El color del napalm

El color del napalm

Hace días que llueve sin cesar. Es una cortina constante de agua que nos sigue por doquier y que lo anega todo. No hay senderos, sólo la misma jungla que se abre y se cierra de inmediato a nuestro paso. Humedad constante, irrespirable. 

Dormitamos en pares, turnándonos para extraer el agua de la trinchera, agazapados bajo los manglares y con las botas viradas para mantenerlas medianamente secas. Los pies macerados ya no son tema de queja, es algo más que todos compartimos. 

No hay luz suficiente en ningún momento para despertar el ánimo. A la distancia se oye el repicar intermitente de los morteros día y noche. Las raras veces que estamos en territorio seguro, bajo el fulgor mortecino del tabaco, sacamos fotos de alguna novia, recortes de revistas humedecidas o un panfleto militar y las pasamos de mano en mano para conocernos mediante reacciones y comentarios soeces. Sólo da para eso nuestra intimidad.

Además, avanzar es una odisea que no termina. Desde que nos depositaron en la última LZ, habremos recorrido siete u ocho millas entre raíces, campos de arroz, y selva cerrada y agreste. Marchamos con una lentitud insufrible. Las emboscadas – que tanto tememos – aún no se producen, pero fuimos advertidos de que podrían suceder en cualquier instante. 

Los grunts Jamal y Perkins, un ferviente musulmán de Evanston y un redneck de Tulsa, que me hubiesen forzado a cambiar de acera de habérmelos topado en cualquier ciudad, son aquí mis hermanos de sangre. Mantenemos contacto visual en todo momento para no apartarnos durante el día y compartimos raciones de Babe Ruth como niños macilentos. Aquí todos nos regimos por el lema no escrito de supervivencia: “I’ve your back, Cherry”.

Jamal habla poco y se detiene a orar hacia la Meca (aún no sé cómo la sitúa) cada tres noches. Se rehúsa a comer carne seca y la intercambia con nosotros por latas de Campbell’s o trozos de chocolate. Tampoco fuma, pero tolera nuestro único vicio cuando el perímetro y la visibilidad lo permiten. Su piel es casi azul y sólo sus ojos lánguidos brillan en la noche cuando monta la guardia. Perkins en cambio, es parlanchín y muestra en cualquier momento su ingenuidad de campesino. Creo que no está preparado para la sangre, porque vomita ante la simple mención de escaramuzas previas entre los veteranos. 

Anoche nos llevamos un buen susto. Perkins estaba de guardia y nos despertó de un golpe de culata porque oyó que algo se arrastraba entre la maleza impenetrable. Yo podría jurar que era un escuadrón de Charlie que tomaba posiciones. Armamos la metralleta al borde de nuestro agujero y nos preparamos para enfrentar la muerte. Cuando estaba a punto de jalar el gatillo, aparecieron dos jabalíes mojados olfateando entre nuestras raciones. Jamal cayó de nalgas en la trinchera y disparó al aire, despertando a toda la compañía. Nos quitaron dos raciones de goma de mascar por nuestra impericia; pero todavía esta mañana no parábamos de reír al recordar la escena. 

Lo peor no ha empezado siquiera. Al cruzar un ancho campo de hierba alta flanqueado por dos montículos recibimos las primeras ráfagas de ametralladora que tanto temíamos. Las balas entraron con silbidos agudos entre las ramas y Jimmy G., el operador de radio, cayó fulminado por un certero tiro que le abrió en dos la carótida. Torrance, su compañero de equipo, nada pudo hacer para salvarlo. Quedó salpicado en sangre como si a él mismo lo hubieran mutilado. 

Nos arrojamos brutalmente al suelo pantanoso y tomamos posiciones como el aire nos dio a entender. Bien a bien no sabíamos si las descargas venían de ambos lados de nuestro perímetro. Oí a Perkins sollozar a unos metros y supuse que lo habrían alcanzado. De golpe, el chubasco se detuvo y salió un largo velo de sol que parecía nuestro aliado. Torrance tomó el radio y en voz baja pero enérgica indicó las coordenadas para bombardear al enemigo. Tendríamos que movernos de inmediato fuera de ese claro, a riesgo de morir chamuscados. 

La columna se recompuso tras el momentáneo alto al fuego y nos ordenaron avanzar en zigzag hacia el borde norte del terreno. No podía ver ni mis pies, me abría paso a golpe de fusil entre la espesa hierba. Jamal y un marine que llevaba tres tours seguidos en Nam cubrieron nuestra retirada. Unas cien yardas más adelante nos alcanzaron. Mi compañero venía cargando al marine que había sido herido en el vientre y ambas piernas. Se desangraba. Clamé a gritos por soporte médico tratando de aplicarle un torniquete y manteniendo la cabeza baja entre la metralla. Los medics tardaron en llegar varios minutos que me parecieron interminables. Montaron como fardo a Laurie (ahí Jamal nos compartió su nombre) en una camilla y dieron la orden de evacuación a la retaguardia. Lo más escalofriante era la certeza de que el Minh seguía nuestros movimientos de cerca. Un sombra ominosa, camuflada entre todas las sombras que nos rodean.

Cam Matthews, sargento segundo forjado en la ofensiva Tet y el único sobreviviente de su batallón, nos reunió en un semicírculo bajo la lluvia que escanciaba. Si su idea era imprimirnos un sentido de heroísmo, su aspecto no ayudó en nada. Una bala le había atravesado el brazo izquierdo en sedal y tenía la camisa rota de sus idas y venidas para reagruparnos. Sudaba profusamente – lo que resalta la cicatriz de bayoneta que distingue su cuello –  y tosía con frecuencia para aclarar la voz crispada. Es un hombre recio, de cabello rojo cortado al ras, que no sabe sonreír, y que lleva en el pecho una docena de tags de sus compañeros caídos; de modo que podemos oírlo cuando se acerca como un gato con cascabel. 

Nos miró uno a uno, ensopados y ateridos. Nos recordó que estamos aquí para frenar el avance del comunismo en el mundo y que los gooks son demonios amarillos dispuestos a violar a nuestras novias y decapitar a nuestros padres. Vernon y Altuve, que en Los Ángeles habrían sido enemigos a muerte, se incorporaron de golpe y, tal como si estuvieran acicateando a un público en un partido del Coliseum, emitieron en coro una de las arengas que aprendimos en Tigerland (para los que pretenden olvidarlo: Fort Polk, Louisiana).

Entusiasmados de pronto, nos pusimos de pie para lanzar aullidos de batalla dispuestos a enfrentar a los VC ocultos por el follaje. Entonces, de manera cruel e inesperada, cayó una granada caliente en medio del grupo festivo que conformábamos. Un muchacho muy blanco de Fort Benning que apenas conocía, se quitó el casco en actitud teatral y cubrió la explosión con su cuerpo. Su hazaña evitó que muriéramos y no quisiera recordarlo así, sin piernas y agonizando en un charco de sangre y despojos. Varias esquirlas alcanzaron a tres soldados, que tuvieron que ser evacuados al DMZ esa misma noche, mal heridos y con fiebres incontrolables. Pero los demás, otros quince, volteamos al unísono a revisarnos el  abdomen, los muslos, los pies intactos. Nos tocábamos las caras para cerciorarnos de que aún sentíamos y éramos parte de este paisaje inhóspito y hostil. Habíamos sobrevivido de milagro, dijo persignándose el irlandés McMurray al tiempo que se dejó caer de rodillas.

