Al este del paraíso

Al este del paraíso

La mañana empezó con la acritud del aire, penetrante y espeso. Ese calor irrespirable de todos los días, y el ruido bestial de la motocicleta de Eulalio, saliendo rumbo a la playa. Se levantó mareado y escupió por la rendija, no sin antes azuzar al perro con el pie descalzo, que emitió un chillido de disgusto. La casa de tabicón y techo de lámina, igual que los goznes maltrechos de herrumbre, estaba en silencio. Entre los trapos y persianas de carrizo que cubrían la ventanas se insinuaba una brisa sucia. Su mujer se habría marchado al alba, para barrer la casa de los ricos; “pulir el Diamante”, solía decir. Una mueca de desdén siguió a tal pensamiento. No la vería hasta bien entrada la noche, exhausta y sin ganas de fornicar.
Se echó como pudo un cambio de ropa encima y salió a arengar a sus subalternos, que fumaban en semicírculo al pie de una carcasa abandonada.
– ¿Dónde está la mercancía, gatos? – gritó de golpe, para sorprenderlos.
Los tres chicos, morenos y con el pelo revuelto, saltaron un paso atrás, casi una reverencia. Cacho, un mulato delgado de facciones hoscas, sin camisa y con un bañador roído, atinó a responder: – Conseguimos sólo cuatro kilos, jefe, la sierra está inundada de malandros.
– Les pago para traerme lo mejor. ¿Qué coño necesito? ¿Me los quiebro o los cambio por sus viejas?
La pregunta retórica se quedó flotando en la ventisca, densa como todas sus constantes amenazas. Se miraron en connivencia; algún día este animal sería reemplazado y su cuerpo flotaría en la laguna; un vago recuerdo, igual que los otros.
Negro, el mayor y – en todos sentidos – más oscuro que sus contertulios, empujó a Manuel con tanta fuerza que cayó con una rodilla al suelo, bufando.
– ¡Saca la planta! – ordenó.
Molesto, el chico se levantó para enfrentarlo, sólo para recibir una bofetada de vuelta. Se tapó la boca para limpiar el hilo de sangre y se encaminó, trastabillando, detrás de un paredón derruido.
– ¡Ya, niños! – intercedió Chilapa, el jefe, a quien sólo conocían por su lugar de origen.
Entre las callejas de ciudad Renacimiento, el Negro había ganado a pulso su reputación de sicario. Varias muertes con arma blanca, en el anonimato de las madrugadas, se le atribuían sin prueba alguna. Pocos sabían donde pasaba la noche, menos aún donde merodeaba de día. Además, cuidaba con recelo sus lealtades, que eran ante todo efímeras y utilitarias. Chilapa lo había reclutado con cautela; mejor tenerlo cerca que recibir su visita inesperada. Conocía la ambición, el desacato ante cualquier orden o jerarquía, y sobre todo, ese carácter taimado, siempre al acecho; la ruindad tras el brillo ocre de sus ojos, indescifrable.
Separaron la hierba en manojos y, con refinada destreza, los jóvenes liaron varios cigarrillos para su venta entre los turistas. El jefe iría por su cuenta a los condominios de lujo, donde sus clientes adinerados lo conocían como Román, mesero y chofer de taxi. La venta por gramos pagaba las remesas y el sueldo de sus esbirros, pero resultaba insuficiente. Desde semanas atrás urdía un ascenso en su esfera de influencia: – No alcanza para vivir – se dijo entre dientes – y menos ahora que la Soco está esperando. Toca anular a los Moscos.
Se refería a una banda de añejos matones que gobernaban los andadores del norte, al borde de la carretera. Su cuñado, Eulalio, se había infiltrado entre sus cuadros medios. Al correr del tiempo había ganado respeto por su eficiencia para vender y eliminar zopilotes, como denominaban a sus rivales.
– Ahora viene nuestro turno – pensó Chilapa. – Con la muerte del viejo Tarasco (bendita cirrosis) están descabezados y temerosos.
A sus veintidós años, le correspondía ocupar el mando. Los hermanos de Socorro sabrían esperar y a su lado, dar el golpe de gracia. Se enfundó en la camisa blanca, desempolvó el pantalón de tergal negro y limpió el lodo de los mocasines que lo identificaban ante cualquier asalto.
Humberto lo esperaba bajo la sombra en un andador aledaño, el Tsuru recién lavado. Eran amigos desde que llegó a la costa; su cara rolliza y el abdomen blando le revelaron que había bebido toda la noche.
– Difícil confiar en este carajo – pensó. – No para de chupar. Pero sabe guardar secretos y aunque ande crudo, nunca me falla.

