La rabia humana

La rabia humana

Aquel día festivo, hace casi cuarenta años, murió una joven mujer, presa de meningitis rábica. La habían internado a empellones tres días antes en un galpón del hospital rural que yo cubría en esa guardia de mi servicio social. La escena no se me ha borrado de la memoria. Tomada de los brazos, parecía una bestia sin control (rabiosa era el adjetivo justo) que intentaba morder a sus custodios a ambos lados para que la soltaran. La ataron a un camastro de metal y la cubrieron a medias con sábanas limpias, alejada de propios y extraños, encerrada a cal y canto. La mañana en cuestión, llegué a la clínica apenas despuntando el alba y, tras pasar visita a los pocos enfermos que seguían hospitalizados, me enteré de su muerte durante la madrugada. En los días previos, la recordaba aullando en su agonía, ante mi impotencia como médico recién graduado y consciente de que el desenlace era sólo uno.

El cuerpo exánime yacía entre cobijas revueltas y saturadas de baba. Lo trasladé con ayuda del conserje hacia el almacén que serviría de anfiteatro improvisado al fondo  del jardín, tratando de descifrar en la inexpresividad de sus ojos qué quedaba de aquella rabia. Por encima de mis temores e inexperiencia, me enfundé unos guantes y extraje su cerebro mediante esa necropsia más intuitiva que obligada. Eran otros tiempos, lo admito, y mi pasión por investigar se impuso a la prudencia. Afuera marchaban los grupos de escolares para celebrar la fiesta de la Revolución y el velador (único ayudante disponible a esas tempranas horas) me asistía con una mezcla de morbo y espanto.

Tomé el cerebro disecado (luego de suturar lo mejor que pude el cráneo y sienes del cadáver) y monté en mi pequeño VW para cruzar unos treinta kilómetros de retenes militares por carreteras vecinales. Atravesábamos épocas de guerrilla y, no obstante mi aspecto ingenuo y mi bata blanca, traía una carga inexplicable en el asiento trasero de mi coche. Por fortuna, mis tragos de saliva y afectación al mostrar mis documentos no me delataron.

En el centro antirrábico del Estado me recibió una joven veterinaria que, como yo, hacía la guardia en ese aniversario de asueto. Cuando extraje el cerebro de la bolsa de plástico, expresó al garete:

  • Caramba, ¡qué cerebro tan grande!¿De qué raza era el perro?
  • Es un cerebro humano – repliqué con serenidad -. Hice la autopsia de una paciente que falleció esta mañana.
  • ¡Pues yo no toco eso! – exclamó en medio de un ataque de pánico.

Así que, puestos a concluir la investigación, me trastoqué súbitamente en patólogo y, siguiendo sus instrucciones, disequé el cerebro y monté las laminillas para estudiarlo. El examen microscópico reveló los distintivos cuerpos de Negri, inclusiones citoplásmicas típicas de la rabia.

Llamé para notificar del hallazgo y avisar a las autoridades locales y centrales. Además, emití un boletín junto con la veterinaria que para entonces estaba a punto de invitarme a cenar por gratitud. No he vuelto a ver un caso de hidrofobia desde entonces y la rabia humana pasó a ser una categoría metapsicológica.

La ira, el enojo, la cólera. Los diccionarios la definen como “una intensa pasión o sentimiento de disgusto, resuelto en antagonismo y nutrido de sensación de agravio o de insulto”. En los textos aristotélicos se menciona el οργή, una expresión emocional destructiva,  que intenta deshacerse de lo nocivo. Por eso, a la ira “la acompaña cierto goce, porque se pasa el tiempo vengándose con el pensamiento, y la imaginación que acude entonces causa placer, como la de los sueños (Retórica, página 96)”. Entendida así, la rabia disipa el temor y reafirma al sujeto para apartarlo de las injurias que amenazan su integridad afectiva. Es un sentimiento de aversión que protege la vulnerabilidad de nuestro psiquismo.

Somos sujetos del lenguaje. Mediante la palabra nos hacemos presentes en el mundo de los semejantes. Imploramos, negamos, elegimos, rechazamos. Sólo como sujetos hablantes desciframos significados y, desde pequeños, planteamos nuestras demandas perentorias con el llanto, que después, fruto de la experiencia y el fracaso, exige ser verbalizado. Así, la convención del diálogo transforma la perentoriedad de nuestros actos en súplicas o imposiciones, según el caso. Se puede decir que modula la violencia del impulso y lo vierte en fonemas que buscan la respuesta en el otro. El tono de voz, el ritmo y la elocuencia del discurso, derivan de esa interacción que interpela, que rasga el horizonte de lo ajeno para devolver lo propio.

Nuestro impulso natural es descargar las emociones, que se modula mediante el trabajo psíquico de representar y ligar aquellas representaciones que excitan nuestra experiencia con afectos, atenuando la dinámica de acción-reacción. En la medida en que privilegiamos la significación de las vivencias, le damos relevancia a la cualidad y modo de enlace de estas representaciones para regular nuestras descargas afectivas: Reprimimos nuestros berrinches, pedimos las cosas por favor, sonreímos para obtener una gratificación, etc. La fuerza del entorno cultural, validada en lo edípico y lo superyoico, hace su ingerencia en nuestros deseos. Nada será igual en adelante, incluso el coraje tenderá a verificarse.

Por eso, todo malestar mental implica una enajenación del sujeto, un modo de extrañarse o sustraerse de la realidad, que se advierte como inaceptable. Cuando abandonamos de bebés la satisfacción plena, al servicio del placer puro, cedimos la confiabilidad a lo que percibimos y cotejamos en atención al otro.  Aprendimos a explorar periódicamente las similitudes y disonancias externas, instituyendo a la memoria como sistema de registro y confirmación. Nuestros impulsos, otrora dirigidos a nuestro cuerpo como investidura de afectos autoeróticos, se subordinaron a modificar la realidad con arreglo a fines específicos, lo que equivale a mudarnos en acciones: llorar para obtener la leche nutricia, iluminar el rostro para reclamar la mirada de mamá, y así sucesivamente. Conforme maduramos, discernimos que el ejercicio de pensar pone en suspenso nuestras acciones, y que la reflexión pensante denota propiedades que permiten soportar la tensión del estímulo que quiere descargarse. Un ejemplo: “me puede gustar mucho un chico de la escuela, pero me detengo a seducirlo con palabras o insinuaciones, que iré graduando en proporción a su respuesta empática. Si me lanzo de golpe, seguro lo asusto y lo pierdo”.

Cabe preguntarnos: ¿Qué es de la rabia que surge como respuesta a la agresión? La agresión deliberada castra, desintegra, contiene todo el bagaje de la pulsión de muerte. La rabia puede ser una réplica a la motivación frustrada, sea que se ponga en entredicho la seguridad personal o alguna otra necesidad básica. La respuesta adopta así la forma de rechazo, defensa o agresión conmensurable. Nos impacta como la emergencia de un impulso endógeno que se configura como disociación o tensión displacentera. En ese sentido, todo instinto es una pieza dislocada de actividad que intenta ser expulsada hacia la alteridad. Incluso, la abstención y el silencio pueden suscribirse como expresiones de cólera.

Lo habitual, no obstante, es que la rabia desborde. Atrapa al sujeto por los hombros y lo sacude, lo secuestra, lo toma por sorpresa y le arrebata la razón y la mesura. Nubla con su vendaval oscuro toda perspectiva, inunda el afecto y subvierte las palabras en injurias o reproches. La ira tensa los músculos, irrumpe en el cuerpo. De modo que otorga una fuerza inusitada a quien la padece, una rudeza que suplanta la fragilidad que le sirve de manantial. De ahí la fatiga que sigue a un ataque de cólera: los neurotransmisores exigen tanto de los tejidos, disparan a la vez tantas hormonas y catecolaminas, que se requiere un periodo de latencia para volver a la carga. Lo no hablado irrita, enciende, penetra los órganos y los inflama hasta saturarlos. Su descarga se torna imperiosa: la agresión domina y predomina. ¡Imaginen cuántos procesos psicosomáticos pueden resignificarse bajo este enfoque!

