto de estudios, quien oficiará la celebración matutina durante este mes de Enero.

En medio de los salmos, lo miramos con recelo, otros con complicidad; sabemos quién. Me pregunto si es para reivindicarlo. Aquí los secretos queman como brasas.

Damián (porque no merece llamarse padre) es un hombre robusto, de ojos verdes penetrantes, que destaca por su andar sigiloso y su naturaleza seductora. Tiene manos y labios gruesos, su arma mortal. Los candidatos que están en proceso de discernimiento vocacional caen fácilmente en sus redes. Su estrategia es bien conocida, pero no hemos logrado reunir pruebas para que nos crean.

Por supuesto, los recién llegados se deslumbran con su inteligencia y poder carismático. Les habla de Cristo como si contara una epopeya, deteniéndose en detalles que recrea del Nuevo Testamento con tal lucidez que uno puede ver a los chicos boquiabiertos y asiduos para no perder uno solo de sus seminarios de Teología. Los conoce por su nombre de pila y, soterradamente, les coloca apodos que ganan la simpatía hasta de los más tímidos. Estos últimos suelen ser sus primeras víctimas.

En mi generación es aún difícil discernir quien ha sido su presa; salvo los más descarados, que no ocultan su lascivia. ¡Cuántas noches los oímos escaparse hacia su recámara y volver como zombis, como si hubiesen celebrado la comunión! Los demás callamos al principio por recato, después por miedo y en fecha reciente porque suponemos que existe connivencia entre el clero para no denunciar estos crímenes, para perdonar lo imperdonable.

Sé que me puede costar la expulsión del seminario, incluso la excomunión, pero es mi deber escribir esto para dejar testimonio de lo que he vivido. Ante todo, para vengar de algún modo la muerte de José Miguel, un seminarista que sufrió en silencio hasta que le fue imposible tolerar la vergüenza.

Ambos, junto con Eduardo “el Purépecha”, venimos de Michoacán. Encontramos la vocación por separado; al fin y al cabo, somos de distintos pueblos. Pero sentíamos esa fraternidad que te ampara cuando acudes a un lugar que anticipas hostil, o por lo menos, inhóspito. Nuestro acento, nuestro origen, no siempre han sido bienvenidos. De forma espontánea hicimos equipo, y logramos que nos respetaran. Los grupos de poder suelen tener fracturas.

Josemi, como lo apodamos a poco de ingresar, destacaba por su inteligencia y su dicción. Pronto se convirtió en el favorito del Ecónomo y el Prefecto de Estudios; algo que nos parecía natural dados sus atributos. Nunca pensamos que su cabello rubio opaco o sus ojos azules formaran parte de tales virtudes. Era un muchacho fresco, rebosante de vida y simpatía, aunque un poco retraído cuando enfrentaba la autoridad de los sacerdotes. Entre nosotros, no obstante, era quien organizaba los partidos de futbol y nos instaba a leer más, a trasponer las fronteras del seminario con avidez de conocer el mundo y sus pasiones. Lo sentíamos como un líder espiritual, que nos daba confianza y que sabía apoyar a quienes flaqueaban o se sentían nostálgicos.

La trama se fraguó a partir del segundo semestre, cuando Damián lo requirió en sus aposentos con el pretexto de “orientar su vocación”. Supusimos con merecida ingenuidad que Josemi andaba flojo en Teología, acaso debido a sus diversos intereses académicos; así  que no le dimos mayor importancia al hecho.

Pero su rostro cambió a partir de entonces. Lo noté lánguido y nervioso a la vez, cuando regresaba un poco tarde y todos los demás ya estábamos en cama, leyendo o dormitando. Había perdido la luminosidad de su sonrisa. Si antes nos transmitía confianza, ahora había una sombra de inseguridad en la manera como se dirigía a sus más cercanos compañeros. Lo comenté con Eduardo y decidimos confrontarlo.

  • Te hemos visto apagado, distante – le dije, aprovechando un descanso en el patio donde compartíamos un refrigerio.
  • No es nada – contestó, visiblemente abatido – es que tengo mucha carga de trabajo.
  • Pero, ¿qué te están forzando a estudiar otros temas?
  • Sí – respondió sin mirarnos. – Eso es – y se incorporó de golpe, dejándonos pasmados, con el diálogo al viento.

En las semanas siguientes el conflicto se agudizó. No sólo llegaba tarde a dormir varias noches por semana, sino que había adelgazado y se le veía francamente deprimido. Me acerqué al Padre Lorenzo, nuestro confesor, y le externé mis preocupaciones por la salud mental de mi amigo.