Está a unos pasos de acceder al auto, cuando lo acosa una voz chillona: – ¡Señor Chilapa, señor Chilapa! Por instinto, el hombre se lleva la mano a la espalda, para empuñar el arma que carga bajo el cinturón. Apenas girarse, desiste. Es un niño en bicicleta, precedido del rechinar de ruedas y pedales oxidados. Explica con aliento entrecortado que su madre está a punto de parir y necesita dinero. Obsequioso, el capo extrae una billetera “de marca” y extiende varios billetes de quinientos. El niño, un tanto aturdido por el gesto, lo abraza reclinando la cabeza en su abdomen y se despide entre sollozos. Las veredas están secas y huelen a letrina, un hedor penetrante de orina y despojos que lo envuelve todo. El taxista arranca el coche y desfila a baja velocidad entre las casuchas; vigila, escudriña y exhibe el dominio que prohija con su acompañante. Transformado en su alias, el pasajero fuma con la ventanilla abierta, fingiendo desinterés hacia las miradas de los transeúntes. Puede sentir el temor que exuda, ese asombro que ha trascendido de sobra el respeto de antaño, cuando servía en lugar de mandar. Es quien mantiene seguras las calles, segrega a los chulos y proxenetas (aquí no se vende carne – les ha advertido), previene los atracos a domicilio y distribuye las ganancias con justicia selectiva. No hay autoridad como la suya, que atañe a todos los vecinos, que penetra todos los rincones y que mantiene al margen – y bien correspondido – a cualquier policía. Baches y piedras rasantes, polvo por doquier, la irregularidad del camino; autos desvencijados en cualquier sentido, perros sin dueño y a la deriva, el paso de bicicletas y de mujeres obesas que cargan cubetas o vuelven del mercado, obligan a trazar una ruta sinuosa. El jefe no tiene prisa, éste es su territorio y disfruta el recorrido. Varios minutos después, alcanzan el eje central. Humberto pisa el acelerador y enciende el aire acondicionado. Mira de reojo a su amigo encumbrado, quien marca una y otra vez el teléfono móvil para prorrumpir órdenes perentorias.
Los jardines de la zona de condominios y departamentos aparecen impolutos, recién podados. Hay palmeras a ambos lados del asfalto, jazmines, bugambilias y azaleas que brillan o contrastan con la luz tangencial y las paredes recién bruñidas. Los rehiletes bañan con su rocío a las sirvientas y guardaespaldas que se cortejan en las aceras. Una joven trigueña en leggins y tankini trota ante las miradas lascivas de los jardineros, absorta con sus audífonos blancos, inmune al ronroneo fugaz de los BMW o Acura y a las conversaciones a su paso.
Román desciende del taxi y saluda al guardia con familiaridad. Carga una mochila con un cambio de ropa y dos kilos de mariguana separada en atadijos de 100 gramos (- que son  menos de sesenta después de “deshuesarlos” – alardea en tono burlón ante sus secuaces). Su sonrisa es flamante y reviste un aspecto seductor e inofensivo. Ingresa por la reja de peatones y deja su identificación – falsa por supuesto – en manos de Crisanto, oriundo de Iguala, que lo saluda con afecto e intercambia bromas acerca de las chicas de servicio, que justo entonces pasan a su lado.
El mesero se dirige al penthouse de la Torre Siete, donde servirá el brunch para un empresario del DF, adicto a la cocaína, que ha sido su cliente los últimos tres veranos. Ambos buscarán el momento de intercambiar el paquete; quizá en la sobremesa, cuando su esposa, una mujer altiva de mejillas asalmonadas, que jamás le ha dirigido la palabra, atienda a sus invitados con champaña y Pinot Gris. Al verla, Chilapa recuerda la curvatura de sus senos de plástico cuando supervisó la cena durante la Navidad pasada y su perfume, tan estridente como su voz. Revive en un momento la insignificante propina que ha recibido y el odio que le guarda a esta mujer con su petulancia y su frivolidad. Disipa la inquina para ofrecer el postre mientras su mente viaja hasta el condominio Maralago, donde Socorro tiende camas y hace la limpieza sin reparar en su embarazo, empleada de varios años por una miseria. Un día de estos le dará una casa en el centro, la llevará a comer pescado a la talla en Barra Vieja y, con su poder incontestable, le besarán los pies; incluso estos fantoches que se creen dueños del mundo.

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De ciertas partituras perdidas

De ciertas partituras perdidas

El famoso cellista Stephen Isserlis se preguntaba hace unos años qué tenía Mozart en contra del violonchelo. Escribió veintisiete conciertos e innumerables sonatas para piano y violín, cinco conciertos para violín solo, así como tantos otros para flauta, clarinete, corno y fagot. Ni una sola nota para violonchelo solo; excepto treinta y seis barras para un concierto inconcluso y otras treinta y tres de un andantino para cello y piano.