Aprovecho esta disertación para invocar la calma (aunque nos enfurezca el derrotero al que nos pretenden conducir nuestros políticos) y la civilidad en estas dos semanas que restan para elegir a nuestro próximo presidente. Es probable que no resulte ganador el candidato de nuestras preferencias; a eso se le conoce como democracia. Pero tendremos que aceptar todos que triunfó la mayoría, porque se identificó con su ideología, porque creyó en su discurso o en sus propuestas, porque se dejó engañar o por despecho…poco importa. Los números serán la voz del pueblo, el peso de la mayoría se impondrá con justicia y apego a la ley. Así las cosas, quienes resulten descontentos tendrán que tragarse su duelo y organizarse para cuestionar aquello que se implemente a contramano en el sexenio que se inaugura. Para eso se inventó la democracia en Atenas hace veinticinco siglos. Bastante sangre y esperanza se ha derramado desde entonces para defenderla.

Desde Aquiles, que desató su cólera contra Agamenón por deshonrarlo, como muestra la pintura de Giovanni Battista Tiepolo (1757), los seres humanos nos hemos preguntado qué pasiones arrebatan nuestro corazón más allá de lo puramente instintivo. Nada como el amor, dirían los filósofos, porque se aprende después de que el odio ha poblado de sobra el inconsciente.

PD. Pero el coraje también es una fuerza edificante, como decía Emil Cioran: “Sin embargo, tú sigue tu camino y, como sol escéptico, ilumínalo con los rayos de tu cólera pensadora”.

 

Setenta cuadras y un río

Setenta cuadras y un río

                  Para Mariel y Klaus, con gratitud y cariño

La brisa disipó el bochorno justo cuando el médico tendía un abrazo al caudillo. Los demás se incorporaron en deferencia a los dos viejos, que acudieron solos, disculpando a sus mujeres y amantes por igual.
El escándalo de aves en las copas de los árboles los obligaba a alzar la voz para hacerse audibles. El caudillo – como un jeque dueño del espacio – los dejaba hablar, observándolos en turno; su palabra siempre resultaba terminante. Replicado por varias orejas que seguían de cerca el encuentro, Fidel escudriñaba las reacciones como una espesa sombra desde la capital.
Deslizaron sus bebidas habituales junto a un plato de tismiche al ajillo sin perturbar la charla y, ante la orden tácita de un gesto, los meseros se retiraron con sigilo; en esa mesa se dirimía el destino del pueblo.
– Los tiempos cambian – afirmó el doctor, con afectación, la mirada encendida. – Durante décadas hemos tolerado a estos corruptos. Traigo la promesa de los agricultores, la gente de pesca y los ganaderos que no se opondrán a nuestra decisión. Les pido discreción y también mantenerse al margen. El que no tenga vela en este entierro…
Parecía un discurso redactado por el propio líder, de modo que asintieron a cada frase y, con un chasquido de vasos, brindaron por el futuro.
Al extremo oeste del pueblo, cuando la bruma ascendía mansamente entre los manglares y descobijaba los lirios en penumbra, Demetrio se acercó al cayuco y vertió el cianuro – doce mililitros exactos – en la garrafa de aguardiente que mantenían en cubierta.
Como todos los domingos, el síndico se embarcó a pescar con su acompañante. Iban armados, los rumores de que podrían atentar contra su vida no cesaban desde la zafra. Aún adormilado, el hombre – corpulento y despótico – se encaramó en el bote y colocó el revólver a su lado. Chacho arrancó el motor y acomodó las cañas de pescar y los anzuelos en la proa.
A esa hora, yo recorría las calles longitudinalmente fingiendo desconocer la conjura. Los muros de colores se sucedían mientras dejaba el panfleto del candidato rebelde bajo las puertas de madera, alguna de ellas recién pulida. Pasaban de largo los primeros transeúntes, ajenos a mi tarea sediciosa. Todos me deparaban los buenos días, yo me limitaba a asentir con una sonrisa tonta. Tenía una misión que cumplir. Una mujer salió a mi encuentro, tan súbita su aparición que derramé el atado de folletos a sus pies.
– ¿Qué se traen, jovencito? – me increpó.
– Estamos pro…proponiendo un cambio – tartamudeé. Hubiese deseado confesarle que habría mártires y sacrificios, pero me contuve. Mis ínfulas de libertario se quedaron revueltas sobre la acera.
Unas cuadras más adentro, pocas garzas alzaban su primer vuelo y el río se iluminaba a ritmo apacible. Un solo cayuco surcaba sus aguas. Después de perder paciencia y desechar varios robalos por escuálidos, Don Andrés Almeida, síndico de Tlacotalpan, siempre fiel a su costumbre, se acercó la garrafa de aguardiente a los labios hinchados de pereza y tomó un buen trago mañanero. La violenta reacción no se hizo esperar. El hombre se dobló sobre sí mismo, volteó los ojos desorbitados, la cara se le tiñó de rojo cereza y empezó a arquear con tanta fuerza que cayó al río, manoteando y gimiendo de asfixia. Su rapto tomó a Chacho por asombro de modo que, tras titubear unos segundos, se lanzó al agua en pos de su jefe. Nada pudo hacer. Don Andrés tragó agua en espasmos y se hundió como un fardo ante los intentos vanos de rescate del empleado. Un collar de burbujas efímeras siguió su trayecto y desapareció entre el oleaje verde. Agotado y jadeante, Chacho nadó como pudo hasta la lancha y se sentó a pensar en las consecuencias de tal desatino. ¿A quien culpar? Si dificilmente podía hacerse una idea de lo que había ocurrido ante su mirada atónita. Remó hasta la orilla para no hacer ruido y se dirigió a la Presidencia Municipal para dar cuenta del deceso.

Se detuvo en la plaza. Varias unidades de la policial estatal tenían sitiado el inmueble y una docena de gendarmes entraba al tiempo que el pescador avanzaba chorreando agua desde el embarcadero. La escena era dantesca, porque no había nadie en la calle para ofrecer resistencia o servir siquiera de comparecencia ante los hechos.

En pocos minutos, el Licenciado Cebrián, flamante dirigente local, salió maniatado por varios policías – sus facciones ocultas con pasamontañas – que lo jaloneaban hacia el vehículo blindado. Para entonces, unos cuantos curiosos que emergieron de la iglesia y los cafés contiguos, se hacían las mismas preguntas en silencio.

Me acerqué cautelosamente por la avenida Juan Enríquez hasta situarme bajo los arcos enmohecidos del mercado. Desde ahí, más allá del kiosko que irradiaba los primeros rayos, Chacho – desaliñado y tiritando – enfrentó mi mirada y nos supimos de inmediato culpables; él de complicidad y yo de traición al Estado. Sin dejar de observarme, se retiró detrás de la Iglesia; no lo volveríamos a ver, había cumplido su fechoría. Al instante, tres camiones verde olivo se alinearon al fondo con estruendo de motores  y escupieron una veintena de soldados en ropa de camuflaje que se situaron en orden y con paso redoblado flanqueando la plaza. Entendí que el golpe estaba en marcha y no éramos sino peones de una gran conflagración.

Como si se tratara de una maldición de proporciones bíblicas, los días siguientes llovió sin cesar. El Papaloapan se desbordó en varias riberas, arruinando muebles, instalaciones eléctricas, recámaras y pisos. Hacía décadas que no atestiguábamos un diluvio similar. Nos refugiamos en las casas alzando muebles y desahogando rincones atentos también a las alimañas que reptaban buscando la superficie. Hubo que pintar varias fachadas. Eran días interminables donde sólo la lucha contra los elementos nos mantenía despiertos.

