Dolor de hogar

Dolor de hogar

Se sentaron frente a frente, separados por una mesa de metal, dos botellas de cerveza y un cacharro con sal de mar y limones rebanados. Había llovido y las olas acarreaban rastrojos y espuma pestilente. La playa estaba saturada de basura. El más viejo hizo caso omiso del mesero que los rondaba y espetó:
– Hemos dilapidado los recursos de  nuestro país hasta la ignominia, Mauro. Robando, alentando la improductividad y la miseria. No queda nada, este océano sucio es nuestro testigo y acusador.
Su interlocutor ordenó otra ronda y dos órdenes de ceviche, para que el muchacho les permitiera dialogar sin apurarlos.
– Desde la posguerra, sólo hemos visto inversiones fantasmas. Los chacales no han soltado presa mientras el pueblo hace por vivir con recursos cada vez más exiguos y más caros. A nadie han beneficiado las devaluaciones, a nadie más que a especuladores y agiotistas.
Sobre la arena húmeda, una grulla picotea cangrejos entre los escombros; salva ramas y raíces, envases de plástico y juguetes rotos para atinar a su presa. Resulta una analogía siniestra de lo que hacemos los habitantes del tercer milenio para subsistir en condiciones cada vez más precarias.
Absorta en su tristeza, Alicia la espanta al acercarse. Es su primer viaje desde el divorcio y observa como el pájaro se aleja, remedo de sus sueños. Bajo el sombrero de yute, solloza. Por sus mejillas corre el rimmel que delineó anoche en el hotel, para deslizarse al bar con fingido aplomo, estrenando su soltería. Sin embargo, a poco se sintió extraña y avergonzada. Ante la primera insinuación, abandonó el martini a medias, deslizó un billete bajo el platito de pretzels y se retiró a dormir. Daniel dejó de quererla – así lo planteó, a quemarropa – y ella no se esperó para descubrir el adulterio. Acaso él, en su estupidez y narcisismo, pensó que le imploraría, que buscaría un acuerdo. Contenida, sencillamente abrió el armario de trebejos, sacó la primera maleta que encontró a mano y se la arrojó a los pies.
– Tienes dos horas. Nos vemos en el juzgado cuando te hayas repuesto -. Acto seguido, azotó la puerta tras de sí y se aseguró de cambiar las cuentas del banco, contratar a un cerrajero y localizar a su abogado. Sola ante el oleaje rememora, calma su aflicción, pero ante todo se reconoce más ligera, como si hubiese arrojado un fardo remoto al precipicio.
Tras comunicarle a la Sra. O’Brien (- ¡Dumitrescu! – recalca la clienta, con vehemencia), Sofía se disculpa, deja la llamada en línea y voltea a confirmar que el abogado, en la reclusión de su oficina de cristal, procure el habitual gesto de confirmación. Como es su costumbre, el jefe se reclina en el sillón giratorio y se vuelve hacia el ventanal, para evadirse con la vista de los rascacielos desde el piso veintinueve mientras contesta el teléfono. Ahora que está distraído, su joven asistente aprovecha para llamar a la residencia de ancianos y preguntar si su padre comió lo suficiente. Hace varias semanas que no lo visita. Cada encuentro resulta más penoso. Ha perdido todo rastro de conciencia, desconoce a sus cuidadores y sonríe apenas, sumergido en un letargo incoherente, cuando Sofía le acaricia los brazos o las manos. El único consuelo es que su madre no lo vio en esta condición deplorable y vacía. Difícil aceptarlo, pero a veces una muerte prematura – sin tanta agonía – es una bendición.
Se percata entonces de que le cuesta cada vez más recordarla en detalle. No en función del tiempo, sino del duelo; aunque es cierto que el cáncer de mama la consumió cuando ella habia cumplido sólo doce años, floreciendo aterrada a su sexualidad.
– ¿De que sirven los pechos, mamá? – quiso preguntarle tantas veces.
Noche a noche recurre a su retrato, hojea el album de fotos; ella no la olvidará, será la memoria de su padre y el legado afectivo que quiso ofrendarle.
Inmersa en sus cavilaciones, voltea hacia el elevador que se abre momentáneamente. Un hombre elegante, de barba gris y ojos pétreos, la observa desde el fondo. Nunca lo ha visto antes, pero se siente avasallada por esa mirada incisiva y percibe un escalofrío al tiempo que se cierra el ascensor y vuelve al teclado, inquieta por el efímero desencuentro.
– Tráeme el auto – ordena Sigfrid Offenheimer en tono de autoridad, no bien surge de la puerta giratoria. Su altivez no admite duda; cabello y barba cuidadosamente afeitados, corbata y camisa impecables. No sólo es su corpulencia lo que se impone, sino el gesto hosco, impenetrable.
El chico de color, ataviado con chistera y levita rojas, sonríe con timidez. Sin mediar pregunta, corre a buscar la llave automática y desaparece tras el muro hacia la rampa del estacionamiento. Sopla una ventisca fría y el hombre se ajusta la gabardina y enfunda los guantes de cuero. Gruñe para sí. El invierno se avecina y no ha resuelto el negocio que le arrebata el sueño. La mafia del otro lado del río lo ha perseguido por meses, saboteando sus inversiones, exigiéndole la rendición de cuentas. Esta tarde está decidido. Bajo contrato anónimo, dos esbirros visitarán el fin de semana al capo Angelo Ruggiero. Nadie resultará malherido, una simple advertencia y un nuevo acuerdo, más paritario, más cómodo para sus socios y – ¿porqué no? – también para sus acreedores. En su natal Dresden todo se habría arreglado con un apretón de manos y un depósito jugoso en Luxemburgo.
Si se oponen – piensa… Pero en ese instante una explosión brutal que sacude el sótano contiguo interrumpe sus ideas. La tierra tiembla y caen vidrios en pedazos por ambos costados. Estupor y humo negro emergen por todas partes. Dos mujeres caen de un tropiezo frente a él, impelidas por el estruendo; con gestos de terror, lo miran suplicantes. Los autos se detienen de un golpe y varios vehículos chocan en secuencia, agregando al desconcierto; hay gritos de pánico desde los edificios cercanos. Apenas empieza a disiparse la humareda cuando se percata de que el estallido proviene del parking donde guarda su coche, que es hacia donde ahora se dirigen los vigilantes y un policía con el arma en ristre a toda prisa.
– ¡Cuidado! ¡Atrás, atrás! – grita casi sin aliento el agente Wójzcik. – No sabemos si es un acto terrorista. Avisen de inmediato a seguridad y al FBI.
De momento no atina a saber si es una fortuna o una maldición que estuviese ordenando un café en Starbucks cuando lo sorprendió el impacto. Entre la nube gris y el olor a Semtex se aproxima hacia el nivel dos, donde aún se observan llamas entre los autos aparcados. El riesgo de una explosión en cadena debe contenerse. Su viejo, veterano de Vietnam (Twenty-four Marine Corps, First batallion, Bravo company), le contó – antes de quedar afásico y a su cuidado – que uno tiene que arrastrarse en salvas bajo el humo, con los sentidos aguzados para anticipar la metralla o un segundo ataque. Así lo hace, sin reparar en el aceite que mancha su uniforme. Un BMW 740i negro exhala fuego por el capote y la ventana del conductor, donde se aprecia una figura carbonizada. Guarda su arma con agilidad y genera una llamada mediante su radio de solapa dando a conocer la situación, mientras busca un extinguidor en los accesos más próximos. Con la culata de su .38 rompe el cristal y extrae el primero que encuentra. Como puede, aturdido por las alarmas de muchos autos que repican a su alrededor, baña de espuma el vehículo en llamas desde distintos ángulos para mitigar el desastre. A través de los trozos de vidrio ahumados de la portezuela distingue a Omotunde, el valet del edificio Reuters, tragado por el fuego. Una vez que ha contenido el peligro, deja caer el extintor, abatido. Mientras registra la escena del crimen, medita amargamente cómo anunciar esta tragedia a la madre del chico, a quien conoce por sus rondas y porque le ha traído el almuerzo desde East Harlem cada mañana. Es una nigeriana rolliza, de buen talante, que se expresa con dificultad y que remeda a un viejo afiche de Aunt Jemima. – Nunca superará esta pérdida – piensa, abriéndose paso entre los curiosos que se agolpan al pie de la rampa.
– No te angusties, Dilma – insiste el policía por el teléfono móvil, alzando la voz por encima de las sirenas de bomberos y ambulancias. – Ya pasó el peligro. Por favor baña a mi padre; llegaré tarde esta noche. Sabes como es esto, tengo que escribir mi reporte y acompañar al equipo forense -.
La mujer, embarazada y rubicunda, de facciones indígenas que le confieren un dejo de niña, repone el auricular de pared en su base y acude a consolar a su bebé, que despertó gimiendo con el timbre del teléfono. Cuando por fin consigue arrullarlo, toma su celular y envía un mensaje de WhatsApp a su hermano Osvaldo, que atiende un bar en la playa de Newport Green. La invade el miedo y no quiere quedarse sola hasta que llegue su esposo.
– Haré lo posible – replica en una llamada furtiva el mesero, cuidando de mantener la voz baja para no perturbar a sus comensales. – Tengo dos clientes que no paran de discutir política y ordenan una cerveza tras otra. Ya luego los apuro. Te mando un mensaje cuando salga pa’l barrio -.
Afuera empieza a caer la tarde con destellos pardos y nubarrones que auguran tormenta. Osvaldo se aproxima solícito a la mesa para ofrecer algo más de beber y anunciar que cerrarán temprano dado el pronóstico del tiempo. Cuando se dispone a bajar las persianas, advierte a la distancia a una mujer que acomete la brisa helada con donaire. Parece que tirita, sola y de cara al mar, envuelta en una contagiosa nube de nostalgia.

