De repente, la vida

De repente, la vida

La luz invernal fue barriendo con timidez las sombras del huerto. En esa penumbra, la helada teñía de plata el campo, los surcos y los troncos de los árboles aún desnudos. Abel se levantó con energía, impuesto a la tarea de desovar a las guajolotas. El reto consistía en acecharlas sigilosamente hasta atraparlas y extraer el huevo que emergía apenas de la cloaca. Casi siempre terminaba en una persecución sin tregua que divertía mucho a los granjeros. El chico tropezaba una y otra vez, pero al fin cumplía el propósito y regresaba triunfante a la cocina.
Ambos habían llegado a trabajar a la finca unas semanas antes. Abel era el más delgado, de cabello corto y ojos taciturnos. Soñador por excelencia, se contaba cuentos que yacían en el tintero mientras vigilaba a las ovejas que pastaban por la tarde, o alcanzaba a la cuadrilla de trabajo después de barrer los patios. Godson, en cambio, era gordo y corpulento, hecho a las tareas de carga como si hubiese nacido para ello. La idea de emplearse en la finca nació por necesidad; en el pueblo no había trabajo y la huelga universitaria los había tomado por sorpresa en sus vacaciones de verano.

Su función principal consistía en desbrozar los troncos de los olivos, que por años habían dejado crecer ramas accesorias que cercaban al árbol e impedían una cosecha nutrida de aceitunas. Parecía un poco torpe dedicar tantas horas y esfuerzo para amontonar ramas, pero con el tiempo, los muchachos entendieron que había un ciclo que consumar. Los rastrojos se dejaban secar un par de días, se ataban en haces de unos diez o quince kilos y se llevaban diligentemente a un horno distante tres kilómetros de la granja, donde servían de combustible para hornear ladrillos. El ritual duró buena parte de los meses fríos y los chicos aprendieron a empacar la leña, cargar el carromato e incluso a conducir el viejo tractor cuando el granjero estaba enfermo.

Sus jornadas terminaban hacia media tarde; entonces Abel sacaba a pastar el rebaño y Godson cumplía con ayudar en la limpieza de los cobertizos o acomodar los ladrillos recién horneados. Durante esas pequeñas horas, el primero rumiaba sus cuentos y poemas, que acaso nunca escribiría, y recordaba los detalles de su partida del puerto, con el llanto de Nicky increpándolo por no responder a sus súplicas:

  • ¡Hace días que no me viene la regla, Abel! ¿Qué vas a hacer?
  • Yo te llamo – contestó él a gritos desde la balaustrada del barco que zarpaba – lo resolveremos, te lo prometo.

En aquella travesía su desazón se transformó en una migraña que lo mantuvo despierto toda la noche, mientras Godson roncaba después de una cena opípara bajo cubierta con los marineros. Todo señalaba que los destinos de esos dos compañeros se bifurcaban en sendas trazadas por la melancolía.

Bajo las estrellas fugaces y mecido por el vaivén del barco, el chico recordó esa última noche de Diciembre. Los amigos de la Facultad de Filosofía y Letras se habían reunido en una tertulia literaria. Sus compañeros de departamento estaban de visita en su hogares para pasar la Navidad con sus padres y, aprovechando esa brecha, había aceptado ser el anfitrión de la velada. Bebieron y leyeron sus últimos poemas (él se guardó para sí los suyos), además de comentar la más reciente edición de Neruda, que alguien había obtenido clandestinamente. Más tarde, Javier sacó la guitarra y los instó a cantar baladas de protesta. Era el mayor de todos, y se preciaba de ser un agudo dibujante, dados sus recurrentes fracasos académicos. Ante todo, Abel envidiaba la forma en que Nicky lo veía, y ahogaba a medias la inquina de que, en los meses que estuvo ausente, él la sedujo y ella, sin más, reciprocó el afecto. En el momento que Javier se detuvo para ir a servirse, tomó a su vez la guitarra y cantó con viveza los versos de García Lorca que Paco Ibáñez musicalizara por aquellos años. Javier, en abierto desafío, lo dibujó con su figura triste y pasó entre los asistentes el retrato. El chico siguió cantando, pero un hervor recio de venganza se le oxidó en la garganta.

Cuando se acabó el vino y la madrugada les pesó en los párpados, los contertulios se fueron despidiendo. El último en marcharse fue Javier, quien conminó a Nicky para aconpañarla a casa. Ésta se negó, inflamada de celos por los flirteos de su ex-novio con las otras chicas. Abel escuchaba desde la cocina, lavando platos y anhelando que ese romance terminara de una vez por todas. Oyó al rival azotar la puerta y salir sin despedirse. Esperó un minuto y se asomó al estudio con las mangas recogidas para encontrar a Nicky sollozando en el sofá. Sin mediar palabra, se sentó a su lado y la abrazó con cariño, tal vez esperando nada a cambio. Ella se enjugó las lágrimas y le contó una historia de despecho que Abel ya había escuchado meses atrás, con él mismo como protagonista. Se preguntó en silencio si esto era lo que le atraía de las mujeres a su paso por la vida; ¿dónde habría aprendido a amar con languidez y no con alegría?

Nicky le tomó las manos y le reiteró que nadie la había comprendido como él, que  además lamentaba haber terminado su noviazgo, impelida por la distancia y la incertidumbre. Se besaron, primero titubeantes en las mejillas y la frente; poco a poco, con la embriaguez a cuestas, se tocaron los labios y de ahí la piel cedió al deseo. Abel se reencontró con hambre entre sus senos, ante su abdomen plano y el suspiro que tanto había añorado. La penetró despacio, dulcemente, como quien encuentra el mar por vez primera y no quiere perturbar su calma, pero teme a la vez hundirse para siempre. Nicky abrió la boca conteniendo el aliento y se dejó llevar por el oleaje y el orgasmo.

La llamó cuando pudo volver a la ciudad, un fin de semana que el trajín laboral había amainado y los jóvenes se dieron a la fuga para visitar el enclave turístico y comprar ropa que no fuese de trabajo. Su voz estaba cargada de reproches en todo momento, reclamando el abandono y su desinterés.

  • Nicky, no pude llamarte antes, en la finca no hay forma de comunicarse – le dijo, ahogado en disculpas.
  • No te lo perdonaré nunca, Abel, me dejaste sola. Por fortuna, sólo fue un retraso. ¿Qué tal si de verdad hubiese estado embarazada? ¿Dónde te encontraría?

Colgó el auricular y se quedó meditando, aún apologético. Alcanzó a Godson en la siguiente esquina y prefirió no comentarle nada. Su amigo era un solterón empedernido, ajeno a cualquier lío de faldas e ingenuo como un conejo; no lo entendería. Regresaron acallados por el chasquido de los rieles y durmientes esa misma tarde, para reincorporarse al empleo no bien amaneciera. Dos meses después se contrataron en la siega de papas y tomates, avistando la llegada del verano y el regreso a clases. Ahí conoció otra estirpe de seres itinerantes, los jornaleros que pasaban de una cosecha a la otra durante todo el año, recogiendo uvas, verduras y tubérculos para aprovechar los salarios agregados por la demanda de trabajadores. Al observar a aquellos hombres que habían hipotecado sus vidas a expensas de un ingreso evanescente; que dejaban en el alcohol, el humo del tabaco y la migración interminable su juventud y su esperanza, Abel arrojó los sacos de cebollas al remolque y se acercó a Godson.

  • Me voy, hermano – le dijo, trenzado en un abrazo de cariño – la vida está en otra parte.

Su amigo se quedó mirándolo mientras negociaba su último pago y se alejaba para no volver jamás. Sintiéndose traicionado, regresó a sus tareas, bromeando en turno con los descamisados que de inmediato lo distrajeron de su duelo.

Antes de abordar el barco de regreso, Abel pasó por el pueblo para despedirse de Elisa, la joven de cabellos largos y anchas caderas con quien había emprendido un amorío furtivo. Entró en su casa cuando apenas despuntaba el día y la besó largamente en el pórtico sin explicarle los detalles de su huida. Sólo le reiteró que había descubierto su camino y que el horizonte le quedaba corto. Antes de soltarla, aturdido de caricias, le externó su gratitud por enseñarle las raíces y las alas. Ella lo miró sin entender, pero consciente de que pertenecían a dos mundos lejanos cuya conjunción habría sido tan sólo un accidente, como saberse frutos del mar y la montaña.

