La lentitud

La lentitud

Ante el flujo caótico de automóviles que me circundan, enciendo el radio. Una sonata de Brahms me sumerge en la remembranza. Atraigo aquella luz invernal de una calle de Mallorca, perfumada por el aroma de los almendros en flor; cuando no había prisa y la ansiedad se había detenido entre las piedras. Me preguntaba entonces si la vida tendría ese ritmo pausado, si la mujer que caminaba distraída a mi lado me acompañaría por un largo trecho o solamente hasta torcer la esquina. Una anciana lavaba con desgano el polvo de su ventana, abierta de par en par a fin de observar con detenimiento a quienes se atrevían a merodear por sus rumbos. Había algunas mariposas, señal inequívoca de que la tierra se desperezaba.
Trabajábamos con deleite, poco atentos al salario que no admitía comparación en aquel mundo bucólico de exiliados. Como peones, ocupamos una habitación lúgubre de esa masía añosa cuyos lechos daban muestras evidentes de abandono. Olía a humo de leña y a vapor de muchos muertos.
El desayuno era frugal: pan campesino almacenado con el relente preciso al que frotábamos tomate, sal y un aceite de oliva cuyo paladar me ha seguido por la vida.

Me correspondía, aún aletargado, extraer los huevos de las pavas y gallinas, ejercicio que requería correr tras de la implicada hasta cercarla y someterla. Sin urgencia, insisto; lo perentorio llegaba con el sosiego, tanto como la neblina que se disipaba en nuestro entorno.
Cada mañana caminábamos hasta el olivo en turno; había que desbrozarlo de maleza hasta dejar el tronco limpio y las aceitunas a punto. El proceso ocupaba buena parte del día. Segar, juntar los rastrojos, atar los haces de leña fresca y transportarlos hasta el horno distante. A todos luces parecía un despropósito, pero entendimos pronto que cumplía la función alterna de cocinar ladrillos, aligerar la carga y pagarle a diversos acreedores.
Una vez que caía la tarde y traíamos de vuelta al rebaño de ovejas, nos arremolinábamos en torno de la desvencijada chimenea, mientras “sa patrona” (en mallorquín) rebanaba ínfimas hojas de pan añejo para hacer “sopas”. Los perros husmeaban a nuestro lado en busca de migajas y contábamos historias de nuestros países natales para alargar la velada.
Cuando leí a Milán Kundera, veinte años después, no pude más que maravillarme de esa parsimonia. Una estrofa acerca del vínculo afectivo y su volatilidad se me quedó grabada; cito:
El sentimiento de haber sido elegido está presente, por ejemplo, en cualquier relación amorosa. Porque el amor, por definición, es un regalo no merecido; ser amado sin mérito es incluso la prueba de un amor verdadero. Si una mujer me dice: te quiero porque eres inteligente, porque eres honrado, porque me compras regalos, porque no vas con mujeres, porque lavas los platos, me decepciona; ese amor tiene todo el aspecto de ser algo interesado. Cuánto más hermoso es oír: estoy loca por ti aunque no seas ni inteligente, ni honrado, aunque seas mentiroso, egoísta y sinvergüenza.
Tal vez sea en la cuna cuando el hombre conoce por primera vez la ilusión de haber sido elegido, gracias a los cuidados maternales que recibe sin mérito y que por ello reivindica aún con mayor energía. La educación debería liberarle de esta ilusión y hacerle comprender que todo en la vida se paga. Pero a veces es demasiado tarde”.
En todo caso replicamos ese sentimiento que moduló nuestra infancia tanto como el deseo prístino de ser amados, sin premura, sin futuros o promesas hueras. Como se pueda, malgré tout.

Pero ya es tarde, advierte Kundera. Me resisto a creer que sobre aquel farallón de Corbera sus ojos verdes perdieron irremediablemente el brillo. Que la magdalena al estilo de Saint Beuve dejó de evocar los relatos de la abuela y su deceso. Que un abrazo furtivo puede subvertir por un momento la melancolía de toda una existencia.
Sueño a veces con esa travesía de noche en el Mediterráneo, en pos de otra cordillera y sin esperar el alba, porque era inaplazable un rompimiento en contra de la ingenuidad y la culpa. Nos recibó la peripecia en ese invierno que palidecía, enfrentados con la desconfianza de todo un pueblo – encallado en el franquismo -, ese que aguardó lo indispensable para acogernos.

Fuimos felices hasta donde la inmadurez lo sentenciaba, dilapidando el dinero y componiendo canciones de marineros y gaviotas. Poco después, las mentiras azotaron el paraíso y nos escindimos. Me quedé atrás por accidente y en una tarde otoñal, con mi fractura a cuestas, ella se descubrió los senos, convidándome. En todo caso diré que la recuerdo así, con el torso desnudo, aspirando juntos el aire vespertino y mirándonos desde el fondo del mar que nos separaba. Nunca más una piel bruñida me deslumbró tanto ni con tal desvarío. Supe que nos despedía un vértigo de inconsecuencias, que ella volvería a su isla volcánica en tanto que yo callaría aquel abandono para evitar más heridas.

Una pulsión que hoy puedo agradecer me rescató del arrecife. No he vuelto al mar salvo para confesarme en silencio frente a un sol que se decanta. Es notorio que siempre falta una mano que estrechar o acaso una canción de cuna, pero sólo la humedad de la brisa o la sacudida del oleaje calman mis desvelos.

Hay en mi una presencia insular, un arrebato en pausa que me hace extraño entre los hombres. Desprecio su celeridad y padezco su impertinencia, aunque con los años he sabido blindarme y atisbar el tráfago desde mi atalaya.

Creo que he aprendido a deambular atesorando el instante, saboreando el café y el vino a su debido tiempo, si bien aún me traiciona la gula y la vanidad en la escritura. Prefiero los adagios, la luz oblicua del atardecer y un beso que titubea antes que la franqueza o la osadía. Acepto sin reparos la placidez del violonchelo o del fagot adusto en lugar de la estridencia del violín o de la flauta piccolo, que se me imponen. Elijo mis lecturas con serenidad, porque con cada autor entablo un debate o intento una alegoría. Puedo dormir sin  fármacos y despertar de buenas, quizá porque no espero mucho de mis semejantes ni de las mañanas.

