El cantor de Muro

El cantor de Muro

Uno se puede morir en cualquier momento, me dijo, y no volver jamás a la tierra que te vio nacer.

Desde aquel campanario donde soplaba la Tramontana y en días claros podía verse Puerto Pollença, el anciano escuchaba absorto el canto de su hijo. Éste, en el centro de la plaza, erguido sobre un pedestal centenario, entonaba las canciones que aprendió en el campo, ésas que las mujeres repetían a sus hombres en los días frescos para recoger patatas o segar olivos farragosos.
El mar estaba revuelto a lo lejos y se anunciaba un largo invierno. Los almendros, ajados como las paredes del pueblo, despedían a los forasteros – muy pocos – y a los que ansiaban otros horizontes con más promesa.
La idea de “hacer la América” se escuchaba entre los jóvenes como un portento. Guiem se reunió ese Lunes, como tantos otros, para comentar el partido de fútbol previo con sus contertulios; el pan con sobrasada su único desayuno. No era la primera vez que se proponían dejar la isla para siempre. Las ofertas de trabajo y la derrota del Ebro auguraban tiempos inciertos para quienes no fuesen vencedores ni vencidos.
Esa mañana emprendieron el rumbo a Can Axartell como si persiguieran la cima del Himalaya.  El fresco de la mañana se abatía contra sus mejillas y hacía más difícil el ascenso. Se apearon de sus enmohecidas bicicletas y caminaron entre resoplidos y el trino incesante de las alondras. La idea compartida era reunir pesetas suficientes para sufragar su exilio. El camino hasta la Masía estaba enlodado por el rocío y el paso de las bestias; olía a pinos y azucenas.

A la distancia, el gorjeo de las aves de corral y el ladrido de los perros anunció su llegada. La mestresa, una mujer enlutada de largo cabello blanco y de boca ahogada entre arrugas, acudió a recibirlos. Su cerrado acento la delataba, oriunda de Llucmajor.

– Son tard, xicots- dijo, sin cumplidos, mirándolos de pies a cabeza como si fuesen bandoleros.

Trabajaron hasta que cayó la última nevada, talando árboles – esos que ya no daban sombra -desde temprana hora, forjando pacas de madera para alimentar el horno de la propiedad contigua y mirando atónitos como se horneaban ladrillos para edificar Sa Pobla, Muro, Alcudia, Inca y otros pueblos vecinos. Pernoctaban en un cuarto oscuro ocupado por catres y ruidos de ratones, asediado además por la ventisca que ululaba a través de las rendijas.

Con el paso de las jornadas, la patrona (cuyo nombre nadie supo) le tomó un recatado cariño a Enric, el más joven de los exiliados. Lo acogió bajo sus alas y le pidió que ayudara a desbrozar el campo, arara con la mula y el tractor, delineara los surcos y plantaran juntos la hortaliza. Mientras los más robustos cargaban troncos sin descanso hacia el horno, Enric y la vieja salían al amanecer, después de alimentar a las gallinas y los conejos. Separaban con cuidado las semillas y regaban los cauces con una destreza que podría calificarse de poética, observando cómo el agua se deslizaba naturalmente por la pendiente y regresaba surco a surco hasta bañarlo todo. El joven agradeció siempre ese acto de creación conjunta, hacer de la tierra un remanso de coles, arvejas, guindillas y tomates mientras despuntaba la primavera y el cielo recuperaba su luz auspiciado por el aroma de los almendros que apenas floreaban.

Cuando el vergel estuvo saturado de colores y verduras, Manel anunció que se marchaban; el mar los reclamaba. La patrona preparó esa postrer cena bajo un aire de melancolía. Junto a la cazuela perenne que decoraba la chimenea, rebanó con delicadeza la hogaza de pan para hacer sopas mallorquinas. Eligió sus mejores coles y cebollas, asó los tomates que había recogido con Enric, pidiéndole que los sopesara, uno a uno, antes de partirlos. Fue un rito silencioso de despedida, a sabiendas de que ninguno volvería a confraternizar en esta vida. Sólo el más joven, que tras esa intimidad de huerto y parto, entendía el desamparo de la mujer, la acompañó en su tristeza. Le pidió a Guiem que entonara antiguas baladas de Mallorca y Cataluña, con esa voz de tenor que todos admiraban. Sólo el chico imberbe, otra vez, reparó en las lágrimas de la patrona, que se incorporó de golpe para ocultar su duelo.

  • Lluny d’aquells terrats, on els gorríons s’estimen i canten, i les monges estenen els pecats del món i la roba blanca…ai! i la roba blancaaaa!

No salió de su habitación por la mañana; los muchachos reconocieron tal gesto de displicencia para evitarle más pesares. Guiem y Enric voltearon hacia la ventana alta de la Masía cuando dejaban el camino pedregoso. Ambos creyeron ver una sombra lánguida que quizá los bendecía. Canturrearon de camino al pueblo para tomar el tren desvencijado de dos vagones que los llevaría a Palma y a conquistar su sueño. Rieron como niños durante el trayecto cuando Agustí se apeó para orinar y sin prisa, regresó trotando hasta el vagón que viajaba así de lento.

– ¡Coranta putes! – gritaban, entre carcajadas y arengas.

El barco estaba listo para zarpar: primero Ceuta, la Gran Canaria, Cuba, Puerto Ordaz, Santos y finalmente Buenos Aires, donde atracarían después de dos meses de privaciones. Los días se encendían con un calor inclemente, que los expulsaba del camarote de tercera clase que habían podido costear con sus ahorros. Manel, el mayor y más experimentado, pues procedía de una familia de pescadores de Sóller, les sugirió que comieran poco, bebieran lo indispensable y evitaran dormitar durante el día. Tras dos semanas de intercambiar historias, fumar sin ganas y aburrirse hasta el desvelo, la irritabilidad los carcomía. Como solución se emplearon de grumetes,  para lavar la cubierta, dar de comer a la tripulación del carguero y separar la pesca del día. El pago era en dólares, que hasta entonces desconocían, pero que brillaban como oro en cualquier puerto. Sus cuerpos se aceraron con la brisa y las manos, ampulosas, dieron cuenta al fin de su odisea. Sólo el sudor los refrescaba de día y el estupor del alcohol les permitía salvar las noches húmedas de estrellas. Aprendieron a dormir desnudos, a liar tabaco rústico y hablar poco; además de afrontar las mareas y las tormentas como todo hijo de la mar.

