Plutón a la vista

Plutón a la vista

Ha sido un día de marcada demanda emocional, pero se yergue satisfecho. La asistente llama con voz tediosa y anuncia la llegada del último paciente.
A la mitad de su séptima década, el Ing. Sanmartín es un hombre activo y robusto que esconde las arrugas en su piel curtida. Irrumpe con esa voz varonil que llena la oficina, poco sofisticado pero contundente. Es un negociante nato, aunque ahora baja la guardia con candidez.
Lo refiere un colega de provincia con quien ha trabado una burlona amistad tras aquella serie de complicaciones por una úlcera péptica perforada que lo tuvieron coqueteando con la muerte. Se explaya en los detalles de su intervención, su destierro en la Terapia Intensiva, el azaroso despertar entre tubos y caras desconocidas, el ronroneo del monitor que taladraba su vigilia.
Describe a cada uno de los médicos que lo trataron con genuina gratitud, parece que el regreso del Hades le mostró el mérito de seguir vivo. Lo cierto es que también incidió en su esquema de valores.
A poco le anunció a su mujer de cuarenta años que había perdido la costumbre de quererla. Ella lo miró perpleja y señaló la puerta sin preguntar a qué aludía: no había nada que reconvenir, los escombros de ese añejo matrimonio eran lo único discernible.
Se instaló en un departamento no distante de sus hijos, dos de ellos lo rechazaron y el pequeño aceptó con sumisión la vida fragmentaria y residual que le ofrecía. Empezó de nuevo, negocios volátiles que redituaron en breve y lo pusieron de pie ante su soledad y su desconcierto. Ahora se da cuenta que envejece – lo dice con poca convicción. Desde hace varias semanas siente dolor lumbar al desplazarse y quiere perder peso para reducir riesgos a futuro. La suma de medicamentos (hipolipemiantes, antihipertensivos, alopurinol y aspirina junior) resumen su menú de presentación.
Es una entrevista bastante plana hasta que admite entre síntomas que ha conocido a una mujer treinta años más joven con quien se ha infatuado. La relación, de apenas cuatro meses, ha pasado por etapas conspicuas que lo turban.
Primero, Laura se acercó blandiendo un hijo que él recibió con afecto de abuelo y se dejó seducir por el esquema de nobleza que recién se auguraba. Después, se encontraron bajo las sábanas, cuerpos diletantes que contrastaban en fulgor y frescura. Se resiste a confesar si el amor se fincó en tal desencuentro, le bastaba la erección sostenida y el orgasmo fingido de ella para creer que la miel se vertía entre hojuelas.
Gradualmente sintió una cálida devoción que esa joven le generaba con sus arrumacos y su dependencia, sin descifrar bien a bien que la hacía plantarse con valijas y progenie ante su puerta.
Emprendió una reflexión – que suena más a confesión de acrimonia frente al espejo – y le pidió tiempo, apenas consciente de que es lo que más escasea en este presunto arreglo.
Hoy viene triste pero persuadido: rompió el vínculo ayer bajo la lluvia, quizá para enmascarar las lágrimas y verla partir lo antes posible. Mira a su interlocutor con apremio y por fin calla, necesitado y exangüe.
La advertencia de un objeto de amor está delineada, de manera constante y recurrente, por la imagen internalizada del deseo. Es decir, queremos porque ahí está la capacidad de hacerlo y ese hueco se llena con un ente imaginario que se corresponde en el afuera con una persona, tal vez prefigurada por sus atractivos o sus destrezas de seducción. No hay casamientos al azar, acaso por ello y hasta hace un siglo (en algunas comunidades aún hoy día) se estilaban los matrimonios por convenio. Entonces, los padres acordaban que la dote sería preservada, que habría una continuidad en las propiedades que se comprometían con el enlace y que los novios, afines en lo social, encontrarían de una suerte u otra su destino.
Pero el mundo se ha hecho más pequeño y la gente ejerce su libertad para elegir. O eso creemos. Cuando se analizan las estadísticas de la formación de relaciones y familias, es excepcional observar que los cónyuges parten de universos distantes. Se ha sugerido que no pasamos de tres círculos concéntricos (vgr. familia, escuelas, trabajo). Lo habitual es encontrar que de alguna forma coincidimos: nada perdura si no se moldea complementariamente. Incluso en matrimonios que se forjaron por la eventualidad de un viaje o un trabajo efímero, los partenaires traen consigo inevitablemente sus fantasmas o atavismos y deciden trenzar el vínculo impelidos por tal fuerza inconsciente a fin de exorcizarlos y crear un nuevo paradigma. Se ama porque el amor estaba ahí, esperando a ser vertido en un crisol que lo recibe a tientas.
Puede decirse que siempre hay algo compulsivo al emprender una relación amorosa. En muchos casos, como el que nos ocupa, la asimetría (de edad, de intereses o perspectivas) resulta chocante si se le ve con superficialidad. Pero en alguna medida es bastante obvio que se trata de dos náufragos que acuden al rescate y que al encontrarse reparan una herida, un duelo que atormentaba sus destierros.
Sanmartín piensa que sin su cariño Laura caerá en el despeñadero emocional, que bajo esa motivación lo busca y lo seduce. Algo inconfesable se erige en él, que lo hace perder de vista el horizonte y le infunde vigor a su arrebato. Puede nadar en tal éter de erotismo sin descanso, tanto como deambula entre los mortales con un aura de resolución y aplomo. Sus sentimientos se ven ratificados – sin saberlo – por aquella ternura anclada en el amor materno que lo cobijó y que ahora intenta devolver ante la vecindad de su propio ocaso.
Por contraparte, Laura parece revelar ese rasgo que sobrevalora al objeto querido; le ha dicho a Sanmartín que es irremplazable, “el hombre de su vida”. Dicho alarde cae de lleno en la añoranza de una representación imbuida por la madre, con toda la naturalidad de una experiencia recóndita, trazada desde la infancia.
Nadie posee más de una madre, y desde luego, de esa relación prístina no cabe duda ni repetición. La integridad, la perfección, la idoneidad que se adivina en una pareja puede considerarse como un afecto sustituto de aquel amor que en el origen no escatima. O eso queremos creer.
Para llevar el argumento al extremo, podría decirse que los bebés abandonados carecen de tal representación. Nunca es así. Porque todo sujeto tiene una efigie que suplanta al cuidado ajeno que lo rescató de la indefensión, y funciona como el referente nutricio que enseña la profundidad del apego e impronta a su vez la concavidad del apetito.
Lo que denominamos el “romance familiar” con sus diversas ramificaciones determina la forma en que nos reencontramos con los otros. De aquella vicisitud imaginaria está impregnada nuestra vida de relación. Laura y Sanmartín recrean su amorío con la argamasa del objeto perdido.
Por supuesto, en cuanto hablamos de “relaciones asimétricas” caemos en una tautología: lo son en tanto aparentan una distancia cronológica o social que nos resulta abismal. Pero justamente en tal piélago recaen nuestras afirmaciones acerca de todo nexo erótico: dos almas errantes se han encontrado en la vastedad de su deseo, para nutrirlo, para soliviantarlo en previsión de que se extinga.
Vemos en todos los confines parejas en disonancia. Mujeres que se dicen enamoradas como nunca de un hombre menor, que aporta su gallardía y brío a la voracidad sexual que agoniza en ellas. Ancianos cuyo dinero les permite comprar una consorte, a cambio de ambición y narcisismo marchitos. Jóvenes amantes ávidos de un tutor – mucho antes que pareja -, que ceden su sexualidad para obtener esa guía, y mantener así una pasividad que remeda el confort infantil, con la mesa siempre servida. Y aquellos que, mal que bien, han sabido conciliar sus deudas, dejar en el armario los esqueletos de sus progenitores y tolerar la imperfección como denominador común.
Nada es para siempre y los amantes cambian, se amoldan, se deforman con el tiempo y la convivencia. Quienes logran, en un esfuerzo reticente de adaptación, entrelazarse en tal dialéctica y construir más allá de los bienes y los hijos un lenguaje y una complicidad que supera su propia perspectiva, hallarán en el otro la promesa que jamás se verá cumplida.

