Nunca más

Nunca más

Se cumplen hoy 25 años de la masacre de Ruanda; casi un millón de asesinatos en cien días que no conmovieron a nadie, excepto a la infamia. ¿Cuántos infiernos más producirá el odio racial? Aquí unas notas conmemorativas:

Valerie Bemeriki mira a la cámara con mueca de indiferencia. Es una rea calva, que podría ser indistintamente hombre o mujer, y con esos pequeños ojos que se hunden en el rostro rubicundo, pretende expiar su culpa. Hace cinco lustros, presa de una euforia rabiosa, clamaba por la radio de las Mil Colinas (después denominada “radio del odio”): “¡Hay que cortar los árboles más altos!”. Esa arenga de abominación fue el banderín de salida para que los machetes de la etnia Hutu, indignados por el asesinato del Presidente Juvenal Habyarimana, masacraran durante tres meses a la minoría Tutsi, que se podía identificar por su ligera estatura.

El genocidio de Rwanda duró escasamente trece semanas, pero fue devastador: más de un millón de muertos, la inmensa mayoría tutsis y algunos hutus moderados que los intentaron proteger; medio millón de mujeres violadas; poblaciones enteras diezmadas mientras el tiempo se detenía, y todos esos cuerpos arrojados a los caminos, bosques o ríos sin el menor reparo. 

Las potencias extranjeras, incluida la ONU, dieron la espalda tan pronto despuntó la masacre. Los soldados abandonaron sus puestos, los cónsules abordaron sus aviones y los jerarcas se cruzaron de manos mientras la sangre de niños, mujeres y hombres inocentes teñía todos los arroyos y surcos de aquel país, abandonado a la bestialidad.

Por si tal afrenta fuera poco, un ejército de expatriados tutsis formaron el Frente Patriótico Ruandés y volvieron por sus fueros. En el verano de 1994 acribillaron a más de cien mil hutus como represalia indiscriminada, mientras las cortes internacionales se tapaban la boca o se sonrojaban de impotencia. 

Los médicos sin fronteras, acostumbrados a la pobreza pero no a la barbarie, trataron de frenar algunos crímenes, en tan pequeña escala que acabaron pagando con su vida o con el exilio. Pasarían 16 años antes que una comisión independiente declarara que el misil que derribó el avión del presidente ruandés, esa noche del 6 de abril, fue disparado por extremistas hutus que incitaban a la guerra civil y al exterminio de los “árboles espigados”. 

El calor es sofocante en la prisión de Kigali, donde Valerie insiste en el perdón y ensalza la política de reconciliación que abriga su actual gobierno. El reportero, impávido, reúne la información y se despide, sin preguntar cuanto años más se alargará su condena. 

Como otros tantos instigadores – Goebbels en la Alemania nazi, Radovan Karadžić en la masacre de los Balcanes, etc. – esta mujer dictó sentencia sin reparar en los actos de lesa humanidad que siguieron a su proclama. Ahora parece arrepentida, aunque cuelguen tras de sí las sombras de millones de seres humanos que nunca podrán vivir la pacificación. 

Quienes estamos en la inopia y atisbamos las guerras desde las pantallas o las páginas terrosas de los diarios, no osamos imaginar qué sería de pronto que una voz – espectro de las radiodifusoras – incitara a nuestra muerte. Que acto seguido, de forma súbita, entraran a nuestra casa hordas de salvajes poseídos por el odio, blandiendo machetes o navajas, para aniquilarnos sin piedad. Para millones de seres humanos  esta escena no ha sido una pesadilla o un documental, sino el recuerdo de una pérdida irreparable, cuando se cubrió de noche todo lo que amaban.

Por eso y muchos más relatos como éste, no podemos olvidar – pese a los años o siglos que transcurran – que nuestro núcleo de desprecio, aquel que nos separa para individuarnos y que a la vez nos distingue como únicos e indispensables, es capaz de matar en nombre de lo abominable.

Recordar es dar testimonio.   La noticia de hoy: https://www.bbc.com/news/world-africa-26875506

PD. El corazón más obscuro

Los tiranos conducen monólogos por encima de un millón de soledades
Albert Camus

Nevaba esa tarde en Berlín y el anfitrión, Otto von Bismarck, saboreaba el pastel que se repartía con los poderes de Europa. Tras bambalinas, los agentes del rey Leopoldo II de Bélgica ataban los cabos para adjudicarse la cuenca del Río Congo y sus tributarios; un territorio que abarcó treinta mil kilómetros cuadrados, setenta y siete veces más grande que su modesto reino y comparable a un tercio de la superficie de Norteamérica.

Durante los dos años que precedieron a esa cumbre de invierno en 1884, el astuto rey había cabildeado con lisonjas y regalos a los gobiernos de Francia, Alemania y Estados Unidos para obtener su aprobación. Cegados por su propia avaricia y la rivalidad imperial con las otras potencias, todos (el presidente Chester Arthur, el primer ministro Jules Ferry y el propio Canciller von Bismarck) cayeron en las redes de Leopoldo.

De manera sutil y aprovechando sus alianzas y deudores, Leopoldo II, a la sazón dueño y “Regente del estado libre del Congo” se nutrió de la voracidad de algunas empresas privadas que obtendrían parte del festín de insumos naturales que abundaban en el centro de África. Siempre con una tajada jugosa para el rey, nunca menor del 50% de sus ganancias.

A sus casi cincuenta años, Leopoldo era un sagaz manipulador de ojos penetrantes y larga barba. Nunca puso un pie en África y sin embargo, fue el tirano más poderoso que ultrajara la vida de la población nativa y los recursos de ese continente. Su artífice y testaferro fue Sir Henry Morton Stanley, un explorador galés que con lujo de violencia se abrió paso desde el delta del río Congo hasta el este del continente, arrasando villas y sobornando jefes tribales para ganarse el vastísimo territorio de su patrocinador.

Además de implementar por primera vez las ametralladoras y los barcos de vapor, sus huestes inventaron el chicotte, un látigo recortado de las ancas de hipopótamo con el que azotaban a los esclavos que se sublevaban o tropezaban al acarrear sus pertrechos. De manera perversa se anticiparon a los kapos de los campos de concentración nazi, autorizando a los propios congoleses (cuya aversión tribal se habría agudizado con la sujeción al poder blanco) para que azotaran con el infame chicote a sus coterráneos. Amparado con el eufemismo de su “proyecto filantrópico”, Leopoldo creó un ejército de mercenarios (la llamada Force Publique) que contaba casi veinte mil hombres ubicados en guarniciones a lo largo y ancho del territorio conquistado. Sus excesos contra las tribus autóctonas (Sanga, Boa, Luba, Chokwe, Budja y tantas otras) son un horrendo precedente del Holocausto y las matanzas en Rwanda un siglo después. Los niños de esas etnias fueron reclutados como ganado durante dos largas décadas para dejarlos en manos de misioneros católicos y reubicarlos para poblar zonas designadas por el rey. Muchos de ellos huérfanos en el sentido de que sus padres habían sido asesinados por las balas de la Force Publique.

A sus treinta dos años, un emprendedor de origen polaco, Konrad Korzeniowski, estaba convencido del valor civilizatorio que el rey Leopoldo había instrumentado para el continente negro. Así, se embarcó como oficial de un naviero mercante – el Roi des Belges – para conocer y auxiliar en tan noble empresa.  Su travesía duró seis meses, hasta que renunció a la comandancia del barco, harto de las atrocidades que atestiguó en el Congo belga. Su relato de este desafío, transformado en una novela de 144 páginas bajo el nom de guerre Joseph Conrad es el epítome con el que se infirieron durante buena parte del siglo XX los motivos y monstruosidades del rey Leopoldo II en África central. Su narrador, Marlow (el alter ego de Conrad), describe su llegada a Stanley Pool con la elocuencia de un viajero que no esperaba tanta oscuridad:

Remontar ese río era como volver en el tiempo hasta sus orígenes, cuando la vegetación sublevaba la tierra y los árboles eran reyes. Un arroyo vacío, un gran silencio, un bosque impenetrable. El aire era húmedo, denso, abrumador. No sentías el alivio del sol. Podías perder el rumbo en ese río como en un desierto y chocar contra sus bancos como embrujado y ausente de todo lo que hubieses conocido”.

El otro personaje es Kurtz, un agente de la compañía naviera que se rodeaba de acúmulos de marfil, a quien Marlow rastrea para rescatarlo y traerlo de vuelta de su salvajismo. La novela ha servido por ciento veinte años para reflexionar sobre el mal, el colonialismo, la ingenuidad victoriana y temas que rayan hasta Freud y las motivaciones inconscientes. La egregia película de Francis Ford Coppola (Apocalypse Now!), trasplantada a la guerra de Vietnam, es un tributo a la odisea de Conrad (Marlow) en busca del navegante errático y sanguinario.