De cara a la costa que se desvanecía, Abel cantó las estrofas que había aprendido en esas semanas de delirio. Revisó su escaso equipaje y encontró sus notas, una novela a medio empezar y algunos poemas que parecían escritos por otra pluma. Repasó por última vez la cordillera que se vertía hacia el mar y se refugió en su libro, el primero que acometía desde aquel azaroso invierno.

El oscuro resplandor de la violencia

El oscuro resplandor de la violencia

I

El hombre está fumando, encorvado bajo un tejado que gotea. Mia, siempre atenta, me aprieta el brazo sobre el impermeable y me apresta a cambiar de acera. Demasiado tarde, el tráfico nocturno impide nuestra fuga, así que seguimos caminando, titubeantes, al encuentro con el desconocido. Cuando estamos a punto de pasar frente a él, se desprende de la pared con agilidad y nos hace frente. Mi primera reacción es la de estrechar a mi novia contra el cuerpo y extender el puño izquierdo en señal amenazante, para contenerlo. El vago no se inmuta. Nos mira con un gesto que parece de compasión. En un instante y a través de su mirada sentimos la presencia de sus cómplices, que se aproximan por detrás.

Mero instinto, giro a ver los edificios contiguos, a calcular la luz imperante entre la lluvia y anticipar una salida a trote. Nada de eso ocurre. De un impacto, siento las tenazas de mis atacantes tomarme con fuerza y el golpe brutal de un puntapié entre las piernas. El dolor me derrumba. A poco de perder el sentido, escucho a mi mujer resulta en furia gritarles insultos y enseguida disparar un arma que nunca sospeché que ocultaba en su bolso. Mis agresores caen abatidos, y se forma un charco de sangre en mi entorno con más rapidez de lo que recuerdo en las películas. El primero de ellos, que no sale de su estupefacción, se gira sobre sí y corre en desbandada. El certero disparo de mi compañera lo derriba antes de alcanzar ochenta pies.

Aún adolorido e incapaz de incorporarme, volteo a descubrir a mi novia, que resulta ser una heroína que desconocía. Con tensa calma, se acuclilla a mi lado y me sujeta de las axilas para ayudarme a retomar el pie. No dejo de mirarla a los ojos, tratando de discernir en qué momento me enamoré de esta amazona. Nos envuelve el olor de sangre y humo de pólvora.

II

Arguyendo que me sentiría incómodo por el dolor, corté en seco la velada. Tenía que pensar. Paré un taxi trastabillando como pude y me despedí de Mia, dejándole un beso en la mejilla y cara de preocupación. A la distancia se oía el ruido de las sirenas policiacas que se aproximaban.
En el trayecto a mi departamento recibí un mensaje de ella, que me pedía que le avisara de mi estado físico y mental tan pronto despertara. “Sweet dreams” – concluía, con un emoji amoroso. No contesté. Supuse que habría dejado la escena del crimen antes de que llegaran las patrullas.
En casa, me serví un trago de vino y me concentré en la penumbra durante un rato para recomponer mis ideas. Acababa de ser testigo de tres asesinatos sin miramientos, de manos de mi amante, nada menos.

III

Dormí como pude entre la culpa y el deseo de que todo esto hubiese sido una pesadilla. En la madrugada me senté en la cama y repasé la escena macabra que había vivido. ¿Dónde estará Mia? – me pregunté. ¿Quien puede vivir con un asesinato – peor aún – tres, a cuestas? Había algo incomprensible en todo este episodio, que me rebasaba y me imponía un código de conducta inusitado.  Por supuesto, desperté bañado en sudor, alcoholizado y aún confuso. Llamé a Ralph y le pedí que nos encontráramos de camino al aeropuerto. Había decidido huir del asunto, repensarlo, pero ante todo distanciarme de Mia para darme espacio y replantear nuestra relación a la luz de este siniestro descubrimiento. Cuando estaba por ducharme, entró su primer mensaje.

  • ¿Cómo te sientes, querido? Me quedé preocupada.

Preferí no contestar de inmediato. Al salir del baño, había otros dos y un mensaje de voz en mi buzón. Respondí con un WhatsApp bastante lacónico, a mi pesar.

  • Aún tengo dolor, Mia, voy de camino al Urólogo.
  • ¡Te acompaño! – escribió, seguido de un Animoji con expresión de susto.
  • No te preocupes – apuré en escribir – voy con Ralph, cuyo primo trabaja en el Veterans Administration.
  • Avísame cuando salgas. Te quiero xxxx

Repuse el teléfono sobre el buró y me quedé meditando. Me parecía imposible que Mia no mencionara el suceso, como si se tratar de algo incidental. ¿Tan poco la conozco? – me pregunté, tratando de reconstruir la escena.

IV

En cuanto ingreso en el auto de Ralph le cuento la historia, abreviando detalles. Algo está pasando en nuestro círculo de amigos; los límites se han franqueado y parece que la ley del Talión ha tomado precedente entre nuestras amistades. Me cuenta que hace una semana Jenny, su colega en el hospital donde ambos son enfermeros, apareció de noche sin que le tocara guardia. Iba vestida de negro y se mostraba extrañamente sigilosa. Ralph fumaba un cigarro cerca de la puerta de Urgencias y la vio pasar sin que lo advirtiera. Supuso que habría olvidado algo y que no quería ser molestada.

  • Incluso pensé que quizá vendría saliendo de una fiesta, con aliento alcohólico, y querría por ello pasar desapercibida – comenta. – Para sorpresa de todos, un camillero – célebre por sus flirteos con el personal femenino – amaneció ahorcado en el cuarto séptico del segundo piso. La policía no encontró huellas dactilares y las cámaras de circuito cerrado sólo lo muestran a él, ingresando al cuarto con cara de lascivia.
  • Y ¿crees que Jenny pudo hacerlo? ¿Cómo?
  • No tengo pruebas, como te digo, pero su presencia a esas horas y en esa actitud me inquietan.
  • ¿Le dijiste algo a la policía?
  • No, pero si me interrogan en los días que siguen, no podré ocultarlo. No sé…

Tomamos la rampa hacia el aeropuerto. Le he pedido a mi amigo que mantenga mi huida en secreto, mientras puedo reflexionar en todo este desorden y confronto a mi novia con mejores argumentos. Él insiste en que tapar el sol con un dedo no es solución alguna, que el mundo está cambiando y tenemos que sumarnos al cambio.

A bordo del avión que me lleva a Tampa, observo con detenimiento a los ocupantes a mi derecha. Una pareja que charla inadvertidamente, una joven sumergida en su música con grandes audífonos de colores; más allá, un hombre concentrado en su laptop resolviendo enigmas del planeta que gira bajo nuestras alas. Me pregunto si soy el único que ha visto transformada su vida en un instante de arrebato. Si debo condonar la violencia que se cierne en mi entorno como si fuese un producto obvio de los tiempos ásperos que habitamos. Más aún, si mi novia, esa dulce mujer con la que he compartido hambre y sed, cama y ensueños, es responsable de más muertes a sangre fría, que ni siquiera justifica y que asume con tanta naturalidad.

Al recalar en la terminal, el piloto nos advierte que tendremos que esperar a que se resuelva una emergencia en el aeropuerto. Nos informará en unos minutos para poder descender del avión sin contratiempos. Por la ventanilla, intento descifrar qué pasa. Sólo veo cruzar de prisa autos de seguridad y algunos guardias armados. Nada está claro más allá de mi campo de visión. Entre el desconcierto, observo nítidamente a una mujer policía que dirige la operación. Está anclada a la entrada sur de la terminal, pistola en mano, desafiante con su uniforme impecable y arengando a sus huestes sin inmutarse. Mantiene un gesto de autoridad que nadie desafía, mira a su derredor y señala hacia donde tiene que ir cada guardia que pasa cerca de ella. Impone seguridad y, por un momento, al verla ahí, tan segura de sí misma y de la situación, siento esa paz que hace muchos años no experimentaba, que puedo percibir como un consuelo, como un arrobamiento de inmunidad sin límites.