Desdeñoso de mi pesquisa, me señaló que para algunos candidatos los requerimientos de una vida célibe y aislada pueden ser abrumadores. Y ofreció acercarse a Josemi para apoyarlo en este trance. Hoy sabemos que ni siquiera lo intentó, que fue uno más de quienes solaparon los delitos sexuales que ocurrían a diario en ese infierno.

Nuestro camarada dejó de hablarnos, se sumió en un silencio que auguraba tragedia. Pasaba horas rezando en la capilla y descubrimos a través de los cerrojos que se flagelaba de madrugaba, bajo llave, con un cinturón mojado. Dejó de convivir con nosotros y, por supuesto, se bañaba a deshoras, para ocultar sus heridas y su vergüenza. Las visitas nocturnas al padre Damián continuaron sin receso. En el día los veíamos charlar a sotta voce por los jardines, Josemi cabizbajo siempre y Damián a su lado, destilando ese tono altanero, como si lo instruyera en algo secreto.

Una tarde que le vimos pasar la mano por su espalda en el curso de aquellos paseos íntimos, caímos en cuenta de que su manera de tocarlo era distinta; parecía una caricia impúdica más que una palmada de reafirmación. De inmediato, Eduardo y yo nos miramos en complicidad. Habíamos develado el secreto de esa relación y, por grotesco que nos pareciera (lo que nos hizo acallar antes toda sospecha), este gesto confirmaba agudamente el dolor que resentíamos por la ausencia y la opacidad de nuestro amigo.

Esa misma noche, cuando Josemi dejó su catre para escurrirse hacia la recámara de Damián, le tomé de la manga y le supliqué que no fuera, que se quedara con nosotros, que lo defenderíamos como gladiadores contra este oprobio.

  • No entiendes nada, Carlos. Si no soy yo, será cualquiera de ustedes. Así son las cosas en el seminario.
  • Pues entonces nos rebelamos o nos vamos, José Miguel. Te están matando.

Me arrancó su brazo de un jalón y empujó mi catre con un violento puntapié; sus ojos llameaban en la penumbra. Jamás había visto esa expresión de locura en mi amigo, lo desconocí por completo. Ante mi impotencia – quizá también sacudido por el miedo – lo dejé ir. Me aproximé al catre de Eduardo y lo desperté para contarle lo ocurrido. Acordamos que reuniríamos pruebas (él se las ingeniaría para introducir una cámara de fotografía clandestinamente) y presentaríamos la acusación al Vicerrector, en quien confiábamos por su templanza y sabiduría manifiestas.

Diez días después, al terminar la misa de la mañana, el Rector nos confirmó lo inesperado. Un golpe de gracia que no vi venir.

  • A todos los seminaristas y a nuestros hermanos aquí presentes les quiero informar con mucha pena y rogando a Dios que nutra su alma de arrepentimiento, que hemos expulsado de nuestra comunidad a Eduardo Linares (un escalofrío me sacudió y sentí que me desmayaba). Encontramos entre sus haberes personales una cámara y varias revistas pornográficas. Esa conducta no tiene cabida en este templo de veneración a Nuestro Señor. Les recomiendo estar vigilantes y reportar de inmediato, como es su deber moral y religioso, cuando detecten esas desviaciones satánicas, que no podemos admitir ni permitiremos.

Dicho lo anterior, nos envió a cumplir nuestros deberes, pero me detuvo del brazo cuando pasé a su lado.

  • Carlos, lo quiero ver en la Rectoría en cinco minutos. Deje pendiente lo que tiene. Lo espero puntual.

Temblando, fui a la biblioteca y pedí permiso para ausentarme unos minutos. Cuando entré a su oficina, el Rector estaba flanqueado por el Confesor, el Vicerrector y el propio Damián, cuya mirada se me clavó como una espada.

  • Usted ha dado muestras de madurez, Carlos, pese a su relación con Eduardo, pero debemos insistir que cualquier transgresión en esta comunidad será duramente castigada. Eso lo entiende, ¿verdad?
  • Sí, su Señoría, me queda claro.

Debo haber empleado un tono cínico, convencido desde el principio de que habían “plantado” esa trampa para acusar a Eduardo, porque me señalaron la puerta y dieron por terminada la reunión. Creo que pueden imaginar lo que sigue.

Pocos días después, Josemi pidió un permiso y no regresó más. Por boca de otro seminarista que se enteró del chisme no sé cómo, supe que se había ahorcado en su pueblo. Lo encontraron en un baño público, tuvo incluso la penosa cortesía de llevar la muerte lejos de su casa. Lloré de rabia durante dos días seguidos, ocultando las lágrimas mientras trabajaba o acudía a las oraciones.

He decidido vengar la muerte de Josemi y la incriminación de Lalo. Este relato ya está en camino de los periódicos y la Comisión de Derechos Humanos. Yo acuso y ustedes serán mis testigos, no dejen que el averno siga cobrado vidas inocentes.