La inmediatez y el afecto

La inmediatez y el afecto

Son casi las tres de la tarde y el tráfico se aglomera en las calles aledañas al local donde comemos. Es un modesto restaurante italiano que se va llenando de ruido y comensales sin orden. Mi hija y su amiga Inés comen entre risas un plato de macarrones con queso mientras yo trato de ingerir un mal vino siciliano a la manera rústica. La espera me permite observar las mesas vecinas y trazar un panorama de la conducta cotidiana.
Me ha llamado la atención la pareja a mi izquierda. Con cierta diferencia de edad, parecen bien avenidos. Engullen con avidez una ensalada y ella conduce entre bocados la conversación. El hombre tiene a su lado un teléfono celular que atisba constantemente siguiendo un partido de fútbol, mientras asiente y responde con la boca llena a su interlocutora. Ella parece cómoda con el arreglo, habituaba a esta desatención y sin reparar en el partido que sigue su curso entre frases truncas y miradas esquivas.
Las niñas frente a mi ríen y se incorporan un par de veces para explorar los lavabos. Les dedico tiempo y bromeo con ellas mientras insisto en que coman y dejen en paz su gaseosa. Mantengo con toda conciencia mi teléfono celular en el bolsillo para evitar que este preciado rato de alegría se desvanezca entre llamadas o mensajes insustanciales. ¿Cuál puede ser la urgencia que me distraiga de gozar las travesuras y la curiosidad de estas pequeñas? ¿Cuándo tendré otra oportunidad de estar solo con ellas?
Cuando Donald Winnicott habló del “holding” (contención) y Michael Balint de la confianza básica, no podían prever que viviríamos esta época de evasión y esclavitud con las pantallas. El teléfono celular se ha convertido en una compañía indispensable, al grado que se percibe una escandalosa desnudez cuando se olvida.

Además de arrebatarnos la atención y diferir el contacto con los otros, el móvil funge como una escafandra, un manto de invisibilidad y un prisma para ver y no ver el mundo. Las mujeres jóvenes de mi ciudad lo cargan como un arma en el bolsillo posterior de sus jeans, listo para acometer a la menor provocación. Lo adornan, lo visten, lo personalizan y lo saturan de instantáneas que compartirán una u otra vez como si fuese su carnet de identidad. Ese vestigio que no dice nada de ellas, ni de sus intereses e historia personal, pero que ciertamente las define. Es sólo una suma de momentos, sin orden o sentido, que las matiza como un vestido efímero para la ocasión.

Los hombres, a nuestra vez, nos sumergimos en las noticias, los deportes, la sátira o la admiración de mujeres inalcanzables, forjando un escaparate privado que no deja lugar a la comunicación. Es el teatro instantáneo, fugaz, que nos distrae y alimenta para no vernos obligados a reparar en el afecto. Evasión permanente, adicción por lo virtual.

Debemos reconocer que para lo inmediato los sentimientos son redundantes; basta un emoji, un meme, un GIF o un monosílabo. “El imperio de lo efímero”, sentenciaba Gilles Lipovetsky hace treinta años, anticipándose a esta época donde nada se queda y, a la vez, todo se apetece. En ese libro medular, se refería en primera instancia a la moda; también a la seducción y la diferenciación marginal que gobiernan a las sociedades modernas. Señalaba que somos presa de la inconstancia frívola, que a su vez determina una organización clasista dictada por las apariencias. Nada más vigente; se trata hoy del caldo nutricio que alimenta las redes sociales. El goce, en el sentido psicoanalítico, que suple al deseo porque lo colma en especie pero nunca lo satisface.

Compramos, bebemos, mandamos mensajes que se desvanecen como humo, pero somos incapaces de sentarnos frente a frente para mantener un diálogo y explorar las ignotas profundidades del afecto.  Incluso en psicoterapia – que se pretende un espacio libre de distracciones externas – suenan los teléfonos y algunos pacientes extraen su celular para mostrar el intercambio que tuvieron con su pareja, porque ya no lo pueden verbalizar o acaso revestirlo de una interpretación subjetiva. Asi sucedió, nos dicen; tal cual, eso es lo que prevalece. Lo virtual ha tomado el mando de nuestras vidas y socavado nuestras emociones.

A riesgo de forzar la analogía, me atrevo a pensar que las relaciones humanas hoy en día han sufrido mucho con la intromisión de las imágenes flotantes. Vivimos en una era donde los matrimonios son frágiles, el sentido de comunidad es casi nulo y la soledad nos ha tomado por asalto. Las desavenencias conducen fácilmente a separaciones y divorcios, porque la axiología que nos mueve no es fundacional y mucho menos perdurable. No tengo porqué rendirle cuentas al otro, tolerarlo o aguantar sus desplantes. Mejor me voy, me busco a alguien más que me descubra fresco y virginal. Frente a una pantalla no seré juzgado, puedo criticar y sumarme a la masa sin ser visto. Mi carátula (Facebook) hace de mí un engendro imaginario, que matizo a placer y del que puedo esconder lo más vulnerable. Por mis fotos y “likes” me conocerán.

No se trata de añorar el pasado bajo el argumento de que entonces carecíamos de distracciones y lo concreto se plasmaba en toda realidad circundante. En efecto, por motivos morales o acomodaticios, resultaba más difícil romper un compromiso conyugal sin haber sopesado al menos lo que quedaba a la deriva. Constancia objetal, afirmarían mis colegas; un bien inmaterial aunque poderosamente necesario. Quizá la inmediatez y el universo de lo evanescente nos han creado la idea de que cualquier cosa es reemplazable: el celular por la versión siguiente, la hacienda familiar por el departamento donde cada cual se encasille, la ropa de invierno por la de verano; en fin, la pareja de muchos años por otra que nos vea mediante el reflejo narcisista que pretendemos proyectar.

El atenuante de esta tarde es una pareja al fondo del restaurante que conversa nutridamente, separados apenas por sus bebidas. Ella se percibe vehemente, gesticulando para enfatizar sus ideas. Sonríe y convoca el interés sostenido de su interlocutor, a quien tengo de espaldas, pero que advierto como se inclina para absorber sus palabras. Me pregunto si este encuentro será definitivo para afianzar su relación, pasar de la amistad y el interés mutuo a la seducción. Espero que sí, ninguno ha blandido su celular en media hora de elocuencia. Debe ser un nuevo récord.

