Arqueologías del futuro

Arqueologías del futuro

Para Héctor y Gloria, con afecto

Se acerca el fin del siglo y las predicciones ominosas son el tema de cada velada en Ciudad Pacifico (y no ciudad González, como pretendía el depuesto presidente). Las mujeres han comenzado a empacar pese a la reticencia de los colonos, hartos de tanto esfuerzo y tan escaso rendimiento.

El viejo Murray recuerda como los primeros en llegar murieron de fiebre terciana y sólo sobrevivieron quienes tenían anemia perniciosa, para sembrar futuro en esta tierra inhóspita y desértica.

  • Estábamos conscientes de que Owen no nos mintió, pero en cierto modo adornó demasiado la propuesta.

Sentados en esa pequeña iglesia presbiteriana lo escuchaban como si fuese el último sermón del exilio.

  • Hemos construido acaso dos millas de rieles para “The great Southern”. En Richmond se ríen a carcajadas de nuestra impericia.

La más estoica de las viudas, Molly Evans, se levantó sin pedir la palabra. Con voz estentórea y sometiendo los susurros que se arremolinaban a su lado, dijo:

  • Tú mejor que nadie sabes que hemos hecho hasta lo imposible por culminar este sueño, Archibald. No puedes culpar al ingeniero de la falta de fuerza de trabajo. En todo caso nos recordarán las generaciones venideras por nuestro esfuerzo, por hacer de este paisaje árido una promesa. Recordarán el nacimiento de la utopía de Sinaloa tanto como la conquista del Wild West.

La audiencia se sumió en el silencio. No había nada que objetar. El ingeniero Owen había ido por enésima vez a la capital para dialogar con Don Porfirio en un vano intento por financiar el ferrocarril.

La alocución de Molly dio por terminada la reunión. Su belleza marchita, sus largos caireles que desde la muerte del arquitecto Patrick Evans guardaba celosamente bajo la cofia, le conferían un aire sepulcral y una autoridad incontestable.

Primero las mujeres, tomando de la mano a sus pequeños y seguidas de los trabajadores e ingenieros, abandonaron el recinto que habían construido diez años atrás para celebrar sus ceremonias y fabular sus proyectos.

A lo lejos, los rieles y los durmientes truncos les mostraron otra vez su empresa fallida. El sol caía a plomo y los hombres se dirigieron a limpiar las casa que dejarían a los nuevos habitantes que llegaban a contramano desde Los Mochis.

Una década atrás, pese al calor inclemente, el cielo impoluto de la bahía se abría a toda esperanza. Las plantaciones de tabaco y la riqueza del Pacífico se unirían mediante un tren que surcaría los horizontes de Norteamérica. Los ideales socialistas amparados en la doctrina de Saint Simon y el puritanismo de los cuáqueros llevaría la opulencia a las regiones más inhóspitas de la costa mexicana.

Los Jameson, Murray, Emerett, Evans, McMillan y tantos otros arribaron con sus carretas, agobiados de sudor y permitiendo que sus esposas se aligeraran la ropa para remojarse en las playas desoladas de Topolobampo.

Con sigilo, las mujeres buscaron un rincón donde pudiesen alzarse las faldas y orinar sin ser vistas. Algunas incluso se soltaron el pelo y sumergieron la cabeza en las olas para sacudirse el sopor. En esos primeros días, azoradas por el viento abrasador que no cesaba, aprendieron a cocinar liebres y peces que los nativos les ofrecían a cambio de telas y utensilios. Los manantiales quedaban a varias millas del campamento y los caballos tenían que refrescarse continuamente para ayudar a acarrear piedra y cal. Descartaron de inmediato construir casas de madera, y si bien cortaron encinos y palmeras para diseñar el puerto, eligieron piedra caliza de varias pulgadas para conservar las casa frescas y ahuyentar a las alimañas. Cada día era un aprendizaje violento. Cuando llegaron las tormentas de invierno, diseñaron canales y repositorios para acumular el agua fresca que no volvería en muchos meses. Muy pronto, las mujeres desecharon sus ropas negras e hilaron vestidos de algodón y lino que traían los recién llegados de Georgia o South Carolina, más acordes con los días húmedos y las noches abrasadoras. Nacieron los primeros niños y les enseñaron a cubrirse del sol, con esas pieles blancas ceñidas para la nieve. Pero la añoranza y la identidad nunca echaron raíces en los montes agrestes de Sinaloa.

Casi diez años perduró la fantasía: vencieron mosquitos, alacranes, serpientes y falta de agua para fundar la comunidad socialista de fin de siglo. La mantuvieron limpia, abierta a los ideales que repetían en cada sermón dominical. Pero en las últimas semanas se rindieron. Owen los conminó a orar para que los pobladores desposeídos que alguna vez sirvieron de peones se posesionaran de las casas y los almacenes. Consolidaran el puerto y vieran la luz que a ellos se les escapaba. Quizá no estaban hechos para este clima, tal vez sobrevaloraron sus fuerzas o la capacidad que albergaban para someter a esta tierra iracunda e infértil.

Albert R. Owen, con pluma melancólica, trazó su legado: “A dream of an ideal city” (1897) publicado cuando sólo quedaban recuerdos aislados en aquellas playas.

Medio siglo después se afincaron otro tipo de cruzados. Esta vez pensando en trasladar su ideal para conquistar el Pacífico norte y construir el Tercer Reich. Subrepticiamente, llegaron a Topolobampo vestidos de civiles, pero en sus baúles de viaje, además de ropas bávaras, traían consigo copias del Mein Kampf que habían memorizado en caso de que los espías aliados descubrieran su proyecto de sedición.

Cabe decir – sin pruebas, por supuesto – que encontraron el mismo muro infranqueable que detuvo a Owen y sus cuáqueros: un mar espléndido, una bahía donde ocultar toda una flota invasora, pero atrás un clima imposible, que los desterró a tiempo y los obligó a buscar refugio en Sudamérica, donde la gente era más taimada y menos celosa de sus paraísos.

Allí fundaron Villa Baviera, donde se dice que afincó Josef Mengele, huyendo de la persecución israelí y los comandos paramilitares que surgieron de Nuremberg. Hubo quien se ocultó por años, pasando por un alemán próspero y aventurero. Chile, Brasil y Argentina era suficientemente extensos e ideológicamente polarizados para dar refugio a esos criminales. Al norte, en las aguas cálidas de Sinaloa, los sueños siguen surcando las olas, en memoria de todos los conquistadores que nunca echaron raíces.