En los puertos del Caribe probaron la piel de una mujer mulata por vez primera, delirantes de aguardiente y de cansancio. Ahi en La Habana perdieron a Enric, quien decidió seguir la voz de una sirena que lo sedujo durante tres noches seguidas. Tomó su pequeño alijo, se bañó con agua sucia por última vez sobre cubierta y abrazó a sus compañeros, barba con barba, dejándoles un beso en la mejilla al pie de la escalinata. Sin pesadumbre alguna, conteniendo la euforia, por fin les dijo: – Mi destino está aquí, camaradas, quiero tener hijos que huelan a caña, que corran libres por el monte y que conquisten otras tierras. Los añoraré siempre, hermanos; acaso algún día las olas nos reencuentren.

Los tres restantes atestiguaron cómo el joven se reunió a lo lejos con su amada, una morena desgarbada y de un perfil irresistible. Ya no se giró a despedirlos, la suerte estaba echada. Durante muchas de las jornadas siguientes cantaron al unísono en su nombre y bautizaron un montículo cerca de Puerto Ordaz con una botella de ron como “la roca d’Enric”, ahogando los sollozos y acompañados de tres meretrices, igual de ebrias, que no alcanzaron a descifrar de qué se trataba aquel ritual.

Cuando desembarcaron en la boca del río argentado, eran hombres curtidos por la sal y el viento. No bien caminaron unos pasos, los deslumbró el señorío, la elegancia, la música taciturna en contraste con los barrios de colores, la locura desbordada por el fútbol y la bonanza. Era ese el territorio más rico del mundo, sobraba la carne y manaba el vino; había trabajo en los muelles, las haciendas y las pampas. Cada cual tomó su rumbo en aquel vastísimo paraje de montañas y viñedos. En un ruidoso bar de Palermo cruzaron las copas antes de marcharse a procurar fortuna y familia. Nunca más pasarían penurias.

Sólo la voz exquisita de Guiem, el cantor de Muro, permitió que toleraran aquel viaje interminable hasta el fin del mundo.

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Llorar por dentro

Llorar por dentro

Marina acude a mi consultorio después de un largo periplo. Es una mujer joven, de tez mortecina, que viene bañada en quejas. Ha visitado tantos especialistas que acarrea un talante adverso contra quien la confronte. Su gesto es de rencor, muy lejos de la aquiescencia que uno espera – narcisista al fin – de un nuevo paciente.

  • Estoy cansada de tomar antiespasmódicos y probar dietas infames, doc – exclama, como monólogo de apertura. – Espero que usted tenga más inventiva.

El reto me seduce más que inquietarme, quizá porque tengo años de ver pacientes con síndromes que no encajan en ningún examen químico o inmunológico, y sin embargo, son fuente innegable de sufrimiento para quienes los padecen. Antes que nada me apresto a escucharla, a desnudar con respeto la narrativa de sus dolores, a sondear donde se perdió el hambre y la voz en los meandros del deseo insatisfecho.

¿Qué son entonces los trastornos funcionales digestivos?

Con este nombre, tan fastuoso como eufemístico, los doctores conocemos a los diversos problemas que irritan el tubo digestivo, sin causa aparente. Me refiero a las esófago-duodenitis, las dispepsias y el colon irritable (y quizá incluso el reflujo neonatal), que suelen ocupar más del 15% de la consulta de primer contacto. ¿En qué consisten? ¿Porqué son tan frecuentes?

La denominación de “trastorno funcional” ha motivado repetidas discusiones sobre su origen y sus consecuencias. En ausencia de hallazgos histopatológicos o de laboratorio que justifiquen su existencia, se han elaborado los criterios médicos de Roma, que caracterizan cada padecimiento según su modalidad o presentación; pero ante todo, por carecer de elementos estrictamente tangibles. Estos criterios salvan a los clínicos de ahogarse en el vacío nosológico, pero ayudan poco a los pacientes, porque no aclaran de dónde viene tanto desarreglo. Por lo pronto, aquí los tienen:

http://www.romecriteria.org/assets/pdf/19_RomeIII_apA_885-898.pdf

Menos sensible aún es la Psiquiatría, que se ha dedicado a buscar asociaciones con rubros clasificados en su manual de padecimientos de la esfera mental, en su última versión, DSM-V. Por ejemplo, la gastritis tiene que ver con ansiedad, 32% de los enfermos con dispepsia tienen alteraciones psiquiátricas, y el colon irritable coexiste con una prevalencia de 60 % de trastornos afectivos, particularmente ataques de pánico o temores hipocondriacos. Como los psicofármacos no acallan del todo estos síntomas, el panorama que nos pintan es bastante pesimista.

En efecto, estos problemas (TFDs para abreviar) recaen fuera de la órbita de lo consciente. No los hacemos sino que los padecemos, dicen los enfermos. Son agruras, inflamación de vientre, espasmos de dolor, diarreas sin explicación, estreñimiento crónico y meteorismo recurrente, que alteran la vida y producen aprensión. Muchos pacientes consultan porque hacen miserable su cotidianidad y nos traen el síntoma digestivo como una encrucijada puesta en el deseo.

En principio, nadie se sorprende cuando vinculamos tales molestias con los sollozos del lactante por hambre o incomodidad al defecar. Resulta obvio que nuestro sistema nervioso autónomo nos avisa de la cercanía de mamá (su pecho que apacigua), del tránsito de las heces (renuente o dócil) y del vaciamiento del estómago o de la saciedad (sensación de oquedad o de plenitud), como un lenguaje que aprendemos antes de eslabonar palabras. Añado esas metáforas entre paréntesis para que reparen en la importancia de la percepción visceral para la construcción de representaciones psíquicas de lo somático.

La afección funcional que no se refleja en exámenes de laboratorio y que no tiene un sustrato distinguible en los tejidos, puede considerarse como una “actuación” de sentimientos que toman la forma de dolor o acumulación de tensión en el territorio orgánico. Es un “hacer algo” desde el cuerpo a cambio de reprimir las emociones, cuyo propósito sería dispersar la sobrecarga afectiva. A diferencia de lo psicosomático, donde el cuerpo imprime al espacio inefable sus propias dimensiones, transformándolo en imaginario, los TFDs nos guían al deseo reprimido. Si la angustia es una señal del sujeto ante la inminencia de una falta – llámese objeto de amor, goce sexual, castración -, la situación ideal sería que nada falte, que no tengamos que enfrentarnos nunca a pérdida alguna. La neurosis es una estrategia inconsciente para preservar la dimensión del deseo, sea que se exprese como ansiedad o como malestar intestinal. Se trata de escenificar la falta, pues ella remite al deseo, perdurable y omnisciente, como cuando éramos bebés y confiábamos en la satisfacción plena. Los espasmos de dolor o la sensación ardorosa que va y viene ilustran esa dinámica inconsciente de ofrecerse para luego sustraerse, manteniendo el deseo bajo el modo de insatisfacción permanente.