La rabia humana

La rabia humana

Aquel día festivo, hace casi cuarenta años, murió una joven mujer, presa de meningitis rábica. La habían internado a empellones tres días antes en un galpón del hospital rural que yo cubría en esa guardia de mi servicio social. La escena no se me ha borrado de la memoria. Tomada de los brazos, parecía una bestia sin control (rabiosa era el adjetivo justo) que intentaba morder a sus custodios a ambos lados para que la soltaran. La ataron a un camastro de metal y la cubrieron a medias con sábanas limpias, alejada de propios y extraños, encerrada a cal y canto. La mañana en cuestión, llegué a la clínica apenas despuntando el alba y, tras pasar visita a los pocos enfermos que seguían hospitalizados, me enteré de su muerte durante la madrugada. En los días previos, la recordaba aullando en su agonía, ante mi impotencia como médico recién graduado y consciente de que el desenlace era sólo uno.

El cuerpo exánime yacía entre cobijas revueltas y saturadas de baba. Lo trasladé con ayuda del conserje hacia el almacén que serviría de anfiteatro improvisado al fondo  del jardín, tratando de descifrar en la inexpresividad de sus ojos qué quedaba de aquella rabia. Por encima de mis temores e inexperiencia, me enfundé unos guantes y extraje su cerebro mediante esa necropsia más intuitiva que obligada. Eran otros tiempos, lo admito, y mi pasión por investigar se impuso a la prudencia. Afuera marchaban los grupos de escolares para celebrar la fiesta de la Revolución y el velador (único ayudante disponible a esas tempranas horas) me asistía con una mezcla de morbo y espanto.

Tomé el cerebro disecado (luego de suturar lo mejor que pude el cráneo y sienes del cadáver) y monté en mi pequeño VW para cruzar unos treinta kilómetros de retenes militares por carreteras vecinales. Atravesábamos épocas de guerrilla y, no obstante mi aspecto ingenuo y mi bata blanca, traía una carga inexplicable en el asiento trasero de mi coche. Por fortuna, mis tragos de saliva y afectación al mostrar mis documentos no me delataron.

En el centro antirrábico del Estado me recibió una joven veterinaria que, como yo, hacía la guardia en ese aniversario de asueto. Cuando extraje el cerebro de la bolsa de plástico, expresó al garete:

  • Caramba, ¡qué cerebro tan grande!¿De qué raza era el perro?
  • Es un cerebro humano – repliqué con serenidad -. Hice la autopsia de una paciente que falleció esta mañana.
  • ¡Pues yo no toco eso! – exclamó en medio de un ataque de pánico.

Así que, puestos a concluir la investigación, me trastoqué súbitamente en patólogo y, siguiendo sus instrucciones, disequé el cerebro y monté las laminillas para estudiarlo. El examen microscópico reveló los distintivos cuerpos de Negri, inclusiones citoplásmicas típicas de la rabia.

Llamé para notificar del hallazgo y avisar a las autoridades locales y centrales. Además, emití un boletín junto con la veterinaria que para entonces estaba a punto de invitarme a cenar por gratitud. No he vuelto a ver un caso de hidrofobia desde entonces y la rabia humana pasó a ser una categoría metapsicológica.

La ira, el enojo, la cólera. Los diccionarios la definen como “una intensa pasión o sentimiento de disgusto, resuelto en antagonismo y nutrido de sensación de agravio o de insulto”. En los textos aristotélicos se menciona el οργή, una expresión emocional destructiva,  que intenta deshacerse de lo nocivo. Por eso, a la ira “la acompaña cierto goce, porque se pasa el tiempo vengándose con el pensamiento, y la imaginación que acude entonces causa placer, como la de los sueños (Retórica, página 96)”. Entendida así, la rabia disipa el temor y reafirma al sujeto para apartarlo de las injurias que amenazan su integridad afectiva. Es un sentimiento de aversión que protege la vulnerabilidad de nuestro psiquismo.

Somos sujetos del lenguaje. Mediante la palabra nos hacemos presentes en el mundo de los semejantes. Imploramos, negamos, elegimos, rechazamos. Sólo como sujetos hablantes desciframos significados y, desde pequeños, planteamos nuestras demandas perentorias con el llanto, que después, fruto de la experiencia y el fracaso, exige ser verbalizado. Así, la convención del diálogo transforma la perentoriedad de nuestros actos en súplicas o imposiciones, según el caso. Se puede decir que modula la violencia del impulso y lo vierte en fonemas que buscan la respuesta en el otro. El tono de voz, el ritmo y la elocuencia del discurso, derivan de esa interacción que interpela, que rasga el horizonte de lo ajeno para devolver lo propio.

Nuestro impulso natural es descargar las emociones, que se modula mediante el trabajo psíquico de representar y ligar aquellas representaciones que excitan nuestra experiencia con afectos, atenuando la dinámica de acción-reacción. En la medida en que privilegiamos la significación de las vivencias, le damos relevancia a la cualidad y modo de enlace de estas representaciones para regular nuestras descargas afectivas: Reprimimos nuestros berrinches, pedimos las cosas por favor, sonreímos para obtener una gratificación, etc. La fuerza del entorno cultural, validada en lo edípico y lo superyoico, hace su ingerencia en nuestros deseos. Nada será igual en adelante, incluso el coraje tenderá a verificarse.

Por eso, todo malestar mental implica una enajenación del sujeto, un modo de extrañarse o sustraerse de la realidad, que se advierte como inaceptable. Cuando abandonamos de bebés la satisfacción plena, al servicio del placer puro, cedimos la confiabilidad a lo que percibimos y cotejamos en atención al otro.  Aprendimos a explorar periódicamente las similitudes y disonancias externas, instituyendo a la memoria como sistema de registro y confirmación. Nuestros impulsos, otrora dirigidos a nuestro cuerpo como investidura de afectos autoeróticos, se subordinaron a modificar la realidad con arreglo a fines específicos, lo que equivale a mudarnos en acciones: llorar para obtener la leche nutricia, iluminar el rostro para reclamar la mirada de mamá, y así sucesivamente. Conforme maduramos, discernimos que el ejercicio de pensar pone en suspenso nuestras acciones, y que la reflexión pensante denota propiedades que permiten soportar la tensión del estímulo que quiere descargarse. Un ejemplo: “me puede gustar mucho un chico de la escuela, pero me detengo a seducirlo con palabras o insinuaciones, que iré graduando en proporción a su respuesta empática. Si me lanzo de golpe, seguro lo asusto y lo pierdo”.

Cabe preguntarnos: ¿Qué es de la rabia que surge como respuesta a la agresión? La agresión deliberada castra, desintegra, contiene todo el bagaje de la pulsión de muerte. La rabia puede ser una réplica a la motivación frustrada, sea que se ponga en entredicho la seguridad personal o alguna otra necesidad básica. La respuesta adopta así la forma de rechazo, defensa o agresión conmensurable. Nos impacta como la emergencia de un impulso endógeno que se configura como disociación o tensión displacentera. En ese sentido, todo instinto es una pieza dislocada de actividad que intenta ser expulsada hacia la alteridad. Incluso, la abstención y el silencio pueden suscribirse como expresiones de cólera.

Lo habitual, no obstante, es que la rabia desborde. Atrapa al sujeto por los hombros y lo sacude, lo secuestra, lo toma por sorpresa y le arrebata la razón y la mesura. Nubla con su vendaval oscuro toda perspectiva, inunda el afecto y subvierte las palabras en injurias o reproches. La ira tensa los músculos, irrumpe en el cuerpo. De modo que otorga una fuerza inusitada a quien la padece, una rudeza que suplanta la fragilidad que le sirve de manantial. De ahí la fatiga que sigue a un ataque de cólera: los neurotransmisores exigen tanto de los tejidos, disparan a la vez tantas hormonas y catecolaminas, que se requiere un periodo de latencia para volver a la carga. Lo no hablado irrita, enciende, penetra los órganos y los inflama hasta saturarlos. Su descarga se torna imperiosa: la agresión domina y predomina. ¡Imaginen cuántos procesos psicosomáticos pueden resignificarse bajo este enfoque!