La andanada de fuego no se hizo esperar. Varios Hueys se escucharon aproximándose en formación, sus aspas a un mismo ritmo disipando el humo que provocaban los lanzallamas. Con altavoces, los pilotos nos conminaban a correr hacia el oeste para evitar el baño de napalm. Apestaba a gasolina y a carne quemada por millas en nuestro derredor.

La temperatura subió drásticamente al grado que ansiábamos boquiabiertos la caricia fresca de la lluvia que ya había amainado. Creí oír gritos a la distancia, aullidos de horror de los Victor Chucks abrasados en sus guarniciones. Jamal, el chicano Altuve y otros tres corrían despavoridos frente a mí  golpeándose la espalda con sus cuarenta libras de bultos y armamento. Nadie volteaba a cerciorarse de que otros hubiesen caído en el trayecto. Sabemos bien que el fuego no respeta nada que respire.

Me percaté entonces de que Torrance se había quedado atrás. Sólo él podría detener por radio a los helicópteros en su paso destructivo. Sin su voz, acotando las coordenadas del ataque, no quedaría un ser vivo en toda esa planicie carbonizada.

Ése fue mi último recuerdo. Desfigurado de brazos y abdomen, supe después por la indiscreción de un enfermero en el hospital naval que toda mi columna había muerto calcinada. Imaginé los cuerpos entre las cenizas de Pompeya; presos en el tiempo en posturas grotescas, huyendo o sorprendidos cuando la lava del Vesubio arrasó sus casas y templos.

Esta mañana aguardo la dolorosa curación de mis heridas y ampollas. Sólo el consuelo de Vicky, la delicada auxiliar de West Virginia, con su acento de hillbilly, hace más llevadera la agonía.

PD. La preparación abrasiva que se conoce como napalm, fue diseñada por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Harvard en 1942. Se trata de un compuesto altamente flamable confeccionado con gasolina mezclada con ácidos nafténico y palmítico. Su uso militar (o más bien, criminal) se estrenó en Berlín 1945 y se difundió en el conflicto de Corea. El ejército norteamericano arrojó 388 mil toneladas de esta sustancia incendiaria sobre el territorio y los poblados de Vietnam durante los diez años de guerra de ocupación. 

Bibliografía recomendada. 

Karl Marlantes. Matterhorn. A novel of the Vietnam war.  Grove Press, Chicago 2011. 

Robert Mason. Chickenhawk. Penguin Books, New York 2005. 

Jonathan Neale. A people’s history of the Vietnam war.  The New Press, New York 2001. 

Tim O’Brien. The things they carried. Mariner Books, New York 2011. 

Geoffrey C. Ward & Ken Bunrs. The Vietnam war: an intimate story. Alfred Knopf & sons. New York 2017.

Los tiempos, ¡ay! están cambiando

Los tiempos, ¡ay! están cambiando

Come mothers and fathers
Throughout the land
And don’t criticize
What you can’t understand
Your sons and your daughters
Are beyond your command
Your old road is
Rapidly agin’.
Please get out of the new one
If you can’t lend your hand
For the times they are a-changin’.

 Se acercan ominosamente las elecciones y, querámoslo o no, todos estamos implicados. Durante semanas interminables he escuchado la alharaca histérica que insiste en que el país se irá a pique si gana el candidato de la izquierda (dividida, como ya es habitual) y que tendremos que elegir de manera pusilánime al “menos peor” de los restantes. No falta quien sugiere que habrá que optar por el “sálvese quien pueda” si tenemos condición física para saltar el muro ignominioso de Trump. Parece que el fallido ejercicio democrático que debutó con la elección de Vicente Fox (un empresario de botas y arenga populista) no dejó ninguna lección palpable.

Dos sexenios después, sin advertir del todo cómo la Iglesia católica retomó posiciones,  en la comodidad de nuestros hogares y saboreando los placeres del discurso liberal, debemos admitir que éste ha sido siempre un país injusto.  Terriblemente injusto y despreciable. Los tonos raciales siguen dictando el orden social y si padecemos cada día una pseudo-revolución violenta que surge del infierno del narcotráfico, es en buena medida gracias a que no hemos sabido zanjar las diferencias de clase y hemos prohijado un clima de revancha y descontento. ¡Cuidado, que ahí vienen los nacos!

Nos quejamos con amargura de la calidad de la educación pero costeamos a los maestros como si fueran peones de campo. Lamentamos la vena corrupta de todas las policías y su adherencia delictiva con la mafia de las drogas (¡el descubrimiento de Al Capone!), pero les pagamos sueldos que nunca les han permitido vivir dignamente o aspirar a trabajos más edificantes (aunque el cuidado del pueblo debería serlo de suyo). Mantenemos relaciones feudales con las trabajadoras domésticas, a quienes extirpamos de sus lugares de origen porque tampoco nos dio la gana desarrollar y tecnificar el campo desde 1940; resultaba más cómodo exportar y expoliar.

Ahora tenemos miedo. De que nos quiten los privilegios, de que expropien nuestras caudalosas cuentas (como si el peso tuviera fuerza alguna en el mercado internacional), de que se revierta la reforma energética, hacendaria o lapidaria. Se avecina una tormenta y lo único que se nos ocurre es huir y descalificar a quienes se han organizado mejor que nosotros para pedir un cambio en el estado de cosas.

No es a tales cambios que debemos temerles, sino a la estulticia de permanecer impávidos cuando los políticos de cualquier signo roban a manos llenas, cuando mueren niños de enfermedades que fueron curadas en el siglo XX, cuando no hay caminos seguros ni empleos bien remunerados, cuando no hay futuro para nuestro jóvenes.

En este 2018, los profesionales tenemos una responsabilidad social inusitada. Es ahora o nunca que los médicos, ingenieros, abogados, maestros y licenciados de todo género estamos obligados a emprender acciones para que México tenga un gobierno digno y limpio. El signo es lo de menos; ni AMLO tiene el poder dictatorial que se le asigna, ni Meade es el mesías moderno que salvará a esta tierra del suicidio político.

Pero no olvidemos ni por un instante que los que no se graduaron de una universidad, quienes sobreviven del subempleo, los campesinos, los obreros, los trabajadores olvidados de las plataformas marítimas o las minas dilapidadas y los vendedores ambulantes también tienen voz y voto. Están hartos de sufrir décadas de escarnio e injusticia, de ser la cloaca donde la aristocracia política y económica de este país deposita sus desechos y expía sus culpas. Están cansados del México que les hemos vendido, donde todos aquellos que gozamos de ciertas ventajas sociales – adquiridas o heredadas, da lo mismo – nos hacemos de la vista gorda para que nada pase y nada cambie. ¿Cómo es posible que hayamos tolerado por tantos sexenios el robo y la corrupción mientras permanecemos callados frente a la miseria y el desempleo?

Si la marea ha subido a tal extremo – como canta Bob Dylan -, mejor aprendamos a nadar antes que a cacarear como gallinas asustadas que está por hundirse el barco.