Todo encuentro humano contiene un fulgor sexual; a veces más tenue, más soterrado y también, por supuesto, reprimido. Así lo aprendimos con las caricias de nuestra madre, la interdicción del padre y la rivalidad con los hermanos. Nuestro cuerpo es el depositario de toda esa carga libidinal que nos retrata y no delata. Imaginen un mundo donde tocar y besarse no conduzca más a un lenguaje duradero, a una cierta permanencia, a la posibilidad de compartir el camino y los horizontes.

Si algo temo de esta sumisión a las pantallas y los íconos virtuales, es que dejemos de olernos con ardor, acariciarnos con ternura, escucharnos con paciencia; en suma, desearnos y brindarnos.

Los convoco a retomar esa voz – que remeda a la que nos arrullaba -, esa piel – como aquella que nos mostró el calor y la confianza – y ante todo, ese tiempo, cuando nada era perentorio porque el cielo se abría ante nuestros sentidos y no había obstáculos que nos conminaran a saciar anhelos vacuos.

No es una quimera; guarden su celular, apaguen por un rato sus monitores, aparquen sus autos y disipen su motor interno. Miren a su alrededor, deslúmbrense otra vez; abran un libro inesperadamente, escriban su historia, enarbolen una causa justa, apelen al otro y resistan, hoy más que nunca, el vasallaje de lo efímero.

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La memoria es un país extraño

La memoria es un país extraño

Me resisto a creer que sobre aquel farallón de Corbera sus ojos verdes perdieron irremediablemente el brillo. Que la magdalena al estilo de Saint Beuve dejó de evocar los relatos de la abuela y su deceso. Que un abrazo puede subvertir por un momento la melancolía de toda una existencia.
Sueño a veces con esa travesía de noche en el Mediterráneo, en pos de otra cordillera y sin esperar que amaneciera, porque era inaplazable un rompimiento con el candor y la culpa. Nos recibieron la soledad y la aventura, entreveradas con la suspicacia de todo un pueblo, ese que aguardó lo indispensable para acogernos. Las mentiras azotaron el paraíso y en una tarde otoñal, con mi fractura a cuestas, ella se descubrió los senos, convidándome. En todo caso diré que la recuerdo así, aspirando juntos el aire vespertino y en espera de que el otro reaccionara ante el deseo o el desamparo compartido. Nunca más una piel morena me deslumbró tanto ni con tal desvarío. Supe que nos separaba un mar de inconsecuencias y que ella volvería a su isla volcánica en tanto que yo callaría aquel abandono para evitar más heridas.

La memoria es un país extraño, me confesó una amiga filósofa cuando intentamos reunir a un grupo inquieto para explorar sus meandros y teorizar al respecto. Ahora despierto en un cuarto de hotel, las sábanas revueltas por mis pesadillas y se abre ante mi la madrugada sobre la costa sur del país que me vio nacer y nunca ha sido mío. Ayer recorrí trescientos kilómetros de carretera en aras de explorar los contrastes que alguna vez, desconcertado, les mostré a mis hijos varones para recuperarlos. Un horizonte azul, indiferente, y la glotoneria de los forjadores de hipotecas definen el paisaje. (No sorprende que California sufra una sequía y la deuda pública más onerosa de la Historia).

Había decidido entonces emprender un camino distinto, apreciar la realidad con avidez y ceñido egoísmo. En fin, dejar atrás aquello que habría elegido cuando la ingenuidad atropellaba mis impulsos. Lamento mucho haber herido a quien puso la esperanza en mi, frente a un proyecto incierto. Ante todo, haber ofrecido aquello de lo que carecía. Acaso el perdón llega en forma de algún cáncer o la pérdida de la lozanía, que nos persigue y termina por arrebatarnos la libertad, sin previo aviso. Mejor, son las caricias de una mujer que aún me espera, pese a todo.

Anticipando el alba, reflexiono que somos fruto del pasado, que cuelga como una capa sucia de nuestras espaldas, que nos impele a creer que asimos por un instante furtivo el presente, cuando es obvio que se ha ido.

Pasamos la vida reparando: errores, vocaciones, aspiraciones truncas y amores que dejamos marchitar porque nos pudo más la sed que la nobleza. Estoy convencido que mi torpeza guió mis pasos mucho más de lo que hubiese querido; lo inconsciente nos derrama en vaivenes por la vida. Propalado por el vendaval de la vehemencia, no hay perdón que me exonere.

Más viejo hoy, más reflexivo, tengo un territorio ajeno que explorar no bien despierto. Estoy por concluir la novela – conmovedora por su desgarramiento – que le valió al israelí David Grossman el premio Booker internacional hace unos meses. Describe a un hombre afectado por un cáncer terminal que hace de comediante en un bar de Netanya. Le pide a un juez, amigo distante de la infancia, que atestigüe su debacle. Inmerso en un frenesí de recuerdos, compasión y burla, se va derrumbando frente a la conmoción de su auditorio. Un caballo entra en un bar, nos dice, y la realidad deja de tener sentido.

En este viaje acudo a un congreso multicultural, donde a miles de colegas nos une un propósito ambiguo tanto como el silencio. Se mezclan rasgos asiáticos, latinos, árabes, nórdicos; una muestra al azar del mundo con fronteras difusas que habitamos.

Hace tres décadas crucé castillos de nubes y mares ignotos para explorar el alcance de mis conocimientos. Pese a mi edad, era un niño ansioso que se creía con derecho al Parnaso. Pero Apolo y las musas se mostraron elusivos. Hice lo imposible; rivalizar, encarar cada reto, escribir mi tesis mientras descubría encantos y me confirmaba como extraño. Un cementerio de nociones y versos me cobijó durante casi cuatro años de búsqueda. Por momentos, fantaseé en una Europa que me incluía, que rescataba mi herencia mediterránea y me daba cabida como un ciudadano más. El tiempo, que todo lo hace lapidario, curó mis ilusiones. Regresé sin amigos, sin ataduras y quizá ése fue mi más logrado desenlace psicoanalítico. Me puedo ubicar de vuelta en Nepantla, el sol seco a plomo, mirando el valle agreste con añoranza y enfundado en las mejores intenciones. Con la distancia, he perdido colegas (los más por laxitud, algunos rotos por neoplasias), desconozco aquellas orillas – el Támesis, Dover, Yarmouth o su playa pedregosa – y me declaro un poco a mi pesar como un apátrida.

