Los sinuosos cauces del tiempo

Los sinuosos cauces del tiempo

Nos convocaron a esta reunión en el centro de una ciudad de Sudamérica. El cubículo se sitúa en el subsuelo, de manera que el incesante ruido de automóviles y motocicletas sólo queda en la memoria. Es una ciudad pujante, sin duda, pero como en todos nuestros países, ha crecido de manera desproporcionada y orillada por la depauperización del campo. Sociedades dependientes siempre, ahora importamos insumos de primera necesidad y nos avasalla la tecnología. Somos carne de los bienes de consumo que la propaganda televisiva no cesa de proyectar. En una escapada, me acerco a un centro comercial en la avenida principal, que está rebosante de compradores. Son en su mayoría turistas de escaparate, hombres y mujeres que aquí moran, frenados para consumir debido a su bajo poder adquisitivo, pero deslumbrados por las marcas extranjeras y dispuestos – es patente en su mirada – a sacrificar su próximo aguinaldo para llevarse alguna oferta.

Vuelvo a nuestra mesa de trabajo, donde he decidido plantear algunas consideraciones respecto de la salud cardiovascular de las mujeres latinoamericanas, que – como experto en autoinmunidad – me preocupa sobremanera. Cuando debuta el padecimiento inmunológico, son los factores de inflamación y el riesgo de infección lo que destaca en la morbimortaldiad. Pero a fuerza de someter a esas pacientes al uso crónico de esteroides e inmunosupresores, aunado al hecho incontrovertible de que el padecimiento modifica su estilo de vida, el daño en las arterias coronarias se acumula. Así, el riesgo de infartos se hace omnipresente y uno se debate día con día en cómo prevenir secundariamente (aspirina, hipolipemiantes, actividad física, etc.) para evitar el consabido riesgo de muerte prematura.

Las especialistas de la Clínica Mayo han tomado cartas en el asunto. Proponen reducir lípidos en sangre e incentivar el ejercicio de forma temprana en toda mujer diagnosticada con una enfermedad autoinmune, sin importar la edad o la expectativa de vida. Ejemplo que, siempre a la zaga, estamos replicando en América Latina. Mi intervención discurrió así, palabras más, palabras menos:

“Con el desarrollo industrial y la diversificación en el consumo de productos animales, el panorama epidemiológico se trastocó. La dieta urbana se vio saturada con alimentos de preparación rápida y transfats (las grasas vegetales modificadas por hidrogenación que se adhieren a las frituras), de tal suerte que han desplazado a las verduras, más perecederas y menos apetecibles.

Sabemos además que la propaganda y la instalación estratégica de cadenas de comida rápida en zonas de poco poder adquisitivo en las grandes ciudades, les ha garantizado el éxito comercial mientras derrumba la salud y la expectativa de vida de quienes consumen sus hamburguesas, patatas fritas y refrescos.

En más de una conversación, dentro y fuera del consultorio, he escuchado aquello de: “¿Y porqué tanta alharaca con el colesterol? Mi tía Facunda (o fecunda) comió huevos todas las mañanas hasta que murió”. Veamos…

La preocupación sanitaria por el impacto en las enfermedades cardiovasculares, data de 1948, cuando el estudio piloto de la comunidad de Framingham, CT. , auspiciado por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, emprendió la búsqueda de cualquier factor de riesgo implicado en el desarrollo enfermedad coronaria y cerebral.

http://www.framinghamheartstudy.org/

Lo que este portentoso estudio, que abarca ya cuatro generaciones, ha podido discernir, se resume en los siguientes puntos cardinales:

  1. Los hombres, fumadores, hipertensos, obesos y con colesterol alterado (LDL >>HDL) acarrean el mayor riesgo de infarto.
  2. La diabetes mellitus es un factor adicional que gravita sobre las enfermedades cardiovasculares.
  3. Las mujeres postmenopáusicas tienden a comportarse más como los hombres en cuanto a la susceptibilidad para morir de enfermedad coronaria.

Este último punto merece explicación en detalle.

La arteriosclerosis se reconoce actualmente como una enfermedad crónica inmuno-inflamatoria que afecta el árbol vascular. Predomina en las bifurcaciones de las arterias, donde el flujo sanguíneo choca con las paredes y favorece la acumulación de placas de ateroma. El proceso como tal se inicia con la entrada de la apolipoproteína B100, que contiene lípidos de baja y muy baja densidad, en el espacio subendotelial, donde se agrega a los proteoglicanos que constituyen la matriz, con lo que las lipoproteínas (VLDL y LDL) descritas se ven atrapadas. Su oxidación ulterior dispara los mecanismos inflamatorios que reclutan células (sobre todo macrófagos y linfocitos T), lo que se traduce en cúmulos de células espumosas, el marcador que tipifica la lesión arteriosclerosa. El propio endotelio vascular intenta sanar esta lesión atrayendo componentes del músculo liso y factores de crecimiento, que sólo empeoran las cosas. Se forma así, lenta y ominosamente, una placa fibrolipídica, inestable, lista para despegarse de la adventicia que apenas la sostiene, para tapar más allá, donde se estrecha el río.

En las mujeres, especialmente las jóvenes que fuman o emplean estrógenos, una tercera parte de los coágulos coronarios resultan de erosión de las placas que acabamos de describir, sobre todo si cuentan con antecedentes heredofamiliares de hiperlipidemia o diabetes. Los consensos derivados de la cohorte Framingham, así como muchos otros en diversas latitudes, han concluido que el colesterol “malo” (el de baja densidad, más susceptible a la oxidación) debe mantenerse por debajo de 100 mg /dL y el llamado colesterol “bueno” (de alta densidad, por ello menos proclive a depositarse en el espacio subendotelial) debe ser idealmente mayor de 60 mg/dL.

Un colesterol total de 240 mg/dL en mujeres menores de 65 años, aumenta dos veces y media el riesgo de tener un infarto, comparadas con aquellas de la misma edad que tienen colesterol de 200 mg/dL o más bajo. En ese mismo sentido, los triglicéridos arriba de 150 mg/dL, una cintura de 88 cm o más, la presión arterial elevada y la glucemia por encima de 110 mg/dL contribuyen negativamente a profundizar las complicaciones cardiacas.

¿Qué papel juega la proteína C reactiva de alta sensibilidad en todo esto? Decíamos más arriba que la arteriosclerosis es un fenómeno inflamatorio, de modo que la proteína C reactiva (pCR), producida por el hígado como reactante de fase aguda, sirve para identificar el componente de inflamación que puede tener alguien con colesterol elevado. Un estudio de más de 28 mil mujeres publicado en la revista Circulation, demostró que la pCR es el marcador más sensible de riesgo cardiovascular y que se asocia negativamente al índice de masa corporal, el tabaquismo, la edad y la hipertensión. Por lo tanto, las mujeres que tienen historia familiar de hipercolesterolemia, deben hacerse un perfil de lípidos a los 25 años, dejar de fumar, fomentar el ejercicio y adecuarse a una dieta baja en carnes y grasas animales…¡por el resto de su vida!