Pero se cree que el verdadero Kurtz fue un capitán de la Force Publique, León Rom, que comandaba la guarnición de Stanley Falls. Su expedición contra los grupos rebeldes que se oponían al imperialismo belga, resultó en una masacre de la que alardeó, colocando veintiún cabezas de sus súbditos en el frente de su casa. Se aproximaba la Navidad de 1898 y Conrad, el escritor, navegante decepcionado de los asesinos blancos, leyó aquella espantosa descripción en el The Saturday Review  de la capital británica.

Como todos nosotros, Joseph Conrad reconoció el ultraje que hizo Leopoldo II en el Congo, describiendo en su lecho de muerte a Kurtz cuando exclama: “The horror! The horror!”. Sin embargo, como argumentara el novelista nigeriano Chinua Achebe, el verdadero mensaje del libro debe ser: “Mantente fuera del África o sufre las consecuencias. Mr. Kurtz debió atender esta advertencia y el horror agazapado en su corazón hubiese permanecido encadenado a su madriguera. Pero se expuso al llamado irresistible de la selva y la oscuridad lo atrapó”.

Pero fue el descubrimiento de las viñas de hule, que ocupaban más de la mitad de la superficie del Congo, lo que despertó el desenfreno de los inversionistas extranjeros. El hallazgo de que el caucho podía suavizarse con azufre por Charles Goodyear (en 1839) apareado con la producción masiva de neumáticos por la compañía Dunlop en 1890, redundó en un éxito económico insospechado para el rey belga. Las dineros fluían a la calle Bréderobe, justo atrás del palacio imperial, auspiciadas por la Anglo-Belgian India Rubber and Exploration Company con ganancias de hasta 700% respecto de lo que se pagaba por su extracción con trabajo esclavizado.

Los pobladores de esos bosques tropicales se resistían a extraer la sabia pegajosa y a las formidables jornadas de trabajo en condiciones infrahumanas. Para obligarlos, los oficiales de las compañías europeas secuestraban a las mujeres y niños, y enajenaban los alimentos del poblado. Los “Consejos prácticos” redactados ulteriormente en un manual por el capitán Léon Brom y otros gobernantes del Congo, aludían a las frecuentes amputaciones de manos para quienes se cansaban de trabajar o la guillotina para aquel que no aportaba la cuota requerida.  

El terror del hule, como se le conoció después, sirvió para financiar los excesos del rey. Parques, alamedas, estatuas y galerías retocaron el reino de Bélgica, particularmente en Bruselas y la costa favorita de Leopoldo, Ostende. Pero no todo eran albricias para el tirano. Su hermana Carlota, a quien acogió en su château de Leaken había regresado de México con una paranoia incontrolable, y él mismo desarrollaba un trastorno hipocondriaco que hacía de su cotidianidad un martirio. Salía a pasear con una bolsa de plástico para que su barba no atrapara humedades, comía con rigurosa exactitud y hacía revisar sus alimentos y bebidas con obsesión de enfermo.

Pese a ello, su avidez por la riqueza natural de sus dominios no cejaba. Hizo traer trabajadores de China, Barbados, Zanzíbar y Sierra Leona para procurar todo el hule que la revolución industrial reclamaba. Mandó construir una vía férrea que en sus dos primeros años cobró la vida de casi cinco mil personas entre disentería, malaria, viruela y beriberi. Como aduce una metáfora que se ideó en aquel tiempo, “cada durmiente costó la existencia de un africano y por cada poste telegráfico murió un europeo”. En 1898, tras ocho años de desastrosa labor, la primera máquina de vapor llevó dos vagones desde Matadi a la poza de Stanley (unos 370 kilómetros). Ante su fastuosa inauguración, se develó una estatua que mostraba a tres cargadores negros, uno con el bulto sobre la cabeza y los otros dos exhaustos al suelo. La inscripción en la base rezaba: “El ferrocarril loa liberó de su carga”. Evidentemente, nadie aludió a quién habría colocada esa carga en principio.

El Estado Independiente del Congo duró veintitrés años. Establecido en 1885 y hasta la muerte de su dueño y dictador, se asentó sobre un genocidio permanente. Las masacres, la supresión de guerrillas, la esclavitud y el sacrificio de cientos de miles de trabajadores para satisfacer la avaricia del rey. Sus repercusiones siguen reptando en los ríos y las selvas dilapidadas de África hasta la fecha.

Como reportó gráficamente  Michael Herr al citar a un soldado norteamericano en la guerra de Vietnam: “Arrancamos los arbustos y quemamos las cabañas, volamos los pozos y matamos cada cerdo, pollo y vaca en la jodida villa. Si no podemos dispararles a sus pobladores, ¿qué carajos estamos haciendo aquí?”.

Bibliografía recomendada:

Chinua Achebe. “An Image of Africa: Racism in Conrad’s ‘Heart of Darkness'”. Massachusetts Review. 18. 1977

Joseph Conrad. Heart of darkness. Everyman´s library, New York 1993.

Martin Ewans. European atrocity, African catastrophe: Leopold II, the Congo Free State and its aftermath.  Rotledge, New York 2015.

Michael Herr. Dispatches. Vintage, New York 1991.

Adam Hochschild. King Leopold’s ghost. Houghton, Mifflin & Harcourt, Boston 1998.

Frank McLynn. Stanley: dark genius of African exploration. Vintage, London 2012.

Estocolmo

Estocolmo

Frente al escritorio de admisión, le cuesta reprimir las lágrimas. El dolor corporal es lancinante y firmar, entre la bruma de los ojos, conlleva una tarea complicada y absurda. ¿Porqué no pueden hacer esto más expedito? – implora.

La secretaria la observa con paciencia, incluso le sugiere una habitación tranquila, lejos de barullo citadino. Viene sin compañía y da la impresión de abandono, aunque viste con elegancia y se ha maquillado a esta temprana hora. No tiene un médico asignado, pero la verá un internista que le recomendaron en la estación de televisión donde trabaja. Es un rostro conocido aunque sometida ahora como está a este predicamento, desencajada, parece otra. Solicitan una silla de ruedas, no por incapacidad, sino para ahorrarle pasos y molestias.

La enfermera en turno la recibe como si le entregaran un ánfora de porcelana y la desviste con cuidado extremo, casi acogiendo a un lactante. La mujer transmite tal desvalimiento. Sola en su cuarto, solloza en silencio. A poco exige que se le administren analgésicos intravenosos, no puede esperar a que acuda el médico. A regañadientes contesta en tono lacónico las preguntas del residente y, por supuesto, no se deja explorar. El joven médico se retira refunfuñando y no tarda en poner en alerta al personal del tercer piso: se trata de una paciente “difícil”.

El médico es, además de internista, neurólogo, y viene advertido del estado de ansiedad que precede a su enferma. Sabe con quien se enfrenta además: figura pública, divorciada y temperamental en sus apariciones televisivas. Rompiendo el protocolo, la saluda con un beso en la mejilla y se sienta en la cama con familiaridad para interrogarla. La enferma se hace a un lado con pudor pero se deja seducir por el encanto y la disposición de su doctor. Se establece, imperceptiblemente, una mutua atracción. Él desde su narcisismo, pretendiendo gallardía y templanza; ella, mediante la transferencia de afectos, vulnerable y necesitada de contención.

Los estudios iniciales, entre los que se cuentan electromiografías, resonancias magnéticas y todo género de pruebas infectológicas, la mantienen secuestrada en el hospital por más de una semana. Han concurrido especialistas de dolor, un psiquiatra que le despertó gran antipatía y una reumatóloga que prefirió no hacerse cargo del caso. El único que sigue vagando por este barco a la deriva es el infectólogo, atraído por la fama colateral que brinda curar a una estrella de los medios.

Los efectos del encierro no se hacen esperar. La paciente se deprime aún más, a falta de un diagnóstico preciso. Se descarga con las enfermeras y la fisioterapeuta, que hacen lo posible por atenderla pese a su rechazo y constantes exigencias. Solamente el internista es bienvenido a su vera, quien la toma de las manos, la tranquiliza y le devuelve la confianza en el proceso diagnóstico.

Al noveno día ocurre un evento desafortunado. Al cambiar la venoclisis de antebrazo, la paciente se agita por el dolor que causa la punción y la enfermera de guardia le produce un visible hematoma. La enferma se enrabia, toma entre gritos la charola donde está el equipo y las soluciones, arroja su contenido al suelo y de un jalón, golpea varias veces en la cabeza a la responsable, causando un gran revuelo en el piso de hospitalización. Su médico tiene que presentarse a deshoras para aplacar el incendio. Afuera de la habitación lo esperan la jefa de enfermería, dos ejecutivas de relaciones públicas y el administrador del hospital, blandiendo caras largas y actitud de reprobación.