Con esa tranquilidad, hurgo en el baúl de otros recuerdos y me cuelgo el estetoscopio con mi nombre al cuello (regalo de mis hijos, que luzco con orgullo). Uno a uno enderezo los bolígrafos, ajusto el nudo de la corbata y del conocimiento, y pongo al fin el escritorio en orden para recibir a mis pacientes.  Una atmósfera de pulcritud despide el vértigo de la ciudad que se queda afuera; lejos, cada vez más lejos, de la prontitud del día.

The power of the dog

The power of the dog

A la memoria de Lou, nuestra querida compañera

There is sorrow enough in the natural way
From men and women to fill our day;
But when we are certain of sorrow in store,
Why do we always arrange for more?
Brothers and sisters I bid you beware
Of giving your heart to a dog to tear.

Buy a pup and your money will buy
Love unflinching that cannot lie–
Perfect passion and worship fed
By a kick in the ribs or a pat on the head.
Nevertheless it is hardly fair
To risk your heart for a dog to tear.

When the fourteen years that nature permits
Are closing in asthma or tumors or fits
And the vet’s unspoken prescription runs
To lethal chambers, or loaded guns.
Then you will find–its your own affair
But–you’ve given your heart to a dog to tear.

When the body that lived at your single will
When the whimper of welcome is stilled (how still!)
When the spirit that answered your every mood
Is gone–wherever it goes–for good,
You still discover how much you care
And will give your heart to a dog to tear.

We’ve sorrow enough in the natural way
When it comes to burying Christian clay.
Our loves are not given, but only lent,
At compound interest of cent per cent.
Though it is not always the case, I believe,
That the longer we’ve kept ’em the more do we grieve;
For when debts are payable, right or wrong,
A short time loan is as bad as a long–
So why in Heaven (before we are there)
Should we give our hearts to a dog to tear?

Rudyard Kipling (1865 – 1936)

El umbral de la diferencia

El umbral de la diferencia

El fenómeno de autoinmunidad puede considerarse una paradoja biológica. Se inscribe en un red de señales moleculares, heredables, que fungen filogenéticamente como un recurso protector para responder a las lesiones internas y a los peligros de los invasores patogénicos. Sin embargo, una de las amenazas más significativas contra la integridad orgánica es el propio sistema inmune.

En más de un sentido, la respuesta autodestructiva que debuta como una serie de síntomas orgánicos de difícil integración semiológica, y que en la experiencia clínica se ven profundamente modulados por el carácter y el ánimo, ofrece la posibilidad de proponer un escenario psicodinámico para explicar su génesis y presentación.

La evolución neurosensorial del infante lo conduce no sólo a descubrir su cuerpo, sino también y sobre todo a apropiárselo, a identificarlo como propio. Esto implica que sus pulsiones, y en particular sus pulsiones sexuales, toman su cuerpo como objeto. Desde este narcisismo constitutivo existe una investidura permanente del sujeto sobre sí mismo, que contribuye finamente a su dinámica y que participa de las pulsiones del yo y de su vida instintiva. Conforme se va dando el desenvolvimiento del yo, éste incopora en su acervo mnémico representaciones de los objetos, y a medida que el sistema nervioso madura, las modulaciones autonómicas permiten diferenciar lo externo de lo interno, y por lo tanto, el self de los objetos.

La presencia del cuerpo, en una etapa del desarrollo que antecede a la simbolización y el lenguaje, está representada por las angustias derivadas del vínculo atávico con el objeto primario. La integración de lo propio y lo ajeno (investida de origen en el pecho y la mirada maternos) sigue un proceso de devolución dialéctica de la libido que va decantando funciones, en pulsos rítmicos y reiterativos, a los órganos internos, que se manifiestan por estímulos psiconeuroendócrinos hasta que, gradualmente, adquieren la autonomía que demanda el desarrollo extrauterino. Al ajustarse a los impulsos del pequeño, la madre le facilita la ilusión de que las respuestas son creadas por sí mismo. El bebé se vale de los detalles percibidos una y otra vez para la creación del objeto esperado.

Así, la piel se hace depositaria de caricias y de impulsos sensitivos, el tubo digestivo deviene reservorio y movilizador de gratificaciones, y de forma sustancial, el sistema nervioso se inviste de mensajes primarios que responden al diálogo objetal. Paralelamente, el sistema inmune del bebé adquiere el repertorio antigénico que le dará identidad, al tiempo que sustituye poco a poco la dependencia de los anticuerpos transmitidos pasivamente a través de la placenta y el caldo nutricio que es la leche materna en los primeros meses de vida. Su médula ósea procrea precursores linfocitarios que migran al timo para educarse en la discriminación de lo propio y lo extraño, en un contexto molecular que remeda la evolución del narcisismo primario en pos de la representación simbólica y la adquisición del lenguaje.

Al completar el desarrollo, coincidiendo con el inicio de la fase de separación-individuación en el niño, emerge un repertorio completo de células linfoides del bazo y el timo para poblar la poza circulante. A partir de ese momento, el sistema inmune está en condiciones de enfrentrar los retos antigénicos que le depara el ambiente y el contacto con los otros. Cada vez que el sistema inmune del individuo ve a un microrganismo infectante requerirá de dos señales: una del receptor antigénico y otra señal co-estimulatoria que dictará en qué sentido se moviliza la respuesta (sea de cooperación o de destrucción). Este modelo limitante explica porqué, a pesar de los incontables encuentros adversos que experimentamos durante la vida, la autoinmunidad, es decir, la confusión entre lo propio y lo ajeno, es tan esporádica.

La aparición de un proceso patológico autoinmune está sujeto a un “second hit” epigenético, es decir, al impacto de segundos mensajeros subcelulares. Se trata de neuroquininas o citocinas cuyos receptores yacen en la superficie de los linfocitos y que alteran el ritmo de las huellas celulares conocidas, y rompen así la homeostasis inmunológica. A este fenómeno se le conoce como ruptura de la tolerancia a lo propio.