En cuanto a medicamentos, el empleo de estatinas (simvastatina, pravastatina, rosuvastatina, etc.) está bien documentado, y reduce los niveles de colesterol en 20 – 40% si se usa de manera continua, apoyado con ejercicio aeróbico y una alimentación rica en vegetales. Desafortunadamente, estos fármacos están proscritos en el embarazo y la lactancia, cuando los niveles de colesterol y triglicéridos suelen aumentar por el efecto metabólico sumatorio del crecimiento fetal (el bebé requiere además colesterol para su desarrollo neurológico). Los médicos basamos el control de las grasas durante el embarazo y la lactancia solamente con dieta, a la espera de que mejores evidencias demuestren si puede usarse la niacina o la colestiramina en algunos casos, a sabiendas de que los niveles normales de colesterol y triglicéridos suelen regresar hasta los 3 – 6 meses después del parto.

Por último, unas notas acerca del riesgo cardiovascular y las hormonas femeninas. Si bien los estrógenos se han considerado un protector natural del daño microvascular (basados en estadísticas donde se compara el riesgo bruto con hombres y mujeres posmenopáusicas), su beneficio farmacológico es muy relativo cuando se pone en la balanza con los riesgos añadidos que acarrea.

El modulador selectivo de receptores de estrógenos, Raloxifeno (Evista), probado en más de 10 mil mujeres según un reporte del New England Journal of Medicine en 2006, no demostró beneficio cardiovascular y sí un aumento del riesgo de tromboembolismo que difícilmente justifica su uso. Los estrógenos transcutáneos (Oestrogel, Estraderm) parecen eludir los efectos protrombóticos las hormonas ingeridas, pero deben evitarse en mujeres con historia de cáncer de mama o de endometrio.

La enfermedad cardiovascular es igual de preocupante en ambos sexos, y empieza a plagar el torrente arterial desde mucho antes de la menopausia. Las nuevas estrategias para aumentar el colesterol HDL (inhibidores de CETP, niacina con laropiprant, complejo apo A1 reconstituido) o para reducir el colesterol LDL (nucléotidos anti-sentido) están todavía en fase de prueba para controlar este insidioso padecimiento que encharca los tejidos, cuando no cercena el flujo vital de las mujeres.”

Mis patrocinadores se incorporaron para hacer preguntas, visiblemente impactados por los datos crudos. Creo que esa noche, pese al júbilo de vernos reunidos, comimos frugalmente, suspicaces del caudal de estos ríos internos que nos procuran la existencia.

Fumando espero…

Fumando espero…

Play it again, Sam” podría decir un melancólico Humphrey Bogart, su eterna colilla pendiendo del labio; mientras Greta Garbo, esculpida en seda, largaba el humo en la noche con implacable sensualidad.

Pocos productos han causado tanto revuelo y convocado tantas regulaciones sanitarias como el tabaco. Esa droga permitida que se vincula al espejismo de autonomía y que hace de la adicción lo cotidiano. ¿De qué se trata este idilio narcótico con el tabaco?

La relación con el tabaco empezó mal, porque el primer europeo que lo consumió, Rodrigo de Jerez, miembro de la flotilla de Cristóbal Colón, fue denunciado por su esposa a la Inquisición como “un hombre vicioso, que traga fuego, exhala humo y está poseído por el diablo”. El rey Felipe II, intrigado ante el fervor de los indígenas americanos por mascar hojas de tabaco, envió a un médico, Francisco Fernández, para que trajera hojas y semillas en 1558. Un año después, Jean Nicot (de cuyo nombre deriva la nicotina), embajador francés en Portugal, lo introdujo en la corte de Catalina de Medici, quien adujo que esta planta portentosa le curaba sus migrañas.

El consumo excesivo del tabaco se remonta a principios del Siglo XVII en Europa, donde la llamada “bebida seca” ya se había difundido por sus propiedades adictivas entre la nobleza. Las pipas se convirtieron en una insignia de lujo y los doctores prescribían el tabaco como remedio en bálsamos y pastillas, para tratar síntomas tan dispares como el hipo, la imbecilidad, la ictericia y la fatiga. Los cigarrillos, en contraste, fueron diseñados por los mendigos de Sevilla en papel de desecho, a falta de recursos para adquirir las afamadas cachimbas o para liarlos en materiales más finos.

Más tarde, el Imperio Británico hizo del cultivo del tabaco en las colonias norteamericanas una fuente de ingresos formidable, además de un paradigma de esclavitud y sometimiento industrial. Tanto, que uno de los actos subversivos que marcaron la Independencia de los Estados Unidos fue la quema simbólica de los cargueros ingleses. Pero el vicio se había implantado ya entre los colonos de América.

La manufactura de cigarrillos, embrión de la actual industria tabacalera, empezó en forma durante la Guerra Civil norteamericana (1861 – 1865), cuando los productores turcos y griegos afincados en Nueva York empezaron a liar tabaco importado para los terratenientes. Su popularidad remontó al de pipa y puro hasta 1950, cuando los cigarrillos, impulsados por la propaganda de la posguerra, pero sobre todo desde las películas de Hollywood, constituyeron al fin el 80% del consumo masivo. En cuanto a la producción, las cifras son escandalosas: un taller artesanal de mediados del siglo XIX podía forjar hasta 18,000 cigarrillos por semana, pero la revolución industrial dio el gran salto. Para 1895, se producían cuatro mil millones (!!) anuales de cigarrillos, que escalaron a 124 mil millones después de la primera Guerra Mundial. El maridaje del tabaco (así como otras adicciones) y la industria bélica no deja de ser llamativo.

En 1970, favorecida por el consumo entre los jóvenes y a pesar de la primera advertencia sanitaria sobre sus efectos nocivos (que data de 1964), la producción de cigarrillos, sólo en Estados Unidos, rebasó el medio billón. Hoy, una sola compañía, tan famosa por sus atávicas campañas como por la muerte de sus prototipos*, genera para el consumo de “su mundo Marlboro” más de 100 mil millones de cajetillas al año. A contramano, el Senado norteamericano pasó en 2009 la legislación más exhaustiva de su historia respecto del tabaquismo, lo que supuso una cierta desilusión, pues se confiaba en que las mayores restricciones en su venta, composición y distribución abrogaría el consumo entre adolescentes. Por supuesto, las compañías tabacaleras, uno de los lobbies más poderosos del mundo, encontraron la manera de subvertir tales impedimentos con modelos más sutiles de seducción y campañas que solapan lo políticamente correcto. Desde el origen de los tiempos, siempre habrá quien satisfaga el hambre de muerte, como el anhelo de luz a un invidente.

Para quienes todavía sienten la necesidad de prender un cigarrito, expongo otros datos reveladores. El cáncer pulmonar es la principal causa de muerte por neoplasia maligna en el mundo. Las dos formas más frecuentes son el carcinoma de células pequeñas (15%) y el carcinoma de células no-pequeñas (cerca del 85% de los casos). A pesar de su detección temprana, la mortalidad y su diseminación son un grave problema de salud. ¿La razón? El consumo de tabaco sigue siendo el factor único más vinculado a los tres tipos histológicos de cáncer pulmonar: el de células escamosas, el de células grandes y el adenocarcinoma, en ese orden. Existe suficiente evidencia clínica y molecular para relacionar el consumo de cigarrillos, puros y pipa con la transformación molecular que conduce a cáncer de laringe, cavidad oral, esófago, páncreas, estómago, riñón, vejiga, cérvix uterino y leucemia aguda mieloide.