Aprovecho esta disertación para invocar la calma (aunque nos enfurezca el derrotero al que nos pretenden conducir nuestros políticos) y la civilidad en estas dos semanas que restan para elegir a nuestro próximo presidente. Es probable que no resulte ganador el candidato de nuestras preferencias; a eso se le conoce como democracia. Pero tendremos que aceptar todos que triunfó la mayoría, porque se identificó con su ideología, porque creyó en su discurso o en sus propuestas, porque se dejó engañar o por despecho…poco importa. Los números serán la voz del pueblo, el peso de la mayoría se impondrá con justicia y apego a la ley. Así las cosas, quienes resulten descontentos tendrán que tragarse su duelo y organizarse para cuestionar aquello que se implemente a contramano en el sexenio que se inaugura. Para eso se inventó la democracia en Atenas hace veinticinco siglos. Bastante sangre y esperanza se ha derramado desde entonces para defenderla.

Desde Aquiles, que desató su cólera contra Agamenón por deshonrarlo, como muestra la pintura de Giovanni Battista Tiepolo (1757), los seres humanos nos hemos preguntado qué pasiones arrebatan nuestro corazón más allá de lo puramente instintivo. Nada como el amor, dirían los filósofos, porque se aprende después de que el odio ha poblado de sobra el inconsciente.

PD. Pero el coraje también es una fuerza edificante, como decía Emil Cioran: “Sin embargo, tú sigue tu camino y, como sol escéptico, ilumínalo con los rayos de tu cólera pensadora”.

 

Setenta cuadras y un río

Setenta cuadras y un río

                  Para Mariel y Klaus, con gratitud y cariño

La brisa disipó el bochorno justo cuando el médico tendía un abrazo al caudillo. Los demás se incorporaron en deferencia a los dos viejos, que acudieron solos, disculpando a sus mujeres y amantes por igual.
El escándalo de aves en las copas de los árboles los obligaba a alzar la voz para hacerse audibles. El caudillo – como un jeque dueño del espacio – los dejaba hablar, observándolos en turno; su palabra siempre resultaba terminante. Replicado por varias orejas que seguían de cerca el encuentro, Fidel escudriñaba las reacciones como una espesa sombra desde la capital.
Deslizaron sus bebidas habituales junto a un plato de tismiche al ajillo sin perturbar la charla y, ante la orden tácita de un gesto, los meseros se retiraron con sigilo; en esa mesa se dirimía el destino del pueblo.
– Los tiempos cambian – afirmó el doctor, con afectación, la mirada encendida. – Durante décadas hemos tolerado a estos corruptos. Traigo la promesa de los agricultores, la gente de pesca y los ganaderos que no se opondrán a nuestra decisión. Les pido discreción y también mantenerse al margen. El que no tenga vela en este entierro…
Parecía un discurso redactado por el propio líder, de modo que asintieron a cada frase y, con un chasquido de vasos, brindaron por el futuro.
Al extremo oeste del pueblo, cuando la bruma ascendía mansamente entre los manglares y descobijaba los lirios en penumbra, Demetrio se acercó al cayuco y vertió el cianuro – doce mililitros exactos – en la garrafa de aguardiente que mantenían en cubierta.
Como todos los domingos, el síndico se embarcó a pescar con su acompañante. Iban armados, los rumores de que podrían atentar contra su vida no cesaban desde la zafra. Aún adormilado, el hombre – corpulento y despótico – se encaramó en el bote y colocó el revólver a su lado. Chacho arrancó el motor y acomodó las cañas de pescar y los anzuelos en la proa.
A esa hora, yo recorría las calles longitudinalmente fingiendo desconocer la conjura. Los muros de colores se sucedían mientras dejaba el panfleto del candidato rebelde bajo las puertas de madera, alguna de ellas recién pulida. Pasaban de largo los primeros transeúntes, ajenos a mi tarea sediciosa. Todos me deparaban los buenos días, yo me limitaba a asentir con una sonrisa tonta. Tenía una misión que cumplir. Una mujer salió a mi encuentro, tan súbita su aparición que derramé el atado de folletos a sus pies.
– ¿Qué se traen, jovencito? – me increpó.
– Estamos pro…proponiendo un cambio – tartamudeé. Hubiese deseado confesarle que habría mártires y sacrificios, pero me contuve. Mis ínfulas de libertario se quedaron revueltas sobre la acera.
Unas cuadras más adentro, pocas garzas alzaban su primer vuelo y el río se iluminaba a ritmo apacible. Un solo cayuco surcaba sus aguas. Después de perder paciencia y desechar varios robalos por escuálidos, Don Andrés Almeida, síndico de Tlacotalpan, siempre fiel a su costumbre, se acercó la garrafa de aguardiente a los labios hinchados de pereza y tomó un buen trago mañanero. La violenta reacción no se hizo esperar. El hombre se dobló sobre sí mismo, volteó los ojos desorbitados, la cara se le tiñó de rojo cereza y empezó a arquear con tanta fuerza que cayó al río, manoteando y gimiendo de asfixia. Su rapto tomó a Chacho por asombro de modo que, tras titubear unos segundos, se lanzó al agua en pos de su jefe. Nada pudo hacer. Don Andrés tragó agua en espasmos y se hundió como un fardo ante los intentos vanos de rescate del empleado. Un collar de burbujas efímeras siguió su trayecto y desapareció entre el oleaje verde. Agotado y jadeante, Chacho nadó como pudo hasta la lancha y se sentó a pensar en las consecuencias de tal desatino. ¿A quien culpar? Si dificilmente podía hacerse una idea de lo que había ocurrido ante su mirada atónita. Remó hasta la orilla para no hacer ruido y se dirigió a la Presidencia Municipal para dar cuenta del deceso.

Se detuvo en la plaza. Varias unidades de la policial estatal tenían sitiado el inmueble y una docena de gendarmes entraba al tiempo que el pescador avanzaba chorreando agua desde el embarcadero. La escena era dantesca, porque no había nadie en la calle para ofrecer resistencia o servir siquiera de comparecencia ante los hechos.

En pocos minutos, el Licenciado Cebrián, flamante dirigente local, salió maniatado por varios policías – sus facciones ocultas con pasamontañas – que lo jaloneaban hacia el vehículo blindado. Para entonces, unos cuantos curiosos que emergieron de la iglesia y los cafés contiguos, se hacían las mismas preguntas en silencio.

Me acerqué cautelosamente por la avenida Juan Enríquez hasta situarme bajo los arcos enmohecidos del mercado. Desde ahí, más allá del kiosko que irradiaba los primeros rayos, Chacho – desaliñado y tiritando – enfrentó mi mirada y nos supimos de inmediato culpables; él de complicidad y yo de traición al Estado. Sin dejar de observarme, se retiró detrás de la Iglesia; no lo volveríamos a ver, había cumplido su fechoría. Al instante, tres camiones verde olivo se alinearon al fondo con estruendo de motores  y escupieron una veintena de soldados en ropa de camuflaje que se situaron en orden y con paso redoblado flanqueando la plaza. Entendí que el golpe estaba en marcha y no éramos sino peones de una gran conflagración.

Como si se tratara de una maldición de proporciones bíblicas, los días siguientes llovió sin cesar. El Papaloapan se desbordó en varias riberas, arruinando muebles, instalaciones eléctricas, recámaras y pisos. Hacía décadas que no atestiguábamos un diluvio similar. Nos refugiamos en las casas alzando muebles y desahogando rincones atentos también a las alimañas que reptaban buscando la superficie. Hubo que pintar varias fachadas. Eran días interminables donde sólo la lucha contra los elementos nos mantenía despiertos.