Evolución

Evolución

Hace treinta años, en el anfiteatro del University College London – próximo a donde Virginia Woolf, Lytton Strachey y E.M. Forster se reunían para dar alas a la literatura del joven siglo XX – tuve la fortuna de escuchar al biólogo de Harvard, Stephen Jay Gould, disertar acerca de la evolución de las especies y la controvertida noción de un diseñador inteligente.

Gould se plantó a media tarde esgrimiendo su desparpajo en mangas de camisa, abdomen prominente, al pie de una gran pantalla donde habría de mostrar sus diapositivas, y se echó a hablar – argumento tras argumento – sin pausa. Su tercera transparencia mostraba una parvada de garzas sobrevolando un lago en África, y Gould lo tomó como señuelo para disertar en torno a los pinzones de Darwin. Siguió planteando sus ideas con vehemencia de suerte que, después de cuarenta minutos sin tragar saliva, se percató de que las mismas garzas seguían impávidas en la pantalla.

  • Ups – exclamó con sorpresa – parece que se me olvidó pasar mis diapositivas. Bueno, terminemos – y dio lugar a preguntas.

Estábamos dichosos. Nos considerábamos estudiantes de maestría harto contestatarios, dispuestos a retar todos los dogmas evolucionistas que se estaban imprimiendo con tenacidad lamarckiana en la Inmunología de los ochentas. La variabilidad de las inmunoglobulinas y la recientemente demostrada mutabilidad de los receptores antigénicos tendrían que explicarse de otro modo.

Salimos a la noche lluviosa de Bloomsbury excitados, discutiendo conceptos erráticos y alabando al iconoclasta de la Historia Natural que acabábamos de escuchar. Yo había releído hacía poco “The blind watchmaker” y “The flamingo´s smile”, así que tenía los conceptos frescos y en franco contraste. Parecíamos niños manoteando y arguyendo prioridades cuando entramos al restaurante que conocíamos como “Cheap-O”, una taberna de comida oriental en Wardour Street donde podíamos degustar un plato de insípidos fideos por tan sólo una libra.

Seguramente llamábamos la atención, porque constituíamos un grupo híbrido que parloteaba airadamente. Una doctora keniana cuyo padre era un jefe tribal Kikuyu, orgullosa de su estirpe y con un enojo racial inusitado. Un bioquímico escocés, mayor que nosotros, con aretes y chaleco a cuadros, que militaba en una organización troskysta y que afirmaba que lo único bueno de Inglaterra era el cricket. Un galés callado y complaciente, que aprendí a estimar por su candor e histórica humildad. Y por último, una malagueña vociferante que gritaba inglés con acento andaluz. Aún me pregunto cómo, en esa Torre de Babel, alcanzábamos algún acuerdo.

Abrumado por una diversidad de otras lecturas, hace años que dejé de seguir de cerca la literatura relativa a la evolución de las especies, que enfrentó a Gould con Dawkins y Maynard Smith en lo que se conoce como las “Guerras Darwinianas”. Sobre todo ante el deceso del primero en 2002, y tras leer su libro póstumo “La estructura de la teoría de la evolución” donde matiza sus ideas y con ello ingresa flamante al panteón de los escépticos.

Fue un detractor de la psicología evolucionista y de la rigidez conceptual, a tal grado que propuso que el magisterio de lo espiritual es válido en el pensamiento científico. A diferencia de tantos otros darwinistas contemporáneos, Gould se reinventó una y otra vez. Creó su propio personaje de los Simpsons, que en un episodio analizaba el DNA de un esqueleto apocalíptico. Además, agobiado por un mesotelioma peritoneal, propugnó por el uso médico de la mariguana, veinte años antes de su legalización.