PS. Los nombres de los personajes están sacados al vapor de la hermosa novela “La tregua” de Mario Benedetti. Cualquier similitud con personas de la vida real es una esperada coincidencia.

Adolecer, ¡que contratiempo!

Adolecer, ¡que contratiempo!

– ¡Déjame en paz, ya no te aguanto! – y azota la puerta envuelta en lágrimas. Su madre y yo nos miramos con un gesto de impaciencia, porque no es su primera explosión y, desde luego, quedan muchas por delante.

– Traté de explicarle que en esos “antros” (como ellos dicen) circulan las tachas, pero me exasperé – digo, a modo de excusa. Mi mujer me da una palmada y se hunde en la cocina con su silencio a cuestas. A veces pienso que lo vive como un hartazgo y no me animo a sacar de la manga la frase célebre:

– Tú también fuiste adolescente, tratemos de conciliar sin perder autoridad.

Me suena tan lapidario que, en efecto, me quedo de piedra, viéndola refunfuñar, ausentándose del berrinche en turno. Por eso he escrito durante la noche estas reflexiones, para Marta, para su madre, para todo aquel que alguna vez se sintió perdido en la vorágine de la adolescencia.

I

El inicio de la pubertad, en lo físico, está marcado por el crecimiento de los senos y de los testículos de acuerdo a las etapas de Tanner. Suele ser más precoz en las niñas (entre los 8 y 13 años) que en los niños (entre los 9.5 y 13 años). Aparece vello y grasa en rincones insospechados, brota el acné como una maldición; sudamos, nos excitamos, nos masturbamos y perdemos el ritmo vital a cambio de una ansiedad y un hambre que no cesan. Estos cambios somáticos se dan apareados con una profunda modificación del espacio psíquico. El mundo cobra un sentido diferente, exige rumbo desde adentro al tiempo que impone leyes desde afuera: algunas inoperantes por absurdas o autoritarias, otras permisivas pero incómodas porque demandan responsabilidad y compromiso.

La adolescencia es un periodo de cambios inusitadamente rápidos. El único precedente de tal vértigo, la primera infancia, se vive con poca conciencia del impacto afectivo que tienen esos movimientos en cada persona. La pubertad hace erupción para acabar con un periodo breve que denominamos “latencia”: un resquicio del desarrollo que sucede a la compleja transacción de la niñez (donde se define género, rivalidad, identificación sexual y carácter, por si fuera poco). Es decir, que no bien se empieza a descansar de los propios impulsos anudados con los tropiezos de nuestros padres, cuando irrumpe ese caos interno reclamando atención completa.

Atribulados por nuestro metabolismo, salimos tímidamente al mundo esperando respuestas inmediatas. El espejo deja de ser un referente de identidad, porque el rostro y el cuerpo a los que estábamos acostumbrados se transforman cada día. ¡Cómo se entiende desde ahí el despertar alarmado de Gregor Samsa!

Por supuesto, las características emanadas de nuestros conflictos infantiles postergados o sencillamente no resueltos nos asaltan frente a las demandas de la sociedad. Si fuimos niños inhibidos o lastimados, emprenderemos un balance complicado con el mundo de relaciones que aparece en nuestro horizonte vital. Si lo tuvimos todo, para calmar nuestras apetencias o angustias sin ser escuchados, buscaremos agresivamente un límite en el entorno social para verificarlo y transgredirlo.

Ante todo, se experimenta una sensación de soledad e incomprensión. La zozobra emocional, como una oleada, inunda toda la vida diaria. Eso explica porqué los adolescentes forman pequeñas “manadas” con vestimentas y hábitos casi idénticos, copiando de sus pares lo que en apariencia resulta original y confiere un sentido de adherencia y solidaridad. Alternar entre el desafío y la dependencia se hace patente en las frágiles lealtades hacia los amigos y el enojo intermitente con ambos padres.

Un divorcio, una separación o la muerte de un ser amado en esta coyuntura adquieren matices dramáticos, porque materializan el desvalimiento y refuerzan un sentimiento de culpa inconsciente. Frente a la impulsividad natural que propician las hormonas en ebullición, la necesidad de evadirse de otros conflictos que nos rebasan, abre la puerta para el consumo de drogas o alcohol como atenuantes. Si antes se probaron el tabaco o  las cervezas como ritos de pasaje para acceder al grupo, las sustancias psicoactivas (metanfetamina, fenciclidina, mariguana, ketamina y otras “drogas recreativas”) advienen como un recurso de estimulación narcisista que puede resultar muy destructivo en manos de jóvenes vulnerados por una ruptura familiar.

De lo anterior puede deducirse que el self de los adolescentes es un reservorio de identificaciones, fantasías, legados de duelos y conflictos, ideales y decepciones, que hierven al compás de un cambio hormonal abrupto, sometidos bajo la olla express de una estructura social que los tolera poco y los entiende menos. ¿Será un reflejo deslumbrante del aparato psíquico como lo describiera Freud?

Además, las hormonas no ceden. La inquietud sexual, expresada con titubeo y ansiedad, da lugar a relaciones efímeras, o en franco contraste, a romances atávicos que simulan botes salvavidas y de los que cuesta mucho trabajo separarse. Casi todos los adolescentes indagan el placer genital, auspiciados por su demanda erógena y por los arquetipos sexuales que recogen de las películas, la televisión o los sitios de Internet. Al principio, se traduce en ansiedad masturbatoria, manifiesta indistintamente como represión o urgencia. A medida que superan la timidez que arrastraban desde su definición infantil de género, exploran tanto la ternura como el delirio homosexual y heterosexual. A veces lo hacen con  ambivalencia y mucho miedo, sobre todo si en casa perciben un ambiente rígido o se les reprochan una a una sus elecciones de objeto amoroso.

Los adolescentes exploran con denuedo los límites externos e internos. Quizá se nos olvida, pero nada se compara a esa experiencia del tacto, del hormigueo en nuestros recovecos apenas  descubiertos; la sensación de probar alcohol seguida del mareo y la euforia; la piel caliente y lubricada del otro que nos mira; la aceleración del pensamiento y los sentidos; el anhelo, el rapto, el precipicio…

Es un signo de la salud mental de una sociedad que tolere y sepa contener a sus adolescentes con recursos creativos que faciliten su maduración sin odios autodestructivos o pérdidas humanas innecesarias. Vivir la fractura generacional – y aquilatarla – permite verse reflejado en el otro que irrumpe desde su impetuosidad sin grandes deudas y con envidia soportable. La adolescencia exige mucho, pero también educa para emprender la vida con mayor o con menor aceptación de lo que se ha invertido.