Entre sus contemporáneos, Franz Joseph Haydn dejó cuatro egregios conciertos (dos de ellos perdidos en el tiempo) para este instrumento, que se veneraba desde entonces por su afinidad con la voz humana y su taciturno temple. Más aún, su padre Leopold había dejado para la escena un divertimento para dos cellos y bajo continuo. Acaso esa mirada reprobatoria que Mozart resintió hasta su muerte lo hizo distanciarse inconscientemente del malogrado instrumento.

No obstante, su relación con el cello tuvo un giro peculiar. Amadeus cultivó en Bolonia la amistad de Josef Mysliveček, compositor de varias piezas célebres para cuerdas y orquesta. Este personaje, bastante descuidado por los cronistas del barroco, influyó creativamente en el joven de Salzburgo con quien mantuvo una relación tan personal que se refleja en que Mozart lo visitó durante su hospitalización en Venecia, cuando perdió la nariz por una gumma sifilítica.

Mysliveček pasó la mayor parte de su niñez en la calle Melantrichova, a escasa distancia del famoso puente de Carlos. Estudió filosofía y se graduó como maestro molinero a instancias de su padre, que distribuía harina de trigo y centeno en Praga. Pero su ambición fue siempre la música. Para ello se trasladó a Venecia, donde sus encantos y pasiones le ganaron el apodo de “El divino bohemio” o el “Venatorini” (pequeño cazador), traducción literal de su apellido. Nunca se casó y de sus numerosos amoríos se sabe poco, salvo la propensión a dilapidar su herencia y sus ganancias como intérprete o cortesano hasta perder por completo el respeto de la aristocracia italiana.

Conoció a Mozart en 1770, cuando el prodigioso adolescente contaba catorce años y ya era un músico aclamado en Europa sudoriental. Mozart le tomó especial aprecio, si bien su padre desconfiaba de las correrías del disoluto checo. Tomó diversos motivos de sus arias y sonatas para decorar su propias creaciones, e incluso le compuso un arreglo para su ópera “Armida”, estrenada en 1780. Se refirió varias veces al músico checo como dotado de un carácter lleno de espíritu y vitalidad.

Ninguna persona fuera de su familia le deparó tanto afecto, como se describe en su carta del otoño de 1777, donde se duele de la quemadura que le infringió un cirujano incompetente y que le hizo perder la nariz. Mysliveček se disculpó públicamente aludiendo a un cáncer óseo que le habría ocasionado un accidente de coche meses atrás, pero su fama lo precedía. Como muestra, les incluyo enseguida un fragmento de la carta del joven Mozart a su padre, cuya elocuencia es admirable:

“Munich, Oct. 11, 1777.

¿Porqué no te había escrito nada acerca de Misliweczeck? Porque estaba demasiado absorto en no pensar en él; porque cuando se habla de él escucho cómo me alaba y qué clase de amigo fiel es para mí. Pero a ello sigue la lástima y el lamento. Me describieron qué le pasó, y me afectó profundamente. ¿Cómo podría soportar que Misliweczeck, mi íntimo amigo, estuviese en la misma ciudad; no, en el mismo rincón del mundo, y no lo haya visto ni hablado con él? ¡Imposible! Así que decidí visitarlo. El día previo, me comuniqué con el gerente del Hospital Ducal para que se me permitiera verlo en jardín, que me pareció lo ideal, dado que los doctores me aseguraron que ya no había riesgo de infección. […] A la mañana siguiente, fui con Herr von Hamm, el secretario de la Corona y mamá al Hospital Ducal. Mamá pasó a la capilla, y nosotros al jardín. Misliweczek no estaba ahí, así que le mandé un mensaje. Lo vi venir hacia nosotros, y lo reconocí de inmediato por su forma de caminar. […] Cuando llegó hasta mí, estrechamos la manos cordialmente. “Ya ves”, me dijo, “qué desafortunado soy”. Estas palabras y su apariencia, de la que me habías advertido, me alcanzaron tanto el ánimo que sólo puede decirle, con lágrimas en los ojos, “Me apena desde el corazón, querido amigo”.

Acorde con la gran sensibilidad del joven compositor, uno puede adivinar la fidelidad que los unía. Mozart no denunció la enfermedad venérea que afligía a su amigo, pese a los reproches de su padre, y sólo se alejó definitivamente de él cuando, un año después, tras prometerles una presentación de su ópera Thamos, Rey de Egipto (K. 345) en el Teatro San Carlo de Nápoles, los defraudó miserablemente.