Por eso no sirven los antiespasmódicos o los ansiolíticos, porque el sujeto deseante que padece TFDs existe por y para la preservación de esa carencia arcaica. Sus síntomas digestivos son la formulación no hablada de tal conflicto. En términos emocionales, el paciente con TFDs está buscando la encarnación de un amo mítico que le resuelva el problema, que conteste a su delirio autonómico. Como lo que desea es un ideal, cualquier gastroenterólogo está destinado a fracasar ante sus síntomas vociferantes. Todo médico especialista devendrá como un constructo imaginario del sujeto (lo que equivale a decir, estéril en su oficio) y claudicará en su intención de reparar el deseo incesante, sumergido entre las criptas intestinales. La supuesta objetividad del científico falla porque, ante la mirada aguda del enfermo, no puede encubrir su ineludible subjetividad. El paciente “sabe” –con esa hipersensibilidad inconsciente- desde la primera entrevista, si el doctor que está consultando se articula a partir de la omnipotencia, la perversión o la seducción. Y elige o desecha según el caso.

Bajo esta lógica suplicante, se produce un vínculo social que enfatiza la imposibilidad del propósito. La pérdida originaria debe expresarse como una demanda, dirigida al semejante: el cuerpo imaginario no tiene culpa alguna, simplemente reclama, exige y busca consuelo. Los pacientes se conocen de ida y vuelta todos los fármacos: los inhibidores de la motilidad, los procinéticos, aquellos que mitigan náusea o dolor, los que “protegen la mucosa gástrica” y los que facilitan el vaciamiento. Con el correr del tiempo, se hacen más expertos que sus médicos. Lactulosa o Lubiprostone para el estreñimiento, Trimebutina o Lidamidina para la diarrea, Tegaserod para los cólicos, Rifaximina para los gases, antidepresivos para lo que sea… Quizá sólo les faltan las estadísticas, pero lo novedoso decae antes de probar su efectividad.

Es llamativo lo que se logra con psicoterapias breves en algunos enfermos para mitigar sus síntomas, cuando puede aflorar el lenguaje verbal y los fantasmas adquieren corporeidad. Tal vez el reclamo se enhebra de significación para diluirse en lo simbólico. Acaso libera al sujeto deseante de su esclavitud; aunque me atrevo a decir que quizá sólo la subvierte.

Lo que arrebata el sueño

Lo que arrebata el sueño

To my lip
Fate turns up the bitter cup,
Forcing me to sip;
‘T is a bitter, bitter drink,
Thus I sit and think,—
Thinking things unknown and awful,
Thoughts on wild, uncanny themes,
Waking dreams.
Spectres dark, corpses stark,
Show the gaping seams
Whence the cold and cruel knife
Stole away their life.

Paul Laurence Dunbar (Melancholia, 1913)

 

Lo que intranquiliza, lo siniestro. Estos términos pretenden abarcar la nutrida semántica del concepto “das Unheimliche” que Sigmund Freud elaboró en 1919 para referirse a todo aquello que emana de nuestro inconsciente y nos sacude por inusual o extraño; que percibimos como ajeno, si bien procede de lo más profundo de nuestro inconsciente. Freud se refiere específicamente a algo inefable que causa angustia y terror, que emerge de la intimidad pero se desconoce. Y precisa: “Lo familiar es algo que apunta en la dirección de lo ambivalente y coincide con su opuesto, lo siniestro”(ref. 1).

Emplea para ilustrarlo el cuento de Ernst T. A. Hoffmann (1776 – 1822) “El hombre de arena” en la que su personaje central, Nathaniel, se enamora de Olimpia, una muñeca avistada a distancia que no sabe si está viva o inanimada. Esta ansiedad se proyecta en Coppelius, el impertinente abogado que visita a su padre de noche, a quien asimila al Hombre de Arena (ese que roba los ojos a los niños mientras duermen y se los lleva a la luna para alimentar a sus voraces habitantes). En el recuerdo de Coppelius se funde el comerciante italiano Coppola quien le da – o le quita- los ojos, “bellos ojos” a su amada inane. Tal enigma siniestro lo amenaza hasta la locura y el precipicio.

Al principio de su texto, Freud sostiene que lo siniestro es ese tipo de horror que emerge de lo que nos resulta familiar. Es algo que existe dentro o figurado en lo ya conocido. Lo que denomina “Heimlich” (hogareño) se vincula a algo que se conoce y es cómodo por un lado, pero secreto e inefable por el otro. La casa, para Freud, es un lugar secreto, encubierto, así como lo siniestro (Unheimliche) es algo que debería permanecer secreto pero que por alguna causa ha sido revelado. Eso indica que son dos significantes que se contienen mutuamente. Para dar un ejemplo concreto, el maniquí es algo que nos resulta familiar dado que reviste una figuración humana, pero al carecer de vida nos reporta cierto desasosiego porque a primera vista no sabemos si estamos ante un ser viviente o una pieza de plástico.

De manera análoga, el temor a la muerte es un pavor primitivo que compartimos todos los seres humanos, que puede rastrearse a la creencia de que los muertos se convierten en el enemigo, venerado y amenazante a la vez. En parte tememos tanto a la muerte porque no sabemos nada de ella, excepto que es una garantía desde que nacemos. Freud sugiere que un antídoto inconsciente al que recurrimos para negociar este inevitable destino es la creación del “doble”. Una construcción fantasmal que el niño genera durante las fases más tempranas del desarrollo para proyectar una extensión de sí mismo como “ícono que asegura la inmortalidad”. Una vez que el sujeto sale de esta fase de narcisismo primario, el doble adquiere un significado siniestro: se convierte en el heraldo de la muerte.

Es pertinente señalar que lo más amenazante para la integridad humana tiene que ver con la sexualidad. Si bien la angustia primigenia de perder al objeto amado (la madre, como garante de vida y sustento) provoca desorganización mental, la neurosis de ansiedad – más tardía en su incepción durante el desarrollo psicosexual – es su equivalente cuando debuta la rivalidad con el padre (aquí, el que sustrae tal cariño incondicional) y prescribe la castración como un paso madurativo ineludible. Freud y sus sucesores, propusieron que esas imágenes internalizadas de objetos de deseo o de venganza, sufren numerosos desdoblamientos y puede reflejarse – por virtud de la fantasía o la identificación – en otras personas que representan un alter ego, una versión vicariante del Yo en el otro.

La repetición de estas imágenes, sus designaciones o sus representaciones se configuran como un artilugio tan familiar como siniestro, que aplasta el alma en su afán de retaliación y de castigo. Así, la idea del doble que encarna lo siniestro se reproduce, como en una sucesión de espejos e imágenes interminables, tan comunes y a la vez tan extrañas. En tal contexto, la máscara, la réplica, el payaso, la asombrosa similitud de los gemelos y los espectros nocturnos son figuras justificadamente inquietantes. El delirio del doble desencadena un círculo vicioso que se perpetúa; porque al tratar de extirpar el significante amenazador, la persona repite una y otra vez el conjuro hasta que lo hunde en su vórtice de ansiedad.