La naturaleza adaptativa de la tolerancia a lo propio es una propiedad esencial del sistema inmune de los mamíferos. Dadas sus funciones discriminatorias, que consisten en reconocer y responder ante la agresión de moléculas inesperadas mediante la diversidad genética, de origen no existe la impronta para identificar qué estructuras celulares conducirán a la defensa y cuáles inducirán respuestas autodestructivas. Para cumplir este requisito vital de especificidad inmunológica, deben seguirse varios pasos en el desarrollo embrionario y perinatal que consisten en la selección negativa y positiva de receptores celulares hasta conferir un repertorio antigénico propio. Se delínea así una “huella digital” inmunológica, por así decirlo, que nos permite vivir en paz con nuestros propios tejidos y frente a nuestro cambiante entorno. El detonante de la lesión autoinmune, desde una perspectiva biológica, depende del equilibrio de la respuesta neuroendócrina de estrés, de modificaciones en el microambiente hormonal y, como se señaló, de un segundo estímulo nocivo que recae por contigüidad en ciertos órganos blanco (por ejemplo, infecciones virales concurrentes, migración linfocitaria secundaria a inflamación, o señalización excesiva de neurotransmisores).

Desde una perspectiva psicodinámica, el Yo corporal del infante, desprovisto aún de lenguaje y capacidad de simbolización, se integra mediante el conflicto que ejerce la fuerza instintiva y la incorporación de una fantasía materna apropiada por la libido narcisista. Si la madre significa estas proyecciones narcisistas con afecto y constancia, se organiza poco a poco en el bebé una imagen corporal que se tolera y que reviste, desde la percepción interna, los órganos con identidad y armonía. El objeto internalizado se escinde así, llevando consigo a las estructuras yoicas organizadas bajo su sombra, dado que están identificadas desde el origen con ese objeto ambivalente. A partir de ese momento determinante, una parte del yo tratará a la otra como extraña y se pondrá en marcha la escisión funcional que subyace a los procesos autoinmunes. Metáfora de la defensa esquizoparanoide kleiniana: tomar lo bueno y excluir lo malo.

Desde luego, se pueden observar tales procesos de escisión, proyección excesiva de impulsos agresivos y activación de objetos persecutorios en los trastornos limítrofes y narcisistas de personalidad y en algunos cuadros paranoides. Podemos argumentar que la diferencia estriba en que la génesis de estas patologías psiquiátricas es más tardía, cuando el yo se halla mejor organizado y el individuo ha alcanzado cierto nivel de simbolización y de lenguaje. Porque el conflicto hace referencia a un punto de fijación donde el yo y el objeto no están bien constituídos, y se halla íntimamente vinculado a los procesos de investidura libinal en el cuerpo, los síntomas no ocurren en el ámbito mental sino en el físico. Es decir, se refieren a huellas inconscientes no simbolizadas que encarnan en el territorio de lo desconocido.

En la autoinmunidad, el cuerpo se queja de manera muda, palabra informulada pero elocuente que se difiere hasta que se enfrenta a la dialéctica de la reemergencia del objeto persecutorio a cambio de uno situado en el propio cuerpo. “En la histeria, el cuerpo habla y participa activamente en el diálogo, expresándose; mientras que en el trastorno psicosomático, el cuerpo (principalmente en sus vísceras) aparece padeciendo de palabras no asumidas”. Vale decir que el padecimiento autoinmune es un resto de carne en el cuerpo.

Me permito ilustrar lo anotado hasta ahora con una viñeta clínica. Aurelia tiene 34 años cuando acude a consulta aquejando síntomas depresivos que siguen a un diagnóstico devastador. Delgada e histriónica hasta lo teatral, es la sexta de ocho hermanos, a quien la madre trató siempre como la muñeca fea, recelosa de un padre melancólico que apenas pudo compensar sus duelos. Tras una unión libre que reiteró la descalificación de la madre, se somete a una cesárea de un embarazo deseado con ambivalencia. Durante el procedimiento, los médicos no advierten que se agota el hipnótico y la paciente experimenta la angustia inefable de escuchar en detalle cómo se desangra, cómo su hija nace con hipoxia y cómo los intentos de resucitación resultan infuctuosos, hasta que los signos vitales hacen que el anestesiólogo se de cuenta del drama y aplique una dosis mayor de somnífero. Al despertar, la ansiedad de muerte la desmorona emocionalmente. Pasa días en el hospital bajo sedantes y una precaria psicoterapia de contención en un estado delirante que sólo se resuelve hasta que le entregan a su hija sana. Meses después, según me describe, debuta con parestesias en el cuerpo, hemianopsia y dificultad para la micción. Los exámenes demuestran numerosas lesiones desmielinizantes en la médula espinal y se le diagnostica esclerosis múltiple. Como elemento central de nuestra hipótesis, describe sucesivamente a su madre como una profesional extraordinaria, una Doña Bárbara -autoritaria y castrante-, o bien, la mujer omnímoda que mantuvo al padre, un ser anodino, en un distante segundo plano hasta su muerte.

Podemos conjeturar que la experiencia mortífera de Aurelia resignificó los impulsos agresivos de y contra su madre. “La niña no respira, se va a morir”, se puede leer como un equivalente retaliatorio. Su vivencia pasiva, de estar anestesiada y “sometida”, reproduce también su relación con la madre, percibida como omnipotente. Esto explica como meses después ella debuta con una esclerosis múltiple donde se escenifica la parálisis y la venganza materna.

Su propia maternidad, asimilada con la pulsión de muerte, re-conoció al objeto primario como atrapado, asfixiándola y diseminándose en su sistema nervioso inmóvil, incapaz de traducir la huella. Si a esta imagen clínica aunamos la obligada migración linfocitaria que se emite a partir de tal respuesta de estrés, capaz de producir úlceras en mucosas o lesiones vasculares indelebles, cabe hipotetizar que las vainas de mielina de esta paciente (o para decirlo neuroanatómicamente, sus envolturas dendríticas) se vieron sacudidas por un ataque inmunológico sin precedentes.