II

La búsqueda del placer como un torrente imaginario que modula el desamparo, subyace a toda actividad sexual. Desde el contacto oral con el pezón hasta la ráfaga de voluptuosidad que sigue a la compenetración genital, se trata del aplacamiento del deseo, que remite a la huella originaria de satisfacción.

El despertar de la adolescencia pone a prueba los límites de esta premisa. A fuerza de buscar el vértice libidinal, muchos jóvenes prueban su erotismo sin reparar en las contingencias. La disponibilidad del alcohol y de ciertas drogas recreativas (éxtasis, cocaína, anfetaminas, pseudoefedrina), por su efecto estimulante del sensorio, aceleran el desafío.

La intención del coito se dispara con la edad. Se calcula por encuestas que el 28% de las niñas de secundaria han tenido contacto sexual que involucra al menos  masturbación en pareja o coito errático. Este porcentaje sube a 62% de adolescentes femeninas en preparatoria, con cópula completa, no siempre prevenida por condón. Quienes empiezan más temprano, tienden a tener más parejas sexuales, hacer el amor con menos preámbulos emocionales y usar menos protección. Esto se explica porque la demanda afectiva es perentoria y porque quizá deja atrás a unos padres cohibidos o indiferentes al despliegue sexual de sus hijos.

Algunos factores biológicos contribuyen a hacer más vulnerables a las adolescentes respecto de las infecciones por transmisión sexual. La vagina es un reservorio natural para el intercambio de moléculas. Secreta jugosamente células epiteliales y glóbulos blancos que se acoplan con las bacterias y virus que reciben durante cada encuentro sexual. Además, el cuello uterino desarrolla un orificio externo (ectropión) muy prominente, revestido de epitelio columnar sujeto a replicación celular acelerada. Este revestimiento tan activo es el sitio predilecto de invasión por gonococos, virus del papiloma humano (HPV), y Chlamydia.

No sólo eso. En la adolescencia se ponen en juego aspectos delicados que tienen que ver con la intimidad, la autodeterminación y la diferenciación afectiva. Dar por hecho que existe una comunicación fluida es una torpeza. Muchas jóvenes se inician en la vida sexual a espaldas de los padres, porque justamente ésa es la manera de proteger y responsabilizarse de su genitalidad.

El adolescente no sabe que sabe y que aspira a una unidad, donde fundirse en comunión con otro equivale a la consecución última de su deseo inconsciente. Es la representación psíquica que sirve de embalse para todo afecto abdicado, tan cambiante y tan improbable como sus impulsos. Si el lenguaje es el marco de referencia derivado del orden ancestral, que hace la fractura entre nuestros ideales y nuestro entorno de relaciones, la voz de la madre encarna lo maleable del deseo. Discernible antes de que se instaure un idioma corporal propio para la seducción y la búsqueda del placer.

Al advenimiento de la excitación genital, el adolescente evoca la inocencia, para entronizarla en el pasado, su falsa premisa, su quimera en el amor, cuando todo era posible y se satisfacía con el llanto. De ahí que los enamoramientos y los encuentros sexuales tengan ese aire de tragedia, y la pérdida de la virginidad sea con frecuencia una capitulación hacia la histeria o la melancolía.

Más de la mitad de las jóvenes que acuden a planificación familiar dejan de hacerlo si sus padres son notificados (lo cual no implica que renuncien a su actividad erótica), y sólo una tercera parte se sometería a un escrutinio de enfermedades venéreas bajo consentimiento paterno, a fin de ocultar su vida sexual. Es decir, que estamos ante una población de alto riesgo de contagio genital sin saberlo o ante la creencia ingenua de que hacemos algo por contenerlo. El contacto oro-genital, ano-genital y vulvo-vulvar es común entre los adolescentes, especialmente si desean preservar su virginidad, sin que ello impida las enfermedades por transmisión sexual (ETCs o “etcéteras”, para que se acuerden).

El criterio actual de escrutinio para ETCs es que toda adolescente con vida sexual activa debe examinarse para ChlamydiaUreaplasma  y gonorrea en exudado vaginal (o en orina si es virgen) y hacerse una valoración de neoplasia cervical (Papanicolau y colposcopía) en los tres años siguientes de haber tenido su primer coito. En los varones, la indagación de HPV en exudado uretral es obligatoria, si han tenido más de una pareja sexual sin protección. Quien además consume drogas o ha tenido intercambios de pareja, debe hacerse pruebas diagnósticas para HIV, sífilis (FTA) y herpes simple, al menos una vez por año, ante la eventualidad de ser portador asintomático.

La vacuna contra papiloma humano (HPV) se recomienda a todas las jóvenes de 12 a 26 años con refuerzo a los 2 y a los seis meses de aplicada la primera dosis. Se prefiere la versión nonavalente (aprobada por la FDA en Octubre 2016 y de camino hacia México) que protege contra los serotipos 6, 11, 16 y 18, 31, 33, 45, 52 y 58, vinculados con el carcinoma cérvico-uterino, de vulva, de ano y de laringe. Tiene pocas reacciones secundarias, e idealmente se debe aplicar antes de iniciar la vida erótica. Para los hombres y las mujeres adultas, las recomendaciones son un tanto más laxas y dependen de su elección de pareja (les sugiero visitar este sitio actualizadohttp://www.cdc.gov/STD/HPV/STDFact-HPV.htm).

Como sujetos sexuales, nos defendemos de lo siniestro en el cuerpo por virtud del lenguaje y de la apelación a otro especular que nos hace ciertos en lo imaginario. El paradigma de la sexualidad es estar en el mundo bajo la égida del orden simbólico y, en todo caso, insistir en aprehenderlo.

“Cuando ya no esté…”

“Cuando ya no esté…”

Hoy vino a consulta Don Efrén Ibarretxe, un viejo mal encarado que destila amargura. Debo confesar que su presencia me pone a la defensiva, pero en esta ocasión me sorprendió. 

Lo he tratado por molestias menores a lo largo de dos años y en especial por una artrosis que exhibe una y otra vez para descalificarme. 

  • Su remedio me volvió a caer como piedra, doctor, y sigo con los dolores. ¿Qué va usted a hacer para aliviarme?

Es un hombre alto, ahora bastante encorvado, que viste con recato como si hubiese desembarcado ayer de la Guerra Civil que lo trajo de niño a México en los cuarentas. Sus corbatas son remedos de viejas películas, el uso bruñe sus trajes y se deja la barba rala más por provocación que por descuido. Todo este aspecto contrasta con su mirada dulce, de ojos grises, de lontananza. 

Se había ausentado por unos meses y, ahora, desde el umbral de mi puerta, lo encuentro triste, desusadamente pálido. Al acercarme a saludarlo, advierto su tinte ictérico que tiñe los ojos y su tez con un tono aún más lánguido. Me extiende la mano y dice, sin otro preámbulo: – ¿Podemos tener esta consulta en el jardín, Dr. Palacios?