Su arrogancia e indisciplina fueron sus verdugos, cierto, pero Josef Mysliveček fue uno de los más prolíficos compositores de sinfonías del siglo XVIII. Su música evoca un estilo diatónico, colmado de donaire, típico del clasicismo italiano. Acaso la inventiva melódica de sus composiciones se halla impregnada tanto de su veleidad como de su seductora personalidad. El concierto para cello y orquesta que les incluyo a continuación, es testimonio de esa gracia, que en su momento compartió – imagen especular – y cautivó al precoz Amadeus, enfrentado a la suspicacia de su ceñudo padre.

https://www.youtube.com/watch?v=tC2vlEeQep4

PS. Otra partitura recuperada hace apenas tres meses, es el concierto para cello de Mario Castelnuovo-Tedesco, que fue estrenado por la Filarmónica de Nueva York en 1935 pero que no se había vuelto a interpretar hasta esta reciente primavera. En el periodo de entreguerras, el compositor florentino gozaba de una gran reputación en Europa y había recibido encargos para sendos conciertos por Andrés Segovia y Jascha Heifetz. Huyó del fascismo de Mussolini en 1935 y se asentó en Hollywood, donde se ganaba la vida componiendo música para películas, a excepción de ese concierto para cello dedicado a Gregor Piatigorsky, que estrenó bajo la dirección de Arturo Toscanini. La obra, de tres movimientos, está formateada como una cadenza. Abre con el solista aislado, a quien responde la orquesta, imitando ciertas frases y temas principales. A ello sigue todo el virtuosismo acrobático posible: largos arpegios y escalas floridas, mezclados con melodías cortas y dobles pausas. Recuerda a la Sinfonía española en Re menor de Lalo, aunque aquí el trabajo del solista es de mucha dificultad en diálogo fluido con la orquesta. La pueden escuchar en este vínculo con la Orquesta Sinfónica de Houston e interpretada por su re-descubridor, el cellista Brinton Averil Smith.

https://www.youtube.com/watch?v=x3mDG258-c8 

Úsese y tírese

Úsese y tírese

Como mis coterráneos, no puedo sustraerme al alud de noticias y promociones que inundan mi teléfono móvil cada mañana. Periódicos ingleses, norteamericanos, españoles, franceses y locales, por supuesto. He aprendido a mirarlos como autómata y recalar sólo en aquellos que versan con la salud, la literatura, la inteligencia artificial y la ciencia. Dado que a estas alturas soy un rehén de las galletas (“cookies” etéreas), también recibo dudosas ofertas de artículos deportivos, instrumentos médicos y libros de cualquier estirpe. Todo esto viene entreverado con Whatsapps de pacientes y colegas, artículos de vanguardia en temas de medicina y filosofía, notificaciones furtivas de empresas que desconozco y otros tantos pájaros perdidos.

Esta misma mañana, la empresa Nike – dueña de los pies inquietos de buena parte de la humanidad – envía una promoción de ropa y calzado deportivo. “Shop fast” (compre rápido), reza el recuadro en rojo al abrir el mensaje. Entre líneas me propone no meditar si lo requiero: pulsa la tecla, luego averiguas.

Descubro además durante el desayuno que la sociedad norteamericana ha inventado los llamados “hacks”; es decir, atajos para acceder al conocimiento, fácil y rápido. Es, con reservas, la perversión de la cultura.

Sabemos que el término “hack”, que se traduce como cortar o segar, ha dado pie a la creación de “hackers”; aquellos individuos versados en la tecnología informática que husmean, interceden, cortan y subvierten comunicaciones o sistemas de cómputo por vandalismo o genuino provecho. A tal grado, que las empresas de ciberseguridad en todo el mundo contratan a los otrora “White Hats” (hackers benévolos, podríamos decir) para apoyarlos a fin de frenar ataques cibernéticos o evitar la invasión de sistemas empresariales. Parece ciencia ficción a la manera de Philip K. Dick, pero ocurre todos los días en numerosos gobiernos y organizaciones financieras del Primer Mundo.

De tal fabricación, impelido por la histeria propia de muchas comunidades estadounidenses, ha surgido el concepto de que todo es “hack-eable”. Dicho de otro modo, toda interpretación del mundo cognoscible se puede simplificar para ser usada de manera pragmática y, desde luego, para ser desechada de inmediato.

Veamos un ejemplo. Al indagar con Google la entrada “Medical Hacks” me encuentro con diversos sitios, entre los que destacan una invitación del MIT para acudir a un seminario de hackers en ciencia y tecnología, impulsando la innovación. Más abajo, aparece una página que se denomina “Trece atajos médicos para la Doctora Mamá”. Se trata de un sitio que recomienda medidas artesanales para curar heridas, aftas y quemaduras de sol con remedios caseros. Incluye también consejos prácticos para mitigar el hábito de chuparse el dedo, cómo sacar una astilla y cómo aliviar la cefalea frotando el borde lateral de la palma de la mano a la guisa oriental.