Con estas observaciones, Freud dio con el fenómeno de “compulsión a la repetición”, un mecanismo psíquico que subyace a todo principio de destrucción, a toda intención de sabotear o abandonar el tratamiento.

En Medicina, con menos suspicacia que en Psicoanálisis, vemos esa compulsión a la repetición en múltiples facetas. El adicto o el alcohólico, que vuelve una y otra vez por la misma senda, aparentemente ajeno a su derrumbe, que resulta tan obvio para quienes le rodean. El paciente que se niega a aceptar un diagnóstico del que tendría que hacerse cargo, para conocerlo y ayudar a sanarlo, mientras recorre uno y otro consultorio, buscando la reafirmación paradójica de su negación. El médico que insiste en una estrategia terapéutica que ha fallado en otras manos, sin respaldo científico o sin siquiera buscar un consenso con otros colegas, como un mérito narcisista que sólo perjudica a sus pacientes, y se va quedando solo, extrañamente solo, en sus embates. La madre que insiste en que su hija repite su sintomatología como fruto de efluvios genéticos que nadie descubre, sin advertir la identificación histérica que refrenda lo que ella es incapaz de deslindar.

También el mundo medicalizado que hemos fabricado tiene algo de ese desdoblamiento en su dinámica siniestra. Las compañías de seguros dictaminan, con patente rezago de conocimientos, quien debe y puede recibir tal atención. Es lugar común ver cómo fragmentan los diagnósticos en entidades cuasi independientes que el paciente debe acreditar en cada reclamación, como si se tratara de un nuevo sujeto ante un nuevo inquisidor. No sorprende que se vean repetidamente engañados y atrapados en una red de observaciones falaces, porque lo que está detrás es la decepción para obtener el beneficio pecuniario.

Más acá está la industria farmacéutica que, si bien ha mejorado sus códigos axiológicos, está movida por la capitalización monetaria y la competencia insaciable. Como peces voraces, los laboratorios supranacionales engullen a otro y a otro, eliminan piezas, elevan precios, juegan en la bolsa financiera y eligen -como en un abanico de naipes- qué fármaco será en esta temporada el más redituable, en función del mercado de enfermos que lo requieren. En medio queda el paciente, preguntándose quién lo cuida, quién investiga para ampliar el panorama fisiopatogénico, quién vela genuinamente por su salud.

Y a la vera está el médico, aliado habitual pero ajeno, que recoge sus incertidumbres y extrañezas, indagando en el otro lo que falta en el escenario íntimo, siempre a merced de aquello que no es familiar pero tampoco acierta. Esa es la naturaleza humana, insondable, condenada como Sísifo a la repetición, hasta no verse frente al espejo roto y reconocer con humildad que sólo el amor recíproco devuelve el hambre sin saciarla.

  1. Sigmund Freud. 1919. The uncanny. Standard Edition, vol. XVII. Pp. 217 – 256. Vintage – The Hogarth Press, Londres 2001.

La inmediatez y el afecto

La inmediatez y el afecto

Son casi las tres de la tarde y el tráfico se aglomera en las calles aledañas al local donde comemos. Es un modesto restaurante italiano que se va llenando de ruido y comensales sin orden. Mi hija y su amiga Inés comen entre risas un plato de macarrones con queso mientras yo trato de ingerir un mal vino siciliano a la manera rústica. La espera me permite observar las mesas vecinas y trazar un panorama de la conducta cotidiana.
Me ha llamado la atención la pareja a mi izquierda. Con cierta diferencia de edad, parecen bien avenidos. Engullen con avidez una ensalada y ella conduce entre bocados la conversación. El hombre tiene a su lado un teléfono celular que atisba constantemente siguiendo un partido de fútbol, mientras asiente y responde con la boca llena a su interlocutora. Ella parece cómoda con el arreglo, habituaba a esta desatención y sin reparar en el partido que sigue su curso entre frases truncas y miradas esquivas.
Las niñas frente a mi ríen y se incorporan un par de veces para explorar los lavabos. Les dedico tiempo y bromeo con ellas mientras insisto en que coman y dejen en paz su gaseosa. Mantengo con toda conciencia mi teléfono celular en el bolsillo para evitar que este preciado rato de alegría se desvanezca entre llamadas o mensajes insustanciales. ¿Cuál puede ser la urgencia que me distraiga de gozar las travesuras y la curiosidad de estas pequeñas? ¿Cuándo tendré otra oportunidad de estar solo con ellas?
Cuando Donald Winnicott habló del “holding” (contención) y Michael Balint de la confianza básica, no podían prever que viviríamos esta época de evasión y esclavitud con las pantallas. El teléfono celular se ha convertido en una compañía indispensable, al grado que se percibe una escandalosa desnudez cuando se olvida.

Además de arrebatarnos la atención y diferir el contacto con los otros, el móvil funge como una escafandra, un manto de invisibilidad y un prisma para ver y no ver el mundo. Las mujeres jóvenes de mi ciudad lo cargan como un arma en el bolsillo posterior de sus jeans, listo para acometer a la menor provocación. Lo adornan, lo visten, lo personalizan y lo saturan de instantáneas que compartirán una u otra vez como si fuese su carnet de identidad. Ese vestigio que no dice nada de ellas, ni de sus intereses e historia personal, pero que ciertamente las define. Es sólo una suma de momentos, sin orden o sentido, que las matiza como un vestido efímero para la ocasión.

Los hombres, a nuestra vez, nos sumergimos en las noticias, los deportes, la sátira o la admiración de mujeres inalcanzables, forjando un escaparate privado que no deja lugar a la comunicación. Es el teatro instantáneo, fugaz, que nos distrae y alimenta para no vernos obligados a reparar en el afecto. Evasión permanente, adicción por lo virtual.

Debemos reconocer que para lo inmediato los sentimientos son redundantes; basta un emoji, un meme, un GIF o un monosílabo. “El imperio de lo efímero”, sentenciaba Gilles Lipovetsky hace treinta años, anticipándose a esta época donde nada se queda y, a la vez, todo se apetece. En ese libro medular, se refería en primera instancia a la moda; también a la seducción y la diferenciación marginal que gobiernan a las sociedades modernas. Señalaba que somos presa de la inconstancia frívola, que a su vez determina una organización clasista dictada por las apariencias. Nada más vigente; se trata hoy del caldo nutricio que alimenta las redes sociales. El goce, en el sentido psicoanalítico, que suple al deseo porque lo colma en especie pero nunca lo satisface.