Las noticias vuelan mientras cunde el tedio y por esas fechas me enteré de que Demetrio Rosales, el perpetrador del crimen, había sido encontrado de bruces contra una pared en un barrio aislado de Santiago Tuxtla. Parecía un monigote: tenía los brazos inanes al lado del torso, reclinado de rodillas y con más de siete puñaladas entre pecho y lomo. ¡Pobre diablo! No pudo siquiera gastar su tajada. Más aún, el secretario de Cebrián fue encarcelado en el puerto ante la denuncia de una chica de dieciséis años por acoso sexual repetido. El padre de la adolescente prometió matarlo así se refugiase en el centro de la Tierra.

Con el paso de los meses, la vida en el pueblo retornó a la normalidad. El caudillo convenció a los terratenientes y aristócratas que la mejor decisión era entronizar a Víctor, su primogénito, que mantendría el orden y los privilegios. Su elección incontestada se engalanó con jaraneros que acudieron de toda la región, emulando las fiestas de la Candelaria o de San Miguelito. Al tirano y sus secuaces se les veía radiantes, repartiendo abrazos y lisonjas entre la gente de cierto poder.

Cuando sobrevino la sequía, yo seguía oculto en la casa de los Aparicio, atendiendo las labores domésticas y cuidando la propiedad bajo la connivencia del Dr. Manzur. Era el secreto a voces de la revuelta fallida.

En esas épocas de oscuridad, añoraba las veladas donde mi tío Fayo, laureado repentista, hilvanaba décima tras décima para condecorar a todo aquel que se atrevía a desafiarlo. Después, las mujeres se ataviaban a la mejor usanza jarocha – collares vistosos, peineta y abanico en alto – y bailábamos hasta bien entrada la madrugada, si es que nadie más se animaba a versear. No había reparos ni reticencia, éramos una gran familia dispuesta a celebrar la vida.

Pero la cotidianidad transcurre a contramano, se puede decir que a un compás bastante predecible. Al menguar el día, el rio se tiñe de oro, surcan los aires las golondrinas y Tlacotalpan florece de nuevo. Salen niños de todos los rincones, huele a guisado, pizza o esquites; se venden juguetes baratos y el barullo de conversaciones y encuentros impregna el ambiente. Los veteranos juegan voleibol como si se les fuere la vida en ello ante las miradas esquivas de algunas viejas que vuelven a casa con la cena y se detienen a rumiar su pesadumbre. Los bares están abiertos y rebosantes de tertulia o discusiones sin rumbo. Hay televisores proyectando partidos de futbol que nadie atiende, pero que sirven de candileja para el teatro humano que ahí se recrea.

Esa última tarde, leía yo el periódico bajo la pérgola de bugambilias saboreando el calor y un café recién horneado que me habían traído de Coatepec. El gorjeo de los pichones me arrullaba y la atmósfera era de remanso, pese a la humedad y el hastío. Emilio entró sin anunciarse desde la calle. Sus pasos eran firmes y rompieron el silencio vespertino. Vestía una guayabera elegante en azul cielo que no le conocía. Somos amigos desde la infancia pero nunca lo había visto tan cariacontecido. Me relató de prisa que la situación política seguía muy explosiva y que seguramente tendría que ocultarme fuera del estado para evitar represalias. Le reproché su falta de argucias en todo este asunto y la tediosa circunstancia de mi exilio. Me miró de frente y se llevó la mano a la espalda baja para rascarse. Con un gesto cínico y acercándome la cara hasta casi tocar nariz con nariz, me dijo: – El problema es que sabes demasiado, Beto. No bien terminada la frase, se enjugó el sudor de la frente, y añadió : – Lo siento deveras, hermano. Fue entonces que sentí el disparo llameante enmedio del abdomen.

El infierno está vacío

El infierno está vacío

para Gonzalo y Gemma, afectuosamente  

Hell is empty and

All the devils are here…

(Ariel to Prospero,

The Tempest; scene 1)

Un cielo de invierno me cobija. Incluso las alondras piaron con timidez esta mañana y las tórtolas se guarecen bajo el sol tenue y escanciado. He notado que me falla la memoria – ¡al menos lo noto! -, que se disipan nombres, incidentes, remembranzas de poco peso. Olvido las llaves, abotonarme la camisa, echar candado al zaguán o la razón de acudir al mercado hasta que me descubro cargando una canasta vacía y una lista borroneada durante la víspera.
Pero mantengo la calma, de nada sirve la histeria cuando alguien te señala que llevas calcetines dispares o no te has peinado. He aprendido a trashumar con ese velo de invisibilidad que me permite entrar y salir de cualquier reunión sin que me reconozcan. Hace años que no me debo a nadie.
La semana pasada sucedió algo portentoso. Un hombre joven me abordó en la calle armado con un puñal. Lo vi acercarse embozado en una chaqueta con gorro a unos cuarenta metros, saliendo del umbral de un viejo edificio en ruinas que flanquea mi camino diario. Llevaba las manos en los bolsillos y caminaba franco, con evidente tensión en los músculos y el paso. Dejé que se aproximara hasta verle los ojos ardientes, encendidos de rabia contra todo, como un demonio. En el instante en que se cruzaron nuestras miradas, blandió el cuchillo con el puño crispado y profirió varios insultos que escuché como ladridos sin coherencia, aullados con todo el resentimiento social que acarrea desde su infancia ruin y arrebatada.
Di unos pasos hacia atrás, y me dejé caer hacia un lado, llevándome la mano al pecho. Él se quedó pasmado y ahora sí descubrí sus facciones, una cicatriz en la mejilla izquierda, corte de pelo al ras y la nariz desfigurada como un boxeador que ha perdido todas las batallas. Ante su desconcierto, saqué el arma y disparé, buscando el corazón para no desfigurarlo más.
Había poca gente en la acera de enfrente, pero nadie se detuvo hasta que oyeron las detonaciones. El chico soltó el arma y cayó desplomado chorreando sangre por el pecho, los ojos – antes embravecidos – ahora inertes en una súplica de agonía. Me incorporé y lo miré sin piedad alguna mientras se desangraba. En ambos lados de la avenida, la gente se aglomeraba lentamente para presenciar la escena, sin atreverse a intervenir. Alguien a mis espaldas gritó: “¡Llamen a la policía!” y en ese instante caí en cuenta de mi posición vulnerable. Me abrí paso entre los curiosos, pistola en ristre, y abordé de golpe un taxi que se detuvo para ver que sucedía entre aquel tumulto.
Varias personas exclamaron al unísono: “¡Deténganlo! ¡Asesino!” pero nadie se movió a tiempo salvo para amagar al auto que arrancaba. El hombre al volante (Germán, de acuerdo a su tarjetón con fotografía), me preguntó qué había pasado antes de indagar a dónde me dirigía. Le mentí, confiado de que no me había visto guardar el revólver: – Creo que se trata de un suicidio, ya sabe usted cómo es la gente. En lugar de ayudar, estorban.
A ello siguió una conversación bastante torpe respecto de la calidad humana. Me contó una anécdota irrisoria donde él había ayudado a sus vecinos en el reciente terremoto, dándose ínfulas de heroísmo. Cuando estaba por cambiar de tema, me percaté de que transitábamos por un rumbo desconocido, lejos de mi destino.
– ¿Qué haces, a dónde vamos? – le espeté, iracundo.
– ¡Ah! Perdone usted, señor. Aprovecho el viaje para recoger a mi señora, que acude a misa por este barrio. Enseguida retomo su ruta.
– Debiste preguntarme – dije, más atemperado.

El hombre inclinó la cabeza con humildad y renovó sus disculpas. Seguimos avanzando unos minutos y yo palpé el arma en mi cintura en caso de que la situación se complicara. La mujer estaba esperando en una bocacalle en penumbra. Me pareció un barrio marginal, con casuchas en desorden y ratas merodeando por los rincones: – Seguramente su iglesia es un galpón derruido – pensé, con desprecio.