Cada hombre refrenda en voluntad la analogía con la Odisea. No son los lestrigones, el delirio de las sirenas o el heroísmo lo que nos mantiene erguidos, sino el retorno a Ítaca para reencontrar a la mujer que teje nuestra ausencia para no olvidarnos. No obstante, vencidos por las batallas incontables, reducidos a mendigos y con el narcisismo fatalmente lastimado, es Euricleia, la nodriza – que conocía nuestras cicatrices desde niños -, quien nos identifica y delata ante a la esposa abandonada. Morir, en fin, es aceptar que nuestra huella fue  borrada sin remedio.

Puedo afirmar mientras escribo que para todos estos cófrades que me rodean, mi presencia es del todo irrelevante. (Un joven doctor japonés ronca su Jet-lag justo a mi lado; prueba contundente). Amigos o desconocidos, mi voz no evoca ningún significado y podria gritar mis méritos sin despertar nada más que su molestia. Vuelvo al comediante que retrata Grossman con tanta sutileza: la vida es una declaración de principios y fracasos. Sólo la ternura (o el recuerdo insomne de los otros) nos rescata del abismo.

PD. No dejen de leer, no cesen de remar. Penélope aguarda en puerto con esa urdimbre que nunca se termina.

Lecturas recomendadas.

Marcel Proust. Contra Saint-Beuve. Alianza Editorial, Madrid 2016.

Eric R. Kandel. In search of memory. W.W. Morton & co. New York, 2007.

David Lowental. The past is a foreign country. Cambridge University Press, Cambridge 1999.

David Grossman. A horse walks into a bar. Vintage, New York, 2017.

Un amanecer sublime

Un amanecer sublime

Amazing Grace, How sweet the sound
That saved a wretch like me
I once was lost, but now am found
T’was blind but now I see

Abel despertó bañado en esa luz incandescente que no procedía de un solo astro. Instantes después, de nuevo la penumbra, insondable. Su cabaña estaba rodeada de vapor; un vestigio del bosque de coníferas que habitaron en otra época. El ambiente era espeso, como si el sol hubiese tocado tierra y secado todo cuanto alcanzaba a ver desde el balcón. Se advirtió sudoroso, sumido en una fatiga inusitada. En el espejo de rubidio encaró su imagen. ( – De las pocas cosas que no saquearon – pensó, recién instalados en ese ático sombrío. – Vampiros sin imagen ni propósito).

Las ojeras y las conjuntivas púrpuras lo delataban, la mirada sin brillo. Había perdido cabello en mechones y, ante todo, cualquier atisbo de sonrisa. Se reconoció apenas en esa faz inane con las mejillas agrietadas de tanto andar bajo la capa de ozono. La barba cubierta de rosácea y vello de muchos días. Se tocó el pecho para encontrar él ápice del corazón y recorrió su costillar que cada mañana se hacía más prominente. Tenía las uñas rotas y llagas en las manos. Manos que ya no reconocía como suyas. Buscó a su mujer en todas las habitaciones y la encontró en el baño, temblando pero con la cara tumefacta y con fiebre.

  • No me siento bien – logró decir antes de desmayarse.

La aupó en brazos, pese a su debilidad y falta de aliento, y la llevó como pudo a la recámara, donde sólo quedaba la cama apoyada en ladrillos. El colchón estaba enmohecido y tenía manchas añejas de sangre y orina. Habían conseguido pernoctar ahí durante varias semanas, en esa ruinosa construcción sin ventanas; soportar los fríos y el viento ácido de invierno nuclear que penetraba cualquier orificio.

Una vez que se cercioró de que aún respiraba, Abel separó como pudo las vigas del armario, y extrajo una de las últimas botellas de agua que pudo rescatar de la hecatombe. Tenía un color arenoso, turbia de residuos, pero al menos no daba cuentas en el detector de radiación que portaba siempre en la muñeca. – Este instrumento del demonio – dijo alguna vez, aunque tantas otras le había salvado el pellejo. Salpicó la frente y cuello de su esposa, quien volvió de su sofoco con asombro. Elevó su cabeza con cautela y le dio de beber el líquido sucio confiando en que no lo vomitara. – Reposa – le dijo, mientras ayudaba a desvestirla para aflojar sus tres capas de andrajos.

Afuera sólo se oía el rumor de la ventisca y, más distante todavía, el fragor de alguna batalla sin vencedores. Se asomó para observar los desechos de tanques y armamento, paranoico como todos los días, esperando encontrar algún exiliado ávido de alimento o agua. Una semana atrás se había topado casi de frente con un engendro, verdadera emanación del averno, que cargaba con dificultad un piolet y farfullaba algo a gritos en un idioma desconocido. Abel entendió de inmediato que era un mercenario. Lo delataba su uniforme con camuflaje, roído y pestilente, el muñón del brazo derecho y la horrible cicatriz que le deformaba la cara; una quemadura de antorcha-láser, usada por los jihadistas.

Entre la suciedad y el tizne que cubrían sus facciones, era difícil adivinar su raza, pero Abel comprendió al instante que provenía de los ejércitos caucásicos de la antigua cuenca del Mediterráneo y que no dudaría en matarlos a él y a su disminuida esposa. Como pudo, sacó fuerza de su terror y se abalanzó sobre el monstruo aquel implorando a su compañera que le acercara un cuchillo o una piedra para neutralizarlo. Logró derribarlo, sujetando el brazo armado para impedir que le asestara un golpe a quemarropa, pero la fuerza del hombre lo superaba sin remedio. Además, el salto lo debilitó más, porque cayó sobre el borde de setos secos que rodeaban la cabaña y sintió con toda certeza cómo se desgarraba el tórax.

  • ¡Emma, Emma! – chilló, a punto de desfallecer.

Inesperadamente, la mujer salió por detrás de las dos figuras que forcejeaban y sin más, clavó un cuchillo de cocina con toda su fuerza en el ojo abierto del soldado. Éste extendió las piernas, liberando a Abel, en un arrebato convulso y herido de muerte. Berreó e insultó en su extraña lengua por dos o tres minutos larguísimos hasta quedar inerte, como si un rayo lo fulminase de un exorcismo. Emma cayó entonces de rodillas y empezó a rezar bajo la lluvia gris que caía sin tregua. Su esposo la tomó de los codos para incorporarla, pero ella se resistió, llorando desconsoladamente y pidiendo que todo esta pesadilla acabara para siempre. Abel se contuvo, la miró con gratitud, con profunda pena, y esperó a que se calmara un poco para llevarla de vuelta a su refugio.