  • Lo siguiente es que nos desplieguen un periodicazo – dice este último, antes de hacerse a un lado para darle paso.
  • Lamento los inconvenientes – dice el doctor, un tanto avergonzado. – Por favor, déjenme solo con ella.

Una vez dentro, Mario la sosiega y le pide disculpas en nombre del personal que no supo tratarla como se merece. Esto genera en ella un desconcierto que se torna en abrazo y llanto soterrado. El galeno se deja abrazar y cuando separan los rostros – el de ella húmedo de lágrimas -, se vuelca en un beso en los labios de su paladín sin reprimirlo más.

  • Ay, perdón, no pienses…
  • No pienso nada, Diana. Estoy aquí para ayudarte.

Dicho lo anterior, la atrae por la barbilla y la besa largamente, saboreando sus labios y su entrega. La toma de la cintura y absorbe su jadeo incipiente antes de separarse con recato.

  • Permíteme despedir al personal y estaré de regreso enseguida.

Diana se ciñe la bata, se acomoda el cabello como una adolescente tomada por sorpresa, y aprovecha para darse dos pellizcos en las mejillas para encenderlas de rubor. Se sabe excitada y dispuesta. Es un romance largamente anunciado. El médico, cabello entrecano, delgado, ojos verdes con un tinte de serenidad, tiene un atractivo inusual; acaso le recuerda a su padre: altivo, taciturno, preciso en las palabras y los gestos.

Se vierten en un abrazo de efluvios y ella lo desnuda con serenidad, mientras él la besa apasionadamente y la desprende con delicadeza de la bata y las bragas para penetrarla, pidiéndole que mitigue sus jadeos para no atraer oídos extraños. Tras el orgasmo ambos quedan tendidos sobre las sábanas, sudorosos y preguntándose en silencio que sigue tras este desvarío. Ella no sabe nada de su vida, él la ha poseído a fuerza de hacerse indispensable, de cobijarla e impregnarla de ternura.  Ahora quiere ahondar en la intimidad.

  • Mario, ¿cuándo me des de alta, podemos salir como pareja?
  • Por supuesto – contesta él, recuperando el aliento, pero sin mirarla, evasivo.

En las jornadas siguientes se acumula el aburrimiento, pero el romance subsiste. Tienen dos encuentros sexuales más, que la dejan bastante insatisfecha, si bien entiende que el lugar dista de ser el apropiado. La noche antes de egresar, dos semanas después de su primer encuentro, Diana profiere la pregunta obligada.

  • ¿Cuándo vienes a mi departamento, cariño? O, mejor aún, invítame a tu casa. ¿Dónde vives?

El médico se retira un poco en el borde de la cama, frunce el ceño, y toma aire con un suspiro profundo. Está a punto de confesarle que es casado, que tiene dos hijos recién ingresados a la Universidad y que se dejó atrapar por el afecto, pero…

Diana lo descifra. Rompe en llanto y lo empuja fuera de la cama.

  • Lo sabía, sólo me usaste, maldito. ¡Te odio, te odio!

Los gritos atraviesan las paredes y Mario intenta acallarla, ruborizado de vergüenza y culpa. Ella lo insulta repetidamente y le lanza el vaso de leche hacia la cara y la camisa. Una enfermera entra despavorida y se detiene a mirarlos con inquietud.

  • ¿Quiere que llame a seguridad, doctor? – le pregunta, mientras recoge los objetos derramados.
  • No hace falta, señorita, yo me encargo – responde el médico, rebasado por las circunstancias y su falta de decoro.

El resto de la historia fue bastante turbulento. Diana denunció al médico ante las autoridades competentes, culpó al hospital por falta de protección hacia sus enfermos y desató un alud de reportajes que obligaron a Mario a buscar trabajo en las Baleares, donde su estela de abusos no lo alcanzaría pronto. La conmoción mediática ocasionó su divorcio y el extrañamiento de sus hijos, que aún no lo perdonan.

Con profunda pena escuché el relato en boca del ex-administrador del hospital, quien tuvo la indecencia de prodigarse en detalles durante una reunión social. Disgustado, me retiré del evento antes de conocer el trágico final. Me hizo recordar el síndrome de Estocolmo, tan socorrido en casos de encierro como éste, aunque en apariencia se tratara del cumplimento de un deber ético y profesional, que el secuestrador nunca observó.

PS. El libro que recomiendo esta semana, alusivo al tema, es: Trauma and recovery. The aftermath of violence – from domestic abuse to political terror, cuya autora es Judith L. Herman (Basic Books, New York, 2015).

Una novela que reivindica a las víctimas del secuestro, con tinte policiaco, es Alex, parte de una muy recomendable trilogía del conspicuo Inspector Verhoeven que creó Pierre Lemaitre (traducida por Arturo Jordi), Alfaguara Random House, Madrid 2016.

Disyuntivas éticas

Disyuntivas éticas

Me asignaron un buen abogado de oficio, pero los momios pesan en mi contra. Aún así, me declaré no culpable con voz firme y entera convicción. Era una mañana fría y la sala estaba casi desierta, salvo por algunos familiares (que sentía respirar hondo a mis espaldas) y el fiscalista que insistía en la pena máxima, a sabiendas que mi crimen no lo ameritaba. El juez me miró impasible, dio un martillazo que resonó en mi deshonra, fijó una fianza exorbitante y la fecha del juicio en dos semanas más. 

De vuelta a mi celda, que comparto con Jimmy el defraudador, hice un recuento de los hechos, ante todo para refrescar la memoria. Trataba no obstante de darle coherencia a mi relato de cara a las acusaciones que me implicaban en la muerte de Maureen. Me senté en el camastro a reescribir mis notas, mientras mi compañero silbaba tonada tras tonada de viejas películas, haciendo caso omiso del transcurrir del tiempo. Sin duda, yo tengo más apremio.

La llamada, a la mitad de la madrugada, nos despertó. Mi mujer refunfuñó en su modorra y con el teléfono en mano, sin hacer más ruido, me encaminé a la cocina para discernir la urgencia. La paciente, a quien conocía ya por una leucemia mielocítica relativamente estable, ingresaba con fiebre, mal estado general y una radiografía de pulmones con sospecha de neumonía de focos múltiples. No era la primera vez que como hematólogo de un centro de referencia me veía implicado en la evolución tórpida de mis enfermos, pero con Maureen me unía esa amistad arropada de literatura y la música de Beethoven, cuyas diversas versiones intercambiábamos con frecuencia. Yo atesoraba sus regalos: primeras ediciones de libros de medicina escritos en Francia o Escandinavia, partituras que había entresacado de bodegones perdidos, hasta un arco para mi violín que le heredó su abuelo. A cambio, me atrevo a alardear, yo la mantenía viva y disfrutando una existencia grata y bastante asintomática entre los suyos. Su compañero de un entrañable matrimonio es un viejo empresario retirado, al servicio de su comunidad, donde dirige un equipo infantil de beisbol y participa en las jornadas para alimentar a quienes están en situación de calle. En suma, es un buen hombre, dedicado en cuerpo y alma al cuidado de su mujer, quien tras cinco lustros de fumar Pall Mall, acarreaba también su tanque de oxígeno a mis consultas. 

Me vestí en pocos minutos y salí hacia el hospital, evitando los semáforos con cierta imprudencia pero consciente de que a esas horas la ciudad dormía. Gustav, su esposo de origen noruego, me recibió aún en pijama cubierto con un abrigo. A todas luces habían salido de casa precipitadamente después de llamarme. Su aspecto era de alarma y desesperación.

  • No puede respirar. doctor. ¡Ayúdenos por favor!

Lo tomé con serenidad de ambos brazos y traté de calmarlo, pero el hombre parecía desconsolado y escuchaba sólo el rumor ingente de su pánico. Asumiendo lo peor, le conminé a telefonear a sus hijas – que habitan en diferentes estados – en cuanto amaneciera. Entretanto, evaluaría la emergencia y consultaría con mis colegas de enfermedades infecciosas y cardioneumología para ofrecerle el mejor cuidado posible.

Al acercarme a su lecho, el aspecto de Maureen reflejaba con creces la inquietud de su marido. Respiraba con dificultad – cerca de cuarenta veces por minuto –  y aún así, el monitor mostraba una saturación de oxígeno alarmante. La taquicardia y la caída de presión arterial auguraban un mal pronóstico y no pasaría mucho tiempo antes de requerir intubación y eso que llamamos aminas vasoactivas (para subir la presión y ayudar a perfundir sus órganos). Ordené los exámenes de ingreso y me comuniqué a la Unidad de Terapia Intensiva; la paciente no podía esperar, su deterioro avanzaba por minutos. Mi colega, el Dr. Henry Bald, acudió a mi lado y, tras una breve discusión, acordamos un esquema de antibióticos convencional y dosis suficientes para cubrir el oportunismo de hongos. Sus condiciones y su radiografía no dejaban lugar para titubeos.