Bibliografía:

  1. El estudio pionero de esa colonia utópica es Topolobampo, la metrópolis socialista de Occidente (1939), de José C. Valadés. Después aparecieron A southwestern utopia (1947) de Thomas A. Robertson, La conquista del valle del Fuerte (1957), de Mario Gill, y Cat’s paw utopia (1972), de Ray Reynolds.
  2. El sueño de una ciudad ideal y Un estudio social se encuentran en Obras (2003), de Albert K. Owen, editado por Siglo XXI y El Colegio de Sinaloa.
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Hoy no me puedo levantar

Hoy no me puedo levantar

La canción icónica del grupo español Mecano cuyo título aprovecho aquí, aludía a las dificultades que padecen los adolescentes para incorporarse, sea para enfrentar la vida adulta o para sacudirse la resaca. Es una imagen elocuente de la pereza o la depresión con que se atraviesa esa etapa, a veces tan escabrosa como pasional.

Pero hoy, que llueve y ha caído de golpe la presión atmosférica, muchos de mis pacientes no se han podido levantar. Algunos me han llamado para confesar que aún no salen del estupor que les causó la última sacudida de esta ciudad; en mi consultorio puede temblar de nuevo. Los más, perciben su cuerpo agrietado por la sinovitis, la pesantez muscular, la tendonitis. No se pueden vestir, subir al coche o al autobús, emprender camino. Su artritis los paraliza.

– También el costo de recuperar la salud – pienso con mordacidad. Desde que apareció en escena la llamada “Terapia Biológica” hace veinte años, no he visto que su precio se ajuste a las necesidades de los pacientes, especialmente de quienes han tenido el desatino de sufrir una enfermedad crónica en el Tercer Mundo.

Al principio pensé como todo ciudadano del neoliberalismo: – Hombre, tendrán que recuperar su inversión. En efecto, se trata de laboratorios construidos y equipados con alta tecnología que requieren estándares de pureza, sofisticación e higiene nunca antes avizorados. A mí me tocó conocer hace tres lustros uno de ellos en Amherst, Massachusetts, que ciertamente parecía un centro espacial, donde las áreas concéntricas hasta donde se preparaba el inhibidor humanizado de TNF alfa (sustancia proinflamatoria por excelencia) eran cada vez más impermeables. A través de las ventanas, uno podía atestiguar a lo lejos cómo una cuadrilla de técnicos ataviados con uniformes herméticos y escafandras circulaban llevando muestras del medicamento. El lugar era impecable. Quienes nos guiaban se mostraban solícitos y contestaban todas nuestras preguntas como si fuésemos niños en visita golosa por una nueva fábrica de chocolates. La “chiquillada” consistía de unos veinte expertos, líderes de opinión en el campo de las enfermedades reumáticas, que habíamos dejado consulta y academia pendientes para conocer ese mausoleo de la biotecnología.

Se trataba de un periplo turístico y comercial dirigido a los potenciales compradores (y a la sazón prescriptores) que habíamos sido invitados de toda Hispanoamérica. Nos trataron a cuerpo de rey. Dos noches en un hotel en el centro de Boston y una cena opípara con langosta y vino espumoso. No había mucho que objetar, en efecto; la biotecnología resultaba tan inaccesible y tan contundente en su efectividad terapéutica que sorberíamos ese trago de vino carísimo sin chistar, al menos por el futuro previsible.

Pero han pasado dos décadas y nuestros enfermos siguen pagando precios de lujo para encontrar la remisión de sus síntomas. Cada vez es más difícil darles la cara y justificar nuestra postura de intermediarios (o cómplices, como el lector prefiera).

Quienes tienen la fortuna de haber contratado un seguro de gastos médicos antes, mucho antes de caer fulminados por su artritis, pueden aspirar a recibir una dotación razonablemente extensa del “”biológico”, como se le dice en la jerga mercantil, aunque sin garantías. Si el proceso va bien; es decir, la respuesta es casi inmediata, no se atraviesa la inmunogenicidad (rechazo del cuerpo al componente no humano del medicamento) y se alcanza un índice razonable de mejoría, todo son albricias.

Sin embargo, la experiencia demuestra que las remisiones completas en los enfermos con artritis son esporádicas, que estos nuevos fármacos inhiben la respuesta inmune innata – nuestra primera trinchera de defensas – y que todos los gastos escalan: pagos deducibles, pólizas, medicamentos, atención médica, exámenes de laboratorio, etc. El resultado es que padecer una enfermedad crónica en América Latina es una tragedia, que arrastra no sólo al paciente sino a toda su familia.

Para colmo, las instituciones públicas están saturadas o en franco desabasto. No cuentan con fármacos biológicos o los tienen reservados para ciertos pacientes que por una u otra prioridad (no seamos ingenuos), los reciben con regularidad en detrimento de todos aquellos que no son elegibles.

Alguna vez leí que la moral es tan sólo un método. Supongo que hay gente que subordina la ética al propósito. En el contexto del capitalismo global, la codicia es una moneda de cambio y los pacientes se reducen a números confiables (reproducibles) de una casuística. Si el propósito final es la eficacia, el camino para alcanzar tal meta se hace relativo, por lo que las cifras que caen o escapan a la media son despreciables (el término exacto en inglés es “negligible”). Nos han convencido de que un paciente que sufre debe recibir el mejor tratamiento posible; ética implacable. Pero la práctica demuestra que todos los componentes de esta fórmula mágica respondemos a una instancia superior, que mira el tablero con frialdad y cuenta las piezas restantes tras cada enroque.

Hace unos años aparecieron los llamados “biosimilares”. Se trata de fármacos producidos en China o Corea del Sur, países que cuentan con recursos para generar biotecnología de punta y que, obviamente, quieren una tajada del mercado. Piénsenlo por un momento: el paciente con artritis reumatoide es un consumidor cautivo. No puede dejar nunca su tratamiento, su enfermedad no es mortal, pero no puede evitar hacerse estudios de control periódicamente, no puede abandonar a su médico y, aún más, está dispuesto a pagar “lo que sea” por obtener un mínimo de mejoría que le permita acceder a una vida con calidad. ¡Caramba! El consumidor ideal para la industria farmacéutica.

De modo que la rapacidad es directamente proporcional a la invalidez. Quienes producen los “biosimilares” no financiaron ninguna  investigación básica, no han pasado por el tamiz de las pruebas en animales o en individuos sanos para calibrar la toxicidad del fármaco, ni siquiera han tenido que invertir un solo dólar en publicidad. Todo el camino estaba asfaltado cuando llegaron para competir por los clientes. Vienen a cobrar sencillamente, a llevarse el botín, tal como lo hacían los piratas de antaño.

En medio de esa rebatinga estamos usted y yo.