Estamos ante una situación compleja. Por un lado, una presión mercantil e industrial para incentivar el consumo permanente de una sustancia, que por su potencial adictivo, es una mina de oro entre los nuevos fumadores (de ahí la intensidad cautivadora de las campañas orientadas a jóvenes). Por otro lado, los efectos a largo plazo del consumo de tabaco no se aprecian suficientemente. Muchas evidencias epidemiológicas muestran que los fumadores jóvenes – quienes se iniciaron en la adolescencia – reducen su expectativa de vida 20 a 25 años, y que, cuando cumplan 40 tendrán un riesgo 5 veces mayor que sus coetáneos no fumadores de morir de infarto cardiaco prematuro. Eso sin importar su peso, su trabajo, su vida conyugal o su gusto por el ejercicio.

La mitad de las defunciones atribuibles al tabaquismo ocurren entre los 35 y 65 años de edad, lo que supone la principal causa de muerte en adultos de edad media en los países industrializados. En los países pobres, el panorama es peor, porque el hábito del cigarro (y su entorno social) compensa muchas otras actividades recreativas que no están disponibles, por falta de educación para la salud o sencillamente, por falta de ingresos y oportunidades. La cultura del tabaco es dominante: penetra los sitios de reunión de los adolescentes, los vincula solidariamente con el riesgo y el desafío; invade los antros, los salones de juego, los espacios públicos (ahora rincones donde la identificación entre fumadores se reconoce), y se condensa en torno a las mesas de muchos espectáculos.

Hoy es más riesgoso fumar que hace tres décadas. El movimiento para disminuir el alquitrán de los cigarrillos (los célebres low-tar cigarrettes) promovido en los años 1960s ha tenido consecuencias inesperadas, afirman diversos científicos. Un estudio multiccéntrico que analizó las tendencias de fumadores en Estados Unidos y Australia, demostró que la incidencia del adenocarcinoma pulmonar (tradicionalmente, el cáncer menos vinculado al consumo de tabaco) aumentó hasta convertirse en el 70% de los nuevos cánceres diagnosticados en Estados Unidos, no así en Australia, donde permanece por debajo del 40%. Ello se debe a que los marcas norteamericanas contienen más de 20% de nitrosamina, un conocido cancerígeno, en comparación a los cigarros australianos. Además, se sabe que los fumadores de cigarrillos “bajos en nicotina” tienden a inhalar con mayor fuerza, compensando la cantidad de radicales libres y otros tóxicos que incorporan a sus tejidos, como se puede advertir en sus desechos urinarios. A continuación unos cuantos datos crudos:

  • El cigarrillo tiene 92% componente gaseoso y 8% componente sólido (tar).
  • Fase de brea > 1017 radicales libres por gramo.
  • Fase gaseosa > 1015 radicales libres por fumada.
  • Causa daño oxidativo creciente en el epitelio pulmonar y despulimiento de moléculas sobre el endotelio vascular.
  • Promueve la peroxidación de lípidos, induce mutagénesis celular y aumento de fibrinógeno (que favorece la microtrombosis arterial).

Para colmo, ahora sufrimos el alud de los E-cigarrettes, verdaderos petardos de toxicidad que han demostrado reiteradamente que acarrean riesgos a la salud de todo aquel que pretende “fumar menos y sin darle el golpe”. Eufemismos aparte, toda adicción es un síntoma. De carencia de afecto, de ansiedad compulsiva, de oquedad, de goce profundamente insatisfecho o simple tendencia hacia el abismo. Mientras no encontramos el remanso en el anhelo de vivir – con todas sus limitaciones y desencantos – como respuesta a nuestra esencial fragilidad, habrá siempre en el afuera algo que nos haga sentir que somos giralda de tormentas.

(* Tres de los personajes que protagonizaron al hombre Marlboro: Don McLaren, David McLean y Dick Hammer, murieron de cáncer pulmonar, lo que derivó en que los Marlboro rojos se bautizaran como “Cowboy Killers”).

PS. Una nota más dirigida a los escépticos o quienes aducen “fumar sólo socialmente”. Este metanálisis reciente del BMJ (http://www.bmj.com/content/360/bmj.j5855) demuestra que aún en cantidades mínimas, fumar tabaco es un suicidio.

A paso lento

A paso lento

Nos reunimos esa tarde invernal en The Spaniards, el pub más icónico del Heath, para despedir a Raúl, que regresaba a México porque se agotaba su beca. Su familia se había adelantado unos meses, a falta de dinero para la renta, y él alternaba entre dormitorios: colegas solteros, la habitación de Josephine (una matrona que lo acogió como hijo) y alguna aventura sin futuro.

Con talante pesaroso, nos contaba cómo dejaba trunco el doctorado y tendría que hacer frente a la escasez que lo aguardaba en la otra orilla. En aquel periodo de estudiantes, no había cabida para el ahorro y el poco sobrante que lográbamos acumular, lo destinábamos a un viaje corto por Europa occidental con frugalidad y avidez de poetas. Raúl se destacaba porque además de invertir tiempo en sus investigaciones, era un gran lector y un amante del hedonismo. No había espacio de sensualidad que desaprovechara ni rastro de historia que no absorbiera con delectación. Esa tarde nos relató un poco de la biografía de García Lorca – nosotros difícilmente nos dábamos tiempo para ir al cine –  que había publicado unas semanas antes el hispanista Ian Gibson, con detalles que ni sus coterráneos habían desenterrado aún.

  • Es un regalo de Fátima, para que no se nos ocurra olvidar este amor frustrado.

Lo decía entre sonrisas, pero quienes estábamos de frente, y podíamos constatar sus gestos alumbrados por el viejo candil del fondo, advertimos esa opacidad melancólica que encubrían sus ojos. Se refería a una compañera de Málaga, codiciada no tanto por su belleza como por su aplomo entre los hombres. De sobrada inteligencia, presumía de haberse sacudido la mordacidad de los ingleses, sin dales nada a cambio. En cierto modo, era el alma del grupo de hispanohablantes que nos reuníamos a tomar café todas las tardes en el Instituto de Ciencias.

Giré a ver la cara de Alex, que lo miraba absorto, y quien – aunque nunca le confesó su arrobamiento – solía secundarlo en todas sus tropelías. Los otros tres bromeaban, espetándole que se le había escapado esa doncella andaluza y que con ello dejaba el nombre de los seductores latinoamericanos mal parado. Me coloqué en lugar de observador, refugiado en un silencio cómplice, porque sabía que a Raúl le dolía separarse de este mundo inhóspito que, no obstante, había fungido como nuestro hogar por casi un lustro.

Con el paso de las horas y tras la sexta ronda de Foster’s y ginebra, nos confió una anécdota que decidí grabar (con mi Sonny portátil, recién adquirida) porque me pareció digna de conservarla para otro encuentro en algún lugar del mundo a donde nos encaminaran nuestras musas. La escuchamos en silencio, extasiados y ebrios con su monólogo, que nos recordó de algún modo y por distintas razones el desenlace de la infancia.