Las noticias vuelan mientras cunde el tedio y por esas fechas me enteré de que Demetrio Rosales, el perpetrador del crimen, había sido encontrado de bruces contra una pared en un barrio aislado de Santiago Tuxtla. Parecía un monigote: tenía los brazos inanes al lado del torso, reclinado de rodillas y con más de siete puñaladas entre pecho y lomo. ¡Pobre diablo! No pudo siquiera gastar su tajada. Más aún, el secretario de Cebrián fue encarcelado en el puerto ante la denuncia de una chica de dieciséis años por acoso sexual repetido. El padre de la adolescente prometió matarlo así se refugiase en el centro de la Tierra.

Con el paso de los meses, la vida en el pueblo retornó a la normalidad. El caudillo convenció a los terratenientes y aristócratas que la mejor decisión era entronizar a Víctor, su primogénito, que mantendría el orden y los privilegios. Su elección incontestada se engalanó con jaraneros que acudieron de toda la región, emulando las fiestas de la Candelaria o de San Miguelito. Al tirano y sus secuaces se les veía radiantes, repartiendo abrazos y lisonjas entre la gente de cierto poder.

Cuando sobrevino la sequía, yo seguía oculto en la casa de los Aparicio, atendiendo las labores domésticas y cuidando la propiedad bajo la connivencia del Dr. Manzur. Era el secreto a voces de la revuelta fallida.

En esas épocas de oscuridad, añoraba las veladas donde mi tío Fayo, laureado repentista, hilvanaba décima tras décima para condecorar a todo aquel que se atrevía a desafiarlo. Después, las mujeres se ataviaban a la mejor usanza jarocha – collares vistosos, peineta y abanico en alto – y bailábamos hasta bien entrada la madrugada, si es que nadie más se animaba a versear. No había reparos ni reticencia, éramos una gran familia dispuesta a celebrar la vida.

Pero la cotidianidad transcurre a contramano, se puede decir que a un compás bastante predecible. Al menguar el día, el rio se tiñe de oro, surcan los aires las golondrinas y Tlacotalpan florece de nuevo. Salen niños de todos los rincones, huele a guisado, pizza o esquites; se venden juguetes baratos y el barullo de conversaciones y encuentros impregna el ambiente. Los veteranos juegan voleibol como si se les fuere la vida en ello ante las miradas esquivas de algunas viejas que vuelven a casa con la cena y se detienen a rumiar su pesadumbre. Los bares están abiertos y rebosantes de tertulia o discusiones sin rumbo. Hay televisores proyectando partidos de futbol que nadie atiende, pero que sirven de candileja para el teatro humano que ahí se recrea.

Esa última tarde, leía yo el periódico bajo la pérgola de bugambilias saboreando el calor y un café recién horneado que me habían traído de Coatepec. El gorjeo de los pichones me arrullaba y la atmósfera era de remanso, pese a la humedad y el hastío. Emilio entró sin anunciarse desde la calle. Sus pasos eran firmes y rompieron el silencio vespertino. Vestía una guayabera elegante en azul cielo que no le conocía. Somos amigos desde la infancia pero nunca lo había visto tan cariacontecido. Me relató de prisa que la situación política seguía muy explosiva y que seguramente tendría que ocultarme fuera del estado para evitar represalias. Le reproché su falta de argucias en todo este asunto y la tediosa circunstancia de mi exilio. Me miró de frente y se llevó la mano a la espalda baja para rascarse. Con un gesto cínico y acercándome la cara hasta casi tocar nariz con nariz, me dijo: – El problema es que sabes demasiado, Beto. No bien terminada la frase, se enjugó el sudor de la frente, y añadió : – Lo siento deveras, hermano. Fue entonces que sentí el disparo llameante enmedio del abdomen.

El infierno está vacío

El infierno está vacío

para Gonzalo y Gemma, afectuosamente  

Hell is empty and

All the devils are here…

(Ariel to Prospero,

The Tempest; scene 1)

Un cielo de invierno me cobija. Incluso las alondras piaron con timidez esta mañana y las tórtolas se guarecen bajo el sol tenue y escanciado. He notado que me falla la memoria – ¡al menos lo noto! -, que se disipan nombres, incidentes, remembranzas de poco peso. Olvido las llaves, abotonarme la camisa, echar candado al zaguán o la razón de acudir al mercado hasta que me descubro cargando una canasta vacía y una lista borroneada durante la víspera.
Pero mantengo la calma, de nada sirve la histeria cuando alguien te señala que llevas calcetines dispares o no te has peinado. He aprendido a trashumar con ese velo de invisibilidad que me permite entrar y salir de cualquier reunión sin que me reconozcan. Hace años que no me debo a nadie.
La semana pasada sucedió algo portentoso. Un hombre joven me abordó en la calle armado con un puñal. Lo vi acercarse embozado en una chaqueta con gorro a unos cuarenta metros, saliendo del umbral de un viejo edificio en ruinas que flanquea mi camino diario. Llevaba las manos en los bolsillos y caminaba franco, con evidente tensión en los músculos y el paso. Dejé que se aproximara hasta verle los ojos ardientes, encendidos de rabia contra todo, como un demonio. En el instante en que se cruzaron nuestras miradas, blandió el cuchillo con el puño crispado y profirió varios insultos que escuché como ladridos sin coherencia, aullados con todo el resentimiento social que acarrea desde su infancia ruin y arrebatada.
Di unos pasos hacia atrás, y me dejé caer hacia un lado, llevándome la mano al pecho. Él se quedó pasmado y ahora sí descubrí sus facciones, una cicatriz en la mejilla izquierda, corte de pelo al ras y la nariz desfigurada como un boxeador que ha perdido todas las batallas. Ante su desconcierto, saqué el arma y disparé, buscando el corazón para no desfigurarlo más.
Había poca gente en la acera de enfrente, pero nadie se detuvo hasta que oyeron las detonaciones. El chico soltó el arma y cayó desplomado chorreando sangre por el pecho, los ojos – antes embravecidos – ahora inertes en una súplica de agonía. Me incorporé y lo miré sin piedad alguna mientras se desangraba. En ambos lados de la avenida, la gente se aglomeraba lentamente para presenciar la escena, sin atreverse a intervenir. Alguien a mis espaldas gritó: “¡Llamen a la policía!” y en ese instante caí en cuenta de mi posición vulnerable. Me abrí paso entre los curiosos, pistola en ristre, y abordé de golpe un taxi que se detuvo para ver que sucedía entre aquel tumulto.
Varias personas exclamaron al unísono: “¡Deténganlo! ¡Asesino!” pero nadie se movió a tiempo salvo para amagar al auto que arrancaba. El hombre al volante (Germán, de acuerdo a su tarjetón con fotografía), me preguntó qué había pasado antes de indagar a dónde me dirigía. Le mentí, confiado de que no me había visto guardar el revólver: – Creo que se trata de un suicidio, ya sabe usted cómo es la gente. En lugar de ayudar, estorban.
A ello siguió una conversación bastante torpe respecto de la calidad humana. Me contó una anécdota irrisoria donde él había ayudado a sus vecinos en el reciente terremoto, dándose ínfulas de heroísmo. Cuando estaba por cambiar de tema, me percaté de que transitábamos por un rumbo desconocido, lejos de mi destino.
– ¿Qué haces, a dónde vamos? – le espeté, iracundo.
– ¡Ah! Perdone usted, señor. Aprovecho el viaje para recoger a mi señora, que acude a misa por este barrio. Enseguida retomo su ruta.
– Debiste preguntarme – dije, más atemperado.

El hombre inclinó la cabeza con humildad y renovó sus disculpas. Seguimos avanzando unos minutos y yo palpé el arma en mi cintura en caso de que la situación se complicara. La mujer estaba esperando en una bocacalle en penumbra. Me pareció un barrio marginal, con casuchas en desorden y ratas merodeando por los rincones: – Seguramente su iglesia es un galpón derruido – pensé, con desprecio.