De un lado, el médico que estudia, rectifica y observa la eficiencia de estos nuevos fármacos en función del beneficio que suscitan en sus enfermos. Una vez que se atreve a reflexionar, justifica sus acciones en tanto el porcentaje de mejoría que observa desde que los inhibidores moleculares salieron a la venta. Pero su ingenuidad tiene un límite: bajo la égida del capital nada es gratuito. Paga con su tiempo, con su lealtad, con su integridad ética o su conciencia. Acaso no está en su manos revertir la desigualdad y el sometimiento a quienes detentan el poder, pero tampoco se sabe cómodo en su lugar de peón, de “proveedor de servicios” e instigador de ilusiones. Ya no basta cerrar los ojos y taparse la boca y los oídos como los célebres simios. La realidad es apabullante y desestima cualquier heroísmo. El altruismo se ha convertido en encubrimiento de la mendicidad. Nos hicimos médicos para hacer el bien y hoy ya no lo podemos sostener.

Entretanto, nuestro paciente que se levanta con dificultad, desentume sus manos deformes o sus pies hinchados, se prepara el desayuno con temor a quemarse una vez más, y se toma su primera carga de medicamentos con algo en el estómago para desafiar la gastritis. Hoy sí se pudo levantar. Se acerca al refrigerador y extrae su droga biológica, pero el entumecimiento le impide aplicársela con destreza. No está dispuesto a desperdiciar otra ampolleta; la última motivó un regaño de su esposa y sus hijos, además de que tuvieron que esperar varias semanas para que el seguro se dignara a surtirla de nuevo, previa visita al médico, justificante y receta en ristre. No, esta mañana esperará a que su esposa regrese del mercado y sea ella quien la aplique. Se recuesta mitigando el dolor con movimientos calculados y lágrimas en los ojos. Prende el televisor en tierra de nadie, para dejar pasar los minutos, y si la atmósfera lo permite, levantarse otra vez para seguir viviendo.

Un amanecer sublime

Un amanecer sublime

Amazing Grace, How sweet the sound
That saved a wretch like me
I once was lost, but now am found
T’was blind but now I see

Abel despertó bañado en esa luz incandescente que no procedía de un solo astro. Instantes después, de nuevo la penumbra, insondable. Su cabaña estaba rodeada de vapor; un vestigio del bosque de coníferas que habitaron en otra época. El ambiente era espeso, como si el sol hubiese tocado tierra y secado todo cuanto alcanzaba a ver desde el balcón. Se advirtió sudoroso, sumido en una fatiga inusitada. En el espejo de rubidio encaró su imagen. ( – De las pocas cosas que no saquearon – pensó, recién instalados en ese ático sombrío. – Vampiros sin imagen ni propósito).

Las ojeras y las conjuntivas púrpuras lo delataban, la mirada sin brillo. Había perdido cabello en mechones y, ante todo, cualquier atisbo de sonrisa. Se reconoció apenas en esa faz inane con las mejillas agrietadas de tanto andar bajo la capa de ozono. La barba cubierta de rosácea y vello de muchos días. Se tocó el pecho para encontrar él ápice del corazón y recorrió su costillar que cada mañana se hacía más prominente. Tenía las uñas rotas y llagas en las manos. Manos que ya no reconocía como suyas. Buscó a su mujer en todas las habitaciones y la encontró en el baño, temblando pero con la cara tumefacta y con fiebre.

  • No me siento bien – logró decir antes de desmayarse.

La aupó en brazos, pese a su debilidad y falta de aliento, y la llevó como pudo a la recámara, donde sólo quedaba la cama apoyada en ladrillos. El colchón estaba enmohecido y tenía manchas añejas de sangre y orina. Habían conseguido pernoctar ahí durante varias semanas, en esa ruinosa construcción sin ventanas; soportar los fríos y el viento ácido de invierno nuclear que penetraba cualquier orificio.

Una vez que se cercioró de que aún respiraba, Abel separó como pudo las vigas del armario, y extrajo una de las últimas botellas de agua que pudo rescatar de la hecatombe. Tenía un color arenoso, turbia de residuos, pero al menos no daba cuentas en el detector de radiación que portaba siempre en la muñeca. – Este instrumento del demonio – dijo alguna vez, aunque tantas otras le había salvado el pellejo. Salpicó la frente y cuello de su esposa, quien volvió de su sofoco con asombro. Elevó su cabeza con cautela y le dio de beber el líquido sucio confiando en que no lo vomitara. – Reposa – le dijo, mientras ayudaba a desvestirla para aflojar sus tres capas de andrajos.

Afuera sólo se oía el rumor de la ventisca y, más distante todavía, el fragor de alguna batalla sin vencedores. Se asomó para observar los desechos de tanques y armamento, paranoico como todos los días, esperando encontrar algún exiliado ávido de alimento o agua. Una semana atrás se había topado casi de frente con un engendro, verdadera emanación del averno, que cargaba con dificultad un piolet y farfullaba algo a gritos en un idioma desconocido. Abel entendió de inmediato que era un mercenario. Lo delataba su uniforme con camuflaje, roído y pestilente, el muñón del brazo derecho y la horrible cicatriz que le deformaba la cara; una quemadura de antorcha-láser, usada por los jihadistas.

Entre la suciedad y el tizne que cubrían sus facciones, era difícil adivinar su raza, pero Abel comprendió al instante que provenía de los ejércitos caucásicos de la antigua cuenca del Mediterráneo y que no dudaría en matarlos a él y a su disminuida esposa. Como pudo, sacó fuerza de su terror y se abalanzó sobre el monstruo aquel implorando a su compañera que le acercara un cuchillo o una piedra para neutralizarlo. Logró derribarlo, sujetando el brazo armado para impedir que le asestara un golpe a quemarropa, pero la fuerza del hombre lo superaba sin remedio. Además, el salto lo debilitó más, porque cayó sobre el borde de setos secos que rodeaban la cabaña y sintió con toda certeza cómo se desgarraba el tórax.

  • ¡Emma, Emma! – chilló, a punto de desfallecer.

Inesperadamente, la mujer salió por detrás de las dos figuras que forcejeaban y sin más, clavó un cuchillo de cocina con toda su fuerza en el ojo abierto del soldado. Éste extendió las piernas, liberando a Abel, en un arrebato convulso y herido de muerte. Berreó e insultó en su extraña lengua por dos o tres minutos larguísimos hasta quedar inerte, como si un rayo lo fulminase de un exorcismo. Emma cayó entonces de rodillas y empezó a rezar bajo la lluvia gris que caía sin tregua. Su esposo la tomó de los codos para incorporarla, pero ella se resistió, llorando desconsoladamente y pidiendo que todo esta pesadilla acabara para siempre. Abel se contuvo, la miró con gratitud, con profunda pena, y esperó a que se calmara un poco para llevarla de vuelta a su refugio.

En otro tiempo perdido, Emma había sido una doncella de belleza sin igual. Su cabello rizado caía en cascada sobre los hombros, enmarcando la alegría de su rostro eslavo. Sus ojos pardos, enormes – solía decirle -, fulguraban con ese brillo que heredó de sus ancestros árabes. Se sabía mantener delgada comiendo con prudencia, aunque nunca tuvo un cuerpo atlético y más bien destacaba por sus senos pequeños y curvas finas, sin prominencias. Las primas de Nueva Ammán la apodaban Scherezade, en alusión al mítico personaje, rescatado de un roto archivo entre los escombros del segundo Emirato de Ar Riyad.