Compramos, bebemos, mandamos mensajes que se desvanecen como humo, pero somos incapaces de sentarnos frente a frente para mantener un diálogo y explorar las ignotas profundidades del afecto.  Incluso en psicoterapia – que se pretende un espacio libre de distracciones externas – suenan los teléfonos y algunos pacientes extraen su celular para mostrar el intercambio que tuvieron con su pareja, porque ya no lo pueden verbalizar o acaso revestirlo de una interpretación subjetiva. Asi sucedió, nos dicen; tal cual, eso es lo que prevalece. Lo virtual ha tomado el mando de nuestras vidas y socavado nuestras emociones.

A riesgo de forzar la analogía, me atrevo a pensar que las relaciones humanas hoy en día han sufrido mucho con la intromisión de las imágenes flotantes. Vivimos en una era donde los matrimonios son frágiles, el sentido de comunidad es casi nulo y la soledad nos ha tomado por asalto. Las desavenencias conducen fácilmente a separaciones y divorcios, porque la axiología que nos mueve no es fundacional y mucho menos perdurable. No tengo porqué rendirle cuentas al otro, tolerarlo o aguantar sus desplantes. Mejor me voy, me busco a alguien más que me descubra fresco y virginal. Frente a una pantalla no seré juzgado, puedo criticar y sumarme a la masa sin ser visto. Mi carátula (Facebook) hace de mí un engendro imaginario, que matizo a placer y del que puedo esconder lo más vulnerable. Por mis fotos y “likes” me conocerán.

No se trata de añorar el pasado bajo el argumento de que entonces carecíamos de distracciones y lo concreto se plasmaba en toda realidad circundante. En efecto, por motivos morales o acomodaticios, resultaba más difícil romper un compromiso conyugal sin haber sopesado al menos lo que quedaba a la deriva. Constancia objetal, afirmarían mis colegas; un bien inmaterial aunque poderosamente necesario. Quizá la inmediatez y el universo de lo evanescente nos han creado la idea de que cualquier cosa es reemplazable: el celular por la versión siguiente, la hacienda familiar por el departamento donde cada cual se encasille, la ropa de invierno por la de verano; en fin, la pareja de muchos años por otra que nos vea mediante el reflejo narcisista que pretendemos proyectar.

El atenuante de esta tarde es una pareja al fondo del restaurante que conversa nutridamente, separados apenas por sus bebidas. Ella se percibe vehemente, gesticulando para enfatizar sus ideas. Sonríe y convoca el interés sostenido de su interlocutor, a quien tengo de espaldas, pero que advierto como se inclina para absorber sus palabras. Me pregunto si este encuentro será definitivo para afianzar su relación, pasar de la amistad y el interés mutuo a la seducción. Espero que sí, ninguno ha blandido su celular en media hora de elocuencia. Debe ser un nuevo récord.

Todo encuentro humano contiene un fulgor sexual; a veces más tenue, más soterrado y también, por supuesto, reprimido. Así lo aprendimos con las caricias de nuestra madre, la interdicción del padre y la rivalidad con los hermanos. Nuestro cuerpo es el depositario de toda esa carga libidinal que nos retrata y no delata. Imaginen un mundo donde tocar y besarse no conduzca más a un lenguaje duradero, a una cierta permanencia, a la posibilidad de compartir el camino y los horizontes.

Si algo temo de esta sumisión a las pantallas y los íconos virtuales, es que dejemos de olernos con ardor, acariciarnos con ternura, escucharnos con paciencia; en suma, desearnos y brindarnos.

Los convoco a retomar esa voz – que remeda a la que nos arrullaba -, esa piel – como aquella que nos mostró el calor y la confianza – y ante todo, ese tiempo, cuando nada era perentorio porque el cielo se abría ante nuestros sentidos y no había obstáculos que nos conminaran a saciar anhelos vacuos.

No es una quimera; guarden su celular, apaguen por un rato sus monitores, aparquen sus autos y disipen su motor interno. Miren a su alrededor, deslúmbrense otra vez; abran un libro inesperadamente, escriban su historia, enarbolen una causa justa, apelen al otro y resistan, hoy más que nunca, el vasallaje de lo efímero.

He ahí el dilema

He ahí el dilema

Parece mera tautología, pero la vida es una lucha perpetua contra el instinto de muerte. Es andar cuesta arriba para vencer los impulsos que nos inducen a la destrucción de todo cuanto amamos y hemos edificado.

No hay jornada en que los medios relaten un deceso, un homicidio, un brote de violencia o la supresión de los destinos humanos. Evitamos desde luego la prensa “amarillista”, pero no basta. Los monigotes que elegimos a contramano o por incuria están destruyendo el planeta. Llámese cambio climático, amenazas nucleares, despilfarro, corrupción o injusticia, lo que prevalece es un repudio a la vida, una tendencia abominable a la aniquilación.

Esa tendencia al retorno a lo inanimado, a un cociente nulo de excitación en el aparato de pensar (y por extensión al cuerpo o a todo cuanto nos rodea), deriva de la metáfora freudiana articulada en su ensayo “Más allá del principio del placer” de 1920 (1). Para muchos de sus contemporáneos, esta era un digresión de sus contribuciones teóricas adoptadas con reticencia por la comunidad científica, así que resulta pertinente retomar sus ideas aquí para intentar darles vigencia en nuestro tiempo.

La pulsión de muerte se origina de la tensión entre la concepción imaginaria del sujeto y aquello disuelto en el cuerpo que no puede alcanzar a representarse. No es pues un “instinto” en el sentido lato del término, porque Freud empleó la metáfora biológica sólo para darle sentido a su elaboración, justo cuando se expandía la microbiología. Tal error se ha extendido aún más allá del principio argumentado, y es lugar común escuchar todavía en el siglo XXI la refutación al efecto mecánico, en una reyerta contra Newton, como si se tratara de volver al Proyecto (2) para articular la psicopatología con la biología molecular.

La observación básica planteada ante esta tendencia hacia lo mortífero es aquello que Freud llamó der Wiederholungszwang, que significa compulsión a la repetición. ¿Porqué, contrariando todos los esfuerzos psíquicos por alcanzar el placer, los seres humanos tendemos al sufrimiento? Fiel a su método discursivo, Freud apeló a la dialéctica para inferir que, mientras la agencia inconsciente clama por la satisfacción de las demandas somáticas, el Yo reprime tales impulsos en una suerte de “masoquismo primario” que toca incesantemente la misma puerta cerrada. En sentido análogo, se entiende el planteamiento original de que toda fuerza motriz o impulso activo que tiene a disminuir la tensión psíquica es tributario de placer y, por el contrario, la acumulación o incremento de tensión emocional va asociada al sufrimiento. En la medida en que la pulsión de muerte se sostiene por la repetición, y bajo la misma óptica mecanicista, sirve para acumular tensión en la esfera psíquica. Pese a la tendencia a asimilar conceptos tales como autofagia, apoptosis o necrosis para darle coherencia biológica al proceso, la repetición no necesariamente implica regresión. De hecho, la idea se nutre de que los impulsos mortíferos son inherentes a la naturaleza humana y “peculiarmente resistentes a los estímulos externos” (Freud).