En otro tiempo perdido, Emma había sido una doncella de belleza sin igual. Su cabello rizado caía en cascada sobre los hombros, enmarcando la alegría de su rostro eslavo. Sus ojos pardos, enormes – solía decirle -, fulguraban con ese brillo que heredó de sus ancestros árabes. Se sabía mantener delgada comiendo con prudencia, aunque nunca tuvo un cuerpo atlético y más bien destacaba por sus senos pequeños y curvas finas, sin prominencias. Las primas de Nueva Ammán la apodaban Scherezade, en alusión al mítico personaje, rescatado de un roto archivo entre los escombros del segundo Emirato de Ar Riyad.

Bañada en lágrimas, le pidió que la arropara, que le recordara cómo habían sido una familia en otro mundo, en otro tiempo. Poco a poco se fue calmando, sumida en su abrazo y su silencio redentor. Como pudo, cohibiendo el sollozo, le susurró:

  • Sabes, cuando no queda nada, bastan el rezo y el llanto.

Abel no supo qué contestar. Tras la tercera ojiva nuclear, aún cegado por el fuego que abrasó la montaña entera, corriendo como un loco para salvar a los niños de la granja ecológica en Ciudad Tigris (la ancestral Mosul), abdicó de ese dios, que ya no los protegería. Los restos calcinados de la comunidad chiíta de Al-Benahim estaban salpicados de cadáveres. Rodeado de militantes que coreaban venganza y lanzaban al aire disparos con sus fusiles termonucleares, el Dr. Abel Harari no se daba abasto entre las curaciones y las eutanasias por compasión. Ningún suero repolarizante fue suficiente. Los robots quirúrgicos trabajaron sin parar hasta que se quebraron por falta de mantenimiento y los iatrotécnicos tuvieron que recurrir a métodos artesanales – ya olvidados – para operar a los heridos y quemados.

Los fulminados por tanta radiación siguieron cayendo como fichas de dominó. Los viejos y los infantes primero, después los enfermos crónicos, sobre todo aquellos que tenían enfisema por neutrinos, un padecimiento que debutó a mediados del siglo XXI. También los afectados por neuroartritis del virus Omega RT254, un mal espantoso que les impidió alejarse a tiempo de las detonaciones atómicas, dada su invalidez física o mental.

Después de aquella catástrofe, Abel le rogó a su mujer que dejara el centro de rescate (quedaban sólo lechos vacíos y centenares de cadáveres en proceso de putrefacción o embalaje) y escapara con él. Tras dudarlo unos días que se antojaban interminables, huyeron hacia las montañas de Amanus al norte del Sinaí, esperando que la CCC (Coalición Caucásica Cristiana) del Oriente Inmediato respetara el alto al fuego por acuerdo humanitario. La esperanza resultó en vano. Tampoco esta vez los ejércitos en conflicto acataron el convenio, mucho menos sus huestes.

Huyendo de propios y extraños, encontraron esa construcción después de caminar sin rumbo por meses, escondiéndose en bodegas abandonadas, cuevas que antaño ocultaron víveres – restos descompuestos larvados de roedores –  y bajo refugios antiaéreos atestados de gente atemorizada y hambrienta.

  • Sólo nos resta esperar, mujer – le dijo, cansado de tanta violencia y angustia.

Emma lo miró con ternura y le pidió que hicieran el amor, como la primera vez, cuando todo era promesa y aún amanecía.

Los emigrantes

Los emigrantes

 

There is no antidote for the opium of time.                                                                           Thomas Browne (Hydriotaphia, 1658)

Lo esperaba en la cama todas esas noches, semidesnuda, hasta que perdió la fuerza. Arropado en su cuerpo sudoroso, bajo la oscuridad eterna, disipaba su melancolía y se dejaba arrastrar, con ese parsimonioso oleaje que conocen los amantes. Degustaba sus besos, las caricias que permitían delinear su carne blanda, siempre añorada. Era tanto como ausentarse, dar la espalda al día, renunciar al clima o la época del año. Desoír el barullo de las calles y de sus propios pensamientos, que hubiesen querido asaltarlo y trastocar la mansedumbre que se permitía por unas horas escasas y esporádicas.

Conocía las vetas erógenas de su cuello, aquella adusta reticencia hasta que sucumbía al fragor de su aliento. Deslizaba las manos por su espalda y encontraba la curva exacta de los glúteos, tensos ante el tacto súbito y arrojado. Ella se permitía el abrazo, esa envoltura tierna; y de pie ante la cama, lo tomaba del sexo para adueñarse de su virilidad y del tiempo. Era entonces como sumergirse en un océano incierto, donde sólo el jadeo rítmico dictaba el oleaje y el instante de entregarse o postergar el rictus; dentro, más dentro…hasta colmarse.

De tanto en cuanto, el golpeteo del LP girando en la tornamesa, un relámpago distante o una pelea de gatos los despertaba a media noche. Besar su cuello era una confirmación de la complicidad, de la imperturbable rendición del deseo. La mujer salía apenas del letargo y se frotaba contra sus piernas con el sexo húmedo, para encenderlo y retenerlo.

Con aquellos desencuentros se fueron haciendo añejos. Resuelta, ella devino escritora con pulso propio y viajó hacia el mar, donde sólo la brisa podía perturbarla. Conoció la felicidad de ser madre, e incluso acunó a un hijo adoptivo que la vida había abandonado a su suerte. Se puede decir que enfrentó sola las tempestades, recogiendo redes cuando sus playas eran azotadas por la furia de los vientos o de los hombres. Sobrevivió, pese a todo. Su fragilidad fue como esos lirios que soportan las tormentas, y una vez que abre el cielo, se recuperan casi intactos cuando a su derredor los árboles y las hojas han caído.