Bañada en lágrimas, le pidió que la arropara, que le recordara cómo habían sido una familia en otro mundo, en otro tiempo. Poco a poco se fue calmando, sumida en su abrazo y su silencio redentor. Como pudo, cohibiendo el sollozo, le susurró:

  • Sabes, cuando no queda nada, bastan el rezo y el llanto.

Abel no supo qué contestar. Tras la tercera ojiva nuclear, aún cegado por el fuego que abrasó la montaña entera, corriendo como un loco para salvar a los niños de la granja ecológica en Ciudad Tigris (la ancestral Mosul), abdicó de ese dios, que ya no los protegería. Los restos calcinados de la comunidad chiíta de Al-Benahim estaban salpicados de cadáveres. Rodeado de militantes que coreaban venganza y lanzaban al aire disparos con sus fusiles termonucleares, el Dr. Abel Harari no se daba abasto entre las curaciones y las eutanasias por compasión. Ningún suero repolarizante fue suficiente. Los robots quirúrgicos trabajaron sin parar hasta que se quebraron por falta de mantenimiento y los iatrotécnicos tuvieron que recurrir a métodos artesanales – ya olvidados – para operar a los heridos y quemados.

Los fulminados por tanta radiación siguieron cayendo como fichas de dominó. Los viejos y los infantes primero, después los enfermos crónicos, sobre todo aquellos que tenían enfisema por neutrinos, un padecimiento que debutó a mediados del siglo XXI. También los afectados por neuroartritis del virus Omega RT254, un mal espantoso que les impidió alejarse a tiempo de las detonaciones atómicas, dada su invalidez física o mental.

Después de aquella catástrofe, Abel le rogó a su mujer que dejara el centro de rescate (quedaban sólo lechos vacíos y centenares de cadáveres en proceso de putrefacción o embalaje) y escapara con él. Tras dudarlo unos días que se antojaban interminables, huyeron hacia las montañas de Amanus al norte del Sinaí, esperando que la CCC (Coalición Caucásica Cristiana) del Oriente Inmediato respetara el alto al fuego por acuerdo humanitario. La esperanza resultó en vano. Tampoco esta vez los ejércitos en conflicto acataron el convenio, mucho menos sus huestes.

Huyendo de propios y extraños, encontraron esa construcción después de caminar sin rumbo por meses, escondiéndose en bodegas abandonadas, cuevas que antaño ocultaron víveres – restos descompuestos larvados de roedores –  y bajo refugios antiaéreos atestados de gente atemorizada y hambrienta.

  • Sólo nos resta esperar, mujer – le dijo, cansado de tanta violencia y angustia.

Emma lo miró con ternura y le pidió que hicieran el amor, como la primera vez, cuando todo era promesa y aún amanecía.

Ponme la mano aquí, Macorina

Ponme la mano aquí, Macorina

Una de las experiencias más gratas y, desde luego, más instructivas de la Residencia médica es lo que aquí me atrevo a denominar “minuciosidad clínica” (clinical thoroughness). Me refiero a ese método, desprovisto de alardes, que enseña cómo hacer un estudio detallado del paciente. Transitar con prudencia desde el interrogatorio más meticuloso hasta el examen físico que husmea en cualquier recoveco, pliegue o cavidad, para extraer la información necesaria antes siquiera de emitir una presunción diagnóstica y, menos aún, proponer un tratamiento.

La enseñanza tutorial, sin prisas, a la que yo estuve sujeto durante cinco años y que a mi vez, he tratado de impartir a mis alumnos, consiste en detenerse frente al síntoma, imprimirle sentido, extirparlo hasta sus últimos confines. Y, una vez satisfecha esa curiosidad, acercarse al cuerpo del enfermo como descifrando un mapa ignoto, plagado de bosques y oscuridades, que tendrá que revelar sus secretos a los órganos de los sentidos del examinador. Observar, palpar, percutir, auscultar, volver a observar. Cuantas veces resulte necesario, con la lógica de Karl Popper por delante, rasgando las sombras.

Podemos agradecer de aquella enseñanza que nuestros tutores y maestros no exigían resultados numéricos; uno o dos pacientes por turno bastaban para un residente de primer año, acaso tres cuando se trataba de ejercer presión y estirar el rendimiento. El concepto de guardias era relativo. Teníamos que bajar a Urgencias, sí, pero nuestro “ingreso” quedaba en espera de detallarlo, describirlo, descifrarlo y presentarlo con un lenguaje florido rematado con diferentes opciones, que requerían del aplomo y verificación de alguna lectura reciente. En algún momento de la madrugada – cuando las emergencias nos daban tregua – subíamos a retomar la narración, a volver a la página acotada de la revista en inglés, para plagiar lo que en nuestro concepto reflejaba la dolencia del enfermo recién llegado.

Nos podíamos permitir cierta licencia poética, pero las elucubraciones por el mero apetito de disentir no eran bienvenidas. Al fin y al cabo, era ciencia en cruzada contra la muerte lo que ahí se dirimía.

Horas antes el RII (erre-dios en la jerga autóctona) nos habría enfrascado en una discusión acerca de los méritos de nuestra investigación y selección de referencias. Usualmente inquieto por la impericia o la exageración que revelaba nuestra falta de vuelos, acababa por ceder, irse a dormir mucho antes y dejarnos solo para enfrentar la sentencia del médico de base.

El ritual de la mañana siguiente nos convocaba alrededor de la mesa del Sector (consistente de 28 camas y un cuarto aislado), donde cada cual leía su ingreso adornándolo con observaciones del proceso semiológico transitado durante la víspera. El Jefe de sector escuchaba atento y se permitía una o dos observaciones cuando el párrafo no era claro o la rutina del examen lo dejaba insatisfecho.

  • ¿Qué viste en el fondo de ojo?
  • Apuntas ahí que el borde hepático te pareció irregular. ¿Qué quisiste decir?
  • Un nevo entre los dedos – se dice ortejos – ¿y de qué aspecto?

Uno callaba, esperaba su juicio y dotándolo de una autoridad fuera de lo ordinario, lo seguía hasta el lecho del enfermo, deseoso de que todas las bases se hubiesen cubierto, para no incurrir en el error garrafal de confundir las señales clínicas y equivocar el diagnóstico.

El revisor, más experimentado, quien habría recorrido este mismo sendero años atrás, se ceñía a preguntar lo necesario, a explorar lo indispensable, a mirar con aprobación o sin ella al residente en turno y regresaba pensativo al claustro del Sector para dictar su nota de ingreso. Se lavaba las manos con solemnidad, se sentaba frente a la grabadora con el expediente a la vista y dejaba caer el veredicto final. ¿Cuántas veces nos quedamos quietos, esperando que la nota en cuestión coincidiera con nuestras observaciones? A ello seguía un aire triunfante o el peso de la derrota que, por supuesto, con los meses de aprendizaje nos encontraba cada más diestros, cada día menos redundantes y más precisos.