Para quien se ha maravillado y ha develado a su vez el pensamiento mágico que impregna la incultura sanitaria en la actualidad, el fenómeno resulta fascinante. Ahora podemos desaparecer el dolor en un abrir y cerrar de ojos, sin necesidad de pesquisar el diagnóstico. El universo al alcance de la ignorancia.

Basta consultar las incontables páginas de “hacks” en las redes sociales para encontrar los vericuetos para nuestras preguntas sobre el origen de la vida, las razones de nuestra existencia, la incertidumbre del futuro o los meandros del inconsciente. Los invito a penetrar este laberinto de falacias para encontrar “todo lo que uno quería saber y no se atrevía a preguntar”.

Me parece que esta conducta social, contagiosa y pertinaz, responde justamente a la tendencia de evitar la reflexión para encontrar soluciones expeditas ante cualquier predicamento.

Terapias breves en lugar de la travesía psicoanalítica:

– Puedo pagar una sesión quincenal, doctor. Con eso haga lo que pueda. (Como si se tratara de la necesidad del psicoterapeuta)

Relatos cortos a cambio de tratados que evocan la esencia o la tragedia humanas:

– Pásame la revista, ese libro tiene más de doscientas páginas y no lo voy a terminar. De hecho, ya bajé el resumen en Internet (¿Para qué esforzarse a pensar?).

Series televisas que sirven para evadirse, en vez de grupos de lectura, conferencias o actividades culturales que movilicen la conciencia y obliguen a desarrollar otras capacidades. Un idioma coloquial en lugar de dos o tres. El alcohol o las drogas en sustitución de la razón y el sentido de realidad. La zona de confort – como se suele decir – en lugar del esfuerzo y la superación. El fármaco para el GAD (trastorno generalizado de ansiedad; ¡bendito DSM-V!) en vez de indagar en las profundidades del recuerdo o la transferencia a fin de discernir qué causa la angustia, qué recóndito trauma infantil subyace al dolor o la pena.

Hemos de lamentar que la celeridad de las comunicaciones, el acceso irrestricto (salvo bloqueos parentales) de la información y la reducción dramática de nuestro margen de atención han ocasionado que no investiguemos, no escuchemos y, pero aún, que no reflexionemos. Eso nos hace mucho más susceptibles al consumismo, a la manipulación mediática o al adoctrinamiento.

En otros tiempos, la gente se definía como idealista, romántica, conservadora, de derechas o de izquierdas, según el tenor de su educación y su perfil ideológico. Se enfrentaban a sus pares y a sus contrarios, discutían o votaban para elegir a sus representantes políticos en función de esa afinidad, y se identificaban con las figuras mitológicas o retóricas que satisfacían tal credo o sistema de valores.

Precisamente porque su vigencia es tan efímera y los méritos tan relativos, porque Don Dinero manda por encima de cualquier virtud, las convicciones políticas y las ideas acerca de la finitud o la vocación personal han dejado de ser trascendentes para la mayoría. Basta arroparse en una camiseta deportiva, portar el último modelo de teléfono o automóvil, blandir la bolsa de marca o el reloj inteligente para sentir que se es apto o idóneo para la comunidad urbana.

Han proliferado las playeras (T-shirts en cualquier latitud) que representan al individuo y sus ideales comprados. Hasta hace poco, dado lo flagrante de sus mensajes, nos deteníamos a pensar en su significado, acaso qué nos quería transmitir el sujeto que las portaba. Ahora pasan como letreros fugaces de las carreteras o anuncios de autobuses, se fijan en el preconsciente pero no dicen nada: “Cinco síntomas de flojera. 1…” “Fuck-off”, “Sarcasmo. Otro servicio que ofrezco”, “Edición limitada”, “Relleno de amor”, “Pues no eres tan fea como parecías de lejos”…y podría citar cientos más de contenidos aberrantes, inquietantes o agresivos.

Dicho  de forma elemental, estamos cayendo en la percepción panfletaria, en la falla de juicio constante, en lo tácito, aquello que no face falta meditar. Parece suficiente ver el mensaje, asimilarlo con premura – como quien se atraganta pero no digiere – y vomitarlo a los cuatro vientos en forma de memes, chats o links. Jerga que, dicho sea de paso, nos ha tomado por el cuello.

Los idiomas se han pervertido, porque resulta incómodo y sobrante aprender sintaxis, puntuación o semiótica. Leer y estudiar aburre, pues con un mínimo de destreza se pueden ligar fragmentos, epígrafes, frases hechas y demás artificios que permiten plagiar un discurso. (Justo en estos días se dirime si Bob Dylan, último Premio Nobel de Literatura, hizo lo propio para redactar su discurso de aceptación ante la Academia Sueca). La farsa del “copy-paste” ha derogado la aventura de la inteligencia y el placer por el conocimiento.