Las siguientes horas fueron desgarradoras. Hablé con toda sinceridad con Gustav y le planteé los escenarios más graves, pero insistió con gesto suplicante que no la dejara morir, que hiciéramos todo lo necesario para salvar a su amada esposa. Las hijas, todas ellas casadas, fueron arribando al hospital en el curso de las siguientes veinticuatro horas. Para entonces, el panorama se había complicado aún más.

Maureen sufría de lo que denominamos una “transformación blástica”. Es decir, que su leucemia había virado a una forma aguda con pocas posibilidades de sobrevida. Mi siguiente reunión incluyó a la familia entera, donde sugerí que tendríamos que limitar el tratamiento de la enfermedad de base hasta no tener la certeza de que la infección estuviese controlada. Asimismo, que de este fino equilibrio entre su entereza fisiológica y la invasión de microorganismos y células en desbandada dependería su existencia.

Para quienes habitamos el universo del dolor y la muerte, las horas se dilatan y tienen un significado tácito. La energía y el conocimiento están invertidos en recuperar al paciente, entender su cuerpo cono una máquina en merma que lucha por subsistir y, desde luego, espantar a todos los fantasmas que se ciernen sobre su integridad avasallada. Cada visita al cubículo me traía recuerdos; revisaba con cuidado las notas de mis colegas, los resultados de exámenes periódicos, los parámetros de presión, pulso, ventilación y las repetidas placas radiográficas con las que despertaba nuestra curiosidad cada mañana. Le tarareaba extractos de los adagios de Brahms que alguna vez compartimos mientras la revisaba, y buscaba su connivencia para volver de ese limbo que la tenía secuestrada.

Además, había tenido que ajustar la quimioterapia a dosis mínimas y como indicio de gravedad, empezaba a notar datos de meningismo, o sea, que las células malignas parecían adueñarse también de su cerebro. Omití comentar estos datos a mis colegas el primer día que lo advertí (ella llevaba una semana hospitalizada), a fin de no despertar prematuramente la amenaza de más intervenciones en una mujer ostensiblemente frágil. Pero sus condiciones no mejoraban y nos reunimos en la sala de juntas del piso contiguo para homogeneizar la estrategia. Abraham y los colegas de medicina crítica argüían el concepto de futilidad; término que genera mucha ambivalencia en el gremio, pero que no se puede soslayar. Por mi parte, les pedí tiempo para sensibilizar a la familia y, en cierto modo, porque había prometido a Gustav agotar todos mis recursos. La culpa inconsciente me precedía, acaso por el peso inefable de otras derrotas; algo tan recurrente en mi especialidad y, no obstante, maldecido. ¿De qué otro modo podría ofrecer mi ayuda y mi experiencia a mis enfermos?

A la tercera semana de intervenciones de todo género y esfuerzos vacuos, Maureen parecía recuperarse por sí sola. Recobró la conciencia y la pudimos extubar confiando en que la neumonía estaba razonablemente controlada. Su oxigenación seguía siendo errática pero las cifras de glóbulos blancos habían descendido y una brisa de esperanza se colaba entre nosotros y su desgastada familia. Sin embargo, algo lamentable ensombrecía el horizonte: había pasado tantos días inmóvil que sus músculos y sus tejidos de sostén semejaban trapos húmedos, el exceso de líquidos (necesarios para administrar medicamentos y sustancias vasoconstrictoras) la tenían hinchada y marchita. Estaba plagada de moretones y heridas de venopunción. Peor aún, los sitios de presión mostraban escaras que corrían el riesgo de infectarse en cualquier momento.  En dos palabras, habíamos desmembrado su cuerpo al insistir en rescatarlo.

Mis colegas y yo empezamos a evitar los encuentros con la familia, pretextando otras ocupaciones, cuando lo cierto es que nos avergonzábamos de nuestros desatinos. Yo los atendía con religiosa puntualidad cada mañana, pero debo admitir que estaba sumido en un impasse ante la inminencia de una recaída. Lo siniestro no se hizo esperar. Cuando anticipábamos egresarla y todo sugería que podríamos brindarle una extensión acaso inútil a su vida, se desató un delirio inesperado y cayó en coma profundo. Los monitores y el laboratorio nos ocultaban algo, pensé, arrojado con todos mis pertrechos en una marejada de incertidumbre.

La confusión se trasladó a la familia, que no entendía este desenlace y me impelía a ofrecerles una explicación racional ante lo ominoso. Traté de hacerles ver que en ocasiones la leucemia invade las meninges, si bien no podíamos descartar una neuroinfección oportunista por criptococos, listeria o bacterias distintas a las que pretendíamos haber cubierto. La actitud de Gustav fue siempre de comprensión y tolerancia, pero dos de sus hijas (una de ellas abogada en Boston) se mostraron iracundas, vociferando a los cuatro vientos nuestra incompetencia. Reuní al grupo médico y traté con ellos de calmar su desasosiego, pero las interrogantes que se filtraron en nuestra evaluación conjunta les dieron pie para acusarnos de negligencia.

Treinta y seis horas después, Maureen fallecía plácidamente – si puedo decirlo así. Con el consentimiento de su esposo, retiré personalmente cada uno de los apoyos como si me desgarrara pieza a pieza: la alimentación parenteral, la presión positiva del ventilador, la norepinefrina y dexmedetomidina, los antibióticos, y poco a poco, mientras sus familiares se despedían en torno a su lecho de muerte, el nivel de oxígeno y las soluciones. En medio de ese ritual, su hija me observaba con un rencor inédito y yo evitaba su mirada acusadora.

Poco después vino la demanda, mis colegas se desentendieron y acabé aquí, donde la noche y el día se confunden. El único consuelo es que Gustav vino a verme ayer, me trajo un libro de Jo Nesbo – curiosa ironía – y unos chocolates belgas para “quitar lo amargo de mi sentencia”. Sé que soy inocente, pero el yerro me quita el sueño y, ante los ojos del mundo, me siento culpable y no dudo que lo muestro.

En nuestra profesión, no anticipar y sopesar las consecuencias de cada acto, por inocuo que parezca, tiene repercusiones. Entre las barras de este calabozo preventivo, alcanzo a ver un prado y un granjero que atraviesa mi campo visual con su tractor oxidado. Es una reminiscencia de que la vida puede ser simple o profundamente azarosa.

Tapar los baches

Tapar los baches

Habitamos un mundo irreflexivo, plagado de autómatas y egocéntricos en conflicto. Los amigos escasean, la gente anda en su nube y no hay tiempo para conversar, salvo nimiedades que rebosan las redes sociales. Por más que la educación – frugal recurso – ha tratado de inculcarnos la reflexión y la templanza, el mundo actual nos invita a la frivolidad y al culto de lo efímero. Anhelamos la satisfacción inmediata, la gratuidad, el desvelo en lugar de la meditación, y el parpadeo de las pantallas “inteligentes” en desprecio de la sabiduría y el ejemplo.

¿Cómo podría impactarnos una noticia trágica (un infante ahogado en las costas del Mediterráneo, por ejemplo) si la vemos reproducida en diferentes versiones sólo durante un día? ¿Cómo podríamos juzgar el contenido de una obra si pasa de largo entre memes, instantáneas y resúmenes triviales? Nos estamos alienando y ese efecto subliminal que aplaca nuestras emociones parece que tampoco importa.

Cuando atravieso los pasillos de mi nosocomio, lo habitual es observar a un sinnúmero de individuos, sobre todo jóvenes, que no levantan la vista de sus teléfonos celulares, caminan de frente por reflejo, desdeñan a los demás y las imágenes que trae el día, el trino de aves que pueblan los árboles en estos jardines, al viejo que requiere ayuda para subir al ascensor, al bebé que sonríe. En fin, su atención está centrada en un escenario intangible y nimio. Uno puede imaginar el tsunami mediático que tendría hoy día una arenga similar a la que hizo Orson Welles por la radio en octubre de 1938 y que ocasionó una histeria colectiva en la ciudad de Nueva York.

  • ¡El gobierno entrante nos va a quitar nuestros bienes! Aquellos que tienen más de una casa deberán ceder sus excedentes para familias pobres. Firma: una voz “autorizada” y replicada burdamente por los medios.

Como es obvio, los alienígenas ya no son noticia en un mundo donde la ciencia ficción resulta vulgar e irrelevante. Pero la manipulación de un temor generalizado en un sector de la población podría tener consecuencias devastadoras e incluso generar una masa inconforme dispuesta a luchar por lo que no existe.