En esos cuartos donde el pizarrón nos vigilaba, aprendimos a “teclear”, a compartir nuestras frustraciones y desvelos; sobretodo a urdir la trama de cada padecimiento y a conocer con lujo de detalle nuestras expectativas y limitaciones. Se podía fumar, claro, y lo hacíamos con fruición. Ante todo para disipar el humo de la angustia, para acompañar la obsesión y las cavilaciones frente a las viejas Remington, que sonaban arrítmicas hasta bien entrada la madrugada. De tanto en cuanto salíamos a caminar en la oscuridad de los pasillos externos para desperezarnos, para regresar a la biblioteca porque nos asaltaba una duda acerca de la leucemia que esa noche exigía una nueva categorización de acuerdo a los expertos británicos, franceses y estadounidenses. O bien, habíamos descubierto, presas de asombro, un nuevo signo o maniobra que algún compañero insinuara y que requería de una descripción confiable e inmediata.

  • Es un signo de Cullen; indágalo en el Surós y luego en el Harrison, pero busca después un artículo en Gastroenterology. Si no, te van a crucificar.
  • ¿Qué nunca habías visto un nódulo de Sister Mary Joseph?
  • Incluye el Chaddock, Gordon, Babinski y Oppenheim. Pero apréndetelos de verdad, ¿me oíste?

En ausencia de computadoras, celulares y otras distracciones, ningún teléfono repicaba después de las diez de la noche. Para entonces, la “mística” se había dictado, los internos llenaban las formas de exámenes que deberían tomarse antes de las 7 AM y los residentes cumplíamos la ardua y solitaria tarea de convencer al mundo – por escrito – de que sabíamos lo que hacíamos.

Por fin, nunca antes de la una ni después de las tres de la mañana, emprendíamos el camino a casa, para dormir acaso unas tres horas y regresar a la brega. Salvo los más acaudalados, todos teníamos coches pequeños (Vochos, Datsun o algún viejo Falcon que contaminaba en exceso). Sobraban lugares de estacionamiento a temprana hora y el tráfico de la ciudad no era problema para trasladarse a tales horas impropias.

El hospital era nuestro hogar y, en efecto, quienes venían de provincia y aquellos cuyos domicilios estaban a más de media hora de distancia, preferían vegetar en la residencia, hasta que el movimiento de sus compañeros de mayor jerarquía los devolvía a la realidad. A la manera de la disciplina militar, nadie se quejaba. Quizá alguno mostraba sus debilidades al caer enfermo, por escasez de sueño o por añoranza. Pero llevaba su calvario en silencio, para evitar las críticas y, ante todo, para cumplir con su carga de trabajo con la más democrática asignación.

El futuro, siempre la promesa de la libertad y la autonomía laboral, eran el incentivo. En esos primeros meses, pocos tenían claro si seguirían una subespecialidad. Pero nos sentíamos los elegidos (the chosen few – diría alguien abusando del inglés). Aislados del mundo y de nuestras familias, pero ungidos gradualmente de un carisma que nos acompañaría toda la vida, caminábamos bajo el sacerdocio de las batas “almidonadas”, como solían espetar nuestros críticos.

Hace una semanas acudieron a mi consulta dos pacientes que me recordaron lo enormemente productiva que fue aquella incubación. Uno de ellos, en pleno verano, recibió el diagnóstico tentativo de influenza y, haciendo caso omiso de meticulosidad, se le impuso tomar Oseltamivir por doce días, antes de descubrir que cursaba con una hepatitis colestásica de proporciones inauditas. El segundo es un chico que recibió isotretinoína para el acné, sin haberse practicado un estudio previo – que habría revelado su Síndrome de Gilbert – y que a la sazón hubiese evitado la rabdomiólisis por la que buscó mi ayuda.

En un país pobre y trémulo como el nuestro, la mediocridad tiene graves consecuencias. Tenemos una responsabilidad ineludible para educar, entrenar y constatar que nuestros alumnos aprendan a hacer bien y con celo su trabajo. Cada paciente debe ser un reto y una aventura. La medicina no puede servir a intereses mezquinos ni claudicar en manos de quienes adivinan en lugar de investigar, saber de cierto y actualizarse.

La reciente tragedia que cobró tantas vidas y destruyó el patrimonio de muchas familias del centro de México nos obliga a meditar si queremos mujeres y hombres competentes y comprometidos, o diletantes que esperan que les llegue la ayuda de otros cielos.

El gremio médico tendrá que someterse al juicio público, hoy y siempre. Más vale que eduquemos con fervor, minuciosidad y denuedo; nuestros  jueces serán mañana severos e impasibles.

Septiembre diecinueve

Septiembre diecinueve

Pasado el temblor, las noticias cayeron como fardos en la conciencia citadina. Tres décadas después, la misma pesadilla. Edificios con cuarteaduras, derrumbes, muerte otra vez; niños sepultados en escuelas, la sociedad civil en movimiento y al rescate.

Acaso esto último es lo más prodigioso y loable. Mujeres y hombres que se desembarazan del miedo y corren a mover escombros, a buscar latidos y suspiros bajo las piedras, a salvar a quienes no conocen pero que de un momento a otro se han convertido en sus propios heridos, sus compañeros de tragedia.

El apocalipsis no nos puede tomar por sorpresa, parecen repetir, al tiempo que levantan cascajo y varillas torcidas. Podrán faltar los víveres, el agua y la luz, pero sobrará la entereza, el esfuerzo común, la capacidad para erigirse en lo más noble del espíritu humano; la bondad. Esta noche y todas las horas que siguen, los rescatistas están luchando contra el tiempo. Saben que allí abajo, entre la tierra que se ha desgajado para siempre, alguien espera con un soplo de vida y no se permiten descanso. Cada minuto cuenta.

Los hospitales y los servicios públicos se han abierto para todos, un ejemplo de democracia que no conocimos en tiempos de paz y tranquilidad. Otra vez la población civil rebasó a las autoridades, como en 1985, cuando aquel presidente y su gabinete titubeaban, mientras las calles se llenaban de ciudadanos dispuestos a entregar su cuerpo y su tiempo para salvar a los otros, los caídos, los aplastados. Hermanos todos.

“Nadie se va a morir ahora” cantaba un trovador cubano. ¡Nadie más!, gritamos los mexicanos.

Frente a la naturaleza estruendosa, ingobernable, somos un mar de brazos entrelazados, somos un cuerpo de rescate, somos un solo espíritu, una sola fuerza, que levanta la mirada hacia al futuro, que puede disipar sus temores y que se lanza, de brazos abiertos, a proteger a sus víctimas.