La rencilla con Richard Dawkins se escenificó en las páginas del New York Review of Books y adquirió un tono mordaz, acaso digno de la estatura intelectual de ambos académicos. El autor de “El gen egoísta” profesaba que la evolución actúa sobre estirpes de replicantes, que pueden ser – aunque no necesariamente – genes.  Las ideas y las destrezas merecen considerarse replicantes de carácter social. Esa adaptación compleja evoluciona de manera gradual, adquiriendo ventajas fenotipicas que conforman la selección natural en una suerte de avance dialéctico que deriva en sus ramificaciones.

En cambio, el paleontólogo de Harvard refutaba que las tendencias evolutivas no son progresión inequívoca de la competencia entre organismos. Por ejemplo, los cambios morfológicos en los caballos no resultan de ganancias adaptativas de fenotipos cada vez mejor dotados para la pastura. Más bien se trata de tendencias en la variación genética del linaje de la especie en cuestión. En ese sentido, incluso las extinciones masivas juegan un papel regulador de la evolución – insistía – porque dejan a una subespecie en ventaja respecto de aquellas que perecieron.

Todo esto viene a cuento porque recibí un libro del filósofo norteamericano Daniel C. Dennett cuyo título rimbombante conviene denunciar. Publicado en Febrero de este 2017, se llama “From bacteria to Bach and back. The evolution of minds”. Puedo recomendarlo con cautela intelectual, porque es fiel reflejo de la tesis que sugiere que la mente humana es una suma de procesos bioquímicos y físicos que se han articulado desde los organismos pluricelulares hasta alcanzar el ingenio del potencial artístico. El profesor Dennett se declara abiertamente enemigo de Gould y de Chomsky, en contra de los que aduce una base materialista de la conciencia a expensas de lo que designa como “memes”.

Cabe señalar que es un texto bastante repetitivo y auto-referencial, lo que lo hace más petulante que erudito. Su argumento es que el pensamiento y la conciencia no revisten mayor misterio que el resto de los fenómenos naturales; digamos, como la gravedad. Y que la sofisticación del cerebro humano es simple y llanamente producto de la selección natural. Desde su origen – colige el autor – la selección natural genera un diseño inteligente, ciego, que va facultando a los genes mejor adaptados a sobrevivir. En su ultra-darwinismo, Dennet impugna las “ex adaptaciones” que teorizaban Richard Lewontin y Stephen Jay Gould; es decir, presiones evolutivas no sujetas a selección sino forzadas por condiciones ambientales. Un ejemplo son las plumas, que regulaban la temperatura en los dinosaurios (de sangre fría) y que se convirtieron en auxiliares de vuelo para los pájaros.

Otro aspecto llamativo del libro es que Dennett ignora al neurólogo Antonio Damasio (creador de elocuentes libros tales como “El error de Descartes”y “Buscando a Spinoza”), pese a que trata de probar con sus tesis lineales la creciente complejidad del cerebro a partir de los primates. Desafía también a Noam Chomsky en cuanto a que éste asegura que el lenguaje es único en su naturaleza evolutiva, dado que emergió de un salto mutacional desde nuestros ancestros homínidos, haciendo posible encontrar palabras para configurar imágenes perceptuales. Dennett objeta que el origen del lenguaje yace en la condición social humana y que surgió de la necesidad de comunicarse con proto-idiomas, ahora perdidos. La agentes de tal evolución lingüística, para Dennett, son los memes (concepto arrebatado de Dawkins); unidades de transmisión cultural análogas a los genes que habitan el cerebro de una persona y que se replican como virus.

El problema estriba en que los memes son cualquier cosa, un concepto vacío que equivale a un sombrero, un recuerdo, una vivencia, un acorde musical o una afiliación política. Son tantas cosas que no son nada. Mientras que los genes son secuencias replicables de DNA que pueden medirse y heredarse con precisión. La plasticidad humana no cabe en unos u otros de manera aislada. Habría que recurrir a otros conocedores, desde Ferdinand de Saussure pasando por Julia Kristeva y hasta Steven Pinker para saldar las metáforas y conceptuar lo humano como un microcosmos mucho más versátil, que requiere de la bioingeniería tanto como de los afectos para florecer o clonarse.

En suma, los individuos no somos nada más instrumentos de un orden azaroso, ni vecinos distantes de los homínidos o los protozoarios; hay una intencionalidad en nuestra búsqueda del universo cognoscible, y tanto como erigimos íconos, somos capaces de destruir o de procrear lo más sublime.

Bibliografía sugerida (en orden alfabético).

Andrew Brown. 2002. The Darwin wars: the scientific battle for the soul of man. Simon & Schuster, London.

Antonio Damasio. 2012. Self comes to mind: constructing the conscious brain. Vintage, New York.

Richard Dawkins. 2016. The selfish gene (40th anniversary edition). Oxford University Press.

Daniel C. Dennett. 2017. From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. WW Norton & conony, New York.

Stephen Jay Gould. 2002. The structure of evolutionary theory. Belknap/Harvard University Press.

Amy Licence. 2016. Living in squares, loving in triangles: the lives and loves of Virginia Woolf and the Bloomsbury group. Amberley Publishing, London.

Kim Sterelny. 2003. Dawkins vs Gould: survival of the fittest.  Icon books, New York.

 

Heart of darkness

Heart of darkness

I once heard a child, who was afraid of the dark,
call into an adjoining room, “Auntie, talk to me,
I am afraid.” “But what good will that do you?
You cannot see me!” Whereupon the child answered,
“If someone speaks, it is brighter.”
Sigmund Freud (1920)