Aquí la transcribo sin alteraciones para darle crédito a mi amigo, incomparable cronista que se despidió aquella noche:

“Los recuerdos de primaria generan mucha ambivalencia. Parece inevitable que uno recuerde los castigos, las tareas vespertinas, la pesadumbre de los domingos por la tarde, cuando se avecinaba la obligación y el fin de semana caía en desgracia.

Pocos amigos retenemos de esos años, y si acaso encontramos a uno que otro en la travesía, renovamos la amistad en función de una solidaridad lejana pero incierta, de la que no se habla más.

Los galardones pierden significado con el tiempo, y si algo destaca, es aquel sentimiento de aborrecer el uniforme, la pertenencia a una casta que nos aislaba más que integrarnos. Queda también el olor del baño, característico del descuido que uno nunca permitiría en su vida privada, pero donde se libraron las batallas más tenaces y se ocultaron los secretos o la primera oteada a revistas prohibidas.

El sabor atávico de la tiendita de golosinas, con sus tacos y gorditas rezumantes, que nadie olvidará. Aquel profesor de matemáticas que disertaba sus ecuaciones en medio de mordidas de fritangas, o el que nos hacía lavar la cara en los inviernos al menor bostezo.

Quizá la memoria del primer noviazgo, cuando las declaraciones eran preparadas una y otra vez, para terminar en un inevitable tartamudeo. Por supuesto, la transgresión mayor: un cigarrillo fumado en grupo a escondidas, que valió un castigo ejemplar, pero sin duda quedó la hazaña a prueba de inconsistencias.

En la soledad, acariciando mi violonchelo, lo que me ha venido a la mente es el recuerdo del fin de curso, cuando desfilaban quienes se despedían de la primaria, con esa solemnidad única, para recorrer el patio paso a paso hasta ocupar su lugar: antes del diploma, el aplauso o las lágrimas de la abuela.

Cuando volví a escuchar el crescendo con el tenue retumbo de los timbales al fondo que precede al tema, me emocioné como antaño. La imagen acudió con un escalofrío: Esperábamos de pie, a cada lado del patio y en taciturno silencio, la columna de compañeros y compañeras que nos graduábamos. Habíamos ensayado esa señal de partida incontables veces, el ritmo pausado, la ingravidez de nuestros pasos. Pero llevarlo a cabo en el momento preciso, frente a las miradas de nuestras familias, helaba la sangre con expectación. Los oboes, cornos y flauta se van sucediendo en cadencia, aumentan su intensidad, se extienden, llenan el ámbito, hasta que, de pronto, con un suspiro, entran las cuerdas al unísono con toda su fuerza. Ahí dimos el primer paso hacia nuestra madurez, un rito inadvertido hasta muchos años después, cuando volteamos hacia esa mañana y fuimos los herederos del mundo, a poco más de cinco minutos del cuarto movimiento.

https://youtu.be/fhHb-62Bfpl

Brahms tardó catorce años en detallar esta maravillosa sinfonía. Se dice que sentía el peso de Beethoven sobre sus hombros, al grado que a la luz de su estreno en 1876, la tacharon de “la Décima”. Es una pieza gloriosa en más de un sentido. Inicia lento, insinuándose con un contrapunto cromático que se conecta expresivamente a la Pasión de San Mateo de J.S. Bach. El tema no es único, porque amalgama los instrumentos de aliento y cuerdas con tal armonía que se difunde en varias líneas musicales para entrelazarse. El cuarto movimiento lo define todo: el compositor nos arrastra en un Adagio sublime, que escala gradualmente y anticipa una caída a lo desconocido. Pero la niebla de los alientos se despeja con un corno desde las alturas (que Brahms equiparó a los ecos de las cumbres suizas) y asoma en un deslumbrante Do mayor, para dar paso a esa melodía heroica y triunfante que nos empujó aquella mañana a la propia eternidad.

Me senté en el lugar asignado, suspirante aún, atisbando a lo lejos a mis padres y hermanos. Ya nada sería igual: nos habían coronado con la majestuosa voz del siglo diecinueve, con la sinfonía exquisita, con el hambre de éxito que las notas, paso a paso, nos depositaron para la vida”.

Por fin, el tabernero nos conminó a salir del local, más debido a nuestra ebriedad que a la hora tardía. Caminamos rondando el Heath, tambaleantes, en espera de que pasara el N5 o, con suerte, el último 168 para desplazarnos a nuestros respectivos albergues. Raúl nos aseguró que se encontraba bien, aunque un poco mareado, y que regresaba de madrugada al laboratorio para terminar un experimento. La marea había anegado el muelle; esa víspera sería el remate de nuestra atesorada complicidad. Nadie imaginaba que no nos volveríamos a encontrar.

Al este del paraíso

Al este del paraíso

La mañana empezó con la acritud del aire, penetrante y espeso. Ese calor irrespirable de todos los días, y el ruido bestial de la motocicleta de Eulalio, saliendo rumbo a la playa. Se levantó mareado y escupió por la rendija, no sin antes azuzar al perro con el pie descalzo, que emitió un chillido de disgusto. La casa de tabicón y techo de lámina, igual que los goznes maltrechos de herrumbre, estaba en silencio. Entre los trapos y persianas de carrizo que cubrían la ventanas se insinuaba una brisa sucia. Su mujer se habría marchado al alba, para barrer la casa de los ricos; “pulir el Diamante”, solía decir. Una mueca de desdén siguió a tal pensamiento. No la vería hasta bien entrada la noche, exhausta y sin ganas de fornicar.
Se echó como pudo un cambio de ropa encima y salió a arengar a sus subalternos, que fumaban en semicírculo al pie de una carcasa abandonada.
– ¿Dónde está la mercancía, gatos? – gritó de golpe, para sorprenderlos.
Los tres chicos, morenos y con el pelo revuelto, saltaron un paso atrás, casi una reverencia. Cacho, un mulato delgado de facciones hoscas, sin camisa y con un bañador roído, atinó a responder: – Conseguimos sólo cuatro kilos, jefe, la sierra está inundada de malandros.
– Les pago para traerme lo mejor. ¿Qué coño necesito? ¿Me los quiebro o los cambio por sus viejas?
La pregunta retórica se quedó flotando en la ventisca, densa como todas sus constantes amenazas. Se miraron en connivencia; algún día este animal sería reemplazado y su cuerpo flotaría en la laguna; un vago recuerdo, igual que los otros.
Negro, el mayor y – en todos sentidos – más oscuro que sus contertulios, empujó a Manuel con tanta fuerza que cayó con una rodilla al suelo, bufando.
– ¡Saca la planta! – ordenó.
Molesto, el chico se levantó para enfrentarlo, sólo para recibir una bofetada de vuelta. Se tapó la boca para limpiar el hilo de sangre y se encaminó, trastabillando, detrás de un paredón derruido.
– ¡Ya, niños! – intercedió Chilapa, el jefe, a quien sólo conocían por su lugar de origen.
Entre las callejas de ciudad Renacimiento, el Negro había ganado a pulso su reputación de sicario. Varias muertes con arma blanca, en el anonimato de las madrugadas, se le atribuían sin prueba alguna. Pocos sabían donde pasaba la noche, menos aún donde merodeaba de día. Además, cuidaba con recelo sus lealtades, que eran ante todo efímeras y utilitarias. Chilapa lo había reclutado con cautela; mejor tenerlo cerca que recibir su visita inesperada. Conocía la ambición, el desacato ante cualquier orden o jerarquía, y sobre todo, ese carácter taimado, siempre al acecho; la ruindad tras el brillo ocre de sus ojos, indescifrable.
Separaron la hierba en manojos y, con refinada destreza, los jóvenes liaron varios cigarrillos para su venta entre los turistas. El jefe iría por su cuenta a los condominios de lujo, donde sus clientes adinerados lo conocían como Román, mesero y chofer de taxi. La venta por gramos pagaba las remesas y el sueldo de sus esbirros, pero resultaba insuficiente. Desde semanas atrás urdía un ascenso en su esfera de influencia: – No alcanza para vivir – se dijo entre dientes – y menos ahora que la Soco está esperando. Toca anular a los Moscos.
Se refería a una banda de añejos matones que gobernaban los andadores del norte, al borde de la carretera. Su cuñado, Eulalio, se había infiltrado entre sus cuadros medios. Al correr del tiempo había ganado respeto por su eficiencia para vender y eliminar zopilotes, como denominaban a sus rivales.
– Ahora viene nuestro turno – pensó Chilapa. – Con la muerte del viejo Tarasco (bendita cirrosis) están descabezados y temerosos.
A sus veintidós años, le correspondía ocupar el mando. Los hermanos de Socorro sabrían esperar y a su lado, dar el golpe de gracia. Se enfundó en la camisa blanca, desempolvó el pantalón de tergal negro y limpió el lodo de los mocasines que lo identificaban ante cualquier asalto.
Humberto lo esperaba bajo la sombra en un andador aledaño, el Tsuru recién lavado. Eran amigos desde que llegó a la costa; su cara rolliza y el abdomen blando le revelaron que había bebido toda la noche.
– Difícil confiar en este carajo – pensó. – No para de chupar. Pero sabe guardar secretos y aunque ande crudo, nunca me falla.