En su acepción psicodinámica, el padecimiento autoinmune es una forma de preservar al objeto parcial en un intento de reparación melancólica donde se escenifican, inconsolables, los impulsos agresivos contra las representaciones inconscientes depositadas de manera fragmentaria en el cuerpo. Vista así, nos conmueve la imagen de un sujeto psíquico lacerado por una herida abierta que atrae sin cesar la libido contracatéctica. Herida que el cuerpo intenta esconder, tapiar y encriptar pero que, enfrentada a un segundo estímulo biológico destructivo, es incapaz de mantener bajo control.

Así pues, la revuelta autoinmune enmarca la paradoja narcisista entre lo propio y lo extraño, yo y el otro, que hace posible decir, como Neruda…

 

Me has hecho indestructible,

porque contigo no termino en mí mismo.

Pablo Neruda

“Mi partido”

A.D.

A.D.

La unidad de diálisis mantiene su pertinaz ronroneo mientras Alfonso me dicta la carta notarial. Pese a su pulcritud, es un ambiente lúgubre, con caras grises y pies abotagados. Las enfermeras pasan con regularidad y son todo sonrisas, gesto que tiñe con algo de gracia lo ominoso. Todos los presentes somos amables, hablamos en voz baja, condescendemos de cara a la muerte.
Mi interlocutor es un residuo de sus mejores épocas. Su palidez es cadavérica, ha perdido buena parte del cabello, que permanece en flecos deslucidos sobre su cráneo opaco y plagado de queratosis. De sus brazos enclenques destaca la fístula, que palpita mientras sorbe el líquido de diálisis. Es todo huesos – suele pregonar – salvo ese vientre fláccido que lo distingue como carne de hidropesía. Las piernas brillantes, tumefactas, emergen del pijama que ha sido descosido para albergar su creciente volumen. Al extremo, cuelgan las pantuflas, demasiado pequeñas para sus pies edematosos, demasiado viejas. Habla con lentitud, esforzándose para sesear por falta de aliento y si bien esboza un discurso lúcido, se ve constantemente interrumpido para jadear y procurar resuello. Parece más un recuento de su declive que una voluntad anticipada.
– A nadie puedo adjudicar mi desidia, Lic – comienza, exhibiendo la cordialidad que nos une.
– Lo escucho, profe – me atrevo a decir en el mismo tono. Hubiese querido afirmar su recriminación, pero es tarde, y me contengo.
– Después del cáncer, que me dejó mutilado, bebí y comí de manera pantagruélica para celebrar la vida. Pulsión de muerte, ahora lo sé. Mi diabetes, silenciosa enemiga, se hizo presente sin ataduras. Poco a poco me quemó los ojos, se insinuó en mis arterias y destruyó mis riñones, o lo que quedaba de ellos. Me negué a la insulina, como a tantas otras prioridades; la necedad es el verdugo del enfermo crónico. ¿Sabes?
No espera respuesta alguna y prosigue.
– Mi tercera esposa, desesperada por mi negligencia, me abandonó…
En ese momento, Sandra, la enfermera en turno, nos interrumpe con su presencia angelical y siempre inoportuna.
– Si tiene sed puede mojarse los labios, señor Domínguez. Pero no abuse, ¿eh?
Ambos la miramos con obvia impaciencia y asentimos al unísono. Sandra se aleja indiferente, como si recorriese un telón.
– Te decía, Lic., que María mantuvo la distancia. Me llamaba de tanto en cuanto para saber si había cambiado, pero supongo que el amor – como las cosas frágiles – se marchita sin sustento. Se cambió de domicilio, finalmente emigró y puso fronteras infranqueables de por medio.
– Intuyo un reproche, Alfonso – le digo.
– No, ni mucho menos – insiste, convincente. – Un condenado a muerte debe soltar amarras justo a tiempo. Me dolió su partida, no lo niego, pero era una crónica largamente anunciada. En mi gesta suicida, deseaba su felicidad, aunque no supe procurársela.
Sus ojos pálidos y hundidos parecen anegarse, traga saliva y se pierde en lontananza. Yo aprovecho para escabullirme a la máquina de café del pasillo cercano y darle tiempo a su congoja.

Cuando regreso, café humeante en mano, se ha repuesto y me mira con afecto; los ojos entrecerrados, exhibiendo un profundo hastío. Su mano temblorosa ha derramado el agua sobre la bata y se muestra indefenso, necesitado de que alguien lo rescate de tan interminable suplicio.

– Hacerse viejo es terrible – decía un colega añoso con cinismo – pero la alternativa no se la recomiendo a nadie.

– Te ayudo, profe. Déjame ver.

– Disculpa la torpeza, Emilio. Le llaman encefalitis urémica y me acomoda para desplazarme como una bestia. Aunque lo dudes, me avergüenza. Sufro la inutilidad tanto como mis averías orgánicas. En estos momentos, pienso en tantos hombres admirables que llegaron hasta verse en los reflejos del río Estigia. Su creatividad cobró una dimensión novedosa. ¿Recuerdas la técnica de decoupage que sublimó Henri Matisse en los últimos lustros de su vida? Hacía sus recortes desde la cama, incapaz de erguirse sobre su debilidad. Pareciera que el cáncer de colon le destiló sus mejores recursos artísticos. No todos cargamos esa entraña y esa virtud de apreciar cada gota de energía que nos queda.

Con el botón de alarma, acude la otra enfermera, una mujer joven, bastante tímida, que se desvive por mostrar su competencia.
– ¿Elizabeth, podrías traernos un cambio de bata?- imploro.
La chica observa con detenimiento al paciente y con un movimiento sutil, abre la bata húmeda.
– Estás mojado, Alfonso – dice con obvia naturalidad. – ¿Otra vez se te salió sin darte cuenta?
El bochorno se apodera de mi amigo, que inclina la cabeza en ademán infantil y alcanza a proferir: – Lo siento.
La enfermera le toca el hombro con ternura y se gira para traer un cambio de ropa.
Sigue una escena bastante vergonzosa, que atestiguo incómodo sin atinar a quedarme por solidaridad o alejarme con recato. Decido voltear hacia la puerta mientras finjo sorber mi café y revisar mis notas.
Acude un camillero, que hace su trabajo en silencio; mueve al enfermo como un muñeco de trapo, lo despoja de su pijama, y entrega la ropa interior a una asistente mientras la enfermera lo limpia diligentemente con una toalla húmeda y termina por vestirlo con esmero.
La escena ocurre a la vista de todos los demás enfermos, que observan la desnudez esquelética de Alfonso, sus genitales y carnes péndulas, sin asombro alguno. En esos minutos de escarnio, me identifico a fondo con su dolor, su mansedumbre, y entiendo por fin la vejación que le ha impuesto la enfermedad y su tratamiento.