Detuvo el taxi con cautela, para no rociarla de basura acumulada en el arroyo y, con afecto, la conminó a subir:- Apúrate, Eve, que tengo pasaje.
De pronto, la mujer abrió mi portezuela, ostentando una amplia sonrisa. Cuando iba a saludarla, se abalanzó súbitamente sobre mí y me clavó el punzón de dos golpes sucesivos en el costado. Antes de que pudiera reaccionar, el aire se me escapaba, y perdí la fuerza por completo. Entre jalones, los dos me desnudaron, se rieron de mi impotencia y se regocijaron al encontrar el arma y mi cartera henchida de billetes. Tras golpearme el rostro abusiva y repetidamente, me arrojaron en un canal abandonado para que contemplara la muerte.
– ¿Porqué no le diste un tiro de gracia, Germán? ¿Qué tal si lo encuentran? – preguntó Evelia, contando el dinero y descifrando la marca del reloj.
– Cuando lo encuentren, será un cadaver, no seas ridícula. Como si fuese la primera vez…
Al voltear para increparla, Germán descuida el volante. De súbito, repara en la sombra que se atraviesa frente al coche. Gira brutalmente la dirección pero no puede evitar arrollar al transeúnte que se ve catapultado hacia los autos que vienen en sentido contrario.
La pareja de asaltantes, sin control, choca a gran velocidad contra un muro y un árbol que cae destrozado por el impacto. Una nube de vapor escapa del capó doblado, se derrama el aceite por doquier y del parabrisas en fragmentos emerge el torso exánime de la mujer, quien retiene en el puño aplastado el reloj de oro.
Los primeros peatones se acercan con miedo al taxi humeante y destartalado, en tanto que otros auxilian al hombre que yace en el asfalto.
Sin mediar palabra, un chico – con gorra deportiva y pantalones rotos – arranca el reloj de la señora agónica y corre con él hasta desaparecer en los callejones aledaños. Dos más – probablemente sus cómplices – se lanzan al asiento delantero para hurtar los billetes regados en las vestiduras con sangre.
La escena es tan macabra que los asistentes son incapaces de reaccionar. El único que emprende una acción violenta e inesperada es Germán, que con el tórax atrapado por el volante, se incorpora a medias y hiere de muerte a uno de los ladronzuelos.

– Todo ocurrió con tal rapidez y locura que me quedé atónito frente al cuerpo comprimido del conductor, quien tras disparar la pistola, exhaló su última bocanada de baba ensangrentada.

El usurero está reclinado con los codos a sus anchas en la barra de la cantina; ante sí el tercer vaso de Johnny Walker’s. El aire espeso de tabaco nos envuelve.

– ¿Se quedó usted a declarar a la policía? ¿Qué pasó con los otros rateros? – inquiero, alarmado de que tales crímenes queden impunes.

Desde el otro rincón de la barra, el cantinero – un tipo rudo con tatuajes en los antebrazos, que gruñe en vez de asentir- nos observa con recelo, mientras seca los tarros de cerveza. Debemos resultar bastante conspicuos, hablando de crímenes y bebiendo como dos cómplices de la vileza de nuestros congéneres.

– Desde luego que no – responde, engullendo el licor con todo y hielos -. Bastante problema tengo con mis deudores. No está usted para saberlo, pero esta tarde tuve que desalojar a una familia que aduce que su padre, un jubilado decrépito e irresponsable, sufrió hace unos días un secuestro. Lo apuñalaron y abandonaron en un barrio de mala muerte. Insisten en que lo perdió todo, ¡imagínese que arrogancia! ¡Tratar de engañarme a mi con ese cuento!

Estoy por indagar más detalles, aburrido de mi vida y de la suya, bastante ebrio, pero me distrae un enorme perro negro que pasa frente a la entrada. Parece que la bestia me conoce, horror, pues se detiene a mirarme, jadeante y con la lengua de fuera. Un escalofrío me recorre la espalda. La atmósfera se infecta, puedo sentir la asfixia; se avecina una tragedia.

De caza

De caza

El paisaje lunar en rojo, con huellas de meteoritos y contrastes agrestes que bordean la I-40 hacia el Oeste sirve para que el agente del FBI Dylan se sumerja en sus recuerdos. Esta oportunidad de trabajar en conjunto con Moriarty despierta su ansiedad. Un matrimonio fallido, una carrera que no despegó del todo, y ahora, tras tantos desencuentros, parece que las piezas se acomodan. Enfila su automóvil hacia el pasaje subterráneo y emerge del estacionamiento de la CBIZ Plaza en Earll Drive, colocándose los Ray Ban para mitigar el sol de mediodía.

  • ¡Vernon! – exclama con alegría Irene. – ¡Cuánto tiempo!

Atlético, de tez bruñida y franco en sus ademanes, el detective de Albuquerque se aproxima esbozando una amplia sonrisa. Frente a él, espléndida en su presencia, Irene viste un traje entallado y se conserva esbelta, arropada en un magnetismo que la hace aún más atractiva. Tiene el cabello atado en una cola que acentúa sus rasgos y su belleza innata. Quizá asoman algunas arrugas en la frente y la comisura de los labios, pero irradia frescura. Ambos se trenzan en un prolongado abrazo y se besan en la mejilla, entre titubeos, como viejos amantes. Sentados en el Bobby Q, al oeste de Sunset Village, Dylan pide una carne criolla y Moriarty una ensalada Niçoise; pinot noir de Sonoma Coast y una botella de Gerolsteiner para compartir.

Entre sorbos del vino, Moriarty relata en detalle sus averiguaciones. Su idea es sacudir el granero, como se dice en la jerga policiaca; hacer que el asesino caiga en la trampa. No hay duda de que es un sujeto inteligente (Irene está convencida de que es varón), educado y con acceso irrestricto a todas las áreas del nosocomio.

  • Se me ocurre hacer sondeos con sesgo – dice Dylan, en tono conspiratorio. Irene sabe a qué se refiere: hacer creer a los más sensibles o nerviosos que su contraparte ha dicho algo que los incrimina, para causar revuelo.

Superada la reticencia del administrador Arroyo, los agentes instalan una oficina en la Unidad de Enseñanza. Han prometido no perturbar procesos internos ni sacar al personal en horas de trabajo, lo que los convierte en verdaderos inquilinos del hospital. Cada noche, flanqueados por una pizza o cajas de comida china y la cafetera en permanente ebullición, depuran las grabaciones y cruzan notas, conscientes de que van cerrando el círculo. Fogueados en el arte de indagar y sacudir, al cabo de una semana han descartado la mayoría de los departamentos clínicos. Quedan por supuesto las áreas quirúrgicas, los comedores y los servicios de mantenimiento, donde intuyen que se oculta el criminal.

  • ¿Estás cómodo en el hotel, Vernon? – pregunta de improviso Moriarty, tomando un pimiento con los palillos.
  • Sí – replica el agente, levantando la vista del papel para descifrar la expresión de su compañera.
  • No es una insinuación, tonto. Es una pregunta retórica.

Ambos ríen con la sincronía, guardando para sí ese regusto por el deseo, que trasciende cualquier pacto. La timidez ha vuelto como un duende juguetón que no saben adonde esconder, pero que al tiempo los excita. Despierta un escalofrío que se disuelve en bochorno. Es también esa turbación impúdica que evita concentrarse del todo en el trabajo.

Durante su conferencia, el Dr. Schlater descubre entre el auditorio a esa extraña que ahora pulula en el hospital. Le inquieta particularmente que haya interrogado al enfermero Nesmith, porque no puede aún garantizar su discreción a pesar de haberlo convidado al juego. Hace unas horas, le entregó el boleto para el partido contra los Nets, sugiriendo encontrarse en la explanada o directamente en las butacas de la cuarta fila.

  • ¡Uy, Doc, qué maravilla! ¿Cuánto le debo?
  • No es nada, Mike. Soy yo quién está agradecido por tus atenciones.

El muchacho se quedó intrigado, porque su relación con el anestesiólogo no había pasado de algún saludo ocasional y desplazar su carrito con los instrumentos de anestesia cada tercer día. En la cita con Samantha del viernes pasado – donde conoció a su secretaria -, ella habló pestes del carácter de su jefe, arguyendo que cada día estaba más insoportable. Mike preguntó si pensaba que era gay, porque la invitación al basquetbol “salió de la nada”.