Cae la noche y los espectros se condensan. En los márgenes de lo invisible transita la muerte y sólo su risa se escucha, alternando con el viento.
Estamos solos – me dice, con una voz sepulcral, y después desaparece; se aleja entre las sombras, se confunde con este miedo que lo invade todo. Nadie sabe qué es adentro y qué ha quedado fuera.
Cornelia me pide que la abrace, hace frío y la tierra está húmeda. Una densa neblina hace aún más difícil reconocer la silueta de los árboles y avistar el rastro del sendero. Su padrino asegura que abundan los lobos, que merodean en busca de alimento y no discriminan. Hace poco, un hombre de su aldea fue atacado y tenía la cara desgajada, pellejos sangrientos con baba de algún animal rabioso. No puedo disipar esa imagen de la mente y, aunque procuro no transmitir mis inquietudes a mi hermana, es imposible contener el escalofrío que me recorre.
– Hace frío, cúbrete bien – le imploro, pero mi voz medrosa no atina a  sosegarla.
– ¿Dónde estamos, Jörgen? – inquiere, a punto de irrumpir en llanto.
– Rumbo a casa, chiquita, no temas. Es que el bosque es oscuro y no es fácil seguir el camino.
La hago reír un poco con un cuento que compartíamos cuando era más pequeña, pero el ulular de los búhos acalla mi relato y nos sume de nuevo en un silencio aterrador. Las escasas luces del pueblo se desvanecieron hace horas entre la espesura y no tenemos nada con qué alumbrar más el camino. Me detengo para no tropezar y descifrar la rugosidad del suelo antes de dar otro paso. Los ojos asustados, muy abiertos, de mi hermana me observan con desconcierto.
En ese instante, el pánico nos asalta. Una sombra huidiza, como un conejo o una rata, pasa frente a nosotros; sus pupilas rojas lanzan destellos volátiles que podemos distinguir como amenazas. Cornelia grita despavorida y yo caigo de espaldas en el lodo, mudo de terror. Nada nos salvará, la noche ahora sí nos ha engullido.
En incontables ocasiones, la falta de información visual que surge bajo la completa oscuridad se traduce en ansiedad e incertidumbre. La oscuridad agudiza el reflejo de sobresalto acústico en las personas. Ello facilita la conmoción cuando no se distinguen con claridad las formas y los objetos que suelen rodearnos. Por supuesto, la imaginación y el prejuicio exacerban este mecanismo. En ese sentido, actuamos en contraste con los animales nocturnos, que se alarman con la luz y se deslumbran, paralizándose.
La ansiedad en tales condiciones de negrura se despierta por la fantasía de amenazas potenciales, encubiertas o imaginarias que exigen ser desestimadas de inmediato o, en su caso, que nos obligan a huir, fugarse en tanto sea factible. Ante tal imposibilidad,  sigue un estado de angustia, caracterizado por nerviosismo incontrolable, aprehensión y extrema preocupación que activa las descargas del sistema nervioso autónomo. Sudamos, tiritamos, nos sobrecoge un vacío en el abdomen, acaso un mareo que nos hace perder la estabilidad o una reacción que eriza los vellos en señal de alarma. Todo eso responde a una sensación ominosa de desamparo.
El anhelo, la necesidad que experimentamos en los momentos oscuros, ante la ausencia del otro, se trastoca en miedo a la oscuridad. El niño requiere de la madre y su angustia de separación la ve perderse en la noche, en la boca del lobo, de donde nadie garantiza que volverá. Su partida se torna en lo abominable, que hace cuerpo con el abandono y la exigencia de darle un sentido a esa soledad apremiante. Tal proyección no suele ser muy exitosa, porque el temor de perder al objeto amado no puede sustituirse del todo como lo hacemos frente al pánico que amaga desde del exterior. El deseo persiste y, con él, la oquedad, la falta.
Los impulsos de ansiedad al separarse del ser amado son connaturales a los humanos, si bien – debido a su obvia fragilidad y su riesgo al desamparo – son más penetrantes y frecuentes en los niños entre 2 y 7 años de edad. Pero todos, en algún tiempo o en algún lugar, recelamos de las tinieblas.
Desde luego, la oscuridad afecta la agudeza visual y con ello, altera nuestra destreza para controlar el entorno, confiriéndonos una repentina vulnerabilidad. Nacemos, nos criamos y prosperamos en un mundo diurno, más aún en la actualidad, tanto como estamos rodeados de pantallas e imágenes iridiscentes. Aprendemos a subvertir las sombras, abrir candados y ventanas, encender velas y extender nuestro campo óptico con artefactos. Ningún rincón de la Tierra, por opaco que se antoje, está fuera de nuestro alcance. Las cuevas se exploran, las profundidades marítimas se sondean, el lado oscuro de la luna se coloniza, los anillos de Saturno se sobrevuelan, e incluso los hoyos negros -otrora tan incógnitos – están por fotografiarse con telescopios cada vez más potentes. En fin, la luz trasciende cualquier horizonte.
Además, la oscuridad señala nuestro periodo de descanso y de inducción al sueño. Se elevan los niveles de melanina en el hipotálamo, bostezamos como acto reflejo y la lasitud del cuerpo y los sentidos nos apaga mansamente hacia el reposo. Se activa la sustancia reticular ascendente, se bloquean las puertas de la percepción y nos sumergimos en las aguas misteriosas de nuestras quimeras. En ninguna circunstancia estamos tan vulnerables a los elementos como durante esa placidez onírica.
Los demonios que expurgamos durante el día, salen entonces a reptar bajo nuestro lecho, detrás de las puertas y en las entretelas de la noche. Nos acechan, nos invaden, nos obligan a mirar de reojo desde la almohada entre los contornos borrosos y las sombras, para traer recuerdos, tempestades, tareas incompletas o fabulaciones. Son por supuesto los espectros internos, no los que se ocultan en los armarios, sino esos que salen a poblar nuestro insomnio y se apoderan de todo discernimiento. Son angustia materializada, son los engendros del crepúsculo, que a todos nos acosan.
Si hay algo que nos alienta y nos consuela, desde que habitamos el regazo de mamá y para siempre, es la convicción de que su presencia – o alguien más que ose sustituirla – vendrá a sanear esa inquietud, a imprimir un resplandor en la eterna noche de nuestras vacilaciones, y a traer la luna, su constancia, para cobijarnos y sumirnos en un sueño.

Acuérdate de Acapulco

Acuérdate de Acapulco

Como se desprende de la Teogonía de Hesíodo, la titán Mnemosyne, inventora del lenguaje, hizo el amor durante nueve noches con Zeus, procreando a las musas que los hombres veneran en su quehacer artístico. En el mito órfico, también Mnemosyne figura como la garante de aquellos que al reencarnar retenían la memoria de su vida previa, a diferencia de quienes bebían del río Lethe y olvidaban todo cuanto habían experimentado y presenciado.

Los recuerdos forman la estructura afectiva del sujeto, al grado que el deterioro cognitivo deja a quien lo padece a merced del instante, con exiguas ataduras emocionales, sin vigencia y sin futuro, presa de un pasado deshilachado y evanescente.

En ese tenor, Freud postuló que la percepción y la memoria son dos polos del aparato psíquico, ungidos por el afecto, que los matiza al tiempo que los mantiene distantes. En aquella disquisición (Carta 52 del 6 de Diciembre de 1896), propuso que nuestra mente está organizada mediante un proceso de estratificación, donde los residuos de nuestros recuerdos son re-transcritos a la luz de nuevas circunstancias, desde la conciencia hasta la vaguedad del universo inconsciente. Pero que en buena medida, los recuerdos que solemos denominar traumáticos se mantienen excluidos de la recapitulación merced a un mecanismo de represión, que puede ser disuelto selectivamente con el trabajo de análisis, siempre y cuando se establezca un vínculo (transferencia de afectos) que permita su reedición sintomática.

Por anacrónico que parezca el método de recostarse en un diván y evocar la infancia, la premisa sigue vigente: no hay recuerdo accesible sin el anzuelo del afecto, no hay conciencia de las lesiones emocionales sin un nuevo amanecer, que disipe la niebla de la represión en pos de una reflexión – a veces súbita, y con frecuencia inexplicable – en el marco de una relación terapéutica, ceñida por la intimidad y la paciencia. Afecto al fin.