Detuvo el taxi con cautela, para no rociarla de basura acumulada en el arroyo y, con afecto, la conminó a subir:- Apúrate, Eve, que tengo pasaje.
De pronto, la mujer abrió mi portezuela, ostentando una amplia sonrisa. Cuando iba a saludarla, se abalanzó súbitamente sobre mí y me clavó el punzón de dos golpes sucesivos en el costado. Antes de que pudiera reaccionar, el aire se me escapaba, y perdí la fuerza por completo. Entre jalones, los dos me desnudaron, se rieron de mi impotencia y se regocijaron al encontrar el arma y mi cartera henchida de billetes. Tras golpearme el rostro abusiva y repetidamente, me arrojaron en un canal abandonado para que contemplara la muerte.
– ¿Porqué no le diste un tiro de gracia, Germán? ¿Qué tal si lo encuentran? – preguntó Evelia, contando el dinero y descifrando la marca del reloj.
– Cuando lo encuentren, será un cadaver, no seas ridícula. Como si fuese la primera vez…
Al voltear para increparla, Germán descuida el volante. De súbito, repara en la sombra que se atraviesa frente al coche. Gira brutalmente la dirección pero no puede evitar arrollar al transeúnte que se ve catapultado hacia los autos que vienen en sentido contrario.
La pareja de asaltantes, sin control, choca a gran velocidad contra un muro y un árbol que cae destrozado por el impacto. Una nube de vapor escapa del capó doblado, se derrama el aceite por doquier y del parabrisas en fragmentos emerge el torso exánime de la mujer, quien retiene en el puño aplastado el reloj de oro.
Los primeros peatones se acercan con miedo al taxi humeante y destartalado, en tanto que otros auxilian al hombre que yace en el asfalto.
Sin mediar palabra, un chico – con gorra deportiva y pantalones rotos – arranca el reloj de la señora agónica y corre con él hasta desaparecer en los callejones aledaños. Dos más – probablemente sus cómplices – se lanzan al asiento delantero para hurtar los billetes regados en las vestiduras con sangre.
La escena es tan macabra que los asistentes son incapaces de reaccionar. El único que emprende una acción violenta e inesperada es Germán, que con el tórax atrapado por el volante, se incorpora a medias y hiere de muerte a uno de los ladronzuelos.

– Todo ocurrió con tal rapidez y locura que me quedé atónito frente al cuerpo comprimido del conductor, quien tras disparar la pistola, exhaló su última bocanada de baba ensangrentada.

El usurero está reclinado con los codos a sus anchas en la barra de la cantina; ante sí el tercer vaso de Johnny Walker’s. El aire espeso de tabaco nos envuelve.

– ¿Se quedó usted a declarar a la policía? ¿Qué pasó con los otros rateros? – inquiero, alarmado de que tales crímenes queden impunes.

Desde el otro rincón de la barra, el cantinero – un tipo rudo con tatuajes en los antebrazos, que gruñe en vez de asentir- nos observa con recelo, mientras seca los tarros de cerveza. Debemos resultar bastante conspicuos, hablando de crímenes y bebiendo como dos cómplices de la vileza de nuestros congéneres.

– Desde luego que no – responde, engullendo el licor con todo y hielos -. Bastante problema tengo con mis deudores. No está usted para saberlo, pero esta tarde tuve que desalojar a una familia que aduce que su padre, un jubilado decrépito e irresponsable, sufrió hace unos días un secuestro. Lo apuñalaron y abandonaron en un barrio de mala muerte. Insisten en que lo perdió todo, ¡imagínese que arrogancia! ¡Tratar de engañarme a mi con ese cuento!

Estoy por indagar más detalles, aburrido de mi vida y de la suya, bastante ebrio, pero me distrae un enorme perro negro que pasa frente a la entrada. Parece que la bestia me conoce, horror, pues se detiene a mirarme, jadeante y con la lengua de fuera. Un escalofrío me recorre la espalda. La atmósfera se infecta, puedo sentir la asfixia; se avecina una tragedia.

De caza

De caza

El paisaje lunar en rojo, con huellas de meteoritos y contrastes agrestes que bordean la I-40 hacia el Oeste sirve para que el agente del FBI Dylan se sumerja en sus recuerdos. Esta oportunidad de trabajar en conjunto con Moriarty despierta su ansiedad. Un matrimonio fallido, una carrera que no despegó del todo, y ahora, tras tantos desencuentros, parece que las piezas se acomodan. Enfila su automóvil hacia el pasaje subterráneo y emerge del estacionamiento de la CBIZ Plaza en Earll Drive, colocándose los Ray Ban para mitigar el sol de mediodía.

  • ¡Vernon! – exclama con alegría Irene. – ¡Cuánto tiempo!

Atlético, de tez bruñida y franco en sus ademanes, el detective de Albuquerque se aproxima esbozando una amplia sonrisa. Frente a él, espléndida en su presencia, Irene viste un traje entallado y se conserva esbelta, arropada en un magnetismo que la hace aún más atractiva. Tiene el cabello atado en una cola que acentúa sus rasgos y su belleza innata. Quizá asoman algunas arrugas en la frente y la comisura de los labios, pero irradia frescura. Ambos se trenzan en un prolongado abrazo y se besan en la mejilla, entre titubeos, como viejos amantes. Sentados en el Bobby Q, al oeste de Sunset Village, Dylan pide una carne criolla y Moriarty una ensalada Niçoise; pinot noir de Sonoma Coast y una botella de Gerolsteiner para compartir.

Entre sorbos del vino, Moriarty relata en detalle sus averiguaciones. Su idea es sacudir el granero, como se dice en la jerga policiaca; hacer que el asesino caiga en la trampa. No hay duda de que es un sujeto inteligente (Irene está convencida de que es varón), educado y con acceso irrestricto a todas las áreas del nosocomio.

  • Se me ocurre hacer sondeos con sesgo – dice Dylan, en tono conspiratorio. Irene sabe a qué se refiere: hacer creer a los más sensibles o nerviosos que su contraparte ha dicho algo que los incrimina, para causar revuelo.

Superada la reticencia del administrador Arroyo, los agentes instalan una oficina en la Unidad de Enseñanza. Han prometido no perturbar procesos internos ni sacar al personal en horas de trabajo, lo que los convierte en verdaderos inquilinos del hospital. Cada noche, flanqueados por una pizza o cajas de comida china y la cafetera en permanente ebullición, depuran las grabaciones y cruzan notas, conscientes de que van cerrando el círculo. Fogueados en el arte de indagar y sacudir, al cabo de una semana han descartado la mayoría de los departamentos clínicos. Quedan por supuesto las áreas quirúrgicas, los comedores y los servicios de mantenimiento, donde intuyen que se oculta el criminal.

  • ¿Estás cómodo en el hotel, Vernon? – pregunta de improviso Moriarty, tomando un pimiento con los palillos.
  • Sí – replica el agente, levantando la vista del papel para descifrar la expresión de su compañera.
  • No es una insinuación, tonto. Es una pregunta retórica.

Ambos ríen con la sincronía, guardando para sí ese regusto por el deseo, que trasciende cualquier pacto. La timidez ha vuelto como un duende juguetón que no saben adonde esconder, pero que al tiempo los excita. Despierta un escalofrío que se disuelve en bochorno. Es también esa turbación impúdica que evita concentrarse del todo en el trabajo.

Durante su conferencia, el Dr. Schlater descubre entre el auditorio a esa extraña que ahora pulula en el hospital. Le inquieta particularmente que haya interrogado al enfermero Nesmith, porque no puede aún garantizar su discreción a pesar de haberlo convidado al juego. Hace unas horas, le entregó el boleto para el partido contra los Nets, sugiriendo encontrarse en la explanada o directamente en las butacas de la cuarta fila.

  • ¡Uy, Doc, qué maravilla! ¿Cuánto le debo?
  • No es nada, Mike. Soy yo quién está agradecido por tus atenciones.

El muchacho se quedó intrigado, porque su relación con el anestesiólogo no había pasado de algún saludo ocasional y desplazar su carrito con los instrumentos de anestesia cada tercer día. En la cita con Samantha del viernes pasado – donde conoció a su secretaria -, ella habló pestes del carácter de su jefe, arguyendo que cada día estaba más insoportable. Mike preguntó si pensaba que era gay, porque la invitación al basquetbol “salió de la nada”.