A pesar de todo y de todos los que hemos callado por décadas, este país tiene instituciones, prensa libre (y también vendida), Suprema Corte y tribunales electorales. Pero ante todo tiene hombres y mujeres dignos, trabajadores, dispuestos a emprender cambios – algunos dolorosos, otros incómodos – para ofrecerles un mejor país y un futuro a sus hijos.

Espero que mis colegas, amigos y lectores sean congruentes con su ideología y su visión de la realidad. No se trata de desechar al “Peje” o elegir al bonito o al pinto, no. El primero de Julio ofrece una oportunidad para decidir democráticamente quién merece gobernarnos y a quién, al elegirlo, tendremos que mantener a raya y en cintura. Eso es lo que se espera de nosotros, sea que vivamos en suburbios de lujo o en chozas a la orilla del camino. Pensemos en los indígenas, en los abuelos y abuelas, en los que dependen de nuestro voto (niños, indigentes, minusválidos, los condenados de la tierra) y ejerzamos la libertad de protestar, proponer, ser escuchados y con suerte, lograr que gane aquel que más se acerque a nuestros paladares.

En países más civilizados que el nuestro, la alternancia política es bienvenida. Siempre habrá vencedores y vencidos, así es la Historia, pero no puede ser que antes de emitir el voto ya estemos huyendo del destino. Nuestro compromiso como ciudadanos de una democracia imperfecta está en vigilar que las urnas no se alteren, no se inflen, no se escondan. Que los sistemas de recuento sean confiables y transparentes. Y que, llegada la hora, gane solamente el que cuente con más apoyo popular.

Por cierto, aquí nunca ha ganado la primera magistratura una mujer. Pese al ejemplo laudable de Chile, Nicaragua, Brasil, Argentina y numerosos países de Europa, Asia y Oceanía; aquí rayamos en el machismo retrógrado de pensar que el poder es patrimonio de los testículos. Quizá por eso seguimos reducidos a bestias de carga y acarreo. Ni siquiera podemos alternar perspectivas humanas.

Los debates políticos y las injurias mediáticas son el circo que alimenta a un pueblo hambriento pero indiferente. De nada sirve descalificar a quien no se conoce por los hechos y cuya trayectoria u honestidad no puede examinarse a la luz pública. El que predica inocencia que lance la primera piedra…pero que se comprometa y deje atrás el canto de las sirenas en favor de los testimonios que pueden constatarse.

Como trabajador de clase media, educado en la universidad pública y dedicado a un oficio que vela por la salud de los demás, me indigna escuchar testaferros fanáticos y proclamas histéricas por igual. No obstante, admito sin ingenuidad que así es la política, que se nutre de vituperios, slogans y rumores. Cuando está en juego la presidencia de un país, lo que se espera es una teatralización de los más bajos instintos. Así ha sido desde que la polis ateniense inventó otros mecanismos de decisión en el siglo V antes de nuestra era.

La educación de un pueblo es su inteligencia colectiva. Puesta en funciones, es la capacidad para elegir con juicio, la entereza para obligar a sus candidatos a rendir cuentas (antes o después de ser votados) y  la tolerancia para aceptar que no siempre se obtiene lo que se anhela.

Los peores enemigos

Los peores enemigos

Homo homini lupus. La frase, acuñada a partir de la obra Asinaria (Plautus, 2011), del dramaturgo Titus Maccius Plautus (254-184 a.n.e.) denota la conciencia milenaria de que, dadas las circunstancias, los humanos somos nuestros peores enemigos.

El proverbio sirvió, desde el análisis de las pulsiones, para cimentar la idea de que el odio es un imperativo categórico para diferenciarnos de los otros (Freud, 1930: 57-145). Ante todo, que precede al amor (ambos son afectos complementarios) como paradigma de la estructuración del sujeto. El deseo queda así implantado como una añoranza, una falta que trataremos de subsanar con múltiples argucias hasta que, decepcionados de nuestras limitaciones, nos rendimos al amor de pareja y repetimos la historia. Todo lo que queda afuera de esta reparación emocional se vivirá como ajeno, incluso amenazante, porque reitera la noción de que estamos solos y hemos sido abandonados.

El poder, la riqueza, el prestigio, no son más que ponderaciones de esta condición de desamparo, que se hace a expensas de los otros, enemigos de suerte, vasallos, émulos en la filogenia.

Cuando no hay ley, cuando el afán de civilidad se debilita, resultado de la pugna o el placer inmediato que otorgan las drogas o el dominio, la violencia es perfectamente comprensible. En nombre del culto o del símbolo (bandera, patria, ideología) se muere y se mata. Se asesina para tener más, para ganar espacio o adeptos, para sojuzgar a los rivales que anhelan lo mismo desde otra orilla. Se crean ejércitos, armas mortales, escudos impenetrables y estrategias que justifican toda acción bélica para conquistar lo que “debiera ser nuestro”. El mapa de la Humanidad está trazado con trincheras.

No hay mayor esfuerzo humano que el de la belicosidad. Hablamos en sentido figurado cuando libramos “la batalla contra el cáncer” o “la guerra contra la pobreza”, pero connotamos nuestra propensión al sacrifico y a la inmolación. Aún más, los íconos de las grandes religiones son mártires, héroes militares o patriarcas que apisonaron a sus pueblos para abrirse camino.

Las ciudades contemporáneas, laboratorios del hacinamiento, han cultivado el odio como nunca. Aquí las desigualdades se agudizan, la diferencias se hacen más patentes y la aversión al prójimo encuentra su justificación y su descarga. Quienes más tienen, erigen bardas con alambres de púas, blindan su autos, se rodean de guardaespaldas, confirman la inseguridad y la detentan en nombre de la propiedad privada. Aquellos que han sido depauperados, por el contrario, atisban con envidia y hambre esas paredes que los aíslan y reprimen. En un vano intento por subvertir el orden imperante, las decoran con grafitti, las saltan para hurtar, las orinan, las mancillan. Hemos construido, amparados por la victoria pírrica del capitalismo, sociedades que justifican la miseria, que alardean de la opulencia. Edificamos vecindarios, restaurantes, parques, centros sociales para unos y otros; dos mundos aparte, con distinto lenguaje, alejados del presente y del futuro. Los barrios marginales y los rascacielos “inteligentes”, las piscinas públicas y los Spas de lujo, las pateras a la deriva y los yates con teatro, discoteca y gimnasio. El mundo del oprobio, cada día más escindido.

Por desgracia, el socialismo no fue la respuesta. En los países que tomaron la voz de Marx y Engels para hacerla cuerpo, se erigieron élites de poder y fanatismo tan sanguinarias como las que derrocaron con su revolución. Lo que queda son migajas de una comunidad ansiosa por ver el mundo, por consumir lo prohibido, por tocar el fuego y sumergirse en el vacío. Y ahí, en esos sacos rotos, caen las dádivas del mercado, empresarios en línea dispuestos a ofrecer el paraíso de lo banal y lo espurio. Tampoco la bondad o la caridad son soluciones. Apelando a la divinidad, a la eugenesia o al bien común, se han cometido los crímenes más sádicos de la Historia. El hombre es depredador del hombre.