Cuídense unos a otros, cuiden a los niños, a los enfermos, a quienes han perdido casa o familia. Seamos uno, como lo reclaman hoy el cielo y la tierra.

Corolario

Corolario

La sección 101 del Talking Stick Resort Arena estaba a reventar con fans de los Suns. Mike Nesmith nunca imaginó codearse con esos magnates que tenían boletos de temporada y bebían Macallan, Tanqueray o Guinness como si los regalaran. Con cierta timidez, enfundado en su chaqueta Eddie Bauer y los jeans más limpios que encontró, pidió permiso para ocupar su asiento. El Dr. Schlater ya lo esperaba con una cerveza y nachos cubiertos de queso, vociferando a la par que sus vecinos de fila.

  • Te estás perdiendo un gran juego, Mike. Siéntate. Bledsoe y Chandler los tienen completamente dominados.

Su temor de que Schlater fuese un pervertido se disipó de inmediato. No obstante, se quitó la chamarra y la colocó entre los dos lugares, mirando de reojo al médico, que parecía absorto en el ir y venir de los jugadores.

– Todo es simple paranoia de secretarias – pensó el camillero. Se arrellanó en su sitio y, sopesando su Coors helada en mano, se concentró en el partido.

Tras cuarenta y ocho intensos minutos y un tiempo extra, los dos personajes salieron por la puerta C hacia el estacionamiento. Schlater parecía un asiduo de la Resort Arena, saludando a unos cuantos individuos que no podían ocultar su opulencia. La noche fría estaba poblada de estrellas, Mike respiró hondo y ralentizó el paso.

  • Gracias, doctor – se atrevió a decir al salir a la intemperie. – Le confieso que nunca había estado tan cerca de center court. Fue como embocar las canastas yo mismo.

Marcus soltó una carcajada sonora y le dio una palmada al joven, que saltó un paso hacia delante impelido por su fuerza.

  • ¿Qué dices, muchacho? ¿Te acerco a tu casa?

Mike estaba a punto de rechazar la oferta, pero le pareció una descortesía después de disfrutar de un boleto que había costado más de doscientos dólares. – Sí, doctor, vivo en Alahambra; si le queda de camino.

  • Por supuesto, Mike, voy a Paradise Valley. Es apenas un pequeño desvío.

Más tranquilo, convencido de su reciprocidad, el camillero Nesmith se acomodó con desparpajo en el asiento del Audi Q5, ufano de haber trabado amistad con una celebridad. En ese instante dichoso, era imposible sospechar que emprendía su último viaje.

Ahora sí, Irene Moriarty estaba segura. Sus sospechas se confirmarían en cuestión de horas. Bastaba conseguir una orden de cateo, tomar unas muestras de DNA del Dr. Schlater, revisar su oficina, auto y casa con microscopio, y encerrarlo de por vida. Ni siquiera lo verbalizó. Vernon se ajustó el saco para esconder el bulto de su arma y se encaminó a la comisaría para obtener el permiso y la orden de arresto. Entretanto, Moriarty se dirigió a la oficina del administrador, quien la hizo esperar diez minutos antes de recibirla. La detective recordó una a una las palabras de su jefe, tragó saliva y se concentró en su teléfono móvil, simulando estar distraída. Al fin, la secretaria le cedió el paso.

  • Dígame, agente Moriarty. ¿Ahora de qué se trata? – el tono despectivo de John Arroyo tendió un obstáculo más a su compostura. Pero la mantuvo, a pesar de ella misma.
  • Tenemos indicios muy claros de que el subjefe de Anestesiología, Dr. Marcus Schlater, es culpable de uno o más crímenes.

Arroyo sintió calambres en los glúteos, pero fingió sorpresa.

  • Imagino que tendrá usted pruebas para semejante acusación, detective.
  • Las estamos reuniendo, Sr. Arroyo, y le notifico que una orden de cateo viene en camino, avalada por el FBI y la policía local. Estoy tendiéndole una cortesía para evitarle imprevistos.
  • Mientras no tenga frente a mí esos documentos, Srita. Moriarty (esto dicho con un tono cínico, entre dientes), no tiene usted acceso a ningún área del hospital salvo su cubículo apestoso.

Con toda la calma que Irene se había tragado, sintió el vapor subir a las sienes y estalló: – Usted me subestima, Arroyo. Si por minúsculo que sea detecto un atisbo de complicidad, en cualquier rincón de este hospital que tan celosamente encubre, los accesorios a estos homicidios no verán más la luz del día. Y eso lo incluye, no lo olvide.

El administrador se erizó como gato herido en su butaca. Estaba a punto de responder a gritos, pero Irene salió dando un portazo antes de que pudiera emitir palabra.

El día transcurrió a partir de ahí en un vaivén de órdenes, contraórdenes, tropiezos y peticiones truncas; que finalmente se resolvieron cuando O’Meara, el jefe del FBI en Phoenix y el superintendente de la Policía de Arizona se apersonaron en la dirección del Hospital, recibidos por un cortejo de autoridades impacientes. Pasaban de  las 5 de la tarde. A esas horas, Irene estaba furibunda, no había comido y la cantidad de café que ingirió durante el día no ayudaba a mantenerla ecuánime. Como único atenuante, tenía la certeza de que el círculo se había cerrado y que sus esfuerzos no resultaron en vano.

Entretanto, Vernon Dylan había conseguido la orden de cateo y se dirigía a toda prisa a East Desert Jewel Drive, al norte de Paradise Valley, antes de que Schlater – quien no contestaba su celular – borrara cualquier evidencia.

  • Estoy en una reunión en la Clínica Mayo, Scottsdale. Deje su mensaje – decía repetidamente la grabación.

El agente dio vuelta en la vereda y aparcó ruidosamente delante de la casa, con intención de advertir a los vecinos. El paisaje desértico estaba salpicado de casas estilo californiano, cuyas hipotecas excedían con mucho su propio salario. Se acercó a la entrada, siempre consciente de su pistola y de cualquier murmullo, pero nadie respondió por el intercom. Insistió varias veces y se retiró hacia el porche. Ante las miradas suspicaces del condominio de enfrente, se asomó por las ventanas y decidió rodear la propiedad, esperando que la vecina llamara a la policía, alertada por su intrusión. Cuando estaba a punto de violar el candado que protegía la bodega del jardín, sonaron las sirenas. Dos patrullas encallaron a unos metros y sintió el rugir de un altavoz que lo conminaba a salir con las manos en alto.

La identificación oficial llevó varios minutos. Los gendarmes revisaron la orden de cateo en detalle y tras verificar sus credenciales con la comisaría, lo acompañaron al jardín, sin saber bien a bien qué buscaban. Dylan observó unas raspaduras de metal en el piso de arcilla, como si algo muy pesado hubiese sido arrastrado con dificultad. Desde su celular llamó a Moriarty.