  • No creo – dijo Elizabeth, en tono de burla – es tan arisco que ningún hombre lo toleraría.

Los cuatro comensales rieron al unísono hasta que Mike les contó que lo había visto salir del cuarto del paciente muerto. Ella en particular se quedó temerosa de que a sus espaldas se ocultara un psicópata capaz de perpetrar tales crímenes.

– Tranquila – intercedió Samantha -, es un médico “super-reconocido”, Betsy. No tiene el perfil de asesino en serie. Tú mejor que nadie sabes lo obsesivo que es. Mera coincidencia. ¿No crees, Lawrence? – preguntó, dirigiéndose con afecto al novio de su amiga.

Se despidieron afuera del restaurante Dieci entre halagos y cubriéndose del frío. Las chicas acordaron cenar juntos una vez al mes.

  • La próxima vez prefiero el teatro, niños – apuntó Elizabeth, que anhelaba ver la obra de Hamilton en el ASU Gammage.

Caminando tomados de la mano por Camelback Road, la secretaria le confió al novio sus inquietudes. Él – un poco bobo, otro tanto gentil – prometió cuidarla de los arranques del Dr. Jekyll.

– Mi Larry – chilló la joven con voz melosa, colgándose de su cuello.

Aún no amanece cuando Marcus recorre los quirófanos vacíos con desasosiego. Se acerca al área de casilleros y con la habilidad que ganó en su época de estudiante, abre la gaveta de Mike Nesmith, que identifica de inmediato por la calcomanía de los Suns de Phoenix a todo lo ancho. Intenta revelar las apetencias de este intruso y acaso configurar una alternativa en lugar del estrangulamiento. Descubre con inquina que el muchacho es adicto a los Pringles y Reeses’ pieces. No será problema consumar su caída. Hace dos días recibió el solvente (“tráelo de madrugada, Thijs; sabes que trabajo hasta muy tarde”), que conserva en el patio trasero de su casa, oculto en el cobertizo con los aparejos de jardinería.
La tercera entrevista con esos mequetrefes resultó aún más irritante. La impertinente detective – que se cree modelo de Vogue – se le fue al cuello como perra de presa. Se atrevió a insinuar que él, uno de los 100 mejores médicos del estado de Arizona, podría estar bajo sospecha por sus visitas a deshoras.

– ¿Cómo es posible? – profirió con enfado. – Usted mejor que nadie sabe que pertenezco al Comité de Ética de esta institución. ¿Pretende que me esconda para hacer mi trabajo?
Irene lo miró directo a los ojos, sondeando su incordio. – No lo haga, médico. Justamente persigo sacar a la luz a quien se esconde.

Rumiando su turbación, Marcus recibe una llamada de Elizabeth, su asistente. Lo requieren en las oficinas de gobierno. El administrador está de espaldas a la puerta, atisbando hacia el estacionamiento; simula una actitud de afectada jerarquía. El letrero con su nombre (John B. Arroyo, esq.) luce al frente de su escritorio con ostentación. Se gira al oír al doctor y, en silencio, le señala la silla al frente con la mano extendida. Sin más preámbulo, tira al blanco.
– Los camilleros afirman que te vieron rondar en las habitaciones de las victimas. Más aún, esa insolente quiere someterte a un prueba de polígrafo.
– Un absurdo percance, John. No tendrá consecuencias.
– Pensé que teníamos un acuerdo, Schlater. Ese contrato con las aseguradoras (del que por cierto te has beneficiado mucho) implica que los enfermos terminales a nuestro cuidado pagarán un surplus por muerte accidental. ¿Estás consciente?¿O se te ha olvidado porqué empezó todo este juego? El anestesiólogo se limita a asentir, pensando que la palabra “juego” resulta indigna. – Si alguien sospecha “foul-play”, por remoto que parezca , que uno solo de esos óbitos fue provocado, te denunciaré; te lo advierto.
– No te atrevas a amenazarme, Arroyo. Estás tan hundido en el lodo como yo y esos ingenuos limpiabotas que me obligaste a contratar.
– Confías demasiado, mi estimado Marcus – dice con sarcasmo. – A veces dudo de tu inteligencia. Hace unos minutos estaba observando a ese par de grasientos fumando entre los autos. Se podían ver hasta aquí las ampolletas que guardan en sus batas azules. ¿A quién imaginas que van a creer, doctorcito?

Bastaron unas copas de Chablis, la cena a media luz en Donovan’s y una conversación más íntima para que Irene y Vernon dejaran los grilletes del FBI y retomaran su romance. Fue un enlace vibrante, como una tolvanera que los arrastró con la avidez del sudor, del hambre y del fuego. Ella se abrió en un mar de erotismo y Vernon la penetró lentamente, mirándola a los ojos para sumergirse en su arrebato; reescribiendo el tiempo perdido, reinventándose.

Desnudos bajo la luz esquiva, Irene le confiesa que estuvo a punto de casarse, que han sido años indistintos de soledad y aprendizaje y que, por fin, a pesar de esta entrega, prefiere mantener su relación sin expectativas. – Amigos con privilegios – dice, tocándole los genitales fláccidos.

Se toman libre el domingo para visitar Sedona y ascender unas millas hacia las montañas Schnebly. Por la tarde, Vernon compra ropa en el Outlet y despide a Irene después de tomar un capuccino y repasar los equívocos de la investigación.

Al ingresar al aula adaptada como cuchitril de comisaría, a primera hora del día siguiente, Dylan se detiene en seco. Irene está interrogando de nuevo a Maggie, la enfermera que encontró muerta a Emily Everett el mes pasado. Quiere repasar la conversación que precedió a la inspección nocturna del Dr. Shlater, a quien ha apodado “the usual suspect”.

– ¿Dice usted que lo perdió de vista unos minutos? ¿Traía consigo algún material quirúrgico o de anestesia?

Tocan a la puerta y la averiguadora se interrumpe. Son Samantha De Luca y Elizabeth Harris, las secretarías que han estado aportando datos sobre el último deceso. Se les ve alarmadas, la primera con lágrimas frescas y el rostro contrito. Betsy se adelanta:

– Su novio no aparece desde el sábado en la noche. Teme lo peor – señalando a su amiga -, porque fue al juego de basquetbol con mi jefe, el Dr. Marcus Schlater. Por favor, ayúdennos.

Los agentes se miran en connivencia; es el giro que esperaban.