No recuerdo que alguna vez usara mi nombre con tal deferencia y accedo de inmediato. Caminamos en silencio rumbo al ascensor, que impregna con su olor a naftalina. Al bajar, buscamos un rincón apartado del estacionamiento y se acomoda con dificultad en una barda. 

  • ¿Está bien aquí, doctor? – pregunta con amabilidad. 
  • Donde usted esté cómodo, Efrén – replico en consonancia. 

A su lado, percibo ese aire sereno de quien no tiene prisa, que atesora cada minuto. Palabras más, palabras menos, este es su relato. 

“Después de la batalla del Ebro, supimos que la República se desmoronaba. Mi padre era diputado por Guipúzcoa y compendió que corríamos un peligro inminente. Las fuerzas de la reacción avanzaban sin tregua. Ahí se había respetado al cura, a quienes todos conocían y era primo hermano de Patxi, el panadero. Pero él lo denunció a los fachas, doctor, y eso le costó la vida”.

El rostro de Efrén se contrae y las lágrimas pueblan sus ojos viejos. No atino a decir palabra, aunque mi gesto es de compasión y decidido afecto. Saca un pañuelo y sin desdoblarlo, se suena ruidosamente y enjuga las mejillas para continuar. 

“Decidimos cruzar la frontera de madrugada para evitar los bombardeos y los espías nacionalistas. En nadie se podía confiar por aquellos tiempos. Yo llevaba en brazos un niño dios de porcelana que me había regalado la abuela, con una ropita de seda que ella misma bordó para vestírmelo. Al despedirnos, temerosa de que no nos volvería a ver, juró que esa pequeña efigie nos protegería hasta alcanzar el Nuevo Mundo. Cada vez que tropezaba en esa oscuridad de luna ingrata, sentía como mi muñeco perdía una mano, un pie o se despostillaba. A tientas recogía los restos y procuraba no llorar para mostrarme fuerte. Así transcurrió aquella interminable noche hasta cruzar la frontera. En los pueblos franceses, que empezaban a sufrir la ocupación nazi, mi madre se hizo pasar por borracha (aún hoy me parece una bizarra ocurrencia). No sé si eso o el miedo de los pobladores hacia los extranjeros nos permitió llegar al santuario de Lourdes, donde nos esperaban unos compatriotas que nos trasladarían a Toulouse y después a las lejanísimas playas de Veracruz, que sonaba un mundo aparte”.

Efrén toma un respiro. En ese momento pasan dos colegas frente a mi que se asombran de esta intimidad o quizá del mal estado que ostenta mi paciente. El sol cae en rayos paralelos entre los árboles de trueno y sopla una brisa fresca que nos acoge. Por respeto a este momento vital, he dejado tanto mi premura como mi teléfono celular sobre el escritorio.

“La travesía nos mostró de lleno esa condición de parias que arrastrábamos. Nos daban de comer en ollas enormes, el mismo guisado dos veces al día, que vomitábamos en cuanto el Atlántico se agitaba. Todos perdimos peso y nos veíamos como náufragos en medio de esos marineros andaluces y gallegos que oteaban nerviosos el horizonte ante la amenaza de submarinos alemanes. Para distraernos, los niños jugábamos naipes y ajedrez, o compartíamos canciones de regiones de España que nunca visitaríamos. La guerra y la destrucción se quedaban atrás, asolando a Europa. Nosotros pretendíamos no llegar a adultos nunca, porque entre niños, la rivalidad no mata.

Creo que era domingo cuando desembarcamos, porque recuerdo las campanadas en ese puerto exótico, repleto de gente morena, con olor a plátano y cerveza. En la raquítica estación de trenes, famélicos, nos dieron de comer tamales en hoja de maíz, que fue nuestro primer sofoco de la comida picante que con el tiempo se haría parte de nuestra cotidianidad. Entre lágrimas y lenguas escaldadas, pedimos agua a borbotones para sacarnos del cuerpo esa experiencia y aprender en adelante a comer con tiento. El tren atravesó territorios agrestes, con vegetación que parecía traída de otros planetas, y tardó horas en traernos a la capital, donde un comité de republicanos en el exilio nos ofreció albergue mientras hallaban trabajo temporal para mi madre y mi tía. En mi memoria, la gente hablaba cantando, con voces tenues y cariñosas; era como llegar a un jardín multicolor donde todo era insólito y luminoso.

Debo decirle, doctor, que siempre agradeceré la hospitalidad que el Presidente Cárdenas mostró hacia mis conterráneos. Cuando uno se queda a la deriva, sin dinero y sin tierra, el abrazo generoso de un prócer es como el abrigo divino; no hay nada comparable en la vida de un ser humano. Para mí, huérfano reciente, ese gesto tuvo una doble connotación que ha marcado cada paso, cada logro de mi existencia. Tal vez por eso no me siento enfermo ni anticipo la muerte, y puedo hablarle a usted con entereza. Fui agraciado con la generosidad de su gobierno y lo sigo siendo, pese a mi viudez y la soledad que padecemos los moribundos.

Pero no quiero aburrirlo, sé que tiene otros enfermos que atender. Lo traje aquí, a este páramo entre el asfalto, para decirle que voy a extrañar mucho todo esto. El olor del césped mojado, la frescura del aire en invierno – que trae café y destino -, la risa tonta de mis conciudadanos y su esperanza en las cosas más triviales. La incertidumbre que acarrean los temblores y los cambios de gobierno, o la resaca de un perfume que nos asalta sin reconocerlo. Cuando ya no esté, mi querido galeno, los ojos de mi nieta seguirán brillando, mis hijas serán eventualmente abuelas y entenderán a qué sabe la nostalgia y la ternura. Se perderá la imagen de aquel camarada que trajo consigo la música en tiempos de decepción, los pasajes literarios que alguna vez me conmovieron por impecables o exquisitos, pero quedará la elegía que el cómico judío dedicó al boxeador musulmán, que será siempre un himno a la concordia.

Cambiarán los coches; la moda será otra, más gallarda, menos púdica. El graffiti seguirá vistiendo las ciudades y habrán atardeceres dignos de una estampa en el Ajusco. El mar del Caribe mantendrá su azul insondable, sus adolescentes celebrando la ebriedad y la desnudez, ante el azoro de los nativos y los perros callejeros. Surcarán esas tonadas húmedas y las piernas regordetas otras calles frente a fachadas de colores bajo el calor de Tlacotalpan o de Mérida. La selva del Petén peleará contra los depredadores y habrán menos ballenas pero también más pájaros. Caerán tiranos y profetas, como siempre, y habrá esperanza o desasosiego, como siempre. Los campesinos y los obreros sin futuro buscarán suerte más allá de los desiertos y las fronteras. Y las monjas tenderán al sol sus sotanas, los pecados y la ropa blanca.”

Al terminar esta última frase, como un legado, Efrén se giró hacia mí para regalarme una mirada traviesa, con una mezcla de complicidad y sorna.

“Usted y tantos otros seguirán haciéndose viejos frente a sus enfermos, enseñándoles, restituyéndoles la confianza y a veces la salud. En otra orilla, tras apearse de la barca de Caronte, lo recibiré de brazos plenos, mi doctor. Por hoy es suficiente y ni usted ni yo sabemos despedirnos”.