Está a unos pasos de acceder al auto, cuando lo acosa una voz chillona: – ¡Señor Chilapa, señor Chilapa! Por instinto, el hombre se lleva la mano a la espalda, para empuñar el arma que carga bajo el cinturón. Apenas girarse, desiste. Es un niño en bicicleta, precedido del rechinar de ruedas y pedales oxidados. Explica con aliento entrecortado que su madre está a punto de parir y necesita dinero. Obsequioso, el capo extrae una billetera “de marca” y extiende varios billetes de quinientos. El niño, un tanto aturdido por el gesto, lo abraza reclinando la cabeza en su abdomen y se despide entre sollozos. Las veredas están secas y huelen a letrina, un hedor penetrante de orina y despojos que lo envuelve todo. El taxista arranca el coche y desfila a baja velocidad entre las casuchas; vigila, escudriña y exhibe el dominio que prohija con su acompañante. Transformado en su alias, el pasajero fuma con la ventanilla abierta, fingiendo desinterés hacia las miradas de los transeúntes. Puede sentir el temor que exuda, ese asombro que ha trascendido de sobra el respeto de antaño, cuando servía en lugar de mandar. Es quien mantiene seguras las calles, segrega a los chulos y proxenetas (aquí no se vende carne – les ha advertido), previene los atracos a domicilio y distribuye las ganancias con justicia selectiva. No hay autoridad como la suya, que atañe a todos los vecinos, que penetra todos los rincones y que mantiene al margen – y bien correspondido – a cualquier policía. Baches y piedras rasantes, polvo por doquier, la irregularidad del camino; autos desvencijados en cualquier sentido, perros sin dueño y a la deriva, el paso de bicicletas y de mujeres obesas que cargan cubetas o vuelven del mercado, obligan a trazar una ruta sinuosa. El jefe no tiene prisa, éste es su territorio y disfruta el recorrido. Varios minutos después, alcanzan el eje central. Humberto pisa el acelerador y enciende el aire acondicionado. Mira de reojo a su amigo encumbrado, quien marca una y otra vez el teléfono móvil para prorrumpir órdenes perentorias.
Los jardines de la zona de condominios y departamentos aparecen impolutos, recién podados. Hay palmeras a ambos lados del asfalto, jazmines, bugambilias y azaleas que brillan o contrastan con la luz tangencial y las paredes recién bruñidas. Los rehiletes bañan con su rocío a las sirvientas y guardaespaldas que se cortejan en las aceras. Una joven trigueña en leggins y tankini trota ante las miradas lascivas de los jardineros, absorta con sus audífonos blancos, inmune al ronroneo fugaz de los BMW o Acura y a las conversaciones a su paso.
Román desciende del taxi y saluda al guardia con familiaridad. Carga una mochila con un cambio de ropa y dos kilos de mariguana separada en atadijos de 100 gramos (- que son  menos de sesenta después de “deshuesarlos” – alardea en tono burlón ante sus secuaces). Su sonrisa es flamante y reviste un aspecto seductor e inofensivo. Ingresa por la reja de peatones y deja su identificación – falsa por supuesto – en manos de Crisanto, oriundo de Iguala, que lo saluda con afecto e intercambia bromas acerca de las chicas de servicio, que justo entonces pasan a su lado.
El mesero se dirige al penthouse de la Torre Siete, donde servirá el brunch para un empresario del DF, adicto a la cocaína, que ha sido su cliente los últimos tres veranos. Ambos buscarán el momento de intercambiar el paquete; quizá en la sobremesa, cuando su esposa, una mujer altiva de mejillas asalmonadas, que jamás le ha dirigido la palabra, atienda a sus invitados con champaña y Pinot Gris. Al verla, Chilapa recuerda la curvatura de sus senos de plástico cuando supervisó la cena durante la Navidad pasada y su perfume, tan estridente como su voz. Revive en un momento la insignificante propina que ha recibido y el odio que le guarda a esta mujer con su petulancia y su frivolidad. Disipa la inquina para ofrecer el postre mientras su mente viaja hasta el condominio Maralago, donde Socorro tiende camas y hace la limpieza sin reparar en su embarazo, empleada de varios años por una miseria. Un día de estos le dará una casa en el centro, la llevará a comer pescado a la talla en Barra Vieja y, con su poder incontestable, le besarán los pies; incluso estos fantoches que se creen dueños del mundo.

De ciertas partituras perdidas

De ciertas partituras perdidas

El famoso cellista Stephen Isserlis se preguntaba hace unos años qué tenía Mozart en contra del violonchelo. Escribió veintisiete conciertos e innumerables sonatas para piano y violín, cinco conciertos para violín solo, así como tantos otros para flauta, clarinete, corno y fagot. Ni una sola nota para violonchelo solo; excepto treinta y seis barras para un concierto inconcluso y otras treinta y tres de un andantino para cello y piano.