Hace unos meses, la mayoría de los mexicanos, por convicción o por afinidad, votó por un gobierno de izquierdas para los cargos más importantes del país. La reyerta electoral fue bastante transparente, se ventilaron defectos, argucias, ideologías y falsas promesas. Los candidatos de derecha y del partido en el poder buscaron por todos los medios reclutar a un electorado indiferente, cansado de corruptelas y nepotismo. No convencieron. Ese domingo de verano vieron disolverse su pretendida certeza en unas cuantas horas del aluvión de votantes que esta vez sí acudieron a las urnas buscando una alternativa a su pasado. En breve sabremos si así es. El gobierno que en unos días accederá al poder – legítimo en nuestra ingente democracia, debo añadir – está obligado a probar que gobernará para todos, con inteligencia, prudencia y sentido del deber.

Si roban, no serán perdonados. Si mienten, serán juzgados de inmediato. Si ocultan algo, lo sabremos más temprano que tarde. El escrutinio de propios y extraños será inclemente. Los primeros, porque tratarán de demostrar que su elección fue acertada y que el país necesita un cambio radical para acabar con las lacras que nos han sumergido milenariamente en el tercer o cuarto mundo. Los opositores, porque bajo la máxima de “se los advertí” echarán en cara que fuimos ingenuos y que no hay remedio para la enfermedad crónica de la patria y sus testaferros.

La lección es bastante elocuente para todos: nunca debimos otorgarle carta blanca a los políticos que nos han gobernado; un verdadero régimen parlamentario debe sujetarse a prueba de manera constante y verificable. ¡Cuánto daño nos ha hecho el presidencialismo que padecemos! Lo mismo un tirano, que un mecenas o un redentor. Es la tragedia resonante desde el imperio de Porfirio Díaz hasta los desplantes de telenovela de Fox y Peña Nieto.

Para los que vienen, podremos perdonar errores de alcance, cierta ineptitud que acompaña a su inexperiencia en cargos públicos, pero jamás la arrogancia o el autoritarismo. Son y serán siempre los servidores del pueblo, no sus jerarcas o inquisidores.

Algo muy estimulante, que a veces se pasa por alto (claro, sumergidos en las pantallas somos cada vez más miopes) es quién hizo la diferencia. De acuerdo a las encuestas de salida, fueron los jóvenes, los académicos, los intelectuales y ante todo, las mujeres y los desposeídos. Probablemente hubo “acarreos”, como se suele decir en la jerga política nacional; pero el grueso del electorado acudió por su propio pie, dispuesto a hacer valer su voz y su voto. Así que sabremos apechugar, como rezaban las abuelas y juzgar, y protestar si es preciso e impugnar lo que no nos convenza. Eso es democracia. Si queremos un país más justo, menos dividido y más acorde con la comunidad de naciones, libre de secuestradores y sicarios, tenemos que mantenernos unidos, alertas y vociferantes.

Transcurre otra mañana de este incipiente otoño citadino. A mis espaldas, el tráfico de una de las ciudades más pobladas del mundo no ceja; bocinas y alarmas se alternan para perturbar el silencio que reclaman mis enfermos. Agobiado por el ruido incesante, bajo a pasar visita en un momento libre entre pacientes. Es una actividad que deleita por la familiaridad, el contacto con las enfermeras, el orden y la limpieza que cobijan a quienes tenemos que hospitalizar debido a la gravedad de sus síntomas.

Mi paciente reposa, esperando un baño de esponja. Sonríe al verme llegar al tiempo que me congratulo de su aparente mejoría y saludo cordialmente a sus familiares. La luz matinal inunda su habitación y todas las pantallas están apagadas. Es un remanso – medito para mis adentros. Nada como observar, escuchar, transmitir confianza.

Solicito su permiso para revisarlo: tórax, ruidos cardiacos, flujo respiratorio; abdomen, con cuidado extremo, para no despertar dolor innecesario, peristalsis, signos elocuentes. Las piernas hinchadas me dicen que tendremos que corregir el aporte de líquidos. Retiro la telemetría y revoco la orden de obtener glucemia por punción de los pulpejos (tortura pura, bromeo con mi paciente). Me encanta su respuesta: – Puras buenas noticias, doctor – me dice, con voz débil pero convincente.

Al salir de su cuarto para cumplir con la obligación de anotar mis observaciones en el expediente y explicitar mis órdenes verbales, me envuelve una gratitud por la vida. Elegí ser médico para mitigar el dolor y el sufrimiento, para acercarme lo más posible a la fragilidad humana y, porqué no, para intercambiar afectos al desnudo, ahí donde el sujeto es deseo y regresión, necesidad y duelo, latencia. He aprendido más de mis pacientes que de todos los libros y artículos que he consultado en mi formación. Es cierto que sin esas brújulas de conocimiento estaría a la deriva, pero son ellos – los enfermos – quienes dictan mi certidumbre y mi capacidad reflexiva. Por eso la inmediatez y la superficialidad me resultan despreciables. Sin un diagnóstico, cualquier tratamiento es especulativo. Sin una dirección, navegamos entre sombras y lo más probable es que encallemos en arrecifes.

Cuando he terminado de anotar, me dirijo de vuelta a mi oficina. En el trayecto me alcanza una enfermera: – Doctor, ¿hizo usted algún cambio?

Es un gesto repetido con frecuencia, pero digno de reconocer. Es en la interlocución, en la escucha, en el intercambio de apreciaciones o en la transmisión de ideas que las personas nos cuidamos unas a otras. Sin ese lapso de conciencia, de esa reflexión con el otro, nada sería posible, menos aún ante el universo virtual que osa distraernos.

  • Sí, Magda, se lo agradezco. Procuré hacer buena letra para que no haya confusiones. Mi celular quedó anotado, pero estaré en mi consultorio si me requieren.

Vamos bien – pienso mientras me alejo. Eso es lo que importa.

PD. A las 8 de la noche del Halloween en 1938, Orson Welles, reportero y escritor de sólo 23 años de edad, decidió tomar unos pasajes de la obra de H.G. Wells “La guerra de los mundos” como si se tratara de un reporte verídico y en curso. Interrumpió un número de swing con su voz profunda para dar la noticia urgente de que extraterrestres con forma de trípodes estaban invadiendo Manhattan y que se desplegaban en ese momento siete mil soldados y una flotilla de aviones para repeler a los invasores. La transmisión radiofónica suscitó escenas de pánico en el este, sur e incluso en la costa oeste de Estados Unidos. Según hemos sabido hasta la fecha, aquellos extraterrestres nunca aterrizaron. En cambio, las cenizas de Orson Welles yacen esparcidas por España, país donde se dice que fue rotundamente feliz.

Los ecos del silencio

Los ecos del silencio

Entró en el departamento sin hacer ruido. Los vecinos confiaban en que trabajaba largas jornadas en la fábrica y ella a su vez hacía todo lo necesario para mantenerlos ajenos a cualquier suspicacia. Las condiciones de vida en Dresden se habían deteriorado a partir de la maltraída Glásnost y se auguraba una contrarrevolución que los traidores al socialismo ya estarían tramando.
Eva, madre de dos escolares, y viuda de siete años, era una mujer delgada, con cabello entrecano y facciones caucásicas; de ojos grises e inquietos. Atesoraba su medalla al mérito proletario que tenía sobre el dintel de la chimenea junto con un retrato de Marx y la foto de su difunto esposo, héroe de la posguerra y defensor del pueblo alemán. Al menos eso era lo que se solía repetir en los laberintos del Partido.
Esa tarde regresaba de un sesión fatigosa donde varios camaradas y ella revisaron – siempre supervisados por varios cuadros de la Stasi – los expedientes de trabajadores y empleados del barrio de Altstadt, que habitan las casas reconstruidas tras los bombardeos aliados.
Separaron varios archivos de “indeseables” y apátridas, haciendo énfasis en las actividades o desplazamientos que resultaban más sospechosos. Eva Burmeister, siempre solícita para recibir prebendas, se ofreció a seguirlos o coincidir con sus tertulias habituales en los bares del rumbo hasta demostrar su culpabilidad. Los agentes de la Stasi, claramente satisfechos, le ofrecieron recomendarla para un departamento más amplio en el siguiente pleno del Partido.
La mujer se despidió con un saludo lacónico y salió al frío vespertino sonriendo, mientras memorizaba de nuevo los nombres de los enemigos del régimen. A algunos los conocía de vista, nada más; pero había dos – Helmut Schroeder y Veronika Weissman – que habitaban su mismo edificio y a quienes trataba con afabilidad desde hacía años. ¿Quién habría de imaginar que urdían intrigas contra el Estado? Aunque, pensándolo bien, Schroeder era empleado de un banco y Veronika atendía la biblioteca municipal. Con toda certeza habrían creado una red de fascinerosos que operaba clandestinamente en su propio distrito; – ¡bajo mis narices! – pensó con encono.
Nevaba y las aceras estaban resbalosas, así que prefirió tomar sus precauciones y  guardar su rabia para el día en que presenciara los interrogatorios y su nombre se repitiera en las celdas como la denunciante de esos pequeño-burgueses afines a la traición y al derrocamiento del presidente Honecker.