En el amanecer de la cultura, la horda primitiva mató al padre primordial para afirmarse, a fin de florecer. ¿Por qué no habría de ejecutar a sus hermanos para sembrar su simiente? Cegados por el odio, ganamos competencias, conquistamos territorios, alcanzamos cimas y derrotamos adversarios, nada nos detiene. El “amor a la camiseta” entraña, desde luego, el desdén y la repulsión de los contrarios. No debe sorprender que los “hooligans” o las “barras bravas” lo ejerzan sin ambages. Claro está, tenemos fuerzas represoras, servicios de inteligencia y grupos paramilitares para “contener” esa violencia, que engendra otra reacción contraria y así en un interminable juego de espejos. Los ejemplos sobran; recientemente en Parkland, en Baltimore, en Alepo, en Cisjordania.

El libro emblemático de Hannah Arendt (2006) que alude a la banalidad del mal, es un claro ejemplo de que un hombre, situado entre el deber y la encrucijada moral, cumple; aunque su eficacia implique la muerte de millones de inocentes. Los testaferros de las mafias, los suicidas del jihad, los que bombardean con drones y los soldados de cualquier país hacen lo mismo: ninguno se cuestiona la dimensión ética del cumplimiento del deber. La orden, por descolocada que parezca, debe acatarse hasta sus últimas consecuencias. Mientras más certero en la ejecución, más galardones y elogios se reciben.

¿Qué fuerza extraordinaria evitará la violencia o el fratricidio?

Es una inquietud difícil de responder. Ante todo, porque las leyes que constriñen los impulsos más despiadados de los hombres en cautiverio (ciudades, pueblos, cárceles o internados por igual) no pueden aplicarse con exclusividad y todo el tiempo. Se sustentan como un arquetipo, y se espera que los individuos, las familias y los centros educativos las inculquen para transmitirlas y hacerlas cumplir. ¡Presunto ideal!

Por añadidura, el deseo vital de cada sujeto se finca en la libertad: de expresión, de credo, de espacio, de elección, y, cada vez más abiertamente, de identidad sexual. El contrato social exige respetar los derechos del prójimo, en aras de la convivencia y la tolerancia, pero eso —me temo— es pedirle demasiado a la naturaleza bestial que nos gobierna desde el inconsciente. Queda la espiritualidad, por cierto. La elevación hacia las tareas más sublimes del ingenio: la música, el arte, la filosofía. Con la barrera de la educación y la marginalidad por delante, esos bienes inmateriales son accesibles para unos cuantos iluminados, que los practican en soledad y los venden como tesoros preciados. La gran mayoría tiene como recurso educativo la televisión, las aplicaciones virtuales, los espectáculos de masas, la enajenación. Liberarse de esas cadenas requiere conocimiento, arrojo y en buena medida, una dosis de violencia – no por ello destructiva – que ponga en marcha la diferenciación. El mensaje oculto contiene una tautología: si quieres ser distinto, tendrás que distinguirte al máximo de los otros, por cualquier medio posible, a cualquier costo.

Es llamativo cómo —en la evolución social— los seres humanos imitamos, envidiamos, repetimos y nos uniformamos (la ropa de moda, las marcas comerciales, los tatuajes y los artículos deportivos son visible ejemplo) para asimilarnos y buscar aceptación. Los extravagantes nos repelen, son la lacra que deambula entre los nuestros, a quienes solemos aislar para que no contaminen con sus ideas insólitas o sus contrapropuestas. Mientras menos “normales”, más amenazadores.

Michel Foucault relataba cómo “la nave de los locos”, precursora de los manicomios y los hospitales psiquiátricos, no era sólo una metáfora del Medioevo (Foucault, 1976). Quienes perdían la razón se largaban a navegar sin rumbo por los ríos de Europa, con la expectativa de que morirían de inanición o abatidos por sus congéneres errantes. Son los otros, los excluidos, los indeseables, los que invaden y trastocan la civilidad, el orden impuesto.

Tal es la certeza de que lo raro es despreciable, que uno a uno buscamos distinguirnos para ser reconocidos como irrepetibles: huellas dactilares ante todo propósito. Pese a ello, nos urge la pertenencia. Formamos gremios, cofradías, clubes que se definen por colores e insignias. Nada asusta tanto como la desolación, que nos remite a ese estadio de indefensión donde el sustento del otro era el límite entre la existencia y la agonía. Cualquier remedo de aquel abismo es inaceptable. Mejor sucumbir que vivir aislado.

Ahora bien, mi gremio se caracteriza por su narcisismo galopante. Sinceramente creo que es un reducto de defensa, para sortear la inmediatez de la muerte o el sufrimiento, y lo que de ello lacera nuestra autoestima. Bajo la promesa del poder carismático memorizamos inserciones, recovecos, fórmulas y mecanismos que aplicaremos a duras penas en la práctica clínica. No basta. Sigue el trote de la especialización, que nos singulariza —o eso presumimos— para andar entre los mortales como poseídos por un motivo superior. Voltaire se burlaba de nosotros, del engreimiento que acusamos y que históricamente nos define (léanse los rostros de suficiencia de muchos galenos en las redes sociales). Nos define la vanidad, que se porta con el arrobo de la bata blanca o el pendón del estetoscopio. El filósofo francés decía, con atinada sorna: “Los doctores son individuos que prescriben medicinas de las que saben poco, para tratar enfermedades de las que saben menos, que afligen a personas de las que no saben nada”.

Pero quizá lo más lamentable es que, apoyados en ese supuesto saber, los médicos denigran, critican e injurian a otros colegas, bajo la absurda pretensión de congraciarse con el paciente. Más que una blasfemia o una caprichosa deslealtad, es una rotunda estupidez. Incide en el juicio, reflejo de lo que se valora y se respeta. No se trata de encubrir los errores, eso raya en la ética personal, sino de emitir opiniones que no descalifiquen a quien, por vocación o acierto, debió cumplir su cometido antes que nosotros…y falló.

Acaso mediante esta premisa podemos plantear una respuesta a la vileza humana. La excusa de que en nuestro entorno se hace “mala medicina” no puede ser justificación de ninguna diatriba. Tenemos una obligación como educadores: hacia nuestros pacientes en primerísimo lugar, pero también hacia otros colegas menos afortunados, hacia los compañeros y compañeras paramédicos que hacen su trabajo con devoción y a veces sin recursos. Decir que “el esquema terapéutico falló o que el diagnóstico pudo haberse matizado”, sin personalizar, sin vituperios, es prudente y admite reflexión. Sobre todo, devuelve al enfermo la esperanza en la ciencia, otra creación sublime, y en el calor humano, que es —como la ternura— una fuente de resarcimiento y una reminiscencia de que no todo está perdido.

Bibliografía

Arendt, Hannah (2006). Eichmann in Jerusalem. London: Penguin Classics.

Foucault, Michel (1976). Histoire de la folie à l’âge classique (1976). Paris: Gallimard.

Freud, Sigmund (1930). Civilization and Its Discontents, London: Vintage / The Hogarth Press, 2001. Standard Edition of the Complete Psychological Works. Tomo XXI, páginas 57 – 145.

Plautus, Titus Maccius (2011). Comedies of Plautus: Baccides, Persa, Asinaria, Casina, Fragments. Charleston, S.C.: Nabu Press.

Voltaire (1994). Dictionnaire philosophique. Folio Classique, Paris: Gallimard.