Toda experiencia traumática – ahora que está de moda el “sexual harrasment” – consiste en la acumulación de energía que satura e inunda la capacidad de contención de los procesos de pensamiento. En ese tenor, el trauma es una forma de descompensación que deja cabos sueltos en el inconsciente, mismos que buscan – en la iteración – la forma de ser sellados o representados.

Concebido de manera psicofisiológica, el Yo es una red de conexiones ligadas por energía: mucho más virtual que lo que proponen las neurociencias, porque el correlato anatómico siempre será insuficiente para explicar la versatilidad de los fenómenos mentales. La pulsión de muerte designa el modo en que la organización dinámica del Yo se ve impelida por la presión de las fuerzas instintivas (impulsos inconscientes) que se manifiestan como energía libre, irrepresentable.

En la clínica, lo observamos en esa tendencia a la inmovilidad terapéutica, a diferir toda intervención con objeto de mejorar, a recusar las indicaciones, o simplemente, al desdén por la salud. El médico vacila, con frecuencia se siente traicionado, y arrebatado por su narcisismo y aquello que hemos denominado identificación proyectiva, recurre al sadismo o al rechazo. No es inusual encontrar que los pacientes hospitalizados que resisten las tentativas del equipo terapéutico, sean heridos emocionalmente o sufran vejaciones, tanto como manipulaciones en exceso como represalia del personal sanitario. No se trata de actos deliberados, que en tal caso constituirían crueldad y una flagrante transgresión a cualquier ética, sino de actos desvinculados de razón, sinsentidos, omisiones, etc.; como toda energía libre arrebatada por la pulsión de destrucción.

Pero también es plausible atestiguarle en los padecimientos psicosomáticos donde ocurre una desorganización progresiva de la estructura corporal. En términos analógicos, el cuerpo imaginario (que es territorio de las manifestaciones conversivas) se ve desbordado por lo irrepresentable de la carne: con toda su morbosidad y su desinvestidura, al grado de difuminarse todo orden, toda coherencia anatómica. Así, la piel deviene un recubrimiento de la fragilidad, sujeta al embate de la agresividad o la culpa. Los órganos de defensa, integrados laxamente en el sistema inmune y sus representantes tisulares, convocan la dispersión de la integridad, la disolución del Yo; y, abusando de la metáfora, es permisible sugerir que el dolor y la inflamación, tanto como la transgresión y la ruptura de límites, sean los prototipos de los trastornos autoinmunes.

He visto durante años cómo la artritis personifica en diversos gradientes la impotencia y la melancolía, en esa ecuación donde la pérdida del objeto se traduce en una sombra que aniquila, que anquilosa, que ejerce su venganza en el cuerpo, a falta de representación ligada al afecto. De la misma manera que la esclerosis múltiple, el vitíligo o las colitis ulcerativas arrancan fragmentos del sujeto, donde están vertidas la estructura sensorial, el calor corporal o la integración de lo que se incorpora o se excreta, respectivamente.

Sin afán reduccionista, esta expresión de lo mortífero se ve reflejada en incontables conductas sociales que procuran el daño individual o colectivo y que se resisten al cambio. Podemos afirmar que lo innato al ser humano, más que el ejercicio de la vitalidad y su esfuerzo creativo, es esa intensa carga por demoler lo más preciado, anular lo más noble de su naturaleza y hacerlo añicos. A menos que otra voz, oportuna y ocasional, una instancia que sepa contener y espaciar, señale apenas entre líneas que lo ominoso no tiene porqué cobrarse otra víctima.

En estas épocas donde la maldad ha mostrado su señorío, la voz del pueblo, la gente en la calle, los que trabajamos por hacer de nuestro mundo un paraje más habitable, tenemos que prevalecer. No callemos, no pasemos por alto los ultrajes y los insultos, no toleremos que a ninguna mujer se le lastime o acose, enfrentemos la violencia de género. Atendamos y confrontemos los impulsos letales, dentro y fuera de nuestros enclaves. Una vez más, sin claudicar, apelemos a la vida.

Referencias.

Sigmund Freud. 1920. Beyond the pleausure principle. Standard Editon, volumen XVIII. Págs. 3 – 64, Vintage/The Hogarth Press, Londres 2001. (Para ponerlo en contexto, una Europa desgarrada ponía fin – apenas un año antes – a la guerra más devastadora que hubiese conocido. Además de la destrucción de campos y ciudades, sufria la inmolación de casi toda su juventud en tierra de nadie. Desolación y muerte por doquier).

Sigmund Freud. 1895. Project for a scientific psychology. Standard Edition, volumen I. Págs. 283 – 397. Vintage/The Hogarth Press, Londres 2001. (Esta obra permaneció oculta en vida de Freud, desterrada de sus aportaciones teóricas. Quizá dudó de que tal sincretismo fuese posible).

Bertrand Russell. 1930. The conquest of happiness. Liverlight, New York 2013.

Lionel Trilling. The moral obligation to be intelligent. Northwestern University Press, Chicago 2009.

António R. Damásio. Self comes to mind. Constructing the conscious brain. Vintage, New York 2012.

 

La memoria es un país extraño

La memoria es un país extraño

Me resisto a creer que sobre aquel farallón de Corbera sus ojos verdes perdieron irremediablemente el brillo. Que la magdalena al estilo de Saint Beuve dejó de evocar los relatos de la abuela y su deceso. Que un abrazo puede subvertir por un momento la melancolía de toda una existencia.
Sueño a veces con esa travesía de noche en el Mediterráneo, en pos de otra cordillera y sin esperar que amaneciera, porque era inaplazable un rompimiento con el candor y la culpa. Nos recibieron la soledad y la aventura, entreveradas con la suspicacia de todo un pueblo, ese que aguardó lo indispensable para acogernos. Las mentiras azotaron el paraíso y en una tarde otoñal, con mi fractura a cuestas, ella se descubrió los senos, convidándome. En todo caso diré que la recuerdo así, aspirando juntos el aire vespertino y en espera de que el otro reaccionara ante el deseo o el desamparo compartido. Nunca más una piel morena me deslumbró tanto ni con tal desvarío. Supe que nos separaba un mar de inconsecuencias y que ella volvería a su isla volcánica en tanto que yo callaría aquel abandono para evitar más heridas.