  • No creo – dijo Elizabeth, en tono de burla – es tan arisco que ningún hombre lo toleraría.

Los cuatro comensales rieron al unísono hasta que Mike les contó que lo había visto salir del cuarto del paciente muerto. Ella en particular se quedó temerosa de que a sus espaldas se ocultara un psicópata capaz de perpetrar tales crímenes.

– Tranquila – intercedió Samantha -, es un médico “super-reconocido”, Betsy. No tiene el perfil de asesino en serie. Tú mejor que nadie sabes lo obsesivo que es. Mera coincidencia. ¿No crees, Lawrence? – preguntó, dirigiéndose con afecto al novio de su amiga.

Se despidieron afuera del restaurante Dieci entre halagos y cubriéndose del frío. Las chicas acordaron cenar juntos una vez al mes.

  • La próxima vez prefiero el teatro, niños – apuntó Elizabeth, que anhelaba ver la obra de Hamilton en el ASU Gammage.

Caminando tomados de la mano por Camelback Road, la secretaria le confió al novio sus inquietudes. Él – un poco bobo, otro tanto gentil – prometió cuidarla de los arranques del Dr. Jekyll.

– Mi Larry – chilló la joven con voz melosa, colgándose de su cuello.

Aún no amanece cuando Marcus recorre los quirófanos vacíos con desasosiego. Se acerca al área de casilleros y con la habilidad que ganó en su época de estudiante, abre la gaveta de Mike Nesmith, que identifica de inmediato por la calcomanía de los Suns de Phoenix a todo lo ancho. Intenta revelar las apetencias de este intruso y acaso configurar una alternativa en lugar del estrangulamiento. Descubre con inquina que el muchacho es adicto a los Pringles y Reeses’ pieces. No será problema consumar su caída. Hace dos días recibió el solvente (“tráelo de madrugada, Thijs; sabes que trabajo hasta muy tarde”), que conserva en el patio trasero de su casa, oculto en el cobertizo con los aparejos de jardinería.
La tercera entrevista con esos mequetrefes resultó aún más irritante. La impertinente detective – que se cree modelo de Vogue – se le fue al cuello como perra de presa. Se atrevió a insinuar que él, uno de los 100 mejores médicos del estado de Arizona, podría estar bajo sospecha por sus visitas a deshoras.

– ¿Cómo es posible? – profirió con enfado. – Usted mejor que nadie sabe que pertenezco al Comité de Ética de esta institución. ¿Pretende que me esconda para hacer mi trabajo?
Irene lo miró directo a los ojos, sondeando su incordio. – No lo haga, médico. Justamente persigo sacar a la luz a quien se esconde.

Rumiando su turbación, Marcus recibe una llamada de Elizabeth, su asistente. Lo requieren en las oficinas de gobierno. El administrador está de espaldas a la puerta, atisbando hacia el estacionamiento; simula una actitud de afectada jerarquía. El letrero con su nombre (John B. Arroyo, esq.) luce al frente de su escritorio con ostentación. Se gira al oír al doctor y, en silencio, le señala la silla al frente con la mano extendida. Sin más preámbulo, tira al blanco.
– Los camilleros afirman que te vieron rondar en las habitaciones de las victimas. Más aún, esa insolente quiere someterte a un prueba de polígrafo.
– Un absurdo percance, John. No tendrá consecuencias.
– Pensé que teníamos un acuerdo, Schlater. Ese contrato con las aseguradoras (del que por cierto te has beneficiado mucho) implica que los enfermos terminales a nuestro cuidado pagarán un surplus por muerte accidental. ¿Estás consciente?¿O se te ha olvidado porqué empezó todo este juego? El anestesiólogo se limita a asentir, pensando que la palabra “juego” resulta indigna. – Si alguien sospecha “foul-play”, por remoto que parezca , que uno solo de esos óbitos fue provocado, te denunciaré; te lo advierto.
– No te atrevas a amenazarme, Arroyo. Estás tan hundido en el lodo como yo y esos ingenuos limpiabotas que me obligaste a contratar.
– Confías demasiado, mi estimado Marcus – dice con sarcasmo. – A veces dudo de tu inteligencia. Hace unos minutos estaba observando a ese par de grasientos fumando entre los autos. Se podían ver hasta aquí las ampolletas que guardan en sus batas azules. ¿A quién imaginas que van a creer, doctorcito?

Bastaron unas copas de Chablis, la cena a media luz en Donovan’s y una conversación más íntima para que Irene y Vernon dejaran los grilletes del FBI y retomaran su romance. Fue un enlace vibrante, como una tolvanera que los arrastró con la avidez del sudor, del hambre y del fuego. Ella se abrió en un mar de erotismo y Vernon la penetró lentamente, mirándola a los ojos para sumergirse en su arrebato; reescribiendo el tiempo perdido, reinventándose.

Desnudos bajo la luz esquiva, Irene le confiesa que estuvo a punto de casarse, que han sido años indistintos de soledad y aprendizaje y que, por fin, a pesar de esta entrega, prefiere mantener su relación sin expectativas. – Amigos con privilegios – dice, tocándole los genitales fláccidos.

Se toman libre el domingo para visitar Sedona y ascender unas millas hacia las montañas Schnebly. Por la tarde, Vernon compra ropa en el Outlet y despide a Irene después de tomar un capuccino y repasar los equívocos de la investigación.

Al ingresar al aula adaptada como cuchitril de comisaría, a primera hora del día siguiente, Dylan se detiene en seco. Irene está interrogando de nuevo a Maggie, la enfermera que encontró muerta a Emily Everett el mes pasado. Quiere repasar la conversación que precedió a la inspección nocturna del Dr. Shlater, a quien ha apodado “the usual suspect”.

– ¿Dice usted que lo perdió de vista unos minutos? ¿Traía consigo algún material quirúrgico o de anestesia?

Tocan a la puerta y la averiguadora se interrumpe. Son Samantha De Luca y Elizabeth Harris, las secretarías que han estado aportando datos sobre el último deceso. Se les ve alarmadas, la primera con lágrimas frescas y el rostro contrito. Betsy se adelanta:

– Su novio no aparece desde el sábado en la noche. Teme lo peor – señalando a su amiga -, porque fue al juego de basquetbol con mi jefe, el Dr. Marcus Schlater. Por favor, ayúdennos.

Los agentes se miran en connivencia; es el giro que esperaban.