El fin de la inocencia

El fin de la inocencia

Remember when the days were long
And rolled beneath a deep blue sky
Didn’t have a care in the world
With mommy and daddy standing by

(Bruce Hornsby & Don Henley)

Nos sentamos en semicírculo, anochecía y se intuía el aire otoñal desde la entrada. Germán admitió antes de comenzar que estaba perdiendo la memoria. Al momento y sin esperar detalles, recibió un abucheo velado de sus admiradores, incapaces de aceptar tal incongruencia.

Alejandra y yo nos miramos en complicidad. Ella, filósofa y yo, presunto conocedor del alma, sabiendo que no mentía; su deterioro cognitivo se había hecho patente en las últimas reuniones.

La última convocatoria giraba en torno al relato de Adán y Eva, subrayado en diversas lecturas, además del Génesis. Empecé yo, que había propuesto el tema. Me pareció pertinente retomar el libro más reciente de Stephen Greenblatt (1), comparado con las apreciaciones de un artículo tangencial de Osman (2) y por fin, mis propias ideas en torno al mito del origen.

“La pregunta ancestral de la cultura occidental respecto del origen de la humanidad se verifica desde luego en los cuestionamientos de los niños alrededor de los 6 años (¿quién es el papá de mi mamá? Y mi abuela, ¿tuvo también papá?). También emerge en la discusión bizantina relativa a la existencia de un ser superior creador de todo lo cognoscible. Veneramos a nuestros ancestros, construimos dogmas que apoyan (sin refutación posible) la verdad religiosa que da contingencia a la incertidumbre de la vida y la muerte, invocamos o renunciamos al mal como una forma de construir un arquetipo ético y además, santificamos o deificamos ciertas escenas que ocultan y modulan nuestros deseos más primitivos.

Desde la Ilustración, la creciente acumulación de conocimiento antropológico, geológico y biomédico ha devaluado el axioma del Génesis para proponerlo como una historia sin andamiaje, refrendada sólo por los más adeptos. En este sentido, San Agustín postulaba que la transgresión de Eva consiste precisamente en desobedecer la literalidad de las órdenes de Dios. Como todo preceptor apasionado, admite que las metáforas bíblicas (proceder del lodo, ceder una costilla, comerse una manzana que revela toda lucidez) son necesarias para el vulgo, tanto como es y será siempre imperdonable cuestionar las prohibiciones del creador.

No obstante, la persistencia del mito y su acepción universal depende de inquietudes más profundas que la estirpe del ombligo. Ante todo, resuenan las motivaciones entrañablemente humanas; a saber, el acatamiento de las leyes versus la transgresión, la vergüenza y la culpa, la utopía del linaje, el deber y la autonomía, la diferencia sexual y la mitología de uno o más paraísos terrenales. Todas ellas dignas de una continua reflexión filosófica y moral.”

Mis interlocutores escuchan atentos, algunos incluso toman apuntes o me graban con su teléfono celular. La posición de maestro no me incomoda, cierto, pero tampoco ofrezco nada nuevo; en todo caso es un resumen crítico de ciertas conjeturas que he recopilado con el tiempo. La única que me mira con vacilación es justamente Alejandra, quien sostiene una copia del libro de Bettleheim (3) sobre su regazo.

“Podemos presumir – continué, perturbado por su mirada inquisitiva – que las sociedades occidentales, pese a su puritanismo y espiritualidad, han sufrido un cierto desencanto del mito frente a los avances de la ciencia. Naturalmente, hablar de hoyos negros, caldos primigenios y evolución de las especies implica aceptar ciertas leyes que sólo los científicos detentan, tanto como las saben defender y difundir. En ese sentido son sacerdotes de dogmas comprobados por métodos estadísticos o inferenciales; si bien lo que los salva es su confiabilidad matemática o su reproducibilidad en condiciones experimentales…”

Estoy a punto de tomar un respiro cuando Alejandra me interrumpe.

  • Pienso que dejas de lado un eslabón fundamental, Ernesto – me dice, para sorpresa de todos, excepto para mí, que lo anticipaba.

Me reclino en mi asiento, pongo mis notas delicadamente a mi lado en el suelo y la conmino a tomar la palabra, con un “casi termino, sigue tú, por favor”.

Ella desestima mi petulancia y, tras aclarar la garganta, se dirige en especial a las mujeres del grupo.

“La mitología – empieza, con una fortaleza de carácter que yo desconocía – reviste una enseñanza, tan humana como no lo son sus personajes, porque de lo contrario quedarían en simples anécdotas. Los dioses, sus enviados los ángeles, sus encarnaciones (héroes o profetas) son inefables, carentes de sustancia y sólo se sostienen en el dogma y la fe. Así, es función del clérigo o del pastor asegurarse de que las escrituras sean imperecederas, inviolables. Que transmitan – por los siglos de los siglos – el mensaje divino como un canon axiológico que no puede objetarse porque entraña las prohibiciones fundamentales de nuestra especie. No matarás y venerarás a tu dios antes que a nada ni nadie; regla fundamental que civiliza, que dicta la adherencia al credo y a la preservación de la comunidad. No desearás a la mujer de tu prójimo, en sus diversas acepciones, apunta sin reparo hacia la continuidad de la herencia y la proscripción del adulterio, éste un elemento que desorganiza la estructura social de suyo tan endeble frente al deseo. Se añaden algunos mandatos que procuran en mayor o menor medida la tolerancia, aspiración de toda comunidad civilizada (el veto al robo o a la codicia, la devoción hacia los padres, la lealtad al semejante).

Sin embargo, destacan numerosas derivaciones de dicha censura que gobiernan la sexualidad humana desde el origen de los tiempos. Una vez que Eva sucumbe a la seducción (encarnada en una serpiente, escurridiza y ponzoñosa como la verdad, ni más ni menos), apremia a su compañero para que juntos desobedezcan el mandato divino y adquieran el conocimiento que les ha sido vedado para conservar la ingenuidad y el Paraíso. No debe sorprendernos que recaiga en la mujer la responsabilidad de despertar la zozobra sexual en el hombre. Nos han etiquetado – afirma con una sonrisa que encuentra consenso inmediato – como las hechiceras, las brujas, las engatusadoras a lo largo de la Historia.

– En todo caso las inteligentes, las que develamos los secretos, quienes no nos dejamos engañar – interviene Frida, joven antropóloga, con voz socarrona.

“Volviendo al Génesis – prosigue Alejandra –  su primera revelación es que están desnudos, que ya no son niños y que sus juegos sexuales albergan el erotismo y el goce. Se cubren con pieles de animales, ¿qué más elemental que eso, que da cuenta de su procedencia y bestialidad?

A cambio del mundo que se les revela con dolor y trabajo, deben abandonar la provisión de frutos, certidumbres y cuidados que toda madre (en este caso, el Padre Creador) les ofrendaba gratuitamente. Habrá sudor y desgarros para parir cualquier producto, les reprocha al expulsarlos. Se percatan entonces de que se han vuelto humanos: sangre y carne, frío y deseo, muerte y agonía; todo como pago a su codicia, a su desacato.

La pérdida de esta candidez, ilustrada de una manera u otra, está presente en todas las religiones y en los cuentos que mostramos a nuestros pequeños como planteamientos éticos, como lecturas inconscientes para moderar el deseo sexual y aceptar los preceptos que rigen la convivencia social.