Dicho esto, el buen señor Ibarretxe se incorporó con dificultad y sin voltear para nadie, emprendió su paso cansado hacia la salida del hospital, rumbo a esa orilla ignota que lo esperaba.

Su hija me llamó esta tarde, me hizo saber que había muerto apaciblemente, que su cáncer de páncreas se lo llevó – me confesó entre sollozos – con esa sonrisa que había mostrado en las últimas semanas; de complacencia, de gratitud acaso.

¿Dónde estás ahora, mamá?

¿Dónde estás ahora, mamá?

Dormitando en un lecho de hospital, las persianas a medio abrir y cediendo a la fatiga, el recuerdo de su madre se agudiza. Alguna vez le cantó en su idioma natal, y ella supone que la facilidad con la que se comunica ahora con estas enfermeras, toscas y exactas en su trato, también puede agradecérsele, aunque no la escuche. Acaso el dolor se mitiga poco a poco, mientras pasa las manos en una tímida caricia sobre su vientre, recordando su tacto fino, su presencia suficiente.

Está sola en este cuarto en penumbra y apenas define el ronroneo de los autos a la distancia. Ha sido un día intenso de visitas, que no pudo rechazar por cortesía o pereza, qué más da. El suero cae en silenciosas gotas que penetran, también calladas, en su vena rubicunda e inerte. No hay paz en este sitio – medita – pero al menos se sienta acogida por la higiene y el esmero. Pese a su divorcio, no faltan los amigos, aunque a veces sospecha que se conducen más por lástima que solidaridad. Carmen es su confidente, pero hoy tiene que cuidar a los niños; otra desterrada de la leyenda conyugal.

Acude nítido a la memoria aquel ritual donde ella, sentada en una silla bajita, la observa mientras se acicala para el trabajo. El toque preciso de labial, la elección del rubor y ante todo, sus guiños desde el espejo, en divertida complicidad. Después, la aúpa dulcemente y, colgando de su regazo, la peina sin prisa, con largas pinceladas que son mimos.

Estrenar un vestido bajo su mirada aprobatoria era debutar en el mundo, ufana y sin competencia.

¿Cuántas veces el alivio se invocaba tan sólo verla entrar con el jarabe flanqueado por el te y la magdalena humeantes?

Eso le queda de ella: sensualidad, un semblante difuso, su perfume en oleadas y la disposición de vivir, que no ceja.

Habitaron en una isla, donde las gaviotas no faltaban al encuentro matutino. Ella, niña inquieta, dejaba caer suavemente sus pies sobre las huellas que iba dejando mamá en la arena; como hubiese querido seguirla siempre, sin horizontes, sin mañana.

Era su confidente entonces, cuando los gemelos dormían la siesta y el olor a leche se había quedado en casa, junto con los celos. Papá se haría cargo por esos minutos preciados de connivencia. Nada ni nadie importunaba ese solaz frente al baño del mar, bajo el sol tempranero.

Mamá cantaba canciones de la Provence – en langue d’Oc a veces – y ella repetía las estrofas vacilante, tratando de fijar el acento, la inflexión de voz, cada pausa. El vestido de lino ondulaba con la brisa y Matilde la seguía, paso a paso, embelesada. Cuando llegaban al faro, la luz penetraba las nubes y ella la tomaba de la mano, señal silenciosa de que había que volver, sin prisa, para retomar la realidad y acudir a la escuela por unas horas. Ese contacto furtivo era para ella la afirmación de que la vida tenía continuidad y que la jornada podía proseguir una vez desprovista de magia: su festejo íntimo, su magia.

Cuando mamá enfermó, sintió que las paredes se desplomaban. Fue un día de Octubre, lo recuerda porque había olvidado su abrigo y la ventisca otoñal auguraba una gripe y un cierto desasosiego. Abrió el zaguán esperando encontrarla de brazos abiertos al pie de la escalera. El patio estaba vacío y no se respiraba olor alguno desde la cocina.

Entró a la casa con cierto titubeo y encontró a Martha, la vecina, que le describió en palabras torpes el desmayo, el sangrado, la llamada urgente al hospital y la ambulancia;  sin darle tiempo a sopesar cada escena y ponerla en el contexto de la tragedia que se avecinaba. Se dejó caer en la mecedora aún boquiabierta y se dio un minuto para pensar en esa anticipada orfandad, en el aire marítimo que ya no las tendría, que ya no volvería por ellas.

Años después, como pediatra, recordaba ese momento al cobijar a un recién nacido y reconocer su fragilidad al tiempo que tomaba las muestras necesarias para documentar su agammaglobulinemia. Sangre vulnerable, exigua. El fármaco estaba listo, con todas las precauciones, a dosis minúsculas, para evitar una muerte prematura por microbios ambientales. ¡Qué imperativo y vital el flujo de anticuerpos a través de la placenta para otorgarnos los recursos para subsistir! – pensó, y recordó de nuevo a su madre, flotando frente a ella en el calor de la playa.

Ahora, enfrentada a su leucemia aguda, todo parece cobrar sentido. Esta infección, el hambre de amor que acarrea, y la luz; como si sus ojos la miraran otra vez desde aquel tiempo perdido y repitieran – entre sonrisas y cantos :  “Vamos, Mati, se hace tarde y nos esperan”.

PS. Sabemos que el legado materno, que precede a la impronta de sentimientos e identificaciones, discurre por la placenta en forma de anticuerpos. Tanto es el mensaje prístino de inmunidad, que estamos protegidos de incontables infecciones hasta que las vacunas nos refuerzan la memoria linfocitaria. Aparte del epifenómeno, ese influjo de defensas modula también la microbiota intestinal al grado de proveer un pertrecho molecular hasta la vida adulta.

Podría decirse que el mensaje de mamá perdura. Metáfora o transfusión, su cuerpo en el nuestro es dote y algo de destino.

Oda al aire

Oda al aire

Ven, no corras, ciclón, trueno de brujas:

Soplo que fuerza, viento que llaga;

Imperativo, ingobernable, elusivo y tiránico,

Brisa salvaje, encarnizada.

Fuerza del norte, Borasco del mar de medianía, 

Torbellino, tramontana,

Céfiro que busca el sol,

Cordonazo inesperado,

Aire suculento y anhelado.

Haúr que aúllas sobre las estepas,

Gregal de los Balcanes lacerados,

Kamasaka que rasgas como un cuchillo, 

Leste rojo de las Canarias

– vaporosa alfombra con sus silbidos -.

Huracán que azotas las palmeras y caminos, 

Lombarda de los Alpes que reclamas el estío;

Medina de la orilla del mundo, 

Santa Ana de su precipicio.

Levante que traes los guijarros, 

Siroco del Magreb que desquicias a los vivos;

Y tú, vendaval enrarecido, tráeme ese golpe de sangre

En esta hora que ahoga y no acierto a batir las alas…

La única historia

La única historia

Seguidor de Julian Barnes, me recargo en su última novela (*), escrita en prosa exquisita, para trazar la historia de un romance que me contó – síntoma principal – una paciente con aire de tormento. La idea no es hacer una apología de este relato, sino emplearla con toda discreción e ilustrar así las dificultades que atraviesan los adolescentes para encontrar el sendero estable de la sexualidad.