Es bastante probable que tanta volatilidad se vea comedida cuando los que la ejercen sin reparo tengan que asumir las obligaciones que acarrea la crianza y la necesidad de frenar la inercia en pos de cierto equilibrio personal o económico, pero nada lo garantiza. Apuro mi trago de “wishful thinking”, para abusar del inglés.

Al grano, pues. Lo que preocupa es que estamos contaminando a nuestros hijos y pupilos. Al condonarles la urgencia, el desatino y la ausencia de reflexión, los empujamos al desfiladero del automatismo, a la verdad virtual; esa que sólo priva de momento, que no tiene historia, aquella a la que le sobra la frivolidad y ha olvidado así que existen el afecto y el presente.

El escupitajo

El escupitajo

De niño, me intrigaba el gesto retador y artero de quien escupía sin razón alguna hacia el suelo; caminando, esperando el autobús, o tal vez, a mitad de una charla entre contertulios. Dado su peculiar arbitrio, me pareció a poco de descifrarlo que equivalía a una micción propia de perros o gatos machos, marcando su territorio. Lo curioso es que si bien predominaba entre los albañiles, mecánicos, veladores y otros oficios vernáculos, también lo hacían algunas mujeres  y con frecuencia las meretrices que rondaban sus esquinas en la oscuridad.
Cuando accedí a la pubertad, alguna vez jugamos a ver quien escupía más lejos, tanto como quien aguantaba más la respiración o eructaba más ruidosamente, pero nunca se nos ocurrió que eso debiera ser una táctica cotidiana o que implicara alguna territorialidad. Fue uno de tantos ejercicios para transgredir el orden y la autoridad que nos permitíamos en privado, reticentes de hacernos hombres. En cuanto tuvimos edad para incursionar en los bares, nos recibió con sorpresa la potestad de las escupideras, donde se vertía sin excepción el desenfado. Con el tiempo, escupir se trastocó en un recurso obsceno y acaso reservado para la intimidad de la ducha o el retrete. Supongo que la vergüenza hizo su arribo para imponerse.
He crecido, estudiado y ejercido en una ciudad que comulga con la basura. En mi barrio, en mi Universidad y en torno a mis distintos sitios de trabajo, he visto aglomerarse los escombros, desechos y envases de todo género de manera recurrente. Atraídos casi siempre por estancos de comida, surgen como hongos, uno tras otro, allí donde se estaciona apenas la gente. En mi caso, han sido los hospitales, sobrepasados por los vendedores ambulantes e incapaces de higienizar siquiera las calles aledañas. El oficio de recogedor debe ser tan monótono como infalible en estas latitudes, porque todo ciudadano contribuye con su dejadez y su mugre.
No fue sino hasta bien entrado este siglo que los gobiernos citadinos descubrieron que los cestos de basura podían adecuarse para los lugares públicos. Vimos como proliferaban en los parques, bajo algunos letreros o paradas de autobuses. Poco después, adquirieron una identidad; inorgánica para los desperdicios de plástico, papel, madera o fuego (como si pudieran intercambiarse) y orgánica para todo lo comestible y presuntamente biodegradable.
Como la cultura del Tercer Mundo es ingénita a tal condición de subdesarrollo, basta atestiguar que ambos rubros se obvian por doquier. Botes repletos de basura de todos tintes son la norma, aún en los centros comerciales más exclusivos. Es decir, la inmundicia no es privativa de la pobreza o la falta de educación formal, es un rasgo tan latino como el titubeo y el ingenio para mentir o burlarse de sí mismo.
Cuando pude viajar al extranjero como estudiante de posgrado, lo primero que me deslumbró fue la pulcritud de las calles y los espacios públicos. La gente paseaba a sus mascotas con palas y bolsitas de plástico para recoger sus heces. Los parques estaban impecables en cualquier estación del año. Los cestos de basura eran visibles en cada esquina y la gente los usaba con asiduidad. Pronto pude constatar que había claros matices. Los ciudadanos adinerados de Londres, la urbe que me acogió durante casi un lustro, limpiaban su pedazo de acera, sus patios y entradas, sin esperar que pasara el camión de basura o que nadie más los conminara a hacerlo. Más al sur y en la periferia, la escenografía resultaba familiar. Había cúmulos de basura y paredes con graffiti, la gente miraba hacia otro lado, con descontento, con evidente resentimiento social.
Por esos años se hizo presente el concepto de reciclar la basura. Se calcula que una sola familia urbana desecha entre 45 y 50 kilos de basura por semana. Residuos que tienen que ir a parar a algún contenedor, horno incinerador o pozo de desperdicios. De éstos, cerca de la mitad no es reciclable, así que invade e intoxica la tierra que pisamos y el aire que respiramos irremediablemente.
En los cinturones de mi ciudad son montañas de basura que se han sedimentado por décadas de acumulación fortuita y sin método, cuyo tufo recibe a todo visitante de forma inequívoca.
Sabemos además que la cantidad de escombros metálicos que flotan girando por nuestra atmósfera es escalofriante, y no hay satélites barrenderos o manera de evitar que graviten en nuestro entorno. Una espada de Damocles para la humanidad entera, pendiendo del espacio sideral.
De vuelta a mi barrio, observo a un chico que se estira frente a mí desde una camioneta de legumbres para escupir con desparpajo y retraerse satisfecho de su mísera hazaña. No advierte siquiera mi presencia circulando a su ritmo. Acto seguido, un automovilista a mi derecha abre la ventanilla y arroja sin más una colilla y, unos metros más adelante, la botella de plástico del refresco que ha deglutido, misma que rebota espoleada hasta la acera contigua. ¿Quién la recogerá? ¿Alguien se hará dueño y extirpará esa porquería?
Además de un muro ignominioso que pretende distanciarnos del Primer Mundo, está por supuesto el atraso jurídico y económico que padecemos. Debemos admitir que la ley que se respeta cotidiana y espontáneamente en países más ricos, ahorra muchos recursos. La mayoría de la gente recoge su basura, la separa en botes que permanecen limpios y que amanecen en el mismo lugar en que fueron colocados. Las personas esperan su turno ante cualquier ventanilla y atienden los ubicuos letreros de STOP sin necesidad de semáforos o nuestros emblemáticos topes. Todo eso hace redundante la vigilancia y economiza en fuerza de trabajo. Dinero que, con la mínima honestidad, puede invertirse en beneficios para las comunidades.
Podrán acusarme de malinchista, no lo soy. Quisiera ver a mi país saneado, con orden, donde la corrupción y la criminalidad se paguen con juicios a la medida de cada delito, sin mediar el nepotismo o la negligencia. Me encantaría saber que los periodistas no son asesinados a sangre fría por denunciar a quienes trafican con drogas o los encubren. Imagino ciudades y pueblos donde los gobernantes sepan que fueron elegidos, no por mandato divino o por lealtades inicuas, sino por votantes que requieren su compromiso y su limpieza, en todos los sentidos. Desearía en efecto despertar una mañana, caminar sin miedo, abrir la puertas y ventanas hacia un ambiente renovado, donde cada miembro de mi vecindario haga su pequeño esfuerzo y le exija al transeúnte que no escupa, para eso hay pañuelos desechables.