Eva se mira en el espejo de Adán y viceversa. Es decir, se descubren mediante esos ojos despiertos a la lujuria, miradas anhelantes que le imprimen una carga erótica a los senos, los genitales, los labios. Sin más, el cuerpo desnudo se manifiesta y se ilumina con el deseo del otro. Todas esas zonas erógenas se encienden de repente con el conocimiento, se saben existentes y ávidas de contacto, de saturación.

El paraíso terrenal se desvanece  (como la credulidad en los niños) ante la evidencia de que el cuerpo es seductor y seducible. Tras la expulsión del jardín de las delicias, nunca más nos observaremos con candor; hemos destapado la lascivia y nuestros sentidos perciben al otro con un apetito nuevo que reclama satisfacción. Nos cubrimos, sí, pero siempre con la tentativa de insinuar lo prohibido. La vergüenza, que hasta ahora desconocíamos, será en adelante un velo que arrope nuestra endeblez, que se tramite en la dialéctica de la culpa, en las márgenes de la pasión y el erotismo.

La primera mujer, y todas las que la siguen, se dejan penetrar por su hombre, al fin libre de puerilidad y pudor, para dar fluidez a la estirpe y diferenciarse a fuerza de encumbrar el deseo.

Los mitos, queridos colegas, son la fuente de la ética, del deber ser, del imperativo categórico y también de todo misterio que describe nuestra inquietud sexual”.

Con ello, Alejandra deja su discurso en suspenso. Callamos. A lo lejos se escucha el latido de la ciudad, con sus disonancias y exabruptos. Aquí, en medio de esta reunión, hemos desentrañado un peculiar misticismo, ese que cree en la fragilidad humana, en todo lo tangible, y que añora por momentos la inocencia.

Referencias bibliográficas.

  1. Stephen Greenblatt. The rise and fall of Adam and Eve. W.W. Norton & co. New York / London, 2017.
  2. M.P. Osman. The Adam and Eve story as exemplar of an early-life variant of the oedipus complex. J Am Psychoanal Assoc. 2000; 48 (4): 1295 – 1325.
  3. Bruno Bettleheim. The uses of enchantment. Vintage, New York 2010 (se tradujo como “Psicoanálisis de los cuentos de hadas”, Editorial Crítica, Madrid, 2013).
  4. Jack Katz. The social psychology of Adam and Eve. Publicado en línea por la Universidad de California en Los Ángeles. http://www.sscnet.ucla.edu/soc/faculty/katz/pubs/AdamAndEve.pdf

 

Algunas confesiones

Algunas confesiones

Para la literatura anglosajona, menos versada en la exégesis católica, el hallazgo literario de un texto donde un pecador se confiesa ante dios es todo un acontecimiento.

Tal es el caso de la reciente traducción de las Confesiones de San Agustín, cuya revisión tomo aquí para identificarme con esa cultura, que desde su desconfianza en lo ultraterreno, entiende tan poco de la evangelización y el purgatorio. Justo hace unos días hablaba con un amigo acerca del libro de Jacques le Goff (La naissance du purgatoire, Gallimard 1991) tan desconcertante para el judaísmo como para las creencias derivadas del revisionismo luterano.

El libro en cuestión, traducido directamente del latín por Sarah Ruden y publicado hace cuatro meses en New York es, para los cristianos de Norteamérica, la autobiografía por antonomasia, el diálogo en penumbra ante un dios que no siempre escucha.

La trayectoria personal de San Agustín, quien se convirtió en Milán en el año 386 – meses antes de ver morir a su madre – ocupa la primera mitad del libro. Bien afirmaba el gran autor cubano José Lezama Lima que “la verdadera vejez del hombre empieza el día en que muere su madre”.

A partir de esta epifanía, Agustín se sumerge en su autoanálisis (quince siglos antes que Freud) y transita en el gravamen filosófico de la memoria y el tiempo. De forma prominente, medita en torno al significado que quiso dejar para la posteridad Moisés cuando describió los seis días de la Creación.

Volcados en las oraciones que San Agustín depara a su Dios, estamos ante el abismo de la fe, que nos separa vertiginosamente de nuestra época, incrédula y vacilante.

El dios que recoge Agustín en su diálogo íntimo es tangible, no obstante florido y retórico, pero parece que en efecto lo escucha. Al menos no le cabe duda de su silencio atento. El Dominus que aporta la traductora no es un Señor, distante e inefable, sino la piel en bruto, la cotidianidad, la pregunta acerca de la razón de una existencia humilde, emergiendo de las sombras.

En su infancia, Agustín creció rodeado de esclavos, que eran golpeados, excluidos de los manjares que saboreaba la aristocracia romana y sacudidos por el látigo o la indiferencia. De admitir que Dios ocupa ese señorío hacia los mortales, implicaba aceptar su rencor y su rabia como una condición sine qua non del culto divino. Cierto, ese dios puede resultar veleidoso, a imagen y semejanza de sus súbditos, pero Agustín discurre de la obediencia hacia el arrepentimiento, como un acto de amor que lo confronta con una figura próxima, venerable y cálida, que acepta someterse a escrutinio. La traductora sabe transmitir una vertiente de ternura entre este hijo que se confiesa en su duelo frente a la injusticia y ese padre que recibe sus palabras con misericordia.

Agustín se inclina y confiesa: “Sero te amavi”, que aquí se traduce como “¡Qué tarde te he amado!” Frase mística que coloca al santo en un lugar de reflexión y docilidad sin límites. Agustín entiende pronto en su monólogo dedicado a Dios que la maldad cumple su estigma en la gratuidad; todo acto malévolo surge de un despropósito, sin importar su dimensión o consecuencias.

Durante su periplo en Milán, Agustín atiende los sermones de San Ambrosio, arzobispo de la ciudad, que propone una lectura fresca de las Escrituras. ¿Qué importa si la creación tomó seis días o sesenta millones de años? El libro del Génesis fue legado para provocar la meditación de la bondad que Dios abatió sobre el mundo natural. Desde paráfrasis como ésta, Agustín recurre al conocimiento no sólo para saciar su sed filosófica, sino para mitigar su desamparo. Le pide a Dios que le confiera castidad y continencia, pero no antes de albergar una concubina y procrear un hijo.

Su prefiguración del pecado carnal es una suerte de emanación viscosa, que lo subvierte con tenacidad y al que se tiene que resistir para – posse non pecare / non posse pecare – no caer en tentaciones. Mira los pecados con el catalejo de un filósofo arrepentido. El hombre antes y después de la caída, regenerado y contrito.

Enfrentado a la sensualidad y a la violencia, se aleja de la aversión retórica de sus predecesores y la seducción de los perfumes y la ornamentación fatua. Agustín lo advierte en silencio, su recato transforma el mundo material en un océano inefable, del que la luz divina retoca como una visión interna, redentora. La moraleja triunfante – de forma simbólica – será el reencuentro con Santa Mónica en los cielos, donde compartirán para la eternidad su diálogo gentil y su devoción (Freud mediante).