Los hijos crecieron y volvieron a la ciudad, con sus avatares y sus preguntas a cuestas. Ella los alentó a marcharse y se mostró entera; lloró para sí, en silencio y sin confesarlo a nadie. Gradualmente vació los armarios y los estantes. Los reemplazó con libros, recuerdos, las mismas fotografías de antaño y una gata que envejeció a su lado, más aprisa, indiferente al ocaso.

El hombre, en cambio, se sumergió en un torbellino. Menos reflexivo, escaló montañas hasta romperse las costillas, peleó batallas ajenas y curó las cicatrices en lechos efímeros, como hacen los gladiadores. Crió familias, edificó casas que abandonó cuando era hora, impelido por sus ambigüedades y su pasión irredenta, abriendo sendas, deshojando anhelos.

Llegó el día en que se aplacó su tenacidad. Lo advirtió al despertar y detallarse como un cadáver recién descubierto ante el espejo. Estaba en un baño de hotel en Delft: desde la habitación contigua resonaba el sopor de una extraña. A través de los ojos lánguidos, trazados con ese rojo amanecer de la ebriedad, se concentró en su anatomía. Había perdido el brillo de cualquier juventud, incluso la sonrisa se había extenuado hasta perderse entre arrugas. Los brazos fláccidos apenas sostenían el torso y constató otra vez esa respiración entrecortada, de fumador, de simple veteranía.

Pasó la tarde solo, contemplando el cuadro de Rembrandt que muestra al Dr. Tulp mientras inicia la disección del ladronzuelo Aris Kindt en el Waaggebouw. En esa imagen profética, sus alumnos miran el diagrama que sostiene otro científico invitado, René Descartes, alguna vez versado en el cuerpo y la caducidad del alma. La mano expuesta e invertida fue un error deliberado del pintor – se aduce – para revelar la naturaleza malsana de la víctima durante tal ejercicio patológico. Supo entonces que era imposible volver. Que aquellas oportunidades – en un bosque, frente a las puertas de un quirófano – eran ya territorios olvidados. Ambos torcieron el rumbo, quizá fruto de un magnetismo recíproco, que los mantuvo atraídos pero distantes. De nada sirve amar cuando hay tempestades que ahogan los sueños y náufragos que deliran en la soledad de la noche.

Han transcurrido pocas décadas. A diferencia de mi padre, yo decidí quedarme en la ciudad que me vio nacer. Son épocas difíciles, la práctica ha cambiado y los enfermos escasean. Las exigencias de la vida adulta me pusieron en el derrotero del consultorio, la atención hospitalaria y, a pesar de los atolladeros citadinos, sigo haciendo visitas a domicilio para mis entrañables pacientes. Trato de diversificar mis recursos. Compré una pastelería –  incipiente negocio familiar – y ahorro como contraparte de la inflación que no cesa. Acumulo historias y entre ellas, algunas que atañen al duelo.

Cuando Eva vino a consulta aquella tarde, le pregunté por su madre.

  • Está bien – me dijo complacida – aún escribe sonetos y se refugia en los libros. Es independiente, siempre lo fue y supongo que lo será hasta su muerte.

Sonreí y proseguí con el interrogatorio, fingiendo discreción.

  • Tengo anotado que estás tomando cien microgramos, además de los fármacos para el colesterol y tu reemplazo hormonal. ¿Tienes alguna molestia nueva?
  • No, todo bien. ¿Y tu padre? – inquirió, envite que no esperaba.
  • Hmmm – murmuré pensativo – creo que murió feliz, a pesar de su deterioro físico. Le gustaba el beisbol y un día, sin más preámbulos, notó ciertas contracciones en una pierna. A poco de ese síntoma inquietante, apareció la debilidad en los brazos y, para ahorrarte su lenta progresión, empezó a tragar con dificultad y la voz se le fue agrietando…

Me mira con ojos bien abiertos, apenada.

  • No sabía – musita – ¡qué pena que sufriera tan terrible enfermedad!
  • Perdona, Eva, me dejé llevar por el recuerdo. Es un devastador trastorno neurológico; le llaman la enfermedad de Lou Gehrig, en honor a un gran beisbolista que la padeció.
  • Pero tu padre ¿volvió a México? – me pregunta en un tono que me remite a las descripciones relativas a su madre.
  • A la sombra de su nostalgia. Un diletante en busca de sí mismo.

Ambos callamos; nos une una fraternidad curiosa, que es preferible no ahondar. Reviso su tiroides, me detengo en las molestias respiratorias que la aquejan y le advierto de algunos nevos que tendrá que vigilar para evitar riesgos. Tras escribir la receta y señalar los exámenes de seguimiento, me incorporo.

  • Te veo en dos meses, querida. Saluda a tu mamá con mucho cariño. Evítale detalles, si es posible.

Al verla partir, me pregunto si se encontraron antes de que él muriera. Si la quiso tanto como me confesó cuando estuve a punto de divorciarme y rastreé su consejo.

  • En la vida lo valioso está en sumar, hijo mío – me espetó.
  • ¿La extrañas? – pregunté al garete.

De forma súbita, el rostro de mi viejo se desencajó y los ojos pétreos se empañaron.

  • Sin ella nunca hubo tierra…ni fronteras – alcanzó a decir, sotto voce, antes de alejarse. Me prodigó un abrazo, que en cierto modo conservo como testimonio de que el afecto fue un enigma que trató de descifrar inútilmente.

Supongo que lamentaba que aquella delicada mujer que le enseñó a salir de sí mismo, a invalidar sus desventuras, no pasara el resto de sus días leyendo a W.G. Sebald frente a él. En especial “Los anillos de Saturno”, que fueron de algún modo la metáfora de los satélites fragmentados que gravitaron en su entorno.

Lecturas recomendadas.

Nina Siegal. The anatomy lesson: a novel. Anchor Books, New York 2014.

Brown RH & Al-Chaladi A. Amyotrophic lateral sclerosis. N Eng J Med 2017; 377: 162 – 172.

Winfried Georg Maximilian Sebald. The rings of Saturn. New directions, New York 2016.