Una vez que lo han vestido, con el catéter a punto y colocado a un lado, el profe me mira con aflicción y me invita a continuar con la tarea.

– Déjalo bien claro, Emilio, en términos legales. No admitiré ninguna forma de resucitación, mi cuerpo no será ultrajado en beneficio de la ciencia o la futilidad. Ni tubos, ni oxígeno suplementario ni marcapasos. Deseo morir apaciblemente y si las circunstancias lo permiten, en mi triste departamento, en compañía de mis libros y quien quiera compartir mi soledad de moribundo. Nada más.

Me despido con afecto y tras el volante rememoro al viejo amigo que conocí en la Facultad de Filosofía y Letras hace tantos años. Su energía indomable, la devoción con la que los alumnos lo atendían sin parpadear, aquellos discursos contra la incongruencia política de las autoridades, su valentía para encabezar las marchas y las arengas públicas. Ante todo, su autoridad académica, que tanto admiramos. Y ahora, este despojo maltrecho y sofocado, alargando la agonía. La fatalidad es un espejismo indescifrable.

Dos días después me enteré de la tragedia. Cuando lo trasladaban de vuelta a su domicilio y echando mano de las pocas fuerzas que le quedaban, Alfonso abrió la portezuela en pleno movimiento y se arrojó a la avenida saturada de vehículos. Su cuerpo quedó aplastado en medio del accidente vehicular, con el tórax hecho un saco de sangre y los brazos en posición grotesca. Sólo destacaba – según afirmó el forense – una sonrisa paradójica, como de alguien que ha encontrado su destino manifiesto.

A.D.,  ante deum – pienso – o tal vez advanced directives (pautas previas, podría decirse). Como él, en su actitud disidente, lo habría esgrimido.

Abril

Abril

Caminan solos por el Bois de Bologne, dos figuras tenues bajo la neblina. Los primeros cerezos se desgranan a su paso. Puede sentirse la tibieza del rocío que vaporosamente se disipa. Quizá tiritan un poco, se contienen, igual que la tierra misma que se despereza. El flujo de los autos a lo lejos es un rumor constante, un ronroneo.

– No puedo seguir con esto – dice Henriette, casi un susurro, con el rostro compungido.

Él toma su mano, que se permite el roce, renuente y lánguida a la vez. Se han amado a espaldas del tiempo, por años, con un fervor que no es posible ocultar ni sepultar una vez despierto y delirante.

La mira de reojo, no se atreve a develar su rostro, temiendo un reproche o, peor aún, melancolía. Sin pensarlo, extiende sus dedos toscos entre el cabello de su amada y la gira hacia si, para besarla largamente, como antaño, como anoche.

El vaho de sus alientos se confunde y a la distancia pareciera que se templan a la orilla del aljibe mientras la ciudad calla y espera.

Sin mediar palabra, la despide a las puertas del Marmottan. Los nenúfares abrigarán sus noches y sus días soleados, darán textura a las tardes de lluvia y color a las nubes cuando lo añore.

James volverá a Tibbee Creek – donde un científico negro no pasa desapercibido – a mirar desde su ventana los lirios bajo el sol inclemente del verano.

En las dilatadas tardes de Mississippi buscará referencias de su cuerpo volátil y de su risa ausente. Paseará su soledad a la vera de los álamos y los corredores tempraneros; las manos en los bolsillos y la mente en Giverny, junto al caballete de Monet, donde la descubrió absorta – casi una niña – ante el estanque.

Entonces pasearon como viejos conocidos por la calle emblemática del pintor, entre turistas, tenderos y souvenirs baratos; se detuvieron sobre los puentes para contemplar el Epte con esa placidez que invita a pintarlo. Ella con su mal inglés, él con su precaria noción de la catedral de Rouen, asediado por preguntas. Henriette fue su guía, su portal hacia el arte difuso del Impresionismo, que James buscaba como refugio del infierno de Vietnam, de aquel mundo suyo ininteligible y convulso.

Un muchacho del paupérrimo sur solamente podía educarse en la milicia. Con las heridas frescas de la barbarie y el napalm, habiendo ingerido ácido lisérgico entre las cañadas del Mekong, alucinado por aquellos crímenes inicuos, se hizo ingeniero de aguas y volvió a bregar entre caimanes por un tiempo.

Extraña paradoja, Henriette perdía a su padre ahogado por el alcohol y la decepción de la posguerra; mientras ella accedía a una apurada educación en Caen para salvarse del suicidio. Tenía apenas diecisiete años cuando se enamoró de ese hombre de color, fornido, taciturno y lastrado de cicatrices.

Bastaron pocas jornadas de flirteo y de sorpresa mutua. En un modesto hostal de Saint-Just, a medio camino entre su pueblo y las ninfas acuáticas, hicieron el amor como dos náufragos, ávidos de piel y de consuelo.

Un aroma de almendros en flor penetra los recintos del museo. La vice-curadora Henriette Auvers levanta los dedos del teclado para sostener su segunda taza de café y otear la marea citadina. Aprovecha esos minutos antes de recibir a los turistas que se aglomeran en la acera para salir al balcón contiguo y encender un cigarrillo. Entre bocanadas de humo, evoca esas veladas que compartieron en el pisito de Courcelles. Ella pretendía poner coto a su vehemencia, fingiendo despecho, y advertía como su negativa despertaba en cambio la excitación de su amante como un embrujo. Invariablemente, James se acercaba a su lado y la iba tocando con sutileza; las mejillas, el escote y los muslos, apenas con el dorso de la mano, en caricias furtivas… insinuándose, un niño en busca de indulgencia. Entre el sopor y el reclamo, Henriette acababa por ceder a sus besos, perderse en aquellos brazos cobrizos y aceptarlo en sus paredes de agua para arrojar de nuevo el tiempo con su ropa al suelo.