  • Ciegos a los incontables beneficios que nuestro líder ha traído a la democracia antifascista – se repitió Eva, ahora en voz alta.

Al doblar la esquina en la avenida Kreutzstrasse se topó con Mina, la vieja carnicera, quien había combatido en el Frente Ruso hasta la liberación de Stalingrado. Le comentó que atravesaban tiempos difíciles, que la juventud había perdido la fe en el socialismo y que se les veía anhelar modas y música yanquis, que sólo les trababan la razón y los compelían a organizar actos vandálicos en contra del Estado. Meditabunda, Eva se limitó a asentir: – En estos tiempos no se sabe quien es un embaucador o un soplón, que intenta sacar ventaja de las frases sueltas de un buen ciudadano – murmuró entre dientes, mientras veía alejarse a su interlocutora.

Dos farolas de su calle estaban rotas (¡seguramente esos chicos punks que abundan sin oficio ni beneficio!) y tuvo que esperar a que pasara un auto para iluminar el último trayecto hasta su domicilio. La nieve se había acumulado en los peldaños y se sujetó con tiento en la pared del vestíbulo para no patinar y golpearse otra vez la rodilla, aún tumefacta desde la semana anterior.

Una vez en su casa, accede con sigilo y deja a un lado las botas y el abrigo. Arroja los guantes a la mesita del recibidor, y se dirige a preparar un té antes de cerciorarse de que los niños siguen dormidos. La televisión, prendida hasta estas horas, emite una luz mortecina. Ya reprenderá al despertar a los chicos por dejarla así – se dice – consumiendo luz al por mayor. – ¡Cómo si le regalaran el salario! Maldita austeridad.

Se traslada a la sala de estar y con un discreto empujón del volumen tres de las obras escogidas de Marx y Engels en la parte superior izquierda del librero, destraba la puerta corrediza que bloquea su despacho secreto. Ahí, frugalmente, se acomoda una silla, una mesa, un radio de onda corta y un panel  telefónico – como una pequeña terminal con sus conexiones y orificios – marcado con los números de cada departamento en el edificio.  Enrosca el foco aislado en el techo y acto seguido, enciende la lámpara de mesa y la red de telefonía. Coloca sin prisa su taza de té y un bizcocho de crema sobre la mesa de metal y se apresta a dedicar las siguientes cuatro horas a escuchar las conversaciones de sus vecinos. Todo siguiendo la prioridad de acuerdo a los expedientes consultados; anota fechas, datos inconexos o frases que ofrezcan información acerca de sus oscuras intenciones.

De tanto en cuanto, regresa a la cocina a servirse más té o dedica unos minutos a orinar y despintarse, se recoge el pelo en una trenza y vuelve a la carga. Al filo de las dos a.m., cuando las conversaciones se han abatido por completo, revisa sus anotaciones, marca en rojo los detalles más sugerentes y se desliza en silencio hacia su recámara, que olvidó calentar. Tendrá que dormir otra vez con dos edredones, ¡qué fastidio!

Hace unos días, su hijo menor Erick (a quien nombró como su admirado presidente de la DDR) jugaba con su avioncito de lámina e inadvertidamente, descubrió su escondite. Por suerte, el mayor, Karl, estaba estudiando en casa de un amigo; porque hubiese sido muy difícil explicar el hallazgo de una central telefónica en casa. Por lo pronto, Erick creyó la historia de que antes de habitar ese edificio, durante la guerra, su departamento era un centro de contacto entre la resistencia comunista. Agregó que el equipo era obsoleto y ya no servía desde los años cincuenta, por lo que lo mejor es que conservaran ese secreto entre mamá y su hijo consentido.

– ¿Te parece bien, mi querido guerrero? – le preguntó, guiñando un ojo. El pequeño asintió, algo aturdido y sin abrigar más conjeturas.

En las semanas siguientes, tendría que replantear la seguridad con sus superiores. Tal vez llevarse la estación de rastreo a otro departamento o, aún mejor, cuando le asignaran un piso más grande – tres habitaciones, dos baños, estufa con hornillas eléctricas, soñaba – podrían optar por un equipo más moderno. Quizá instalar una red inalámbrica, como seguramente lo hacían en Moscú y Budapest, siempre más avanzados, que estaba permitiendo cazar a los enemigos del pueblo con mayor eficiencia.

  • Atrás quedaron las restricciones y la indiferencia de los jefes en la Stasi; me he ganado su respeto tras denunciar al viejo aristócrata Mayer, quien guardaba en su biblioteca personal libros de Schiller, Kafka y un tal Walt Whitman, ignotos agentes del imperialismo. Además, el traidor había ocultado – de los bienes asignados al Estado por la expropiación socialista – dos cuadros de Oskar Kokoschka que dijo que eran una herencia de su abuela, para colmo judía. Aseguró además bajo juramento que había escapado de los campos de concentración – seguramente por sus conexiones con los reaccionarios ingleses y austriacos – pensé yo.
  • Mientras escuchaba el interrogatorio desde un cristal opaco, dudé en todo momento de su inocencia y ratifiqué mi delación cuando el tribunal revolucionario lo envió a las granjas de trabajo forzado y reeducación en Silesia. Nunca regresó. De hecho, su departamento, dos pisos abajo del mío, le fue asignado a la familia del gendarme Fuchs y su prima, colegas de la unidad de investigación de delincuencia clandestina, a la que orgullosamente pertenezco.

Posdata. Además de la insigne película Das Leben der Anderen (2006) del cineasta Florian Henckel von Donnersmarck que nos abrió los ojos al tema, me encontré con la novela de András Forgách “No live files remain” (Scribner UK, London 2018) que relata el descubrimiento de que su madre, la insondable Bruria, era en secreto la Sra. Pápai, agente de los servicios de inteligencia húngaros. El desgarrador testimonio de un hijo que se entera de que su progenitora mandó al cadalso a numerosos ciudadanos se convierte en razón de vida y de divulgación. Su dolor (lo supo varios años después de que ella había muerto, en 2014) se puede resumir en este pasaje:

“Cómo te sientes por todos esos momentos que conviviste con ese pequeño eslabón o tornillo […]. Todo se vuelve ahora sospechoso, especialmente la belleza […]. Una sombra cubre todo recuerdo, y no se puede hablar de ello. Pero tampoco se puede callar.

El diablo en el paraíso

El diablo en el paraíso

El campanario llama a misa de siete y los novicios se aprestan a lavarse y tender sus catres con esmero. Son días de invierno y las cobijas deben quedar bien dobladas para conservar un poco de calor cuando caiga la noche. Están listos para sus oraciones, insultan, corren y se empujan jugueteando para llegar antes a la capilla.

El rector ha reunido a los demás sacerdotes en los primeros bancos, bajo un estricto orden: el director espiritual a la izquierda seguido del vicerrector, el ecónomo y el confesor. Ha dado también la orden de que sea el padre Damián, prefecto de estudios, quien oficiará la celebración matutina durante este mes de Enero.

En medio de los salmos, lo miramos con recelo, otros con complicidad; sabemos quién. Me pregunto si es para reivindicarlo. Aquí los secretos queman como brasas.

Damián (porque no merece llamarse padre) es un hombre robusto, de ojos verdes penetrantes, que destaca por su andar sigiloso y su naturaleza seductora. Tiene manos y labios gruesos, su arma mortal. Los candidatos que están en proceso de discernimiento vocacional caen fácilmente en sus redes. Su estrategia es bien conocida, pero no hemos logrado reunir pruebas para que nos crean.

Por supuesto, los recién llegados se deslumbran con su inteligencia y poder carismático. Les habla de Cristo como si contara una epopeya, deteniéndose en detalles que recrea del Nuevo Testamento con tal lucidez que uno puede ver a los chicos boquiabiertos y asiduos para no perder uno solo de sus seminarios de Teología. Los conoce por su nombre de pila y, soterradamente, les coloca apodos que ganan la simpatía hasta de los más tímidos. Estos últimos suelen ser sus primeras víctimas.

En mi generación es aún difícil discernir quien ha sido su presa; salvo los más descarados, que no ocultan su lascivia. ¡Cuántas noches los oímos escaparse hacia su recámara y volver como zombis, como si hubiesen celebrado la comunión! Los demás callamos al principio por recato, después por miedo y en fecha reciente porque suponemos que existe connivencia entre el clero para no denunciar estos crímenes, para perdonar lo imperdonable.

Sé que me puede costar la expulsión del seminario, incluso la excomunión, pero es mi deber escribir esto para dejar testimonio de lo que he vivido. Ante todo, para vengar de algún modo la muerte de José Miguel, un seminarista que sufrió en silencio hasta que le fue imposible tolerar la vergüenza.