También sugiero esta interesante lectura acerca de la vida y muerte de W.G. Sebald: http://www.letraslibres.com/mexico-espana/el-caso-sebald (publicado por Rodrigo Fresán el 31 de Julio de 2003)

 

 

La lentitud

La lentitud

Ante el flujo caótico de automóviles que me circundan, enciendo el radio. Una sonata de Brahms me sumerge en la remembranza. Atraigo aquella luz invernal de una calle de Mallorca, perfumada por el aroma de los almendros en flor; cuando no había prisa y la ansiedad se había detenido entre las piedras. Me preguntaba entonces si la vida tendría ese ritmo pausado, si la mujer que caminaba distraída a mi lado me acompañaría por un largo trecho o solamente hasta torcer la esquina. Una anciana lavaba con desgano el polvo de su ventana, abierta de par en par a fin de observar con detenimiento a quienes se atrevían a merodear por sus rumbos. Había algunas mariposas, señal inequívoca de que la tierra se desperezaba.
Trabajábamos con deleite, poco atentos al salario que no admitía comparación en aquel mundo bucólico de exiliados. Como peones, ocupamos una habitación lúgubre de esa masía añosa cuyos lechos daban muestras evidentes de abandono. Olía a humo de leña y a vapor de muchos muertos.
El desayuno era frugal: pan campesino almacenado con el relente preciso al que frotábamos tomate, sal y un aceite de oliva cuyo paladar me ha seguido por la vida.

Me correspondía, aún aletargado, extraer los huevos de las pavas y gallinas, ejercicio que requería correr tras de la implicada hasta cercarla y someterla. Sin urgencia, insisto; lo perentorio llegaba con el sosiego, tanto como la neblina que se disipaba en nuestro entorno.
Cada mañana caminábamos hasta el olivo en turno; había que desbrozarlo de maleza hasta dejar el tronco limpio y las aceitunas a punto. El proceso ocupaba buena parte del día. Segar, juntar los rastrojos, atar los haces de leña fresca y transportarlos hasta el horno distante. A todos luces parecía un despropósito, pero entendimos pronto que cumplía la función alterna de cocinar ladrillos, aligerar la carga y pagarle a diversos acreedores.
Una vez que caía la tarde y traíamos de vuelta al rebaño de ovejas, nos arremolinábamos en torno de la desvencijada chimenea, mientras “sa patrona” (en mallorquín) rebanaba ínfimas hojas de pan añejo para hacer “sopas”. Los perros husmeaban a nuestro lado en busca de migajas y contábamos historias de nuestros países natales para alargar la velada.
Cuando leí a Milán Kundera, veinte años después, no pude más que maravillarme de esa parsimonia. Una estrofa acerca del vínculo afectivo y su volatilidad se me quedó grabada; cito:
El sentimiento de haber sido elegido está presente, por ejemplo, en cualquier relación amorosa. Porque el amor, por definición, es un regalo no merecido; ser amado sin mérito es incluso la prueba de un amor verdadero. Si una mujer me dice: te quiero porque eres inteligente, porque eres honrado, porque me compras regalos, porque no vas con mujeres, porque lavas los platos, me decepciona; ese amor tiene todo el aspecto de ser algo interesado. Cuánto más hermoso es oír: estoy loca por ti aunque no seas ni inteligente, ni honrado, aunque seas mentiroso, egoísta y sinvergüenza.
Tal vez sea en la cuna cuando el hombre conoce por primera vez la ilusión de haber sido elegido, gracias a los cuidados maternales que recibe sin mérito y que por ello reivindica aún con mayor energía. La educación debería liberarle de esta ilusión y hacerle comprender que todo en la vida se paga. Pero a veces es demasiado tarde”.
En todo caso replicamos ese sentimiento que moduló nuestra infancia tanto como el deseo prístino de ser amados, sin premura, sin futuros o promesas hueras. Como se pueda, malgré tout.

Pero ya es tarde, advierte Kundera. Me resisto a creer que sobre aquel farallón de Corbera sus ojos verdes perdieron irremediablemente el brillo. Que la magdalena al estilo de Saint Beuve dejó de evocar los relatos de la abuela y su deceso. Que un abrazo furtivo puede subvertir por un momento la melancolía de toda una existencia.
Sueño a veces con esa travesía de noche en el Mediterráneo, en pos de otra cordillera y sin esperar el alba, porque era inaplazable un rompimiento en contra de la ingenuidad y la culpa. Nos recibó la peripecia en ese invierno que palidecía, enfrentados con la desconfianza de todo un pueblo – encallado en el franquismo -, ese que aguardó lo indispensable para acogernos.

Fuimos felices hasta donde la inmadurez lo sentenciaba, dilapidando el dinero y componiendo canciones de marineros y gaviotas. Poco después, las mentiras azotaron el paraíso y nos escindimos. Me quedé atrás por accidente y en una tarde otoñal, con mi fractura a cuestas, ella se descubrió los senos, convidándome. En todo caso diré que la recuerdo así, con el torso desnudo, aspirando juntos el aire vespertino y mirándonos desde el fondo del mar que nos separaba. Nunca más una piel bruñida me deslumbró tanto ni con tal desvarío. Supe que nos despedía un vértigo de inconsecuencias, que ella volvería a su isla volcánica en tanto que yo callaría aquel abandono para evitar más heridas.

Una pulsión que hoy puedo agradecer me rescató del arrecife. No he vuelto al mar salvo para confesarme en silencio frente a un sol que se decanta. Es notorio que siempre falta una mano que estrechar o acaso una canción de cuna, pero sólo la humedad de la brisa o la sacudida del oleaje calman mis desvelos.

Hay en mi una presencia insular, un arrebato en pausa que me hace extraño entre los hombres. Desprecio su celeridad y padezco su impertinencia, aunque con los años he sabido blindarme y atisbar el tráfago desde mi atalaya.

Creo que he aprendido a deambular atesorando el instante, saboreando el café y el vino a su debido tiempo, si bien aún me traiciona la gula y la vanidad en la escritura. Prefiero los adagios, la luz oblicua del atardecer y un beso que titubea antes que la franqueza o la osadía. Acepto sin reparos la placidez del violonchelo o del fagot adusto en lugar de la estridencia del violín o de la flauta piccolo, que se me imponen. Elijo mis lecturas con serenidad, porque con cada autor entablo un debate o intento una alegoría. Puedo dormir sin  fármacos y despertar de buenas, quizá porque no espero mucho de mis semejantes ni de las mañanas.