Dolor de hogar

Dolor de hogar

Se sentaron frente a frente, separados por una mesa de metal, dos botellas de cerveza y un cacharro con sal de mar y limones rebanados. Había llovido y las olas acarreaban rastrojos y espuma pestilente. La playa estaba saturada de basura. El más viejo hizo caso omiso del mesero que los rondaba y espetó:
– Hemos dilapidado los recursos de  nuestro país hasta la ignominia, Mauro. Robando, alentando la improductividad y la miseria. No queda nada, este océano sucio es nuestro testigo y acusador.
Su interlocutor ordenó otra ronda y dos órdenes de ceviche, para que el muchacho les permitiera dialogar sin apurarlos.
– Desde la posguerra, sólo hemos visto inversiones fantasmas. Los chacales no han soltado presa mientras el pueblo hace por vivir con recursos cada vez más exiguos y más caros. A nadie han beneficiado las devaluaciones, a nadie más que a especuladores y agiotistas.
Sobre la arena húmeda, una grulla picotea cangrejos entre los escombros; salva ramas y raíces, envases de plástico y juguetes rotos para atinar a su presa. Resulta una analogía siniestra de lo que hacemos los habitantes del tercer milenio para subsistir en condiciones cada vez más precarias.
Absorta en su tristeza, Alicia la espanta al acercarse. Es su primer viaje desde el divorcio y observa como el pájaro se aleja, remedo de sus sueños. Bajo el sombrero de yute, solloza. Por sus mejillas corre el rimmel que delineó anoche en el hotel, para deslizarse al bar con fingido aplomo, estrenando su soltería. Sin embargo, a poco se sintió extraña y avergonzada. Ante la primera insinuación, abandonó el martini a medias, deslizó un billete bajo el platito de pretzels y se retiró a dormir. Daniel dejó de quererla – así lo planteó, a quemarropa – y ella no se esperó para descubrir el adulterio. Acaso él, en su estupidez y narcisismo, pensó que le imploraría, que buscaría un acuerdo. Contenida, sencillamente abrió el armario de trebejos, sacó la primera maleta que encontró a mano y se la arrojó a los pies.
– Tienes dos horas. Nos vemos en el juzgado cuando te hayas repuesto -. Acto seguido, azotó la puerta tras de sí y se aseguró de cambiar las cuentas del banco, contratar a un cerrajero y localizar a su abogado. Sola ante el oleaje rememora, calma su aflicción, pero ante todo se reconoce más ligera, como si hubiese arrojado un fardo remoto al precipicio.
Tras comunicarle a la Sra. O’Brien (- ¡Dumitrescu! – recalca la clienta, con vehemencia), Sofía se disculpa, deja la llamada en línea y voltea a confirmar que el abogado, en la reclusión de su oficina de cristal, procure el habitual gesto de confirmación. Como es su costumbre, el jefe se reclina en el sillón giratorio y se vuelve hacia el ventanal, para evadirse con la vista de los rascacielos desde el piso veintinueve mientras contesta el teléfono. Ahora que está distraído, su joven asistente aprovecha para llamar a la residencia de ancianos y preguntar si su padre comió lo suficiente. Hace varias semanas que no lo visita. Cada encuentro resulta más penoso. Ha perdido todo rastro de conciencia, desconoce a sus cuidadores y sonríe apenas, sumergido en un letargo incoherente, cuando Sofía le acaricia los brazos o las manos. El único consuelo es que su madre no lo vio en esta condición deplorable y vacía. Difícil aceptarlo, pero a veces una muerte prematura – sin tanta agonía – es una bendición.
Se percata entonces de que le cuesta cada vez más recordarla en detalle. No en función del tiempo, sino del duelo; aunque es cierto que el cáncer de mama la consumió cuando ella habia cumplido sólo doce años, floreciendo aterrada a su sexualidad.
– ¿De que sirven los pechos, mamá? – quiso preguntarle tantas veces.
Noche a noche recurre a su retrato, hojea el album de fotos; ella no la olvidará, será la memoria de su padre y el legado afectivo que quiso ofrendarle.
Inmersa en sus cavilaciones, voltea hacia el elevador que se abre momentáneamente. Un hombre elegante, de barba gris y ojos pétreos, la observa desde el fondo. Nunca lo ha visto antes, pero se siente avasallada por esa mirada incisiva y percibe un escalofrío al tiempo que se cierra el ascensor y vuelve al teclado, inquieta por el efímero desencuentro.
– Tráeme el auto – ordena Sigfrid Offenheimer en tono de autoridad, no bien surge de la puerta giratoria. Su altivez no admite duda; cabello y barba cuidadosamente afeitados, corbata y camisa impecables. No sólo es su corpulencia lo que se impone, sino el gesto hosco, impenetrable.
El chico de color, ataviado con chistera y levita rojas, sonríe con timidez. Sin mediar pregunta, corre a buscar la llave automática y desaparece tras el muro hacia la rampa del estacionamiento. Sopla una ventisca fría y el hombre se ajusta la gabardina y enfunda los guantes de cuero. Gruñe para sí. El invierno se avecina y no ha resuelto el negocio que le arrebata el sueño. La mafia del otro lado del río lo ha perseguido por meses, saboteando sus inversiones, exigiéndole la rendición de cuentas. Esta tarde está decidido. Bajo contrato anónimo, dos esbirros visitarán el fin de semana al capo Angelo Ruggiero. Nadie resultará malherido, una simple advertencia y un nuevo acuerdo, más paritario, más cómodo para sus socios y – ¿porqué no? – también para sus acreedores. En su natal Dresden todo se habría arreglado con un apretón de manos y un depósito jugoso en Luxemburgo.
Si se oponen – piensa… Pero en ese instante una explosión brutal que sacude el sótano contiguo interrumpe sus ideas. La tierra tiembla y caen vidrios en pedazos por ambos costados. Estupor y humo negro emergen por todas partes. Dos mujeres caen de un tropiezo frente a él, impelidas por el estruendo; con gestos de terror, lo miran suplicantes. Los autos se detienen de un golpe y varios vehículos chocan en secuencia, agregando al desconcierto; hay gritos de pánico desde los edificios cercanos. Apenas empieza a disiparse la humareda cuando se percata de que el estallido proviene del parking donde guarda su coche, que es hacia donde ahora se dirigen los vigilantes y un policía con el arma en ristre a toda prisa.
– ¡Cuidado! ¡Atrás, atrás! – grita casi sin aliento el agente Wójzcik. – No sabemos si es un acto terrorista. Avisen de inmediato a seguridad y al FBI.
De momento no atina a saber si es una fortuna o una maldición que estuviese ordenando un café en Starbucks cuando lo sorprendió el impacto. Entre la nube gris y el olor a Semtex se aproxima hacia el nivel dos, donde aún se observan llamas entre los autos aparcados. El riesgo de una explosión en cadena debe contenerse. Su viejo, veterano de Vietnam (Twenty-four Marine Corps, First batallion, Bravo company), le contó – antes de quedar afásico y a su cuidado – que uno tiene que arrastrarse en salvas bajo el humo, con los sentidos aguzados para anticipar la metralla o un segundo ataque. Así lo hace, sin reparar en el aceite que mancha su uniforme. Un BMW 740i negro exhala fuego por el capote y la ventana del conductor, donde se aprecia una figura carbonizada. Guarda su arma con agilidad y genera una llamada mediante su radio de solapa dando a conocer la situación, mientras busca un extinguidor en los accesos más próximos. Con la culata de su .38 rompe el cristal y extrae el primero que encuentra. Como puede, aturdido por las alarmas de muchos autos que repican a su alrededor, baña de espuma el vehículo en llamas desde distintos ángulos para mitigar el desastre. A través de los trozos de vidrio ahumados de la portezuela distingue a Omotunde, el valet del edificio Reuters, tragado por el fuego. Una vez que ha contenido el peligro, deja caer el extintor, abatido. Mientras registra la escena del crimen, medita amargamente cómo anunciar esta tragedia a la madre del chico, a quien conoce por sus rondas y porque le ha traído el almuerzo desde East Harlem cada mañana. Es una nigeriana rolliza, de buen talante, que se expresa con dificultad y que remeda a un viejo afiche de Aunt Jemima. – Nunca superará esta pérdida – piensa, abriéndose paso entre los curiosos que se agolpan al pie de la rampa.
– No te angusties, Dilma – insiste el policía por el teléfono móvil, alzando la voz por encima de las sirenas de bomberos y ambulancias. – Ya pasó el peligro. Por favor baña a mi padre; llegaré tarde esta noche. Sabes como es esto, tengo que escribir mi reporte y acompañar al equipo forense -.
La mujer, embarazada y rubicunda, de facciones indígenas que le confieren un dejo de niña, repone el auricular de pared en su base y acude a consolar a su bebé, que despertó gimiendo con el timbre del teléfono. Cuando por fin consigue arrullarlo, toma su celular y envía un mensaje de WhatsApp a su hermano Osvaldo, que atiende un bar en la playa de Newport Green. La invade el miedo y no quiere quedarse sola hasta que llegue su esposo.
– Haré lo posible – replica en una llamada furtiva el mesero, cuidando de mantener la voz baja para no perturbar a sus comensales. – Tengo dos clientes que no paran de discutir política y ordenan una cerveza tras otra. Ya luego los apuro. Te mando un mensaje cuando salga pa’l barrio -.
Afuera empieza a caer la tarde con destellos pardos y nubarrones que auguran tormenta. Osvaldo se aproxima solícito a la mesa para ofrecer algo más de beber y anunciar que cerrarán temprano dado el pronóstico del tiempo. Cuando se dispone a bajar las persianas, advierte a la distancia a una mujer que acomete la brisa helada con donaire. Parece que tirita, sola y de cara al mar, envuelta en una contagiosa nube de nostalgia.