Matilde – la llamaremos – es una joven de 22 años, de ojos inquietos y dos pinceladas por labios, delgada hasta la languidez, que arrastra su duelo como un atavío. Conoció a Patricio en la secundaria pero, siempre tímida, merodeó por su campo visual durante varios años hasta que su desarrollo físico la hizo más y más atractiva. Algo mayor que ella, él la trató al principio como una niña, un tanto indiferente, otro tanto altanero, pero sin perder la cercanía. Se alejaron temporalmente cuando él se fue al extranjero y ella optó por concluir sus estudios para decantarse por la literatura clásica. Las orillas se complicaron con marejadas, porque Patricio, en su búsqueda irredenta, cayó presa de las drogas – cada vez más próximo al abismo – mientras que Matilde vivía sus propias tragedias en el hogar familiar.

Cuando las puertas se cerraron en Perugia, el joven regresó abatido por una pericarditis que se catalogó de origen viral (en buena medida procurada por sus hábitos nocivos), armado con una dotación de poesía mediocre, hablando con fluidez el italiano y dispuesto a retomar la vida con menos contingencia.

Una rara inclinación, tal vez una pulsión que lo salvó de más de un descalabro, lo orientaron a la escuela de enfermería. “Quería salvar vidas” – recuerda Matilde, con una mueca de desilusión. “No lo vi a su llegada, pero estuve atenta, lo añoraba”. Al escucharla pienso por un momento en la raíz etimológica de la nostalgia: dolor de ausencia, ansia del regreso.

Siguiendo destinos paralelos, estudiaban a menos de tres kilómetros aparte, percibiéndose, haciéndose las mismas preguntas, pero sin coincidir. Por fin, una tarde veraniega, de esas que se debaten entre lluvia y ráfagas de sol apremiante, ella se animó a visitarlo en la clínica.

  • Fue un reencuentro atropellado – indica Matilde, mirando en lontananza a través de mi ventana. – Me llamó con el pretexto de haberme soñado y, cuando arribé al hospital, me sorprendió cuánto lo deslumbré. Ni yo misma me había percatado de que era capaz de despertar esa excitación en un hombre.

Ciertamente, Matilde es una chica muy bella, reconozco al atenderla. Sus ojos verdes, que brillan a pesar de la tristeza, se encienden cuando habla y la develan como una mujer refinada, bien plantada, y seductoramente femenina. El cabello – de un negro rotundo – y recogido en una cola, ofrece un rostro de iconografía, de esos que uno se resiste a evocar. Puedo imaginar que para un muchacho de su edad, su belleza fuese todo un descubrimiento. Como salir de la sombra de una adolescencia de rastrojos y árboles caídos, al claro de un bosque encantado.

Con ojos entrecerrados, sumergida en la calidez de sus remembranzas, Matilde me relata que ese primer momento dio paso a una pasión vertiginosa. Deja de lado su timidez para contarme cómo se besaban en los lugares públicos, ajenos a las miradas y la vergüenza. Cómo caminaban tomados de la mano hacia su fonda favorita y compartían las viandas y el vino barato desatentos al ritmo de los otros; meseros, comensales o caras conocidas que se difuminaban en su abrazo recurrente, en su sed del otro, en su deseo. Cautivados por la inteligencia y la ligereza mutuas, se prometieron amarse “hasta el horizonte” – bromeaba él, remedando los viejos Westerns – , leerse las mismas novelas (de preferencia McEwan, Modiano y Elena Ferrante en dos idiomas), empuñar las mismas convicciones y viajar juntos, allí donde el mar desnuda a los que vacilan. Hicieron el amor en la penumbra de una oficina, en el asiento de un coche, a pleno día, burlándose del puritanismo de un mundo que no los admitía. En un arrobo, dijo él que gestarían tres hijos, una casa de campo, tiempo para crecer sin reveses, horarios protegidos para destejer su obra maestra y un balcón bien amplio para ungir de café cada domingo.

  • Pero no pudo ser – implora, con voz entrecortada por el sollozo. – Pato se marchó, tomó un derrotero que ambos sabíamos que era insalvable. Como si un océano nos separara, a pesar de todos los momios que habíamos hecho coincidir.

Y uno, en efecto, puede suponer que es una historia que ha oído en otras muchas variantes: – Against all odds – me viene a la mente. Pero eso es un descrédito inaceptable. Las lágrimas de Matilde son únicas, sin réplica. Su pérdida es la de una Penélope que ya no aspira al regreso de su compañero, y no porque las sirenas se lo hubiesen arrebatado, no. Tampoco porque haya sido carne de lestrigones o cíclopes hambrientos. Metáforas aparte, una miocarditis mal diagnosticada dio lugar al Lupus, enfermedad que se atrevieron a negar hasta que Patricio, una noche que escuchaban a Mark Knopfler (mi otro novio, chanceaba ella), expectoró sangre con un rugido de tos.

Los días siguientes fueron su calvario. Terapia Intensiva, inmunosupresores que conjuraban la autoinmunidad pero que acarrearon infecciones, tejidos infectados que dejaron de responder y trajeron a su vez ese vendaval que los doctores denominaron “falla multiórganica”.

Los amigos acudieron a donar sangre y montaron guardia permanente en la sala de espera. Ágatha, su “roomie”, vino a acompañarla, pero cayó muda de temor y sólo supo orar en silencio. Todo en vano. En medio de tal huracán de emociones y tropiezos,  aparecieron unos padrastros surgidos de la nada – vociferantes, repulsivos -; con ellos la sentencia de muerte y la respiración de su amado Pato, que se agotaba perceptiblemente, llevándose sus besos y su risa.

  •  Las exequias fueron de pesadilla – resume -, como si un gran manto de oscuridad sepultara aquella devoción, las madrugadas de sábanas revueltas, los tragos de tequila que antecedían a nuestros desvaríos y el ronroneo de las bestias, que se alertagaban sólo de sabernos tan íntimos, tan briosos.

Se retiró de la funeraria antes de que lo cremaran; “no hay ceniza que retenga su aliento ni el perfume de su piel y menos aún el vigor con que se injertaba tan adentro de mi cuerpo” – me dice, conteniendo el llanto, detrás de muchas humedades.

Apelo a esta mujer, desde su prematura viudez, para acogerla, porque no tengo palabras de consuelo que siembren luz en su vacío. Se me ocurre aquello de que “la sombra del objeto cae…”, pero me lo guardo por respeto a su lucidez, a la oquedad que percibo. Puedo fantasearlos de perfil contra una pared opaca, los dedos acaso entrelazados; ella va detrás, tratando de achicar su prisa por tragarse la existencia de un bocado, ansioso y desafiando fronteras.

Tras varios desaciertos, me limito a decir que aquí podrá condolerse hasta que su conmoción adquiera forma y pueda representarse, más allá de los sepulcros y la ausencia. Que estaré atento, no sólo conmiserativo o empático, que de nada sirve. Consigo con ello despertar su ingenuidad de niña, un gesto regresivo que pretende entender cómo es que todo lo que se sueña termina por desvanecerse.

  •   ¿Verdad que cuando una dice “mi amor”, así, en un suspiro inconsciente, algún ángel bate sus alas y la eternidad escucha?