PD. La imagen que ilustra este relato, para su interés y espero que también para su repudio, fue tomada en Roma en 2009. La identidad comienza cualquier Lunes.

Memoria de un ángel

Memoria de un ángel

El dolor lo hacía escribir sin descanso. Durante las horas nocturnas revisaba los acordes, introducía el tono simbólico y las figuras del violín como un obsequio a la frescura de esa jovencita que se había marchitado prematuramente. La chica, una hermosa adolescente hija de los Gropius, había contraído parálisis infantil (quizá poliomielitis o Guillain-Barré) durante un viaje a Venecia en Semana Santa.

Su belleza radiante cautivaba a quien la conocía, al grado que Elias Canetti retrata así en sus memorias la suerte de trofeo que exhibía su madre Alma en los círculos intelectuales de Viena, poco antes del Anschluss:

Hermosa, ¿no es así? Esta es mi hija Manon. De Gropius. Es de una clase en sí misma. No te importa que lo diga, ¿o sí? De tal palo tal astilla. ¿Alguna vez viste a Gropius? Un hombre grande, guapo. El verdadero ario. El único hombre racialmente adecuado para mí. Todos los demás que me cortejaron eran pequeños judíos. Como Mahler. El hecho es que yo me inclino por los dos tipos. Vete ahora, mi gatita. No distraigas a Franz, si está escribiendo poesía…”.

Este despliegue muestra la infatuación que rodeaba a la musa que motivó el concierto para violín, un réquiem a la medida de aquel ángel arrebatador ( https://www.youtube.com/watch?v=oqSSHwFEn_8 ).

Tras una larga convalecencia y los intentos vanos de su madre por encontrarle un pretendiente que la sacara de su desgracia, Manon hizo falla respiratoria y murió el Lunes de Pascua del siguiente año.

Alban Berg se encerró en su villa de Carinthia y produjo febrilmente en seis semanas el concierto póstumo. Para darle brío, incorporó una armonización del coral funerario de Bach, “Es ist genug…” (¡Es suficiente!) BWV 60.

El mundo cambiaba de prisa y sus obras ya habían sido condenadas como “arte degenerado” (Entartete Kunst) en Alemania. Poco faltaría para que el ascenso nacional-socialista hiciera lo propio en Austria. El Führer amenazaba conquistar su tierra natal.