Con esa tranquilidad, hurgo en el baúl de otros recuerdos y me cuelgo el estetoscopio con mi nombre al cuello (regalo de mis hijos, que luzco con orgullo). Uno a uno enderezo los bolígrafos, ajusto el nudo de la corbata y del conocimiento, y pongo al fin el escritorio en orden para recibir a mis pacientes.  Una atmósfera de pulcritud despide el vértigo de la ciudad que se queda afuera; lejos, cada vez más lejos, de la prontitud del día.

The power of the dog

The power of the dog

A la memoria de Lou, nuestra querida compañera

There is sorrow enough in the natural way
From men and women to fill our day;
But when we are certain of sorrow in store,
Why do we always arrange for more?
Brothers and sisters I bid you beware
Of giving your heart to a dog to tear.

Buy a pup and your money will buy
Love unflinching that cannot lie–
Perfect passion and worship fed
By a kick in the ribs or a pat on the head.
Nevertheless it is hardly fair
To risk your heart for a dog to tear.

When the fourteen years that nature permits
Are closing in asthma or tumors or fits
And the vet’s unspoken prescription runs
To lethal chambers, or loaded guns.
Then you will find–its your own affair
But–you’ve given your heart to a dog to tear.

When the body that lived at your single will
When the whimper of welcome is stilled (how still!)
When the spirit that answered your every mood
Is gone–wherever it goes–for good,
You still discover how much you care
And will give your heart to a dog to tear.

We’ve sorrow enough in the natural way
When it comes to burying Christian clay.
Our loves are not given, but only lent,
At compound interest of cent per cent.
Though it is not always the case, I believe,
That the longer we’ve kept ’em the more do we grieve;
For when debts are payable, right or wrong,
A short time loan is as bad as a long–
So why in Heaven (before we are there)
Should we give our hearts to a dog to tear?

Rudyard Kipling (1865 – 1936)

El umbral de la diferencia

El umbral de la diferencia

El fenómeno de autoinmunidad puede considerarse una paradoja biológica. Se inscribe en un red de señales moleculares, heredables, que fungen filogenéticamente como un recurso protector para responder a las lesiones internas y a los peligros de los invasores patogénicos. Sin embargo, una de las amenazas más significativas contra la integridad orgánica es el propio sistema inmune.

En más de un sentido, la respuesta autodestructiva que debuta como una serie de síntomas orgánicos de difícil integración semiológica, y que en la experiencia clínica se ven profundamente modulados por el carácter y el ánimo, ofrece la posibilidad de proponer un escenario psicodinámico para explicar su génesis y presentación.

La evolución neurosensorial del infante lo conduce no sólo a descubrir su cuerpo, sino también y sobre todo a apropiárselo, a identificarlo como propio. Esto implica que sus pulsiones, y en particular sus pulsiones sexuales, toman su cuerpo como objeto. Desde este narcisismo constitutivo existe una investidura permanente del sujeto sobre sí mismo, que contribuye finamente a su dinámica y que participa de las pulsiones del yo y de su vida instintiva. Conforme se va dando el desenvolvimiento del yo, éste incopora en su acervo mnémico representaciones de los objetos, y a medida que el sistema nervioso madura, las modulaciones autonómicas permiten diferenciar lo externo de lo interno, y por lo tanto, el self de los objetos.

La presencia del cuerpo, en una etapa del desarrollo que antecede a la simbolización y el lenguaje, está representada por las angustias derivadas del vínculo atávico con el objeto primario. La integración de lo propio y lo ajeno (investida de origen en el pecho y la mirada maternos) sigue un proceso de devolución dialéctica de la libido que va decantando funciones, en pulsos rítmicos y reiterativos, a los órganos internos, que se manifiestan por estímulos psiconeuroendócrinos hasta que, gradualmente, adquieren la autonomía que demanda el desarrollo extrauterino. Al ajustarse a los impulsos del pequeño, la madre le facilita la ilusión de que las respuestas son creadas por sí mismo. El bebé se vale de los detalles percibidos una y otra vez para la creación del objeto esperado.

Así, la piel se hace depositaria de caricias y de impulsos sensitivos, el tubo digestivo deviene reservorio y movilizador de gratificaciones, y de forma sustancial, el sistema nervioso se inviste de mensajes primarios que responden al diálogo objetal. Paralelamente, el sistema inmune del bebé adquiere el repertorio antigénico que le dará identidad, al tiempo que sustituye poco a poco la dependencia de los anticuerpos transmitidos pasivamente a través de la placenta y el caldo nutricio que es la leche materna en los primeros meses de vida. Su médula ósea procrea precursores linfocitarios que migran al timo para educarse en la discriminación de lo propio y lo extraño, en un contexto molecular que remeda la evolución del narcisismo primario en pos de la representación simbólica y la adquisición del lenguaje.

Al completar el desarrollo, coincidiendo con el inicio de la fase de separación-individuación en el niño, emerge un repertorio completo de células linfoides del bazo y el timo para poblar la poza circulante. A partir de ese momento, el sistema inmune está en condiciones de enfrentrar los retos antigénicos que le depara el ambiente y el contacto con los otros. Cada vez que el sistema inmune del individuo ve a un microrganismo infectante requerirá de dos señales: una del receptor antigénico y otra señal co-estimulatoria que dictará en qué sentido se moviliza la respuesta (sea de cooperación o de destrucción). Este modelo limitante explica porqué, a pesar de los incontables encuentros adversos que experimentamos durante la vida, la autoinmunidad, es decir, la confusión entre lo propio y lo ajeno, es tan esporádica.

La aparición de un proceso patológico autoinmune está sujeto a un “second hit” epigenético, es decir, al impacto de segundos mensajeros subcelulares. Se trata de neuroquininas o citocinas cuyos receptores yacen en la superficie de los linfocitos y que alteran el ritmo de las huellas celulares conocidas, y rompen así la homeostasis inmunológica. A este fenómeno se le conoce como ruptura de la tolerancia a lo propio.