Meditabunda, la curadora apaga la colilla sobre la baranda de piedra, limpia el remanente de ceniza con un pañuelo y ahoga las lágrimas. De vuelta a su oficina para ordenar que abran las puertas al público, murmura aquel verso de Louis Aragon:

Et pendant un long jour assise à sa mémoire
Elle voyait au loin mourir dans son miroir…

Entre las sombras cambiantes y el bochorno, a un siglo de distancia, James puede paladear sus besos todavía y rememorar cómo se arrellanó en sus brazos; un enjambre de ternura – pensó en aquel momento – tan frágil, tan cautiva. Ella se rebeló contra ese apelativo, nunca se permitió la lástima y quizá no supo entender los gestos vagos de aquel hombre incapaz de expresarse más que con el cuerpo.

Decidieron que la pasión los mantendría unidos: en tal connivencia no habría que explicarse la intimidad ni darle cuentas a los otros o al futuro. La renuncia fue su condición de amantes, mientras los lirios acuáticos, uno a uno, floreaban en Abril, discretamente.

PS. La última semana de Abril de 1883, Claude Monet alquiló la casa campirana que sería su imperio de luz y de color hasta su muerte, misma que pudo comprar cuando el avant garde francés permitió revaluar su obra en vida. Durante casi treinta años, de 1899 a 1926, el afamado pintor se refugió en Giverny a pintar su estanque poblado de nenúfares. Se estima que pintó cerca de ciento ochenta lienzos, algunos magníficos,  como los que engalanan l’Orangerie en las Tullerías. Procuraba diversos ángulos y horas cambiantes para imprimir con su paleta los tonos y artilugios que gestaba ese paisaje íntimo. Para lograrlo, convenció a los moradores del pueblo en desviar un brazo del río Epte – tributario del Sena – hacia su jardín de sauces llorones, tulipanes y malvas. Protegió su legado con recato, acumuló los cuadros de sus amigos y rivales impresionistas junto a los suyos, y antes de morir, se aseguró que los más bellos se eternizaran en Vernon y en los museos más luminosos de París.

PS. La exposición “Melancolía”, preñada de 137 cuadros de una exquisitez sin paralelo, estará abierta en el Museo Nacional de Arte, Centro Histórico, del 4 de Abril al 9 de Julio. Vale la pena.

El incorpóreo discurrir

El incorpóreo discurrir

Hace algunas semanas, una paciente que renacía tras la extirpación de un cáncer de mama, crustáceo que se atrevió a merodear por sus pulmones, me comentó cómo descubrió su cuerpo durante aquella travesía. Cómo – asombrada y atragantada por el diagnóstico – palpó sus grietas y hendiduras, advirtió sus carencias y suficiencias; ante todo, como sopesó su lastre y su integridad de un solo golpe.

La visité poco antes de la mastectomía radical. No como médico, sino como un amigo solidario, consciente de todo lo que implica esa mutilación de la feminidad y de la existencia. Sus hijos estaban sentados, muy callados, bajo las persianas entreabiertas de la habitación. Parecían dos personajes solemnes, como si estuviesen ponderando la incongruencia del dolor y de la muerte que se tiene a los once años. Me figuré que absorbían el miedo sin reclamos, atentos a quienes entrábamos y salíamos un tanto intimidados.

Habían pasado varios meses desde aquella furtiva visita. Se le veía más entera – cabe decir – habiendo dejado atrás la resignación y el duelo. Llegaba a ponerse al día, retomar la vigilancia periódica y, sin necesidad de articularlo, a contarme que estaba más viva que nunca.

Por su formación académica, había teorizado repetidamente acerca de la fragmentación del cuerpo y su ensamblaje imaginario durante el desarrollo. No sólo vino a consulta, lo entendí tan sólo recibirla. A su manera, me quiso hacer depositario de su historia, de su perspicacia ante los distintos caprichos y senderos oscuros que se vio obligada a atravesar. De manera análoga, me dejé llevar; la escucha con frecuencia es quimioterapia.

– Fíjate, Doc – inició sin formalismos – que todo esto me arrastró por un accidentado viaje de introspección. Incluso puedo decirte que experimenté un episodio regresivo. Fueron horas confusas, dilatadas. Pensé mucho en aquello que llamamos el estadio del espejo. La gente en su mayoría desconoce la importancia de ese lugar común y quisiera contarte un poco. Me dices si te aburro, ¿eh? Con confianza.

Sonreí con agrado. No pretendí saber de qué me hablaba. Cedí el espacio y me arrellané en mi sillón de oficina con los brazos abiertos y la paciencia que su verdad exigía.

– Se trata de una instancia metafórica – continuó – durante la cual aprendemos a conocer nuestra corporeidad a imagen y semejanza de los otros, fundamentalmente quien provee el afecto nutricio, que es decir la leche, la supervivencia misma. Antes que eso somos sólo fragmentos, retazos de un ser que no se ha visto ni se reconoce como entidad, que no es un individuo distinto de la madre.

Me vino a la mente aquel célebre pediatra psicoanalista inglés, pero guardé silencio.

– ¿Habrás oído hablar de Donald Winicott, no?

Perplejo por la comunicación inconsciente, sólo asentí.

– En un trabajo seminal, Winnicott, a quien admiro y me ha ayudado en mi quehacer cotidiano como no te imaginas, destacó ese papel totalizador y formativo que permite la integración madurativa del cuerpo y de la psique a un tiempo. Es como ser contenido y presentado al mundo de las relaciones. Podríamos decir que consiste en in-corporar al semejante, aquel que provee afecto y amparo desde el momento en que ingresamos al mundo. Para Winnicott, el rostro de la madre ejemplifica este espejo metonímico que precede a la palabra, al idioma singularizado en pos de respuestas.

– Supongo que sabes que la idea fue tomada de Jacques Lacan – insistió con aire docto – quien postuló que cuando nos vemos reflejados en un espejo, asumimos una imagen, una manera de representarnos. Pero dado que antes de los dieciocho meses de edad carecemos de lenguaje y no hemos anexado aún las apariencias que la sociedad nos depara – por vía de sucesivas identificaciones -, es aquella imagen primigenia la que confiere una experiencia única de integración.