Ambos, junto con Eduardo “el Purépecha”, venimos de Michoacán. Encontramos la vocación por separado; al fin y al cabo, somos de distintos pueblos. Pero sentíamos esa fraternidad que te ampara cuando acudes a un lugar que anticipas hostil, o por lo menos, inhóspito. Nuestro acento, nuestro origen, no siempre han sido bienvenidos. De forma espontánea hicimos equipo, y logramos que nos respetaran. Los grupos de poder suelen tener fracturas.

Josemi, como lo apodamos a poco de ingresar, destacaba por su inteligencia y su dicción. Pronto se convirtió en el favorito del Ecónomo y el Prefecto de Estudios; algo que nos parecía natural dados sus atributos. Nunca pensamos que su cabello rubio opaco o sus ojos azules formaran parte de tales virtudes. Era un muchacho fresco, rebosante de vida y simpatía, aunque un poco retraído cuando enfrentaba la autoridad de los sacerdotes. Entre nosotros, no obstante, era quien organizaba los partidos de futbol y nos instaba a leer más, a trasponer las fronteras del seminario con avidez de conocer el mundo y sus pasiones. Lo sentíamos como un líder espiritual, que nos daba confianza y que sabía apoyar a quienes flaqueaban o se sentían nostálgicos.

La trama se fraguó a partir del segundo semestre, cuando Damián lo requirió en sus aposentos con el pretexto de “orientar su vocación”. Supusimos con merecida ingenuidad que Josemi andaba flojo en Teología, acaso debido a sus diversos intereses académicos; así  que no le dimos mayor importancia al hecho.

Pero su rostro cambió a partir de entonces. Lo noté lánguido y nervioso a la vez, cuando regresaba un poco tarde y todos los demás ya estábamos en cama, leyendo o dormitando. Había perdido la luminosidad de su sonrisa. Si antes nos transmitía confianza, ahora había una sombra de inseguridad en la manera como se dirigía a sus más cercanos compañeros. Lo comenté con Eduardo y decidimos confrontarlo.

  • Te hemos visto apagado, distante – le dije, aprovechando un descanso en el patio donde compartíamos un refrigerio.
  • No es nada – contestó, visiblemente abatido – es que tengo mucha carga de trabajo.
  • Pero, ¿qué te están forzando a estudiar otros temas?
  • Sí – respondió sin mirarnos. – Eso es – y se incorporó de golpe, dejándonos pasmados, con el diálogo al viento.

En las semanas siguientes el conflicto se agudizó. No sólo llegaba tarde a dormir varias noches por semana, sino que había adelgazado y se le veía francamente deprimido. Me acerqué al Padre Lorenzo, nuestro confesor, y le externé mis preocupaciones por la salud mental de mi amigo.

Desdeñoso de mi pesquisa, me señaló que para algunos candidatos los requerimientos de una vida célibe y aislada pueden ser abrumadores. Y ofreció acercarse a Josemi para apoyarlo en este trance. Hoy sabemos que ni siquiera lo intentó, que fue uno más de quienes solaparon los delitos sexuales que ocurrían a diario en ese infierno.

Nuestro camarada dejó de hablarnos, se sumió en un silencio que auguraba tragedia. Pasaba horas rezando en la capilla y descubrimos a través de los cerrojos que se flagelaba de madrugaba, bajo llave, con un cinturón mojado. Dejó de convivir con nosotros y, por supuesto, se bañaba a deshoras, para ocultar sus heridas y su vergüenza. Las visitas nocturnas al padre Damián continuaron sin receso. En el día los veíamos charlar a sotta voce por los jardines, Josemi cabizbajo siempre y Damián a su lado, destilando ese tono altanero, como si lo instruyera en algo secreto.

Una tarde que le vimos pasar la mano por su espalda en el curso de aquellos paseos íntimos, caímos en cuenta de que su manera de tocarlo era distinta; parecía una caricia impúdica más que una palmada de reafirmación. De inmediato, Eduardo y yo nos miramos en complicidad. Habíamos develado el secreto de esa relación y, por grotesco que nos pareciera (lo que nos hizo acallar antes toda sospecha), este gesto confirmaba agudamente el dolor que resentíamos por la ausencia y la opacidad de nuestro amigo.

Esa misma noche, cuando Josemi dejó su catre para escurrirse hacia la recámara de Damián, le tomé de la manga y le supliqué que no fuera, que se quedara con nosotros, que lo defenderíamos como gladiadores contra este oprobio.

  • No entiendes nada, Carlos. Si no soy yo, será cualquiera de ustedes. Así son las cosas en el seminario.
  • Pues entonces nos rebelamos o nos vamos, José Miguel. Te están matando.

Me arrancó su brazo de un jalón y empujó mi catre con un violento puntapié; sus ojos llameaban en la penumbra. Jamás había visto esa expresión de locura en mi amigo, lo desconocí por completo. Ante mi impotencia – quizá también sacudido por el miedo – lo dejé ir. Me aproximé al catre de Eduardo y lo desperté para contarle lo ocurrido. Acordamos que reuniríamos pruebas (él se las ingeniaría para introducir una cámara de fotografía clandestinamente) y presentaríamos la acusación al Vicerrector, en quien confiábamos por su templanza y sabiduría manifiestas.

Diez días después, al terminar la misa de la mañana, el Rector nos confirmó lo inesperado. Un golpe de gracia que no vi venir.

  • A todos los seminaristas y a nuestros hermanos aquí presentes les quiero informar con mucha pena y rogando a Dios que nutra su alma de arrepentimiento, que hemos expulsado de nuestra comunidad a Eduardo Linares (un escalofrío me sacudió y sentí que me desmayaba). Encontramos entre sus haberes personales una cámara y varias revistas pornográficas. Esa conducta no tiene cabida en este templo de veneración a Nuestro Señor. Les recomiendo estar vigilantes y reportar de inmediato, como es su deber moral y religioso, cuando detecten esas desviaciones satánicas, que no podemos admitir ni permitiremos.

Dicho lo anterior, nos envió a cumplir nuestros deberes, pero me detuvo del brazo cuando pasé a su lado.

  • Carlos, lo quiero ver en la Rectoría en cinco minutos. Deje pendiente lo que tiene. Lo espero puntual.

Temblando, fui a la biblioteca y pedí permiso para ausentarme unos minutos. Cuando entré a su oficina, el Rector estaba flanqueado por el Confesor, el Vicerrector y el propio Damián, cuya mirada se me clavó como una espada.

  • Usted ha dado muestras de madurez, Carlos, pese a su relación con Eduardo, pero debemos insistir que cualquier transgresión en esta comunidad será duramente castigada. Eso lo entiende, ¿verdad?
  • Sí, su Señoría, me queda claro.

Debo haber empleado un tono cínico, convencido desde el principio de que habían “plantado” esa trampa para acusar a Eduardo, porque me señalaron la puerta y dieron por terminada la reunión. Creo que pueden imaginar lo que sigue.

Pocos días después, Josemi pidió un permiso y no regresó más. Por boca de otro seminarista que se enteró del chisme no sé cómo, supe que se había ahorcado en su pueblo. Lo encontraron en un baño público, tuvo incluso la penosa cortesía de llevar la muerte lejos de su casa. Lloré de rabia durante dos días seguidos, ocultando las lágrimas mientras trabajaba o acudía a las oraciones.

He decidido vengar la muerte de Josemi y la incriminación de Lalo. Este relato ya está en camino de los periódicos y la Comisión de Derechos Humanos. Yo acuso y ustedes serán mis testigos, no dejen que el averno siga cobrado vidas inocentes.

El color del napalm

El color del napalm

Hace días que llueve sin cesar. Es una cortina constante de agua que nos sigue por doquier y que lo anega todo. No hay senderos, sólo la misma jungla que se abre y se cierra de inmediato a nuestro paso. Humedad constante, irrespirable. 

Dormitamos en pares, turnándonos para extraer el agua de la trinchera, agazapados bajo los manglares y con las botas viradas para mantenerlas medianamente secas. Los pies macerados ya no son tema de queja, es algo más que todos compartimos. 

No hay luz suficiente en ningún momento para despertar el ánimo. A la distancia se oye el repicar intermitente de los morteros día y noche. Las raras veces que estamos en territorio seguro, bajo el fulgor mortecino del tabaco, sacamos fotos de alguna novia, recortes de revistas humedecidas o un panfleto militar y las pasamos de mano en mano para conocernos mediante reacciones y comentarios soeces. Sólo da para eso nuestra intimidad.

Además, avanzar es una odisea que no termina. Desde que nos depositaron en la última LZ, habremos recorrido siete u ocho millas entre raíces, campos de arroz, y selva cerrada y agreste. Marchamos con una lentitud insufrible. Las emboscadas – que tanto tememos – aún no se producen, pero fuimos advertidos de que podrían suceder en cualquier instante. 