  • Irene, estoy en la propiedad. Necesito un equipo forense… Sí… Lo mejor que puedas conseguir…No te preocupes, aquí espero… Ciao.

El arresto de Schlater no se hizo esperar. Como era de suponer, negó todo. Dijo que había estado arreglando la covacha y sacó basura, piedras y objetos de metal que justificaban las huellas en su patio. Del joven Nesmith no sabía nada. Se despidió de él afuera del estadio y no lo había visto desde entonces. No se detectaron restos de DNA en su coche, bajo las uñas o en ninguna herramienta de su bodega. La única sangre que se encontró en los arbustos era de ardilla y su rastro llevaba distintivamente hasta la perrera del vecino. Mientras esperaban la fecha del  juicio, Irene y Vernon decidieron cerrar la investigación y dejarla en manos del FBI de Phoenix para desentrañar a los cómplices. Los abogados de St. Luke’s obtuvieron la libertad bajo fianza del anestesiólogo con un pago de ciento quince mil dólares, dadas las pruebas circunstanciales que apuntaban a Schlater y a una posible red encubierta.

  • Buen trabajo, agente Dylan – externó Irene, desbordante de alegría, cubierta apenas con una camisa, las piernas desnudas y la champaña en la mano.

Desde la cama, con el torso descubierto, Vernon la miró embelesado. – El triunfo es todo suyo, agente Moriarty. Sin su olfato y perseverancia ese criminal se habría salido con la suya. Llene las copas sin miedo, hermosa, tenemos mucho que celebrar.

  • Aún no terminamos, Vernon. Están por caer los otros. Ya verás.

El corcho salió proyectado hacia el techo al mismo tiempo que todo el departamento quedó envuelto en llamas. La explosión sacudió los edificios contiguos, lanzando dos autos quemados a varios metros de distancia y rompiendo todos los vidrios de cinco edificios y los faroles de la calle. El restaurante hindú Bombay Spice quedó completamente calcinado. El olor a gas se podía percibir a ciento cincuenta pies del accidente. Ninguno de los habitantes del primer piso sobrevivió al terrible estallido. Entre ellos, dos investigadores que habían destapado la trama corrupta de uno de los principales hospitales del suroeste del país y que tristemente se hallaban en su apartamento al momento del percance.

En su oficina, la mirada perdida en el horizonte, el administrador Arroyo espera a la ex secretaria del Dr. Schlater. Por sus servicios y contribución a la integridad moral del hospital, le ha ofrecido una vacante en Denver, donde será la asistente del subdirector, buen amigo suyo. Betsy entra con cierto sigilo, sin palabras para agradecer la magnanimidad de este hombre, que ha ayudado tanto a Samantha en su duelo y que se deshizo a tiempo del perverso Dr. Jekyll, a quien todos saben culpable de la desaparición de Mike.

De caza

De caza

El paisaje lunar en rojo, con huellas de meteoritos y contrastes agrestes que bordean la I-40 hacia el Oeste sirve para que el agente del FBI Dylan se sumerja en sus recuerdos. Esta oportunidad de trabajar en conjunto con Moriarty despierta su ansiedad. Un matrimonio fallido, una carrera que no despegó del todo, y ahora, tras tantos desencuentros, parece que las piezas se acomodan. Enfila su automóvil hacia el pasaje subterráneo y emerge del estacionamiento de la CBIZ Plaza en Earll Drive, colocándose los Ray Ban para mitigar el sol de mediodía.

  • ¡Vernon! – exclama con alegría Irene. – ¡Cuánto tiempo!

Atlético, de tez bruñida y franco en sus ademanes, el detective de Albuquerque se aproxima esbozando una amplia sonrisa. Frente a él, espléndida en su presencia, Irene viste un traje entallado y se conserva esbelta, arropada en un magnetismo que la hace aún más atractiva. Tiene el cabello atado en una cola que acentúa sus rasgos y su belleza innata. Quizá asoman algunas arrugas en la frente y la comisura de los labios, pero irradia frescura. Ambos se trenzan en un prolongado abrazo y se besan en la mejilla, entre titubeos, como viejos amantes. Sentados en el Bobby Q, al oeste de Sunset Village, Dylan pide una carne criolla y Moriarty una ensalada Niçoise; pinot noir de Sonoma Coast y una botella de Gerolsteiner para compartir.

Entre sorbos del vino, Moriarty relata en detalle sus averiguaciones. Su idea es sacudir el granero, como se dice en la jerga policiaca; hacer que el asesino caiga en la trampa. No hay duda de que es un sujeto inteligente (Irene está convencida de que es varón), educado y con acceso irrestricto a todas las áreas del nosocomio.

  • Se me ocurre hacer sondeos con sesgo – dice Dylan, en tono conspiratorio. Irene sabe a qué se refiere: hacer creer a los más sensibles o nerviosos que su contraparte ha dicho algo que los incrimina, para causar revuelo.

Superada la reticencia del administrador Arroyo, los agentes instalan una oficina en la Unidad de Enseñanza. Han prometido no perturbar procesos internos ni sacar al personal en horas de trabajo, lo que los convierte en verdaderos inquilinos del hospital. Cada noche, flanqueados por una pizza o cajas de comida china y la cafetera en permanente ebullición, depuran las grabaciones y cruzan notas, conscientes de que van cerrando el círculo. Fogueados en el arte de indagar y sacudir, al cabo de una semana han descartado la mayoría de los departamentos clínicos. Quedan por supuesto las áreas quirúrgicas, los comedores y los servicios de mantenimiento, donde intuyen que se oculta el criminal.

  • ¿Estás cómodo en el hotel, Vernon? – pregunta de improviso Moriarty, tomando un pimiento con los palillos.
  • Sí – replica el agente, levantando la vista del papel para descifrar la expresión de su compañera.
  • No es una insinuación, tonto. Es una pregunta retórica.

Ambos ríen con la sincronía, guardando para sí ese regusto por el deseo, que trasciende cualquier pacto. La timidez ha vuelto como un duende juguetón que no saben adonde esconder, pero que al tiempo los excita. Despierta un escalofrío que se disuelve en bochorno. Es también esa turbación impúdica que evita concentrarse del todo en el trabajo.

Durante su conferencia, el Dr. Schlater descubre entre el auditorio a esa extraña que ahora pulula en el hospital. Le inquieta particularmente que haya interrogado al enfermero Nesmith, porque no puede aún garantizar su discreción a pesar de haberlo convidado al juego. Hace unas horas, le entregó el boleto para el partido contra los Nets, sugiriendo encontrarse en la explanada o directamente en las butacas de la cuarta fila.

  • ¡Uy, Doc, qué maravilla! ¿Cuánto le debo?
  • No es nada, Mike. Soy yo quién está agradecido por tus atenciones.