Abstraído por su inteligencia y locuacidad, pensé por un instante en mis hijos, con qué ignorancia presencié tal intercambio y aquella síntesis alegórica que los lanzó a la vida.

– Debo decirte que ese yo ideal vertido a partir del espejo es una fantasía. Nuestro ser verdadero, si tal ente puede concebirse, existe en los eslabones ausentes de nuestros afectos, y acaso hace emergencias furtivas en las sendas del inconsciente. Así, la ironía del desarrollo humano es que aspiramos a un yo que está roto de origen, incapaz de satisfacer nuestros deseos en el orden racional. Por ello estamos trágicamente destinados a obtener gratificación de los otros, en un vano intento de plenitud. El concepto es análogo a la noción nietzcheana del altruismo, que advierte que se trata de una pretensión para ejercer poder sobre nuestro semejantes. El sujeto que habla, en fin, está anclado en una imagen existencial que se construye a partir de la otredad y no de lo propio.

– Entiendo – le digo, tratando de no ser condescendiente – vivimos fragmentados, vestigios de nuestros ancestros e ideales.

Su silencio me desarma. Un vacío peculiar se apodera de mí, mientras asiente y baja la vista. Volteo a los estantes de mis libros, mi estetoscopio – que yace como una cimitarra exangüe sobre mi escritorio -, una bata blanca que no oculta lo roído de los codos. Transcurren unos minutos que parecen días, mientras cavilo en esta condición de ser quien cura y deshoja las margaritas del sufrimiento.

Presuntamente erradicado, su mal nos hace frente y nos desnuda. No quiero mentirle, pero me gustaría que alguien a contramano me ofreciera consuelo si me llegase la hora, aunque sólo sirviera para estirar la ilusión y la confianza. A la distancia, el sol vespertino se decanta como miel sobre las montañas. Hay flecos de nubes, como pinceladas blanquísimas, que advierten del aire y del ensueño. Ella, ligeramente marchitada por las arrugas o el calvario, ha recobrado el brillo de sus grandes ojos verdes, que observan el atardecer con cierta placidez y aplomo.

Su cara, que acaso espera de mí un alarde estadístico o una versión de la certidumbre, me resulta ahora extrañamente familiar. La pantalla de mi ordenador se ha quedado muda y tampoco encuentro las palabras que denoten que sé más de lo que ella percibe.

– ¿Se va a morir y nos quedaremos otra vez solos, cargados de interrogantes? – me pregunto en silencio.

Le propongo una salida tangencial. Nos veremos en cuatro semanas, sus estudios serán nuestros testigos inapelables. Y sólo por el placer de distinguir las hojas que caen en el caudal de este río mirado desde sus dos orillas, nos despedimos sin estrechar las manos, que esta tarde se confunden en el espejo.

El efecto muégano

El efecto muégano

Muégano: Dulce hecho con trocitos cuadrados de harina

de trigo fritos y pegados unos con otros con miel.

Una conducta que distingue a nuestra cultura es el temor conspicuo a la individuación. A diferencia de otras sociedades donde, para bien o para mal, los hijos son arrojados fuera del hogar en cuanto cumplen su periodo mínimo de escolaridad, en países como el nuestro, la crianza se extiende para satisfacer al binomio afectivo (usualmente madre-hija) como si se tratase de conservar un rehén a fin de mantener unida a la familia.

Las razones son múltiples. Escasez económica, dependencia emocional, limitantes en la oferta de trabajo, o simple temor a crecer e independizarse. Algunos o todos estos factores confluyen para mantener a la progenie en casa.

Naturalmente, el fenómeno se extiende a diversos ámbitos del comportamiento social. Recuerdo cómo mis colegas solían acudir a los congresos de nuestras filiales norteamericanas “en bloque”, como si al desplazarse en grupos pudieran protegerse de la vergüenza de interactuar en otro idioma. Atendían las conferencias juntos, comían en la misma mesa y recorrían las ciudades sede simultáneamente, además de viajar y volver en los mismos vuelos. Supongo que regresaban a sus hogares satisfechos de haber cumplido el compromiso y con un sentido renovado de emancipación.

La idea de “tener muchos amigos” o “provenir de una familia numerosa” es aún presunción relativa de éxito, porque lo emprendedor o “self-made” contraría los principios de adherencia. Un hombre solo, una mujer, así tomados de uno en uno, son como polvo, no son nada – cantaba Goytisolo. Estrofa que podría aplicarse a nuestra ontogénica resistencia a dejar el nido.

Resulta una tarea cada vez más compleja eso de independizarse, en buena medida por un mercado laboral cada día más exigente y selectivo, si bien debemos reconocer la falta de oportunidades que adolece gran parte de la población subempleada o en situación de miseria. Las escuelas técnicas no garantizan más un nivel de vida decoroso y una licenciatura por sí sola no asegura un ingreso estable. La globalización – tan vilipendiada como cuestionada – ha dejado grandes lagunas de insolvencia en el Tercer Mundo.

Pero al margen de atribuirlo exclusivamente a las diferencias de clase o  a la desigual distribución de la riqueza, que lo connotan pero no lo justifican, la falta de diferenciación es un fenómeno regresivo y atrofiante. Un sujeto que se queda en casa después de la juventud, por mucho que aporte materialmente a la estructura familiar, es un lastre al que hay que cuidar y consentir. Su presencia – de suyo sexualmente incómoda – violenta la intimidad. No es niño y, desde luego, no acepta el trato de dependencia que le impone la relación patente con sus progenitores. Para el padre es un rival tácito, para la madre es una extensión edípica que prolonga el lazo y lo pervierte.

La parodiada ideología de la “madrecita santa”, aunada al delirio del diez de Mayo, que se conecta en línea directa con la veneración de la virgen de Guadalupe – ubicua en talleres mecánicos, altares, coches de alquiler, bodegas y oficinas – es testimonio de que continuamos atados a nuestras progenitoras en una especie de cordón umbilical que nos perpetúa y nos protege. La invocación a la madre como un ser celestial que nos bendice cada mañana, hace las veces de un halo protector. En ese sentido, la religión católica ancló en la depuesta mitología prehispánica con un sincretismo idóneo: dios el inefable se expresa en los diversos santos que transitan en nuestra cotidianidad (la suerte, los amores perdidos o recobrados, los accidentes, el trabajo o el desempleo), y ante todo, habla mediante la madre omnímoda.