Una voz atávica me conminó a tomarla de las manos, a cobijar su desamparo. Por supuesto, me contuve. Creo que asentí sin meditarlo mucho, carente de otro idioma.

Recordamos el pasado con candor porque valida nuestra existencia de un modo u otro. En retrospectiva, no todos los reordenamientos de la vida son tan oportunos. Nos columpiamos en el amor impasibles ante la falta de una red que atenúe cualquier caída. De eso se trata; extender las alas y confiar que el viento sople por ventura, más allá de todo infortunio. A ciegas, bajo el mar y sin aliento, donde la luz se derrame en haces y el tiempo se detenga y ondule, lento y armonioso.

Me pregunto, al atestiguar su drama, su quebranto, si somos fruto solamente de lo inevitable o a veces, por destellos, nos guía una chispa de voluntad. Somos la inercia del impulso, la saeta insospechada de nuestra prehistoria. ¿Acaso podemos torcerle el apremio al deseo?

Pensé que nada termina ni se olvida si nos ha tocado tan profundo. Uno deambula lesionado y conserva en secreto la merma – no por pudor, ni siquiera por vigencia – para no herir a otros.

La tarde se opacaba mediante un manto de nubes que hacían más pesarosa nuestra entrevista. Después de un prolongado silencio, escuchándola suspirar entre lágrimas, la miré con indulgencia y le propuse vernos en unos días, cuando el dolor le permita asomarse a través de las sombras y yo, por mi lado, sepa qué hacer con tanta pena.

* “The only story” de Julian Barnes, se publicó en Gran Bretaña por Jonathan Cape el primero de Febrero de este 2018. En la contraportada del libro se puede leer la célebre frase del poeta Alfred Lord Tennyson que el autor retoma para sí: ‘Tis better to have loved and lost than never to have loved at all.

Envejecer

Envejecer

A la memoria de mi padre

Recién extirpado el cáncer, Mikel me emplazó para que le ayudara a reescribir su historia. “Hace años – afirma con un gesto venerable – que me distinguen los cambios de piel y los achaques. En efecto, noto como las arrugas y el léntigo solar anuncian mi declive. A la par, pierdo inexorablemente la masa muscular y la destreza. Cuando encuentro a algún contemporáneo y despliega el fatídico “¡pero qué bien te ves!”, me sirve de espejo que deforma y que recoge cada rastro del pasado para arrojármelo a la cara con ironía.
No obstante, me siento joven, porque mantengo una lucidez de crucigrama y sudoku, leo en cuatro idiomas y hablo con dificultad en cinco, pero me defiendo. Este cáncer cayó como una maldición que ya no pude negar, como lo hice con la hipertensión y la osteoartrosis. Acarreo desde hace años un bloqueo de rama izquierda que me define frente a la mirada complaciente de mi cardiólogo, quien sabe que el reloj no deja de avanzar. He dejado de fumar, es cierto, y pese a mi reticencia para trotar contra el aire frío, me muevo, subo y bajo escaleras con cierta agilidad y ante todo, ingiero mis fármacos con fervor religioso.
Ha caído en mis manos el libro de Julian Barnes (1), autor que admiro, donde alude a su propia decadencia con una mezcla de cinismo y erudición. Declara en “Nada que temer” que como agnóstico no le atemoriza el juicio final, se sabe caduco e irrepetible, y tal vez eso es suficiente para otorgarle valor a una existencia. En cierto modo comulgo con Barnes, y creo que si mis padres claudicaron a la espiritualidad en su vejez fue por falta de aplomo en algo tan terrenal como la ternura. Supongo que la indiferencia les cobró la cuota y sólo volteando hacia lo beatífico (ella al amparo del templo; él emulando a Spinoza) pudieron hacer su languidez más soportable.
Ahora me da por recordar, no por resarcir, sino por el deleite de saberme frágil y aceptar mis estupideces y mis errores con más compasión que culpa. Las heridas que involuntariamente – por narcisismo o terquedad – infringí a mis amantes, en especial aquellas que me rindieron su esperanza como oleaje fresco, hasta porfiado, me arden hoy en carne propia”.

En este punto irrumpe en escena Sharon, su compañera de dieciséis años quien, a juzgar por su expresión lacónica, ha tolerado un sinfín de desvaríos. Se convida sola a la entrevista. Mientras se reclina mesuradamente en el sillón contiguo, me mira con descaro para calibrar mi complicidad. A todas luces tiene su propia versión del ocaso de su marido. Éste prosigue su relato, más atemperado.

“¿Sabes? La seducción de las sirenas es una metáfora universal, porque el telar de Penélope entraña algo atávico y definitivo. Ella urde la trama a sabiendas de que la vejez no te deja otra alternativa que transigir y atestiguar como se diluye el tiempo. El perro delata al recién llegado, andrajoso, cansado. Como es obvio, ahí termina el drama y queda sólo un remanente del aventurero, un vano espectro que Homero prefirió no retratar. Pienso también en esa imagen que dibuja Hemingway acerca del viejo que, derrotado por la voracidad de los escualos, regresa a soñar con leones en la playa, símbolos que evocan su vigor desgastado palmo a palmo por el mar.

Mi padre solía decir que en la vejez lo que más apreciamos son los ojos y los pies. Se cayó poco y, que yo recuerde, nunca sufrió una fractura; pero la vista fue su espada de Damocles. Creo en cambio que la lucidez es el mayor tesoro de la ancianidad, porque nos permite reconvenir e imbuir la volatilidad del presente con la gravidez de lo vivido.

Tampoco concuerdo del todo con el cinismo de Luis Buñuel (2), que acusaba a la vida de arrebatarle numerosos placeres, si bien sostenía que el tabaco y el alcohol serían sus compañeros de armas hasta la muerte. Para mí el erotismo (la pulsión de vida, si nos atenemos a la teoría psicoanalítica), la literatura y la música serán siempre indispensables. De ahí derivan todos los demás goces que hacen delirar a los seres humanos. Hay algo innombrable en un andante de Mozart o Brahms que se injerta bajo la piel y sacude el espíritu, si es que existe tal entelequia. Una frase acuñada con inteligencia a la mitad de un relato policiaco, esa que conjuga el humor negro y la especulación, recoge el sentido de inmortalidad que todos los hombres anhelamos pese a que la sabemos perdida. Debo admitir que la egolatría me ganó y rocé el poder mundano en otra época. Como el pequeño que deja que su curiosidad lo acerque al fuego, me quemé las manos y el prestigio, que se chamuscó diligentemente entre las llamas de la codicia.

Sin ánimo de aburrirte, permíteme rememorar ese momento carnal en la penumbra de mi adolescencia, con aquella mujer morena que me educó en el arte de moderar la pasión en pro de la ternura. Ahora sé que lo aprendí demasiado tarde y, necio, desvié incontables veces el rumbo para saciar mi arrogancia y confirmar de nuevo la verdad de esa premisa. Pero uno tiene que sumergirse en algún pantano para ratificar el conjuro de lo etéreo, eso se lo debemos a nuestra naturaleza, por simple virilidad”.

Ahora es su nieta quien interrumpe la narración. Es una niña de ojos acuáticos y manifiesta vitalidad que se abalanza sobre el abuelo sin reparar en quienes lo rodeamos. Su pelo ensortijado cubre la rodilla de Mikel, quien sonríe y cae en la marea de las caricias sin proferir palabra.