Entre sus contemporáneos, Franz Joseph Haydn dejó cuatro egregios conciertos (dos de ellos perdidos en el tiempo) para este instrumento, que se veneraba desde entonces por su afinidad con la voz humana y su taciturno temple. Más aún, su padre Leopold había dejado para la escena un divertimento para dos cellos y bajo continuo. Acaso esa mirada reprobatoria que Mozart resintió hasta su muerte lo hizo distanciarse inconscientemente del malogrado instrumento.

No obstante, su relación con el cello tuvo un giro peculiar. Amadeus cultivó en Bolonia la amistad de Josef Mysliveček, compositor de varias piezas célebres para cuerdas y orquesta. Este personaje, bastante descuidado por los cronistas del barroco, influyó creativamente en el joven de Salzburgo con quien mantuvo una relación tan personal que se refleja en que Mozart lo visitó durante su hospitalización en Venecia, cuando perdió la nariz por una gumma sifilítica.

Mysliveček pasó la mayor parte de su niñez en la calle Melantrichova, a escasa distancia del famoso puente de Carlos. Estudió filosofía y se graduó como maestro molinero a instancias de su padre, que distribuía harina de trigo y centeno en Praga. Pero su ambición fue siempre la música. Para ello se trasladó a Venecia, donde sus encantos y pasiones le ganaron el apodo de “El divino bohemio” o el “Venatorini” (pequeño cazador), traducción literal de su apellido. Nunca se casó y de sus numerosos amoríos se sabe poco, salvo la propensión a dilapidar su herencia y sus ganancias como intérprete o cortesano hasta perder por completo el respeto de la aristocracia italiana.

Conoció a Mozart en 1770, cuando el prodigioso adolescente contaba catorce años y ya era un músico aclamado en Europa sudoriental. Mozart le tomó especial aprecio, si bien su padre desconfiaba de las correrías del disoluto checo. Tomó diversos motivos de sus arias y sonatas para decorar su propias creaciones, e incluso le compuso un arreglo para su ópera “Armida”, estrenada en 1780. Se refirió varias veces al músico checo como dotado de un carácter lleno de espíritu y vitalidad.

Ninguna persona fuera de su familia le deparó tanto afecto, como se describe en su carta del otoño de 1777, donde se duele de la quemadura que le infringió un cirujano incompetente y que le hizo perder la nariz. Mysliveček se disculpó públicamente aludiendo a un cáncer óseo que le habría ocasionado un accidente de coche meses atrás, pero su fama lo precedía. Como muestra, les incluyo enseguida un fragmento de la carta del joven Mozart a su padre, cuya elocuencia es admirable:

“Munich, Oct. 11, 1777.

¿Porqué no te había escrito nada acerca de Misliweczeck? Porque estaba demasiado absorto en no pensar en él; porque cuando se habla de él escucho cómo me alaba y qué clase de amigo fiel es para mí. Pero a ello sigue la lástima y el lamento. Me describieron qué le pasó, y me afectó profundamente. ¿Cómo podría soportar que Misliweczeck, mi íntimo amigo, estuviese en la misma ciudad; no, en el mismo rincón del mundo, y no lo haya visto ni hablado con él? ¡Imposible! Así que decidí visitarlo. El día previo, me comuniqué con el gerente del Hospital Ducal para que se me permitiera verlo en jardín, que me pareció lo ideal, dado que los doctores me aseguraron que ya no había riesgo de infección. […] A la mañana siguiente, fui con Herr von Hamm, el secretario de la Corona y mamá al Hospital Ducal. Mamá pasó a la capilla, y nosotros al jardín. Misliweczek no estaba ahí, así que le mandé un mensaje. Lo vi venir hacia nosotros, y lo reconocí de inmediato por su forma de caminar. […] Cuando llegó hasta mí, estrechamos la manos cordialmente. “Ya ves”, me dijo, “qué desafortunado soy”. Estas palabras y su apariencia, de la que me habías advertido, me alcanzaron tanto el ánimo que sólo puede decirle, con lágrimas en los ojos, “Me apena desde el corazón, querido amigo”.

Acorde con la gran sensibilidad del joven compositor, uno puede adivinar la fidelidad que los unía. Mozart no denunció la enfermedad venérea que afligía a su amigo, pese a los reproches de su padre, y sólo se alejó definitivamente de él cuando, un año después, tras prometerles una presentación de su ópera Thamos, Rey de Egipto (K. 345) en el Teatro San Carlo de Nápoles, los defraudó miserablemente.

Su arrogancia e indisciplina fueron sus verdugos, cierto, pero Josef Mysliveček fue uno de los más prolíficos compositores de sinfonías del siglo XVIII. Su música evoca un estilo diatónico, colmado de donaire, típico del clasicismo italiano. Acaso la inventiva melódica de sus composiciones se halla impregnada tanto de su veleidad como de su seductora personalidad. El concierto para cello y orquesta que les incluyo a continuación, es testimonio de esa gracia, que en su momento compartió – imagen especular – y cautivó al precoz Amadeus, enfrentado a la suspicacia de su ceñudo padre.

https://www.youtube.com/watch?v=tC2vlEeQep4

PS. Otra partitura recuperada hace apenas tres meses, es el concierto para cello de Mario Castelnuovo-Tedesco, que fue estrenado por la Filarmónica de Nueva York en 1935 pero que no se había vuelto a interpretar hasta esta reciente primavera. En el periodo de entreguerras, el compositor florentino gozaba de una gran reputación en Europa y había recibido encargos para sendos conciertos por Andrés Segovia y Jascha Heifetz. Huyó del fascismo de Mussolini en 1935 y se asentó en Hollywood, donde se ganaba la vida componiendo música para películas, a excepción de ese concierto para cello dedicado a Gregor Piatigorsky, que estrenó bajo la dirección de Arturo Toscanini. La obra, de tres movimientos, está formateada como una cadenza. Abre con el solista aislado, a quien responde la orquesta, imitando ciertas frases y temas principales. A ello sigue todo el virtuosismo acrobático posible: largos arpegios y escalas floridas, mezclados con melodías cortas y dobles pausas. Recuerda a la Sinfonía española en Re menor de Lalo, aunque aquí el trabajo del solista es de mucha dificultad en diálogo fluido con la orquesta. La pueden escuchar en este vínculo con la Orquesta Sinfónica de Houston e interpretada por su re-descubridor, el cellista Brinton Averil Smith.

https://www.youtube.com/watch?v=x3mDG258-c8 

Úsese y tírese

Úsese y tírese

Como mis coterráneos, no puedo sustraerme al alud de noticias y promociones que inundan mi teléfono móvil cada mañana. Periódicos ingleses, norteamericanos, españoles, franceses y locales, por supuesto. He aprendido a mirarlos como autómata y recalar sólo en aquellos que versan con la salud, la literatura, la inteligencia artificial y la ciencia. Dado que a estas alturas soy un rehén de las galletas (“cookies” etéreas), también recibo dudosas ofertas de artículos deportivos, instrumentos médicos y libros de cualquier estirpe. Todo esto viene entreverado con Whatsapps de pacientes y colegas, artículos de vanguardia en temas de medicina y filosofía, notificaciones furtivas de empresas que desconozco y otros tantos pájaros perdidos.