La naturaleza adaptativa de la tolerancia a lo propio es una propiedad esencial del sistema inmune de los mamíferos. Dadas sus funciones discriminatorias, que consisten en reconocer y responder ante la agresión de moléculas inesperadas mediante la diversidad genética, de origen no existe la impronta para identificar qué estructuras celulares conducirán a la defensa y cuáles inducirán respuestas autodestructivas. Para cumplir este requisito vital de especificidad inmunológica, deben seguirse varios pasos en el desarrollo embrionario y perinatal que consisten en la selección negativa y positiva de receptores celulares hasta conferir un repertorio antigénico propio. Se delínea así una “huella digital” inmunológica, por así decirlo, que nos permite vivir en paz con nuestros propios tejidos y frente a nuestro cambiante entorno. El detonante de la lesión autoinmune, desde una perspectiva biológica, depende del equilibrio de la respuesta neuroendócrina de estrés, de modificaciones en el microambiente hormonal y, como se señaló, de un segundo estímulo nocivo que recae por contigüidad en ciertos órganos blanco (por ejemplo, infecciones virales concurrentes, migración linfocitaria secundaria a inflamación, o señalización excesiva de neurotransmisores).

Desde una perspectiva psicodinámica, el Yo corporal del infante, desprovisto aún de lenguaje y capacidad de simbolización, se integra mediante el conflicto que ejerce la fuerza instintiva y la incorporación de una fantasía materna apropiada por la libido narcisista. Si la madre significa estas proyecciones narcisistas con afecto y constancia, se organiza poco a poco en el bebé una imagen corporal que se tolera y que reviste, desde la percepción interna, los órganos con identidad y armonía. El objeto internalizado se escinde así, llevando consigo a las estructuras yoicas organizadas bajo su sombra, dado que están identificadas desde el origen con ese objeto ambivalente. A partir de ese momento determinante, una parte del yo tratará a la otra como extraña y se pondrá en marcha la escisión funcional que subyace a los procesos autoinmunes. Metáfora de la defensa esquizoparanoide kleiniana: tomar lo bueno y excluir lo malo.

Desde luego, se pueden observar tales procesos de escisión, proyección excesiva de impulsos agresivos y activación de objetos persecutorios en los trastornos limítrofes y narcisistas de personalidad y en algunos cuadros paranoides. Podemos argumentar que la diferencia estriba en que la génesis de estas patologías psiquiátricas es más tardía, cuando el yo se halla mejor organizado y el individuo ha alcanzado cierto nivel de simbolización y de lenguaje. Porque el conflicto hace referencia a un punto de fijación donde el yo y el objeto no están bien constituídos, y se halla íntimamente vinculado a los procesos de investidura libinal en el cuerpo, los síntomas no ocurren en el ámbito mental sino en el físico. Es decir, se refieren a huellas inconscientes no simbolizadas que encarnan en el territorio de lo desconocido.

En la autoinmunidad, el cuerpo se queja de manera muda, palabra informulada pero elocuente que se difiere hasta que se enfrenta a la dialéctica de la reemergencia del objeto persecutorio a cambio de uno situado en el propio cuerpo. “En la histeria, el cuerpo habla y participa activamente en el diálogo, expresándose; mientras que en el trastorno psicosomático, el cuerpo (principalmente en sus vísceras) aparece padeciendo de palabras no asumidas”. Vale decir que el padecimiento autoinmune es un resto de carne en el cuerpo.

Me permito ilustrar lo anotado hasta ahora con una viñeta clínica. Aurelia tiene 34 años cuando acude a consulta aquejando síntomas depresivos que siguen a un diagnóstico devastador. Delgada e histriónica hasta lo teatral, es la sexta de ocho hermanos, a quien la madre trató siempre como la muñeca fea, recelosa de un padre melancólico que apenas pudo compensar sus duelos. Tras una unión libre que reiteró la descalificación de la madre, se somete a una cesárea de un embarazo deseado con ambivalencia. Durante el procedimiento, los médicos no advierten que se agota el hipnótico y la paciente experimenta la angustia inefable de escuchar en detalle cómo se desangra, cómo su hija nace con hipoxia y cómo los intentos de resucitación resultan infuctuosos, hasta que los signos vitales hacen que el anestesiólogo se de cuenta del drama y aplique una dosis mayor de somnífero. Al despertar, la ansiedad de muerte la desmorona emocionalmente. Pasa días en el hospital bajo sedantes y una precaria psicoterapia de contención en un estado delirante que sólo se resuelve hasta que le entregan a su hija sana. Meses después, según me describe, debuta con parestesias en el cuerpo, hemianopsia y dificultad para la micción. Los exámenes demuestran numerosas lesiones desmielinizantes en la médula espinal y se le diagnostica esclerosis múltiple. Como elemento central de nuestra hipótesis, describe sucesivamente a su madre como una profesional extraordinaria, una Doña Bárbara -autoritaria y castrante-, o bien, la mujer omnímoda que mantuvo al padre, un ser anodino, en un distante segundo plano hasta su muerte.

Podemos conjeturar que la experiencia mortífera de Aurelia resignificó los impulsos agresivos de y contra su madre. “La niña no respira, se va a morir”, se puede leer como un equivalente retaliatorio. Su vivencia pasiva, de estar anestesiada y “sometida”, reproduce también su relación con la madre, percibida como omnipotente. Esto explica como meses después ella debuta con una esclerosis múltiple donde se escenifica la parálisis y la venganza materna.

Su propia maternidad, asimilada con la pulsión de muerte, re-conoció al objeto primario como atrapado, asfixiándola y diseminándose en su sistema nervioso inmóvil, incapaz de traducir la huella. Si a esta imagen clínica aunamos la obligada migración linfocitaria que se emite a partir de tal respuesta de estrés, capaz de producir úlceras en mucosas o lesiones vasculares indelebles, cabe hipotetizar que las vainas de mielina de esta paciente (o para decirlo neuroanatómicamente, sus envolturas dendríticas) se vieron sacudidas por un ataque inmunológico sin precedentes.

En su acepción psicodinámica, el padecimiento autoinmune es una forma de preservar al objeto parcial en un intento de reparación melancólica donde se escenifican, inconsolables, los impulsos agresivos contra las representaciones inconscientes depositadas de manera fragmentaria en el cuerpo. Vista así, nos conmueve la imagen de un sujeto psíquico lacerado por una herida abierta que atrae sin cesar la libido contracatéctica. Herida que el cuerpo intenta esconder, tapiar y encriptar pero que, enfrentada a un segundo estímulo biológico destructivo, es incapaz de mantener bajo control.

Así pues, la revuelta autoinmune enmarca la paradoja narcisista entre lo propio y lo extraño, yo y el otro, que hace posible decir, como Neruda…

 

Me has hecho indestructible,

porque contigo no termino en mí mismo.

Pablo Neruda

“Mi partido”