Cuando Eufrosina mira por la ventana se ausenta aún más, ha perdido la alegría que tenía impresa en su nombre. La encefalitis herpética le arrestó la memoria y reconoce apenas a sus interlocutores por los labios, que contempla absorta mientras se mueven y no puede descifrar que le insinúan. Las palabras han dejado de tener resonancia en su conciencia. A veces ríe a borbotones y uno espera que regrese de su letargo emocional, pero nada sucede; observa sus manos y vuelve a su rincón al margen del mundo y de las horas.

Sus hijos la observan con una mezcla de devoción y tristeza. Han aprendido a tolerar sus silencios, a indagar en sus ojos grises para trazar un horizonte de nubes que ya no penetran. Ella conserva una belleza tibia, atrayente. Sonríe con delectación cuando prueba un alimento o alguno de sus nietos corre o juguetea en su restringido campo visual. Pero no falta mucho, lo saben como una verdad incontestable que nadie osa proferir. La vida sin conciencia, cuando la percepción se va apagando, es un letargo que abandona el tiempo y que no toma nada aunque lo deja todo.

En línea con esta viñeta desafortunada, que demuestra la fragilidad de nuestra vida interior, un concepto que intriga a los científicos – porque elude toda explicación teleológica – es lo que se ha dado en definir como memoria inmunológica. ¿Dónde recae? ¿Cómo se renueva? ¿Qué instrumentos la seleccionan?

Todos sabemos que una infección o su equivalente atenuado, una vacuna, inducen la generación de anticuerpos que a su vez previenen otra embestida del virus porque lo neutralizan a tiempo. Tan conspicuo es este mecanismo, que se ha establecido como norma de salud pública la inmunización para todos los niños, además de los refuerzos en poblaciones de riesgo (embarazadas, adultos mayores, viajeros, etc.). Nadie objetaría que esta política de salud ha salvado vidas, tanto como ha permitido erradicar epidemias y es la norma que promueve una generación sana. Más aún, es de las pocas estrategias en Medicina que han resultado costo-efectivas sin discusión.

Desde el marco teórico, nos seguimos preguntando dónde radica tal virtud que hace que el repertorio celular sea tan preciso y eficiente. Dado que los anticuerpos son instrumentados por células plasmáticas, diferenciadas en secuencia de linfocitos activados, esa función tiene que asentarse en una población que migra y se replica en compartimentos donde se recluyen los glóbulos blancos y proliferan mediante un mecanismo que denominamos “selección clonal”. Este proceso implica que una célula programada para dar una respuesta específica (por ejemplo, contra el virus de influenza H1N1) se reproduce incesantemente y procrea un linaje con la misma especificidad.

Si bien esta noción es muy aceptada, la demostración experimental de que existen células estratificadas para cumplir su misión de memoria, se ha verificado apenas en unos cuantos laboratorios de biología celular, tal como si fuese una metáfora del sueño. La idea prevaleciente hasta hace unos cuantos años era que los linfocitos T de memoria (positivos para los marcadores CD4, CD25 y CD69), presuntamente activados, están listos desde la médula ósea para incorporarse al torrente sanguíneo y facultar la respuesta inmune ante un nuevo embate infeccioso.

Sin embargo, recientemente se ha confirmado que en realidad tales células T de memoria se encuentran en reposo (fase G0 del ciclo celular) pero que están sensiblemente enriquecidas para reaccionar contra los patógenos que suscitaron su replicación original. Esto demuestra que la versatilidad de nuestra memoria inmunológica radica en la selección clonal, no sólo en el potencial de activación de las células implicadas en la respuesta inmune.

La analogía que deriva de esta minuciosa pesquisa es que guardamos en el bagaje de los recuerdos aquello que capitaliza lo mejor de nuestras capacidades, sea para diferenciarnos del microcosmos que nos rodea o bien para definir nuestra identidad. Nacemos endebles, nos encontramos unos a otros como náufragos del deseo y, ¡ay María Bonita!, recordamos para vivir.

Ante el pensamiento mágico

Ante el pensamiento mágico

El verano en esta ciudad es bastante grato. Con la suspensión de labores escolares, el tráfico se aligera y el cielo opaco de la jungla de asfalto se tiñe de humedad y de nubes torvas. Llueve por las tardes y verdean los jardines, yermos durante el resto del año.

Bajo esta égida, al calor del café vespertino, las lecturas dejan las repisas y los rincones olvidados, cobran vida y se amontonan. En ese tenor y gracias a un programa de radio, he adquirido el ensayo “La vida íntima de los encendedores”, cuya prosa es una delicia y que recomiendo a quien se atreva a explorar porqué sus objetos preciados lo miran de reojo o si el espíritu de la Tierra sufre por tantos excesos.

Con menos erudición, a mí me ha servido para ilustrar la inserción del pensamiento mágico en la salud y la enfermedad. Coincido en que tal forma de discurrir, tan atinente a nuestra subjetividad, no se limita a una mentalidad infantil ni es privativa del salvajismo “prelógico”. Precede al lenguaje y se sirve de él para nombrar las cosas u objetos a los que – por identificación – les atribuimos ánima, los creemos vivos.

Desde esta perspectiva, la neblina se aclara. Se trata de una creencia, una ilusión que satisface un deseo. Para decirlo de una manera llana, es un acto de fe, que se resiste a cualquier verificación material. Existe porque se cree en él, y ese arbitrio basta para darle vigencia.

Así como el niño considera que debe acariciar sus juguetes cuando caen, de forma análoga como su madre mitiga su dolor al golpearse, los antiguos habitantes del Neolítico veían en los truenos o las inundaciones la manifestación del enojo de la Naturaleza. Gradualmente, estos meteoros tuvieron que encararse con ciertos rituales, cuando la semejanza antropomórfica (por asociación totémica) hizo que se los adscribieran poderes selectivos o personalidades que permitían dar cuenta de sus caprichos. Saturno representa la furia y el temperamento explosivo del Olimpo. Prometeo es castigado por su soberbia al robar el fuego de los dioses, lo más arcano de la divinidad. Y así sucesivamente.

Se requirió por cierto de una sofisticación gradual en el lenguaje simbólico para que progresáramos desde los rituales cavernarios o el sacrificio de doncellas vírgenes hasta una elaboración tal como la detentan la mitología griega o romana, la escatología o las religiones monoteístas.

Pero se trata del mismo hilo conductor. El mundo debe explicarse, debe responder a ciertas pautas discernibles. Las deidades son hombres y mujeres etéreos, pero veleidosos como los mortales, que obran por encima de nuestros deseos y expectativas, que controlan azarosamente los destinos de todos los que sufrimos dolor o padecemos enfermedades. Nos guían sencillamente frente al asombro que nos producen, dada nuestra vulnerabilidad, las incertidumbres que acarrean la existencia y la muerte.