Esta misma mañana, la empresa Nike – dueña de los pies inquietos de buena parte de la humanidad – envía una promoción de ropa y calzado deportivo. “Shop fast” (compre rápido), reza el recuadro en rojo al abrir el mensaje. Entre líneas me propone no meditar si lo requiero: pulsa la tecla, luego averiguas.

Descubro además durante el desayuno que la sociedad norteamericana ha inventado los llamados “hacks”; es decir, atajos para acceder al conocimiento, fácil y rápido. Es, con reservas, la perversión de la cultura.

Sabemos que el término “hack”, que se traduce como cortar o segar, ha dado pie a la creación de “hackers”; aquellos individuos versados en la tecnología informática que husmean, interceden, cortan y subvierten comunicaciones o sistemas de cómputo por vandalismo o genuino provecho. A tal grado, que las empresas de ciberseguridad en todo el mundo contratan a los otrora “White Hats” (hackers benévolos, podríamos decir) para apoyarlos a fin de frenar ataques cibernéticos o evitar la invasión de sistemas empresariales. Parece ciencia ficción a la manera de Philip K. Dick, pero ocurre todos los días en numerosos gobiernos y organizaciones financieras del Primer Mundo.

De tal fabricación, impelido por la histeria propia de muchas comunidades estadounidenses, ha surgido el concepto de que todo es “hack-eable”. Dicho de otro modo, toda interpretación del mundo cognoscible se puede simplificar para ser usada de manera pragmática y, desde luego, para ser desechada de inmediato.

Veamos un ejemplo. Al indagar con Google la entrada “Medical Hacks” me encuentro con diversos sitios, entre los que destacan una invitación del MIT para acudir a un seminario de hackers en ciencia y tecnología, impulsando la innovación. Más abajo, aparece una página que se denomina “Trece atajos médicos para la Doctora Mamá”. Se trata de un sitio que recomienda medidas artesanales para curar heridas, aftas y quemaduras de sol con remedios caseros. Incluye también consejos prácticos para mitigar el hábito de chuparse el dedo, cómo sacar una astilla y cómo aliviar la cefalea frotando el borde lateral de la palma de la mano a la guisa oriental.

Para quien se ha maravillado y ha develado a su vez el pensamiento mágico que impregna la incultura sanitaria en la actualidad, el fenómeno resulta fascinante. Ahora podemos desaparecer el dolor en un abrir y cerrar de ojos, sin necesidad de pesquisar el diagnóstico. El universo al alcance de la ignorancia.

Basta consultar las incontables páginas de “hacks” en las redes sociales para encontrar los vericuetos para nuestras preguntas sobre el origen de la vida, las razones de nuestra existencia, la incertidumbre del futuro o los meandros del inconsciente. Los invito a penetrar este laberinto de falacias para encontrar “todo lo que uno quería saber y no se atrevía a preguntar”.

Me parece que esta conducta social, contagiosa y pertinaz, responde justamente a la tendencia de evitar la reflexión para encontrar soluciones expeditas ante cualquier predicamento.

Terapias breves en lugar de la travesía psicoanalítica:

– Puedo pagar una sesión quincenal, doctor. Con eso haga lo que pueda. (Como si se tratara de la necesidad del psicoterapeuta)

Relatos cortos a cambio de tratados que evocan la esencia o la tragedia humanas:

– Pásame la revista, ese libro tiene más de doscientas páginas y no lo voy a terminar. De hecho, ya bajé el resumen en Internet (¿Para qué esforzarse a pensar?).

Series televisas que sirven para evadirse, en vez de grupos de lectura, conferencias o actividades culturales que movilicen la conciencia y obliguen a desarrollar otras capacidades. Un idioma coloquial en lugar de dos o tres. El alcohol o las drogas en sustitución de la razón y el sentido de realidad. La zona de confort – como se suele decir – en lugar del esfuerzo y la superación. El fármaco para el GAD (trastorno generalizado de ansiedad; ¡bendito DSM-V!) en vez de indagar en las profundidades del recuerdo o la transferencia a fin de discernir qué causa la angustia, qué recóndito trauma infantil subyace al dolor o la pena.

Hemos de lamentar que la celeridad de las comunicaciones, el acceso irrestricto (salvo bloqueos parentales) de la información y la reducción dramática de nuestro margen de atención han ocasionado que no investiguemos, no escuchemos y, pero aún, que no reflexionemos. Eso nos hace mucho más susceptibles al consumismo, a la manipulación mediática o al adoctrinamiento.

En otros tiempos, la gente se definía como idealista, romántica, conservadora, de derechas o de izquierdas, según el tenor de su educación y su perfil ideológico. Se enfrentaban a sus pares y a sus contrarios, discutían o votaban para elegir a sus representantes políticos en función de esa afinidad, y se identificaban con las figuras mitológicas o retóricas que satisfacían tal credo o sistema de valores.

Precisamente porque su vigencia es tan efímera y los méritos tan relativos, porque Don Dinero manda por encima de cualquier virtud, las convicciones políticas y las ideas acerca de la finitud o la vocación personal han dejado de ser trascendentes para la mayoría. Basta arroparse en una camiseta deportiva, portar el último modelo de teléfono o automóvil, blandir la bolsa de marca o el reloj inteligente para sentir que se es apto o idóneo para la comunidad urbana.

Han proliferado las playeras (T-shirts en cualquier latitud) que representan al individuo y sus ideales comprados. Hasta hace poco, dado lo flagrante de sus mensajes, nos deteníamos a pensar en su significado, acaso qué nos quería transmitir el sujeto que las portaba. Ahora pasan como letreros fugaces de las carreteras o anuncios de autobuses, se fijan en el preconsciente pero no dicen nada: “Cinco síntomas de flojera. 1…” “Fuck-off”, “Sarcasmo. Otro servicio que ofrezco”, “Edición limitada”, “Relleno de amor”, “Pues no eres tan fea como parecías de lejos”…y podría citar cientos más de contenidos aberrantes, inquietantes o agresivos.

Dicho  de forma elemental, estamos cayendo en la percepción panfletaria, en la falla de juicio constante, en lo tácito, aquello que no face falta meditar. Parece suficiente ver el mensaje, asimilarlo con premura – como quien se atraganta pero no digiere – y vomitarlo a los cuatro vientos en forma de memes, chats o links. Jerga que, dicho sea de paso, nos ha tomado por el cuello.

Los idiomas se han pervertido, porque resulta incómodo y sobrante aprender sintaxis, puntuación o semiótica. Leer y estudiar aburre, pues con un mínimo de destreza se pueden ligar fragmentos, epígrafes, frases hechas y demás artificios que permiten plagiar un discurso. (Justo en estos días se dirime si Bob Dylan, último Premio Nobel de Literatura, hizo lo propio para redactar su discurso de aceptación ante la Academia Sueca). La farsa del “copy-paste” ha derogado la aventura de la inteligencia y el placer por el conocimiento.

Es bastante probable que tanta volatilidad se vea comedida cuando los que la ejercen sin reparo tengan que asumir las obligaciones que acarrea la crianza y la necesidad de frenar la inercia en pos de cierto equilibrio personal o económico, pero nada lo garantiza. Apuro mi trago de “wishful thinking”, para abusar del inglés.