Sin estudios formales, el compositor – reconocido con el tiempo como un creador que fusionó la música atonal y la dodecatónica con el romanticismo, precursor también del expresionismo – había sido fiel a su origen pese al rechazo oficial. Cuando Arnold Schoenberg, quien fuera su influencia decisiva, regresó a Berlín, él se quedó a trabajar en Viena, absorbiendo de su mentor la versatilidad que suplió el vacío tras la muerte de su padre. Gracias a este impulso creativo, Berg se supo rodear de los artistas más prominentes de su época, entre ellos el arquitecto Adolf Loos y el pintor Oskar Kokoschka.

Su irritante perfeccionismo lo rezagaba. Prefería escribir de un golpe, titubeante, cuando la inspiración lo llenaba de exaltación y las armonías llegaban como un chubasco atronador en su aislamiento.

Debutó bajo la mirada aprobatoria de Schoenberg con la Sonata para piano opus 1 de 1907, a la que siguieron cuatro canciones (1909) y el cuarteto para cuerdas (1910), inspirados en el legado romántico de Mahler y Wagner.

Por fin, al distanciarse del maestro, se aventuró a integrar los elementos atonales con textos extraídos de postales eróticas, las Altenberg Lieder, que causaron un enorme revuelo y la crítica más severa en su presentación.

Sin capitular, Berg exploraba nuevos senderos de lirismo: cuando presenció la obra Woyzeck del médico, dramaturgo y revolucionario Georg Büchner (1813 – 1837), decidió ponerle música. El drama se centra en un obrero que apuñala a su amante impelido por el delirio y la suspicacia. Recelosa, su hija bastarda lo rechaza y Woyzeck huye. La tragedia culmina en la escena donde un policía, dirigiéndose al público, exclama: “Un buen crimen, una asesinato en forma, un crimen tan hermoso como uno pueda imaginar, algo que no hemos visto en años“.  El tema resultaba fascinante, pero hubo de posponerlo por la irrupción de la Gran Guerra. Maltrecho, frágil de salud, trabajó en el Ministerio de Guerra como burócrata, ajeno al patriotismo reinante.

Disuelto el imperio, se concentró en resumir las 25 escenas del libreto en tres actos, sin perder la esencia de las implicaciones sociales del drama. Tituló su ópera Wozzeck y la completó en 1921. Su anhelo era que la obra simbolizara los avatares del destino humano de modo que la virtió de una extrema atonalidad mezclada con formas tradicionales (pasacaglia y sonata), extractos de música popular y un intenso cromaticismo. La estrenó después de 137 ensayos el 14 de diciembre de 1925 en la Ópera Estatal de Berlín; a la sazón dedicada a la viuda de Gustav Mahler, la veleidosa Alma. Acorde a la ideología que se infiltraba en Austria, fue calificada de “bolchevismo cultural” y recibió una aceptación cargada de ambivalencia.

Berg no desistió. Esta vez se consagró a la música de cámara y compuso un concierto en honor del cincuenta aniversario de Schoenberg. Un romance clandestino con la esposa de un empresario checo suscitó a su vez la Suite Lírica para cuarteto de cuerdas (quizá su composición más interpretada) donde matiza los acordes para simular la intimidad que se escondía del mundo.

La pasión por el esplendor operístico lo llevó a buscar una nueva fuente de inspiración en la obra “Büchse der Pandora” (La caja de Pandora) del dramaturgo alemán Frank Wedekind. Musicalmente compleja y con tinte expresionista, su ópera Lulú rompía con la vanguardia estilística. Escrita en su totalidad bajo el sistema de 12 tonos acuñado por Schoenberg, la pieza quedó inconclusa por la anexión al Tercer Reich y con ello, el veto de todos los ingresos provenientes de su vilipendiada música.

Cobijado por su mujer, Helene Bahowski, Alban se aisló aún más, fuera del ámbito cultural que caía subyugado al nazismo. Mientras completaba su célebre concierto para Manon Alma Gropius, el compositor desarrolló un forúnculo mal cuidado tras el piquete de un insecto en su casa de campo. La lesión lo trajo de vuelta a Viena, complicada por el intento fallido de Helene de cauterizarla con unas tijeras.

Los antibacterianos verían la luz apenas al finalizar la guerra y Alban Berg, herido de muerte, falleció de septicemia durante la nochebuena de 1935 sin haber escuchado la oblación fúnebre que le inspiró aquella jovencita angelical.

Su famosa Lulú, sujeta a una larguísima disputa con los herederos de Helene, se escenificó por fin en la ópera de San Francisco en 1989, como testimonio de todas las voces incomprendidas en esa vorágine del siglo XX.