En este sentido es bastante comprensible que sean figuras míticas las portadoras o detentadores de lo inefable: ángeles, duendes, demonios, hadas o fantasmas. Finalmente son los espíritus de ancestros o desconocidos que adquieren albedrío y vida propia para insuflarnos de significado. Habitan alrededor de nuestras eventualidades, tiran cosas o abren puertas en casa para darse a conocer, nos hablan a través de espiritistas o médiums; son como delirios, siempre presentes aunque volátiles.

De estas ideas recurrentes y hasta obsesivas deriva la convicción de que existen remedios mágicos, antídotos suficientes para curar enfermedades con etiologías y fisiopatogenias totalmente divergentes; en una palabra, panaceas.

A lo largo de tres décadas de atender enfermos con padecimientos raros (predominantemente inflamatorios) he visto desfilar toda clase de supersticiones y atavismos. En buena medida se trata de pócimas o fármacos a los que se atribuyen efectos desproporcionados, sin conocimiento alguno de su farmacocinesia, pero imbuidos por quien los aporta de un pretendido poder absoluto (y misterioso) para ajustarse al trastorno en pugna.

Acaso lo más sorprendente es que se apliquen sin distinción al padecimiento de cada individuo que lo trae a cuenta, como si se desentendieran de mecanismos biológicos y bastara sólo el deseo o la buena voluntad de los emplazados para cumplir con su beneficio.

Lo que está en juego es una atribución, un fetichismo que irradia del temor de la enfermedad, de la creencia de que se puede resolver con un empeño a voluntad, que zanja todo mal y toda vacilación. En suma, se trata de retomar el control de lo ominoso, de lo inesperado (uncanny en inglés). Lo divino al alcance de la mano.

Me permito nombrar unos cuantos remedios ad hoc, sin una jerarquía precisa, para dar cuenta de lo que entrañan y la peculiar convicción que detentan para implementarlos. Lo dramático es que sin una investigación juiciosa, se pongan en uso en los consultorios y los hospitales para satisfacer una ilusión y no pocas veces, un propósito mezquino.

Los suplementos para “regenerar” el cartílago. Hace casi treinta años que surgió la noción de que la inmunoterapia oral podía alterar ciertos mecanismos destructivos en autoinmunidad por afinidad molecular. Los modelos experimentales en roedores sugerían que dar mielina per orem antes de producir encefalitis alérgica experimental tenía un efecto preventivo. Ello derivó en la creación de un modelo análogo en ratas con artritis experimental. Los hallazgos preliminares (dar de comer cólagena parecía evitar inflamación) fueron criticados y eventualmente descartados por falta de reproducibilidad, como sucede en muchísimas investigaciones que no trascienden. Eso no obstó para que algún vivales propusiera que si se da glucosamina y condroitina a pacientes con desgaste de cartílago articular (ambas substancias son componentes estructurales del mismo), se pueda detener y hasta regenerar su erosión. El elíxir de la eterna juventud en cápsulas, vale agregar. Hasta ahora ningún ensayo controlado, doble ciego, ha demostrado su utilidad para retrasar el desgaste del cartílago. Es decir, estamos ante una creencia, una suposición, que alimenta el efecto placebo y la codicia de sus mercaderes.

El factor de transferencia. A finales de los años setenta, cuando el serodiagnóstico (epitomizado por las “reacciones febriles”) dejó de ser útil dadas las técnicas de cultivo y la medición de componentes celulares distintivos de ciertas enfermedades, los llamados factores de crecimiento pasaron a ser moléculas con características bioquímicas y funciones definidas. Se sintetizaron en pocos años las primeras interleuquinas y se identificaron sus niveles normales o patológicos, así como sus respectivos blancos linfocitarios. Todo esto revolucionó la Medicina y muy particularmente, abrió la escotilla para que salieran a la luz los secretos de la Inmunología. Entretanto, los laboratorios buscaban conocer los efectos del crecimiento celular mediante los llamados “mitógenos” (en buena medida, proteínas derivadas de plantas con capacidad proliferativa). Era predecible suponer que las células mononucleares estimuladas por mitógenos, emiten al líquido sobrenadante multitud de proteínas (citocinas, factores de crecimiento, etc.) que tienen añaden a su vez un potencial estimulante. Tal es la premisa detrás del llamado “factor de transferencia”. Es decir, un estimulante por extensión, purificado de la efusión de células que proliferan y ultrafiltrado para conservar sus componentes ínfimos. Hasta aquí todos contentos. Lo que no es sostenible es que remedie por igual el herpes genital, la fibromialgia, el autismo, la infertilidad, las artritis juveniles, la esclerosis lateral amiotrófica, el síndrome de Wiskott-Aldrich o la fatiga crónica. Enfermedades cuya etiología y mecanismos patogénicos son totalmente desiguales, y así como en unos casos estimular el sistema inmune puede tener efectos benéficos, en otros puede resultar catastrófico (en Lupus o miastenia gravis, por ejemplo, donde también se ha preconizado su uso). Me sorprende que no se haya empleado en agammaglobulinemia de Bruton o en aplasias medulares, dadas sus proteicas virtudes. ¿La moderna panacea o por fin, el lapis philosophorum?

La medicina naturista. Por natural se entiende que no ha sido sintetizado o purificado mediante procedimientos químicos; que no ha sido manipulado, como los tubérculos, las flores o las semillas en su estado original. En respuesta a la medicina alopática, diversos exponentes de un retorno a lo bucólico han insistido en que nuestras enfermedades contemporáneas son producto de haber renunciado al estado natural. Si bien el reciente conocimiento de la microbiota autóctona ha alertado sobre la necesidad de cuidar nuestra alimentación y aún más, prescindir de antibióticos u otros fármacos innecesarios, no hay tal cosa como un complot para “enfermar a la humanidad”. La industria farmacéutica ha mostrado sin duda un carácter mercenario y avaro, pero eso no quiere decir que el avance científico, la vacunación masiva y el empleo racional de antimicrobianos hayan sido en medida alguna perjudiciales para el planeta. Percibo una tendencia animista en tal acusación, como si la explotación de los recursos naturales tuviera como único propósito la aniquilación de lo ingenuo y lo prístino. Por supuesto, existe la herbolaria, tekhné que deriva de la botánica con propósitos medicinales. Pero el uso de plantas y cocciones curativas tiene sus limites; no se puede suplantar la insulina con ginseng o eucalipto, ni revertir la psoriasis con tepezcohuite, o pretender que la equinácea evite la influenza. Los baños termales, las infusiones y las unturas tienen un lugar discreto en la mejoría de ciertos síntomas, pero están lejos de purificar el cuerpo, como se suele propugnar. No existe tal entelequia como la “pureza espiritual” y mucho menos del cuerpo, que está saturado y embebido de bacterias. Los gérmenes son con frecuencia nuestros mejores aliados y coexisten en nuestras cavidades para mantener el equilibrio microbiológico. Sin ese ecosistema de defensa, no subsistiríamos una sola invasión de patógenos. De modo que proponer una curación natural es insostenible. Ninguna esclerosis múltiple, cáncer de páncreas o peritonitis responde a remedios pretendidamente naturales (dado que muchas veces se trata de cápsulas extraídas y sintetizadas en laboratorios “naturistas”). Lo natural es la homeostasis, como lo es también la enfermedad, y habrá que distinguir si nuestras intervenciones alientan una o la otra.