El muchacho se quedó intrigado, porque su relación con el anestesiólogo no había pasado de algún saludo ocasional y desplazar su carrito con los instrumentos de anestesia cada tercer día. En la cita con Samantha del viernes pasado – donde conoció a su secretaria -, ella habló pestes del carácter de su jefe, arguyendo que cada día estaba más insoportable. Mike preguntó si pensaba que era gay, porque la invitación al basquetbol “salió de la nada”.

  • No creo – dijo Elizabeth, en tono de burla – es tan arisco que ningún hombre lo toleraría.

Los cuatro comensales rieron al unísono hasta que Mike les contó que lo había visto salir del cuarto del paciente muerto. Ella en particular se quedó temerosa de que a sus espaldas se ocultara un psicópata capaz de perpetrar tales crímenes.

– Tranquila – intercedió Samantha -, es un médico “super-reconocido”, Betsy. No tiene el perfil de asesino en serie. Tú mejor que nadie sabes lo obsesivo que es. Mera coincidencia. ¿No crees, Lawrence? – preguntó, dirigiéndose con afecto al novio de su amiga.

Se despidieron afuera del restaurante Dieci entre halagos y cubriéndose del frío. Las chicas acordaron cenar juntos una vez al mes.

  • La próxima vez prefiero el teatro, niños – apuntó Elizabeth, que anhelaba ver la obra de Hamilton en el ASU Gammage.

Caminando tomados de la mano por Camelback Road, la secretaria le confió al novio sus inquietudes. Él – un poco bobo, otro tanto gentil – prometió cuidarla de los arranques del Dr. Jekyll.

– Mi Larry – chilló la joven con voz melosa, colgándose de su cuello.

Aún no amanece cuando Marcus recorre los quirófanos vacíos con desasosiego. Se acerca al área de casilleros y con la habilidad que ganó en su época de estudiante, abre la gaveta de Mike Nesmith, que identifica de inmediato por la calcomanía de los Suns de Phoenix a todo lo ancho. Intenta revelar las apetencias de este intruso y acaso configurar una alternativa en lugar del estrangulamiento. Descubre con inquina que el muchacho es adicto a los Pringles y Reeses’ pieces. No será problema consumar su caída. Hace dos días recibió el solvente (“tráelo de madrugada, Thijs; sabes que trabajo hasta muy tarde”), que conserva en el patio trasero de su casa, oculto en el cobertizo con los aparejos de jardinería.
La tercera entrevista con esos mequetrefes resultó aún más irritante. La impertinente detective – que se cree modelo de Vogue – se le fue al cuello como perra de presa. Se atrevió a insinuar que él, uno de los 100 mejores médicos del estado de Arizona, podría estar bajo sospecha por sus visitas a deshoras.

– ¿Cómo es posible? – profirió con enfado. – Usted mejor que nadie sabe que pertenezco al Comité de Ética de esta institución. ¿Pretende que me esconda para hacer mi trabajo?
Irene lo miró directo a los ojos, sondeando su incordio. – No lo haga, médico. Justamente persigo sacar a la luz a quien se esconde.

Rumiando su turbación, Marcus recibe una llamada de Elizabeth, su asistente. Lo requieren en las oficinas de gobierno. El administrador está de espaldas a la puerta, atisbando hacia el estacionamiento; simula una actitud de afectada jerarquía. El letrero con su nombre (John B. Arroyo, esq.) luce al frente de su escritorio con ostentación. Se gira al oír al doctor y, en silencio, le señala la silla al frente con la mano extendida. Sin más preámbulo, tira al blanco.
– Los camilleros afirman que te vieron rondar en las habitaciones de las victimas. Más aún, esa insolente quiere someterte a un prueba de polígrafo.
– Un absurdo percance, John. No tendrá consecuencias.
– Pensé que teníamos un acuerdo, Schlater. Ese contrato con las aseguradoras (del que por cierto te has beneficiado mucho) implica que los enfermos terminales a nuestro cuidado pagarán un surplus por muerte accidental. ¿Estás consciente?¿O se te ha olvidado porqué empezó todo este juego? El anestesiólogo se limita a asentir, pensando que la palabra “juego” resulta indigna. – Si alguien sospecha “foul-play”, por remoto que parezca , que uno solo de esos óbitos fue provocado, te denunciaré; te lo advierto.
– No te atrevas a amenazarme, Arroyo. Estás tan hundido en el lodo como yo y esos ingenuos limpiabotas que me obligaste a contratar.
– Confías demasiado, mi estimado Marcus – dice con sarcasmo. – A veces dudo de tu inteligencia. Hace unos minutos estaba observando a ese par de grasientos fumando entre los autos. Se podían ver hasta aquí las ampolletas que guardan en sus batas azules. ¿A quién imaginas que van a creer, doctorcito?

Bastaron unas copas de Chablis, la cena a media luz en Donovan’s y una conversación más íntima para que Irene y Vernon dejaran los grilletes del FBI y retomaran su romance. Fue un enlace vibrante, como una tolvanera que los arrastró con la avidez del sudor, del hambre y del fuego. Ella se abrió en un mar de erotismo y Vernon la penetró lentamente, mirándola a los ojos para sumergirse en su arrebato; reescribiendo el tiempo perdido, reinventándose.

Desnudos bajo la luz esquiva, Irene le confiesa que estuvo a punto de casarse, que han sido años indistintos de soledad y aprendizaje y que, por fin, a pesar de esta entrega, prefiere mantener su relación sin expectativas. – Amigos con privilegios – dice, tocándole los genitales fláccidos.

Se toman libre el domingo para visitar Sedona y ascender unas millas hacia las montañas Schnebly. Por la tarde, Vernon compra ropa en el Outlet y despide a Irene después de tomar un capuccino y repasar los equívocos de la investigación.

Al ingresar al aula adaptada como cuchitril de comisaría, a primera hora del día siguiente, Dylan se detiene en seco. Irene está interrogando de nuevo a Maggie, la enfermera que encontró muerta a Emily Everett el mes pasado. Quiere repasar la conversación que precedió a la inspección nocturna del Dr. Shlater, a quien ha apodado “the usual suspect”.

– ¿Dice usted que lo perdió de vista unos minutos? ¿Traía consigo algún material quirúrgico o de anestesia?

Tocan a la puerta y la averiguadora se interrumpe. Son Samantha De Luca y Elizabeth Harris, las secretarías que han estado aportando datos sobre el último deceso. Se les ve alarmadas, la primera con lágrimas frescas y el rostro contrito. Betsy se adelanta:

– Su novio no aparece desde el sábado en la noche. Teme lo peor – señalando a su amiga -, porque fue al juego de basquetbol con mi jefe, el Dr. Marcus Schlater. Por favor, ayúdennos.

Los agentes se miran en connivencia; es el giro que esperaban.