La memoria es un país extraño, me confesó una amiga filósofa cuando intentamos reunir a un grupo inquieto para explorar sus meandros y teorizar al respecto. Ahora despierto en un cuarto de hotel, las sábanas revueltas por mis pesadillas y se abre ante mi la madrugada sobre la costa sur del país que me vio nacer y nunca ha sido mío. Ayer recorrí trescientos kilómetros de carretera en aras de explorar los contrastes que alguna vez, desconcertado, les mostré a mis hijos varones para recuperarlos. Un horizonte azul, indiferente, y la glotoneria de los forjadores de hipotecas definen el paisaje. (No sorprende que California sufra una sequía y la deuda pública más onerosa de la Historia).

Había decidido entonces emprender un camino distinto, apreciar la realidad con avidez y ceñido egoísmo. En fin, dejar atrás aquello que habría elegido cuando la ingenuidad atropellaba mis impulsos. Lamento mucho haber herido a quien puso la esperanza en mi, frente a un proyecto incierto. Ante todo, haber ofrecido aquello de lo que carecía. Acaso el perdón llega en forma de algún cáncer o la pérdida de la lozanía, que nos persigue y termina por arrebatarnos la libertad, sin previo aviso. Mejor, son las caricias de una mujer que aún me espera, pese a todo.

Anticipando el alba, reflexiono que somos fruto del pasado, que cuelga como una capa sucia de nuestras espaldas, que nos impele a creer que asimos por un instante furtivo el presente, cuando es obvio que se ha ido.

Pasamos la vida reparando: errores, vocaciones, aspiraciones truncas y amores que dejamos marchitar porque nos pudo más la sed que la nobleza. Estoy convencido que mi torpeza guió mis pasos mucho más de lo que hubiese querido; lo inconsciente nos derrama en vaivenes por la vida. Propalado por el vendaval de la vehemencia, no hay perdón que me exonere.

Más viejo hoy, más reflexivo, tengo un territorio ajeno que explorar no bien despierto. Estoy por concluir la novela – conmovedora por su desgarramiento – que le valió al israelí David Grossman el premio Booker internacional hace unos meses. Describe a un hombre afectado por un cáncer terminal que hace de comediante en un bar de Netanya. Le pide a un juez, amigo distante de la infancia, que atestigüe su debacle. Inmerso en un frenesí de recuerdos, compasión y burla, se va derrumbando frente a la conmoción de su auditorio. Un caballo entra en un bar, nos dice, y la realidad deja de tener sentido.

En este viaje acudo a un congreso multicultural, donde a miles de colegas nos une un propósito ambiguo tanto como el silencio. Se mezclan rasgos asiáticos, latinos, árabes, nórdicos; una muestra al azar del mundo con fronteras difusas que habitamos.

Hace tres décadas crucé castillos de nubes y mares ignotos para explorar el alcance de mis conocimientos. Pese a mi edad, era un niño ansioso que se creía con derecho al Parnaso. Pero Apolo y las musas se mostraron elusivos. Hice lo imposible; rivalizar, encarar cada reto, escribir mi tesis mientras descubría encantos y me confirmaba como extraño. Un cementerio de nociones y versos me cobijó durante casi cuatro años de búsqueda. Por momentos, fantaseé en una Europa que me incluía, que rescataba mi herencia mediterránea y me daba cabida como un ciudadano más. El tiempo, que todo lo hace lapidario, curó mis ilusiones. Regresé sin amigos, sin ataduras y quizá ése fue mi más logrado desenlace psicoanalítico. Me puedo ubicar de vuelta en Nepantla, el sol seco a plomo, mirando el valle agreste con añoranza y enfundado en las mejores intenciones. Con la distancia, he perdido colegas (los más por laxitud, algunos rotos por neoplasias), desconozco aquellas orillas – el Támesis, Dover, Yarmouth o su playa pedregosa – y me declaro un poco a mi pesar como un apátrida.

Cada hombre refrenda en voluntad la analogía con la Odisea. No son los lestrigones, el delirio de las sirenas o el heroísmo lo que nos mantiene erguidos, sino el retorno a Ítaca para reencontrar a la mujer que teje nuestra ausencia para no olvidarnos. No obstante, vencidos por las batallas incontables, reducidos a mendigos y con el narcisismo fatalmente lastimado, es Euricleia, la nodriza – que conocía nuestras cicatrices desde niños -, quien nos identifica y delata ante a la esposa abandonada. Morir, en fin, es aceptar que nuestra huella fue  borrada sin remedio.

Puedo afirmar mientras escribo que para todos estos cófrades que me rodean, mi presencia es del todo irrelevante. (Un joven doctor japonés ronca su Jet-lag justo a mi lado; prueba contundente). Amigos o desconocidos, mi voz no evoca ningún significado y podria gritar mis méritos sin despertar nada más que su molestia. Vuelvo al comediante que retrata Grossman con tanta sutileza: la vida es una declaración de principios y fracasos. Sólo la ternura (o el recuerdo insomne de los otros) nos rescata del abismo.

PD. No dejen de leer, no cesen de remar. Penélope aguarda en puerto con esa urdimbre que nunca se termina.

Lecturas recomendadas.

Marcel Proust. Contra Saint-Beuve. Alianza Editorial, Madrid 2016.

Eric R. Kandel. In search of memory. W.W. Morton & co. New York, 2007.

David Lowental. The past is a foreign country. Cambridge University Press, Cambridge 1999.

David Grossman. A horse walks into a bar. Vintage, New York, 2017.

La creación y sus mitos

La creación y sus mitos

There is mythology planted in my mouth which is like sin.

Keep fires inside yourself.

My mother once said, When you were a baby,

            I let you swim in a basin of water

until your lungs stopped. Since then, my eyes were open windows,

Tania Chang (2004)

Son las doce de una nueva arbitrariedad horaria y la noche despliega su lento discurrir frente a las páginas de mi libro abierto. Ha llovido un poco y percibo el pasto húmedo y el tañido de sueños ajenos. Mis perros roncan y la sala está en silencio. La ciudad me acoge hospitalaria en este rincón donde el aire apenas asoma su inquietud y enfría. Allá afuera el jardín está escanciado de hojas secas que anuncian el otoño.

Estoy por viajar de nuevo y esa anticipación de escenarios anhelados se mezcla con la elucubración del mito. Leo a Stephen Greenblat, autor ilustre de The Swerve – que le valió el Pullitzer –, ahora con un ensayo que tituló “El ascenso y caída de Adán y Eva” (Norton Press, 2017). Nada más apelativo para la cercanía ominosa de la vejez que volver a preguntarse acerca del origen.