  • No sabía que pudieras derramar lágrimas de conmoción, camarada – le digo, para sacarlo del embrujo.

Sin desembarazarse de la pequeña, me observa con cierto desdén y retoma su crónica:

“El otro postulado que deriva de la Odisea es el imperativo de viajar. Al margen de las instantáneas que uno pudiese recoger por razones patéticas, percibir otras lenguas, constatar la relatividad de la idiosincrasia y asombrarse del alcance del pensamiento y la inventiva humanas hacen de cualquier periplo una proeza. En efecto, yo acepté viajar desde niño. Al principio me atraían los olores (arcaico sentido el del olfato) y las tonalidades de la geografía y sus habitantes, pero gradualmente fui descubriendo el lenguaje no verbal, el galanteo y el desaire, cada cual con su peso específico. Aprendí a escuchar no sólo las palabras extranjeras, sino las inflexiones de voz y la emoción con que eran o no vertidas. En los ojos de la gente y su opacidad encontré mensajes insospechados y ambiciones remotas, que se hacían patentes con sólo estirar la mano. Conocí la maldad, engendro primigenio que nubla el entendimiento pero que a la vez rescata al individuo de sus profundidades. Ante esa aparición, es imposible sustraerse del encantamiento y la religiosidad, pero subvertí tal flaqueza al leer a Burton Russell (3) y a Susan Neiman (4), quienes desmenuzan el mal con la elegancia que a mí me falta.

Alguna vez recé para pedir por un mundo más sensato, o para ahuyentar la muerte cuando me sabía asolado; uno apela a lo divino cuando se cierran los senderos y se cimbra la vida con el fragor de las propias tempestades. Pero no hubo respuesta y comprendí de inmediato que nacemos desamparados y moriremos solos, enfrentados al piélago de los secretos que cada cual lleva consigo. No acepto la piedad porque detrás de ella se esconde la displicencia que acarreamos por todo lo distinto. En ese mismo sentido, la bondad me despierta mucha suspicacia. Prefiero la franqueza porque es como la transparencia del aire, que no deja nada al tanteo y si se envilece, se comporta como un huracán sin freno. Mejor así, de frente y libre de embozos”.

Sharon y la pequeña Aitana se han ido, un tanto hastiadas del monólogo. La tarde ha caído sin percatarnos y hace frío; se acumulan los nubarrones que auguran la nevada a la distancia.  Mi viejo amigo se asoma por la ventana y carraspea; los álamos están secos y el riachuelo ofrece un color entre pardo y gris, paisaje que se antoja sepulcral. De espaldas, es un hombre exhausto, atravesado por grietas y excrecencias, cuya mano sobre el dintel revela el vasallaje del dolor y la erosión del tiempo. Pero sonríe – puedo advertir su reflejo en el cristal humedecido – y no hay duda de que aprecia los elementos que se agregan ante sus sentidos aún despiertos. Después de unos minutos, se gira hacía mí, la nariz enrojecida por el aire gélido y, sin ocultar su gozo, termina:

“Como puedes ver, la vejez es un cúmulo de derrotas superadas, nos encorva porque el cuerpo sabe reflejar la gravedad con la que hemos sopesado el desamparo y la eterna búsqueda del consuelo del otro, pero también nos enseña gradualmente a desprendernos de todo bagaje. Hoy en día regalo libros, no tomo fotografías, aspiro menos oxígeno y recorro pocas calles. Persiste mi anhelo de viajar, conocer, despertar cada mañana con una sorpresa, pero mi horizonte se ha reducido, y con ello mis ambiciones y alcances. Un amigo me dijo con cierta razón que prefiere leer las novelas que disfrutó antaño, porque ahora adquieren otro resplandor y le transmiten imágenes que lo reencuentran con su ingenuidad o asombro, lo que desaparezca primero. Como él, me atengo a mi recuerdos más placenteros, repito anécdotas que mis parientes objetan como parte del deterioro cognitivo, aunque en realidad me deleito en su fastidio. Lo cierto es que “estoy bien dentro de mi piel” – como dicen los franceses -, si bien la mía ha perdido su fulgor y me basta la placidez de cada jornada para no envidiarle la lozanía a mis congéneres. Me hace falta la contención amorosa, lo admito sin falacias, aunque a otros les resulte un viejo decrépito y necesitado. Pero no la pido, la inhalo cuando está cerca y la añoro en mi soledad; a esta edad la dimensión de las cosas es más que subjetiva.

No es retórica; te puedo insinuar que no me angustia la agonía. Mi carcinoma y antes un vahído que me hizo perder la conciencia me han enseñado que morir es cerrar la puerta y apreciar como se instala la oscuridad, sencillamente. Después no hay desolación, miedo o pesar. El alma es un remanente que se entreteje en el deseo de quienes nos amaron, por un instante o por un periodo de duelo, según la veracidad del vínculo. Existe sólo en el ánimo ajeno y se evapora, siempre, sin remedio. Como sentenció el poeta: “Amé, fui amado, el sol acarició mi faz. / ¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”(5).

Cargo con la desdicha de no acompañar a mis padres cuando expiraron, pues hasta cierto punto cabía anticipar su deceso. Me acobardé, no supe hacerle frente a la impotencia y llevarlos de la mano hasta la barca de Caronte. Me lo reprocho de madrugada, cuando mis fantasmas se insinúan como un sudor que cala hondo, destemplando los huesos. En ese tenor soy un alma en pena; ellos descansan, ajenos al mundanal ruido y a mis culpas.  Habré de morir sin arrastrar a nadie, sin pedir compasión y procurando saldar mis deudas, para que lo que quede de mí – transitoriamente, como el aliento de los difuntos – sea una ausencia grata y acaso sugerente”.

Bibliografía recomendada:

  1. Julian Barnes. Nothing to be frightened of. Vintage, New York 2009.
  2. Luis Buñuel. Mi último suspiro. Editorial Debolsillo, Madrid 2008.
  3. Jeffery Burton Russell. The prince of darkness. Radical evil and the power of good in History. Cornell University Press, New York 1988.
  4. Susan Neiman. Evil in modern thought: an alternative history of philosophy. Princeton University Press, New Jersey 2015.
  5. Amado Nervo. Poesía reunida. Tomos I y II. Secretaría de Cultura, México 2010.
  6. Richard J. Bernstein. Radical evil: a philosophical interrogation. Polity, London, UK 2002.
  7. Nancy A. Pachana. Ageing: a very short introduction. Oxford University Press, Oxford, UK 2017.
  8. Wilhelm Schmid. Sosiego: el arte de envejecer. Kairós, Madrid 2013.
  9. John Green. The fault in our stars. Penguin Books, New York 2014.
  10. Joseph Roth. La marcha Radetzky. Edhasa, Madrid 2009.
  11. Cory Taylor. Dying: a memoir. Tin House Books, Portland, OR 2017
  12. Atul Gawande. Being mortal: Medicine and what matters in the end. Picador, New York 2017.
  13. Simone de Beauvoir. La vejez. Editorial Debolsillo, Madrid 2016. (“Desde el fondo del espejo me acecha la vejez…).