En cualquier caso, sus confesiones son tan lúcidas que desafían cualquier intento de hagiografía. Agustín dejó decenas de libros e incontables cartas, que sirven como rastro para explicar su adherencia al Maniqueísmo. Su instigador, el profeta babilonio Mani – quien muriera ocho lustros antes de nacer Agustín en Algeria -, concibió la doctrina que extraía de sus visiones. En ellas, Mani alucinaba mensajeros divinos que adoptaban la forma de mujeres desnudas, prontas a seducir a los demonios del zodiaco para que eyacularan en el mar y concibieran los monstruos que la espiritualidad habría de temer por sus pecados y maldiciones.

Agustín resolvió estas afrentas del deseo con una alternativa maniquea; de un lado entregarse a las pasiones y sucumbir a la autonomía, o bien dedicarse a un vida reservada y al servicio de Dios. Durante un milenio esta imagen del santo sirvió de modelo para la moderación y el cultivo de una axiología casta, hasta que Montaigne se burló de la idea del pecado y preconizó la aceptación personal como una forma de virtud.

La modernidad laica ha preferido la segunda opción en lugar de la entrega piadosa, pero nos ha enfrentado a la pregunta existencial que rige hasta el siglo XXI: ¿Es suficiente el narcisismo para alcanzar la felicidad? Agustín tendría una respuesta llana. Quizá nosotros, desde la adicción de nuestras pantallas y presos en el consumismo delirante, podríamos detenernos a considerarla.

Bibliografía.

Augustine. Confessions. A new translation by Sarah Ruden. Modern Library, New York, 2017.

Robin Lane Fox. Augustine. Conversions to confessions. Basic Books, New York, 2015.

 

Sinrazones

Sinrazones

La reciente serie de televisión (“Thirteen reasons why”) que presenta a una adolescente justificando su suicidio por las repetidas deslealtades o vejaciones de sus compañeros, ha conmocionado a padres y escuelas por igual. El show sacudió las redes sociales con once millones de Tweets en el primer mes de su lanzamiento en Marzo 31 de este año, simultáneamente en diversos países de América, Oceanía y Europa. Instagram, Facebook y Musical.ly se llenaron tanto de halagos como de vituperios. Varios pacientes han traído a consulta el tema, sea por genuina preocupación hacia sus hijas (sobre todo ellas) o porque inquieren con razón si existe un riesgo de contagio.
La serie debuta con el casillero póstumo de la protagonista, Hannah Baker (actuada por la australiana Katherine Langford), que se observa en close-up decorado con tarjetas y flores de papel. Tras el desconcierto inicial, la pareja de la víctima, Clay, regresa a casa con un paquete envuelto en papel estraza que contiene una caja de zapatos con trece cassettes. En cada episodio – que representa cada una de las cintas grabadas -, Hannah describe con impasible aplomo como fue excluida, torturada, odiada y ultrajada hasta culminar en su violación, que antecede al nadir de su impotencia y su escapada “forzosa”. El último cassette está dedicado a su consejero escolar, quien omitió reconocer su predicamento e incluso pasó por alto la inminencia del suicidio en su última visita.
Las cintas funcionan como una suerte de carta en cadena. Basadas en el libro homónimo de 2007 escrito por Jay Asher, desglosan la expiación de Hannah que su novio devastado escucha en una sola noche. En la serie se explota la secuencia y los flashbacks para connotar el drama que resulta a la sazón indulgente, grotesco e incluso didáctico en el sentido de reflejar la perversión de lo inevitable. La historia recuerda el best-seller de 1971 “Pregúntale a Alicia” que se preciaba de ser una biografía real, hasta que se descubrió que lo había perpetrado un terapeuta con intenciones francamente promocionales.
Los productores y directores, entre quienes destaca la cantante Selena Gómez, se han jactado de que se trata de un mensaje social, al servicio de la juventud; como si los jóvenes necesitaran de fabricaciones para descubrir sus motivos y temores. De forma engañosa, la serie difiere del libro en que en éste, la chica ingiere píldoras, mientras que en Netflix – ¿porqué escatimar? – Hannah se desgarra verticalmente los antebrazos para consumar la muerte más violenta imaginable.
El epílogo de esta serie, inmaculadamente viciada, es una apología que bautizaron como “Beyond the Reasons” (más allá de las razones) donde los actores pretenden exorcizar y explicar la violencia gratuita de las trece horas que les preceden. Se supone que se trata de contrarrestar el contagio de la antodestructividad enmarcado por un mensaje al pie de pantalla, bastante pérfido, que reza: “Need help now?” (¿necesitas ayuda ahora?).
Quizá lo más vil del programa es la vindicación que alcanza a posteriori la protagonista denunciando a los causantes y con ello logra aparecer redimida y glorificada más allá de cualquier predisposición o fragilidad mental.
El mensaje parece discurrir en el sentido de que todo acto de mutilación o flagelación está razonablemente justificado si hay infractores que lo suscitan por encima del sujeto, induciéndolo a aniquilarse para castigarlos en turno a ellos. De sobra está que las perturbaciones inconscientes o la ambivalencia para adjudicar y proyectar responsabilidades aparentes o reales no aparece en escena.

El maniqueísmo de la cultura mediática en Estados Unidos se deja ver en cada capítulo. No hay espacio para reflexionar, las razones son tácitas y aluden de manera retórica a quienes no supieron apreciar la bondad singular del personaje. Si son tan escasas las películas y series de televisión norteamericana donde el mensaje es digno de profundizar, es porque seguimos inmersos en la difusión de los diálogos y entramados a la manera de Disney o sus apóstoles. Basta recordar el ensayo crítico de Ariel Dorfman y Armand Mattelart “Para leer al Pato Donald”.
La serie ha generado una revolución moral. Obliga con ruindad subliminal a las autoridades escolares a tomar cartas en la psicopatología de la vida cotidiana. Como si tuvieran tiempo para dirimir todas las neurosis que se aglutinan en sus planteles. Por otra parte, ha despertado en muchos padres la convicción de que el mundo es más peligroso por la impulsividad de los congéneres o por el bullying tan trillado, que por la salud mental que destilan en sus hogares. Tal conclusión irreflexiva los aleja más de toda verificación o contacto afectivo, y los coloca en el lugar de la prohibición o la suspicacia; dos venenos de acción lenta para cualquier adolescente.
No se trata de espantar a nadie. El problema de nuestra época mal llamada post moderna, es que la comunicación ha dejado paso a la información furtiva e intrascendente. Que las relaciones ya no son de viva voz – como solíamos decir antaño – ni cara a cara, sino de cara a pantalla. Los adolescentes perviven sumergidos en las redes virtuales. Los transeúntes caminan por las calles indiferentes al entorno, adheridos al smartphone, atropellando o eludiendo a todos con pasmada distracción. Incontables personas aúllan, reclaman o reseñan intimidades hacia sus celulares sin reparar en nada ni nadie. Vemos cada vez más gente acudir a los lugares públicos, desplegar sus teléfonos móviles y – haciendo caso omiso de quien tienen frente a sí – entablar conversaciones a distancia (chats, WhatsApps) que sólo interrumpen para revisar el menú o constatar por instantes si el otro comensal sigue vivo.
La víctima fundamental ha sido sin duda el lenguaje. Dada la profusión de apócopes o Emojis, los interlocutores ya no ven la necesidad de refinar su vocabulario, corregir su sintaxis o, menos aún, recurrir a la lectura para ampliar sus horizontes. En un país como México, donde el promedio de libros terminados por habitante al año no llega a media docena, el dialecto virtual terminará por embrutecernos más y situarnos a merced de los gobernantes, policías y mercenarios menos educados del planeta. Ya somos la segunda potencia mundial en asesinar inocentes, mujeres y periodistas. A cambio, la mayoría de la población desconoce quien fue Juan Rulfo, Octavio Paz o Martín Luis Guzmán, eso si tuvo la fortuna de transitar por la educación secundaria.
Ante la inquietud de si algún día podremos superar el subdesarrollo, valdría la pena preguntarle a Samsung o a Netflix, con descarada ingenuidad, ¿qué nos depara el futuro?