Dolor de hogar

Dolor de hogar

Se sentaron frente a frente, separados por una mesa de metal, dos botellas de cerveza y un cacharro con sal de mar y limones rebanados. Había llovido y las olas acarreaban rastrojos y espuma pestilente. La playa estaba saturada de basura. El más viejo hizo caso omiso del mesero que los rondaba y espetó:
– Hemos dilapidado los recursos de  nuestro país hasta la ignominia, Mauro. Robando, alentando la improductividad y la miseria. No queda nada, este océano sucio es nuestro testigo y acusador.
Su interlocutor ordenó otra ronda y dos órdenes de ceviche, para que el muchacho les permitiera dialogar sin apurarlos.
– Desde la posguerra, sólo hemos visto inversiones fantasmas. Los chacales no han soltado presa mientras el pueblo hace por vivir con recursos cada vez más exiguos y más caros. A nadie han beneficiado las devaluaciones, a nadie más que a especuladores y agiotistas.
Sobre la arena húmeda, una grulla picotea cangrejos entre los escombros; salva ramas y raíces, envases de plástico y juguetes rotos para atinar a su presa. Resulta una analogía siniestra de lo que hacemos los habitantes del tercer milenio para subsistir en condiciones cada vez más precarias.
Absorta en su tristeza, Alicia la espanta al acercarse. Es su primer viaje desde el divorcio y observa como el pájaro se aleja, remedo de sus sueños. Bajo el sombrero de yute, solloza. Por sus mejillas corre el rimmel que delineó anoche en el hotel, para deslizarse al bar con fingido aplomo, estrenando su soltería. Sin embargo, a poco se sintió extraña y avergonzada. Ante la primera insinuación, abandonó el martini a medias, deslizó un billete bajo el platito de pretzels y se retiró a dormir. Daniel dejó de quererla – así lo planteó, a quemarropa – y ella no se esperó para descubrir el adulterio. Acaso él, en su estupidez y narcisismo, pensó que le imploraría, que buscaría un acuerdo. Contenida, sencillamente abrió el armario de trebejos, sacó la primera maleta que encontró a mano y se la arrojó a los pies.
– Tienes dos horas. Nos vemos en el juzgado cuando te hayas repuesto -. Acto seguido, azotó la puerta tras de sí y se aseguró de cambiar las cuentas del banco, contratar a un cerrajero y localizar a su abogado. Sola ante el oleaje rememora, calma su aflicción, pero ante todo se reconoce más ligera, como si hubiese arrojado un fardo remoto al precipicio.
Tras comunicarle a la Sra. O’Brien (- ¡Dumitrescu! – recalca la clienta, con vehemencia), Sofía se disculpa, deja la llamada en línea y voltea a confirmar que el abogado, en la reclusión de su oficina de cristal, procure el habitual gesto de confirmación. Como es su costumbre, el jefe se reclina en el sillón giratorio y se vuelve hacia el ventanal, para evadirse con la vista de los rascacielos desde el piso veintinueve mientras contesta el teléfono. Ahora que está distraído, su joven asistente aprovecha para llamar a la residencia de ancianos y preguntar si su padre comió lo suficiente. Hace varias semanas que no lo visita. Cada encuentro resulta más penoso. Ha perdido todo rastro de conciencia, desconoce a sus cuidadores y sonríe apenas, sumergido en un letargo incoherente, cuando Sofía le acaricia los brazos o las manos. El único consuelo es que su madre no lo vio en esta condición deplorable y vacía. Difícil aceptarlo, pero a veces una muerte prematura – sin tanta agonía – es una bendición.
Se percata entonces de que le cuesta cada vez más recordarla en detalle. No en función del tiempo, sino del duelo; aunque es cierto que el cáncer de mama la consumió cuando ella habia cumplido sólo doce años, floreciendo aterrada a su sexualidad.
– ¿De que sirven los pechos, mamá? – quiso preguntarle tantas veces.
Noche a noche recurre a su retrato, hojea el album de fotos; ella no la olvidará, será la memoria de su padre y el legado afectivo que quiso ofrendarle.
Inmersa en sus cavilaciones, voltea hacia el elevador que se abre momentáneamente. Un hombre elegante, de barba gris y ojos pétreos, la observa desde el fondo. Nunca lo ha visto antes, pero se siente avasallada por esa mirada incisiva y percibe un escalofrío al tiempo que se cierra el ascensor y vuelve al teclado, inquieta por el efímero desencuentro.
– Tráeme el auto – ordena Sigfrid Offenheimer en tono de autoridad, no bien surge de la puerta giratoria. Su altivez no admite duda; cabello y barba cuidadosamente afeitados, corbata y camisa impecables. No sólo es su corpulencia lo que se impone, sino el gesto hosco, impenetrable.
El chico de color, ataviado con chistera y levita rojas, sonríe con timidez. Sin mediar pregunta, corre a buscar la llave automática y desaparece tras el muro hacia la rampa del estacionamiento. Sopla una ventisca fría y el hombre se ajusta la gabardina y enfunda los guantes de cuero. Gruñe para sí. El invierno se avecina y no ha resuelto el negocio que le arrebata el sueño. La mafia del otro lado del río lo ha perseguido por meses, saboteando sus inversiones, exigiéndole la rendición de cuentas. Esta tarde está decidido. Bajo contrato anónimo, dos esbirros visitarán el fin de semana al capo Angelo Ruggiero. Nadie resultará malherido, una simple advertencia y un nuevo acuerdo, más paritario, más cómodo para sus socios y – ¿porqué no? – también para sus acreedores. En su natal Dresden todo se habría arreglado con un apretón de manos y un depósito jugoso en Luxemburgo.
Si se oponen – piensa… Pero en ese instante una explosión brutal que sacude el sótano contiguo interrumpe sus ideas. La tierra tiembla y caen vidrios en pedazos por ambos costados. Estupor y humo negro emergen por todas partes. Dos mujeres caen de un tropiezo frente a él, impelidas por el estruendo; con gestos de terror, lo miran suplicantes. Los autos se detienen de un golpe y varios vehículos chocan en secuencia, agregando al desconcierto; hay gritos de pánico desde los edificios cercanos. Apenas empieza a disiparse la humareda cuando se percata de que el estallido proviene del parking donde guarda su coche, que es hacia donde ahora se dirigen los vigilantes y un policía con el arma en ristre a toda prisa.
– ¡Cuidado! ¡Atrás, atrás! – grita casi sin aliento el agente Wójzcik. – No sabemos si es un acto terrorista. Avisen de inmediato a seguridad y al FBI.
De momento no atina a saber si es una fortuna o una maldición que estuviese ordenando un café en Starbucks cuando lo sorprendió el impacto. Entre la nube gris y el olor a Semtex se aproxima hacia el nivel dos, donde aún se observan llamas entre los autos aparcados. El riesgo de una explosión en cadena debe contenerse. Su viejo, veterano de Vietnam (Twenty-four Marine Corps, First batallion, Bravo company), le contó – antes de quedar afásico y a su cuidado – que uno tiene que arrastrarse en salvas bajo el humo, con los sentidos aguzados para anticipar la metralla o un segundo ataque. Así lo hace, sin reparar en el aceite que mancha su uniforme. Un BMW 740i negro exhala fuego por el capote y la ventana del conductor, donde se aprecia una figura carbonizada. Guarda su arma con agilidad y genera una llamada mediante su radio de solapa dando a conocer la situación, mientras busca un extinguidor en los accesos más próximos. Con la culata de su .38 rompe el cristal y extrae el primero que encuentra. Como puede, aturdido por las alarmas de muchos autos que repican a su alrededor, baña de espuma el vehículo en llamas desde distintos ángulos para mitigar el desastre. A través de los trozos de vidrio ahumados de la portezuela distingue a Omotunde, el valet del edificio Reuters, tragado por el fuego. Una vez que ha contenido el peligro, deja caer el extintor, abatido. Mientras registra la escena del crimen, medita amargamente cómo anunciar esta tragedia a la madre del chico, a quien conoce por sus rondas y porque le ha traído el almuerzo desde East Harlem cada mañana. Es una nigeriana rolliza, de buen talante, que se expresa con dificultad y que remeda a un viejo afiche de Aunt Jemima. – Nunca superará esta pérdida – piensa, abriéndose paso entre los curiosos que se agolpan al pie de la rampa.
– No te angusties, Dilma – insiste el policía por el teléfono móvil, alzando la voz por encima de las sirenas de bomberos y ambulancias. – Ya pasó el peligro. Por favor baña a mi padre; llegaré tarde esta noche. Sabes como es esto, tengo que escribir mi reporte y acompañar al equipo forense -.
La mujer, embarazada y rubicunda, de facciones indígenas que le confieren un dejo de niña, repone el auricular de pared en su base y acude a consolar a su bebé, que despertó gimiendo con el timbre del teléfono. Cuando por fin consigue arrullarlo, toma su celular y envía un mensaje de WhatsApp a su hermano Osvaldo, que atiende un bar en la playa de Newport Green. La invade el miedo y no quiere quedarse sola hasta que llegue su esposo.
– Haré lo posible – replica en una llamada furtiva el mesero, cuidando de mantener la voz baja para no perturbar a sus comensales. – Tengo dos clientes que no paran de discutir política y ordenan una cerveza tras otra. Ya luego los apuro. Te mando un mensaje cuando salga pa’l barrio -.
Afuera empieza a caer la tarde con destellos pardos y nubarrones que auguran tormenta. Osvaldo se aproxima solícito a la mesa para ofrecer algo más de beber y anunciar que cerrarán temprano dado el pronóstico del tiempo. Cuando se dispone a bajar las persianas, advierte a la distancia a una mujer que acomete la brisa helada con donaire. Parece que tirita, sola y de cara al mar, envuelta en una contagiosa nube de nostalgia.