La voz de la madre, cabe decir, tan sutil o resonante como lo permita nuestro autogobierno y su propia capacidad para dejarnos crecer y aceptar nuestra naciente autonomía. Pero si eso la amenaza – porque tiene un marido evasivo o alcohólico, o porque su propia madre la secuestró – el hijo (habitualmente el primogénito o el benjamín) hace las veces de otro amor, sustituto y necesario. Suple a ese compañero ausente, violento e indiferente. Suple a aquella madre que no supo declinar, ni dar confianza o espacio. “Nadie me quiere como tú” – parece implorar tal reciprocidad.

El hijo en cuestión vive la necesidad de separación con una inmensa culpa. ¿Cómo atreverse a dejarla sola? De una u otra manera se mantiene atado, atento a sus carencias, obligado a cumplirlas para mitigar su ahogamiento. “Madura” a trompicones, acepta trabajos menores, se emancipa a medias o, mejor aún, consigue una pareja que se asemeje a su madre: celosa, impositiva, que lo libere en apariencia de aquel yugo, que sirva de continuidad y consuelo.

Como el amable lector puede inferir, la dinámica de sujeción trasciende las generaciones. Se aprende, se ramifica. Un hijo trae a su esposa a cohabitar con los padres, la nuera se convierte en una hija “postiza” como se suele decir, con todos los agravantes. Se les provee de una habitación o, cuando los espacios se traslapan, se dispone un cuarto aparte; construido o adosado al hogar familiar. Así, la tercera generación nace indiferenciada; la abuela deviene “Mamá Lucero” (Queen Mother para otras latitudes) en aposición a la madre biológica, y los nietos son absorbidos de manera perentoria. En turno lo son sus novias y así sucesivamente.

Cualquiera diría que no hay nada que objetar; la tribu se ayuda entre sí, multiplican su fuerza y sus recursos pecuniarios, establecen un orden moral inobjetable, porque los patriarcas lo imponen y vigilan su cumplimiento, ¿qué mal puede haber en eso?

Debo insistir. La familia no crece, se apelmaza. La madre continúa siendo la autoridad incontestable, su ley impera en ausencia de un varón que se ha desdibujado por su ausencia o su falta de verificación genética. “Los hijos vienen del vientre materno, cómo llegan ahí es mero accidente”- parece repetir el clamor ancestral.

Una madre así, permanente y celadora, “histeriza” todo vínculo en su entorno. Con ello quiero decir que se coloca en un lugar donde atrae la identificación de los demás con su deseo. Así, el hijo aprende a estar advertido de sus demandas (¿Qué se le ofrece, mamá?) y se pone a su servicio para intentar satisfacerlas, cosa que por definición no ocurre. La hija se siente desplazada; nunca será una mujer completa porque el deseo inconsciente de la madre es sojuzgarla y mantenerla cerca, y pese a que se rebela (más estruendosamente en la adolescencia), no logra distanciarse lo suficiente. ¿Podrá conseguir un marido que ella apruebe? ¿Tendrá hijos para ella, merecedores de su afecto? Una vez alertas, los nietos descubren primero en esa fragilidad una nota de asombro y después una fuente de melancolía que requiere ser alimentada. El deseo ha cerrado el círculo.

Ahora bien, la solución es harto compleja. Porque no depende del nivel educativo, aunque las oportunidades abunden; tampoco de enviar a los hijos lejos, porque el desamparo se acentúa y cobra su saldo emocional en otras esferas. Ahí está la incidencia de alcoholismo, drogadicción y hogares fracturados que sufren nuestros vecinos del norte.

La conciencia de que la función materna es complementaria y continente, si bien debe empoderar al padre frente a los hijos e incluirlo en el contexto edípico, no es algo que se aprenda con facilidad. Es más, podríamos decir que navega a contracorriente frente a la inercia cultural. En sociedades matriarcales como la nuestra, los hombres tienden a evadirse; lo fálico invita a la castración. Lo más atractivo es fugarse con los amigos, sumergirse como adicción en el trabajo o buscarse una amante, sedosa y opulenta, que lo embriague.

Más grave todavía es que en los tiempos que corren – literalmente – la gente no se detiene a reflexionar. Creen que el conocimiento y la capacidad de introspección se vende en Internet o se contagia si uno se aproxima a las personas con más habilidades o refinamiento. Ambas son falacias propias de una sociedad que prefiere evadirse en las pantallas antes que pensar o modificar el rumbo. Otra adicción, ni más ni menos.

Quedarse en casa como padre, detentando la ley, implica subvertir ese orden heredado. Darle amor a la madre para abonar su deseo e imprimir una distancia sexual con los hijos – hembras o machos -, es un cometido que requiere constancia y empeño. Un hombre que quiere cambiar el destino de sus hijos, para que alcancen otros horizontes y abracen su futuro sin grilletes, está obligado a cobijar a su mujer y procurar lo elemental para que vea a sus hijos como producto del cariño y no de su voracidad. No puede claudicar; hizo un compromiso con su linaje y consigo mismo. El imperativo categórico es proveer, cuidar la crianza y fertilizar el solar. Aquí y en todos los tiempos. Ella a cambio podrá abastecerlo de suficiencia y respeto, para que los hijos busquen superarlo y dejarlo atrás con gallardía.

Esto no es una fórmula ni pretende serlo, pero quiero dejar claro que hacer florecer a un ser humano, para que brinde lo más granado de sus facultades, para que irrumpa en la construcción de una sociedad más avanzada y autosuficiente, entraña dotarlo de alas y  dejarlo ir; trabajo del corazón más que de la inteligencia.

Postdata. Los remito, entre numerosos ensayos, al estudio clásico de John Bowlby (Un sustento seguro. El vínculo padres e hijos y el desarrollo humano sano) cuyo pdf encontrarán a continuación.  http://www.abebe.org.br/wp-content/uploads/John-Bowlby-A-Secure-Base-Parent-Child-Attachment-and-Healthy-Human-Development-1990.pdf