El dios de los mortales

El dios de los mortales

Ha pasado el invierno – al menos en las hojas del calendario – pero aún el césped amanece cubierto de una capa gélida de rocío. Entre los abedules, se cuela una tibieza desde el Vliet que despabila. No trinan las aves, prueba de que la tierra y el cielo continúan en receso.

El más noble de los filósofos (1) se acerca a la ventana con cierta disnea; la tos no cesa y es cada noche más difícil desembarazarse de las flemas. Ha dejado de fumar desde que se instaló la fiebre y la fatiga. Cierto; es doloroso estar vivo pero siempre será un goce constatar el asomo de la primavera.

Por años perteneció a esa comunidad ecléctica de inmigrantes y recuerda como apenas se sostuvo, mientras estudiaba fervientemente a Maimónides, vendiendo papayas y naranjas en su puesto a la orilla del canal de Amsterdam.

¡Qué tiempos aquellos! Justo antes de impartir clases de filosofía en la escuela sabatina y despertar la mirada crítica hacia los apóstatas. La ingenuidad y la precocidad – se dice. Y así, a la distancia, la memoria le depara una sonrisa.

Predicar la tolerancia será acaso mi mejor legado aunque no lo entiendan con sus exégesis o sus prédicas al abismo – piensa, mientras se sustrae la ropa sudorosa y fría.

Lo han denostado por ateo, por preferir la reclusión antes que la tribuna pública. Emigrar es parte también de su linaje. Huir como un marrano de Portugal e instalarse en este país bajo el agua, donde a pesar de todo ha podido florecer a la sombra del cristianismo, ávido de cuestionar los dogmas y la tiranía de las ideas.

Pulir cristales, en la tradición flamenca, ha sido también una dedicación, ésta sin interés comercial, pero que ha contribuido a su sofoco más que todas las injurias.

Atrás quedaron las ofertas académicas; la más jugosa, esa silla vacante en Heidelberg que Leibniz le guardaba, pero ante todo, refulge su convicción de que Dios es una existencia filosófica, y no material como predican los exégetas. Esa sola aseveración le ha costado el ostracismo. Sabe que no verá publicada su “Ética” – le faltará aliento – si bien habrá incriminado a la superstición, traducido a los escolásticos y plasmado su modelo matemático a la vera de Euclides.

Los primeros comerciantes pasan por la calle, repicando con su ruido metálico sobre los adoquines. Exhalan ese vaho diurno que se confunde con la niebla en ascenso. Uno de ellos lo descubre tosiendo y se toca el sombrero con deferencia.

Acaso los hombres sencillos se han mantenido ajenos a la indignación que causó su “Tratado”. El intento vano de divulgarlo desde el anonimato se tomó como un gesto de soberbia y adulteración, cuando su genuina intención fue la de promover el libre pensamiento.

Puede recordar a la letra aquel párrafo que originó la debacle:

Ahora bien, los prejuicios que pretendo rebatir yacen en una piedra angular. A saber, que los hombres suponen que las cosas naturales actúan con un propósito determinado, y dado que reafirman la voluntad divina, Dios es quien dirige toda eventualidad (porque Dios hizo el mundo para el hombre y el hombre debe venerarlo a cambio). Me pregunto porqué nos adherimos a este prejuicio y lo asumimos de forma inobjetable. Pretendo demostrar que parte de una falacia, tanto como las nociones de bondad y maldad, del mérito y la maleficencia, de la alabanza y la culpa, del orden y la confusión, la belleza y la fealdad, y demás opuestos. Pero este no es lugar para dirimir estas cuestiones desde la mente humana. Basta con afirmar algo que debe ser reconocido a priori: que todos los seres humanos nacen ignorantes de la causa de los fenómenos naturales o existenciales, pero que llevan consigo un deseo de buscar su utilidad. Que pronto se hacen conscientes de sus voluntades y apetitos, si bien permanecen ajenos a las causas por las cuales anhelan o apetecen. En consecuencia, los hombres y mujeres emprenden y hacen cosas que estiman que serán útiles. Así, una vez que obtienen su gratificación, quedan satisfechos y disipan cualquier duda. […] Más aún cuando cada individuo ha descubierto, de acuerdo a su propia naturaleza, y mediante diferentes recursos para alabar a Dios, que Dios lo ama por encima del resto de la Humanidad y que Él sabrá gratificar su avaricia y su gula, el prejuicio se transforma en superstición y con ella pretenden justificar su sentido último” (2).

Dejaron de mirarlo, abjuraron de su amistad y sólo unos cuantos osados (entre ellos, los Colegiados y de Vries) se atrevieron a mantenerlo en correspondencia. Su exilio se acentuó hasta que el silencio se hizo cuerpo y llegó el momento de mudarse.

El edicto del Herem (excomunión rabínica) había sido planteado con el mayor encono. “Maldecido con todos los reniegos del Deuteronomio y la imprecación que Elías pronunciara de los niños blasfemos que son destrozados en pedazos” (3). Por ello se vio obligado a renunciar a su mismísimo nombre y cambiarlo por el portugués Bento, tan chocante como su significado.

Pese a ello, ha sabido mantener un estilo de vida modesto y retirado, se repite, mientras observa con detenimiento los movimientos inquietos de una alondra que pasa de largo. El curso del prodigio asiste a sus propias leyes, sin reparar en los empeños humanos. A lo lejos, Den Haag despierta entre sus tordos y gaviotas, los barcos resoplan y los burócratas se desperezan al unísono con sus perros y gallinas.

  • Es curioso cómo se anima la naturaleza – dice en voz alta – permeada de sencillez y vehemencia propia. Ese dios que imaginamos para apaciguar lo insondable debe recaer en la bondad del hombre y en su merecida frugalidad. Todo lo demás es evanescente y fatuo.

Con un cierto soplo de melancolía, arrastrando los pies, Baruch se encamina a preparar un té verde, recién traído de Groningen, antes de volcarse en su libro póstumo.

La madrugada del 21 de febrero de 1677, Spinoza dejó de respirar. Caía escasa aguanieve y el cielo, en su pesar, no abrió aquel domingo.

 Referencias.

  1. Bertrand Russell. The history of western philosophy. Simon & Schuster / Touchstone. London, 1967.
  2. Baruch Spinoza, Tractatus Theologico-Politicus. Traducido por Samuel Shirley. Leiden: E.J. Brill, 1989.
  3. Martin Stewart. The courtier and the heretic: Leibniz, Spinoza, and the fate of God in the modern world. W.W. Norton & company. New York, 2006.