Los grunts Jamal y Perkins, un ferviente musulmán de Evanston y un redneck de Tulsa, que me hubiesen forzado a cambiar de acera de habérmelos topado en cualquier ciudad, son aquí mis hermanos de sangre. Mantenemos contacto visual en todo momento para no apartarnos durante el día y compartimos raciones de Babe Ruth como niños macilentos. Aquí todos nos regimos por el lema no escrito de supervivencia: “I’ve your back, Cherry”.

Jamal habla poco y se detiene a orar hacia la Meca (aún no sé cómo la sitúa) cada tres noches. Se rehúsa a comer carne seca y la intercambia con nosotros por latas de Campbell’s o trozos de chocolate. Tampoco fuma, pero tolera nuestro único vicio cuando el perímetro y la visibilidad lo permiten. Su piel es casi azul y sólo sus ojos lánguidos brillan en la noche cuando monta la guardia. Perkins en cambio, es parlanchín y muestra en cualquier momento su ingenuidad de campesino. Creo que no está preparado para la sangre, porque vomita ante la simple mención de escaramuzas previas entre los veteranos. 

Anoche nos llevamos un buen susto. Perkins estaba de guardia y nos despertó de un golpe de culata porque oyó que algo se arrastraba entre la maleza impenetrable. Yo podría jurar que era un escuadrón de Charlie que tomaba posiciones. Armamos la metralleta al borde de nuestro agujero y nos preparamos para enfrentar la muerte. Cuando estaba a punto de jalar el gatillo, aparecieron dos jabalíes mojados olfateando entre nuestras raciones. Jamal cayó de nalgas en la trinchera y disparó al aire, despertando a toda la compañía. Nos quitaron dos raciones de goma de mascar por nuestra impericia; pero todavía esta mañana no parábamos de reír al recordar la escena. 

Lo peor no ha empezado siquiera. Al cruzar un ancho campo de hierba alta flanqueado por dos montículos recibimos las primeras ráfagas de ametralladora que tanto temíamos. Las balas entraron con silbidos agudos entre las ramas y Jimmy G., el operador de radio, cayó fulminado por un certero tiro que le abrió en dos la carótida. Torrance, su compañero de equipo, nada pudo hacer para salvarlo. Quedó salpicado en sangre como si a él mismo lo hubieran mutilado. 

Nos arrojamos brutalmente al suelo pantanoso y tomamos posiciones como el aire nos dio a entender. Bien a bien no sabíamos si las descargas venían de ambos lados de nuestro perímetro. Oí a Perkins sollozar a unos metros y supuse que lo habrían alcanzado. De golpe, el chubasco se detuvo y salió un largo velo de sol que parecía nuestro aliado. Torrance tomó el radio y en voz baja pero enérgica indicó las coordenadas para bombardear al enemigo. Tendríamos que movernos de inmediato fuera de ese claro, a riesgo de morir chamuscados. 

La columna se recompuso tras el momentáneo alto al fuego y nos ordenaron avanzar en zigzag hacia el borde norte del terreno. No podía ver ni mis pies, me abría paso a golpe de fusil entre la espesa hierba. Jamal y un marine que llevaba tres tours seguidos en Nam cubrieron nuestra retirada. Unas cien yardas más adelante nos alcanzaron. Mi compañero venía cargando al marine que había sido herido en el vientre y ambas piernas. Se desangraba. Clamé a gritos por soporte médico tratando de aplicarle un torniquete y manteniendo la cabeza baja entre la metralla. Los medics tardaron en llegar varios minutos que me parecieron interminables. Montaron como fardo a Laurie (ahí Jamal nos compartió su nombre) en una camilla y dieron la orden de evacuación a la retaguardia. Lo más escalofriante era la certeza de que el Minh seguía nuestros movimientos de cerca. Un sombra ominosa, camuflada entre todas las sombras que nos rodean.

Cam Matthews, sargento segundo forjado en la ofensiva Tet y el único sobreviviente de su batallón, nos reunió en un semicírculo bajo la lluvia que escanciaba. Si su idea era imprimirnos un sentido de heroísmo, su aspecto no ayudó en nada. Una bala le había atravesado el brazo izquierdo en sedal y tenía la camisa rota de sus idas y venidas para reagruparnos. Sudaba profusamente – lo que resalta la cicatriz de bayoneta que distingue su cuello –  y tosía con frecuencia para aclarar la voz crispada. Es un hombre recio, de cabello rojo cortado al ras, que no sabe sonreír, y que lleva en el pecho una docena de tags de sus compañeros caídos; de modo que podemos oírlo cuando se acerca como un gato con cascabel. 

Nos miró uno a uno, ensopados y ateridos. Nos recordó que estamos aquí para frenar el avance del comunismo en el mundo y que los gooks son demonios amarillos dispuestos a violar a nuestras novias y decapitar a nuestros padres. Vernon y Altuve, que en Los Ángeles habrían sido enemigos a muerte, se incorporaron de golpe y, tal como si estuvieran acicateando a un público en un partido del Coliseum, emitieron en coro una de las arengas que aprendimos en Tigerland (para los que pretenden olvidarlo: Fort Polk, Louisiana).

Entusiasmados de pronto, nos pusimos de pie para lanzar aullidos de batalla dispuestos a enfrentar a los VC ocultos por el follaje. Entonces, de manera cruel e inesperada, cayó una granada caliente en medio del grupo festivo que conformábamos. Un muchacho muy blanco de Fort Benning que apenas conocía, se quitó el casco en actitud teatral y cubrió la explosión con su cuerpo. Su hazaña evitó que muriéramos y no quisiera recordarlo así, sin piernas y agonizando en un charco de sangre y despojos. Varias esquirlas alcanzaron a tres soldados, que tuvieron que ser evacuados al DMZ esa misma noche, mal heridos y con fiebres incontrolables. Pero los demás, otros quince, volteamos al unísono a revisarnos el  abdomen, los muslos, los pies intactos. Nos tocábamos las caras para cerciorarnos de que aún sentíamos y éramos parte de este paisaje inhóspito y hostil. Habíamos sobrevivido de milagro, dijo persignándose el irlandés McMurray al tiempo que se dejó caer de rodillas.

La andanada de fuego no se hizo esperar. Varios Hueys se escucharon aproximándose en formación, sus aspas a un mismo ritmo disipando el humo que provocaban los lanzallamas. Con altavoces, los pilotos nos conminaban a correr hacia el oeste para evitar el baño de napalm. Apestaba a gasolina y a carne quemada por millas en nuestro derredor.

La temperatura subió drásticamente al grado que ansiábamos boquiabiertos la caricia fresca de la lluvia que ya había amainado. Creí oír gritos a la distancia, aullidos de horror de los Victor Chucks abrasados en sus guarniciones. Jamal, el chicano Altuve y otros tres corrían despavoridos frente a mí  golpeándose la espalda con sus cuarenta libras de bultos y armamento. Nadie volteaba a cerciorarse de que otros hubiesen caído en el trayecto. Sabemos bien que el fuego no respeta nada que respire.

Me percaté entonces de que Torrance se había quedado atrás. Sólo él podría detener por radio a los helicópteros en su paso destructivo. Sin su voz, acotando las coordenadas del ataque, no quedaría un ser vivo en toda esa planicie carbonizada.

Ése fue mi último recuerdo. Desfigurado de brazos y abdomen, supe después por la indiscreción de un enfermero en el hospital naval que toda mi columna había muerto calcinada. Imaginé los cuerpos entre las cenizas de Pompeya; presos en el tiempo en posturas grotescas, huyendo o sorprendidos cuando la lava del Vesubio arrasó sus casas y templos.

Esta mañana aguardo la dolorosa curación de mis heridas y ampollas. Sólo el consuelo de Vicky, la delicada auxiliar de West Virginia, con su acento de hillbilly, hace más llevadera la agonía.

PD. La preparación abrasiva que se conoce como napalm, fue diseñada por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Harvard en 1942. Se trata de un compuesto altamente flamable confeccionado con gasolina mezclada con ácidos nafténico y palmítico. Su uso militar (o más bien, criminal) se estrenó en Berlín 1945 y se difundió en el conflicto de Corea. El ejército norteamericano arrojó 388 mil toneladas de esta sustancia incendiaria sobre el territorio y los poblados de Vietnam durante los diez años de guerra de ocupación. 

Bibliografía recomendada. 

Karl Marlantes. Matterhorn. A novel of the Vietnam war.  Grove Press, Chicago 2011. 

Robert Mason. Chickenhawk. Penguin Books, New York 2005. 

Jonathan Neale. A people’s history of the Vietnam war.  The New Press, New York 2001. 

Tim O’Brien. The things they carried. Mariner Books, New York 2011. 

Geoffrey C. Ward & Ken Bunrs. The Vietnam war: an intimate story. Alfred Knopf & sons. New York 2017.