La Medicina no es una ficción, es una iniciativa humana de muchos siglos, que ha costado éxitos y fracasos por igual, como todo lo que caracteriza a nuestra especie. Es la suma de los esfuerzos intelectuales y técnicos de millones de mujeres y hombres con el único propósito de aliviar y hacer más amable la existencia. Como el animismo o la religión, no se trata de creer en ella; sino de constatar sus efectos, su ejercicio ético en la clínica, el fruto de sus investigaciones y revelaciones para todos, sin distinción de credo o pensamiento mágico.

Referencias.

  1. Ignacio Padilla. La vida íntima de los encendedores. Animismo en la sociedad ultramoderna. Páginas de Espuma, Madrid 2009.
  2. Barker Bausel. Snake oil science. Oxford University Press, New York 2009.
  3. Eugene Subbotsky. Magic and the mind: mechanisms, functions, and the development of magical thinking and behavior. Oxford University Press, London 2010.
  4. David Abram. The spell of the sensuous: perception and language in a more-than- human world. Vintage, New York 1997.

 

 

El ruido del tiempo

El ruido del tiempo

A medida que perdía el oído, envidiaba la creatividad de Beethoven, quien supo articular melodías ajeno al silencio del universo. Ella dejó de llamarlo y comentarle los sucesos del día. Pasaba de largo, simplemente. En sus ojos se adivinaba una cierta indiferencia, que suplantaba la resignación de otros tiempos.

Se refugió en la lectura. Las ventiscas rusas, los páramos de Europa, la seca melancolía del suroeste americano. Tolstoi, Goethe, Faulkner…lo que cayera en sus manos.

Esa mañana trataba de descifrar el clarinete que serpentea tras la viola de Max Bruch cuando sintió el colapso.

En un instante lo dedujo todo: no vería más a su hijo ausente; obviaría las campanadas que bosquejan los domingos, el pausado discurrir del río mezcla de lluvia y memoria, cualquier amanecer, la marcha del reloj en su rincón favorito, la sonrisa tenue de las aves, y la soledad compartida de los condenados y los viejos.

Cayó como un fardo, sin emitir sonido. El pulso se había evaporado cuando lo encontraron. Sostuvo el libro en un garra, con tanta fuerza que requirió de dos paramédicos para desprenderlo.

Su mujer, bastante hecha a la idea, lo hojeó por un momento y ajustó el separador.

– Faltaba poco – dijo para sí. Y se aprestó a llamar a la familia.

El ejemplar permaneció olvidado en la mesa del vestíbulo hasta que Julián lo descubrió, atraído por su nombre y el perfil en la portada.

Las páginas se abrían solas, un embrujo sin duda desde la primera estrofa. Música contenida, ritmo de suyo, como si el escritor deliberadamente matizara al personaje a través de su obra.

Dimitri Dimitrievich, cacofonía sólo digna de un compositor.

Un niño frágil, evasivo, que encontró en el piano un remedio para atenuar el fragor que lo ensordecía. La autoridad de una madre, irrevocable, capaz de penetrar todos los resguardos. Y después, la penumbra.

Con el poder afianzado, los revolucionarios se tornan amargos, paranoicos y carnívoros. Una verdad que trasciende fronteras y latitudes, que acalla sin piedad a todo humilde intérprete de la música celestial. En aquella oscuridad, se suponía que los compositores deben calentar al proletariado como el carbón y la leña, constantes y sin desviaciones.

Lenin publicó en tono de advertencia “la enfermedad infantil del izquierdismo” en 1920, y su espectro cayó sobre Shostakovich como un telón sucio e inamovible. Un arma maleable adscrita al interés del pueblo pero empleada a placer por la autarquía y su burocracia.

– Esa voz desentona; arias disonantes que remedan el carácter histérico de la burguesía – vaticinaba Pravda, para sentenciar la crítica despiadada de su ópera. Veredicto y condena en un plumazo.

Los romances son idilios sólo cuando han terminado; y su amor desventurado por la patria y la autoridad se atomizó ese invierno. Uno debe amar sin miedo, sin estorbos, sin pensar en el mañana, y después, enterrar el remordimiento.

El “ingeniero del alma” – según la jerga estalinista – había defraudado su función para incurrir en semitonos, cadencias estridentes y, peor aún, veleidad hacia los halagos del imperialismo. Sus chillidos serían acallados, definitivamente, por el bien del pueblo.

– Aunque me corten las manos, yo seguiré escribiendo música con un lápiz en la boca – había dicho desafiante, pero sotto voce, temeroso de ser escuchado.

El fracaso de la política económica se sentía en todos los ámbitos de la vida soviética, y resonaba en las teclas ahogadas de su piano. ¿Para quién escribiría ahora? ¿qué acordes mudos lo salvarían de la hoguera? La música para complacer a las masas se había vuelto impenetrable.

Con su negativa de recibirlo en Nueva York, Stravinsky lo había resumido todo: “Lamento no poder unirme a quienes dan la bienvenida a los artistas soviéticos que vienen a este país. Pero mis convicciones éticas y estéticas se oponen a tal gesto”.

Basta una denuncia, una lisonja equívoca hacia Stalin para caer en el ostracismo, para sumergirse en el ruido incesante de las máquinas y los cencerros; para que las armonías se quiebren con el hielo en la tundra más árida, bajo la sombra perpetua de la ignominia y el terror.

Pero Dimitri supo, pese a todo, sortear las delaciones y la envidia, reconocerse tras el discurso oficial – aún en su propia afonía de títere -, esperar la decadencia y la muerte sin dejar de cantar; acaso un susurro, sin perder el aliento.

Más aún, entendió que la música no puede mentir, se resiste al cinismo. Una vez interpretada con pureza se adueña de sí misma, cobra vida: se torna estentórea y perenne.

Su integridad moral puesta a prueba constantemente; como la salud, que pertrechaba con collares de ajo durante sus viajes en tren de Moscú a “San Leninsburgo”, atestados de tifo y parásitos; como la justicia, que defendió frente a la indolencia oficial hacia Babi Yar, ante el arresto de Joseph Brodsky o alzándose contra la pretendida rehabilitación del tirano.

El arte es un murmullo que trasciende el ruido del tiempo, que lo mitiga, que lo reduce a ritmo temperado y recurrente. El arte es para todos – afirma el autor – sin artilugios demagógicos, sin precio, sin medida. El compositor lo amalgama, el escritor lo devela y el artista plástico lo recrea; más allá de los colores, los arpeggios y el soneto, el arte se derrama en un rumor líquido, eterno, que destila en todas las sustancias.