La mitología ha servido, desde el germen narrativo de la Humanidad, para explicarse lo extrasensorial y lo arcano. En principio fueron los fenómenos naturales, que nuestros ancestros se sintieron obligados a deificar para hacerlos corpóreos y asequibles. El trueno, las inundaciones, las tempestades, el sol o la inmensidad de la noche se erguían sobre los primeros pobladores como entidades amenazadoras capaces de arrasar con el mundo conocido. Después totemizaron a los animales y a sus progenitores, porque la muerte – la finitud humana – devino como el territorio irracional por excelencia. Es notable como el fuego y los diversos artefactos de creación humana no ocuparon ese lugar en la mitología, ni escalaron el Olimpo a sus espaldas.

Dicho así, el mito ha acompañado a la Humanidad para darle sentido a su origen y a su fin, sentido que siempre resulta inefable desde el lugar de los vivos.

La ciencia, como herramienta mágica, nos ha permitido a cambio visualizar al interior de las células y los átomos, pero no nos ha respondido (ni lo hará) a las eternas preguntas: ¿De dónde venimos? ¿Qué hay después de la muerte?

A falta de un catalejo que nos remonte más allá de los folículos ováricos o de la senescencia, numerosos académicos, poetas y antropólogos han intentado desmenuzar los mitos como una inquietud propia de nuestra especie. En correspondencia con Lionel Trilling (The liberal imagination, 1964), acepto que el psicoanálisis es “una ciencia de tropos, metáforas y sus variantes”. En ese tenor, las aportaciones de Sigmund Freud a la interpretación de los sueños, los tabúes y lo irracional son aún el punto de partida para explicar nuestra avidez por lo mitológico.

De acuerdo a él, el mito da salida a los deseos reprimidos y a los temores inconscientes del individuo. Podríamos agregar que esto es válido desde el paleolítico hasta nuestra era de la realidad virtual. Nos identificamos con los crímenes de Edipo – expuso Freud en 1900 – porque traducen nuestros propios deseos incestuosos de la misma manera que nos alivia su castigo (cegarse a sí mismo), porque explica de manera metafórica como escapar de tan inmensa culpa.

Algunos sucesores de Freud, en particular Otto Rank y Carl Jung, se dieron a la tarea de ponerle nombre a los lugares comunes y erigirse como los teóricos de la mitología freudiana, con mucho impacto mediático pero poca profundidad. Asumir que el parricido, la castración o el incesto permean toda la mitología griega y que por ello son los elementos sustanciales del comportamiento humano, no ofrece ningún avance al mito de Edipo y Yocasta, además de que reduce la fascinación humana con sus orígenes al conflicto familiar. Pese a que Jung mismo desconfiaba del valor universal de tales arquetipos, su escuela se ha inclinado por un cierto dogmatismo para encumbrar su figura. La maldición de los profetas y los grandes iniciados, podríamos argüir.

Un heredero de Jung, Joseph Campbell, dedicó sus observaciones psicoantropológicas a refrendar la mitología freudiana (The hero with a thousand faces, 1968). Se refiere al mito como “una matriz ilimitada de significados, como una puerta secreta que se abre al cosmos y permite que decante su energía inextinguible en la imaginación del Hombre”. Alocución que suena más mística que interpretativa, por cierto.

La tradición alegórica data del nacimiento de las grandes religiones, cuando los íconos antropomórficos – y por tanto, amorales – dejaron paso a las deidades regidoras (en particular, al Monoteísmo) y su valor simbólico en la tradición escrita. Esta transacción, impuesta por las autoridades eclesiásticas (eran necesarios templos y enclaves secretos), dotó a los libros sagrados de la verdad y la autoridad en diferentes regiones del mundo civilizado.

Como ejemplo, la imagen de Odiseo atado al mástil para huir del canto de las sirenas, sólo podía ser reinterpretado por la doctrina cristiana como el Cristo clavado en la cruz desoyendo las seducciones paganas. En cualquier caso, la alegoría sigue su propia lógica: “la narrativa no puede exceder el argumento, y el medio no puede sobrepasar el mensaje. La alegoría es el mito domesticado “ (Laurence Coupe, Myth, 1997).

No debe sorprendernos que el origen mítico del mundo y de la Humanidad coincidan en distintas culturas; por supuesto, teñido con sus variantes autóctonas.

Piensen por un momento en la tradición hebraica y el Popol Vuh, como ejemplos en contraste. Tan distantes en el espacio, pero tan afines en el clamor legendario de sus sacerdotes y acólitos. Los hombres surgen del polvo o de la tierra, del imperativo de un dios todopoderoso o sus ramificaciones politeístas.  Tales deidades simbolizan el aliento sempiterno de nuestros antepasados, encarnados en el vasto cosmos que se nos escapa por más que lo sondeemos con cálculos astronómicos o cápsulas espaciales.

Son el insumo que trasciende la muerte; que nos dicta que los veneremos, que sigamos sus leyes sin chistar, que alcemos los ojos con temor a sus mandatos. Que cumplamos con sus restricciones en bien de nuestra progenie: no matarás, especialmente al padre;  no fornicarás, en principio a tu madre; no adorarás a otro ancestro que no sea yo, so pena de caer en el limbo y el olvido. En suma, parricidio, incesto y castración (en el sentido de moderar las apetencias y el narcisismo). Quod erat demonstrandum: Freud y su legado, aunque hoy nos parezca un enfoque minimalista.

Todo dios, desde el origen de los tiempos, es la emanación de nuestros preceptos, la corporeidad de nuestros temores y anhelos, la ley suprema que debemos acatar para preservar la cultura y la especie. El mal, lo demoniaco, simboliza todo lo contrario.

Finalmente, desde su enfoque estructuralista, Claude Lévi-Strauss propuso que los símbolos son más reales de lo que simbolizan y que el significante precede y determina al significado (Marcos Zafiropoulos, Lacan et Lévi-Strauss ou le retour a Freud, 2003). Para este autor, el mito es un conjunto estructurado de significantes que funcionan para mediar entre contradicciones culturales. Demuestran el permanente conflicto en torno al nacimiento, la muerte y la sexualidad. El mito no puede resolver tales conflictos, pero proporciona un asidero simbólico al comparar una instancia con otra en el eje del dilema.

Así, podemos preguntar – cualquier madrugada, como hoy – qué se esconde detrás del árbol que resguarda una serpiente, engendro ponzoñoso que traza la frontera entre la represión y la consumación del deseo. Qué nos resulta tan apetecible, tan prohibido, y que, al transgredirlo, acarrea como castigo la salida sin retorno del paraíso (léase, del jardín ilusorio que ampara nuestra sexualidad infantil).

Los seres humanos estamos al desnudo y nada ni nadie responde a nuestras inquietudes primigenias. Por eso buscamos el amor, ese remanente atávico que nos hizo creer, allá en el origen del lenguaje, que todo lo poseíamos o bien, que lo podíamos recuperar con nuestro llanto.