Evolución

Evolución

Hace treinta años, en el anfiteatro del University College London – próximo a donde Virginia Woolf, Lytton Strachey y E.M. Forster se reunían para dar alas a la literatura del joven siglo XX – tuve la fortuna de escuchar al biólogo de Harvard, Stephen Jay Gould, disertar acerca de la evolución de las especies y la controvertida noción de un diseñador inteligente.

Gould se plantó a media tarde esgrimiendo su desparpajo en mangas de camisa, abdomen prominente, al pie de una gran pantalla donde habría de mostrar sus diapositivas, y se echó a hablar – argumento tras argumento – sin pausa. Su tercera transparencia mostraba una parvada de garzas sobrevolando un lago en África, y Gould lo tomó como señuelo para disertar en torno a los pinzones de Darwin. Siguió planteando sus ideas con vehemencia de suerte que, después de cuarenta minutos sin tragar saliva, se percató de que las mismas garzas seguían impávidas en la pantalla.

  • Ups – exclamó con sorpresa – parece que se me olvidó pasar mis diapositivas. Bueno, terminemos – y dio lugar a preguntas.

Estábamos dichosos. Nos considerábamos estudiantes de maestría harto contestatarios, dispuestos a retar todos los dogmas evolucionistas que se estaban imprimiendo con tenacidad lamarckiana en la Inmunología de los ochentas. La variabilidad de las inmunoglobulinas y la recientemente demostrada mutabilidad de los receptores antigénicos tendrían que explicarse de otro modo.

Salimos a la noche lluviosa de Bloomsbury excitados, discutiendo conceptos erráticos y alabando al iconoclasta de la Historia Natural que acabábamos de escuchar. Yo había releído hacía poco “The blind watchmaker” y “The flamingo´s smile”, así que tenía los conceptos frescos y en franco contraste. Parecíamos niños manoteando y arguyendo prioridades cuando entramos al restaurante que conocíamos como “Cheap-O”, una taberna de comida oriental en Wardour Street donde podíamos degustar un plato de insípidos fideos por tan sólo una libra.

Seguramente llamábamos la atención, porque constituíamos un grupo híbrido que parloteaba airadamente. Una doctora keniana cuyo padre era un jefe tribal Kikuyu, orgullosa de su estirpe y con un enojo racial inusitado. Un bioquímico escocés, mayor que nosotros, con aretes y chaleco a cuadros, que militaba en una organización troskysta y que afirmaba que lo único bueno de Inglaterra era el cricket. Un galés callado y complaciente, que aprendí a estimar por su candor e histórica humildad. Y por último, una malagueña vociferante que gritaba inglés con acento andaluz. Aún me pregunto cómo, en esa Torre de Babel, alcanzábamos algún acuerdo.

Abrumado por una diversidad de otras lecturas, hace años que dejé de seguir de cerca la literatura relativa a la evolución de las especies, que enfrentó a Gould con Dawkins y Maynard Smith en lo que se conoce como las “Guerras Darwinianas”. Sobre todo ante el deceso del primero en 2002, y tras leer su libro póstumo “La estructura de la teoría de la evolución” donde matiza sus ideas y con ello ingresa flamante al panteón de los escépticos.

Fue un detractor de la psicología evolucionista y de la rigidez conceptual, a tal grado que propuso que el magisterio de lo espiritual es válido en el pensamiento científico. A diferencia de tantos otros darwinistas contemporáneos, Gould se reinventó una y otra vez. Creó su propio personaje de los Simpsons, que en un episodio analizaba el DNA de un esqueleto apocalíptico. Además, agobiado por un mesotelioma peritoneal, propugnó por el uso médico de la mariguana, veinte años antes de su legalización.

La rencilla con Richard Dawkins se escenificó en las páginas del New York Review of Books y adquirió un tono mordaz, acaso digno de la estatura intelectual de ambos académicos. El autor de “El gen egoísta” profesaba que la evolución actúa sobre estirpes de replicantes, que pueden ser – aunque no necesariamente – genes.  Las ideas y las destrezas merecen considerarse replicantes de carácter social. Esa adaptación compleja evoluciona de manera gradual, adquiriendo ventajas fenotipicas que conforman la selección natural en una suerte de avance dialéctico que deriva en sus ramificaciones.

En cambio, el paleontólogo de Harvard refutaba que las tendencias evolutivas no son progresión inequívoca de la competencia entre organismos. Por ejemplo, los cambios morfológicos en los caballos no resultan de ganancias adaptativas de fenotipos cada vez mejor dotados para la pastura. Más bien se trata de tendencias en la variación genética del linaje de la especie en cuestión. En ese sentido, incluso las extinciones masivas juegan un papel regulador de la evolución – insistía – porque dejan a una subespecie en ventaja respecto de aquellas que perecieron.

Todo esto viene a cuento porque recibí un libro del filósofo norteamericano Daniel C. Dennett cuyo título rimbombante conviene denunciar. Publicado en Febrero de este 2017, se llama “From bacteria to Bach and back. The evolution of minds”. Puedo recomendarlo con cautela intelectual, porque es fiel reflejo de la tesis que sugiere que la mente humana es una suma de procesos bioquímicos y físicos que se han articulado desde los organismos pluricelulares hasta alcanzar el ingenio del potencial artístico. El profesor Dennett se declara abiertamente enemigo de Gould y de Chomsky, en contra de los que aduce una base materialista de la conciencia a expensas de lo que designa como “memes”.

Cabe señalar que es un texto bastante repetitivo y auto-referencial, lo que lo hace más petulante que erudito. Su argumento es que el pensamiento y la conciencia no revisten mayor misterio que el resto de los fenómenos naturales; digamos, como la gravedad. Y que la sofisticación del cerebro humano es simple y llanamente producto de la selección natural. Desde su origen – colige el autor – la selección natural genera un diseño inteligente, ciego, que va facultando a los genes mejor adaptados a sobrevivir. En su ultra-darwinismo, Dennet impugna las “ex adaptaciones” que teorizaban Richard Lewontin y Stephen Jay Gould; es decir, presiones evolutivas no sujetas a selección sino forzadas por condiciones ambientales. Un ejemplo son las plumas, que regulaban la temperatura en los dinosaurios (de sangre fría) y que se convirtieron en auxiliares de vuelo para los pájaros.

Otro aspecto llamativo del libro es que Dennett ignora al neurólogo Antonio Damasio (creador de elocuentes libros tales como “El error de Descartes”y “Buscando a Spinoza”), pese a que trata de probar con sus tesis lineales la creciente complejidad del cerebro a partir de los primates. Desafía también a Noam Chomsky en cuanto a que éste asegura que el lenguaje es único en su naturaleza evolutiva, dado que emergió de un salto mutacional desde nuestros ancestros homínidos, haciendo posible encontrar palabras para configurar imágenes perceptuales. Dennett objeta que el origen del lenguaje yace en la condición social humana y que surgió de la necesidad de comunicarse con proto-idiomas, ahora perdidos. La agentes de tal evolución lingüística, para Dennett, son los memes (concepto arrebatado de Dawkins); unidades de transmisión cultural análogas a los genes que habitan el cerebro de una persona y que se replican como virus.

El problema estriba en que los memes son cualquier cosa, un concepto vacío que equivale a un sombrero, un recuerdo, una vivencia, un acorde musical o una afiliación política. Son tantas cosas que no son nada. Mientras que los genes son secuencias replicables de DNA que pueden medirse y heredarse con precisión. La plasticidad humana no cabe en unos u otros de manera aislada. Habría que recurrir a otros conocedores, desde Ferdinand de Saussure pasando por Julia Kristeva y hasta Steven Pinker para saldar las metáforas y conceptuar lo humano como un microcosmos mucho más versátil, que requiere de la bioingeniería tanto como de los afectos para florecer o clonarse.