Los pulgares escinden el libro, en tanto Julián medita acerca de sus adherencias. La descalificación y la dudosa tenacidad que profesaba en sus prédicas. Inflexible, imbatible, más hombre que nadie, pero en el fondo atemorizado de ser desigual, de no encajar en la militancia. Los textos repetidos casi de memoria, el ruido de sus palabras como dardos, saetas amenazadoras y rígidas.

– Ustedes, los enemigos del proletariado… – comenzaba cada arenga, con aquel efecto atronador e intimidante.

Los sauces ondean a la distancia mientras rememora. Estuvo preso por unas horas, y es con vergüenza que hilvana la imagen de los que fueron golpeados y los que cambiaron de piel para trocarse en informantes. A él, apenas lo sacudieron. Quizá porque les resultaba inocuo con su aspecto de niño. Tal vez los otros lo protegieron con sus cuerpos y su temple. Eran épocas donde la tortura abundaba y se hablaba de desaparecidos que paradójicamente engullía el silencio.

Al final, su elocuencia se desvaneció y los fantasmas poblaron los senderos. Pudo más la necesidad que la convicción mesiánica de cambiar el nombre de las cosas o el espíritu del heroísmo. La historia se hizo para transitarla, no para trascenderla.

De un golpe sordo, Julián cierra el libro de cualquier manera. El sol ha caído y se deja acompañar por el crepúsculo. Las notas del segundo concierto para Cello de Shostakovich inundan el ambiente y él vuelve a ser quien ha podido ser para ocupar este vacío.

PS. La prodigiosa novela de Julian Barnes, The noise of time, publicada en 2016 por Penguin Random House, es el sustrato de esta apología.

Alegoría

Alegoría

A les tietes Montse i Encarnaciò
que em varen conduir
venturosament entre la mort i l’amor

Como tantos de mi generación, fui un adolescente difícil. Mis padres deben haber pasado muy malos ratos, pero en su candidez, estuvieron atentos e impotentes hasta que amainó la tempestad.
El cabello me caía sobre los hombros ocultando como una cortina el acné y la vergüenza. Comía mal, fumaba como un “chacuaco” (años después investigué el significado) y en mi arrogancia, desdeñaba a todos aquellos que osaban orientarme o criticarme. ¡Cuánto miedo a crecer se esconde en la rebeldía! En fin, eso y bastante desenfreno definen el proceso de adolecer.
Vestíamos con pantalones ajustados de mezclilla, los “jeans” – tan pródigos en la actualidad – eran dominio de obreros y estibadores. Repudiábamos las corbatas, la elegancia, la vida pública y el pasado, como todo inconforme que se precie de encarar el devenir en un salto hacia el vacío. Vencíamos la timidez tras aquella euforia y petulancia que hoy nos hace sonreír en el recuerdo; por supuesto la única forma de acercarse a una mujer sin tartamudear o sonrojarse.
En la vorágine de los estupefacientes que siguieron al aciago otoño del ’68, nos invadió el miedo de perder las alas para siempre. Muchos Ícaros nunca regresaron del abismo. Quienes nos salvamos, estaremos en deuda con las tías, las abuelas, los psicoterapeutas o los amigos “fresas” – como solíamos denostar – que nos mostraron otros caminos más prometedores, alejados de la rabia y la turbación que nos hervía en las venas.
En mi caso, la luz tenue cayó por serendipia. Ante la disyuntiva de seguir amenazado por la demencia y el estrago, se me ocurrió proponer una salida aventurada: “Quiero estudiar literatura en Barcelona”.
Mi madre, cuyas raíces seguían teñidas de cuatro barras de sangre, se embelesó. Pero fue mi padre, a regañadientes, quien facilitó la huida, consciente de que ningún otro amor podría redimirme.
No sólo eso. Para mi sorpresa, estaba ahí para abordar el avión que me llevó en sentido inverso hacia el exilio. Cataluña entonces vivía bajo el yugo de la iglesia y el franquismo, pero era un país limpio, sembrado de jóvenes ingenuos e imbuidos de futuro.
El entrañable primo Xavier me recibió, titubeante pero ilusionado de tener un camarada a quien mostrarle el horizonte, y me regaló “de entrada” una entrada al Gran Premio de Montjuich. Fue toda una revelación: caminamos entre aquellos bólidos admirando las insignias, los motores, el brillo y la ostentación de la mecánica. Él seguro de sí mismo, aficionado a las carreras; yo, deslumbrado por un mundo ignoto donde no cabían la melancolía y el suicidio.
En aquellos días, los letreros de las calles, las clases en la Universidad Central, las películas y los eventos públicos se escenificaban en castellano, que claramente era el idioma del vasallaje y la represión. La lengua autóctona era sólo nuestra, clandestina, íntima: el idioma de las tertulias y los encuentros sexuales, el de las plegarias y la poesía, el de las confesiones y las declaraciones de amor.
Antes de dejarme en manos del destino, aún vacilante de mis talentos, mi padre me acompañó a ver una película de John Huston en un pequeño cine del Paseo de Gracia, el único que proyectaba filmes en su versión original.
Debe haber impreso una huella indeleble en mi alma atribulada, porque casi medio siglo después puedo recordar diversas escenas cargadas de afecto que me conmovieron. En ellas, un bachiller del París del medioevo cruzaba los senderos de Europa que pululaban de peste bubónica. Su misión era alcanzar el mar, como un premio a la proeza académica recién lograda. En ese viaje descubre su virilidad, pone a prueba su inteligencia y derrota a todos los demonios que confronta, sin espadas, solo con la fuerza de su candor y su palabra.
Se hace hombre a trompicones, aterrorizado de la tragedia que se yergue a su paso. Reniega de la iglesia y el oscurantismo, como una metáfora refulgente del Renacimiento expresada en un hombre señero que se arroja a la esperanza.
Cuando por fin se acerca al océano, al caer la noche, y puede escuchar tras las dunas el atronar de las olas, nuestro personaje encuentra a una mujer, bellísima, que le roba los ojos y lo seduce.
En su arrebato, después de verter en ella todo su brío y su deseo, escucha el llamado de las armas y regresa. El mar, acogedor y rugiente, se queda esperándolo, como una madre que podría ahogarlo en su inmensidad y su abandono.
En esos pocos años de mi devaneo con la filosofía, me rescaté y fui rescatado. Las voces de las tinieblas y la confusión se disiparon; volví para hacerme médico y tomar la tierra (que no el cielo) por asalto.
Hoy, con cada día transcurrido, mis enfermos me recuerdan que cualquier tramo ha valido la pena; su gratitud es la mejor lección de modestia y cometido.
Si bien plagada de avatares, la vida es eso: una travesía entre el amor y la muerte.