Al grano, pues. Lo que preocupa es que estamos contaminando a nuestros hijos y pupilos. Al condonarles la urgencia, el desatino y la ausencia de reflexión, los empujamos al desfiladero del automatismo, a la verdad virtual; esa que sólo priva de momento, que no tiene historia, aquella a la que le sobra la frivolidad y ha olvidado así que existen el afecto y el presente.

El escupitajo

El escupitajo

De niño, me intrigaba el gesto retador y artero de quien escupía sin razón alguna hacia el suelo; caminando, esperando el autobús, o tal vez, a mitad de una charla entre contertulios. Dado su peculiar arbitrio, me pareció a poco de descifrarlo que equivalía a una micción propia de perros o gatos machos, marcando su territorio. Lo curioso es que si bien predominaba entre los albañiles, mecánicos, veladores y otros oficios vernáculos, también lo hacían algunas mujeres  y con frecuencia las meretrices que rondaban sus esquinas en la oscuridad.
Cuando accedí a la pubertad, alguna vez jugamos a ver quien escupía más lejos, tanto como quien aguantaba más la respiración o eructaba más ruidosamente, pero nunca se nos ocurrió que eso debiera ser una táctica cotidiana o que implicara alguna territorialidad. Fue uno de tantos ejercicios para transgredir el orden y la autoridad que nos permitíamos en privado, reticentes de hacernos hombres. En cuanto tuvimos edad para incursionar en los bares, nos recibió con sorpresa la potestad de las escupideras, donde se vertía sin excepción el desenfado. Con el tiempo, escupir se trastocó en un recurso obsceno y acaso reservado para la intimidad de la ducha o el retrete. Supongo que la vergüenza hizo su arribo para imponerse.
He crecido, estudiado y ejercido en una ciudad que comulga con la basura. En mi barrio, en mi Universidad y en torno a mis distintos sitios de trabajo, he visto aglomerarse los escombros, desechos y envases de todo género de manera recurrente. Atraídos casi siempre por estancos de comida, surgen como hongos, uno tras otro, allí donde se estaciona apenas la gente. En mi caso, han sido los hospitales, sobrepasados por los vendedores ambulantes e incapaces de higienizar siquiera las calles aledañas. El oficio de recogedor debe ser tan monótono como infalible en estas latitudes, porque todo ciudadano contribuye con su dejadez y su mugre.
No fue sino hasta bien entrado este siglo que los gobiernos citadinos descubrieron que los cestos de basura podían adecuarse para los lugares públicos. Vimos como proliferaban en los parques, bajo algunos letreros o paradas de autobuses. Poco después, adquirieron una identidad; inorgánica para los desperdicios de plástico, papel, madera o fuego (como si pudieran intercambiarse) y orgánica para todo lo comestible y presuntamente biodegradable.
Como la cultura del Tercer Mundo es ingénita a tal condición de subdesarrollo, basta atestiguar que ambos rubros se obvian por doquier. Botes repletos de basura de todos tintes son la norma, aún en los centros comerciales más exclusivos. Es decir, la inmundicia no es privativa de la pobreza o la falta de educación formal, es un rasgo tan latino como el titubeo y el ingenio para mentir o burlarse de sí mismo.
Cuando pude viajar al extranjero como estudiante de posgrado, lo primero que me deslumbró fue la pulcritud de las calles y los espacios públicos. La gente paseaba a sus mascotas con palas y bolsitas de plástico para recoger sus heces. Los parques estaban impecables en cualquier estación del año. Los cestos de basura eran visibles en cada esquina y la gente los usaba con asiduidad. Pronto pude constatar que había claros matices. Los ciudadanos adinerados de Londres, la urbe que me acogió durante casi un lustro, limpiaban su pedazo de acera, sus patios y entradas, sin esperar que pasara el camión de basura o que nadie más los conminara a hacerlo. Más al sur y en la periferia, la escenografía resultaba familiar. Había cúmulos de basura y paredes con graffiti, la gente miraba hacia otro lado, con descontento, con evidente resentimiento social.
Por esos años se hizo presente el concepto de reciclar la basura. Se calcula que una sola familia urbana desecha entre 45 y 50 kilos de basura por semana. Residuos que tienen que ir a parar a algún contenedor, horno incinerador o pozo de desperdicios. De éstos, cerca de la mitad no es reciclable, así que invade e intoxica la tierra que pisamos y el aire que respiramos irremediablemente.
En los cinturones de mi ciudad son montañas de basura que se han sedimentado por décadas de acumulación fortuita y sin método, cuyo tufo recibe a todo visitante de forma inequívoca.
Sabemos además que la cantidad de escombros metálicos que flotan girando por nuestra atmósfera es escalofriante, y no hay satélites barrenderos o manera de evitar que graviten en nuestro entorno. Una espada de Damocles para la humanidad entera, pendiendo del espacio sideral.
De vuelta a mi barrio, observo a un chico que se estira frente a mí desde una camioneta de legumbres para escupir con desparpajo y retraerse satisfecho de su mísera hazaña. No advierte siquiera mi presencia circulando a su ritmo. Acto seguido, un automovilista a mi derecha abre la ventanilla y arroja sin más una colilla y, unos metros más adelante, la botella de plástico del refresco que ha deglutido, misma que rebota espoleada hasta la acera contigua. ¿Quién la recogerá? ¿Alguien se hará dueño y extirpará esa porquería?
Además de un muro ignominioso que pretende distanciarnos del Primer Mundo, está por supuesto el atraso jurídico y económico que padecemos. Debemos admitir que la ley que se respeta cotidiana y espontáneamente en países más ricos, ahorra muchos recursos. La mayoría de la gente recoge su basura, la separa en botes que permanecen limpios y que amanecen en el mismo lugar en que fueron colocados. Las personas esperan su turno ante cualquier ventanilla y atienden los ubicuos letreros de STOP sin necesidad de semáforos o nuestros emblemáticos topes. Todo eso hace redundante la vigilancia y economiza en fuerza de trabajo. Dinero que, con la mínima honestidad, puede invertirse en beneficios para las comunidades.
Podrán acusarme de malinchista, no lo soy. Quisiera ver a mi país saneado, con orden, donde la corrupción y la criminalidad se paguen con juicios a la medida de cada delito, sin mediar el nepotismo o la negligencia. Me encantaría saber que los periodistas no son asesinados a sangre fría por denunciar a quienes trafican con drogas o los encubren. Imagino ciudades y pueblos donde los gobernantes sepan que fueron elegidos, no por mandato divino o por lealtades inicuas, sino por votantes que requieren su compromiso y su limpieza, en todos los sentidos. Desearía en efecto despertar una mañana, caminar sin miedo, abrir la puertas y ventanas hacia un ambiente renovado, donde cada miembro de mi vecindario haga su pequeño esfuerzo y le exija al transeúnte que no escupa, para eso hay pañuelos desechables.

PD. La imagen que ilustra este relato, para su interés y espero que también para su repudio, fue tomada en Roma en 2009. La identidad comienza cualquier Lunes.