En suma, los individuos no somos nada más instrumentos de un orden azaroso, ni vecinos distantes de los homínidos o los protozoarios; hay una intencionalidad en nuestra búsqueda del universo cognoscible, y tanto como erigimos íconos, somos capaces de destruir o de procrear lo más sublime.

Bibliografía sugerida (en orden alfabético).

Andrew Brown. 2002. The Darwin wars: the scientific battle for the soul of man. Simon & Schuster, London.

Antonio Damasio. 2012. Self comes to mind: constructing the conscious brain. Vintage, New York.

Richard Dawkins. 2016. The selfish gene (40th anniversary edition). Oxford University Press.

Daniel C. Dennett. 2017. From bacteria to Bach and back: the evolution of minds. WW Norton & conony, New York.

Stephen Jay Gould. 2002. The structure of evolutionary theory. Belknap/Harvard University Press.

Amy Licence. 2016. Living in squares, loving in triangles: the lives and loves of Virginia Woolf and the Bloomsbury group. Amberley Publishing, London.

Kim Sterelny. 2003. Dawkins vs Gould: survival of the fittest.  Icon books, New York.

 

Heart of darkness

Heart of darkness

I once heard a child, who was afraid of the dark,
call into an adjoining room, “Auntie, talk to me,
I am afraid.” “But what good will that do you?
You cannot see me!” Whereupon the child answered,
“If someone speaks, it is brighter.”
Sigmund Freud (1920)

Cae la noche y los espectros se condensan. En los márgenes de lo invisible transita la muerte y sólo su risa se escucha, alternando con el viento.
Estamos solos – me dice, con una voz sepulcral, y después desaparece; se aleja entre las sombras, se confunde con este miedo que lo invade todo. Nadie sabe qué es adentro y qué ha quedado fuera.
Cornelia me pide que la abrace, hace frío y la tierra está húmeda. Una densa neblina hace aún más difícil reconocer la silueta de los árboles y avistar el rastro del sendero. Su padrino asegura que abundan los lobos, que merodean en busca de alimento y no discriminan. Hace poco, un hombre de su aldea fue atacado y tenía la cara desgajada, pellejos sangrientos con baba de algún animal rabioso. No puedo disipar esa imagen de la mente y, aunque procuro no transmitir mis inquietudes a mi hermana, es imposible contener el escalofrío que me recorre.
– Hace frío, cúbrete bien – le imploro, pero mi voz medrosa no atina a  sosegarla.
– ¿Dónde estamos, Jörgen? – inquiere, a punto de irrumpir en llanto.
– Rumbo a casa, chiquita, no temas. Es que el bosque es oscuro y no es fácil seguir el camino.
La hago reír un poco con un cuento que compartíamos cuando era más pequeña, pero el ulular de los búhos acalla mi relato y nos sume de nuevo en un silencio aterrador. Las escasas luces del pueblo se desvanecieron hace horas entre la espesura y no tenemos nada con qué alumbrar más el camino. Me detengo para no tropezar y descifrar la rugosidad del suelo antes de dar otro paso. Los ojos asustados, muy abiertos, de mi hermana me observan con desconcierto.
En ese instante, el pánico nos asalta. Una sombra huidiza, como un conejo o una rata, pasa frente a nosotros; sus pupilas rojas lanzan destellos volátiles que podemos distinguir como amenazas. Cornelia grita despavorida y yo caigo de espaldas en el lodo, mudo de terror. Nada nos salvará, la noche ahora sí nos ha engullido.
En incontables ocasiones, la falta de información visual que surge bajo la completa oscuridad se traduce en ansiedad e incertidumbre. La oscuridad agudiza el reflejo de sobresalto acústico en las personas. Ello facilita la conmoción cuando no se distinguen con claridad las formas y los objetos que suelen rodearnos. Por supuesto, la imaginación y el prejuicio exacerban este mecanismo. En ese sentido, actuamos en contraste con los animales nocturnos, que se alarman con la luz y se deslumbran, paralizándose.
La ansiedad en tales condiciones de negrura se despierta por la fantasía de amenazas potenciales, encubiertas o imaginarias que exigen ser desestimadas de inmediato o, en su caso, que nos obligan a huir, fugarse en tanto sea factible. Ante tal imposibilidad,  sigue un estado de angustia, caracterizado por nerviosismo incontrolable, aprehensión y extrema preocupación que activa las descargas del sistema nervioso autónomo. Sudamos, tiritamos, nos sobrecoge un vacío en el abdomen, acaso un mareo que nos hace perder la estabilidad o una reacción que eriza los vellos en señal de alarma. Todo eso responde a una sensación ominosa de desamparo.
El anhelo, la necesidad que experimentamos en los momentos oscuros, ante la ausencia del otro, se trastoca en miedo a la oscuridad. El niño requiere de la madre y su angustia de separación la ve perderse en la noche, en la boca del lobo, de donde nadie garantiza que volverá. Su partida se torna en lo abominable, que hace cuerpo con el abandono y la exigencia de darle un sentido a esa soledad apremiante. Tal proyección no suele ser muy exitosa, porque el temor de perder al objeto amado no puede sustituirse del todo como lo hacemos frente al pánico que amaga desde del exterior. El deseo persiste y, con él, la oquedad, la falta.
Los impulsos de ansiedad al separarse del ser amado son connaturales a los humanos, si bien – debido a su obvia fragilidad y su riesgo al desamparo – son más penetrantes y frecuentes en los niños entre 2 y 7 años de edad. Pero todos, en algún tiempo o en algún lugar, recelamos de las tinieblas.
Desde luego, la oscuridad afecta la agudeza visual y con ello, altera nuestra destreza para controlar el entorno, confiriéndonos una repentina vulnerabilidad. Nacemos, nos criamos y prosperamos en un mundo diurno, más aún en la actualidad, tanto como estamos rodeados de pantallas e imágenes iridiscentes. Aprendemos a subvertir las sombras, abrir candados y ventanas, encender velas y extender nuestro campo óptico con artefactos. Ningún rincón de la Tierra, por opaco que se antoje, está fuera de nuestro alcance. Las cuevas se exploran, las profundidades marítimas se sondean, el lado oscuro de la luna se coloniza, los anillos de Saturno se sobrevuelan, e incluso los hoyos negros -otrora tan incógnitos – están por fotografiarse con telescopios cada vez más potentes. En fin, la luz trasciende cualquier horizonte.
Además, la oscuridad señala nuestro periodo de descanso y de inducción al sueño. Se elevan los niveles de melanina en el hipotálamo, bostezamos como acto reflejo y la lasitud del cuerpo y los sentidos nos apaga mansamente hacia el reposo. Se activa la sustancia reticular ascendente, se bloquean las puertas de la percepción y nos sumergimos en las aguas misteriosas de nuestras quimeras. En ninguna circunstancia estamos tan vulnerables a los elementos como durante esa placidez onírica.
Los demonios que expurgamos durante el día, salen entonces a reptar bajo nuestro lecho, detrás de las puertas y en las entretelas de la noche. Nos acechan, nos invaden, nos obligan a mirar de reojo desde la almohada entre los contornos borrosos y las sombras, para traer recuerdos, tempestades, tareas incompletas o fabulaciones. Son por supuesto los espectros internos, no los que se ocultan en los armarios, sino esos que salen a poblar nuestro insomnio y se apoderan de todo discernimiento. Son angustia materializada, son los engendros del crepúsculo, que a todos nos acosan.
Si hay algo que nos alienta y nos consuela, desde que habitamos el regazo de mamá y para siempre, es la convicción de que su presencia – o alguien más que ose sustituirla – vendrá a sanear esa inquietud, a imprimir un resplandor en la eterna noche de nuestras vacilaciones, y a traer la luna, su constancia, para cobijarnos y sumirnos en un sueño.